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viernes, 31 de octubre de 2014

Cristina Fernández Cubas



S
Sabiduría
“La sabiduría, después de todo, no es otra cosa que la experiencia”.
                                                       Marûn Abbud
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Todos los cuentos



        La publicación de los Todos los cuentos (2008) o la suma de toda una narrativa breve, sin duda, sirve para apreciar, según el prologuista Fernando Valls, cuanto hay de unidad en una perseguida diversidad, como la experimentada hasta el momento en las cinco colecciones de la narradora Cristina Fernández Cubas (Arenys de Mar, Barcelona, 1945), Mi hermana Elba (1980), Los altillos de Brumal (1983), El ángulo del horror (1990), Con Ágata en Estambul (1994) y Parientes pobres del diablo (2006), y a lo largo de casi tres décadas dedicadas a la narración breve y a la novela corta, con ese prestigio que iguala a la escritora a otros cuentistas  contemporáneos, léase Zúñiga, Mateo Díez, Merino, Millás o Vila-Matas.
      La narrativa breve de Fernández Cubas desarrolla, al menos en sus primeras propuestas, esa intensidad propia de la media distancia y los relatos proponen enigmáticas situaciones, con el clásico motivo del doble para mostrar las conflictivas convivencias de sus personajes; en otras ocasiones, predomina el terror con hechos que nunca acaban de explicarse, o historias de una doble complicidad, como el cuento que da título al volumen, «Mi hermana Elba»: la narradora por un lado, Fátima, su compañera en el colegio y la propia Elba, con habilidades extraordinarias para descubrir nuevas dimensiones de la realidad. La infancia es uno de los temas que predominan en la prosa de la catalana, ocurre nuevamente en Los altillos de Brumal, cuatro historias donde, también, lo fantástico cuestiona creencias racionales; y tampoco el humor y el terror, características en este tipo de relatos, está ausente en su siguiente entrega, El ángulo del horror, un hecho y una visión del tema disuelto en la vida cotidiana, como el conflicto que se da en el cuento «Helicón», una especie de Jekyll y Hyde o la confusión entre hermanos; incluso «El legado del abuelo», donde se habla de verdades y mentiras, sobre la soledad y la ambición humana. Su siguiente libro, Con Ágata en Estambul, recoge cinco nuevos cuentos, calificadas por su autora como «historias» con mujeres como protagonistas, localizadas en un convento, en un panteón familiar o en el espacio fantasmagórico de Estambul, el cuento que da título al conjunto, y se convierte en un homenaje a lo mejor de Agatha Christie.
        En su última entrega, Parientes pobres del diablo, tres narraciones cortas, cuentan en una atmósfera perturbadora, una historia de misterio en un desconocido lejano, «La fiebre azul»: un falsificador encuentra donde vivir en impreciso lugar de África; o cierta cercanía en «Parientes pobres del diablo», dos confusiones, la de un vendedor ambulante, y la de un hermano, para contar otra enigmática vida, y, por supuesto, dosis de humor en «El moscardón», narrado en tercera persona, muestra la relación de doña Emilia con su canario y algunos programas de la televisión. En un Apéndice, al final, se incluye un cuento inconcluso de Poe que Cristina Fernández Cubas terminó a instancias de una editorial en 1997. El libro, en su conjunto, muestra esa síntesis de oralidad esgrimida desde siempre por la narradora, además de la mejor herencia de los clásicos del relato de terror y de misterio.












TODOS LOS CUENTOS
Cristina Fernández Cubas
Barcelona, Tusquets, 2008

jueves, 30 de octubre de 2014

TRAVESÍAS



PADRES E HIJOS

      La historia de la Literatura Universal está plagada de ejemplos sobre las relaciones: padres e hijos. Ningún vínculo es tan significativo e importante como este, sin embargo, la naturaleza del mismo, se torna conflictiva, repleta de decepciones. Quedan hermosos ejemplos, Padres e hijos, de Turguéniev, Carta al padre, de Kafka, Rulfo tituló originariamente, Mi padre, el primer capítulo de Pedro Páramo, un asombroso Kureishi, Mi oído en su corazón, el lírico Stuparich, La isla, espléndido recuentro de un padre enfermo con su hijo, y, aún más recientemente, La esposa del Rey de las Curvas, donde Bryce Echenique soslayaba su relación con un padre timorato. Sin embargo, es Tiempo de vida (Anagrama, 2010), un libro que, sin inhibiciones ni exhibicionismo, proporciona al lector una amplia visión de esa compleja relación que para el autor, Marcos Giralt Torrente, supone una lección vital de los continuos desentendimientos mantenidos con el padre a lo largo de su vida.
       Será la relación padre e hijo la que aporte la base anecdótica del relato que, en gran medida, se despoja de esa ficción que justifica el proceso de escritura de Giralt Torrente para contar su vida y la de sus progenitores, con una dedicación,  exclusiva, al padre tras conocer la situación terminal en la que se encuentra. Al igual que en Stuparich, las distancias se acortan cuando empiezan a saber algo más el uno del otro. El efecto terapéutico y liberador de Tiempo de vida demuestra, en su proceso final, esa declarada admiración y homenaje de amor tributado al padre.



