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domingo, 30 de abril de 2017

Desayuno con diamantes, 108



¿SON LOS NIÑOS Y LOS JÓVENES LOS MEJORES CRÍTICOS LITERARIOS?



       Bolonia, la capital del libro infantil y juvenil, acoge este año a España como país invitado. A la cita acudirán sesenta y tres países y la representación española contará con más de sesenta editoriales, un sector que publica, más de diez mil títulos anuales, y se confirma como un mercado en crecimiento.
      
       ¿Son los niños y los jóvenes los mejores lectores, los más cualificados para establecer lo que podríamos denominar como la auténtica literatura?
       Los denominados, lectores mayores, se encandilan con las grandes obras y con los grandes nombres de la literatura. Estudiosos, profesores, críticos en general se han empeñado durante años en convencer a millones de personas en el mundo de que si un libro no desencadena una auténtica revolución social no tiene valor alguno. Sociológicamente el fenómeno funciona de esta manera en todas las lenguas del mundo. Pero el joven lector no suele sucumbir ante opiniones de este tipo porque pes aún en él ese indiscutible don de la lógica y le gusta la claridad. Y, aún más, el lector joven pide una historia real, con un principio, con un desarrollo y un final siguiendo ese tipo de narraciones que se han venido contando desde hace miles de años. Los jóvenes siguen siendo esos lectores independientes que solo confían en su propio criterio. Como contrapartida, pese a lo que podamos pensar, aunque hemos reemplazado muchas de nuestras actividades por una sociología de aficionados y una psicología poco efectista, la literatura necesita narraciones bien construidas e imaginativas. Un libro auténtico puede y debe tener muchas interpretaciones, docenas de mensajes, montañas de comentarios posteriores que originan nuevas pasiones.

Escribir para los niños             
       Un autor como Isaac Bashevis Singer afirmaba que cuando se sentaba a escribir procuraba, antes que nada, tener un tema o un asunto real. También, debía tener, añadía, un fuerte deseo o pasión por escribir la historia y, finalmente, aseguraba, la convicción o la ilusión de ser el único capaz de escribir esa historia y no otra. Si estas tres condiciones se daba, aseguraba Singer, escribiría un cuento o una novela para niños, para jóvenes o para adultos, poco importaba el lector. Para este escritor, en la literatura como en la vida, todo es específico, todo ser humano persigue unas señas de identidad, unas reales y otras espirituales. Y aunque en ciertas fábulas el lugar específico no es necesario, también es verdad que no toda la literatura es una fábula.

Los clásicos
       ¿Deberíamos pensar, por con siguiente que no ha existido jamás  una literatura infantil o juvenil, aunque durante mucho tiempo se han editado muchos libros para niños o para adolescentes?  ¿Por dónde debiéramos empezar para definir la literatura infantil o juvenil?
               La verdad es que no es una pregunta fácil de contestar ni fácil de explicar. Durante muchos años, si echamos la vista atrás a ese tipo de libros o de novelas clasificadas por la historia de la literatura universal como juveniles, la cuestión se complica aún más todavía. Me estoy refiriendo a clásicos como La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, a Moby Dick, de Herman Mellville, Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift, que tienen en común ser libros de aventuras con el mar como trasfondo, o Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, El último mohicano, de James Fenimore Cooper, Mujercitas, de Louise M. Alcott, Miguel Strogoff, de Julio Verne o incluso, Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, que, evidentemente, no son novelas juveniles o al menos escritas para un público lector juvenil. Podríamos calificarlas, sin lugar a dudas, de literatura de gran calidad, sin adjetivo alguno más. Es verdad que, posiblemente, a algún editor avispado o a algún experto en la materia se le ocurrió un buen día colocarles la etiqueta de «juveniles» y a partir de ese momento todo el mundo se justifica diciendo que, «cuando él era pequeño leía este tipo de novelas».
       Esta etiquetada novela infantil y juvenil o al menos esa que protagonizan niños o adolescentes data en nuestro país de la segunda mitad del siglo XIX, cuando se conocen las iniciativas de algunos autores de intentar escribir para niños y para jóvenes. Algunos se sorprenderían con clásicos como Fernán Caballero y el Padre Coloma, pero el mismo intento realizaron posteriormente autores como Jacinto Benavente, Ramón del Valle-Inclán, poniendo en escena obras de teatro denominadas infantiles o, también, las denominadas antologías de gestas heroicas y de poesía recitable que propiciaron editoriales para difundir nuestros clásicos. Existe una encomiable  labor en la historia editorial de nuestro país que realizaron editores como Saturnino Calleja en 1876 que posteriormente continuaría uno de sus hijos en 1915, con la famosa Editorial Calleja, una empresa que por entonces creaba el denominado Pinocho español y nuestras abuelas leían con verdadero entusiasmo las historias de Celia que Elena Fortún publicó, en la revista Blanco y Negro, durante largos años, al menos desde 1928 a 1936, cuando la guerra civil española truncó tantas perspectivas. 


