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jueves, 31 de diciembre de 2015

Almudena Grandes



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CASTILLOS DE CARTÓN



     Cuando esta historia ocurre España tenía veinte años, Madrid tenía veinte años y la protagonista de la novela, también, tenía veinte años y conservaba en el recuerdo un pasado oscuro, vivía un presente luminoso y había escogido la dirección correcta hacia un futuro lleno de esperanza. Con semejantes ingredientes narrativos, Almudena Grandes (Madrid, 1960), construye, una vez más, la historia personal de una generación y, también, relata su desencanto, el final de una época de juventud y una valiente actitud ante la vida pero, sobre todo, realiza el retrato parcial de una sociedad inmersa en los años de la transición democrática vista desde la mirada de una juventud prometedora.
    La madrileña Almudena Grandes nos tiene acostumbrados a realizar una minuciosa exploración en la psicología de sus personajes, siguiendo los modelos de un realismo convencional y las experiencias de vividas por sus criaturas o una visión sentimental de la mujer y de sus propios naufragios. En Castillos de cartón (2004), Almudena Grandes, novela, una vez más, un atormentado laberinto de pasiones vivido por tres jóvenes estudiantes de Bellas Artes y en el triángulo amoroso a que, por su amistad, se ven envueltos en los años de la liberación, de la bohemia y de la movida, en el Madrid de los ochenta. Los tres jóvenes, María José, Jaime y Marcos, con cualidades desiguales, compartirán unas experiencias envueltas en sexo y en amor, además, de la ambición de llegar a ser grandes pintores de talento en el futuro. Los celos amorosos y profesionales hacen que el trío, pese a todo lo vivido, se separe una vez concluida su  su formación universitaria tras una intensa relación. Tras una inocencia perdida dejan atrás un vínculo sustentado, en la época, por una utópica liberación social y sexual.
   La narración comienza en el presente cuando Jose, veinte años después, recibe la llamada de Jaime, comunicándole el suicidio de Marcos, el único que con el tiempo consiguió ser un afamado artista. Durante el día de la noticia y en la mañana del entierro, Jose, revivirá en cuatro capítulos esenciales, el pasado amoroso de los tres amantes que, a sus veinte años, compartieron ambiciones, sexo y drogas. Surge así un relato bien estructurado que, partiendo en cada capítulo del guarismo tres, desarrolla lo que su protagonista femenina ha vivido íntimamente junto a sus oponentes masculinos, desmontando, eso sí, a lo largo de su relato, esos castillos de cartón que supusieron el declive de todas sus ilusiones. Almudena Grandes ofrece los destellos de una felicidad tan intensa como frágil, la complicidad excluyente propia del sexo, la frustración artística y personal de sus personajes y tal vez la de toda una generación, para reafirmar, una vez más, que llegamos a un presente que sólo nos devuelve la añoranza de una rememoración. 









CASTILLOS DE CARTÓN
Almudena Grandes
Tusquets, Barcelona, 2004
               


miércoles, 30 de diciembre de 2015

Hoy invito a…


Flor Canosa


     El 5 de octubre de 2015 un jurado conformado por Solange Rodríguez Pappe, Pedro Medina León, Fernando Barrientos y Salvador Luis otorgó el II Premio Equis de Novela Contemporánea a Lolas, de la escritora argentina Flor Canosa.


 