miércoles, 29 de octubre de 2014

TRAVESÍAS



EL RATONCITO PÉREZ

                Los años de mi niñez franquista estuvieron dulcificados por la visita, cuando se nos caía un diente, de alguien misterioso, que acudía en mitad de la noche a depositar, bajo la almohada, un regalo. El trueque lo solía hacer un ratoncito que se lo llevaba sin que jamás volviera a aparecer. Claro, en aquellos maravillosos años, la única fortuna que podíamos esperar, los niños desnutridos, era una perra gorda, y los más afortunados veían premiada su pérdida hasta con dos reales. Lo curioso de toda la historia es que, entonces, apenas si sabíamos nada de este Ratoncito Pérez que solo acudía cuando se nos caía nuestro diente de leche, así que procurábamos conservarlo si el accidente ocurría cuando le mordíamos, con todas nuestras fuerzas, a un bocadillo con chocolate Kitin. Aquella noche esperábamos la visita del ratoncito y, a la mañana siguiente, despertábamos con el milagro bajo la almohada. Hoy tengo dos hijas adolescentes y, durante su niñez, mantuve esta inocente tradición, pero advertiré que los premios, evidentemente, en plena democracia, fueron distintos, sin que por eso dejaran de ser una muestra de ternura, tan sorprendente, como lo fueron en la mía propia.
                Bastantes años después me reencuentro con La asombrosa y verdadera historia de un Ratón llamado Pérez (Siruela, 2010), que Ana Cristina Herreros escribe, e ilustra Violeta Lópiz. Tras su lectura, por fin, se me despejan no pocas dudas del pasado: ¡ya sé dónde vive el ratón de los dientes! ¡por qué se apellida Pérez!, y, sobre todo, averiguo ¡qué hace con los dientes que va recogiendo!



                   Sábado, 31 de Julio, 2010; pág., 8




martes, 28 de octubre de 2014

Eduardo Berti


R
Rebeldía
“No hay animal tan manso que atado no se irrite”.
                                               Concepción Arenal


…me gusta
La vida imposible


     Cualquier escritor es susceptible de llevar una doble vida, de cuantificar todas las realidades posibles, vivir en un mundo paralelo con simétricos o inversos conceptos que le lleven a ensayar textos de un alto valor expresivo. Sobre la imaginación de Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964) se ha escrito que discurre libremente por los territorios que le importan, y tal vez su particular geografía sea una excusa o, también, una forma de parodiar obsesiones donde el humor, la ironía y la parodia pugnan para hacer la vida (im) posible. Heredero de Cortázar, Wilcock, Calvino, Piñera, o Buzzati y de otros escritores fundamentales en sus años de formación como lector, cuyas obras juegan con los límites entre lo real y lo fantástico. La diferencia es que el argentino realiza un uso intelectual, nunca “emocional”, de lo fantástico: como juego, como ironía, pero también como metáfora de los fantasmas, de los temores y de los deseos del hombre actual.
          La vida para Berti es mucho más compleja y más inasible de lo que muchas veces por una excesiva comodidad, incluso por cierta pereza en no molestarnos, e incluso por esa precaución que siempre nos depara el destino,  llegamos a ver.  Detrás de cada rutina particular se percibe, o puede estar agazapado algo de lo más singular, o lo más excepcional, incluso “lo inolvidable” como titularía uno de sus libros. El humor, la ironía, las paradojas y lo absurdo conviven sin problemas en el centenar de minificciones de La vida imposible (2014), un relato que le gustó para titular el libro porque, según el propio autor, “se opone a la idea de vida posible, a la norma”. Los microcuentos que tienen, entre otras cualidades, esa facilidad de “romper los límites de lo verosímil y de aplicar una mirada extraña” ante el mundo que lo rodea, han ido creciendo desde que el libro se publicara, originariamente en Argentina (2002), y a la nueva edición de Páginas de Espuma incorpora las Ramonerías, un total de 208, que Berti escribió hace años, inspiradas en las greguerías de Ramón Gómez de la Serna y que solo habían visto la luz en Francia en una edición bilingüe. Berti estructura sus textos de una forma invariable, y a eso se añade que los lugares de la acción son infinitos, discurren entre Madrid y Munich, o nos llevan a Hawai y descansamos en Montecarlo. En la mayoría de estos relatos se descubre, o ha ocurrido algo sorprendente que llama la atención del lector, aunque sus consecuencias, o la explicación del fenómeno esgrimida por el argentino, nunca pueden ser expresados en términos de lógica pura; se inscriben en un calculado caos y quienes protagonizan estos relatos, resultan víctimas de las circunstancias, y en el mejor de los casos, el sentido común y cotidiano, ha dejado de funcionar, solo es posible adaptarse o sobrevivir. La imaginación del narrador argentino discurre libremente por esos territorios que le son familiares y, al tiempo, interesan al lector, es decir, cine, artes plásticas o el periodismo cotidiano, otorgando a sus temas una dimensión que los convierte en buena literatura, a lo que añade una prosa tan fluida como vigorosa en el trazo, precisa y sin concesiones a lo fácil o lo expresivo, tan simétrica como solo es capaz de mostrar el desorden de la imaginaria lógica.











