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viernes, 31 de marzo de 2017

Gonzalo Calcedo



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FOTOGRAFÍAS VELADAS
              
       El escritor Gonzalo Calcedo (Palencia, 1961) posee  una  mirada limpia, selecciona tan solo el momento de una vida y sus historias, sus cuentos y relatos, adquieren ese pleno derecho que les confiere un lector inteligente que sabe, en todo, momento vislumbrar un antes y un después. Quizá por eso en una adecuada concentración se concreta una historia, como la vida misma o al menos eso cree el palentino que entrega, una vez, una colección de cuentos La carga de la brigada ligera (2004), en realidad, un solitario deseo durante años como escritor de escribir las páginas que le gustaría leer, según él mismo ha manifestado, para disfrutar narrando historias con esas dosis adecuadas de desaliento, acción, cinismo, amenaza, ternura, sensualidad, en definitiva, un modo indirecto de encarar la vida, de verla a través del comportamiento de sus protagonistas, de sus movimientos, de sus gestos y de sus miradas, sin que estas características tan comunes lleguen a explicar nada en absoluto.
       En los cuentos de Calcedo no sobra nada, es frecuente esa sustantividad que ofrecen sus palabras y concuerdan con el entresijo de las historias contadas. En los cinco cuentos que componen el presente volumen se mantiene ese raro equilibrio que otorga la dimensión de un cuento (en esta ocasión más extensos de lo habitual en el escritor palentino) y la historia que se narra o incluso el tono que se les otorga. Pese a esto, sus héroes son anónimos aunque reconocibles en cualquiera de nuestros ambientes: la adolescente Delphi es igual de ingenua y afligida que muchas de nuestras jovencitas conocidas o las mujeres de otras dos historias, «Sirenas» y «Un banco con sombra» sienten y hablan de sus familias como otras muchas de tantas historias para, al final, contentarse con esa minimización que les otorga su cotidiano existir tras la soledad de sus hogares. El protagonista de «El villano de la historia» se asemeja en su comportamiento a tantos seres de íntimas vivencias que solo logran vislumbrar buena parte de su vida  a través de una realidad que se transmuta en literatura, para ser contemplados con esa distancia que otorga el escritor. Y quizá el más interesante, el cuento que da título al conjunto, «La carga de la brigada ligera» de connotaciones tan cinematográficas y que, como apunta el autor, resume ese puñado de páginas que le gustaría leer y disfrutar.
       Como es habitual en Gonzalo Calcedo, cuyo nombre se inscribe en lo mejor que se escribe en cuento español contemporáneo, las situaciones a las que se enfrentan sus personajes nos dejan, como a ellos, un profundo poso de insatisfacción y a esa disolución con que también nos enfrentamos a la realidad.





