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miércoles, 30 de septiembre de 2015

Los olvidados



TURRONES PARA SENDER
(Epistolario personal de Ramón J. Sender y Eduardo Fuembuena) 



      Ramón J. Sender manifestó en sus primeros años de periodismo una aguda tendencia al compromiso político-social, a la historia pretérita y presente de la España republicana, y una acusada curiosidad sobre el espíritu de los seres y de las cosas que más tarde reproduciría en sus novelas. La guerra civil le sorprendió veraneando con su familia en San Rafael, un pueblecito, de la sierra de Guadarrama. Salió de España a finales del año 1938, a su esposa, Amparo Barayón, la habían fusilado el 11 de octubre de 1936, en Zamora, aunque él conocería este suceso dos meses después, y sus dos hijos, Ramón y Andrea, desamparados en zona nacional, fueron rescatados por la Cruz Roja Internacional y llevados a Bayona, a principios de 1937, donde se reunieron con su padre que había llegado hasta allí desde el frente de Aragón. Poco después, el escritor iniciaría un largo destierro que le llevaría primero a un campo de concentración en Francia, más tarde a México y finalmente a Estados Unidos, concretamente a San Diego (California), en cuya universidad enseñó y donde volvería a casarse y rehacer su vida.
      La posición de un escritor en el exilio condiciona, necesariamente, su obra— señalaba Juan Luis Alborg, en Hora actual de la novela española (1962)—, constriñéndola y sacándola de su natural camino. Ya añade el peligro de crear bajo el espejismo de la lejanía, la nostalgia o el resentimiento. Un apasionado Sender, joven periodista durante la Guerra de Marruecos, ingresó en el prestigioso diario El Sol como corrector y redactor, entre 1924 y 1930, posteriormente afianzaría su fama en medios libertarios, Solidaridad Obrera y La Libertad. Sus primeras novelas de ideología revolucionaria cosecharon un extraordinario éxito, Imán (1930), Orden público (1932), Siete domingos rojos (1932), Viaje a la aldea del crimen (1934) y, sobre todo, Mr.Witt en el Cantón (Premio Nacional de Literatura, 1935). Su prolongada estancia norteamericana le llevó a un considerable aumento de su producción literaria, Crónica del alba (1942-1966), Réquiem por un campesino español (1953), Bizancio (1958), La llave (1960), La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (1968), el premio Planeta, En la vida de Ignacio Morell (1969), La efemérides (1976) y La mirada inmóvil (1979). Ramón José Sender Garcés había nacido en Chalamera, Huesca, en febrero de 1901, visitó España en diversas ocasiones, la primera un mediodía de mayo de 1974, volvería dos años más tarde, y en 1980 solicitó recuperar su nacionalidad española, aunque murió sin conseguirlo en la madrugada del 15 al 16 de enero de 1982, solo en su apartamento de San Diego. Buena parte de sus estancias las pasaría en su tierra aragonesa, donde conoció a Eduardo Fuembuena, fundador, editor y director de Aragón/Exprés,  medio que apareció por primera vez el 28 de enero de 1970, hasta que en 1979 se transforma en diario de la mañana, con 24 páginas, compuesto a 6 columnas y colaboraciones importantes de García Badell, Martín Ferrand, Pérez Valera, F. de Pablos, o Pedro Calvo Hernando, pero las dificultades económicas de la familia Fuembuena llevaron a su cierre y, el 22 de enero de 1983, se publicó el último número. Fuembuena había solicitado colaboraciones al escritor para su periódico, y este aceptó la propuesta en San Diego, desde donde enviaba sus artículos y reseñas de crítica literaria de forma ininterrumpida, lo que originaría un amistad más allá del simple intercambio mercantil por parte de ambos. Durante años, Fuembuena le enviaría, vía Iberia, los periódicos, además de ciertas dulzainas por navidad que incluían, por supuesto, turrones variados para festejar dichas fiestas: «Por fin han llegado tus confites. Nunca es tarde si la dicha es buena y puedes imaginar lo buena que ha sido para la chiquillería propia y ajena. Mil gracias./ Tus paquetes de Christmas son ya famosos en la aduana (aquí) y es divertido ir a buscarlos (3 enero, 81)». «Ayer llegaron los turrones. Gracias mil. En América no hay cosas tan exquisitas y excuso decirte que has hecho felices a media docena de hijos de amigos míos que también leen Aragón/Exprés. Y antes que a ellos a mí mismo, que recuerdo mis años infantiles (6 de enero 1982) —escribiría el narrador en algunas de las cartas familiares que se reproducen en este curioso libro que firma, Marta Fuembuena.
 