La vida imposible
Eduardo Berti
Madrid, Páginas de Espuma, 2014



lunes, 27 de octubre de 2014

TRAVESÍAS



MODIANO

       Los héroes insignificantes, cotidianos, individuos más o menos extraños de Patrick Mediano, Nobel de Literatura 2014, se reúnen en cafés, o se encuentran en habitaciones de hoteles de barrio, y pronto se pierden en el tiempo, sin duda porque la de Mediano es “otra manera de ver las cosas”, y hay que buscarlas a tientas para rozar aquello que ya no existe: la época de sus padres, los años cuarenta, y la de su juventud, los sesenta; en realidad, tiempos de una épica miserable que el narrador transforma en una geografía íntima de criaturas abandonadas, donde perviven ensoñación y memoria. Voces, nombres que surgen del pasado, inestables, víctimas de ese falso anuncio que afirma, “todo volverá como antes”, los mismos lugares y situaciones, los reencuentros que, en la narrativa del Nobel francés, se repiten. Un juego de círculos concéntricos cuyos personajes buscan llegar a una meta, y una vez allí pretenden que vuelva a sonreírles la felicidad, pero todo queda truncado porque Modiano no tiene pretensión alguna de realismo al uso en su narrativa, el azar es la única regla válida para él.
      La obra de Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), desde su primera novela, El lugar de la estrella (1968), cuenta aquello que no se puede narrar; está compuesta de emociones ambiguas, de perfumes fugaces entre las calles del París más anodino, por eso debemos leer, Calle de las Tiendas Oscuras (1978), Dora Bruder (1997), En el café de la juventud perdida (2007), Trilogía de la ocupación (2012), o la más reciente, La hierba de las noches (Anagrama, 2014), y sus reiterados temas sobre la ausencia, la supervivencia, la esperanza de encontrar el pasado perdido, que tal vez respondan a la eterna pregunta, ¿qué queda de la vida de un hombre?

                      Sábado, 25 de Octubre, 2014; pág.,8

domingo, 26 de octubre de 2014

Desayuno con diamantes, 7



Cuentos republicanos
Francisco García Pavón (Tomelloso, Ciudad Real, 1919 y murió en Madrid, 1989)



Hace unos años Alicia Giménez Barlett, hoy una afamada narradora de novela policíaca, se lamentaba por no haber podido encontrar algún título de la abundante bibliografía de Francisco García Pavón en las librerías españolas. Consideró entonces al manchego un escritor olvidado por el público, pese a la popularidad que tuvo durante dos largas décadas, sobre todo en los 60 y los 70, cuando sus libros llenaban los escaparates de las librerías y Televisión Española producía la serie de su personaje más famoso, Plinio. En la década de los 80 y los 90 los fondos editoriales de la mayoría de sus novelas iban desapareciendo y, sobre todo, sus colecciones de cuentos no volvían a editarse, incluso sus historias más populares, las protagonizadas por Plinio, ese policía municipal manchego, que resolvía magistralmente los enigmas, las muertes y desapariciones en el municipio de Tomelloso. Bien entrado el siglo XXI, Destino y, sobre todo, la modesta editorial, Rey Lear se han interesado por la figura del escritor y han vuelto a poner en el panorama literario algunas de sus aventuras, Plinio, casos célebres (2006), Plinio, primeras novelas (2007), Voces de Ruidera: una aventura de Plinio (2008), Otra vez domingo: una aventura de Plinio (2008), y, también, una curiosa monografía, La cocina de Plinio: con todas las recetas (2009). Menoscuarto Ediciones se suma a este rescate con Cuentos republicanos.
                Antonio Iglesias Laguna lo consideró en Treinta años de novela española (1970) el «mejor cuentista de su generación, supo retratar al vivo la sociedad que le tocó vivir, y cuya obra se compensa por la profundidad y el detalle». El mundo asturiano de García Pavón se vería reflejado en su primera obra, Cerca de Oviedo (1945), una novela repleta de humorismo,  aunque la narración pretenda ser trágica, el estudioso la salva por su costumbrismo y por la ironía de su planteamiento. Señala Iglesias Laguna que García Pavón, sin embargo, empieza a dar la talla en su libro siguiente, Cuentos de mamá (1952), y continuaría haciéndolo en, Cuentos republicanos (1961), La guerra de los dos mil años (1967), la novela Los liberales (1965) y, sobre todo en sus, Historias de Plinio, escritas entre 1954 y 1968. Ignacio Soldevilla Durante, en el volumen 1 de su, Historia de la novela española (1936-2000) (2001), apunta como «García Pavón toma frente a la realidad una actitud que, además del fondo liberal, es estilísticamente inconfundible que haría necesaria una filiación esperpéntica sino es por el arte de la contención con que describe el proceso de deformación de la realidad el manchego». Su desquijotización de La Mancha está realizada con un humor sonriente que se sirve de las tintas del aguafuerte y recurre al uso del vulgarismo y de la vulgaridad bajo control», añade. Y habla, igualmente, de la autenticidad de este mundo en sus libros, El reinado de Witiza (1968), El rapto de las Sabinas (1969), Las hermanas coloradas (1969), Otra vez domingo (19789 o El hospital de los dormidos (1981).