       Una larga postguerra alentó aún más la confusión literaria en cuestiones infantiles y juveniles aunque al margen de uno u otro bando surgieron los fondos editoriales de tanto prestigio, tales como Aguilar, Cid, Molino, Juventud, hasta llegar a algunas de las más conocidas de la actualidad como pueden ser Anaya, Santillana, S.M., Edebé, y los nombres de Gloria Fuertes, María Luisa Gefaell, José María Sánchez Silva y su famoso Marcelino pan y vino, un libro que, curiosamente, le ocurre algo parecido a los que hemos señalado anteriormente, porque el único ingrediente juvenil que contiene es su protagonista, un niño huérfano que es recogido en una congregación de frailes que lo adoptan como si de su propio hijo se tratara, hasta tentar la suerte de autores como Camilo José Cela, Ana María Matute, Miguel Delibes, Carmen Martín Gaite, Medardo Fraile, todos de diferentes generaciones de novelistas que de alguna manera colaboran en el amplio panorama de esa literatura juvenil de los años 80 y 90 del pasado siglo XXI.
       Precisamente, en la década de los 80 los planteamientos de esta realidad infantil va mucho más allá, porque desde los 70 el tratamiento que se venía dando a esta literatura tenía mucho que ver con su propio mundo, es decir, la realidad social, la defensa de ciertos valores, animales, ecológicos, realismo, fantasía, de acuerdo, por supuesto, con las nuevas tecnologías que invaden el mercado y a José María Merino, Rosa Montero, Juan José Millás, Andreu Martín, se les han ido sumando otros muchos nombres que, de alguna manera, han ido tratando estos temas y otros muchos más, consolidándose como los grandes autores del género, racionalizando, incluso, los productos por edades, como se recomienda en las contraportadas de los libros. Algunos de estos nombres dominan el panorama editorial: Fernando Alonso, Montserrat del Amo, Alfredo Gómez Cerdá, Fernando Lalana, Pilar Mateos, Manuel Gisbert y sobre todo Jordi Sierra i Fabra.

Literatura infantil/ juvenil
       ¿Cuál es el momento de esta literatura denominada infantil o juvenil? Hoy en día es un mercado óptimo para aquellos autores que de alguna manera se han instalado en este tipo de relato sobre todo porque las preocupaciones sociales de algunos valores han llevado a instituciones, promociones de lectura, formaciones del profesorado, cursos, simposios, asociaciones, ha crear nuevas perspectivas sobre un público lector infantil y juvenil. Las editoriales se han lanzado a crear colecciones, exclusivamente, para este joven público lector y hoy con conocidísimas: Alfaguara, Doncel, Miñón, Olañeta, Everest, Lumen, Espasa Calpe, Altea y un largo etc.
       Si hacemos un salto en el tiempo, si por arte de magia nos olvidáramos de los siglos XIX y XX, y nos asentamos en una actualidad rabiante, el fenómeno editorial Harry Potter, ha revolucionado el género, porque su autora Joanne K. Rowling, según ha manifestado en muchas ocasiones, sí pretendió escribir una auténtica novela juvenil o al menos para ser consumida por un público lector determinado, los niños y los adolescentes. Hoy existe una harripottermanía que se ha extendido a las pantallas del cine con las versiones de los libros que se ha realizado hasta el momento. Cada nueva entrega de la serie la expectación llega hasta la locura misma de encargar los libros por adelantado en una reserva de riguroso orden. ¡Y menuda novela que ha desatado la imaginación de millones de jóvenes lectores en todo el mundo!
       ¿Cómo se fabrica una novela juvenil? Parece ser que es aconsejable, al escribir una novela juvenil, elegir un protagonista con el que el lector pueda siempre identificarse y, una vez elegido y creado, conviene situarlo en un ambiente también identificable. La mayoría de las novelas fabricadas para la ocasión tocan temas de comprobado interés general para la edad que están destinadas, la música, el deporte, los primeros escarceos sentimentales, problemas de adaptación o cierta intriga y algo de acción. A partir de este momento toda fórmula vale y todos los planteamientos serán realizables aunque, por supuesto, siempre será conveniente meterse en la mente de una niño o un adolescente. Y, por supuesto, la fórmula mágica sigue siendo despertar la imaginación de los adolescentes como uno de los grandes retos de estos adolescentes lectores, pero también es verdad que esta imaginación cada vez se desborda más y una vez que los lectores consiguen atraparse en la redes de un Harry Potter lo que venga después será difícil de superar.
       Ana Matute afirma que cuando reunía a los niños de su vecindario para contarles cuentos inventados, solía hacerlo para esa gente entre los 14 y los 16 años y procuraba, en gran manera, que sus textos cuando se publicaban, no se les cayeran de las manos a los que superaban esas edades. Quizá el secreto está en esa visión de la narradora, confiando en que cuando contaba sus historias lograba, al menos, en algunos momentos vivir en ese mundo, el de los niños que todos hemos sido. Seguimos estando al servicio de la aventura, cualquiera que sea, y sobre todo valorar esa energía que nos caracteriza como seres humanos.

