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domingo, 31 de julio de 2016

Desayuno con diamantes, 74



AIRE DE NUESTRO TIEMPO



         E. L. Doctorow hijo de judíos rusos afincados en Nueva York ocupó, desde sus comienzos, un lugar singular en la narrativa norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. Su obra, a caballo entre dos generaciones significativas: Bellow, Malamud, Roth y Updike y los posmodernos: Kerouac, o los poetas Creely, Duncan, Ginsberg o Corso, quedó fuera de esas dos corrientes sin que su producción narrativa se resintiera por ello. Característica esencial, su capacidad de abarcar asuntos muy variados en la historia y/o el tiempo de su país; comprometido con los derechos humanos, la justicia, o la realidad social, no se consideró un escritor de combate, testimonial o didáctico. Sus novelas, profundas reflexiones que comparten espacio común en el pensamiento, la acción, o la lucidez, siempre bajo una estricta mirada literaria; y así, enfoques e historias se asocian a una estética específica en sus planteamientos. Excepcionales, los títulos, Billy Bathgate (1968), un joven prometedor a quien acoge un capo de la mafia: Dutch Schlutz; El libro de Daniel (1971), crónica de la guerra fría, juicio y condena de los esposos Rosenberg; Ragtime (1975), fascinante visión de la América de principios de siglo través de una familia, con una variada línea argumental y personajes secundarios de lujo; dos muestras de la amplitud de su propio mundo, El Lago (1980) y La gran marcha (2005). Y un último vigor personal, su espléndida novela, Homer y Langley (2009), escrita a los 80 años.
          El Doctorow de estos Cuentos completos (2015), reunidos por primera vez, según Eduardo Lago, es un escritor distinto del novelista, porque “leer un cuento de Doctorow es una experiencia estética un tanto desasosegante. No falta nada en estos relatos, y sin embargo dejan en el lector una desazón muy profunda, como si exigieran que ocurriera algo más, cosa que de hecho sucede, sólo que, extrañamente, fuera de la página”. Transmite tal desasosiego que en ciertos casos vuelve tediosas o extrañas algunas de sus páginas, caso de “Willi”, relato de corte onírico, con trasfondo familiar y violento, o el extraño e inquietante “La depuradora”, el soliloquio de “Todo el tiempo del mundo”, e incluso el relato extenso que cierra el libro, “Vidas de los poetas”. Cuentos que al lector le costará entrar para familiarizarse por su tono enigmático, aunque contrastan con otros sobresalientes que dejan entrever el talento de Doctorow, agudo observador de la vida americana. Elige perfiles de ciudadanos maltrechos, nacidos o crecidos en condiciones muy particulares, y convierte sus pequeñas historias en una radiografía del vivir cotidiano, soñadores en grandes ciudades o en la carretera, huérfanos, mujeres maltratadas o inmigrantes. El propio autor aseguraba, “ni el cuento ni la novela tienen reglas. Y si las tienen, están ahí para ser rotas”. Él las rompe, cuesta percibir sus intenciones, los mencionados son textos experimentales, otros ejercicios interesantes, “Wakefield”, una vuelta de tuerca al sensacional cuento de Hawthorne: un hombre abandona sin decir una palabra a su mujer para vigilarla durante años y regresar a casa como si nada; “El cazador”, retrata una maestra frustrada y algo desequilibrada, “Una casa en la llanura”, recrea la huida de una madre y su hijo al antiguo Chicago, o “Niño muerto”, un chiquillo encontrado sin vida en las inmediaciones de la Casa Blanca. El lector disfrutará de cuentos de una perfección absoluta, repletos de fuerza e intensidad, entretenidos y palpitantes, con personajes de cuerpo y psicología magníficamente trazados: “El escritor de la familia”, un adolescente es impelido a redactar cartas para contentar a su abuela, que pasa su ancianidad en un asilo; o “Jolene”, sobre una chica de sexualidad y matrimonio precoces cuya suerte a la hora de encontrar nuevas parejas se le volverá en contra; “Bebé Wilson”, una mujer loca y tierna rapta a un recién nacido ante el miedo y la lealtad que manifiesta su novio; o “Integración”, un matrimonio de conveniencia para conseguir los papeles con los que dos emigrantes pretenden quedarse en Estados Unidos, con un telón de fondo mafioso y al fin esperanzadamente amoroso.
               Magistrales, las traducciones de Carlos Milla Soler, Isabel Ferrer Marrades, Gabriela Bustelo y Jesús Pardo de Santayana.