LOLAS
Una plástica historia de amor

Capítulo 1
La palabra seno tiene al menos once definiciones.
Es una función matemática, es la relación entre uno de los catetos y la hipotenusa, es el espacio entre las bóvedas arquitectónicas, la parte interna de alguna cosa, un golfo que se interna en el mar, una concavidad, y es, claro, una teta.
Todos los mamíferos tenemos tetas que cumplen diferentes funciones. La función que cumplen las mías es complicarme la vida.
Hoy se cumplen tres años del día en que se pudrió todo. En realidad ya sabemos cómo es el proceso de descomposición de las cosas. Primero maduran y después, si las dejamos como están, se pudren. Lo mismo sucede con las relaciones. O, al menos, con la mía.
No pienso contar todo el proceso porque fue tan aburrido como los últimos años de la relación. Y no es por vanagloriarme de mi humildad ni nada, pero solo me quedé (casi literalmente) con lo puesto, y el monoambiente. El monoambiente fue una “inversión” de mi marido cuando le sobró un vuelto. Es antiguo pero sin glamour. Mejor dicho, es viejo. No está bien ubicado, no es luminoso, ni amplio, ni siquiera simpático. Es la pesadilla de los bienes raíces. Es mi hogar.
No puedo decir que haya sido una chica independiente. No tenía motivos para serlo y no lo fui. Tenía todo. Casa, jardín, perro, auto. Por suerte no tuve hijo, porque no quiero ni imaginar la cláusula mefistofélica que hubiera sufrido en caso de maternidad. Mi falta de independencia fue la causante de que mi matrimonio se extendiera más allá de los confines de lo tolerable. Mi matrimonio era un yogurt abierto en el fondo de la heladera, vencido hace años, maloliente al extremo que no me atrevía a tirarlo, a tocarlo siquiera.
Pero bien sabemos que la discusión insignificante de todos los días, sea por la bombacha colgada en la canilla de la ducha, por los pelos de la barba siempre alrededor de la pileta, por el exceso de sal en una comida o por la tapa del inodoro, ha llevado a las civilizaciones más sabias a su propia destrucción. Si ellas perecieron por estupideces, cómo nosotros no íbamos a terminar implosionados, ahogados en nuestra bilis.
¿Qué es el amor? Sin duda no es dormir todos los días junto a alguien ni darse un beso insípido antes de salir ni cenar elogiando una comida ruin a la que ni siquiera le sentís el sabor,  pensando en el almuerzo del día siguiente. Ni siquiera es tener buen sexo. El buen sexo lo venden en cualquier tienda, o viene hecho a mano. El buen sexo es el recuerdo de una revolcada que con el tiempo se vuelve más mítica de lo que realmente fue. El buen sexo no existe. Entonces, el amor no sé qué será. Porque las cosas cotidianas no son amor, son trámites. Creo que es lo que sentí por otro antes de casarme con este. Es ese revoltijo en las tripas. Es mirarlo lavarse los dientes y morirse de ternura. Quizás eso solo puede sentirse a los diecisiete años y pasados los treinta amor sea llegar juntos no al orgasmo sino a fin de mes.


     Flor Canosa, narradora y guionista argentina. Es egresada de las carreras de Guion y Montaje de la Escuela Nacional de Cine y Artes Visuales de Argentina. Se desempeña desde hace doce años como profesora en la Universidad de Buenos Aires. Trabajó también en varios proyectos de canales de televisión de su país y Latinoamérica, y es colaboradora autoral de la película independiente Daemonium.




 








edición impresa
EDITORIAL EL CUERVO

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SUBURBANO EDICIONES





martes, 29 de diciembre de 2015

Lorenzo Silva



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CARTA BLANCA



     Lorenzo Silva (Madrid, 1966) ensaya, una vez más, con su narrativa, fragmentos de una crónica histórica poco tratada en la literatura española reciente y continúa ofreciendo, en esas sorprendentes intrahistorias, la memoria de unos héroes anónimos que sufrieron y vivieron una guerra como la del protectorado marroquí. Un episodio que, lejos de haberse solucionado, aún levanta encendidas voces con el vecino país y nos lleva a estar en permanente vigilia con el pueblo musulmán. Parte de su particular visión sobre el norte de África y las secuelas del conflicto bélico de principios del siglo XX, lo ofrecía el novelista en el documento Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos (2001), novelaba episodios en El nombre de los nuestros (2002) y vuelve al tema, en una nueva narración, con Carta blanca (Premio Primavera de Novela, 2004). Este es un relato en cuya primera parte, esencial, se relatan los avatares del joven legionario, Juan Faura, en el lejano otoño marroquí de 1921.
    La novela ofrece algo más que esos episodios de la biografía anónima de un personaje o de sus vivencias bélicas y personales; inicialmente es, su bautismo de fuego en el Rif español durante la campaña de 1921, situada geográficamente en Zeluán-Segangan-Yebel Harcha; la justificación de aquella osadía juvenil en tierras marroquíes, en una segunda parte, localizada en la península, en su tierra valenciana, la Alzira primaveral de 1932, cuando, una vez reintegrado en la vida civil, viaja desde su destino de oficial de aduanas en Santander hasta allí para enterrar a su madre y reencontrarse con los fantasmas del pasado; y finalmente, en un tercer episodio, que transcribe los primeros meses de la guerra civil de 1936, en el marco de la caída de Badajoz, donde ya un desencantado Faura volverá a vestir el uniforme, esta vez, de miliciano para enfrentarse, ahora, a los enemigos que antaño fueron sus correligionarios. Se trata, por consiguiente, de la novela de un personaje que a lo largo de quince años de su vida sufrirá, de una forma u otra, el desgarro y el dolor que provoca y otorga no solo vivir en el mismo infierno sino también en el cielo. Así desde la sutileza que confiere un buen planteamiento literario, Silva ofrecerá, poco a poco, ese exiguo perfil que le permite la narración sobre su personaje, un hombre decepcionado por su propia circunstancia vital, que revivirá los errores de su pasado en brazos de quien fuera en otro tiempo su amante, el desdibujado personaje de Blanca; alguien que, una vez más, le otorgará esa «carta blanca» horas antes de su despedida, cuando, entregados a un furibundo encuentro amoroso, se despidan de una posible vida en común. Esta segunda parte, es el obligado eslabón que justifica en buena medida la historia a contar y lleva a su protagonista a enfrentarse, aún años después, a esos repetidos momentos de una crueldad sinsentido para certificar como, se percibe a lo largo del relato, que esta es una historia de perdedores, donde unos y otros seres están condenados a sufrir en lo esencial de sus vidas parte de la ilusión, la totalidad del amor o, incluso, la dignidad humana. 







