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domingo, 31 de mayo de 2015

Desayuno con diamantes, 38



MEMORIA DE MARIO LACRUZ

(Barcelona, 13 de julio de 1929 - Barcelona, 13 de mayo de 2000).

        Memoria de un escritor, memoria de un editor ha servido para reunir en una exposición homenaje, libros, manuscritos, fotos y originales de Mario Lacruz, un editor que tan sólo consiguió publicar tres obras a lo largo de su vida, El inocente (1951), La tarde (1953), la colección de relatos  Un verano memorable (1955), y después de un largo espacio de tiempo dedicado a labores editoriales publica El ayudante del verdugo (1971). Recientemente recibía un gran homenaje del mundo de las letras como editor, fue en 2000.



Dos fechas notables hay que destacar con respecto a la producción literaria española y que están en la mente de todos los interesados y eruditos en el tema, de una parte la de 1936 y lo que supuso en la cultura española de la época y la posterior, esa emblemática fecha de 1945 y lo que de aislamiento internacional originó hasta bien entrada la década de los 50, ese especie de deshielo que provocó una alternativa rabia interior y la búsqueda de una formación y una conciencia para llegar a la expresión de nuevas fórmulas y mayores libertades. Se trata, no obstante, de una generación ya suficientemente estudiada en monográficos y manuales que, sin pretender romper, abogaba por toda una tradición española, los nuevos aires de una nueva narrativa norteamericana, francesa o un realismo ruso y sobre todo el neorrealismo italiano de imágenes cinematográficas. Los nombres de los jóvenes que aparecen en la escena literaria española forman parte de ya de esa promoción que se denominó como realista, pero la variedad es tanta que en las novelas y relatos publicados en estos años encontramos oscilaciones tan variables como esas características que oscilarían entre un lirismo subjetivo y objetivo, distensiones entre el yo y el mundo o la realidad y el ensueño, aunque en todos predomina esa orientación realista, crítica y en algunos casos experimentalista. Todos los jóvenes escritores se incorporaban al panorama literario por las mismas fechas y haciendo un somero recuento podemos advertir como entregaban, escalonadamente, sus primeras obras: Matute Los Abel (1948), Sánchez Ferlosio Industrias y andanzas de Alfanhui (1951), Lacruz  El inocente (1951), Goytisolo Juegos de manos (1953), Fernández Santos  Los bravos (1954) y Aldecoa El fulgor y la sangre (1954), y más tarde Martín Gaite El balneario (1955) y López Pacheco Central eléctrica (1957), por no alargar excesivamente la nómina y los títulos más significativos de la época.

La labor editorial

  Mario Lacruz fue esa persona muy vinculada al círculo catalán de la generación del medio siglo. Cuando comienza su carrera de derecho en la Universidad Central de Barcelona entablaría amistad con José María Castellet, Antonio Senillosa, Francisco Vicens y Ana María Matute. En 1950 comenzaba a escribir y a publicar primeros cuentos y artículos y a relacionarse con el mundillo de las tertulias literarias. Había nacido el 13 de julio de 1929, en pleno Ensanche barcelonés, aunque parte de su infancia la pasará en Andorra a donde el padre, un comerciante textil, se había trasladado para regentar un hotel. Después de la contienda la familia se reinstala en Barcelona y Mario inicia sus estudios en Los Hermanos de la Salle. Llegó a interesarse por el teatro de vanguardia y pondrá en escena obras de Greene, O´Neill, Miller y otros. Desde el principio su obra propende a lo poético y a la profundización psicológica. En 1951 publica El inocente y obtiene el «Premio Simenón» a la mejor novela policíaca del año y en 1953 su siguiente novela La tarde con la que obtuvo el Premio Ciudad de Barcelona un año más tarde.
      Entretanto, inicia sus colaboraciones en labores editoriales para el editor Plaza que le había publicado en la «Enciclopedia Pulga» una colección de relatos titulados Un verano memorable (1955), cinco cuentos, al más estilo realista, y que llevan los títulos de «Un verano memorable», «Ana y los niños», «La comunidad», «La mujer forastera y solitaria» y «Los brazos», una curiosa colección que ahora reedita Debate junto a dos de sus obras más significativas, El inocente y El ayudante del verdugo, a las que seguirán La tarde, como manifestaba el director y crítico Constantino Bértolo. Instalado en Plaza inaugura una colección que traducirá las obras de autores universales como Mika Waltari, Maxence van de Meersh, Cecil Roberts, Pearl S. Buck, que le proporcionarán grandes éxitos a la editorial. Poco después se crea Plaza & Janés y desde 1963 Lacruz lleva a su cargo la dirección editorial. Bajo su responsabilidad se publican obras como Papillón, ¿Arde París?, Chacal, Juan Salvador Gaviota y se inician las famosas colecciones “Reno” y “Alcotán”. Desde 1975 dirigirá la editorial Argos-Vergara y fundaría la colección “Las cuatro estaciones”, incorporando los nombres de Fernández Santos, Graham Greene, Ramón J. Sender, Doris Lessing, Francisco Umbral y un largo etcétera. En 1981 regresa a Plaza &Janés y pone en marcha una nueva colección, “Ave Fénix”, descubre a Isabel Allende y publica a Marsé, Semprún, Amado, Updike. Dos años más tarde Planeta le ofrece la dirección de Seix-Barral donde iniciará una de sus etapas más largas y fructíferas y descubre a Antonio Muñoz Molina, Rosa Montero, Julio Llamazares, Juan Miñana, Jaime Bayly y publica casi todas las novelas de Eduardo Mendoza, parte de la obra de José Saramago y sobre todo se arriesga con Los versos satánicos, de Salman Rushdie.  Jubilado de toda actividad en 1988, recientemente había reiniciado su vocación de escritor, pero la muerte le sorprendía el 13 de mayo de este mismo año.