 Plinio.
 

Eduardo Tijeras en Últimos rumbos del cuento español (1969) hablaba de García Pavón como «un cuentista consciente de lo que supone formalmente considerado un cuento. Su línea más intensa y cultivada alude en general a tipos, sucesos, costumbres, reminiscencias y tradiciones del medio rural manchego, la hermosa tierra plana, amago de pampa, por la que anduvo Don Quijote (...) Se trata de un mundo abigarrado, muy auténtico, y tratado entre el sarcasmo, la ternura y el desgarro, así como con esa miaja de ensoñación que los recuerdos infantiles y queridos ponen en el alma. Una vez más, la tradición picaresca, quevedesca, galdosiana, brilla en García Pavón, aplicada a un medio social y geográfico particular. (...) alcanza su máxima altura cuando concilia o trasciende el sarcasmo en gravedad y hondura»
                «A García Pavón —escribía Erna Brandenberger (Estudios sobre el cuento español contemporáneo, 1973)— le importa la anécdota, le gusta rememorar o inventar situaciones singulares y también es verdad que suele rematar sus episodios sin importarle demasiado si tiene algún sentido general fuera del contexto de lo narrado. En una palabra, sus pretensiones no se centran en absoluto en la construcción y la estructuración, en la modernidad y el experimento»; en otra de sus anotaciones, apunta «hay quien le reprocha su manera tradicional de escribir cuentos». Y a propósito de estos, el propio García Pavón escribía: «Casi todos mis libros de relatos son reviviscencias, fijaciones de mi biografía matizadas por los años y la nostalgia del tiempo perdido. Son cuadros biográficos, que reflejan las guías más esenciales de mi ser y mi existencia. Quiero decir que constelan mi intramundo más sentido. Y naturalmente llevan implícitas mi manera peculiar de ver el mundo —mi mundo—; de enjuiciar la sociedad —mi sociedad—; y de amar o repudiar mi contorno humano y geológico».
                Medardo Fraile, en Cuento español de postguerra (1994, 5ª ed. aumentada) hablaba de García Pavón como «amante de su pueblo y de sus libros, una evocación rica, original y viva de su ciudad y las gentes que conoció allí; de su familia, niñez y adolescencia. Pero en ese mundo, dándole esperanza, inquietudes y frivolidad a la vez, penetra la crisis política española de más de medio siglo (dictadura de Primo de Rivera, Segunda República, Primavera del 39). Sus cuentos abundan en comparaciones acertadas, humanidad y gracia, y cualquier español reconoce ese mundo como cercano o suyo».
                Analiza, brevemente, el cuento «Servandín» que incluye la colección Cuentos republicanos, y afirma «es uno de los prodigios que nos depara, a veces, un cuento en pocas líneas. Según la idea mostrenca de realidad, «Servandín» no puede ser más real; sin embargo, palabra por palabra, frase por frase, vale por un curso de psicología, pero con emoción, además». Y, aun añade, que «un libro como La guerra de los dos mil años (1967), cuyo título es la confirmación del autor en su oficio de fabulador (...), ofrece fantasía de raíz española, arropando una sátira sociopolítica a veces dura, aguda siempre, de impresionante y lujosa plasticidad».
                De los libros que componen sus cuentos cabe mencionar las colecciones, Cuentos de mamá (1952) y la trilogía compuesta por Cuentos republicanos (1961), Los liberales (1965) y Los nacionales (1977), ciclo temático sobre la Guerra Civil, sus antecedentes y sus consecuencias en la larga postguerra. Como queda señalado, estos cuentos tienen un enfoque subjetivo y autobiográfico, los primeros desde el punto de vista del niño y, posteriormente, del adolescente. Las vivencias de García Pavón ofrecen siempre un contexto histórico y social colectivo y aprovecha ese concepto de intrahistoria y, de alguna manera, se interrelacionan y ofrecen ese interés particular que se pueda verse señalado en todos y cada uno de los personajes que desfilan por sus cuentos.