El libro Turrones para Sender. Epistolario personal de Ramón J, Sender y Eduardo Fuembuena (Tropo Editores, 2011), editado por Marta Fuembuena Loscertales, nieta del fundador del periódico, reproduce la «Historia de un encuentro, el encuentro de una historia», así como algunas entrevistas con el escritor durante sus estancias en Zaragoza, un epistolario personal, algunas imágenes personales de la familia Fuembuena, así como un pequeño ensayo de José Domingo Dueñas, con unas referencias bibliográficas. En realidad, Fuembuena se convirtió, como queda dicho en el volumen, en principal impulsor e, incluso, promotor de la vuelta del escritor a España, inicialmente a su tierra aragonesa, y a Salou donde disfrutaría de la tranquilidad de la costa. La correspondencia muestra a un Sender bastante mayor, muy cercano en su tratamiento con el periodista a quien da cumplida referencia de su vida, de sus colaboraciones, o de sus libros. Lo más interesante del libro, un breve acercamiento de José Domingo Dueñas Lorente a un Sender implicado en los primeros acontecimientos bélicos y su salida de España, y el proceso narrativo seguido por el aragonés en su producción desde el exilio, aunque destaca el somero análisis de las colaboraciones del diario de la tarde, ocho en total que reproducen anotaciones del escritor aragonés sobre Hemingway, Cendrars, un ejecutado Gilmore, Tucci o sobre aspectos como el inconsciente, la religión y la correspondencia de los escritores. Sender publicó en Aragón/Esprés más de doscientos artículos, según Dueñas, a lo largo de los casi diez años de colaboración con Fuembuena, aunque algunos se habían publicado, previamente, Blanco y Negro. El argumento para escribir Sender era elegir un libro por su sensibilidad expuesta, aportaba sugerencias propias frente a una técnica de crítica oficial, descubría el buen sentido y la pertinencia o no de su tesis para ejercer una reflexión libre sobre el texto. En uno de sus artículos, como señala Dueñas, llegó a escribir que: «No me atrevo a llamar mi tarea “crítica de libros” porque solo hablo de los que me gustan. Y entonces más que una crítica es una especie de comentario rapsódico. Los libros malos no merecen siquiera el anatema. Se van solos al infierno». Mostró, no obstante, su admiración por Hemingway, por L.C. Celine, de Ortega apuntaba ciertas inexactitudes, y sobre Unamuno escribió que su personalidad sobresalía sobre su literatura, o que Valle-Inclán, Machado y Baroja tendrían una pervivencia más asegurada. En otros muchos casos, su mirada estaba en la actualidad, el caso de Patricia Hearts, la desigualdad de los negros estadounidenses, la guerra de Vietnam, o la supuesta deriva ideológica de España. Se defendía de los ataques producidos durante sus visitas a España, cuando lo tachaban desde sectores ideológicos rezagados de conservador. Buscó siempre, como se muestra en esta breve antología, la categoría en lo anecdótico y en el detalle el fondo del asunto. Como señala el autor del artículo, estos textos muestran un Sender maduro en diálogo permanente con su tiempo, en el afán indomable de entender y de entenderse en su encomiable empeño por otorgar una dimensión social a la tarea de escribir.
        La proyección de Sender, los textos publicados en Aragón/Esprés, así como su último libro, Monte Odina (1980), y este paseo por lo más íntimo de una amistad, Turrones para Sender, aportan nuevos matices a la hora de valorar y enjuiciar la obra narrativa y el ensayo del gran narrador de Crónica del alba.


                                     









Fuembuena Loscertales, Marta, Turrones para Sender; Zaragoza, Tropo Editores, 2011; 158 págs. + imágenes inéditas.


martes, 29 de septiembre de 2015

Truman Capote



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NIÑOS EN SU CUMPLEAÑOS



HELADOS DE TUTTI-FRUTTI

     Truman Capote vivió una niñez desplazada, solitaria y emocionalmente desvalida que procuró olvidar durante su juventud y en primera madurez. En realidad, como señala su biógrafo Gerald Clarke, fue un niño desamparado por una madre demasiado joven, y un padre que los abandonaría en una pequeña ciudad de Alabama, aunque vivió en una casa llena de primas solteras que al niño le recompensarían como material para futuros cuentos. Con ellas pasaría una infancia relativamente agradable y repleta de las sensaciones más diversas. Cuando su madre volvió a casarse, llamó al adolescente Truman que se trasladaría a Connecticut y a Nueva York, adoptando el apellido de su nuevo padre, Capote, un cubano con cierto encanto, pero poca fidelidad paternal. Muy joven trabajaría en la sección de arte del New Yorker, y pronto formó parte de círculos sociales literarios excluyentes, se zambulló en las juergas nocturnas de la gran ciudad y empezaría una prometedora carrera literaria: el éxito le llagaría con Otras voces, otros ámbitos (1948). Desarrolló la mayoría de sus historias en ciudades sureñas pequeñas, donde sobresale una visión del mundo infantil, doloroso y solitario, los primeros años de una escuela rural, el desconcierto ante ciertos acontecimientos, incluidos los sexuales, pero que ofrecen al lector la perspectiva de una asombrosa hondura de los sentimientos humanos, relatos con una estructura original con los que el autor recordaba su pasado, y cuya ficción enriquecía con una convincente verdad muy personal.

  La editorial Anagrama reunía en un solo volumen los Cuentos completos (2004) de Truman Capote, una veintena, que incluye sus más conocidos, «Un árbol de noche», «El invitado del día de Acción de Gracias» o «Una Navidad», y entre los que se encuentra «Niños en su cumpleaños», que ahora rescata Nórdica en su «Colección Minilecturas». Publicado en 1948, cuenta la visión del narrador sobre la amistad verdadera, sobre el mundo de los sueños, la fascinación femenina, el primer amor, y el paso inexorable del tiempo. Una tarde de verano llega a un pequeño pueblo de Alabama una chica, Lily Jane Bobbit, junto a una madre que nunca habla. Ambas despertarán enseguida la atención de los lugareños, sobre todo de los amigos Billy Bob Murphy y Preacher Star. Entre ambos surgirá una rivalidad para llamar la atención de la excéntrica joven Miss Bobbit. «La felicidad deja muy tenues huellas; son los días negros los que están prolijamente documentados», había escrito Truman Capote, porque en sus relatos, como el presente, desarrolló elementos góticos y grotescos con un vigoroso sentido del dolor humano; además, de resaltar esa otra visión de la incapacidad humana o la inocencia perdida que exploraría en el mejor ejemplo de la narrativa ambientada en el Sur de la posguerra, y que supuso ese otro «sentido trágico de la vida».