CUENTOS COMPLETOS
E. L. Doctorow
Barcelona, Malpaso, 2015; 460 págs.


sábado, 30 de julio de 2016

viernes, 29 de julio de 2016

Ricardo Reques



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PIERNAS FANTÁSTICAS

 


     Las piernas de mujer son, sin duda, para Ricardo Reques ese imaginario lugar donde transcurren la mayoría de sus fantasías y por ese, y no otro motivo, titula su última colección de relatos, Piernas fantásticas (2015), y para alejarse de ese exclusivo mundo de la ficción, el narrador añade algunas notables reflexiones sobre el ideal de belleza. Lo más curioso de este libro, esa lírica visión del ideal femenino que deriva hacia un auténtico cuento seudopoemático porque se basa en la evocación de una emoción o un sentimiento,  y se convierte entonces en una impresión fugaz y en toda una serie de emociones de carácter lírico, y además provoca una extraña fuerza evocadora; y si añadimos ese mágico poder de sugerencia, ambos conceptos se convierten en valores fundamentales de esta colección, de forma que de alguna manera muchos de estos cuentos se suavizan de esa radicalización característica que son esenciales en la temática elegida por Reques, y que desde el punto de vista técnico se concretan en historias de una asombrosa síntesis, de una calculada intensidad, de una extrema condensación y de una aguda capacidad evocadora. Otra de las características a destacar, el tratamiento elegante, imaginativo y tremendamente literario de una parte de la anatomía femenina que resulta tan fascinante como el resto. Lo cuestionable es, solo como profundiza y soslaya el autor, nuestra inequívoca obsesión por mirar y cuantificar nuestro sentido de la posesión ajena, símbolo sin embargo de la sensibilidad femenina nunca ajena al deseo masculino.
       ¿Es Ricardo Reques un fetichista? Según la definición académica, resultaría obvio porque un fetichista es una persona, casi siempre hombre, que se siente atraída sexualmente por esta zona de la anatomía humana, en este caso las piernas. Para un fetichista, la simple visión de un pie, de un zapato de tacón, y en el caso de escritor de una pierna desencadena un proceso de sensaciones sexuales agradables y muy estimulantes. El referente más evidente es Elmer Batters, el fotógrafo norteamericano que dedicó su labor a la fotografía erótica y/o fetichista, sobre todo las piernas femeninas, aunque su obra, construida a partir de finales de la década de los 40, no tenía cabida en la sociedad puritana estadounidense, con lo que normalmente era tachada de perversa y pornográfica. Solo así pueden entenderse los numerosos problemas que Batters sufrió con las autoridades y que sus fotografías solo tuvieran salida en revistas eróticas que el mismo fundó, y hablamos de la época del apogeo de las pin-ups.
       En los diecisiete cuentos que contiene el libro, y en la mayor parte de las historias no coincide la apariencia con lo que presuntamente se describe, y más bien se reproduce el sentido de la fragilidad, de la culpa, o incluso cierta tristeza y el alivio, por añadidura, tras un acusado proceso de envidia y de celos, y nuestro consuelo o desconsuelo se hace patente, aunque finalmente se muestra el placer y un inmenso halo de felicidad a la hora de llegar al final de muchos de estos relatos. Y dos de ellos, preferentemente, justifican la colección, me refiero a “El secreto de Tramell” y “Tarde de playa”, el primero porque con su precisa y justa medida, con su técnica elaborada y consecuencia final, esboza cuanto Reques nos quiere mostrar, ese sugerente símbolo de la sensualidad femenina y el afán de posesión que confieren nuestras miradas; el segundo subraya que la belleza es una idealización sublime de una aparente realidad y más allá de esto puede, incluso, no haber nada; el tercero, “Loba” muestra el exceso de abarcar con su extensión, toda una imaginería en torno al mito de la transformación. El resto de cuentos pese a su evidente factura literaria donde lo fantástico y lo imaginario se convierte en motivo esencial de la prosa de Reques, notable por su ejecución, ofrecen al mismo tiempo reflexiones filosóficas, psicoanalíticas, referencias pictóricas y cinematográficas, en suma pequeños ensayos que confieren al conjunto la dimensión fetichista y erotómana que escritor otorga a las piernas de mujer. No dejemos de leer, “Las medias de Nicole” tan sensual como erótico, o ese ensayo seudo-psicológico que se sugiere en “Relación entre las variables morfológicas de los miembros inferiores, éxito de apareamiento y tiempo de supervivencia en humanos”.
       La edición está ilustrada por la mexicana Soledad Velasco que aspira con sus dibujos a transmitir esa realidad que viene concretada visualmente por un determinado contexto tan acertado como resulta ese poder de transmitir la auténtica y verdadera realidad cotidiana.






PIERNAS FANTÁSTICAS
Ricardo Reques
Madrid, Adeshoras, 2015; 204 págs.