La labor literaria

    El profesor Valles Calatrava en uno de los apartados de su ensayo, La novela criminal española (1991) destacaba la singularidad de la novela El inocente «al considerar al sujeto como víctima de la sociedad, el carácter de destino trágico del protagonista, la crítica a la pérdida de la humanidad y la propia consideración del entramado social como algo opresivo y corrupto». En realidad, es una novela negra, con ciertos tintes de novela psicológica y con aires de relato existencialista. Lacruz cuenta en cuatro partes ( musicales) la investigación de Virgilio Delise acerca de la muerte de su padrastro para demostrar, sobre todo, su inocencia. Dominan las frases cortas y el desarrollo de la acción es vertiginoso. Igual de sorprendente es su siguiente novela, La tarde, en la que autobiográficamente, un narrador, hace recuento de su vida y cuenta tanto su pasado como su presente. En realidad, es un soñador pero también un abúlico traductor de literatura inglesa. En el epílogo anuncia que se va a casar con ese amor platónico de toda la vida, propósito que según ha podido deducirse no llevará a cabo. La novela se refuerza con el análisis psicológico y las actitudes del protagonista del relato. Dieciséis años más tarde entregaba El ayudante del verdugo (1971) quizá su obra más comprometida, publicada a destiempo porque por su temática bien podría definirse como esa obra que hubiera sido clasificada de «realista» en una época en la que se empezaban a distanciar temas como el conflicto generacional provocado por esa larga postguerra e incluso «el inicio del desmoronamiento—como señala Ignacio Soldevilla en La novela desde 1936 (1980)—ideológico de la primera generación con respecto a los nuevos aires de libertad».
        El narrador Ventosa cuenta en primera persona su vida, retratado como astuto y emprendedor en poco tiempo conseguirá un gran imperio. Relata su vida retrospectivamente. durante una velada en la que se distinguirá con una condecoración a su amigo Pardo, en realidad una ceremonia de autoexaltación porque el protagonista ve cómo después de tanto tiempo ha llegado a tal grado de corrupción colectiva que está dispuesto a asumirla. Pero, sobre todo, —como ha señalado Belén Gopegui—«Ventosa tiene una doble vida. Es empleado de Pardo, la nota de distinción en esa empresa de ladronzuelos, le hace a Pardo los papeles, a veces ilegales, soborna para él, despide para él y le sigue el juego acudiendo a reuniones innecesarias...». A lo largo de la novela se puede percibir cómo Ventosa se ha convertido en un cínico, algo aún de tremenda actualidad en la sociedad de hoy con tantos visos de hipocresía.


sábado, 30 de mayo de 2015

Hoy tomo café con…



Antón Castro
El último libro de Antón Castro, La leyenda de la ciudad sumergida (Nalvay, 2014), es un homenaje a Galicia, a aventura, al sueño y al mundo infinito de los libros.

 Foto Olver Duch

Antón Castro nació en Lañas (Arteijo), La Coruña, 25 de agosto de 1959. Es un escritor, dramaturgo y periodista cultural. Desde 1978 vive en Zaragoza. Dirige desde 2001 el suplemento Artes y Letras del Heraldo de Aragón. Presentó y dirigió varios programas de televisión. Desde el año 2000 dirige los Encuentros Literarios de Albarracín. Su obra literaria es variada y variopinta, Mitologías (1987), El testamento de amor de Patricio Julve (1995). Los seres imposibles (Destino, 1998), y obras para niños, Jorge y las sirenas (2009), El niño, el viento y el miedo (Nalvay, 2013) y La leyenda de la ciudad sumergida (Nalvay, 2014),  Ilustrados de Javier Hernández, libro de cuentos fantásticos de la infancia del autor en Galicia.