NIÑOS EN SU CUMPLEAÑOS
Truman Capote
Traducción de Juan Villoro
Madrid, Nórdicalibros, 2011


lunes, 28 de septiembre de 2015

John Cheever



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FALL RIVER


          La literatura de John Cheever, según Saul Bellow, es indispensable para conocer el alma humana en los Estados Unidos. De hombre atormentado, de humor ácido y de una agilidad mental extraordinaria, calificaba al narrador, John Updike. «Mis historias favoritas son las escritas en menos de una semana, y compuestas a menudo en voz alta», señala Cheever cuando se le preguntaba acerca de sus cuentos. Acumuló experiencias a lo largo de su vida que, con el paso del tiempo, irían poblando de realidad sus textos: la homosexualidad, el alcohol, o los abundantes problemas familiares. Unió la literatura y su propia vida como si de un destino común se tratara. A los dos volúmenes disponibles en España, editados por Emecé en 2006 y titulados, Relatos, se suma ahora, Fall River (2010), una colección de trece textos de la época casi juvenil del primer Cheever, compuestos entre 1931 y 1949. Del 1 de octubre de 1930 data la primera publicación, según Rodrigo Fresán, autor del prólogo a esta edición, de Cheever, un cuento autobiográfico titulado, «Expelled», donde cuenta cómo había sido expulsado de la Academia Thayer y reproducía la atmósfera de una institución en la que el conocimiento se sirve sin atractivo alguno. El segundo publicado por el norteamericano abre este volumen, «Río de otoño» (1931), relatos que se suponen de aprendizaje, bosquejos de alguien que entendió la literatura como el vehículo para trascender a las miserias de la sociedad en la que vivió. Sobresalen, «Cerveza Bock y cebollas dulces» o «Autobiografía del un viajante» y, sobre todo, «De paso», con la permanente figura del orador de fondo.
        Su literatura se nutre de una atmósfera de neurosis y extrema culpabilidad, la infidelidad es uno de sus temas recurrentes, su tragedia personal se convirtió en esa metáfora colectiva que desarrollaba en la mayoría de sus relatos. La prosperidad material que el propio Cheever experimentó en la sociedad norteamericana, le llevó a convertirse en el notario del alma enferma de sus conciudadanos. Quizá por este motivo y no otro, la literatura se transformaría para él en esa experiencia de rechazo que siempre experimentó con respecto a las relaciones personales. El relato fue la estricta disciplina que Cheever encontró para mostrar con decisión la irónica visión de su juventud, prescindiendo de lo innecesario porque, en realidad, como ya se muestra en la colección, Fall River, el narrador mira las raíces de un país forjado en la dureza de su tierra, lo variopinto de sus gentes: campesinos, cowboys y, más tarde, urbanitas y oficinistas, en una América de postguerra que arrastra un malestar y hunde sus raíces en la pérdida de una identidad. Algo que se vislumbraba en los primeros cuentos del narrador, cuyos personajes chejovianos, circulan por diferentes territorios, cercanos a las falsas apariencias que provocaron las sociedades, tanto rusa como norteamericana, salvando las distancias temporales de uno y otro país. Por las páginas de Fall River transitan seres atormentados, con coraje y talento para salir airosos de las trampas que, en ocasiones, les pone el autor porque, a pesar de todo, vuelca en ellos una extrema complicidad y la mejor de las ternuras.







FALL RIVER
John Cheever
Zaragoza, Tropo Editores, 2010



               


domingo, 27 de septiembre de 2015

Desayuno con diamantes, 54



EL ESPACIO DE LA FICCIÓN                       
(Historias de otro lugar. Cuentos reunidos, 1982-2004)
        