miércoles, 27 de julio de 2016

Edvard Munch


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EL FRISO DE LA VIDA



MUNCH HABLA
Quizá la mejor manera de comprender la magnitud y la extensión de una vida dedicada al arte sea la visión de un atormentado carácter, y su inequívoca manifestación en un lienzo como El grito (1893), donde una figura andrógina, en un primer plano, simboliza a un hombre moderno en actitud de profunda angustia y desesperación existencial. El paisaje de fondo es Oslo, y el cuadro, parte del movimiento expresionista, es hoy una imagen icono-cultural. De luz semioscura, pese a sus abundantes colores cálidos de fondo, la figura principal muestra a alguien gritando; fuera de escena, dos figuras con sombrero no se distinguen con claridad; el cielo parece fluido y arremolinado, igual que el resto.
       Edvard Munch (Løten, 1863-Ekely, Oslo 1944) desarrolló una amplia y variopinta obra calificada entre un realismo a ultranza y un posimpresionismo; su técnica e intelecto, proclives a la experimentación le llevaron a sufrir continuas crisis nerviosas y aislarse en un sanatorio de Copenhague. “El friso de la vida” es la gran empresa de Munch, y su obra magna, una serie de expresivas pinturas y estudios gráficos centrados en tres temas: amor, angustia y muerte en las que volcó, de forma muy personal, inquietudes y angustias existenciales; y propenden a la manifestación de los sentimientos más violentos en su pintura. Munch se preocupó por dar realce al sentido simbólico-narrativo de los cuadros en un momento en el que, por lo general, se empezaba a desdeñar ese aspecto “literario” de la pintura. En este sentido, cobra particular importancia conocer sus escritos sobre lo que pintó y, en general, sobre el arte, aunque su frenesí vital agostara prematuramente su existencia.
       El volumen El friso de la vida reúne una selección de sus textos, y queda ilustrado por su propia obra, una selección que realiza Victoria Parra. La editorial Nørdica ha contado con Hilde Bøe, una de las máximas responsables del Munchmuseet, para escribir el prólogo: “Munch escribió toda su vida”. “Escribió —y guardó— redacciones y cuadernos del colegio, anotaciones en diarios, poemas en prosa, esbozos literarios y dramáticos, cartas de viajes, contribuciones en periódicos, contratos, solicitudes, prosaicas listas de tareas y, obviamente, cartas. (...) Los demás textos consisten en escritos de un amplio espectro de géneros literarios”. Este libro dibuja un recorrido por su prolífica obra, literaria y artística, y concreta su mítico concepto pictórico, “En general/ el arte surge/ de la necesidad de un ser humano/ de comunicarse/ con otro”, esboza Munch, en uno de los aforismos. Su desbordante ingenio le llevó a plasmar pensamientos y emociones más allá de lienzos y grabados; descarnados textos cargados de lirismo, reflejan apreciaciones sobre el arte en general o su obra en particular, ambientes y figuras que dejaron huella en su excepcional sensibilidad. En lo literario juega y experimenta con los géneros, lírica y aforismo, poemas en prosa y relatos (“El gato blanco”); de nuevo, el amor, recuerdo de Millie Thaulow; la angustia, elemento característico del mundo nórdico; y la muerte, en un ambivalente significado: despedida y/o ausencia.
       Sumergirnos en el mundo de Munch es una estimulante travesía pictórico-textual, que nos mantiene despiertos, percibimos que un vasto territorio se abre ante nosotros. Si hay algo que define al artista, constatado en este volumen, es su capacidad para crear tanto imágenes como esos relatos que nos cuentan historias, nos hablan de anhelos, o dibujan carencias humanas universales.









EL FRISO DE LA VIDA
Edvard Munch
Madrid, Nørdica, 2015; 192 págs.

 


domingo, 24 de julio de 2016

Desayuno con diamantes, 73



HISTORIA DEL CRONOPIO Y SUS AMIGOS

VIAJE AL CORAZÓN DE CORTÁZAR
EL CRONOPIO, SUS AMIGOS Y OTRAS PACHANGAS ESPASMÓDICAS, DE JUAN CAMILO RINCÓN E ILUSTRADO DE DANIELA GARAVITO



Julio Cortázar vive 100 años después, y no existe mejor ejemplo que un libro como, Viaje al corazón de Cortázar (Libros & Letras, 2015), ensayo en el que Juan Camilo Rincón (Bogotá, Colombia, 1982) ofrece sus mejores páginas sobre las amistades literarias del escritor argentino; encuentros, correspondencia, lecturas y vínculos con el universal Borges, la eterna suicida Pizarnik, el diplomático amigo Paz, Neruda y sus amistad desde Isla Negra, Lezama desde La Habana, o la devoción con los amigos que contribuyeron al boom, Fuentes, Vargas Llosa y García Márquez, y un largo etcétera que incluye a  Benedetti, Galeano, Gelman, Onetti, Bioy Casares y muchos otros.
¿Por qué, una y otra vez viejas y nuevas generaciones de lectores de Cortázar, volvemos no solo a su literatura, cuentos y novelas, ensayos y conferencias, sino también al mundo privado de las relaciones y de la vida cotidiana del mayor de los cronopios y de la sincera amistad que cultivó con sus amigos? Juan Camilo Rincón nos responde en cada una de las páginas de su ensayo, y a esos libros que giran en torno a su figura, los propios y los ajenos, aquellos que en la década de los 60 del pasado siglo XX, conformaron la historia de la nueva literatura hispanoamericana, y ofrece así la imagen más humana de una de las plumas más brillantes del pasado siglo, también nos permite revivir aquella época dorada de las primeras publicaciones de nuestros consolidados narradores universales. Por estas páginas recordamos algunos de los títulos más significativos, Sobre héroes y tumbas (1961), Ernesto Sábato, La muerte de Artemio Cruz (1962), de Carlos Fuentes, La ciudad y los perros (1962), de Mario Vargas Llosa, El siglo de las luces (1962), de Alejo Carpentier, Rayuela (1963), del propio Julio Cortázar, Juntacadáveres (1964), de Juan Carlos Onetti, Doña Flor y sus dos maridos (1965), de Jorge Amado, Tres tristes tigres (1965), de Guillermo Cabrera Infante, El lugar sin límites ( (1966), de José Donoso, Paradiso (1966), de José Lezama Lima, o Cien años de soledad (1967), de Gabriel García Márquez.