Déjeme preguntarle, ¿su vida es cultura, o la cultura forma parte de su vida?
Quizá las dos cosas. Me apasionan las pequeñas cosas de la vida, que también son una forma de cultura, y la cultura es una de las razones que alimenta mi vida: la literatura, la música, el cine, el arte, la fotografía, el teatro, la conversación, el debate, la pasión por escuchar a los otros.
  
¿Cuándo se consideró que la cultura era algo fundamental en un país como este?
Imagino que con la ilustración, durante la II República, y cuando se entendió que la cultura son las maletas del viajero, del creador, del hombre cotidiano: ahí viaja la sensibilidad, el sentido crítico, la curiosidad, el deseo de saber, el respeto, ese viaje interior que se llena de experiencias, de poemas, de libros, de partituras, de sueños..., las armas de la convivencia y la libertad. Ahora, como decía el otro día Rafael Argullol, parece que la cultura y la lectura están más desprestigiadas que nunca; si fuese así, y quizá lo sea, sería una forma de corrupción y de fracaso.

¿Cómo hemos cambiado en estos últimos años en la forma de hacer periodismo cultural?
Aunque ahora no estamos en el mejor de los momentos de la consideración cultural, en la democracia el periodismo cultural ha sido fundamental. Se ha creado mucho, en todas las dirección, se ha programado mucho, ha habido avances decisivos, grandes proyectos, y el periodismo cultural ha estado ahí, con entusiasmo y sentido crítico, para impulsarlos, criticarlos, elogiarlos y fijar el foco sobre ello. Y hablo desde el ‘Inventario de otoño’ de Manuel Vicent a la ‘Galería de imprescindibles’ de Manuel Hidalgo, desde las entrevistas y los reportajes a las críticas de cine, arte, libros o fotografía.

 Foto José María Odé

Hábleme de sus experiencias en el mundo del papel y en las nuevas tecnologías.
Me encanta el papel y los soportes digitales. Tengo la casa como un mar desordenado de recortes y periódicos y libros, que le lleva a decir a mi suegra si no padeceré el síndrome de Diógenes, y a la vez, sin ansiedad, me he asomado al blog, al facebook y quizá hoy mismo al twitter.

De su variada faceta como escritor, ¿de cuál se siente más satisfecho?
No sabría decirle. El periodismo ha sido mi escuela de formación, pero en realidad me siento narrador, contador de historias. Y a la vez, poeta. Un poeta de demasiadas palabras todavía y algo tardía. Desde 2010 para aquí he publicado cuatro libros de poesía.

¿Solo en la realidad se encuentra la auténtica literatura? La pregunta viene por su faceta de escritor de un maravilloso mundo de fantasía.
La literatura se hace de realidad, de imaginación, de sueño y lenguaje. A mí siempre me ha atraído mucho la dimensión mágica o inesperada de la vida, aquello que parece soñado. Lo han dicho muchísimos antes, y se seguirá diciendo muchas veces más, pero a mí las cosas más inverosímiles, mágicas, fabulosas, sorprendentes y conmovedoras me han ocurrido en la realidad. O suceden en la realidad. La realidad es una formidable máquina de maravillas que parecen irreales e imposibles.

Primero fue, Jorge y las sirenas (2009), un libro para más pequeños, ¿fruto de ese mundo donde la fantasía es tan importante?
Desde luego. Soy un enamorado de las sirenas, desde hace muchos años, casi tanto como Carlos García Gual. He escrito bastante de ellas. Pero esa también es una historia que me dictó la realidad: ahí le inventé una sirena a un niño enfermo gravemente al que le apasionaban los sencillos dibujos que hacía yo en las dedicatorias de mis libros. Durante su convalecencia, decidí escribirle dos microcuentos de sirenas en el periódico (apenas quince líneas, 900 caracteres cada uno) para que supiese que me acordaba de él y mis sirenas también... Se curó. Y me gusta pensar que es un milagro de la ciencia, a la que le estoy muy agradecido, y de la literatura.

 Foto, José Miguel Marco


El niño, el viento y el miedo (2013), ¿es una colección de leyendas o cuentos con una mayor proyección?
No son leyendas, aunque pueda parecerlo. Todo lo cuento es más o menos real: quiero decir que yo lo viví así en mi infancia o que mi propia madre me contaba las cosas como yo las cuento. Aunque parezca sueño casi todo el real. Salvadas las distancias, yo tuve una infancia fantástica y llena de miedos y de poesía como la que cuenta, en cierto modo, Marc Chagall. Los aparecidos volvían con la lluvia; los mendigos exigían limosna de pan con beso y podían bailar una muiñeira; el viento encendía un acordeón bellísimo y lastimero que provocaba pánico; la dama de los bosques irrumpía y provocaba desastres ambientales y en algunos hombres, y eso me lo confirmaba incluso la mujer viuda que me cuidaba algunas mañanas. Las brujas, ya se sabe, haberlas haylas.