sábado, 29 de abril de 2017

NUEVAS TRAVESÍAS



La Edad Media iluminada

       Durante décadas hemos leído que la denominada Edad Media o Medievo, es el período histórico de la civilización occidental que comprende los siglos V al XV. Se inicia en el año 476 con la caída del Imperio romano de Occidente y toca su fin en 1492 con el descubrimiento de América, o en 1453 con el ocaso del Imperio bizantino, coincide con la invención de la imprenta de Gutenberg, y finalmente marca el fin de la guerra de los Cien Años.
       Diez siglos sombríos, un extenso paréntesis tenebroso entre la Antigüedad y el Renacimiento marcado por tiranías, guerras, hambrunas y pestes que califican al medievo europeo como el tiempo de la edad oscura. Curiosamente, en los últimos años arqueólogos y académicos de diversas disciplinas humanísticas se han revelado contra ese estereotipo, y reivindican con sus investigaciones otra visión de esta etapa histórica: el denostado medievo sentó las bases institucionales, políticas, urbanas de la era moderna, abrió rutas comerciales y nacieron estilos arquitectónicos nunca superados hasta bastantes siglos después.
       Existió una Edad Media iluminada que legó las peregrinaciones y el comercio entre Oriente y Occidente, y nos han llegado millones de documentos literarios, filosóficos y científicos. Se fundaron las escuelas de copistas que tradujeron textos árabes y bizantinos perdidos, versiones latinas de Aristóteles, o compilaciones jurídicas que desarrollarían la institucionalización de aspectos políticos y constitucionales de la modernidad. Una revolución de saberes que cristalizaría en una sólida institución: la universidad. Se dinamizó la medicina a partir del XIII, el léxico de las lenguas modernas, el nombre de pila y el apellido a los individuos, o la concentración de poblaciones en torno a lugares de poder: la iglesia y el castillo.

viernes, 28 de abril de 2017

Juan Pedro Aparicio



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METALITERATURA
              
        Trescientos treinta y tres cuentos, la mitad de esa fatídica cifra demoníaca, pensaba publicar el autor en la presente entrega, aunque por mucho que el número sea la mitad del diablo, serían demasiados, porque un libro de cuentos exige tantos esfuerzos iniciales como relatos hay. Como «ejercicios de literatura cuántica» califica Juan Pedro Aparicio (León, 1941) su última entrega literaria, La mitad del diablo (2006), textos breves con la suficiente profundidad como para desarrollar una novela en cada uno de ellos, con esa unidad que se le supone porque la mano del diablo está siempre detrás, en realidad, un juego de sugestiones que llevan al lector a percibir la materia oscura a que nos conducen estas historias.
        La estructura diseñada Aparicio para su libro es semejante a los Ejercicios de estilo de Queneau, aunque él busca esa síntesis que le llevará a una realidad, porque, entre otros propósitos, quiere proyectar un texto homogéneo o fragmentos de una empresa mayor, una novela por la cantidad de historias y de personajes que se asoman en las páginas del libro. Así el lector irá de relato en relato, donde se encontrará con esa elipsis misma exigida por el género y cuya brevedad, por otra parte, plantea un juego de sugestión puesto que de eso se trata cuando se leen la mayoría de estos relatos, apelar a la imaginación del lector para que este descubra lo que se dice y lo que no. Los microrrelatos encierran historias mínimas donde intervienen las situaciones más cotidianas; el autor juega con la extensión de los mismos, y así observamos cómo uno es más breve que el anterior, los primeros ocuparán página y media y el último se concreta en una sola palabra. El diablo, inquisidores, gladiadores, gente corriente, profesores, bomberos, payasos,  matarifes, condenados a muerte, tahures, enfermos de cáncer, la cultura china milenaria o la sabiduría veda, son algunos de los protagonistas y los temas de esos buenos ejemplos que pueblan las páginas de este minimalismo literario cuya realidad se confunde con los sueños de sus protagonistas.
        Una aparente sencillez, numerosos juegos de palabras e imágenes, cierta provocación, mucho ingenio, una irónica visión de la realidad y, sobre todo, una unidad de conjunto, caracterizan a estos cuentos, que hunden sus raíces en las fábulas y apólogos de una tradición medieval que se sirve de leyendas, de adivinanzas o de parábolas o quizá ese pretendido deseo de encerrar, en muy pocas líneas, una visión trascendente del mundo, una realidad que Juan Pedro Aparicio publica tras una extraordinaria obra narrativa breve anterior.