CARTA BLANCA
Lorenzo Silva
Premio Primavera de Novela
Madrid, Espasa, 2004



lunes, 28 de diciembre de 2015

Fernando Iwasaki



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AJUAR FUNERARIO



     El hecho de la muerte o la realidad física y palpable del morir ha provocado en los hombres de todos los tiempos un sentimiento de impotencia. El hombre del medievo, el del XVII o del siglo XXI, tiene que enfrentarse a la muerte y su forma de hacerlo está íntimamente ligada al sentido de la vida y a su concepción de la inmortalidad. La existencia terrenal como valle de lágrimas lleva a considerar la muerte como el tránsito al descanso y a la paz anheladas. Las antiguas civilizaciones, tanto del viejo continente como de nuevo, contemplaban ese otro mundo como el lugar donde sus seres queridos echarían en falta algunas de las cosas que les habían acompañado durante toda su vida y así, muchos años después, hemos descubierto y reconstruido su forma de vivir, de vestir, sus alhajas y abalorios, herramientas y los utensilios que conformaron su existencia. La muerte, pues, preocupa, turbia y hacer sentir escalofríos a quienes de una u otra forma se enfrentan a ella. No es el caso del peruano Fernando Iwasaki (Lima, 1961), un autor que ya ha demostrado, en anteriores ocasiones, su maestría en abordar hechos cotidianos universales, aportando una especial sutileza para expresar, en su literatura, con una fina e irónica vena los perfiles y las actitudes humanas.


     En su último libro Ajuar funerario (2004) o bisutería de la muerte para investir y vestir a los cadáveres, Iwasaki, afincado además desde hace años en Sevilla, realiza un homenaje a la literatura sobre eterno tema de la muerte, y de los variados conceptos que sobre ésta existen; escribe, también, colateralmente sobre la esencia misma del terror. A lo largo de un centenar de microrrelatos, de una variada extensión, como exige el canon, el autor propone de una forma milagrosa contar, humorísticamente, muchas de esas historias orales que formaron buena parte de su infancia y de su adolescencia; historias orales que el escritor no hace más que pulir, limar y darles ese formato con una dignidad literaria final. Una infancia que, precisamente, está bien representada en estos relatos y se traduce en esas otras historias de terror que dejaban algo de desasosiego y bastante de escalofríos durante un tiempo en el niño Iwasaki y más tarde se transformaban en eventuales años de pánico que la mente ha ido alimentando con visiones sobrenaturales. Así en ese especial ajuar del peruano aparecen muertos y fantasmas, niños y moribundos, habitaciones malditas o carreteras desconocidas, reliquias, libros esotéricos o seres desconocidos, en suma, que a la hora de la muerte se confabulan para producir esa sensación física del  miedo y sus consecuencias últimas. Lo más insolente de estos relatos, desde el más breve al más extenso, es que todo lo que cuentan es verdad y este hecho se convierte en esa cualidad que autentifica a la literatura.