Un rico anecdotario

El lector conocerá un rico anecdotario y algunas de las historias que conformaron la vida del argentino y de algunos de los protagonistas de la época, la forma, por ejemplo, en que Borges ayudó a un desconocido Cortázar y le publicó su primer cuento, “Casa tomada”; el inolvidable viaje en tren que Gabo, Fuentes y el propio Cortázar hicieron de París a Praga, sus recorridos por la India con el Nóbel mexicano Octavio Paz, y su inquebrantable amistad con la escritora argentina Alejandra Pizarnik que ayudaría a remendar su corazón innumerables veces en la breve y atormentada existencia de la poetisa. Y aun algo más curioso, leemos como existió la posibilidad de que Luis Buñuel llevara al cine una obra de Cortázar, o las referencias que hace Gabriel García Márquez en su libro Cien años de soledad a personajes de conocidas obras de Carlos Fuentes, Alejo Carpentier y Julio Cortázar.

 La edición

Editado por la Fundación Cultural Libros & Letras, de Bogotá (Colombia) el libro incluye 36 ilustraciones de la reconocida artista visual Daniela Garavito, quien da vida a los capítulos creados por el autor, para quien este libro “es una especie de manual para recorrer y entender la historia de nuestra literatura (…) de una forma dinámica, cercana y afectiva, llena de datos y anécdotas hermosas”. Y aun añade que, “este libro significa poder poner a disposición de los lectores el resultado de alrededor de diez años de una investigación que, según se aprecia, proporciona datos muy valiosos e interesantes sobre algunas de las historias que construyeron la literatura de América Latina del siglo XX”. Y, por otro lado, representa el lazo entre esas dos formas de concebir el arte de la literatura a lo largo del pasado siglo y, por extensión, hasta el presente. El texto de Rincón, junto al diseño de las 36 ilustraciones de la artista visual Garavito, convierte al libro en objeto de colección, como afirma el joven autor. 











Juan Camilo Rincón; Viaje al corazón de Cortázar; ilustr., de Daniela Garavito; Bogotá, Libros & Letras, 2015; 206 págs.


viernes, 22 de julio de 2016

Hoy tomo café con…



Ángel Zapata


       Ángel Zapata nació en Madrid, en 1961, es profesor de escritura creativa en la Escuela de Escritores,  y autor de La práctica del relato (1997), Las buenas intenciones y otros cuentos (2001), El vacío y el centro. Tres lecturas en torno al cuento breve (2002), y La vida ausente (2006). Tuvo a su cargo la edición de Escritura y verdad (Cuentos completos de Medardo Fraile), en Páginas de Espuma; ha publicado igualmente la traducción de André Breton y los datos fundamentales del surrealismo, de Michel Carrouges. Ha sido antologado en Pequeñas resistencias. Antología del nuevo cuento español; Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual, Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español y Cuento español actual (1992-2012). Su reciente libro de cuentos, Materia oscura (2015), simultanea la escritura con esos conceptos entre lo pulsional y lo exploratorio.

¿Es verdad que hoy se practica una literatura sin vida, sin esperanza y sin futuro?
No sé si es verdad, es lo que yo creo. Más culta o más de consumo, la gran mayoría de la ficción literaria que se publica hoy está compuesta por productos de entretenimiento, o bien por esas narrativas acríticas que retratan las desventuras de la subjetividad en el capitalismo tardío, y que Constantino Bértolo caracterizó con mucho acierto como “autoayuda para la clase media”. De todos modos, al decirlo pensaba sobre todo en la novela, cuy@s autor@s, por regla general, suelen estar mucho más sometidos a los imperativos del mercado. Tanto la poesía como el cuento respiran ahora mismo con bastante más libertad.

¿Estamos obligados entonces  en dejarnos atrapar por esa materia oscura?
Pues no lo sé, dependerá de lo que queramos. ¿Vamos a ser capaces de desear una vida, una subjetividad, unas formas de vinculación y una sociedad distintas, con las narrativas que les correspondan? Reconozcamos que los indicios no son muy alentadores y todo apunta a lo peor. Pero precisamente lo peor y lo mejor de una situación como la que estamos viviendo es que no puede descartarse nada.

Usted da clases como profesor de Escritura Creativa, ¿su libro, Materia oscura (2015) pretende enseñar más que divertir?
Yo creo que ni una cosa ni otra. No es, desde luego, un libro que haya escrito en tanto profesor, y fuera de las clases no me siento autorizado a enseñarle nada a nadie. Y es también una obra en la que el registro del humor, tan presente en mis dos libros de cuentos anteriores, se atenúa bastante. Hay humor en los textos de apertura, pero ese humor se diluye después en una ironía de fondo, que abre paso a un registro específicamente poético y visionario.



El concepto de género ¿hasta qué punto es importante para usted?
Curiosamente, el concepto de género es muy importante en mi trabajo como profesor, más que nada porque en una narración el régimen de la verosimilitud lo define, desde el principio, el género. En el terreno de la creación, en cambio, busco más bien disolver el género en el acto de escritura mismo; a condición, claro, de que esa escritura consiga crear en cada caso su propia legalidad y su propio plano de consistencia.
Pese a la complejidad textual que pueda desprender, Materia oscura, subyace mucho de ironía y de humor, ¿tenemos tanta necesidad de sonreír?
En “Materia oscura” yo encuentro más ironía que propiamente humor, como apuntaba antes. ¿Tenemos necesidad de sonreír? No lo sé. Es verdad que ponerle al mal tiempo buena cara es una estrategia elemental de supervivencia. Pero también es verdad que a veces, cuando se rebasan límites que son irrebasables, enseñar los dientes puede ser práctico, y hasta sencillamente imprescindible. Estamos muy necesitados de un poco de felicidad, es cierto. Lo que pasa es que la felicidad, poca o mucha, es casi siempre una conquista.

