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domingo, 2 de abril de 2017

Desayuno con diamantes, 105



ELIAS CANETTI  UNIVERSAL

       Elias Canetti (1905-2005) hubiera cumplido cien años el 25 de julio. En su aniversario se edita, Fiesta bajo las bombas (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2005), apuntes inéditos sobre la vida y los personajes de una Inglaterra desconocida.*


       La figura de Elías Canetti ocupa la práctica totalidad del siglo XX y el significado de su obra, junto a los nombres de Ernst Jünger, Thomas Mann, Franz Kafka o Robert Musil, figura como uno de los valores más sobresalientes de la literatura alemana contemporánea. Canetti nació en el seno de uno de los más fabulosos y vastos imperios de Europa, poco antes de que se iniciara el último episodio de su decadencia. Recordemos que nació en Ruschuck, un pueblo de Bulgaria, el 25 de julio de 1905, hijo de una familia judía por partida doble, de raíces sefarditas por parte de padre, de origen asquenazí por parte de madre. En 1911 la familia se traslada a Inglaterra, a la ciudad de Manchester, donde su padre muere repentinamente; en 1913, la madre y los hermanos se instalan en Viena; entre 1916 y 1924 cursa estudios de bachillerato en Zúrich y en Francfort; a partir de ese mismo año curso Ciencias Naturales en Viena y obtiene el título de Doctor en Ciencias Químicas en 1929. Se dedica a la investigación sobre el concepto de masa, actividad que alterna con la literatura. En 1935 aparecería su única novela, Auto de fe, y después se consagraría a la redacción de su libro más valorado e importante, Masa y poder, publicado en Hamburgo en 1960. Nuevas circunstancias políticas le llevaron al exilio y de vuelta a Inglaterra, donde vivirá, nacionalizado, hasta 1988, año en que se instala en la ciudad suiza de Zúrich donde moriría en 1994. 
       La lista de las ciudades por las que pasó Canetti refuerzan ese sentimiento de una Centroeuropa unida, sobre todo siendo él sefardita, y obligado durante buena parte del siglo XX a un exilio permanente. Sin embargo, los continuos desplazamientos forjaron en el joven Canetti la conciencia y la pasión de un territorio muy vasto y heterogéneo, una suma de lenguas, culturas y paisajes. La pasión de «extraterritorialidad»de Canetti se complementa con su concepción del lenguaje. No hay que olvidar que conoció las lenguas búlgara y ladina, además del inglés y el alemán, posteriormente aprendió griego y latín en sus estudios universitarios y sus largas estancias en Francia le otorgaron un conocimiento amplio del idioma galo. Canetti se mostró siempre atento a las cuestiones del lenguaje y vivió la cultura europea de «fin de siglo» de una manera muy especial. Es notoria su admiración por autores como Karl Kraus y posteriormente Robert Musil.

Los años ingleses

       Elías Canetti hubiera cumplido el próximo 25 de julio cien años y como ha señalado el editor Mario Muchnik su obra tiene vigencia universal. Esta primavera se publicaba Fiesta bajo las sombras ( Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores, 2005), un libro inédito sobre «Los años ingleses», escrito entre 1990 y 1994, bastante después de que el autor fijara su residencia en Zúrich. En el libro evoca los difíciles y penosos años vividos en Inglaterra, país al que había llegado con su esposa Veza en 1939, después de que Austria quedara anexionada al Tercer Reich. Canetti habla con cierta frialdad de los ingleses y más que un diario se trata de un anecdotario donde repasa buena parte de su larga estancia en el país británico. Recuerda los dos años pasados de niño y, rememora, sobre todo la repentina muerte de su padre para después, a medida que avanzan las páginas, convertirse en un maestro de la ira y de la queja. En el libro se mezclan anécdotas, sarcasmos, ataques demoledores a contemporáneos como Eliot, incluso desprecia a amantes como Iris Murdoch a quien en algunas páginas ataca sin mesura, añade cotilleos de salón, pocos elogios y sobre  todo parece un estudio satírico, moralista, antropológico y etnológicos sobre las fiestas (parties) inglesas. Mejor parado sale Bertrand Russell y el sinólogo Arthur Walley.
       Jeremy Adler señala en el «Epílogo» a la presente edición que la primera anotación para la nueva obra dice lo siguiente: «Recuerdos de Inglaterra. Londres, jueves, 11 de octubre de 1990. Mientras los ojos lo permitan quiero escribir todavía algo sobre el tiempo en Inglaterra». Once días después el tema provisional está decidido: «22 de octubre de 1990. Por fin he encontrado lo que quiero escribir sobre Inglaterra: Amersham y el tiempo de la guerra». Canetti se refiere a la evacuación de Londres cuando la gente huía al campo para escapar de las bombas alemanas. La guerra está omnipresente en los primeros años, pero nunca está descrita en su amplitud. El estilo de Canetti —señala Adler— en estos recuerdos se acerca a menudo al de un diario. Esto puede deberse a su carácter fragmentario, y al hecho de que Canetti hubiera reescrito muchas de estas páginas. En ningún momento se avergüenza de revelar sus defectos o poner al desnudo a sus amigos más cercanos.
       Las parties que describe el autor con tanto celo en este libro y a las que eleva un delicioso monumento con la definición de «fiestas del no-contacto», son un fenómeno reciente. Derivan, originariamente, de las cocktail parties de los años treinta y determinan la vida social inglesa hasta los sesenta. En el siglo XVIII los literatos de Londres se citaban en el café, pero esta institución ya había desaparecido en tiempos de Canetti. Se celebraban parties o dinner parties con cualquier pretexto. Diana Spearman, fue una de esas anfitrionas por la que Canetti se sintió especialmente atraído, porque poseía la cultura y los medios para reunir en sus cenas un círculo considerable de políticos e intelectuales. Por ella conoció a Enoch Powell, a Karl Popper y a Mary Douglas, autora de un singular libro sobre la caza en la tribu africana de los lele. Lo que se demuestra en este libro es esa especial disposición de Canetti para la amistad y el amor en abierta contradicción con su temperamento de solitario. El estudioso alemán opina que Fiesta bajo las bombas vendría ser la continuación del ciclo autobiográfico constituido por La lengua absuelta (1977), La antorcha al oído (1080) y El juego de ojos (1985), aunque esta lectura no se cerraría a otras propuestas y a la vista de la naturaleza de unos textos que, también, se muestran emparentados con Las voces de Marrakesch (1967) o El testigo oidor (1974).