LA CARGA DE LA BRIGADA LIGERA
Gonzalo Calcedo
Palencia, Menoscuarto, 2004

jueves, 30 de marzo de 2017

Javier Tomeo



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ALGO DE CORAZÓN

       Una vez más esta historia mínima reúne todos o casi todos los elementos que necesita Javier Tomeo (Quicena, Huesca, 1932) para construir una obra, es decir, una vida tan anodina como contradictoria, una situación absurda y no menos jocosa, ciertas actitudes que llevan a ingenuidades y monólogos tan sabrosamente interesantes como insustanciales. Así se concreta esta nueva entrega, El cantante de boleros (2005), una muestra más del mundo propio del escritor aragonés.
       Cierta vida monótona, una soledad calculada, la realidad de un mundo vulgar, sin aliciente alguno, el hecho de constatar una razón posible sin una sinrazón que la haga creíble, así es la existencia del narrador de esta nueva novela que se pasa las mañanas en su casa y las tardes repartiendo los paquetes de un pequeño supermercado a domicilio, con unas mínimas preocupaciones que, en absoluto, alteran el ritmo cotidiano de su vida. Es más, la acumulación de situaciones insignificantes a que se va enfrentando le proporcionan todo el aliciente para reflexionar sobre los más inusitados y genuinos temas a que se ve convertida su cotidianidad. Tomeo va perfilando a lo largo de su relato un personaje solitario y extraño que pone en su propia boca frases de una madre muerta que siempre rememora, pero también bebe cerveza en el bar del vecindario, se ducha constantemente para combatir el calor, come fabada enlatada, tiene una pequeña aventura en uno de los repartos a domicilio y se interroga continuamente acerca de la actitud de su amigo Rafael y de los plantones que éste le ha proporcionado en las diversas citas, se siente vigilado en el barrio, recibe extrañas llamadas de teléfono, y acoge en su casa a Cornelio, el marido despechado de Carmen, la vecina que escandaliza al barrio con su aventuras sexuales.
                      Tomeo es un virtuoso del lenguaje, de la fraseología popular que explota ampliamente en El cantante de boleros porque la historia, puesta en boca de personajes tan aplastantemente humanos, no podía haberse escrito de otra manera. Humor, irónicas situaciones y perspectivas con ciertas dosis de ingenuidad van aflorando por las conversaciones que mantienen tanto el narrador como Cornelio y hay una frase que se repite una y otra vez, «no digo ni que sí ni que no», como un sonsonete que repiquetea a lo largo de los monólogos y los diálogos de los principales protagonistas de esta singular historia.
                      Tomeo no ha sentido nunca preocupación porque sus historias se identifiquen con una realidad concreta y parece desligarse de una actualidad identificable, su actitud se aleja de ese concepto social que propugna nuestra sociedad porque así la exclusión del lugar concreto o el tiempo tienen como objeto primordial evitar toda distracción del asunto que importa, y tanto los protagonistas como los lectores se centran en una historia que ellos mismos, siempre,  tratan de situar en uno y otro espacio.






EL CANTANTE DE BOLEROS
Javier Tomeo
Barcelona, Anagrama, 2005

miércoles, 29 de marzo de 2017

Hoy invito a...





Juan Pedro Martín Escolar-Noriega*
Valladolid










El secreto de la beguinas


   Las beguinas eran una asociación de mujeres cristianas, contemplativas y activas, fundada en el siglo XII, que dedicaban su vida a la ayuda a los desamparados, enfermos, mujeres, niños y ancianos, y también a labores intelectuales. Trabajaban para mantenerse y eran libres para dejar la asociación en cualquier momento para casarse.