En La leyenda de la ciudad sumergida (2014) parece como si usted llevara a Galicia en su corazón, ¿es así?
Por completo. Ese libro es un homenaje a Galicia, a la naturaleza, a una topografía que conocí de niño y adolescente, y es un homenaje al viaje, a la aventura, al sueño y al mundo infinito de los libros.

En esta historia se suceden las aventuras y, además, ofrece un auténtico homenaje al mundo del libro, ¿quiso usted combinar ambos aspectos para educar a jóvenes lectores?
Por supuesto. Siempre les digo a los niños que la aventura y los libros van de la mano y que una de las experiencias más hermosas que existen es la de la lectura, si es en voz alta aún mejor. Una experiencia tan decisiva como la amistad, el amor, el descubrimiento del mar o de una canción que se convierte en la banda sonora más íntima de tu vida. A los niños siempre les gusta que pasen cosas.

Ofrece aun mucho más, el poder de la fantasía y de la imaginación, ¿seguimos teniendo necesidad de otorgarle el valor suficiente a lo maravilloso y extraño?
Por supuesto. En el fondo, uno de los estados más excitantes es la sensación de estar de tránsito o de vuelo. La fantasía te permite ser pájaro o nube, ser un caballero medieval y descubrir el corazón oculto de las palabras, que son –como suele decir el poeta Ángel Guinda- seres vivos.

La bondad y la maldad, ¿trata usted estos sentimientos con una especial sutileza?
No me resulta fácil crear personajes malos, o repletos de maldad, pero la bondad también adquiere su valor, su intensidad, por oposición a la maldad. Intento no ser moralista; dicen algunos que los malos son más divertidos. Uno los acepta mejor en la ficción que en la vida. 

¿Cada escritor tiene su propio bestiario? ¿El suyo es original o fruto la tierra?
Las dos cosas. Fabulo un poco a partir de consejas, invento y recreo. En el fondo, he creado mi propio bestiario: muchos de mis paisanos no reconocen a los animales de los que les hablo. O, al menos, no han oído hablar mucho de ellos, pero han dejado hilillos de fábula, ecos borrosos, rastros de oro y fantasía. Soy un gran enamorado de los bestiarios, en la línea de Ambroise Paré, Borges, Horacio Quiroga, Cunqueiro, Perucho, Kafka, Rafael Pérez Estrada, etc. Uno de los libros que más me marcó fueron los cuentos de Bestiario de Cortázar.

El miedo es un componente en sus libros juveniles, ¿a qué tenemos miedo?
A lo que desconocemos, a lo que presentimos incontrolable: el viento, la noche, los fantasmas, algunos animales, las presencias, los lobos (eso nos decían de niños), el demonio, los sapos que podrían orinarte en los ojos, la soledad en el monte oscuro, tememos al desamparo, al error, a que no te quieran...

¿Qué le resulta más fácil, escribir para jóvenes o para adultos, si me permite y se ha planteado dicha dicotomía?
Me lo planteo de la misma manera: intento encontrar un lenguaje, historias, personajes, y ofrecerles lo mejor de mí mismo. A veces un libro para jóvenes llega a los adultos y al revés. Uno no debe pensar nunca que los niños son analfabetos o estúpidos y que se les puede dar gato por liebre.

Y una última pregunta, ¿los dibujos de Javi Hernández complementan la visión de las aventuras de Esteban?
He trabajado con muchos artistas: José Luis Cano, Natalio Bayo, Alberto Aragón, Santiago Arranz, Juan Tudela, Alberto Torró. Y con Javier Hernández me ha pasado algo especial: él es narrador también, cuentacuentos, adora la música. Y ha cogido a la primera la atmósfera de mis libros: se siente cómodo, crea, improvisa, completa las acciones y tiene total libertad. A mí me encanta trabajar con él. Es delicado, sutil, posee un trazo fino, tocado por ese color verdoso y dorado, compone muy bien y es atrevido. Le encanta probar, medirse y sabe que tiene toda mi confianza. Veo lo que hace y me siento complementario suyo y siento que él ha creado una obra suya, personalísima, poderosa y poética. Lo que ha sucedido con El niño, el viento y el miedo y con La leyenda de la ciudad sumergida.