Recientemente se ha descubierto que “la materia oscura” podría hacer crecer “pelos” alrededor de estrellas y planetas, ¿estamos más cerca de localizar sus propiedades? ¿o usted ya las ha localizado en su libro?
No, en absoluto. Y lo de esa materia oscura que hace crecer  las cosas es de hecho una gran noticia, ahora que hay tanta gente que se toman a sí mism@s por estrellas.


El primero de sus cuentos, con perdón, es irreverente, ¿es este el comienzo que usted quiere para que el lector intuya cómo será el resto?
Bueno, el cuento juega despreocupadamente con puros iconos y creo que en materia de irreverencia se han escrito cosas bastante más fuertes que “Cosmogonía”. Es más bien un cuento sobre (y contra) la creación, en todos los sentidos de la palabra. Lo puse como prólogo al libro porque es el texto que más se parece a mis cuentos anteriores. Y también porque transmite un sentimiento que es fundamental en mí, y que hace poco encontré bellísimamente expresado en esta cita de Simone Weil. “La creación: el bien hecho trozos y esparcido a través del mal”. Este es mi sentimiento de las cosas. Al contrario de las teodiceas clásicas, yo nunca he pensado que el mal que hay en el mundo necesitase justificación. A mí lo que me asombra, muy al contrario, es que en medio de esta monstruosidad haya inexplicables destellos de bien, porque no veo cómo ese bien puede tener su origen en un mundo y una realidad esencialmente caóticos.   

¿Es verdad que usted, servidor de la causa, reivindica el surrealismo en este libro?
El surrealismo no necesita que lo reivindique nadie. Es una práctica, y un modo de sensibilidad y de vida, intensamente vigente en los distintos grupos que forman la comunidad surrealista internacional. “Materia oscura” es un libro interno a este movimiento. Y nunca habría sido lo que es sin el contacto y la inspiración constante de mis compañer@s del Grupo Surrealista de Madrid.

Vamos, que no le gusta su mundo actual, ¿pretende quizá cambiarlo con la literatura?
En tanto institución, la literatura misma es parte del mundo que rechazo. Como surrealista, pienso más bien en un mundo muy distinto, un mundo que cambiase la literatura, y la convirtiera en una poesía ubicua, expansiva, peligrosa, e incluso indistinguible muchas veces del transcurso espontáneo de la experiencia. Es decir: pienso en un mundo donde la palabra y el acto inspirados, la intensidad, la belleza, la maravilla y la aventura no fuesen algo extirpado del tejido de la vida común, y abocado a experimentarse únicamente en las páginas de los libros.

¿Escribe usted con una “pulsión inconsciente”? ¿Debemos entender así Materia oscura?
“Materia oscura” no es, en principio” un libro que haya que entender. No es un libro de y para el intelecto, sino un libro del alma, en el sentido no religioso ni doctrinal de la palabra. También por eso no es un libro del “yo”, porque el “yo” –para decirlo con Heidegger- es “inmediata y regularmente los otros”. Cuando uso terminología freudiana como la pulsión y todo eso es para no parecer demasiado marciano. La propuesta del libro es ceder la palabra a eso que en el sujeto no tiene ni puede tener palabra, y dejarse atravesar por una escritura que acontece en la tensión de esa imposibilidad.

¿Un libro de escritura fragmentaria para los tiempos que corren? ¿O hablamos mejor de posibilitar el significado de la forma?
 No, el valor significante de la forma me preocupaba hace años, pero ahora estoy muy lejos de eso. En “Materia oscura” no hay forma como tal. O si la hay, es en tanto devuelta a su realidad material, es decir: la forma como resto, como huella de una duración. 

Si alguien no entendiera, Materia oscura, ¿con qué le diría usted que se quedara de todo lo que usted pretende decir con él?
Si alguien no entiende “Materia oscura” es que no es un lector para ese libro y no pasa nada. Yo mismo no soy un lector para bastantes libros de cuya calidad no dudo. Sé que como libro “Materia oscura” es una propuesta muy especial, y por eso me siento afortunado de que esté encontrando una recepción muy amplia y hasta muy entusiasta entre l@s lector@s.


miércoles, 20 de julio de 2016

Caricaturas



          La caricatura es un dibujo que sintetiza y agudiza una eventualidad o una personalidad. A través del uso de las líneas, el contraste y el color, las caricaturas representan con precisión aquello que puede ser motivo de mofa o de ironía. La caricatura surgió como un arte menor que criticaba la política francesa del siglo XIX, y su máximo exponente es Honoré Daumier. A partir de entonces, en cada diario encontramos a los caricaturistas y a sus cartones, intentando criticar con humor lo cotidiano. Por supuesto que una de sus derivaciones son los tebeos, en donde se construyen historias a partir de personajes de ficción.