      José María Merino (La Coruña, 1941) ha escrito que su relación con la literatura fue, desde su infancia, de lector voraz, en sus comienzos escribió unos cuantos poemas, que llegaron a convertirse en dos libros publicados, aunque los pasadizos de su imaginación, le llevarían a la construcción de textos de ficción narrativa donde desarrollar los conceptos de realidad y de enigma. Bastantes años después, Merino forma parte de esa raza de escritores que desde sus inicios como narrador, vuelven al relato como el auténtico arte de contar, superando esa tesitura que oscila entre realismo e idealismo, entre formalismo y contenido, es decir, el proceso de escritura puro, o la literatura de compromiso. En la década de los 80 se le llamó la «nueva fabulación» en la que sirviéndose de la realidad o del dato histórico se descubre el revés de lo real y lo fantástico, siguiendo la estela de Todorov cuando habla de esa incertidumbre entre lo real y lo irreal, entre la vigilia y el sueño, entre la evocación de la memoria y una realidad presente. Su literatura, en permanente actualidad, se renueva por la reciente aparición de Cuentos reunidos (1982-2004), el volumen que, con el título de Historias del otro lugar (2010), compila buena parte de la totalidad de sus colecciones publicadas.
      Hasta el momento la obra breve de José María Merino se compone de Cuentos del reino secreto (1982), El viajero perdido (1990), Cuentos del Barrio del Refugio (1994), 50 cuentos y una fábula. Obra breve (1982-1997) (1997), La casa de los dos portales y otros cuentos (1999), Cuentos (2000), Días imaginarios (2002), Cuentos de los días raros (2004), Cuentos del libro de la noche (2005) y La glorieta de los fugitivos. Minificción completa (2007) y Las puertas de lo posible (2008) que en su mayoría se adscriben al género fantástico-maravilloso, situados cronológicamente en la Antigüedad o en la Edad Media, y elementos de ficción científica. En esta ocasión, Historias del otro lugar, recoge cinco de sus repertorios más amplios, Cuentos del reino secreto (1982), El viajero perdido (1990), Cuentos del Barrio del Refugio (1994), Cinco cuentos y una fábula (1997) y Cuentos de los días raros (2004), quedan excluidos, por consiguiente, su minificción o microrrelatos, que hoy ya constituyen un apartado importante en la obra breve del autor leonés.
        Cuentos del reino secreto, reúne un puñado de relatos en los que los prodigios se suceden en la Antigüedad como en la Edad Media, por ejemplo, «Valle del silencio» y «Expiación», ambientados en la Iberia romana y «La prima Rosa» y «La casa de los dos portales», en la Edad Media; en todos estos cuentos, los protagonistas son niños y adolescentes. Los prodigios, que se cuentan, son vividos como si de una realidad se tratara sin que el narrador manifieste al lector sus posibles dudas, sino que prolonga la experiencia, a veces, durante toda una vida. En su siguiente colección, El viajero perdido, los once cuentos no se sitúan en el espacio geográfico anterior, es decir, la frontera leonesa con Asturias y Galicia; ahora los personajes son adultos que se muestran escépticos ante los desafíos de credibilidad de las situaciones vividas. Lo fantástico está aquí servido por una técnica realista que describe los ámbitos imaginarios originados por acontecimientos muy cotidianos. En el tercer volumen, Cuentos del Barrio del Refugio, el espacio es urbano, concretamente, madrileño, aunque aparece un paisaje suburbano que se quedó al margen de la evolución de una modernidad de la capital: casas abandonadas, callejas tortuosas y mal iluminadas, sombras, brumas que se extienden por barrios habitados por ancianos abandonados, vagabundos, drogadictos o inmigrantes sin cobijo alguno. Habría que señalar que a diferencia de sus dos anteriores libros, en este surge de alguna manera un narrador de un mismo sentir y parecer, con esa aparente actitud científica, que en los dos volúmenes anteriores solo se veía en sus personajes, como ocurre con el cuento, «Los paisajes imaginarios», incluido en su libro, El viajero perdido, que ofrece una visión de las perturbaciones visuales que sufre el protagonista, con lo que esa inquietud y esa duda que, indudablemente, caracterizan su lectura en clave fantástica, se disuelve al final. 


        La obra narrativa breve de Merino ha sido estudiada en numerosas ocasiones, a propósito de esa fantástica visión que ofrecen la mayoría de sus relatos, además de esa manifiesta voluntad de presentar fenómenos diversos como la irrupción del mundo ficticio en el real, apariciones de ultratumba, seres o cosas de otros tiempos y espacios, espíritus, monstruos, metamorfosis; pero pese a lo que pudiera pensarse con respecto a este tipo de narrativa, reducida a una mera anécdota, tanto los valores esenciales como los existencialistas plantean tanto al narrador, como al personaje y al lector, no pocas dudas acerca de esa adscripción al género maravilloso-fantástico. Cinco cuentos y una fábula, recoge «El huésped», «El adivino confuso», «El séptimo viaje», «La voz del agua», «Los frutos del mar», y «Artrópodos y hadanes (fábula)», que ya aparecía en el volumen que, de alguna manera, reunía su ficción breve hasta el momento, e incluía esta fábula de cierta esperanza utópica, lo que se denominaba por los setenta, fantasía científica, un género de gran vitalidad, según el autor. Cuentos de los días raros (2004), quince relatos que nos hablan de esos días raros, siempre al acecho para traernos la fascinación o el desasosiego de lo imprevisto, de lo misterioso, de lo fatal, para mostrarnos, en definitiva, lo que puede esconderse tras las imágenes de lo cotidiano. Al profesor Souto empiezan a sorprenderle las respuestas de la inteligencia artificial que, él mismo, está ayudando a crear.
        En el conjunto de Historias del otro lugar, el curioso lector, puede, una vez más, preguntarse por el lugar que corresponde al espacio de la ficción, inevitable sombra esclarecedora de la realidad para los seres humanos, y ese «otro lugar» por su visión de una auténtica fantasía, hechos que, indiscutiblemente, pertenecen al ámbito de la mejor literatura. Merino traslada muchas de sus historias a ese mundo extraño, encuadrado en el marco de lo fantástico, y en cuya configuración y presencia, la muerte, entre otros elementos, actúa simbólicamente entre dos mundos diferentes, con acciones que se interfieren continuamente, e incluye, además,  esa «voz» que en ocasiones encierra alguna explicación de las acciones de sus cuentos, se queja de una vida decadente, que reitera, en cierta medida, el concepto de «metanovela», hecho que ocurre tanto en el conjunto de su narrativa breve como en la extensa, y que explicaría esa conciencia explícita del narrador y de sus personajes, por supuesto, de pertenecer a una realidad imaginada, dirigida por ese «demiurgo» que ofrece la literatura como auténtica salvación.