viernes, 29 de mayo de 2015

Antonio Machado



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CAMPOS DE CASTILLA


   En un tercer volumen publiqué mi segundo libro, Campos de Castilla (1912) –escribirá Antonio Machado en el prólogo a sus Páginas escogidas (Madrid, 1917)–. Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada –allí me casé, allí perdí a mi esposa, a quien adoraba–, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano –añadiría, después, el poeta–. Ya era, además, muy otra mi ideología. Somos víctimas –pensaba yo– de un doble espejismo. Biógrafos y estudiosos coinciden en señalar que Antonio Machado envió el original de Campos de Castilla para que Gregorio Martínez Sierra lo publicara en la Editorial Renacimiento en 1910, sin determinar la fecha, aunque bastante antes de emprender su viaje a París el 13 de enero de 1911, junto a Leonor, pensionado por la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. Pero la publicación se dilataría en el tiempo, desde la fecha indicada, 1910, hasta la segunda quincena del mes de abril de 1912 que aparece finalmente; es decir, quince meses largos no exentos de algunos problemas de gestación.
     Los poemas que componen este libro los escribiría Machado en etapas cronológicas y geográficas muy distintas, aunque el mismo poeta lo consideraría como un libro unitario a partir de 1928. Algunos están escritos en Madrid, en Soria (tal vez en París) y en Baeza; pero Machado insistiría en que la fecha para sus primeras composiciones es 1907, sin embargo encontramos algunas fechadas ya en 1904 lo que indica que el poeta no otorgaba demasiada importancia a lo límites temporales que se fijó hasta su publicación. Durante los primeros meses de matrimonio (recordemos que Machado se había casado con Leonor Izquierdo el 30 de julio de 1909), el poeta trabaja en los poemas de Campos de Castilla ajenos al amor, y entre ellos gesta y compone el largo romance, La tierra de Alvargonzález, cuya redacción en prosa publicaría en París durante su viaje de estudios. En el aspecto amoroso, la figura de Leonor jamás se manifestará en el poemario, solo aparecerá una leve referencia tras su muerte, ocurrida el 1 de agosto de 1912. Solicita traslado que se le concede a Baeza ese mismo mes de octubre y deja su etapa soriana, tras cinco años de estancia. Aunque en Andalucía contempla otro paisaje, siempre llevará a Soria en su corazón, para él ya sagrada. La belleza de la ciudad andaluza y su campo le harán sentirse cómodo aunque su pesimismo acentuado le acerca a una postura más crítica que a una serena resignación. Sus paseos le llevan, en ocasiones, lejos de Baeza, hasta la cercana Úbeda y otros lugares de la sierra donde la naturaleza vuelve a inspirarle nuevos poemas, nuevas alegrías y paz para su corazón maltrecho y herido. Durante este tiempo trabajará en los poemas que añadirá a Campos de Castilla y publica algunos artículos periodísticos tanto en la prensa de Madrid, como de Baeza. En 1916 universitarios granadinos visitan la ciudad, celebran una velada literaria con Machado que lee La tierra de Alvargonzález, el maestro estará acompañado por un jovencísimo Federico García Lorca que toca al piano piezas de Falla y canciones populares.



   La distribución de los poemas de Campos de Castilla no sigue un orden cronológico ni temático; tampoco, podemos fechar estas composiciones y cuando aparece algún dato es de dudosa atribución. Solo podemos hablar de una filiación “modernista”, cuando leemos algunos versos que recuerdan a Darío, o proceden de la métrica alejandrina de Verlaine; “elogios” porque recrea poesía ditirámbica en la que ensalza al escritor correspondiente y a su obra; el efecto del “paisaje” tierras, montañas, sierras y ríos en un minucioso recorrido en busca de sus secretos; “Castilla” con esa suerte de impresión que le causó al poeta el libro de Castilla (1912) y, anteriormente, Los pueblos (1904) y La ruta de Don Quijote (1905), de José Martínez Ruiz, Azorín y, aun más, si nos fijamos en sus poemas, los referidos a esta tierra que tienen un arranque azoriniano; una “preocupación españolista”, como el resto de sus compañeros de generación, Machado plantea en su libro el problema social y político de las tierras sorianas y andaluzas, y en paralela consecuencia de toda España; el “posible narrador” cuando escribe la versión en prosa de La tierra de Alvargonzález que estructura como una leyenda soriana del mejor Bécquer; su “recuerdo de Leonor” porque, según testimonio del propio poeta, su poesía adquiere más hondos acentos cordiales, se humaniza más tiernamente y se hace más trascendental; y a medida que avanza el poemario, una “lírica aforística y popular”, versos que oscilan desde un pensamiento trascendente a la ironía pesimista; y, finalmente, el “concepto de Dios” cuando es obvio que Machado se muestra siempre anticlerical, a quien culpa de los males sufridos en España.
  La editorial palentina Cálamo publica una edición ilustrada en el centenario de la aparición del libro, con pinturas de Juan Manuel Díaz-Caneja (Palencia, 1905, Madrid, 1988) afamado pintor por sus paisajes castellanos, quien durante su estancia en la Residencia de Estudiantes conoce a Benjamín Palencia y al escultor Alberto que impulsarían la Escuela de Vallecas, donde convocarían, intelectuales y artistas de la talla de Alberti, García Lorca, Maruja Mallo, Gil Bel, Luis Castellanos o José Herrera Meter. Sesenta y siete son las pinturas o ilustraciones que se alternan con los versos de Machado. Se trata de una hermosa edición de coleccionista que prologa Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963), filólogo y poeta, cuya obra lírica se circunscribe al paisaje desolado de su tierra, y como él mismo afirma, siguiendo al poeta sevillano, con respecto a la presente edición, un siglo más tarde, “la gracia de unas pocas palabras verdaderas”, nos siguen conmoviendo, permanece su huella, y Soria seguirá unida para siempre a quien pasó su infancia en un patio de Sevilla, su juventud en tierras de Castilla y aun sin considerarse un seductor recibió la flecha asignada por Cupido, alguien que por definición fue en el buen sentido de la palabra, bueno. Poesía, sin duda, como epítome de lo castellano.