 Javier Tomeo.

lunes, 18 de julio de 2016

Alejandro López Andrada



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EL JARDÍN VERTICAL



     La narrativa contemporánea, esa que los estudiosos y críticos contemplarán y concretarán como una tendencia característica del primer cuarto del siglo XXI, deberá mostrar, y aun más cuantificar, el significado histórico de ese decenio convulso en la España de la crisis económica, de los desahucios y el engaño de las preferentes, de las exageradas estadísticas del paro, de la proliferación de trabajos precarios que dañan la economía y a familias que apenas subsisten, o de las leyes abusivas y retrógradas, las denominadas “mordaza” y las devoluciones “en caliente”, de la lacra y víctimas de la inmigración, o el desmantelamiento del bienestar social, y una extensa lista de sorprendentes situaciones que, en los últimos años, ha dado pie a que numerosos colectivos se defiendan y muestren con fuerza su indignación. La literatura nunca puede ser ajena, debe convertirse en juez y denunciar el continuo deterioro socioeconómico, político y cultural que irresponsables políticos vienen ensayando, un hecho que en este país y durante los años de la democracia y el auge de la pequeña/ mediana burguesía, nunca había ocurrido; y, de igual forma, deben testimoniarse esos niveles altos de corrupción excesivamente preocupantes, de los que salen fortalecidos, sin duda, los sectores financieros y quienes gozan de un mayor nivel económico. En este contexto social, surge la voz de un indignado, y lo hace con el certero pulso y la buena mano literaria de Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, 1957), autor de una prolífica obra poética, narrativa y ensayística que ahora entrega El jardín vertical (2015) que, sin el concreto subtítulo de La novela de un indignado, nos recuerda que, algunos tal vez demasiados en este país, viven en ese “jardín vertical” por el que nos pasea el narrador cordobés en su estremecedor relato.
       El jardín vertical, es una novela ambientada en la España de hoy, en esos días que uno amanece igual al anterior, con el sabor amargo en la boca, sin cambios y acaso esperanza alguna, alejado de un bienestar que una vez logró equiparar las clases sociales, lacerada recientemente por una dura crisis endémica, tanto económica como política, incluso ideológica. El narrador ofrece una perspectiva social y humana pese a la insensibilidad reinante, y con contundencia se hace eco de los recortes y el aumento del paro sobre una ciudadanía que durante las últimas décadas había ido ganando una merecida prosperidad como nunca antes, y empezaba a olvidar los duros tiempos de la dictadura, satisfechos y orgullosos de la progresiva implantación de una democracia en firme que equiparó a los españoles de a pie, instalándolos en una cómoda burguesía trabajadora que durante años ha sostenido la economía equilibrada de un país que al fin se alejaba de los fantasmas de un pasado; hoy excluida de esa quimera, contabiliza cómo un elevado número de parados se ven obligados a aceptar una inquisitorial reforma laboral discriminatoria que, por su precariedad, impone un determinado tipo de trabajo para que, con algo de suerte, la clase logre subsistir como buenamente pueda.
       Daniel, su protagonista, un hombre de mediana edad, nos devuelve con su relato a la España de un tiempo sombrío, a un lejano franquismo con sus sombras y luces, y narra inicialmente el contraste entre la vida rural y la vida urbana, o los incipientes movimientos sindicales y sociales; y años después, instalado en un cómoda existencia, y al hilo de la calificada “crisis económica”, contemplará como pierde su empleo, una extraña situación que conllevará para él otras muchas complicaciones en su vida cotidiana: el deterioro de su relación de pareja, la posterior separación, continuos enfrentamientos con algunos de sus mejores amigos, la acritud de su carácter consecuencia de todo cuanto le rodea, pese a que por su talante y a un oscuro pasado siempre había mostrado un cariz solidario y humano con sus semejantes, incluido el episodio narrado de Pamuk, un inmigrante e indigente, que desde la India había recalado en este país en busca de mejores oportunidades.
      A lo largo del relato, el personaje, y a pesar de una inestable y destemplada existencia, provocada por la situación a que se ha visto avocado, mezcla de inestabilidad social y psicológica, recordará siempre sus firmes convicciones y el sentido del bien común que lo ha acompañado a lo largo de su vida, las pretensiones de un joven que se ve obligado a emigrar a la gran urbe y recuerda de dónde proviene, y a esa familia que por circunstancias ha dejado atrás, sobre todo el abuelo y sus ideales, o la circunstancia trágica que los separó, aunque mantiene la firme honradez que lo caracteriza. Otro personaje paralelo se asoma a las páginas de El jardín vertical, entrañable y bien diseñado, Bernabé, un anciano que cuida en la residencia, enfermo de un cáncer incurable, y que por las circunstancias se ve obligado a dejar el lugar para así convertirse en su mentor y mejor amigo. Todos estos ingredientes, en el contexto de un país demolido social y éticamente, cegado por la corrupción política diaria y arrasado económica y financieramente, conforman para Alejandro López Andrada el cóctel necesario para dar forma a su particular defensa de la libertad, los derechos y la dignidad humana; y sin duda, uno más de los tantos gritos indignados en esta sociedad enferma y oprimida, y cuando uno lee estas páginas, quizá debamos traducirlas egoístamente como una forma de rescate, una mínima tabla de salvación en ese poco margen de cordura que le queda a la ciudadanía antes de caer en la enajenación a la que la clase política nos quiere someter día tras día.
                La prosa de López Andrada se caracteriza por ese firme y contundente  halo que contiene el lenguaje poético, que por su tesitura y por el empleo exquisito de imágenes y metáforas, o tal vez por un sentimiento más estético, parece alejarse de la crudeza con que retrata a sus personajes y las situaciones a que estos se ven sometidos; o mejor, de ese principio de provocación permanente a quienes sensibilizados con la sociedad, gritan al unísono. Circunstancias que, de alguna manera, llevarán a su protagonista a tomar una decisión sorprendente que no queremos desvelar, y no conoceremos hasta las páginas finales. Dota así el narrador a su historia de una poderosa atracción que provoca en el lector la identificación y la misma indignación con sus personajes principales, y lo mejor de esta novela el punto de vista para subrayar que, sin duda alguna, todos estamos involucrados y nos sentimos partícipes de la Historia. Su estilo es personal, bebe de las fuentes del tremendismo, del nihilismo absoluto de la soledad, o de la mágica visión de ese realismo revolucionario americano que caracterizó a toda una generación.
     El jardín vertical, se convierte así en la más valiente de las apuestas de Alejandro López Andrada porque se impone con su texto a ese obligado silencio a que nos han acostumbrado, en los últimos años, en los últimos meses, solventes medios escritos y visuales, evitando que algunas de las más molestas situaciones vividas por la sociedad española salieran a la luz, no solamente las alarmantes cifras del paro, o los números rojos que nos acompañan en el déficit gubernamental, sino esas otras pequeñas intrahistorias, quizá como la del propio protagonista, Daniel, y su pequeño gran mundo; a lo que habría que sumar una lectura recomendable que, a pesar del silencio de las grandes corporaciones informativas y de los aguijones molestos que intentan amedrentar, tenga una mayor acogida entre los lectores de esta diluida clase media que rehúsa la enajenación de sus derechos; llamémosles, desahuciados, preferentistas, parados, trabajadores precarios, simples  bocas amordazadas. 