AJUAR FUNERARIO
Fernando Iwasaki
Madrid, Páginas de Espuma, 2004

domingo, 27 de diciembre de 2015

Desayuno con diamantes, 67



EL DISCURSO SOBRE LO EVIDENTE DE GÜNTER GRASS         

        Artículos y opiniones (1955-1971), Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores, recoge el primer volumen de los dos que conforman la Obra Ensayística Completa de Günter Grass, testimonios de una trayectoria imperturbable, unos textos sorprendentes por su clarividencia.



     Los testimonios del escritor, pintor, escultor y poeta alemán, Günter Grass (Danzig, 1927- Lübeck, 2015), a lo largo de las últimas décadas, ofrecen en un documento imperturbable, una sorprendente visión de los problemas de su época y en buena parte sus opiniones acerca de la reconstrucción de un país como la República Federal Alemana. El escritor Günter Grass después de ahondar en su propia formación, estudiante en la Escuela de Bellas Artes de Düsseldorf y Berlín y cultivando, inicialmente, la creación plástica, estrecharía sus vínculos con el Grupo 47, cuyos miembros le proporcionarían una actitud crítica de mejor entendimiento dentro del panorama intelectual en lengua alemana, se atrevería a presentar sus textos en sociedad, como algo ya acabado y maduro y, una vez constatado este hecho, viajaría a París, donde escribirá abundantemente y se relacionará con artistas franceses, suizos e italianos, para empezará a dar a la imprenta sus primeros relatos, y posteriormente  volver, de nuevo a Danzig y otras ciudades polacas, paisajes que le devolverán a la idea de reconstruir un viejo proyecto basado en los escenarios de su pasada memoria y buena parte de su mejor imaginación; se trata del primer gran libro del escritor alemán, El tambor de hojalata (1959), esa obra que muestra, entre otras cosas, la perspectiva de un marginado que se convertirá en el eje-fundamento de la narración y de posteriores trabajos suyos. En la década de los 60 tanto Böll como Grass, los dos grandes nombres del panorama narrativo alemán, representan al intelectual democráticamente comprometido con la literatura y con la política, actitudes que con capaces de unificar en experiencias sociales y procedimientos estéticos. Sus compromisos políticos con el SPD, y concretamente con su líder Willy Brand, habían comenzado en 1961 y ya en 1965 colaboraba activamente en la campaña del partido socialista alemán, además de ser miembro activo del consejo personal del futuro canciller. Vuelve a participar, nuevamente, en 1969 y a partir de 1970 se le considera como la cabeza visible del colectivo doctrinal de los socialdemócratas, hasta la dimisión de Brand en 1974, motivada por el escándalo de espionaje que salpicó a su gobierno. Su actitud política decrece entonces frente a un mayor compromiso con cualesquiera de los temas que afecten a la actualidad mundial: el peligro y desarme nuclear, la xenofobia, las revoluciones americanas del sur, los países de Tercer Mundo o la agonía de los bosques alemanes, sentimiento recogido magistralmente en su libro Madera muerta (1990). Grass ha sido desde siempre, antes de su reconocimiento mundial con el Nobel en 1999, una voz en libertad, siendo esta una actitud alentadora al margen de una obra que siempre resulta incómoda porque conmueve a multitudes; su literatura, su prosa en general, se erige contra toda forma de estupidez, una actitud tan lamentablemente frecuente en la realidad de nuestro mundo actual.