                       








CAMPOS DE CASTILLA
Antonio Machado
Pinturas de Juan Manuel Díaz-Caneja
Palencia, Ediciones Cálamo, 2012; 276 págs. + 67 ilustr.


jueves, 28 de mayo de 2015

Bruce Chatwin



… me gusta
BAJO EL SOL
LAS CARTAS DE BRUCE CHATWIN



   Bruce Chatwin experimentó, inagotablemente, a lo largo de su vida, su punto de partida fue siempre el desplazamiento. En ese constante movimiento pasó los últimos años de su existencia, de tal manera que su nomadismo literario ha servido para destruir los límites que él mismo había puesto a su escritura. El incansable viajero fallecía, prematuramente, en Niza a los cuarenta y ocho años y dejaba una obra, breve en número, aunque densa en contenido, ampliamente traducida en varios idiomas. El año 1975 marcaba el punto de partida de una febril actividad de un jovencísimo Chatwin, que en un escueto mensaje aseguraba, “me voy a la Patagonia por seis meses”, y así comenzaba para él el itinerario de un autodescubrimiento, puesto que el propósito inicial fue seguir las huellas de muchos de los viajeros del Imperio que, solidarios o no, habían partido de una tremenda desigualdad. Iba anotando, en pequeños cuadernos, sus impresiones, cuando, entre otras cosas, descubrió la miseria de estos desheredados de la Tierra de Fuego, aquellos que hoy son los descendientes o los restos de quienes, novelescamente, fueran los protagonistas más conocidos: un oscuro francés, Philippe Boiry, nombrado rey de la Araucaria y de la Patagonia, o los famosos forajidos, sacados del Oeste Americano, Butch Cassidy y Sundance Kid. Después vendrían, Colina negra, Los trazos de la canción, o ¿Qué hago yo aquí?
 No hay escritura más inmediata, señala Elizabeth Chatwin en el “Prefacio” de la reciente edición de Bajo el sol. Las cartas de Bruce Chatwin (2013), que la que encontramos en las cartas. Su madre conservó las misivas que él le mandaba todas las semanas desde la escuela secundaria, en las que ya se aprecia cuántas cosas le interesaban y le entusiasmaban. Una labor de más de veinte años esconde esta edición que ha recopilado su viuda, en la que como en su libros se aprecian saltos en el tiempo y en el espacio, tal y como Chatwin solía hacer en su crónicas de viajes por la extensa Patagonia o la desértica Australia. Nicholas Shakespeare, a lo largo de una esclarecedora “Introducción” apunta que el libro recoge el testimonio de Chatwin desde su infancia, su paso por Sotheby’s, su estancia en Edimburgo, su labor en el Sunday Times o sus últimos días, en lucha con el sida que le quitaría la vida en 1989. Sus principales corresponsales fueron sus padres, Charles y Margarita que, a principios de los 60, se instalaron en Stradford-upon-Avon, donde pasaron el resto de sus vidas, Elizabeth Chabler, con quien estuvo casado veintitrés años, aunque tuvieron una pequeña crisis a principios de los 80, la madre de su esposa, Gertrude Chanler, que vivía en Geneseo, en el estado de N.Y., Cary Welch, un coleccionista de arte casado con Edith, prima de Elizabeth, Ivry Freyberg, hermana de su mejor amigo en Malborough; John Kasmin, un marchante londinense con quien viajaría a África, Katmandú y Haití; Tom Maschler, su editor en Jonathan Cape; Diana Melly, su anfitriona en Gales, el escritor Francis Wyndham que colaboraba con él la revista The Sunday Times, y al primero a quien dejaba ver sus manuscritos; algunos escritores australianos, Murria Bail, Ninette Dutton y Shirley Hazzard, o el director de cine, James Ivory, y finalmente el periodista indio Sunil Seti a quien conoció mientras seguía la campaña de la señora Gandhi.
  Las relaciones sentimentales no parecen interesarle excesivamente al autor, y solo observamos un Chatwin atento con personas a quienes conoce brevemente, faltan algunas dirigidas a Werner Herzog, Gita Mehta y las referidas a los archivos de Sotheby´s o la revista The Sunday Times, durante los años que trabajó en ambos sitios. No quedan rastros de las enviadas a Donald Richards o Jasper Conran, en otro tiempo amante suyo y en cuya casa, en el Sur de Francia, falleció el 18 de enero de 1989. Shakespeare sostiene que, tanto a Elizabeth como a él, poco o nada les ha importado presentar un Bruce Chatwin favorable o desfavorable en esta correspondencia personal, su intención ha sido recopilar un material interesante y revelador. La corrección de errores, actualización de direcciones, o fechar los variados documentos ha sido una comprometedora tarea con resultados desiguales. Una colección de cartas como las que recoge Bajo el sol, podrían convertirse en el resultado de una auténtica autobiografía, señala Nicholas Shakespeare, y se pregunta hasta qué punto podría parecerse a este libro si Chatwin si hubiera vivido para ello, o cuántas partes hubiera reescrito, omitido o nunca sacado a la luz, pero pese a todo el lector percibirá una versión fascinante de la vida del escritor que, en alguna medida, completa los libros escritos y los no escritos, desde que desde el colegio Old Hall, de Shropshire, escribiera a sus padres, allá por mayo de 1948.
  Las cartas de Bruce Chatwin, divididas en esclarecedores capítulos, doce en total, reproducen ese continuo aprendizaje que a lo largo de los años materializaría en una acumulación de datos sobre los más variados temas, antropológicos, arqueológicos, filosóficos, geográficos, históricos, científicos, personales e, incluso, metafísicos que contribuyeron a afianzar su particular visión de la vida y su condición de escritor.
                        










