Entrevista a Fernanda Trías
Fernanda
Trías (Uruguay, 1976) es autora de las novelas Cuaderno para un solo
ojo, La azotea, La ciudad invencible, Mugre rosa (Premio
Nacional de Literatura, 2020), el premio Bartolomé Hidalgo (Uruguay, 2021) y el
Sor Juana Inés de la Cruz (México, 2021), El monte de las furias, y el
libro de cuentos No soñarás flores. En 2024, Mugre rosa estuvo
nominado a los National Book Awards en Estados Unidos. Tanto La azotea como
Mugre rosa obtuvieron el British PEN Translates Award (2020 y 2022). En
2025 volvió a recibir el premio Sor Juana Inés de la Cruz por su novela El
monte de las furias. Invitada como escritora residente en la Universidad de
los Andes y recibió las becas Unesco Aschberg (Francia), Casa de Velázquez
& Festival Eñe (España); Yaddo (EE.UU.); Willapa Bay AiR (EE.UU.) y
Civitella Ranieri (Italia). Traducida a veinte lenguas. Desde 2015 vive en
Colombia, donde es profesora en la Maestría de Escritura Creativa del Instituto
Caro y Cuervo. Su colección, Miembro fantasma (2026) acaba de aparecer en
Páginas de Espuma.
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¿Existen para usted una
variada diversidad de cuentos?
Sí,
sin duda. El cuento es una forma extraordinariamente flexible. Puede ser
realista o fantástico, íntimo o coral, narrativo o casi ensayístico, lineal o
fragmentario. Lo que me interesa de verdad no es tanto clasificar los cuentos
como pensar qué clase de experiencia proponen. Hay cuentos que avanzan por
trama, otros por atmósfera, otros por una voz que arrastra al lector. En ese
sentido, más que un género homogéneo, el cuento me parece un territorio muy
poros
¿Cualquier tipo de escritura
incluye la duda y, por supuesto, un absoluto fracaso?
La
duda forma parte constitutiva de la escritura. Escribir es avanzar a ciegas,
tantear una forma, escuchar algo que todavía no termina de decirse. Y en cuanto
al fracaso, diría que también: todo texto fracasa un poco respecto de su propia
ambición. Pero ese fracaso no es necesariamente negativo; muchas veces es el
motor mismo de la escritura. Uno escribe también porque no logra decir del
todo, porque hay algo que siempre se escapa.
¿Una vida, en su extensión,
viene marcada por su infancia?
Sería
ingenuo pensar que la infancia lo explica todo, pero sería igual de ingenuo
negar su peso. La infancia deja marcas profundas: una educación sentimental,
una relación con el miedo, con el deseo, con la pérdida, con el lenguaje mismo.
No creo que determine por completo una vida, pero sí configura una especie de
gramática afectiva que después se reescribe una y otra vez.
¿Algo parecido ocurre con
una vida literaria?
Sí,
de algún modo también. Hay lecturas tempranas, escenas de formación,
descubrimientos que dejan una huella muy fuerte. A veces no son siquiera los grandes
libros canónicos, sino un tono, una imagen, una frase leída a destiempo. La
vida literaria también se arma con esas persistencias. Uno cambia, por
supuesto, pero no deja de dialogar con ciertas obsesiones primeras.
¿De qué manera establece
usted una especial conexión entre poema y cuento?
Me
interesa mucho la intensidad del poema y su manera de condensar sentido. Aunque
escriba narrativa, siempre estoy muy atenta al ritmo, a la respiración de la
frase, a la carga simbólica de las imágenes. El cuento, por su concentración,
tiene algo cercano al poema porque exige precisión y porque suspende sentidos;
siempre hay algo que queda en lo no dicho.
¿Cuánto le interesa la
escritura como punto de partida para construir una obra sólida, es decir, un
libro de cuentos?
Cuando
escribo cuentos no pienso solo en piezas aisladas, aunque cada una deba
sostenerse por sí misma. También me importa la conversación secreta que se
establece entre unos textos y otros: los ecos, las recurrencias, las
variaciones de tono, los desplazamientos de una imagen o de una obsesión. Un
libro de cuentos, cuando realmente encuentra su forma, no es una mera suma de
relatos, sino una constelación.