Grass y el ensayo

        El estilo ensayístico de Grass obedece a una estética vivida en medio de una social democracia tras los difíciles años de la postguerra europea; es decir, que sus fuentes son ascéticas, sobrias, de valores fijos y absolutos, en realidad, como ha escrito Luis Meana, una estética de lo solido que procede de la cultura del hierro y de la fábrica; el suyo es un ensayismo que tiene algo, o incluso mucho, del reporterismo de lucha por la libertad de Hemingway; pero el ensayismo de Grass es «moderno» en ese sentido concreto, o sea, comprometido con los bienes y los principios de la ilustración: la defensa de la razón ilustrada y de sus imperativos categóricos. Esa modernidad con que tildábamos los ensayos del escritor alemán resultan de su actitud de denuncia, vigilancia o vigilia de los temas que afectan al poder y sus metástasis, en realidad, la postura del intelectual comprometido clásico o la visión de una obra ensayística fundamentalmente política, incluso cuando el propio autor ensaya sobre literatura. Arte y moral aparecerán a lo largo de toda la obra de Grass como materias coincidentes, un tipo de ensayo que daría lugar a ese realismo hipercrítico que llevaría a cabo Grass a propósito, entre otras cuestiones, a escribir reiteradamente sobre la reunificación alemana o a ensayar sobre lo grotesco. Pero lo grotesco como una categoría que enlazaría con buena parte de su obra literaria y semejante actitud bien podría aproximarse al método esperpéntico valleinclanesco para hacer más visibles, más perceptibles las deficiencias políticas y sociales que crítica una y otra vez. 
        La mayoría de los ensayos de Günter Grass tienen una temática directa o indirectamente política y, sobre todo, se refieren a ese tema que tanto le ha preocupado incluso literariamente, nos referimos a la Alemania de postguerra, concretamente a ese episodio de  su vida, la Alemania nazi, la guerra y la postguerra. El autor le ha dedicado toda una trilogía, la de Danzig: El tambor de hojalata (1959), El gato y el ratón (1961) y Años de perro (1963),  la de la socialdemocracia, con textos como El rodaballo (1977), o el intento de extender su visión a una mirada global del planeta y, valga como ejemplo también, un texto como La ratesa (1986), fruto de su experiencia vivida en Calcuta y posteriormente a la Nicaragua sandinista, y, finalmente, la reunificación alemana, sobre todo tras la caída del muro de Berlín en 1989, esa enorme sorpresa que supuso que dos Estados se unieran y que la historia alemana se tambalease; fruto de esta experiencia sería su novela más comprometida Es cuento largo (1995), donde trata de comprender la primera reunificación de 1871 y por supuesto, repasar todo un siglo de historia alemana.
        A estas alturas de su vida, Grass, no se considera un escritor comprometido, figura tan de moda, sobre todo, en la década de los sesenta, sino más bien un ciudadano comprometido que no viene a ser lo mismo; nada resultaría más peligroso que trasladar a la política el compromiso que tiene el escritor con su propia obra y conduciría —en palabras de Ignacio Sotelo— a un totalitarismo dogmático y fundamentalista y, por consiguiente, defender una literatura políticamente comprometida llevaría a plantear la política en esa radicalidad de la palabra o como el mismo narrador alemán afirma, «la política surge de los compromisos, vivimos gracias a los compromisos políticos, los compromisos destruyen la literatura».  Pocos escritores de su generación han ofrecido a lo largo de estos años textos tan críticos como los del Nobel alemán, sobre todo los que surgieron en los difíciles años de la confusión federal alemana o los grandes acontecimientos mundiales, empezando por el muro de Berlín, la visión de la China de Mao, el Vietnam de Ho Chi Minh, la Cuba de Castro que, en esos difíciles años se convirtieron en modelos de exaltación juvenil. Entre 1970 y 1972 llegó a publicar, regularmente, bajo el epígrafe de «Diario político» una columna en el Süddeutsche Zeitung, una mirada atenta que subraya la idea del escritor de mantenerse críticamente al lado de los votantes, más que desde su posición privilegiada observador erudito. Leyendo textos como «El elector y su voz», «Alemania: dos Estados, ¿una nación?» o «El trabajador y entorno», el lector tiene la oportunidad de vislumbrar el Grass más socialdemócrata y de enterarse cómo era realmente la socialdemocracia y su estela hasta estos años. Sotelo destaca de aquella época la presencia del escritor en el primer congreso semiclandestino que celebró el PSOE en 1976 en Madrid.