LA MITAD DEL DIABLO
Juan Pedro Aparicio
Madrid, Páginas de Espuma, 2006

jueves, 27 de abril de 2017

Jorge Carrión



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SIN FICCIÓN

       Una de las características más sobresalientes del libro que me ocupa, La brújula (2006), de Jorge Carrión, es esa extraña mezcla de convocar con su escritura el presente para, de una forma más desconcertante, llegar en ocasiones al pasado; en otra de sus páginas, Carrión afirma, con gran acierto, que quizá escribimos para entender lo que vivimos absurdamente. En ambos pensamientos, o mejor, en tan ajustadas precisiones mediría yo el valor de este extraño libro mezcla de relato de viaje, anotación de bitácora, ficción súbita, turismo a ultranza o tal vez reencuentro con esas realidades antes soñadas y nunca vividas.
       A partir de ese momento el curioso lector realiza, por cada una de las páginas de este libro, un desplazamiento tanto físico como literario, viajando por las rutas geográficas más insospechadas, las que oscilan entre el norte de África, la América Latina desde el  Norte al Sur o la China comunista y cultural, incluida una visita a su famosa montaña, Taishan, patrimonio de la Humanidad o a la Ciudad Prohibida de Beijing. Todo esto en variopintos ensayos de interpretación que incluyen testimonios vividos en los lugares elegidos y visitados,  crónica del lugar a medio camino entre la ficción y el periodismo. Y aunque en ambos casos, se trataría de un género ensayado desde varias generaciones atrás, Carrión es quien asume, en toda su extensión, el hecho de que la realidad forma parte inexcusable de la vida cultural presente y solo así habrá que entender sus textos reunidos en forma de libro que, además, titula La brújula como ese instrumento válido y necesario que nos acompaña para esa zona intermedia a que apela el autor, periodismo y literatura porque, entre otras cosas, la selección realizada por el propio autor incluye textos públicos, escritos con la urgencia de ser publicados en revistas y periódicos, y textos íntimos o inconfesables que preservan ese matiz esbozado de auténticamente literarios.
       Una interesante sección, titulada *Los emigrados+ disecciona las figuras de literatos u hombres tan dispares e interesantes como Roberto Bolaño, tan llorado por tantos amigos, Américo Castro, maestro de hispanistas, Saúl Bellow cronista de ciudades tan dispares como Chicago o Nueva York o el más sorprendente de los guionistas y cineastas argentinos Edgardo Cozarinsky.


       Y el guiño más original de Carrión lo aporta en su *Desnorte+ donde apunta otras tantas brújulas que tal vez lo lleven a otros tantos nuevos puntos cardinales y lo aguarden como viajero o como ensayista de ese tipo de textos que solo la vanidad le permiten publicar y que, de alguna de la mejor de las maneras, se encuentran en mitad de esa tierra de nadie con que siempre cuenta, tanto en su propia vida como en su literatura.







LA BRÚJULA
Jorge Carrión
Córdoba, Berenice, 2006

miércoles, 26 de abril de 2017

Berta Marsé



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SIN SEÑALES
      
       El minimalismo pretendía esbozar la vida de unos personajes al límite en una sociedad, la norteamericana que, evidentemente, está muy alejada de la nuestra aunque, tal vez, tomar de la intimidad de las personas su cara más oculta puede resultar ese recurso narrativo interesante que vertebre la vida de unos personajes que aparecen insignificantes ante nuestra mirada. Los siete cuentos que componen En jaque (2006), primera incursión narrativa de Berta Marsé (Barcelona, 1969) cuentan historias de unas gentes que viven en un mundo normal y que, por alguna circunstancia, la rutina de sus existencias se rompe. Surge así una perturbación en el orden natural de las cosas que desvela los secretos de cualquiera de los protagonistas de estos relatos.
       Algunos de estos relatos se resuelven en unas líneas, como por ejemplo le ocurre a «La tortuga», la historia de un ingenuo dibujo que revela los abusos sexuales de una niña, o incluso, el cuento «Origen», la relación que se establece entre un padre y una adolescente ante devastadoras revelaciones. Sorprenden algunos relatos como «La diva y la peluquera» hermoso ejemplo de la mediocridad que se supone en lo sublime visto desde una existencia como la que lleva una modesta joven peluquera ante la tozudez de una diva a probarse una peluca y, podemos añadir, «Primer amor» quizá el más sensible, más tierno y el de mejor ejecución de todos los cuentos porque resulta harto difícil trasladar al lector todos los sentimientos que se barajan, incluida la enfermedad del protagonista, aunque la narradora  se vale de la compasión, del egoísmo o de la tristeza en este relato para ejercer de notaria en un mundo donde los sentimientos han dejado de ser ese estado que más afecto nos produce o una enorme aflicción por los sucesos tristes y dolorosos cotidianos. A veces, no obstante, la narradora esboza una sonrisa fugaz porque con lo que juega es, en realidad, con la inteligencia, con nuestra pericia de lectores capaces de asimilar la mirada dura, sin apenas contemplaciones de esas radiografías humanas que no dejan de sorprendernos porque de lo que se trata es de seguir las pistas allá donde se puedan reconstruir unas vidas porque en nuestra existencia, como en la de los protagonistas de estos siete relatos, nada vuelve a ser lo mismo y continuamos estando en jaque, como el título de este libro, que explora actitudes y relaciones. Nada más que aportar al dislocado mundo de Berta Marsé, resumen de ciertas tonalidades que oscilan entre la tragedia y el humor y, además, encuentra un perfecto equilibrio entre las reglas del juego literario y los datos de la realidad.