       No tenían casa-madre, ni tampoco una regla común, ni una orden general. Construían sus viviendas en forma de hileras cerca de los hospitales e iglesias en el centro de las ciudades, formando barrios enteros a los que llamaron beguinajes. Estos estaban cercados por puertas o vallas que cerraban por las noches, y a ellos no podían acceder hombres, siendo el sacerdote el único varón con permiso para entrar en estos recintos para confesar y oficiar misa. Los beguinajes tienen calles y plazas, una enfermería, uno o varios conventos dedicados a las novicias y beguinas que deseaban una vida más comunitaria y una iglesia particular. Cada comunidad o beguinaje, era autónoma y organizaba su propia forma de vida con el propósito de orar y servir como Cristo en su pobreza.
       Las beguinas eran laicas y religiosas a la vez. Vivían con total independencia del control masculino y la libertad de la que gozaban era inseparable de la red de relaciones que establecían entre ellas, con Dios y con el resto de las mujeres y hombres de las ciudades en las que vivían. Pertenecían principalmente a la clase media y popular de las ciudades donde se asentaban, pero también había aristócratas y campesinas. Vivían de sus rentas, si las tenían, y de su trabajo en la industria, la artesanía de la lana, la enfermería, el copiado de manuscritos, la enseñanza de las niñas, la asistencia a personas moribundas como “acabadoras” de la vida o mediadoras de la muerte que les otorgó una función que las convirtió en imprescindibles, constituyendo ese cuidado a enfermos y moribundos como una práctica espiritual íntimamente vinculada a la compasión y a la solidaridad.
       Las beguinas quisieron ser espirituales, pero no religiosas; quisieron vivir entre mujeres, pero no ser monjas; quisieron rezar y trabajar, pero no en un monasterio; quisieron ser fieles a sí mismas, pero sin votos; quisieron ser cristianas, pero ni en la Iglesia constituida, ni tampoco en la herejía; quisieron experimentar en su corporeidad, pero sin ser canonizadas ni demonizadas. Y para todo ello, inventaron la forma de vida beguina, una forma de vida política, que supo situarse más allá de la ley, pero no en contra de ella. Nunca pidieron papado que confirmara su manera de vivir y de convivir, ni se rebelaron, tampoco, contra la Iglesia. Fueron visionarias en dejar de lado el latín y escribir en sus lenguas vernáculas. No se casaron, pero tampoco hacían voto de castidad. Nunca fueron monjas, aunque lo pareciesen, porque nunca se sometieron a la jerarquía de la Iglesia, ni acataron los votos de pobreza, castidad y obediencia, y sólo rendían cuentas a su conciencia. Causarán admiración y asombro entre sus contemporáneos, pero se les reprochará vivir fuera de la Iglesia, vivir juntas, sus ropas, sus oficios…, lo que unido a que en su mayoría se acercaron a la Reforma a partir del siglo XVI, ¿cómo no iban a ser perseguidas, olvidadas y silenciadas?
       En el siglo XVII, la visión de la mujer austera sometida al marido, modelo de orden, sumisión y trabajo, estará completamente asentada y cualquier otra opción de vida calificará a la mujer como bruja y la convertirá en alguien peligroso. Y además, si incluimos el símbolo que tanto utilizaron como es el Ave Fénix, ese mitológico animal que siempre renacía de sus cenizas, símbolo alquímico por excelencia, quizás funcione todavía, y la magia que le precede logre su resurgir del sombrío olvido al que fueron condenadas estas mujeres.
       El movimiento de las beguinas es como un lugar espiritual y pragmático a la vez, que rompe con la diferenciación que la Iglesia imponía entre la oración y la acción. Un espacio que no es doméstico, ni claustral, ni heterosexual. Es un espacio que las mujeres comparten al margen del sistema de parentesco patriarcal en el que se ha superado la fragmentación espacial y comunicativa y que se mantiene abierto a la realidad social que las rodea, en la cual y sobre la cual actúan, diluyendo la división secular y jerarquizada entre público y privado y que, por tanto, se convierte en abierto y cerrado a la vez.