     Con «La destrucción de la humanidad ha empezado», conferencia pronunciada en Roma en 1982, inicia la cuestión que centrará su atención en la década de los ochenta, es decir, la acumulación de armas de destrucción masiva por parte de los dos bloques, con el riesgo permanente de propiciar una Tercera Guerra Mundial y, por consiguiente, el fin de la humanidad. El desastre de Chernóbil en 1986 pondría de manifiesto el permanente sentimiento de catástrofes ecológicas. Un libro como La ratesa (1986) termina describiendo un planeta dominado por las ratas y del que ha desaparecido la humanidad, «Veo sus pueblos que se multiplican. Libre de hombres al fin, la tierra les ofrece espacio. El mar volverá a llenarse de peces. En las colinas que hay detrás de la ciudad crecen espesos los bosques. Los pájaros aprovechan el cielo».
     El 9 de noviembre de 1989, sin previsión alguna, cae el muro de Berlín. Y en pocos meses la unificación de los dos Estados alemanes está al alcance de la mano y lo que desde la década de los sesenta se veía como algo imposible y poco deseable por parte de los alemanes federales, con la llegada de la socialdemocracia el acercamiento iba a ser posible en  ese corto espacio de tiempo que se propiciase una evolución hacia un socialismo democrático. Grass había propuesto, desde la década de los sesenta, una confederación de los dos Estados alemanes que no violentaría la evolución de ninguno de los dos Estados durante la posguerra, sino que permitiría la aparición de un nuevo concepto. El canciller Kohl aceleró las etapas, negoció con Gorbachov una vía rápida, aceptada igualmente por Estados Unidos, y la nueva Alemania seguía perteneciendo a la OTAN y ni siquiera la señora Thatcher ni el señor Mitterrand pudieron frenar el proyecto. Desde revistas como Der Spiegel y en foros políticos, el propio Brandt, defendía dicha unificación por la vía de la anexión y el mismo sentimiento latía en la población alemana, frente a un Grass que quedaba como «traidor a la patria». En enero de 1990 el escritor publica un volumen que titula Alemania, una unificación insensata, que recoge los trabajos escritos y publicados desde un lejano 1961 para mostrar que es un tema que le preocupa desde siempre y que sus críticas son siempre meditadas. En agosto de 1995 publica Es cuento largo, su novela sobre la historia alemana desde la primera unificación en 1871 a la segunda en 1990, que marcará la última etapa de su labor ensayística. En las casi ochocientas páginas de Artículos y opiniones (1955-1971) (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores), Grass, reelabora el proceso de unificación desde el punto de vista de los perdedores, de la población oriental, primero colonizada y más tarde enviada al paro; es una literatura hecha desde la perspectiva de las víctimas y trata de poner de manifiesto que nada se ha aprendido y la historia se repite. Resulta que visto todo desde la perspectiva actual, el joven Grass que había comenzado con el escándalo de El tambor de hojalata en 1959, culmina con otro de mayores dimensiones con esta voluminosa obra; queda bien claro que, pese a todo, Günter Grass, permanece, como afirma, Ignacio Sotelo, fiel a sí mismo, justamente cuando ya ha alcanzado la cima del éxito y cuando ya ha recibido el reconocimiento mundial, esto es, el Nobel de Literatura por su contribución a la libertad de expresión. 


sábado, 26 de diciembre de 2015

Hoy tomo café con…



María Ángeles Pérez Sánchez


“Espero que la vida, aún, me dé la oportunidad de hacer algunos (Amaneceres) míos en el amplio y bondadoso sentido de la palabra”.



     La profesora de Lengua y Literatura del I.E.S. Albujaira (Huércal- Overa), María Ángeles Pérez Sánchez reúne sus columnas semanales, publicadas en el suplemento literario “Cuadernos del Sur”, del Diario Córdoba, en un volumen que titula Amaneceres (Málaga, e.d.a. 2015). Activa militante cultural, ha dirigido teatro a lo largo de más de veinte años y con el Grupo Incógnita, y puesto en escena obras de Arrabal, García Lorca, Mihura o Martínez Mediero. Amante del deporte, del buen cine, la lectura y la música, colabora con la organización Greenpeace, porque siente que estamos destrozando nuestro mundo, como en alguna de estas columnas puede leerse.

   ¿Hay tantos Amaneceres interesantes como para tantas reflexiones?
Si me hubiese hecho esta pregunta hace unos años, quizá hubiera contestado que no, hoy creo que existen infinitos Amaneceres que guardan infinitas reflexiones, tantas, que me causan como cierto temor a no poder vivirlos todos.

  ¿Cuándo nace, realmente, ese deseo de describir sus Amaneceres?
Fueron una serie de circunstancias acumuladas y que sufrieron su explosión en un momento determinado, por un paseo, por alguna persona que te empuja, por algo que no sabes explicar. Creo que todos vamos acumulando, a lo largo de nuestra vida, una serie de sentimientos considerándonos incapaces de darles forma y, sin embargo, en un momento te surge la chispa y ya está, ni uno mismo se lo cree, pero compruebas que las palabras escritas has sido capaz de hacerlas fluir tú, y entonces, pues eso, sientes la sensación de subir hacia un cielo azul e infinito.