EN JAQUE
Berta Marsé
Barcelona, Anagrama, 2006

martes, 25 de abril de 2017

Pablo Tusset



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UN VODEVIL
              
        Una trama detectivesca, un costumbrismo de actualidad, con un trasfondo de mucha ironía y no menos sarcasmo, incluida una visión rural y cáustica de nuestra sociedad, con situaciones de relativa esquizofrenia en algunos personajes, incluso una verdadera historia de amor, se convierten en los ingredientes de la segunda novela de Pablo Tusset (Barcelona, 1965), una esperada entrega tras su primer y sonado éxito, Lo mejor que le puede pasar a un crusán (2001), una novela más ambiciosa que ahora titula En el nombre del cerdo (2006), aunque siguiendo el esquema propuesto de El jardín de las delicias, nos introduce en, en realidad, en el Paraíso, el Mundo y el Infierno.
        El argumento es tan original como enrevesado en su ejecución. Parte de un macabro asesinato en un matadero de la sierra barcelonesa, donde una mujer ha aparecido descuartizada y en cuya boca se encuentra un papel con un extraño mensaje que da título a la novela. No importa, en absoluto, que se desvele parte del argumento al principio de esta reseña puesto que lo más significativo de la narración de Tusset es el entramado que ha orquestado el narrador en torno a su relato, es decir, los escenarios del crimen y fuera de él y la galería de personajes que se mueven para configurar la historia; como por ejemplo, el comisario Pujol, un veterano a punto de jubilarse, un joven inspector llamado T en el relato, que una semana después viajará a Nueva York con el secreto deseo de encontrar cierta paz interior, y luego los habitantes de un pequeño pueblo aislado en el sierra catalana donde se ha producido el asesinato. Tres, pues, serán las direcciones marcadas por Tusset para narrar su relato, alternando el hilo argumental calculadamente para al final llegar a una sorprendente solución.
        Y, además, en la historia, envuelta en una atmósfera de intriga policial se explora la cruda realidad de una sociedad desde un punto de vista psicológico, intelectual incluso antropológico para ofrecer un realismo que resulte lo más convincente posible. Precisamente, en esta actitud sobresale Tusset que nos ofrece un auténtico relato sobre la maldad (retratada en el joven policía) y sobre la bondad (en el veterano detective), además de algunas nociones de felicidad, de ternura y amor e, incluso, esos aspectos negativo de nuestra vida que conllevan la visión de la muerte que en el lector producirán esa sensación de pesimismo que asoma en alguna página con una extrema convicción. Lo mejor de todo, la interpretación de una realidad con las suficientes dosis de ironía como para no dejarnos indiferentes ante actitudes tan negativas a todo principio, lease, nihilidad exultante que recorre las calles de nuestras ciudades y de nuestros pueblos como bien señala Tusset, en un mensaje narrativo de notables trascendencias.