Cuentos republicanos

      El libro Cuentos republicanos apareció, por primera vez, en 1961. Era el número 2 de la colección «Narraciones» de la editorial Taurus que el mismo García Pavón dirigía y hasta 1970 no se volvió a editar, esta vez en Destino, editorial que hizo varias reimpresiones en 1971, 1976 y 1981. Ahora aparece en la editorial  Menoscuarto, en la colección «Reloj de Arena» y lleva un prólogo de Sonia García Soubriet y un epílogo de Fernando Valls.
                Francisco García Pavón, nació en Tomelloso, Ciudad Real, en 1919 y murió en Madrid, en 1989. Mientras realizaba sus milicias universitarias escribió su primera novela ambientada en Oviedo que tituló, precisamente, Cerca de Oviedo y fue finalista en el Nadal de 1945. Aunque, sería muchos años más tarde, cuando el público apreciaría sus relatos, sobre todo, los protagonizados por Plinio, el Jefe de la Policía Local de Tomelloso, ayudado por Don Lotario, el veterinario del pueblo con quien vivirá las más apasionantes aventuras de auténtica novela negra o policíaca, aunque sin olvidarse de sus características más personales, es decir, el costumbrismo y la crítica social del resto de sus mejores libros de relatos.
                Los veinte cuentos que reúne Cuentos republicanos se convierten, en palabras de Sonia García Soubriet, en una continuación de Cuentos de mamá, publicados casi una década antes, muestran el final de la infancia, la llegada de la pubertad y la primera adolescencia, siguiendo, eso sí, la misma línea autobiográfica. Todas las historias contadas, añade García Soubriet, descubren la vida pacífica y laborosa del pueblo manchego de Tomelloso, característico por su geografía y por sus gentes, alejado del bullicio y de las agitaciones o preocupaciones políticas de la capital de España. No obstante, no está muy alejado de las transformaciones que la República traerá hasta el lugar: aires de libertad, nuevo concepto de la cultura y de la enseñanza, un instituto, o la admiración de personajes destacados del momento.
                Leídos casi cincuenta años después sorprende la capacidad de García Pavón para desarrollar su labor literaria en torno a un espacio único, recreando vivencias atesoradas en el tiempo, logrando que con su análisis se logre la profundidad necesaria para ofrecer buena literatura. En estos Cuentos republicanos hay momentos felices, pero también abunda la sátira, ofrece el mejor realismo descriptivo de la época y su prosa parece fundirse con los olores del campo y las flores silvestres, se huele el sudor de los campesinos, se degusta el buen vino y los guisos típicos, aunque todo narrado con una extraordinaria sensibilidad y ternura. «Sus personajes, sus seres —escribió Iglesias Laguna—son auténticos, por los que la ficción apenas pasó como un soplo».
                Los cuentos de García Pavón se parecen a esa serie de crónicas de pueblo porque siempre se describen aquellos acontecimientos que llaman la atención del narrador-protagonista y que, al pasar a ese proceso de escritura, se convierten en algo importante y significativo, ocurre con los primeros, «La novena» donde se percibe ese olor característico durante el novenario dedicado a la Almas del Purgatorio; la sorpresa infantil de «El bautizo», calificado de lujosísimo, reuniendo en él a todos los señoritos y señoritas del pueblo; o la misma admiración siente por «El partido de fútbol» que, en cierto modo, enlaza con el anterior relato porque señala que el primer partido de fútbol que vio fue aquel día en que bautizaron a su primo y, aprovecha, para hablar del espectáculo de las corridas de toros. Otras cosas llaman la atención del joven protagonista, «El coche nuevo» o la afición de su abuelo al jamón en un cuento titulado, precisamente, «El jamón». La implicación republicana de la familia contando «La muerte del novelista», a propósito de Blasco Ibáñez o la llegada de esos tíos de América, en «Juanaco Andrés, el que llegó de México». Hacia la mitad del libro, en el resto de cuentos se narran las impresiones escolares del niño García Pavón y los cambios que produce la República, significativo acontecimiento histórico que termina, precisamente, con un cuento titulado «El Bugatti» que anuncia el levantamiento militar en el norte de África y el comienzo de la guerra civil. Se trata, en definitiva, de cuentos de corte intimista, con una fuerte carga autobiográfica que cuando no es real se convierte en auténtica literatura por esa capacidad del novelista para reconstruir con su memoria tiempos, gentes y lugares que ocupan un espacio privilegiado en su recuerdo. En general, son relatos breves, concisos, anecdóticos que responden a vivencias personales, como hemos señalado unas líneas antes. Otras colecciones que completan el mundo sensible y costumbrista de García Pavón son Ya no es ayer (1976) y Cuentos de amor... vagamente (1985).






 
La editorial palentina Menoscuarto reedita Cuentos republicanos, de Francisco García Pavón, en su colección «Reloj de Arena» con un prólogo de su hija Sonia García Soubriet y un epílogo de Fernando Valls.


Palencia, Menoscuarto, 2009; 172 págs.

sábado, 25 de octubre de 2014

Hoy tomo café con…



Marina Perezagua
      Una ferviente defensora del cuento, género al que ha dedicado sus dos libros, Criaturas abisales (2011) y Leche (Los libros del lince, 2013).


          Marina Perezagua (Sevilla, 1978) es licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla. Tras su licenciatura marchó a Estados Unidos con una beca de doctorado en filología hispánica, y durante cinco años impartió clases de lengua, literatura, historia y cine hispanoamericanos en la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook. Durante dos años trabajó en el Instituto Cervantes de Lyon. Actualmente vive y trabaja en el Department of Spanish and Portuguese Languages and Literature, de NYU.