   ¿Resulta agotador condensar una idea en 900 caracteres?
Al escribir los primeros Amaneceres, la verdad es que sí. Después te habitúas, le pillas el truquillo y como que te cuadra casi todo desde el principio, de todas maneras, a veces, hay que darle varias vueltas para que queden en el número exacto. De algunos temas concretos escribiría el doble o más.

   ¿Dónde se publican sus columnas?
En el diario Córdoba, periódico editado en esa maravillosa ciudad, incluidas en un suplemento literario que lleva por nombre “Cuadernos del Sur”, y gracias a la persona que lo dirige y que vio oportuno que aparecieran publicadas ahí.

   Los temas sobre los que escribe, ¿son como la vida misma?
Por supuesto, sobre la vida misma, sobre todo aquello con lo que convivo, con lo que me causa alegría, tristeza, sentir, llorar, reír. De hecho, casi todos los Amaneceres, aparecen titulados con una sola palabra, y ésta suele ser abstracta o con el nombre de la persona en la que me he inspirado para escribir.

   El prologuista, Guillermo Busutil, habla de la sinceridad de sus textos, ¿es esta una de sus premisas para ponerse a escribir?
No es una premisa, la sinceridad es algo innato a mi persona, no sé si es bueno o malo, siempre me lo he preguntado, por lo tanto, cada palabra que aparece la puedo calificar de sincera al cien por cien. Guillermo, escritor al que admiro profundamente, ha sabido percibir esa sinceridad desprendida de mis palabras, así como todo lo que yo quería transmitir a través de ellas, no podía ser menos, un prólogo extraordinario, amistoso y enternecedor.

   ¿Hace suyos los Amaneceres de tanta gente en el mundo? 
Ya quisiera yo, no hacerlos míos, sino vivirlos con toda esa gente, pero no puede ser, algunos ya no están con nosotros, otros, aunque sea posible, me parece imposible, espero que la vida, aún, me dé la oportunidad de hacer algunos míos en el amplio y bondadoso sentido de la palabra.

   ¿Hasta cuando complementará sus paseos matinales con sus Amaneceres en el papel?
Hasta que la muerte nos separe(es broma), pues hasta que me dé la pluma y la patita para ello. Cuando llegue el final, de la pluma, de la patita, o de las dos cosas a la vez, pues ya está, miraré hacia el mar, si puede ser, y como decía Saramago: “Entraré en la nada y me disolveré en ella”.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Andrés Neuman



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UNA VEZ ARGENTINA



     ¿Cuántas vidas se ocultan en una novela? se pregunta el autor de Una vez Argentina (2003), Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977),  para contarnos la historia de toda una saga familiar, desde los desterrados de la tierra del Oriente europeo de comienzos de siglo, incluidas las migraciones italianas, españolas y alemanas. En realidad, se trata de buena parte de la memoria de todo un país desde una perspectiva política y social que incluye gobiernos y dictaduras y el relato de campeonatos de fútbol, además de numerosos apuntes sobre aspectos megalómanos de primera magnitud.
    Andrés Neuman, autor de una obra narrativa variada, novela y cuento, Bariloche (1999), La vida en las ventanas (2002) y El que espera (2000), El último minuto (2001), de quien, en alguna ocasión anterior, acertábamos a decir que «se estaba convirtiendo en el testigo excepcional de toda una generación» eleva, y en mucho, sus planteamientos narrativos hasta el momento y en la presente obra, escrita con una habilidad asombrosa, ofrece el proceso de formación de una amplia familia dispersa, en una nación de acogida, Argentina, tan esperanzadora como caótica, soslayando episodios importantes con una trágica mirada y, a veces, con una irónica y sarcástica visión del proceso temporal que conllevan las cosas. Nimiedades de unos antepasados para un gran público que se convierten así en auténtica literatura. Su historia es la de tantos emigrados que, muchos años después, una vez instalados en un nuevo país, se afanan en acudir a la memoria para reconstruir el pasado. Así desde una mirada inocente, la del narrador, se evoca el recuerdo de un utópico país y de una mágica ciudad como Buenos Aires. Neuman reconstruye con una sagacidad histórica el pasado de familiares rusos, lituanos, franceses e italianos, católicos y judíos que, desde sus respectivos países, llegaron a una tierra de promisión donde, tras un trascendental período, los golpes de estado y el aparato militar ha campeado durante los últimos treinta años. Es la historia de una Argentina sufrida, vislumbrada desde la pasión de un niño que vivió en ella sus primeros años de aprendizaje, pero  con la perspectiva del tiempo que se le supone un conocimiento de oídas. Por eso el narrador fragmenta, deliberadamente, su información para reconstruir su pasado de una forma afectiva. Y este, sin duda, es el mayor acierto del joven escritor para contar buena parte de la vida que llevaron algunos de las figuras entrañables y excéntricas de su pasado genealógico, como el bisabuelo paterno Jacobo y Lidia su esposa o los abuelos Mario y Dorita, rememorar los días del Colegio Nacional de Buenos Aires y contar desde la realidad, una fantástica visión de muchas de las historias que no tendrían sentido sin la acertada pluma del narrador adolescente.