       Valga esta introducción antes de reseñar la novela de Pedro M. Domene, editada por Trifaldi, y que lleva por título El secreto de las Beguinas, término absolutamente desconocido para mí antes de tener el libro entre mis manos y que, debido a mi curiosidad, , me ha lanzado a documentarme sobre los temas que se tratan en la novela, a saber, aparte de la congregación de las beguinas, los Tercios Españoles y la guerra de Flandes o de los Ochenta Años, el sitio de Ostende, los Autos de Fe dictados por la Inquisición y la investigación histórica.
       Vamos a situarnos a principios del siglo XVII, concretamente en esos años en que los Tercios Españoles destacados en Flandes a las órdenes del capitán general, Ambrosio Spínola Doria, I duque de Sesto, I marqués de los Balbases y Grande de España bajo el reinado de Felipe III, que duró más de tres años y en el que murieron entre los dos bandos, por un lado las Provincias Unidas apoyadas por tropas inglesas, y por otro la Monarquía católica española, más de 100.000 personas, hasta que las tropas españolas consiguieron conquistarla el 20 de septiembre de 1604 dejando la ciudad totalmente destruida y prólogo a la llamada Tregua de los Doce Años para que los bandos en conflicto se recuperasen de las pérdidas económicas causadas en este sitio calificado por la Historia como uno de los más terribles conocidos.
       Debido a las continuas revueltas y a la animadversión hacia los españoles, una secreta alianza entre flamencos, holandeses e ingleses, además del sitio a la ciudad de Ostente, llevaron a muchos nobles de los Países Bajos a abandonar sus hogares para aliarse contra el Imperio Español, y uno de ellos, Jan Thierry, deja en el beguinato de Brujas a su joven esposa, Elisabeth, para que esté allí custodiada hasta que él regrese de la guerra, con el trabajo de colaborar con las beguinas en el cuidado de los soldados heridos que llegaban a sus puertas. Jorge de Deza es un joven oficial de los Tercios Españoles que es herido cuando se dirigía a unirse al sitio de Ostende con el destacamento a sus órdenes y que es trasladado al mencionado beguinato de Brujas. Elisabeth será la responsable de sus cuidados. Jorge de Deza llega moribundo, y ahí nos encontramos con el secreto del título de la novela. ¿Cuidaban las beguinas a los heridos españoles hasta su curación o esperaban a que murieran lentamente practicando en sus cuerpos sangrías a diario? ¿Eran las beguinas de Brujas unas asesinas en serie en pleno siglo XVII? Potente argumento el que nos propone Pedro M. Domene.
       Finalizado el asedio y claudicada Ostende, la Santa Inquisición realiza un Auto de Fe en Brujas donde son condenadas a la hoguera la Gran Dama de las Beguinas de la ciudad, once beatas muy jóvenes y una más, huida y condenada en efigie, acusadas de dar muerte a los soldados españoles y heridos que estaban recluidos en su beguinato  y por herejía por tener tratos con el Maligno.
       En la actualidad, dos hermanos jóvenes, Diego y Jorge Galaor, que son investigadores  de historia de caracteres muy dispares, mientras el mayor es lenguaraz y alocado, el menor hace su trabajo de forma científica y profesional, estudian unos documentos que ha encontrado el primero sobre lo ocurrido en Brujas sobre el Auto de Fe que tuvo lugar en 1604. Diego pide ayuda a su hermano que se encuentra en Londres solicitando que le acompañe en su investigación en Bélgica para llegar a unas conclusiones sobre lo acaecido en esa época y descubrir el secreto que se encierra entre las paredes del Beguinato de Brujas cuatro siglos antes.
       El secreto de las Beguinas avanza pues de forma paralela en tres espacios diferentes que convergerán al final del libro.
       Pedro M. Domene escribe con maestría una novela que en diferentes momentos me ha llevado a recordar una gran película de 1979: Apocalypse Now de Francis Ford Coppola. En ella unos soldados americanos tenían que luchar en una guerra absurda en un país tan alejado de sus casas como es Vietnam. En El secreto de las Beguinas, unos soldados españoles del siglo XVII tienen que luchar en otra guerra absurda, como lo son todas las guerras, muy al norte de su tierra. Ambos ejércitos son en su época los más poderosos del mundo y ambos al final fueron derrotados, no por la táctica militar superior del enemigo y las grandes batallas rendidas, sino por la adversidad del clima, la abundante lluvia y la posterior humedad, que minaron la baja moral de una tropa, la americana reclutada a la fuerza, y la española alistada en su mayoría sólo para hacer fortuna. Ambas protagonizaron desórdenes y saqueos por donde pasaban, además de innumerables y crueles matanzas para mantenerse vivos. Pero ya sabemos que la Historia siempre se ha tornado cruel con los territorios ocupados y, si cabe, más despiadada aún con los habitantes civiles de los mismos. Y todo por mantener su grandioso Imperio de pies de barro, los unos por defender el capitalismo y los otros, donde no se ponía el sol, por su hegemonía y por la religión católica.
       Pedro M. Domene se descubre en El secreto de las Beguinas como un muy buen novelista que, como buen historiador, ha profundizado en la época, los hechos y los lugares, anotado detalles, y, finalmente, estoy convencido de ello, ha logrado confundir la realidad con la fantasía para otorgar a su relato mayor veracidad histórica. Prácticamente y en suma lo que hace uno de sus protagonistas.
       Tercios de Flandes, Guerra de los Ochenta Años, Santa Inquisición y Autos de Fe, Beguinas, la maravillosa y mágica ciudad de Brujas…, todo está dentro de El secreto de las Beguinas, además con una trama que te envuelve en un perfecto suspense que es finalmente resuelto en unos capítulos finales absolutamente deliciosos.
       ¿Caminan los hermanos Galaor por unas calles de Brujas donde se pasearon siglos atrás unas nobles asesinas que, descubiertas por el Santo Oficio, fueron quemadas por un tribunal de la Inquisición? ¿Descubrirán al hilo de una investigación histórica una auténtica trama criminal? ¿Cuál fue la historia de Jorge de Deza y Elisabeth?
       ¿Quieres tener respuesta a todas estas preguntas? Tendrás que leer El secreto de las Beguinas de Pedro M. Domene porque yo ya no puedo contar nada más y hasta aquí puedo escribir. Eso sí, te puedo asegurar que no quedarás defraudado, sino muy entusiasmado con su lectura. Yo que tú es que ni me lo pensaba.     