EL JARDÍN VERTICAL
Alejandro López Andrada
Madrid, Trifaldi, 2015; 181 págs.

domingo, 17 de julio de 2016

Desayuno con diamantes, 72



EL CLÁSICO DE CHESTERTON EN VERSIÓN CÓMIC
El hombre que fue jueves (1908)



Su perspicacia crítica fue siempre aguda, su campo de acción universal, su vigor invencible, ejerció en su periodismo una atracción magnética mucho más poderosa que hoy cualquier columnista o presentador de televisión podría imaginar. G. K. Chesterton, como a él le gustaba firmar, fue uno de los más extraordinarios personajes que han surgido entre los católicos de habla inglesa del siglo pasado, y de los menos convencionales: polemista impetuoso e incansable, ensayista, periodista, poeta, dramaturgo, autor galardonado y propagandista, pasaba del artículo humorístico, al ensayo grave y erudito. De su pluma salieron miles de artículos, y más de noventa libros. Su memoria para retener datos fue legendaria, así un amigo relataba que podía absorber los libros “como una auténtica aspiradora”.
       “Soy sobre todo un periodista”, llegó a afirmar en su autobiografía. A este “periodista” se deben obras de una extraordinaria prosa, Herejes (1905), Ortodoxia (1908),  El hombre que fue jueves (1908), Magia (1913), Breve historia de Inglaterra (1917), El hombre eterno (1925), o la serie de aventuras y de misterios cuyo principal protagonista es un sacerdote católico, el padre Brown. Chesterton no podía vivir sin un constante fluir de ideas en su cabeza, inconforme y crítico, sus escritos intentaban dar alternativas y soluciones. Sus relatos expresan sus ideales, sus posturas políticas. “Nunca he tomado en serio mis libros; pero tomo muy enserio mis opiniones”, dijo en alguna ocasión. Fue desde muy joven un hombre público, dueño de una pluma impetuosa, su gusto por la polémica y su incomparable figura, pesaba ciento veinte kilos y medía 1.83 metros, lo convirtieron pronto en uno de los personajes más popular de la Inglaterra.
El hombre que fue jueves
       Es una alocada apología del hombre ordinario, y su novela más famosa. Gabriel Syme, es un feroz defensor de la cordura y agente de la Scotland Yard; en realidad, una especie peculiar de policía, un detective-filósofo, que se filtra en el Consejo Central de Anarquistas Europeos o, lo que es lo mismo, el terrible Consejo de los Días, que preside el tremendo Domingo. Allí, siete personajes que representan diversas ramas de un complejo escalafón de anarquistas (paradoja chestertoniana: el puntilloso orden de la anarquía), conspiran para abolir todas las convenciones y derrocar todos los gobiernos, incluso destruir hasta la idea misma de convención y gobierno. En esta conspiración, nuestro héroe ocupa la silla del Jueves. Desde dentro del círculo más cerrado de la Anarquía, Syme intenta desarticular una conspiración de pesimismo y filosofía nihilista que, por aquel entonces, pretendía destruir a la humanidad. Conforme avanza la novela los miembros del Consejo van desenmascarándose y descubriéndose, cada uno esconde una característica siniestra que, simbólicamente, representa alguna corriente filosófica destructiva, que el lector descubre capítulo a capítulo. El final, hermoso y desconcertante, tiene la tesitura de una pesadilla: lo fantástico domina el espíritu del relato. Esta novela que, para sorpresa y regocijo de Chesterton, curó del pesimismo a un montón de pacientes del psicoanálisis, es a la vez un acto de fe en la bondad humana y una catarsis, “a salvo” ya, en su fe católica, de los escollos del mundo “viejo y acabado”. Escribe esta historia a un amigo para recordarle los sufrimientos decadentes de su juventud, no por regodearse morbosamente en ellos sino porque en el cristianismo encontró una inspiración y el pretexto para darle la razón al hombre corriente.