        Déjeme preguntarle una obviedad ¿por qué inicia su actividad literaria escribiendo cuentos y qué pretende con ellos?
        Crecí leyendo cuentos y valorando el cuento como género literario en tanto que permite, en mayor medida que otros géneros, la fijación de unos arquetipos con que constituir el mito de nuestra presencia y crecimiento en el mundo. No considero, obviamente, el cuento como parte de un libro de cuentos, sino como obra absolutamente autónoma, que debería tener la misma presencia en su publicación en solitario que una novela. Respecto a la intención, no tengo ninguna a priori. Cuando escribo no pienso en ningún tipo de efecto más que el de dar vida. Pero si pudiera aspirar a conseguirlo, me gustaría que la lectura de lo que escribo cambiara alguna fibra en el lector. Las únicas lecturas que me interesan son las que me modifican.

        Si el texto breve exige más autodisciplina, ¿es consciente de las dificultades del género?
        Sí. Eso es lo que más me gusta. La dificultad. Es como un juego mental, porque todas las piezas pueden y deben encajar. En la novela uno se puede permitir mayores licencias, ratos de ocio, en el cuento, no. Es un reto continuo. Ahora que escribo una novela extraño esa tensión permanente.

        Sus cuentos resultan extremadamente visuales, ¿fruto de la época o de toda una educación?
        Soy historiadora del arte y mi apreciación del mundo es extremadamente visual. Lo que escribo no surge a partir de pensamientos, sino de imágenes. No sé el proceso por el cual ocurre, pero a veces veo una imagen y en ella encuentro la historia completa, como si me la pusieran escrita de principio a fin y yo la aprehendiera sólo a partir de lo que mis ojos ven en un instante. Para mí el acto de mirar es esto: leer lo que voy a escribir.

     ¿Qué recorrido establece entre sus Criaturas abisales (2011) y Leche (2013)?
        Criaturas abisales es un libro que me parece muy lejano, pero eso me pasa cada vez que cierro algo. Leche, cuando lo entregué para su publicación, también me pareció lejano. Pero Criaturas abisales me dio la fuerza para indagar de manera más consciente en obsesiones que se desarrollan en Leche.

        Las historias de su segunda colección resultan más reales, las primeras más fantásticas; ¿se distancia con Leche de la literatura?
        Bueno, tendríamos que definir literatura de algún modo, y no me atrevo. Sí es cierto que valoro más una obra con mayor densidad ficticia que real, por su capacidad de creación en el sentido más literal de la palabra, pero esto no tiene tanto que ver con el género fantástico, que no me interesa particularmente, sino con intentar rehuir del dato que nos ha sido dado, la noticia, el testimonio. En Leche la aparente realidad  testimonial no es tal. Sólo un testimonio es real. “Little Boy”, por ejemplo, es ficción. Nunca conocí a la señora que supuestamente me dio toda aquella información.



     Cuando uno termina de leer Criaturas abisales debe respirar profundamente, ¿era ese su propósito?
        Realmente no tenía ningún propósito. Criaturas abisales es un libro muy honesto. Pudo ser así porque cuando lo escribí no pensé nunca que lo publicaría. El único propósito que tenía era algo muy básico: divertirme viendo cómo todo se formaba de acuerdo a unas reglas que eran independientes (en tanto que inconscientes) de mis principios o visión del mundo.

        ¿Mide usted sus fuerzas, no obstante, para que sus textos alcancen cierta realidad?
        La realidad sólo me interesa como espejismo. Me interesa lo verosímil, que es indispensable, pero la realidad es totalmente innecesaria en literatura. Lo que sí me gusta es hablar de algo que nunca ha existido como si lo conociera de toda la vida.

        ¿Cree que sus lectores deban sentirse identificados con sus relatos? Y si es así, ¿surge entonces su libro Leche? 
        Habrá lectores que se sientan identificados y otros que no. Imagino que parte de la buena recepción se debe a que doy cierta importancia a la voz de aquellos que normalmente no escuchamos. No ser escuchado es un sentimiento que todos hemos sufrido, en mayor o menor medida.

        Trasciende su pasión personal a su literatura, ¿en qué medida?
        Sí. Pero mi pasión trasciende todo. No soy capaz de escribir sin poner todas mis fuerzas, pero tampoco soy capaz de dar clases del mismo modo. Es agotador, pero ya no intento cambiarme. Es mi modo de ser. Lo único que puedo hacer es tratar de mantener mi corazón fuerte para que me resista.

        La anterior es una pregunta obligada porque a los lectores no nos deja tregua, ¿Distingue entre los términos terrible y tragedia?
        Para mí la tragedia es lo que de antemano te advierte que lo terrible es inevitable. La tragedia se huele desde el principio. Lo terrible puede ser un fotograma. La tragedia es una película entera.