Pedro M. Domene, El secreto de las beguinas, Madrid, Trifaldi, 2016.

*Este excelente comentario de Juan Pedro Martín ha sido publicado en su blog personal.  http://volveremosamacondo.blogspot.com.es/2017/03/el-secreto-de-las-beguinas.html?spref=fb

martes, 28 de marzo de 2017

Eduardo Mendicutti



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GLAMOUR
          
       California siempre ha tenido ese glamour que directores y artistas de cine, escritores y guionistas o ciertas celebridades, han proyectado al resto del mundo desde la colina de Hollywood y la ciudad de Los Ángeles. Cuenta Eduardo Mendicutti que en el verano de 1974 el general Franco empezaba su agonía y Charly, un joven español de veinticinco años, paseaba su cuerpo por Hollywood Boulevard. Existe una variada tendencia cultural que proyecta en nuestra narrativa actual inquietudes que van desde un relato psicológico e intimista, la crónica social y política, la aventura y lo policíaco, hasta lo erótico y lo gay. No existe en una sociedad moderna prejuicio alguno para valorar el contenido o la tendencia sexual de su autor y por este motivo, Eduardo Mendicutti (Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, 1948), ha publicado una novela ambientada en el mundo homosexual de la soleada California para después terminar el relato en la sociedad de una España actual, democrática, liberada sexualmente, con personajes gays y una explícita actitud coherente ante un colectivo que hoy ha conseguido algunas de sus más ansiadas reivindicaciones. La novela se titula, precisamente, California (2005) y no está exenta de ese fino humor que caracterizada a la obra anterior del gaditano y por la espléndida ejecución de estructura combinada, así como la ejecución de un lenguaje medido y calculado para la ocasión.
       Dividida en dos partes, ambientada, la primera, en el decadente  star system norteamericano del mundo del espectáculo hollywoodense, visto todo desde la perspectiva del joven homosexual, desinhibido, feliz de presenciar y experimentar esta sensación de libertad tan lejos de España, mientras su mejor amigo es detenido en Madrid por homosexual y antifranquista. La segunda, situada en la actualidad, cuando Charly ya se ha convertido en Carlos, es un ejecutivo brillante, trabaja para una empresa norteamericana y vive con Álex, un joven broker. El tono de la novela cambia por completo en el desarrollo de esta segunda parte. Si la primera resulta más desenfadada, divertida, ingeniosa, tanto por su ambiente, perfectamente retratado, como las situaciones y la galería de personajes que se asoman y descubren otra manera de ser en el joven español, en la segunda se ofrece algunas tesis de no pocas incógnitas que el actual gobierno socialista debía despejar, entre otras, la ley sobre los matrimonios homosexuales. Muchas cosas han variado, la conciencia y la moralidad del protagonista que desde su atalaya de ejecutivo no duda en ningún momento en conectar con grupos de lesbianas y gays para llevar a cabo proyectos de empresa. Los sucesos llevan al relato a un tono mucho más reflexivo y más comprometido, así el antiguo amigo encarcelado por antifranquista es cargo del PP, un empleado de la empresa solicita un permiso para cuidar a su pareja homosexual aquejada de Alzheimer o el ejemplo de Enrique y Celso, el primero ex-militante comunista obligado ante las torturas de la policía franquista a delatar a sus compañeros. Novela práctica, sacudirá muchos prejuicios, pero muestra el compromiso de un escritor de coherente escritura.        