José María Merino, Historias del otro lugar; Madrid, Alfaguara, 2010; 708 págs.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Caricaturas



   La caricatura es, junto con el dibujo realista, la modalidad de imagen periodística más antigua que se conoce. La definición aristotélica dice que "representa a los hombres peores de lo que son" (Quirós Corradi, en Torres, 1982: presentación).

El vocablo deriva de "caricare" que significa cargar, acentuar o exagerar los rasgos (Gubern, 1987: 215) y, según algunos autores, fue acuñado por Aníbal Caracci hacia finales del siglo XVI. Con el término, caracci designaba a los trabajos que él y otros artistas hacían entonces en Bolonia (Torres, 1982: 18).

   Un siglo más tarde, la caricatura se definía como un método de hacer retratos que tenía como propósito lograr el máximo parecido del conjunto de una fisonomía, "pero cambiando todos los elementos componentes" (Gombrich, 1987: 99).

Pero mucho antes de estos primeros intentos por definir esta forma expresiva ya habían sido empleadas imágenes con rasgos de caricatura. Por ejemplo, se ha dicho que en la antigüedad se llegaron a utilizar representaciones gráficas caricaturescas en pinturas, dibujos y esculturas.
Podríamos remontar el curso del tiempo hasta los papiros egipcios, las ánforas griegas o los frescos de Pompeya, y recordar algunas gárgolas, estatuas o autorrelieves de iglesias y catedrales medioevales... (Pérez Vila, 1979: 5).


viernes, 25 de septiembre de 2015

Herta Müller



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LOS PÁLIDOS SEÑORES CON
LAS TAZAS DE MOCA



      La Nobel más reciente, Herta Müller (Nitchidorf, Rumanía, 1953) entrega a sus lectores unos poemas collages con los que agudiza su acostumbrada y significativa carga de crítica política y social, aunque como ha señalado su traductor al español, José Luis Reina Palazón, hay que entender su visión social alejada de lo que se denomina poesía social y, mejor, habría que justificarla como la expresión de un compromiso artístico puesto que, según la propia Müller, el lenguaje es lo que desmonta la parafernalia de la falsa ideología con que se critica o se exponen las cosas. Los pálidos señores con las tazas de moca (2010) es el último poemario publicado por la hija de unos granjeros, en la Rumanía germanohablante, en 2005, del que la revista turolense, Turia, había adelantado, en su número 93-94, del pasado marzo, una presentación y una selección de seis poemas del mismo traductor, Reina Palazón. Ahora se publica el volumen completo que reproduce su edición original, y sorprende por un lenguaje que sobrepasa lo estrictamente literario, reproduce palabras cotidianas, e incluye tabúes y metafóricas visiones sobre la represión, junto a otros medios de expresión: papel, color, una variedad tipografía y curiosos dibujos que acompañan los textos.
      La poesía experimental no resulta ajena a las realidades que Herta Múller proclama, más bien su sentido último supone la ruptura de los límites o las fronteras, muestra un lenguaje guiado a través de ese impulso vital que infunde la escritora, de ahí que sus poemas carezcan de signos de puntuación o, simplemente, los separe con los recortes donde aparecen las palabras que componen sus versos,  delimitados por el color o el tamaño que, al mismo tiempo, ejercen en el lector un efecto óptico que contrasta con el trasfondo crítico, satírico, sarcástico de su significación última. Las ilustraciones, que acompañan los poemas, juegan ese doble papel con que experimenta la Nobel, choque con otra realidad diferente: ojos, manos, pies, animales, máscaras, trajes sin cuerpos que, en cierta manera, nos llevan a un «Poema objeto» cuya dimensión simbólica o metafísica se parece a una conjunción de objetos tomados de la vida cotidiana, o el denominado «Poema acción» o perfomance, establecido por Guy Debord en 1957, una actuación, concreta, a la que se le supone un impacto poético sobre la realidad, y Herta Müller juega, duro, bastante duro, con un lenguaje verdadero que parte de algo concreto o de una ensoñación, un mensaje cargado de tanta trascendencia trágica como cómica.









LOS PÁLIDOS SEÑORES CON
LAS TAZAS DE MOCA
Herta Müller
Premio Nobel, 2009
Benalmádena, E.D.A. Libros, 2010