BAJO EL SOL
LAS CARTAS DE BRUCE CHATWIN
Selecc., y edición de Elizabeth Chatwin y Nicholas Shakespeare
Barcelona, Sexto Piso, 2013; 556 págs.


miércoles, 27 de mayo de 2015

Hoy invito a…


Betty  


    Desde siempre se ha venido hablando de eso que llaman “destino”, y entrecomillo porque uno no sabe muy bien, cuanto de cierto y cuánto de fantasía tiene el término, y sobre todo si verdaderamente se cumple. Poco importa, pero en estos últimos meses, a las abundantes e interesantes lecturas que suelo hacer semanalmente, he sumado algunas que ya había leído, y por tanto he releído, y otras que han despertado mi interés y cuyos protagonistas son perros, eso que literariamente suele llamarse un can. Y no deja de ser curioso porque la literatura está poblada de estos simpáticos amigos, de todas las razas y tamaños. Por ejemplo, en 1962, un John Steinbeck, de 58 años, se puso en la carretera y recorrió su país, Estados Unidos, de punta a punta. A lo largo de tres meses hizo los dieciséis mil kilómetros por las carreteras secundarias de treinta y cuatro estados. Viajaba con Charley, un caniche francés, y en Rocinante, la autocaravana que compró para la ocasión y que llevaba su nombre escrito en un costado con caligrafía española del siglo XVI. Según cuenta el Nóbel sureño, durante todo ese tiempo nadie le reconoció ni una sola vez. El resultado, Viajes con Charley. En busca de Estados Unidos (Nórdica, 2014). 
     Paul Auster, escribió Tombuctú (Anagrama,1999), un texto que no deja de ser una pequeña joya para los sentidos. El protagonista es un perro, Mr. Bones, cuyo dueño es un personaje extravagante y trotamundos, y poeta que se llama Willy Christmas. El libro nos narra las peripecias del perro desde que entra en contacto con Willy, cuando aún era un cachorro, pasando por su búsqueda de una nueva familia tras la muerte de su amo. El final, sorprendente y agridulce a la vez, nos lleva a un mundo mágico donde los perros también sienten pasiones humanas como el ansia de libertad y la añoranza de una juventud que se fue. 
     Y para terminar, no sabía quien era Claude Duneton, y después de haber leído su única obra traducida a nuestro idioma, La perra de mi vida (Malpaso, 2015) no sé mucho más, me salva el prólogo que Antonio Soler antepone a un texto de 104 páginas de letra grande, muy grande que permite pasar sus capítulos de una forma muy cómoda. La perra de mi vida, todo Claude Duneton condensado en pocas páginas: el escritor y el hombre; la historia, la perra que en su infancia le había descubierto la existencia, la crueldad, el egoísmo, la lucha por la supervivencia en un mundo hostil pero, también, la ternura. Rita, como se llamaba su perra, había sido la excusa para reproducir un mundo pasado, histórico y, al mismo tiempo, para crear un universo literario pasmosamente sólido pese a su brevedad. Había sido su mascota, y la vida perra que se cernía sobre el niño y los habitantes de aquella olvidada región en tiempos de la ocupación alemana, cuando el nazismo, el mariscal Pétain y la más absoluta de las incertidumbres se abatían sobre Francia.