UNA VEZ ARGENTINA
Andrés Neuman
Barcelona, Anagrama, 2003

jueves, 24 de diciembre de 2015

Esta noche es, Nochebuena...

        Esta noche... es Nochebuena... y no es noche de dormir... saca María la bota... que nos vamos a divertir... 

 ... y los belenes de la niñez que, en mi casa familiar, junto a mis hermanos, íbamos haciendo crecer, cada año una figurita más, y así hasta hacerlo enorme...

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Jorge Semprún



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VEINTE AÑOS Y UN DÍA



     Una maldición se extiende, veinte años después, sobre el crimen que los braceros y jornaleros de la finca, La Maestranza, llevaron a cabo en la figura del joven José María Avendaño, uno de los dueños del lugar. Y, un día de 18 de julio de 1956, como en años anteriores se le exige a esos mismos hombres, una vez más, que revivan y representen en forma de ceremonia el asesinato como si de un acontecimiento vivo y recurrente se tratara. La Guerra Civil y la derrota, los crímenes y las atrocidades del pasado, son el punto de partida de la nueva novela de Jorge Semprún (Madrid, 1923) que titula Veinte años y un día (2003). En realidad, una historia de muerte y de sangre que persiste, en una larga postguerra, guardada en la memoria de sus descendientes y de quienes vivieron el trágico episodio. Será un nuevo encuentro o, tal vez, una reconciliación cuando se celebre, por última vez, el ritual de una muerte y todo acabe con el entierro conjunto de la víctima, el señorito Avendaño, y del verdugo, Chema Pardo el Refilón, que llevó a cabo la atrocidad. Pero en esta ocasión los testigos que se unen al espectáculo serán personajes tan dispares como Michael Leidson, un historiador americano amigo de Hemingway y Domingo Dominguín o el comisario Sabuesa que llega a la finca tras la pista de Federico Sánchez, un subversivo comunista que preconiza esa reconciliación nacional desde la clandestinidad y de unos movimientos intelectuales y universitarios.
     Semprún fracciona su relato con abundantes datos sobre el pasado y el presente de la familia y de su entorno. Así se irán mezclando y confundiendo en las páginas de la novela  nombres reales con otros de ficción: Múgica Herzog, López Pacheco, Javier Pradera, Sánchez Ferlosio, Sánchez Dragó o Ridruejo, Alberti, La Pasionaria, Carrillo, Zambrano; junto al testimonio creíble y veraz que otorga la Satur, la criada de toda la vida, que realizará una exposición lineal, al hilo de la historias particulares de algunos de los personajes, como la del  Avendaño asesinado, sus juveniles correrías parisinas con  sus hermanos o el viaje de bodas y los devaneos sexuales a que se ve incitado por su propia mujer, sobre todo tras la contemplación del cuadro de «Judit y Holofernes», pintado por la italiana Artemisa Gentileschi. Subrayar la no menos histriónica presencia de José Manuel, el hermano mayor, que le exigirá a su cuñada viuda el derecho de pernada durante los años posteriores o el incesto de los gemelos nacidos poco después de la terrible muerte en la finca y que acabarán, cuando se conocen muchos de los datos de la historia familiar, en un suicidio que convierte a la novela en la inequivocable muestra de esa tesis por la que aboga el novelista: la autodestrucción de unos vencedores que no consiguieron superar sus propias angustias. Otras lecturas se suman a esta excelente novela de Jorge Semprún: su inequívoco ajuste de cuentas a un partido como el PCE que, en la figura de Federico Sánchez, ha multiplicado su presencia en la realidad española de los últimos años y en la ficción del novelista. 












VEINTE AÑOS Y UN DÍA
Jorge Semprún
Tusquets, Barcelona, 2003