EN EL NOMBRE DEL CERDO
Pablo Tusset
Barcelona, Destino, 2006

lunes, 24 de abril de 2017

Miguel Naveros



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 ASÍ FUIMOS NOSOTROS*
              
       El periodista, poeta y narrador Miguel Naveros (Madrid, 1956) inició a finales de la década de los noventa una interesante propuesta narrativa, La ciudad del sol (1999), Al calor del día (2001) y ahora entrega El malduque de la Luna (2006). La primera ofrecía un minucioso análisis de una ciudad andaluza mediterránea a lo largo de todo un siglo, la segunda centraba su atención en una actualidad con aspectos sobre la especulación, la inmigración y la ecología y, la tercera, es una novela más lírica que recorre el itinerario vital de su protagonista, Pedro Luna.
       El malduque de la Luna repasa, con un extraordinario dominio del lenguaje, como característica más encomiable, porque ofrece numerosos registros del habla, diálogos fluidos y encadenados al discurso como si de una continuada descripción se tratara, explora la creatividad de la prosa en toda su amplitud, se construye en una novedosa estructura arquitectónica narrativa, anota en suma y escruta la vida del joven Pedro Luna Luna. Hijo de un destacado militante comunista en la España franquista vive entre la dicotomía que le lleva, por estímulo propio, a aprobar la conducta de un padre introvertido y austero o admirar a su tío, hermano del padre, poeta que reside en París y sobrevive a una vida disipada tras el desencanto político, la incertidumbre laboral o su bisexualidad, pero capaz, cada vez que vuelve al domicilio familiar en Madrid, de llenar la casa de alegría. En realidad, Naveros ha pretendido contar la infancia de Pedro Luna, una adolescencia convulsa, los años universitarios comprometidos políticamente, hasta llegar a una madurez desencantada entre unos estímulos personales contrapuestos para, finalmente, terminar con sus vivencias en la actualidad, como ese sumiso integrante de una sociedad repleta de fracasos que, finalmente, ha optado por un exilio marroquí en Asilah y, de alguna manera, quiere dejar constancia de los Luna para de una vez por todas exorcizar los fantasmas del pasado. 
       Vista así la novela de Naveros se perfila, como intentos anteriores, en concebirse como documento contemporáneo de las actitudes idealistas de los 70, de entrega a la causa y aprendizaje de un verdadero socialismo previo a la degradación del telón de acero, de las expectativas de los planteamientos socialdemócratas de la España de los 80 y del desencanto de un final pragmático que, bajo el manto de una ideología libre, llevó a algunos librepensadores al fracaso. Solo así hay que ver y se puede leer  El malduque de la Luna, ejemplo de la más dura de las críticas a un sistema caduco, realizada con esa maestría que otorga la herencia recibida de un lejano ideario familiar que contrasta con la propia degradación del sistema, se enfrenta al cambio de un nuevo simbolismo o se sirve de una metáfora moral que ya no tiene cabida en esta sociedad e, incluso, en este mundo. Lo mejor de la novela, el final por eso no se den tregua hasta llegar a la última página.

* Recientemente fallecía en Almería Miguel Naveros, periodista y narrador a quien he seguido desde sus comienzos en la narrativa contemporánea. Esta fue una de las reseñas que dediqué a su tercera novela publicada.







EL MALDUQUE DE LA LUNA
VII Premio de Novela Fernando Quiñones
Miguel Naveros
Madrid, Alianza, 2006

sábado, 22 de abril de 2017

Hoy tomo café con…



Almudena Sánchez

“La música, el ingenio y el lirismo toman el mando en su relatos”



       Almudena Sánchez (Palma de Mallorca, 1985), es periodista y colabora habitualmente en la web de Ámbito Cultural, realizando reseñas y entrevistas. Fue incluida en Bajo treinta (2013), antología de nuevos narradores españoles, un coro de voces que pretende demostrar como existe una narrativa joven de gran calidad en nuestro país, capaz de hacerse escuchar con el único argumento de la buena literatura. La acústica de los iglús (2016) es su primer libro. Diez relatos en los que la música, el ingenio y el lirismo toman el mando para generar atmósferas oníricas que no dejarán al lector indiferente.

¿Cómo puede digerir una joven narradora la cuarta edición de un libro de cuentos, La acústica de los iglús (2016), en apenas unos meses?
       Es una alegría y una sorpresa. Lo estoy agradeciendo mucho. Sobre todo, no paro de agradecérselo a los lector@s. Cuando se publicó La acústica de los iglús sabía que tendría su público, pero no imaginaba que se leería tanto. Eso me hace feliz. No sólo por el hecho de que el libro funcione bien (que me encanta) sino porque refleja que el cuento ocupa un lugar importante en España. O mejor dicho, que se compran libros de relatos (y se leen).

Usted ha dicho que “escribir es adentrarse en algo extraño”, ¿de ahí el mundo que viven sus criaturas literarias?
       La extrañeza es una de las bases de La acústica de los iglús. Una vez leí que los tres ingredientes de la poesía de Elizabeth Bishop eran “precisión, espontaneidad y misterio”. Y me lo apunté: los sentí cercanos y esenciales. Desde entonces, los tengo en la cabeza cuando escribo. Respecto a lo que comentas, creo que lo extraño sucede con frecuencia —en este mundo extrañísimo—. La normalidad es una invención. Y mis personajes se alejan, se alejan, de la normalidad impuesta. Se alejan tanto, que se desorientan y no saben dónde están. Les ocurre mucho. Viven en una nebulosa onírica.

¿Debemos tener un sentimiento de vacío para poder escribir buenos relatos?
       Sí, para escribir relatos, novela, poesía, ensayo. Y para hacer películas: arte, en general. No imagino a alguien feliz y dichoso con su vida, haciendo arte. Hay que sentir un malestar hacia el mundo, una incomodidad constante, percibir las partes vacías del ser humano, el absurdo que supone que estemos aquí, tomando un café, mientras alguien está adiestrando un gorila en Honolulu. Es necesaria esa angustia en el cerebro. Y en el corazón.