   Y ahora viene la historia de Betty, un cachorro de apenas tres meses que, el destino, ha puesto en mi vida, o tal vez nos hemos cruzado. Una perrita que un día me siguió hasta mi casa, y desde entonces, hace ya un mes, no ha vuelto a irse, así que se ha convertido en alguien cariñosa, juguetona, limpia que nos ha tocado el corazón a la familia, juguetea, la hemos vacunado, la alimentamos, la aseamos y ella nos muestra su cariño a diario; es obediente, y se comporta como un cachorro con ganas de jugar; creemos que es feliz, a su manera, y nosotros también empezamos a serlo.
   Quizá por eso, algún día, escriba Conociendo a Betty, pero esa será otra historia.

 Betty en imágenes

Una buena siesta


  Aun tengo un poco de sueño

 Me quedo en el sofá


Un poquillo más 




 Ya me voy espabilando

Poco a poco.

Vale, vale... que ya me levanto.

... Hay algo para merendar.

martes, 26 de mayo de 2015

Javier Sánchez Menéndez



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MEDIODÍA EN KENSINGTON PARK



     La distancia que establece un poeta en relación con su propio lenguaje se concibe como la expresión directa de sus verdades y como consecuencia de la construcción de un artificio capaz de determinar la relación moral con su realidad inmediata, a la par que esa voz lírica se identifica con esa primera persona que se supone es el poema. La soledad del poeta en mitad de una ciudad, o de un espacio conocido y/o reconocible presupone en él la convivencia con esa geografía, vértice que depura todos y cada uno de los argumentos válidos de la realidad vivida, suspiro llevado al límite, y capaz de sugerir esa estilización que presupone una trascendencia eminentemente subjetiva, puesto que la poesía se define como una tarea expresiva, una necesidad de exprimir que deja un eco de la verdad esencial del individuo con respecto a esa misma realidad esgrimida.



   Ecos, sonidos y colores, cadencias, notas en resumen que convierten la fuerza de un lenguaje en la impresión de un acentuado simbolismo, un ejercicio capaz de expresar el ámbito real con la verdad subjetiva, para crear así una auténtica conciencia de las imágenes como ocurre en, Mediodía en Kensington Park (2015), que Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964) nos ofrece como “Libro cuarto” de ese proyecto que titula Fábula y que reunirá un total de diez poemarios de singular y variadísima expresión lírica. La preocupación metapoética de Sánchez Menéndez es constante como puede apreciarse en estas treinta, ¿prosas poéticas? ¿metanarraciones? ¿dietario lírico? Poco importa si el poeta ha conseguido con su ritmo pausado dejarnos mirar en su interior y devolvernos parte de sus recuerdos, y además porque como afirma Sánchez Menéndez con las palabras (solo) busca la verdad. Y esa palabra justa, es la que conduce al poeta por el camino de la esencia. Es medio día en Kensintong Park anota el gaditano, mientras el mundo gira y las referencias literarias al lugar asaltan la memoria del lector, Barrie, Tickell, McClung y el más cercano Fresán que salpican los versos que presuponen la ignición de la palabra, mientras el poeta se adentra, observa y anota cuanto admira desde el centro mismo del parque, envuelto en las imágenes que pueblan el lugar, en la magia y la fantasía de sus árboles, de las numerosas plantas y flores que se conjugan en una simbólica visión de todo el conjunto.
    Detalles cotidianos, recuerdos y silencios en abundantes pensamientos líricos que se desvelan como una auténtica declaración de intenciones; en realidad, una ajustada autorreflexión a que pocos poetas nos tienen acostumbrados.










MEDIODÍA EN KENSINGTON PARK
Javier Sánchez Menéndez
Sevilla, Ediciones de la Isla de Siltolá, 2015.