jueves, 24 de septiembre de 2015

Pilar Adón



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EL MES MÁS CRUEL



      La madrileña Pilar Adón (1971) comenzó su andadura literaria con una novela, Las hijas de Sara (2003), a la que siguió un libro de relatos, Viajes inocentes (2005), y vuelve a la escena literaria con una nueva recopilación de cuentos, El mes más cruel (2010), un auténtico tratado sobre el miedo y las perversidades, fruto de una extraña, interesante, e inquietante escritura que nos traslada a los confines de lo aparentemente previsible y, aún más, de lo imprevisible en nuestra vida cotidiana. En realidad, cuando uno acaba de leer este libro, percibe que una curiosa atmósfera unifica el conjunto, en una expresa y manifiesta voluntad creada por su autora que sustituye, en ocasiones, a la auténtica trama de sus historias.
      Los personajes de El mes más cruel se encuentran en las situaciones más desesperadas que nadie pueda imaginar, casi todos optan por resolver decisiones esenciales que no se atreven a asumir, quizá porque nunca somos dueños de nuestras propias vidas y, por consiguiente, de las peripecias a nuestro alrededor, en una diversidad de aspectos que tal vez hagan que la decisión de estos seres se torne en una perspectiva diferente a partir de ese momento. Huyen de sí mismos sin que, por ello, tengan conciencia de su decisión o de su situación, porque no aceptan como son, en realidad. En el relato, «El fumigador» alguien afirma no tener claro quién es en realidad. Muestra Adón en sus textos, el revés de una personalidad que presenta dos mecanismos diferenciados, lo irreal y/o lo real de nuestra existencia que se proyecta en toda una simbología, y una amplia riqueza de imágenes. En general, su literatura se sustenta, por igual, de aquella mitología de los cuentos infantiles (de cuentos de hadas, habla Marta Sanz), quizá por eso se recrean jardines, se profundiza en los bosques, se admiran acantilados que de alguna manera provocan elementos fantásticos. La curiosidad más extrema de estos relatos está en la naturaleza de sus personajes: los masculinos aparecen como seres indefensos, aunque de corte cosmopolita: Gabriel, Marcel, Andreas, Scott, sin embargo, los femeninos, están retratados como protectoras, cuidadoras de cuanto les rodea: Olivia, Anne-Marie, Elvira.
       Catorce relatos integran el conjunto, completados en su mayoría, por otros tantos poemas, menos el último, «Los cien caminos de las hormigas», un cuento espléndido, en todos los sentidos. Los poemas, a modo de moraleja, amplian en cierto sentido la enseñanza, siguiendo la tradición medieval, que se intuye en el relato propuesto y que, en cierto sentido, lo explica. La intensidad de la escritura de Pilar Adón puede medirse, sin paliativo alguno, en esta colección de relatos, retrato duro y exigente de las muchas frustraciones que arrastramos los humanos, de las inseguridades que nos asolan, incluso de la sumisión a la que estamos abocados y, finalmente, la tragedia que esconde nuestra propia existencia. Adón ha escrito una hermosa síntesis, «como una tierra cruel y enfermiza que, a pesar de todo, ampara».



                                       EL MES MÁS CRUEL
                                              Pilar Adón
                                    Madrid, Impedimenta, 2010.




miércoles, 23 de septiembre de 2015

Los olvidados



DIONISIO RIDRUEJO
(Materiales para una biografía)




      Alguien ha escrito que Dionisio Ridruejo (1912-1975) era un falangista que descubrió la democracia tras la Segunda Guerra Mundial, a su regreso a España de la División Azul, cuando el nuevo régimen había traicionado el ideal joseantoniano  por un nacional-catolicismo que distorsionaba la idea de unidad de destino y de fe. Andrés Trapiello lo retrata como el escritor que sedujo con su bondad e inteligencia a algunos de los hombres más inteligentes de su tiempo y, también, a algunos de los más cucañistas. Conoció tras la guerra, además de un despacho oficial, el destierro en Ronda, un largo silencio, la cárcel y el exilio. Dividió su vida entre la poesía y la política y ésta, que también se escribe con «p», le sigue pasando al escritor la más gravosa de las facturas, treinta años después.
Gonzalo Torrente Ballester en su Literatura Española Contemporánea, (1966), señala las influencias de Garcilaso y Quevedo en la poesía y en la obra de Ridruejo, además de autores contemporáneos como Machado y Unamuno. «Una perfecta sonoridad, una robustez casi marmórea, arquitectura equilibrada, movimiento interior, forma impecable, son la característica externa de la poesía de Ridruejo (...) —escribe Torrente Ballester—.  Su materia es varia, vivida, biográfica, surgida casi al día, hecha poesía casi instantáneamente: el amor, el paisaje, la emoción estética ante el cuadro y la piedra; la muerte y la política, la guerra y la amistad, sin exclusión de nada humano, ni de lo divino». En el Diccionario de Literatura Española e Hispanoamericana (1993), coordinado por Ricardo Gullón, se dice al final de la ficha bio-bibliográfica que, «Tras su muerte, ocurrida en junio de 1975, tanto el hombre (su probidad ética) como el poeta (de un clasicismo austero que no empece la cordialidad) siguen en alza”. Víctor García de la Concha en su obra, La poesía española de 1935 a 1975. (1987), afirma que «Pese a la declarada devoción garcilasista, Ridruejo está mucho más cerca de la filosofía gozosa que anima a la poesía amorosa de Salinas», y añade que, «la influencia de Quevedo fue más intensa por entonces que la invocada de Garcilaso porque seguramente los poetas que se creían neorrenacentistas eran más bien neobarrocos, poética y prácticamente», este era, además, concluye el ensayista, «en vísperas de la guerra uno de los grupos poéticos más compactos y coherentes: el integrado por Rosales, Vivanco, Panero, Muñoz Rojas y Ridruejo».