        ¿Erotismo y terror, se convierten, en pautas esenciales en su narrativa?
        Lo son. Pero no premeditadamente. Imagino que son esenciales porque en esos ámbitos uno es vulnerable, y ahí es donde uno se abre para recibir lo que sea, lo que sea que no es él, sino otro, cosa, persona. Me gustan las personas, y los personajes, porosos. Parece que cuando uno está alegre no necesita nada más. Puede dar, es como un sol, puede irradiar, pero difícilmente puede recibir del mismo modo, porque en su felicidad constituye su fortaleza, su hermetismo, en cierta manera. Con la tristeza, el erotismo... sucede al revés, son terrenos absorbentes, como la tierra seca. Estos son los materiales que más me interesan.



    ¿Lo real trasciende a lo fantástico y viceversa?
        Depende del concepto de fantástico y realidad que tenga cada uno. Yo no los distingo muy bien. Imagino eso hace que mi respuesta a la pregunta sea afirmativa.

      Si definiéramos sus relatos como inquietantes, atroces, crueles, paradójicos, humanos, terribles, un auténtico paseo por los abismos del ser humano… ¿qué diría?
        Diría que “Il faut connaître la nuit”.

        ¿Se siente usted alguna vez como el Minotauro encerrada en su propia soledad?
        En realidad, como persona, no tengo mucho que ver con mis personajes. A veces me siento sola, pero como todo el mundo. Por otra parte el sentimiento de soledad, a no ser que se prolongue en el tiempo como algo impuesto, me resulta agradable y necesario para la creación.

        Para terminar, ¿qué busca, realmente, en la literatura?
        En la escritura busco divertirme. En la lectura, cambiarme, alterarme.



                                                     
                                               
                        Barcelona, Los Libros del Lince, 2011 y 2013

                                                                

viernes, 24 de octubre de 2014

Irene Andres-Suárez



P
Pasión
“todas las pasiones son buenas cuando uno es dueño de ellas, y todas son malas cuando nos esclavizan”.
                                                       Jean Jacques Rousseau


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MICRORRELATO ESPAÑOL: UNA ESTÉTICA DE LA ELIPSIS



      Cuando hablamos de microrrelato —afirma Andres-Suárez— nos referimos a un microtexto narrativo en prosa de condición ficcional, que remite a una condición imaginaria del universo, sustentado por la narratividad, que permite distinguirlo de otras modalidades en prosa breves. El microrrelato español. Una estética de la elipsis (2010), de Irene Andres-Suárez, catedrática de Literatura de la Universidad de Neuchâtel, propone un repaso pormenorizado del género, plantea el «estado de la cuestión» y, añade, la «definición», «concepto», «genealogía» y «desarrollo», o la mínima expresión: intertextualidad, fantasía y humor. Además de esas formas fronterizas que han caracterizado al género con respecto al teatro, el diálogo en prosa o el ensayo. El libro se estructura en: «Historia y teoría», al que pertenecen los apartados expuestos, prácticamente la primera parte del ensayo, y en: «Autores y obras», recoge lo más característico de cuentistas de sobrado prestigio, con un pormenorizado y aclaratorio estudio sobre el narrador, y su estética acerca de lo breve, con ejemplos de su obra. Los autores estudiados: Antonio Fernández Molina, Javier Tomeo, Luis Mateo Díez, Juan José Millás, José María Merino, Juan Pedro Aparicio, Julia Otxoa, Hipólito G. Navarro y Ángel Olgoso.
     Antonio Fernández Molina (1927-2005) vinculado, desde sus orígenes, al postismo y el surrealismo. En sus primeros libros los textos apenas tienen una página, su producción se haya muy dispersa, se resume en Sombras chinescas (1992), donde se recogen la mayoría de sus libros publicados, y añade «Confidencias de un personaje», secuencias breves separadas por un asterisco. Javier Tomeo (Quincena, Huesca, 1932), es uno de los primeros escritores españoles que, consciente y deliberadamente, escribió libros compuestos por microrrelatos: Bestiario (1988), Historias mínimas (1988), pero lo fundamental en su obra corta o extensa, es un magma en permanente ebullición, donde se funden géneros literarios múltiples: brevedad, humor, ironía y sátira caracterizan a un mundo de fábula y mito totalmente reciclados. Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942) estimuló con Los males menores (1993) una afición a lo hiperbreve, un libro con dos partes desiguales, una de treinta y seis textos que habían aparecido en publicaciones anteriores, suponen una toma de conciencia, cuando el mismo autor define esta modalidad discursiva, «la extrema contención (del microrrelato) lo diferencia del cuento, su capacidad de significación lo acerca a la fábula (...) o a la poesía, siempre dentro de la intensidad narrativa». 