CALIFORNIA
Eduardo Mendicutti
Barcelona, Anagrama, 2005

lunes, 27 de marzo de 2017

Jesús Ferrero



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PÁJAROS DEL DESEO
              
       ¿Una novela sobre el destino? La narrativa de Jesús Ferrero (Zamora, 1952) se ha caracterizado, desde siempre, por elaborar discursos que contenían una amplia perspectiva temática y estructural que provenía de múltiples textos anteriores y con esa posibilidad de cambiar la mirada del lector hacia esa nueva obra, es decir, la de ofrecer una narrativa cómplice capaz de interesar a un lector inteligente.
       Una larga trayectoria jalona los pasos dados por Ferrero en el panorama narrativo de las últimas décadas desde su acertadísimo Belver Yin en 1981 hasta El secreto de los dioses (2003) con altibajos que, en nada desdicen su obra, sino corroboran la profesionalidad de un autor que se desenvuelve tan bien en el terreno lírico como el narrativo. Ahora entrega Ángeles del abismo (2005), el relato de un  narrador adulto que cuenta los difíciles años de su adolescencia, en torno a los años finales de los 60 y hasta los primeros de una emergente democracia, situando geográficamente la acción en un colegio de Zumárraga, su relación con un grupo de amigos, con los evidentes problemas de la adolescencia y su posterior paso a una edad adulta. Ejerce el escritor como señor que valora el poder y el peso de una memoria, la fuerza e intensidad del pasado y las experiencias llevadas a cabo durante buena parte de nuestra vida y que nutren el resto de la misma. Así que el narrador se reencuentra con su pasado cuando, transcurridos algunos años, retoma junto a una de sus jóvenes amigas ese deseo nunca fue consumado y que ahora desde una óptica de adultos se convierte en la definitiva experiencia que los salvará del pasado.
       La novela está estructurada en cuatro partes. Las tres primeras corresponden a la reconstrucción de la historia misma y la última, y más breve, justifica todo el relato anterior. En realidad, la historia se centra en el influjo que un personaje, Diago, un profesor de francés, ejercerá sobre el grupo de amigos, en particular, tres de ellos y la sumisión a la que somete a estos jóvenes. Valentín, Hans y Jonás sucumbirán a la extraña personalidad del profesor, a su afán posesivo incluso a la vejación sexual. Ferrero realiza, pues, una auténtica bajada a los infiernos desde esa mirada de indefinición que tienen los adolescentes, sometidos, en ocasiones, a las influencias de un camino por definir. El profesor encarna esa perversión que en la historia se transformará en un dominio absoluto de sus voluntades, un personaje tan detestable como creíble, capaz de sacrificar sus proyectos pedagógicos y su propia vida a una pasión, pero por encima de todo la voluntad del escritor hará que el futuro en ambos casos se trunque y se justifique por esa especie de destino o azar que rige nuestras vidas.







ÁNGELES DEL ABISMO
Jesús Ferrero
Madrid, Siruela, 2005

domingo, 26 de marzo de 2017

Desayuno con diamantes, 104



EL GRAN MOMENTO DE JUAN GARCÍA HORTELANO

     El pasado mes de abril, con sus lluvias y el anuncio de la primavera, nos regalaba el recuerdo de los diez años transcurridos desde la inesperada muerte de Juan García Hortelano (1928-1992), uno de esos autores de culto que han cubierto, con su obra y con su actitud, el panorama narrativo de la segunda mitad del siglo XX*.


        La novela social en la literatura española del siglo XX ha sido el reflejo de esas diferentes capas que formaron la sociedad del momento. Algunos escritores quisieron poner en tela de juicio la manifiesta abulia con que las gentes encaraban entonces el destino de sus vidas y su futuro. Las novelas que aparecieron en esta época trataban de resaltar la actitud, los valores morales y sociales de un determinado grupo social, bien referido a las capas bajas y a su deseo de cambiar o a la burguesía y a su conformismo. Por otra parte, muchas de estas novelas muestran la falta de orientación de la juventud del momento porque conviven en un ambiente poco gratificante y llevan una existencia totalmente vacía, sin propósitos mayores. El estudioso y crítico Pablo Gil Casado, que  ha estudiado magistralmente este aspecto de la narrativa española de la época, señala las características de estas novelas y cita las más importantes. Los temas y los asuntos muestran grupos representativos de uno varios sectores, los sucesos que narran son ficticios aunque reflejan un estado de cosas, esencialmente, ciertas. Se trata de relatos objetivos, la actitud general refleja una pasividad y una indiferencia, se crean personajes característicos de una clase o grupo y las actitudes suelen ser especialmente representativas de quienes están en conflicto con ellas.
        Las novelas a que nos referimos y los autores que apunta Gil Casado son: Esta oscura desbandada (1952), de Juan Antonio Zunzunegui, Mi idolatrado hijo Sisí (1953), de Miguel Delibes, Juegos de manos (1954), de Juan Goytisolo, El Jarama (1956), de Rafael Sánchez Ferlosio, La fiebre (1959), de Ramón Nieto, Nuevas amistades (1959), de Juan García Hortelano y Encerrados con un solo juguete (1960), de Juan Marsé, entre otros. Insiste aún más, Gil Casado, que las novelas «parasociales» de la abulia están escritas al más claro estilo del realismo-naturalismo y, por lo general, desarrollan un largo período de tiempo, se narran sucesos que exponen la lasitud e inutilidad de las gentes, aunque la proyección histórica no tiene el propósito de ahondar en el estado de la conciencia nacional o de la burguesía.