        Unas jornadas en las que intervenían conocidos especialistas en la vida y la obra de Dionisio Ridruejo, como Javier Pradera, Rodrigo Uría, José Álvarez Junco, Carlos María Bru, Jorge Semprún, Fermín Solana y Sotelo, F. González Olivares, José Carlos Mainer, Albert Manent y Fernando Morán, parecían proyectar un renacer en la figura del falangista. En ellas, Jordi Gracia, uno de los ponentes, acababa de publicar Dionisio Ridruejo. Materiales para una biografía, reconstrucción minuciosa de numerosos textos inéditos que servirán para restituir a la memoria democrática la trayectoria de un escritor con irrenunciable vocación  por la política. Trataba Gracia de componer una biografía intelectual y política de Dionisio Ridruejo con los estratos sincrónicos de un hombre simplificado y parcheado por la historia. Hasta ese momento la iconografía de la guerra y la posterior propaganda se encargaron de presentar a un joven enjuto, fibroso, vital, tenso, buen orador uniformado y cuya convicción a la causa, quizá, no estuviera nada clara. Hoy está considerado como el mejor intérprete del fenómeno fascista y falangista, aunque posteriormente se convirtiera en un prematuro y convencido precursor de la socialdemocracia en España como la única herramienta de inserción en la Europa moderna.
        Este es, en realidad, ese segundo Ridruejo reivindicado, el de su vuelta en 1942 de la expedición combatiente en el frente ruso y su evolución política e ideológica experimentada hacia posiciones liberales tras señalar el rumbo erróneo del nuevo Estado; pero Gracia no habla de su convicción democrática, sino de su distanciamiento de las posiciones reaccionarias de la Iglesia y de la Acción Católica. A partir de este momento es cuando empieza esa especie de introspectiva analítica, esa soledad, y ese afán de lector que le llevarán a creer en otro orden de cosas y a la renuncia de toda fe que no sea la más estricta y privadamente religiosa.
        Hoy su semblanza —señala Jordi Gracia— ha de subrayar la excepcional calidad de su prosa, por encima de una sobrestimada poesía de juventud, pero no debe callar ni al articulista ni al crítico, al viajero o al animador de actividades de resistencia (...) Todavía estamos lejos de poder contar con solvencia cada tramo de su compleja peripecia, pero la antología de Jordi Gracia aspira a reunir los textos que permiten calar hondo en lo que es un sujeto que piensa y cambia, que asume el riesgo de justificar sin tapujos las razones de su deserción ideológica y política y también sus horizontes de futuro como conspirador antifranquista.
        Ridruejo pasó de un cuadro ideológico falangista hacia un reformismo socialdemócrata, aunque anteriormente había experimentado una transformación mucho más importante, la de una tradición intelectual que le llevó a ese humanismo heredado de Josep Pla, Pío Baroja o José Martínez Ruiz, Azorín. Prácticamente hoy no circulan ediciones de su obra o por antiguas o por estar descatalogadas en su mayoría. De su no muy extensa bibliografía caben señalar algunos textos excepcionales como Escrito en España (1962 y 1964), Casi unas memorias (1976) y sobre todo su poesía cuyo primer libro Plural, data de 1935 y le  siguieron Primer libro de amor (1939), Poesía en armas (1940), Sonetos a la piedra (1943), En la soledad del tiempo (1947), Elegías (1948), reunidos todos en Hasta la fecha (1961). Posteriormente aparecerían, Cuaderno catalán (1965) y Casi en prosa (1972).



      En la nota bibliográfica de Materiales para una biografía se da cuenta de las últimas ediciones para rastrear las fuentes que pueden llevar a comprender mejor la trayectoria intelectual de Ridruejo, partiendo de sus propios libros y de algunos compendios interesantes, como por ejemplo, la biografía de Manuel Penella, su secretario personal, desde 1971 a 1975, titulada Dionisio Ridruejo, poeta y político, además del homenaje tributado por algunos amigos en Dionisio Ridruejo, de la Falange a la oposición, con importantes trabajos de Juan Benet, Gonzalo Torrente Ballester, Francisco Fernández Santos, Julián Gorkin, o las ediciones de algunas de sus obras más significativas Primer libro de amor, Poesía en armas. Sonetos y Cuadernos de Rusia, En la soledad del tiempo, Cancionero de Ronda, Elegías, publicadas por Castalia. El resto de las ediciones de su poesía, salvo la preparada por el propio autor, Hasta la fecha. Poesías completas (1934-1959), fue publicada por Aguilar en 1961 y poco se sabe de Cuaderno catalán (1965) y Casi en prosa (1972), publicados  por la Revista de Occidente. Lo mismo ocurre con Castilla la Vieja, dos gruesos volúmenes editados en 1973 y 1974, aunque reeditados años después en Destinolibro. Casi unas memorias, fueron publicadas por Planeta en 1976 y reúne el texto inacabado de sus memorias, además de artículos, textos, cartas y fotografías que permiten una visión amplia de la trayectoria de Ridruejo. y la misma editorial publicó en 1978, Los cuadernos de Rusia, diario de la campaña como integrante de la División Azul, y otros dos gruesos volúmenes de artículos, En algunas ocasiones. Crónicas y comentarios (1943-1956), en Aguilar, en 1960, y Entre literatura y política, en Hora H de Seminarios y Ediciones, en 1973. Anteriormente había aparecido en Buenos Aires, Losada, 1962, Escrito en España, recopilación de artículos de análisis político. Los textos que se editan en Materiales para una biografía proceden, en su mayoría, del Archivo Dionisio Ridruejo que custodia, actualmente, el Archivo General de la Guerra Civil de Salamanca, como señala el editor Jordi Gracia.
      Dos extensos capítulos recogen los años significativos de la trayectoria política y literaria de Ridruejo. «I. La fabricación de un fascista (1934-1951)» que incluye, en dos epígrafes, «La esperanza política», con una estupenda selección de textos que oscilan entre las confidencias literarias, fragmentos de su estancia en Rusia y el desengaño franquista y el confinamiento; y el segundo, «Repeluzno ante lo infinito», con un informe a Franco y varias cartas a Miguel de Echarri en Roma y algunos recorridos por la ciudad del Coliseo, bajo el estigma de una Italia democrática. Y un segundo capítulo, «II. La pedagogía de la democracia (1952-1975)», con cuatro epígrafes que contienen algunos aspectos más personales del hombre y del político, «El optimismo del reformista», en el que se incluye un informe a Falange por los sucesos universitarios de febrero de 1956 y otros aspectos en «Armar la reforma democrática» que aporta explicaciones sobre su libro Escrito en España y nuevos documentos, inéditos, y cartas a Justino de Azcárate, Vicente Ventura, Julián Gorkin, y una representativa muestra de poesía, fechada entre 1952 y 1975; un «Intermedio Lírico con un relato de infancia y una prosa viajera», fragmentos inéditos de «Los recuerdos», el tiempo de la infancia y lo castellano escritos a partir de 1968, y «La valentía de la memoria», su memoria de Burgos y Cataluña de 1937 a 1944, textos que pertenecen a Casi unas memorias (1974) y un «Epílogo póstumo» que recoge el texto que incluyó, cómo prólogo, Camilo José Cela Conde en su libro, El reto de los halcones (1975), una visión sobre el periodismo político, la evolución de la prensa española y las reivindicaciones de los grupos de presión en la España predemocrática que llevaría a la máxima expresión de la apertura por aquella época.
        La variedad de textos elegida por Jordi Gracia reflejan esa actitud expuesta de ofrecer la trayectoria de una persona con todos sus aciertos y desatinos, sobre todo en la figura excelsa de un Ridruejo conocedor, como nadie, del fenómeno falangista hasta llegar, en su madurez, a posiciones de una marcada actitud social y democrática, incluidas las consabidas manifestaciones de inserción en una Europa moderna y unida.