Los cuentos “Personaje en
construcción” y “Última carta a Claudia” ¿teorizan sobre el concepto ficción?
No
diría que teorizan en un sentido estrictamente intelectual, pero sí
reflexionan, desde la propia práctica narrativa, sobre los límites de la
ficción. Me interesan mucho esos textos que se acercan al borde donde narrar
implica también preguntarse qué significa narrar, qué puede hacer la ficción
con la experiencia, qué toma de la vida y qué transforma.
¿El miembro fantasma deja de
ser una metáfora en sus relatos, o en qué sentido favorece a sus historias?
La
metáfora del miembro fantasma me interesaba justamente por su ambigüedad: algo
ausente que, sin embargo, sigue produciendo efectos muy concretos. No es solo
una imagen del duelo o de la pérdida, sino también de ciertas presencias
invisibles que organizan la vida psíquica, afectiva y narrativa. En esos
cuentos funciona como una figura capaz de nombrar lo que ya no está y, sin
embargo, insiste. Esa insistencia me parecía fértil para pensar vínculos,
heridas, memorias.
Siempre que hablamos de
literatura surge el término “memoria”, ¿cómo la aplica usted en su colección,
Miembro fantasma (2026)?
La
memoria aparece en este libro no como reconstrucción fiel del pasado, sino como
una fuerza inestable, a veces caprichosa, a veces perturbadora. Me interesa
menos la memoria como archivo que como operación: cómo recuerda un cuerpo, cómo
recuerda una voz, cómo un episodio del pasado deforma el presente. En Miembro
fantasma, la memoria irrumpe, desacomoda, insiste, reaparece donde no se la
espera.
Las adicciones tanto
emocionales como sentimentales se convierten en un tema obsesivo en sus
relatos, ¿la ficción le sirve, de alguna manera, para salir adelante?
No
estoy segura de que la ficción sirva para “salir adelante” en un sentido
terapéutico o reparador. O al menos no de manera directa. No creo que escribir
cure, pero sí creo que permite mirar de frente ciertas zonas de experiencia
que, de otro modo, quedarían confusas o mudas.
¿Piensa que un buen cuento
debe aportarle sensaciones a un lector?
Un
buen cuento debería producir una experiencia: sensorial, emocional,
intelectual, incluso física. Debería dejar una vibración, una incomodidad, una
pregunta. A veces recordamos un cuento no por lo que “dice”, sino por el clima
que nos dejó adherido, por la perturbación que todavía continúa después de
haber terminado la lectura.
¿Qué determina más sus
cuentos, los personajes o la historia a contar?
Depende
de cada texto, pero en general no parto de una oposición tan nítida entre
personaje e historia. Muchas veces comienzo con una voz, una imagen o una
situación de extrañamiento, y a partir de ahí se van revelando tanto el
personaje como la historia. Lo que sí me importa mucho es que haya una tensión
interna, algo que empuje al texto. A veces esa tensión nace del personaje;
otras, de una escena o de una estructura.
Cuando uno termina de leer
Miembro fantasma, no prevalece una única idea sobre el tema, sino una múltiple
visión de mucho más, ¿objetivo conseguido?
Ojalá
que sí. Me interesaba justamente evitar una lectura unívoca o demasiado
cerrada. Quería que el libro pudiera leerse como un conjunto de variaciones
alrededor de ciertas obsesiones —la pérdida, la ausencia, el cuerpo, lo que
persiste— sin clausurarlas en una sola interpretación. Me alegra pensar que el
libro abre más de lo que cierra, porque esa apertura también forma parte de mi
idea de la literatura.
Después de publicar este
libro le sobreviene un período de inactividad, si es así ¿qué piensa hacer?
Nunca
vivo la publicación de un libro como el comienzo de una inactividad. Al
contrario: casi siempre coincide con otras formas de trabajo, ya sea la
promoción, los viajes, las entrevistas, o la escritura de nuevos proyectos.
Aunque no siempre esté redactando, sigo leyendo, tomando notas, investigando,
pensando. Siempre hay algo en proceso.