Auto de fe

  La primera edición de Auto de fe es de 1935 y nació, como señala en su prólogo Mario Vargas Llosa en su edición española de Círculo de Lectores (Biblioteca de Plata), 1987, de una imagen que obsesionaba al autor durante algún tiempo: un hombre que prendía fuego a su biblioteca y se quemaba con ella. La novela formaba parte de un proyecto mucho más amplio, iniciada en el otoño vienés de 1930 y a la sombra de escritores de la talla de Broch, Musil, Popper y Berg. En realidad, formaría parte de una «Comedia Humana de la locura» que constaría de ocho historias, cada una de las cuales tendría como protagonista a hombre desmedido, en las fronteras de la sinrazón. El ambicioso proyecto quedó en un solo volumen y además pasó sin pena ni gloria durante los años de la guerra y postguerra europeas hasta que la concesión del Nobel en 1981 le devolvieron la actualidad tanto al autor como a la novela.
       Auto de fe es una novela ambiciosa y también bastante dura porque exige un esfuerzo intelectual y buenas dosis de paciencia para que lector llegue al sentido profundo de su estructura, además de desentrañar las claves de su complicado simbolismo. En la novela se percibe un mundo desintegrado, «Un mundo sin cabeza», «Una cabeza sin mundo» y «Un mundo en la cabeza» son las tres grandes parte de que se compone la obra y, en una primera instancia, se relatan hechos incoherentes, aparecen personajes que no responden a una lógica racional sino a una arbitrariedad artística hasta el punto de que su carácter grotesco y anárquico, los disparates e incluso las greguerías que salpican esta páginas, suponen, en opinión de la crítica más especializada, la visión de una Europa germanizada, imbuida de todos los demonios que precipitarían, pocos años después, la catástrofe de la segunda guerra mundial. Se trataría de una alegoría ideológica y moral, es decir, vislumbrar la biblioteca en llamas y la inmolación de su dueño que prefiguraría las antiguas escenografías de la Inquisición y la destrucción de la cultura que propugnaba en aquellos momentos el nacionalsocialismo en su sentido más totalitario.
       Vargas Llosa ha señalado que podríamos ver en esta novela una simple alegoría política aunque este juicio resultaría algo insuficiente y no haría la justicia necesaria al libro. Insiste en que habrá que ver en esta narración «un mundo de ficción, una realidad paralela, soberana, con una vida propia que no es reflejo de aquella, real, de la que proceden sus materiales históricos y culturales, sino de algo distinto, toma distancia en una imagen paroxística en la que las diferencias superan a las semejanzas». De su obra, prácticamente, inédita hasta que sus herederos siguiendo su voluntad publiquen buena parte de su legado a partir de 2024, se desprende que Canetti nos propone concebir en términos de cultura, de espíritu y de civilización, la unidad de la vieja Europa porque, insiste, la cuestión de nuestro tiempo, del siglo XX, es la formación de la masa y las consecuencias que tal hecho ha comportado. 

* Publicado en Cuadernos del Sur, con motivo del Centenario, 2005

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