martes, 22 de septiembre de 2015

José Antonio Garriga Vela



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EL ANORAK DE PICASSO



     José Antonio Garriga Vela (Barcelona, 1954) se dio a conocer a un refinado público lector con Una visión del jardín (1985), una década después publicó, Muntaner, 38 (1996), durante este tiempo, su proceso narrativo ha ido creciendo con el paso de los años, El vendedor de rosas (2000), ofrece una mezcla de géneros: autobiografía, realismo, fantasía y metaficción, características comunes al resto de su obra. Los que no están (2001) y Pacífico (2008), son sus últimas entregas hasta el momento. Ahora sorprende con una extraña recopilación, tanto por su tratamiento, como por su textura, en realidad, puede concretarse en un curioso anecdotario personal, con recuerdos infantiles, bastante evocación familiar, el pasado barcelonés del autor, creado como un auténtico espacio cerrado, concebido a medida, que presupone una auténtica meta-reflexión porque entre sus líneas suelen confundirse realidad y ficción. El volumen lleva por título, El anorak de Picasso (2010), o cinco aparentes relatos de vida propia, con algún atisbo de literatura.
     Garriga Vela posee una extraña cualidad para confundir al lector con el juego de  su memoria y de la ficción, quizá por eso, el más extenso de los textos, El anorak de Picasso, resulte, de los cinco, el más atrayente porque parte de un recuerdo verdadero, las circunstancias que relacionan al narrador, el niño Garriga Vela, con un inmueble en la Barcelona del Ensanche, Muntaner, 38, y la convierte en una vivienda repleta de fantasmas cuya estela se extenderá cincuenta años más tarde, cuando el escritor, descubra los pasos del primer inquilino conocido: Santiago Rusiñol. Allí mismo fundaría el pintor el movimiento modernista «Cau Ferrat» que reunió a notables del momento, Clarasó, Casas, Canudas, Cerdá y otros, y allí, también, fue  donde la familia Garriga se instalaría y, otro notable, Pablo Picasso le encargó, al sastre Garriga,  un anorak en el año 1934, un mágico lugar que, bastantes años más tarde, el escritor recrearía en su primera novela. El resto, una memoria vivida, dará pie a cuatro historias más que de una forma hilvanada se confunden unas con otras: «El cuarto del contador», «El teléfono del señor Permanyer», «Días felices en Tánger» y «El kilómetro cero», suma de experiencias infantiles y juveniles, llamadas de teléfono, recortes de prensa, fotografías familiares, cines de barrio, o ciudades confundidas como Barcelona, Málaga, Tánger que, con bastante de autobiografía, conforman estos relatos que se confunden con su propia literatura, el autor recrea algunos pasajes y nos devuelve algunas de las situaciones y personajes de sus novelas. Lo mejor, la poderosa inventiva de Garriga Vela cuando practica, como su amigo barcelonés, Vila-Matas, metaliteratura, y ensaya para nosotros, como si de un auténtico juego de manos se tratara, a la espera de que la siguiente línea sea, una verdad o el mejor ejemplo de una buena mentira.













EL ANORAK DE PICASSO
José Antonio Garriga Vela
Barcelona, Candaya, 2010.