    El componente humorístico es consustancial a su producción, como el realismo metafórico, con dosis de imprevisible/ misterioso. Juan José Millás (Valencia, 1946), aúna en su literatura, cartas, fragmentos de diarios, argumentos de películas, informes, resúmenes de todo tipo, cuya visión fronteriza trasciende a cualquier clasificación sobre el género narrativo, que al valenciano le sirve para expresar su actitud ante la complejidad del mundo actual. Fernando Valls calificaba su producción de artículo/cuento/fábula/novela/periodismo/literatura, una especie de regeneración para el conjunto que se remonta a 1990, cuando inicia sus colaboraciones en prensa, con formas textuales diversas que abarcarían todo tipo de divisiones y que recogerá en Algo que te concierne (1995), Cuentos a la intemperie (1997), Cuerpo y prótesis (2000), Articuentos (2001) y Hay algo que no es como me dicen (2004). Los «nanocuentos» de José María Merino (La Coruña, 1941), que, el autor, había comenzado a escribir «por experimentar, de poner a prueba», datan de 1990. En Días imaginarios (2002) integró una docena de micro, más tarde en Cuentos del libro de la noche (2005) amplia su visión y compone un libro completo de microtextos, y La glorieta de los fugitivos (2007), recoge una amplia selección de sus microrrelatos hasta el momento. En Merino conviene recordar su interés por lo fantástico, cuyas manifestaciones en este país se remontan a la década de los sesenta aunque su desarrollo no llegaría hasta los ochenta, y en cuyo trasfondo se encontraban autores como Borges, Felisberto Hernández o Cortázar. Lo fantástico le sirve al autor para revelar lo extraño, o para contemplar la realidad desde un ángulo de visión insólita y familiarmente convierte esa extrañeza en algo cotidiano, normal, certero para percibir y comprender la realidad. En igual medida utiliza el sueño, con variantes: el sueño como premonición, la frontera sueño-vigilia, la imposibilidad de trasladar a la vigilia lo experimentado en el sueño, o las sorprendentes metamorfosis y sensaciones vividas en el mismo. Juan Pedro Aparicio (León, 1941) siempre mostró interés por el cuento brevísimo y en el prólogo a La mitad del diablo (2006), compuesto de microtextos, afirmaba que ya en, El origen del mono (1975), había descartado algunos cuentos por su brevedad. Después publicaría, El juego del diábolo (2008), complemento del anterior, forma parte de un proyecto de libro de 666 textos, cifra que simboliza el Maligno. Lo característico de Aparicio es que mezcla microrrelato, fábula, parábola, anécdota, escenas diversas, casi microensayos y estampas. Julia Otxoa (San Sebastián, 1953) ha cultivado, básicamente, la poesía aunque en estos últimos años ha afianzado su labor en el relato breve, Kískili-Káskala (1994), Un león en la cocina (1999), La sombra del espantapájaros (2004), o el más reciente, Un extraño envío (Relatos breves) (2006). En su obra confluyen corrientes artísticas diversas: surrealismo, literatura del absurdo, el existencialismo, aunque no haya seguido fielmente ninguno de esos modelos y, más bien, integra técnicas y recursos propios, un ejercicio de escritura como una mirada múltiple sobre lo narrado. Para Otxoa, las formas de la brevedad son representativas de nuestro tiempo convulso, es decir, la estética del escepticismo y la ironía. Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961), practica el relato breve, casi el micro desde hace varias décadas y desde sus inicios: El cielo está López (1990), Manías y melomanías mismamente (1992), Relatos mínimos (1996), El aburrimiento, Lester (1996), Los tigres albinos (2000), Sucedáneo, pez volador y otros cuentos (2005), y Los últimos percances (2005). La crítica ha calificado al autor como un «transgresor, rupturista e irreverencioso, muy proclive a la experimentación lingüística y técnica, algo que lo convierte en un escritor atípico e inclasificable». Sus cuentos se articulan en secuencias, separadas por espacios tipográficos, asteriscos o números que adquieren un grado de autonomía y, ostentan así, un carácter fragmentario o de puzzle. Sin embargo, en Hipólito G. Navarro, el lenguaje se convierte en «personaje principal» por esa experimentación ensayada, o como suele afirmar el narrador, «... pretendo que todo suceda dentro de los márgenes del lenguaje, y no fuera». En otras ocasiones, su experimentación le lleva a inventar discursos totalmente surrealistas, añade juegos lingüísticos. Ángel Olgoso (Cúllar Vega, Granada, 1961) está considerado un maestro de la brevedad. Tres libros ha publicado con microrrelatos, cuya maestría, queda puesta de manifiesto: Cuentos de otro mundo (2003), Astrolabio (2007) y La máquina de languidecer (2009). Dedica sus esfuerzos al relato hiperbreve y se muestra original, su perfección se sitúa en la línea de aquellos autores que no han necesitado cultivar la extensión para ser reconocidos como grandes: Borges o Chéjov. El mismo narrador señala que, «desde siempre he estado abocado a la brevedad, por carácter, por afición, por convicción y por una elemental cortesía hacia el lector». Son frecuentes en sus relatos las fábulas, los juegos lingüísticos basados en frases hechas, diálogos dramáticos y textos burlescos y satíricos, aunque abunda en su obra la literatura fantástica, con una inclinación al mundo onírico y el terror. 









EL MICRORRELATO ESPAÑOL
Irene Andres-Suárez
Una estética de la elipsis
Palencia, Menoscuarto, 2010.