Este libro, La acústica de los iglús, ¿tal vez plantea una forma determinada de estar en este mundo?
       La acústica de los iglús es un libro espiritual. Trata el tema de la inadaptación. Los personajes hacen cosas raras. No aceptan la vida como un lugar en el que hay que actuar con funcionalidad. Es decir: “hacer X para conseguir Y”. Lo que buscan es llenarse de sensaciones para percibir la belleza. La belleza del extrañamiento, lo que hay detrás de un catálogo de normas pérfido y sucio. Se dejan llevar por una música helada, que en cierto modo, los saca de allí.

¿Hay que dotar a los personajes de una cierta ingenuidad para que sobrevivan?
       En mi caso, los he dotado de tanto humor (se ríen de ell@s mismos, constantemente) que se sienten ingenuos. Es una forma de defensa ante el mundo. Y también viven situaciones muy disparatadas. Me parecía necesario que sintieran ese miedo ingenuo, porque están descolocados y perdidos y olvidados, incluso, abandonados.

¿Por qué es tan importante para usted el lenguaje?
       Es lo que me hace amar la literatura. Sus posibilidades. No comprendo a un escritor/a que escriba sin espolear el lenguaje. Es verdad que está de moda una forma llana y sencilla de contar las cosas. Pero, ¿y la lucha con la sintaxis? ¿La precisión del adjetivo? ¿La exhuberancia? ¿La sonoridad? No sé, todo eso lo considero fundamental. Enriquece, eleva, potencia nuestra capacidad expresiva. A lo mejor, esto es lo que se considera “estilo pretencioso”, que dicen algun@s, pero es lo más emocionante.

¿A través de nuestra capacidad de hablar provocamos una alternativa a nuestra realidad inmediata?
       Supongo que me lo preguntas por una de las citas que abre el libro: “Hablar es un acto de desesperación”, de Eloy Tizón. Bueno, elegí la cita porque es tan abierta y libre, que se puede trasladar al acto de narrar. (También porque me encanta Eloy y sus libros). Cuando hablamos, también narramos. O así lo entiendo yo. Todo lo que he narrado —he hablado, he contado— supone un acto de desesperación.

En alguno de sus cuentos, se desprende que la vida es como una sucesión de inutilidades, ¿la literatura puede convertirse en esa especie de manual de autoayuda?
       Buena pregunta (risas). Defiendo lo inútil porque creo que nos puede aportar nuevas visiones. Lo inútil está ligado con el aburrimiento. Y a partir del aburrimiento surgen grandes cosas. Creo que leer es inútil, amar es inútil, bailar es inútil, jugar con mi gato es inútil, pasear es inútil, ir al cine es inútil. Y sin embargo es lo que más deseo y lo que me aporta experiencia de vida. En cuanto a la literatura, no hay nada más inútil que ella y espero que no se convierta en autoayuda (al menos no toda, por favor).

Los cuentos de La acústica… son tremendamente visuales, ¿es una declarada intención por su parte?
       Me gusta que las escenas “se vean”. Y me costó bastante, porque los relatos de La acústica de los iglús son abstractos. Es un favor que me hago a mí misma y a los lectores. También me encanta el estilo discursivo (y lo utilizo) pero no voy a dejar atrás la maravilla visual por eso. Intento que los textos estén compensados y que se puedan experimentar a través de los sentidos.

Por ejemplo, “Apuntes desde la bóveda celeste” es un relato cuyo argumento parece ciencia ficción, como si tuviéramos que imaginarlo, pero retrata la absoluta deshumanización humana, ¿retrata un posible futuro o un presente?
       Apuntes desde la bóveda celeste refleja el presente (y el futuro, si seguimos así). Me gustaba la idea de que el relato empezara en la más absoluta realidad (narrando un despido, en una oficina) y acabara en el espacio rodeado de estrellas. Es el paso de una realidad cruda y objetiva a otra realidad onírica y subjetiva que me ofrecía muchas posibilidades. Es el cuento “social” del libro. Y es cierto. O al menos, como escritora joven percibo esa dejadez. A esta chica, la protagonista del relato, empieza a fallarle todo. Está sola y a nadie le importa.

Después de este libro, y de su éxito, ¿sigue pensando que escribir es de valientes?
       Más que nunca. Sigo temblando igual.

Sus relatos, ¿nos procuran ese encuentro con los huecos de nuestra vida?
       Ojalá. Y que nos caigamos por esos huecos, como Alicia en su Wonderland.