Un clásico que se vuelve cómic
        La “inconsciencia” motivó que la ilustradora madrileña Marta Gómez-Pintado (Madrid, 1967) se atreviera a adaptar al cómic la novela El hombre que fue jueves, la obra más conocida Chesterton que en la edición de Nórdica se convierte en un clásico accesible para todos los lectores. Fueron dos años dedicados en cuerpo y alma a esta adaptación que la atrapó por el “sentido del humor” y la “descripción” que el autor británico imprimió en su obra, aun así, explicaba Gómez-Pintado, se trata de una obra bastante “difícil” de adaptar gráficamente. El rasgo que más destaca para hacer su adaptación fue “lo tremendamente visual” y así resulta el texto original, y añade que “fue relativamente sencillo inventarme los personajes. Me he basado en sus descripciones, pero me ceñí más a la parte de la trama pensando en los factores de ritmo”.
       Respecto a las ilustraciones, están hechas en tinta y acuarela, y la autora ha elegido el blanco y negro como trasfondo y sólo aplica el color en los trajes de los diferentes personajes, aunque en el primer borrador todo lo imaginó en “grises y sepias”.

Biografía
       Personaje poco dado a una existencia formal, nació en el seno de una familia ultra convencional, el 29 de mayo de 1874. Sus padres pertenecían a la clase media “un tanto anticuada”, afincada en Kensington. El niño aprendía de memoria páginas de literatura inglesa, y a la edad de siete u ocho años conocía a Shakespeare sin entender bien su significado. Su juventud, marcada por un recorrido de los "ismos", socialismo, al radicalismo, o al liberalismo. Su inconformismo fue proverbial, “odiaba aquello que a la mayoría de gente le gusta”. Muy joven se inició como periodista en el “Daily News”, carrera que le procuraría renombre.
       Descreído como la mayoría de los jóvenes de su generación, traba amistad con el clérigo de la “High Church”, Conrad Noel, personaje curioso, poeta y excéntrico aristócrata, se consideraba “socialista cristiano”. Apareció cuando Chesterton no creía en religión alguna, y despierta en el periodista una preocupación por lo religioso y social que nunca lo abandonará. El proyecto religioso fue tomando forma en Chesterton, profundizó en la teología cristiana general, que muchos odiaban y pocos estudiaban. Su paso siguiente fue no menos sorprendente, y en 1922 se convirtió al catolicismo, y asoció su nombre a otros grandes conversos ingleses como Graham Greene y Christopher Dawson.

El Cardenal Newman y el P. Brown
      
       En sus ideas y venidas trabaría conocimiento con dos personajes que ayudarían en su conversión. El primero, el gran Cardenal John Henry Newman, que le mostró una firme convicción a través de las obras de Santo Tomás; el otro, un cura de barrio pobre, el Padre John O´Connor, párroco de Bradford, a quien G. K. conoció en 1907 cuando visitó el poblado de Keghly para dar una conferencia. Al concluir el acto, el escritor fue abordado por un joven sacerdote, jovial y comunicativo, que desaprobó varias de sus ideas por considerarlas muy vagas. “Fue para mí una curiosa aventura encontrarme con que aquel célibe amable y tranquilo que había sondeado abismos más profundos de los que yo conocía”, señalaría Chesterton, y al crear un personaje para su serie policíaca, y presentar a un sacerdote para quien cada caso significaba, además de atrapar al malechor, un enfrentamiento con la maldad y la superchería representada por el Maligno, pensó en O´Connor. Así nació ese particular Padre Brown, el detectivesco sacerdote a quien Chesterton describía como “un hombre inteligentísimo y humilde. Tan sencillo que un tonto lo puede tomar por tonto”.

El adiós
       Aquel 14 de junio de 1936 amaneció triste y sombrío en la casita de los Chesterton, en Beaconfield. Inglaterra perdió a una de sus mejores plumas y con ella, algo de su ingenio y buen humor. Uno de los mejores epílogos de la vida de G. K. se concreta en la frase de un latinoamericano poco formal como Chesterton, que lo conoció personalmente, el Padre Leonado Castellani: “Pregonero gritón de la gloria de Dios y de la Santa Madre Iglesia Romana, Chesterton abandona la gloria terrena a su contemporáneo y gemelo espiritual Bernard Shaw, y prefiere tranquilamente servir con sus enormes facultades a la plebe de Cristo que no antes que al imperio o al arte que pagan”.









G. K. Chesterton/ Marta Gómez-Pintado; El hombre que fue Jueves; Madrid, Nórdica-Cómic, 2015; 162 págs.