…Y después de los iglús.
       ¡Misterio! (Risas). No, te lo voy a confesar: me atrae mucho la novela, pero ya veremos qué sale.

viernes, 21 de abril de 2017

Andrés Neuman



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VERICUENTOS
              
       La cita de Wallace Stevens que encabeza el presente volumen, «ningún  hombre  es un héroe para quien lo conozca» viene a cuento porque la primera parte y la más extensa del nuevo libro de Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977), Alumbramiento (2006), está dedicada a esos otros hombres, como la primera historia en la que en la habitación de un sanatorio se describe a un hombre, rodeado por el médico, la esposa y algunas enfermeras, porque intenta dar a luz a otro hombre, sin duda, la más fantástica de las propuestas de Neuman, para seguir con otros nueve relatos que ponen de manifiesto los distintos papeles adjudicados al hombre a lo largo de la historia: esposo amante, padre, justiciero y el luchador o, incluso, aventurero, en una insólita visión del papel de la masculinidad, aunque como bien es sabido se trata de cuentos en su sentido más estricto; la estructura formal del libro, tres bloques más un apéndice, sigue con unas «Miniaturas», microcuentos o narraciones muy breves para expresar, con un extremo minimalismo, actitudes de una sociedad como la presente, envuelta en una fingida felicidad, como manifiesta el más irónico que se titula, precisamente, «La felicidad», una convulsa realidad o una inmersión en la magia y la belleza de las cosas, el amor o el destino donde la concentración verbal es expresada de la manera más contundente.
       En un tercer bloque, además de rendir homenaje a algunos narradores interesantes: una deliciosa conferencia de Borges en Buenos Aires, el absurdo diálogo entre Gombrowicz y un Mastronardi no menos jocoso, un Queneau asaltante de ancianas, Neuman explora el mundo de la literatura, la edición y los editores, las vicisitudes de un poema traducido o las complejas relaciones entre autor y lector, pero desde una perspectiva jocosa, humorística, sarcástica que el escritor remata en un excelente texto que titula «Sobre las bondades del punto de vista» para después terminar, como ya es habitual, en el narrador con un dodecálogo que ya había ensayado en El último minuto (2001) y que ahora, de alguna manera, complementa al anterior en algunos aspectos.
       Andrés Neuman se caracteriza por ofrecer en sus libros una muestra heterogénea tanto de cuentos como aforismos, escenas o diálogos, pequeños ensayos donde recorre con maestría todos los recursos que propone la densidad de la prosa puesto que ofrece los más variados registros para explorar o para indagar, como suele hacer, en sus textos, porque como entre otras afirmaciones suyas, el cuento no es algo difícil sino peligroso y en el riesgo que asume el escritor estaría precisamente lo sigiloso de su arte.






ALUMBRAMIENTO
Andrés Neuman
Madrid, Páginas de Espuma, 2006

jueves, 20 de abril de 2017

Joaquín Pérez Azaústre



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UNA GRAN MENTIRA
              
       La primera novela de Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976) América (2004) corroboraba, una vez más, que el interés por la denominada «generación perdida» ofrece aún la suficiente materia narrativa para desentrañar pizcas de esa atmósfera literaria de la América del jazz y del glamour. Su segunda novela,  El gran Felton (2005), procede de buena parte de aquella primera entrega porque recupera un personaje secundario como Robert Felton, cuya sombra se proyecta ahora sobre la historia que se nos quiere contar, es decir, prolonga aún más esa mirada minimalista sobre la generación que fascina a Pérez Azaústre y a cuya cabeza se encuentran autores como Scott Fitzgerald o Hemingway.
       El gran Felton es una novela sobre literatura porque el narrador es un joven escritor que recibe el encargo de reconstruir la vida de este siniestro personaje, su relación con la novela El último magnate y las peripecias en torno a su amistad con Scott Fitzgerald, autor de la novela y  sobre quien se apunta un posible misterio: el supuesto engaño entorno a su muerte ocurrida, como es sabido, en 1940 y la posible falsa identidad adquirida por el agotado autor que se prolongaría hasta 1992, bajo el seudónimo de Richard Yates. Todo el relato gira en torno al final de la novela inacabada del escritor de la era del jazz, la búsqueda y las pesquisas a las que se somete Bruno Díaz, una especie de detective privado especializado en asuntos literarios, contratado por Roberto Lara para investigar que fue del enigmático Robert Felton y la continuación del manuescrito.
       El discurso que elabora Juan, alias Bronson, el narrador se mezcla con numerosos textos reproducidos que añaden luz al misterio, sobre todo casi al final cuando Bruno Díaz y Laura King, hija del escritor Joseph King, entablan una larga conversación en Nueva York hasta donde ha viajado Bruno y reaparecen en la escena, magistralmente ambientada, cartas, entrevistas, crónicas y semblanzas de los amigos del padre de Laura, albacea hasta su muerte de los poemas de Felton. El texto gana en profundidad por la multiplicidad de perspectivas narrativas y, sobre todo, porque Pérez Azaústre crea, entre otros, personajes, como Roberto Lara, para multiplicar un relato que se acerca, y bien, a escenas de la mejor cinematografía negra y que recuerdan, en el mismo texto, a Hammett, Chandler o a Cheever, añadiendo así una trama más compleja a su novela que se aparta de esa simple indagación inicial para realizar un verdadero ejercicio de buena literatura porque ha sido capaz de construir con eficacia toda una gran mentira.




EL GRAN FELTON
Joaquín Pérez Azaústre
Barcelona, Seix-Barral, 2006