Nuevas amistades

        El escritor Juan García Hortelano representa dentro de la literatura del medio siglo, junto a Rafael Sánchez Ferlosio, la corriente objetivista más extrema, esa que se denominó como behaviorismo o conductismo y que, concretamente, en el caso de García Hortelano se tradujo en una desencantada crítica a la burguesía y a sus modos de vida, con esa técnica que hemos calificado de estrictamente objetiva. Juan García Hortelano había nacido en Madrid en 1928, licenciado en Derecho, trabajó en la Administración del Estado hasta su muerte acaecida en 1992. La concesión del premio Biblioteca Breve en 1959 a su primera novela, Nuevas amistades, y la rápida difusión de la misma, le llevó a ser conocido muy pronto en los ambientes literarios y a convertirse en el modelo de una nueva forma de escribir, sobre todo de ver la realidad de una manera distinta de la entelequia nacional en que vivían los jóvenes autores. Lo que describe García Hortelano en su primera obra se inscribe en un enfoque puramente realista del mundo en el que él mismo vive. Se ha esforzado en contemplar todo lo que le rodea con una nitidez tremendamente objetiva y así se convierte en un sano intento por mostrar la vida inquieta, aturdida y ociosa de un grupo de jóvenes burgueses madrileños cuya absurda existencia se ve transmutada, inesperadamente, con la crudeza de una realidad. Desde el punto de vista técnico, García Hortelano, ha tenido muy en presente la novela de Sánchez Ferlosio El Jarama, aunque la utilización de un contrapunto narrativo a través de una serie de escenas con personajes diferentes se aleja de los planteamientos de la trama original de Sánchez Ferlosio. Existe, igualmente, una sola acción, un protagonista colectivo, una multiplicidad de personajes que recuerdan escena de la novela realista, pero se intenta ahora que la historia se convierta en la disección de un problema moral. 


        Alternan, en proporción dosificada, anotaciones objetivas de los pensamientos de estos jóvenes, junto a los abundantes diálogos que éstos desarrollan a lo largo de la obra y que reflejan, por otra parte, el grado de soledad en el que todos conviven. La intuición que desprende la novela Nuevas amistades lleva al autor a realizar el esfuerzo de plantear una sátira social como corresponde al drama de irresponsabilidad y de inconsciencia que vive un sector de la juventud española del momento. Hecho que les lleva a subsistir en una especie de mundo artificial, sobre todo en la alta burguesía madrileña, en realidad, hijos de familia, señoritos provincianos, estudiantes y sus respectivos padres que, al igual que ellos, viven la trivialidad y el absurdo del momento, pendientes de actos gratuitos e inconscientes que llenan, por otra parte, el vacío de sus vidas y poco más. En esta novela, finalmente, aflora el egoísmo, la inconsciencia, el miedo, la irresponsabilidad, la falta de sensibilidad y el sentido de una moral recta, la ignorancia de una realidad cuya miseria misma les lleva a ser petulantes por su propia condición de privilegio.

Tormenta de verano

        El siguiente libro de García Hortelano, Tormenta de verano (1961), mantiene esa misma temática y este relato se convierte en otra manifestación más de esa misma inquietud. En realidad, se trata del ajuste de cuentas a las clases acomodadas, bien tomando como excusa a los jóvenes, caso de su primera novela, bien a la burguesía enriquecida al amparo de los privilegios que supuso para algunos la larga postguerra. La técnica en esta novela es superior y el comportamiento de sus personajes se ejemplifica en una primera persona, caso de Javier, hecho que le permite desvincular al autor del resto de historias o anécdotas que puedan aflorar a lo largo del relato. Pero si esta narración se parece estructuralmente hablando a la anterior, habrá que apuntar que en realidad, el escritor madrileño, ha sabido reconstruir y resaltar mejor los elementos de los que dispone ahora: los diálogos en esta ocasión son mucho más complejos, se evita la monotonía de lo que se va narrando e incluso la imagen que el lector percibe de ese grupo social retratado es mucho más nítida y evidente. Los personajes sirven para resaltar las notas distintivas de esos burgueses ociosos aunque en esta ocasión la incorporación de otros no pertenecen a ese mundo, dispensan a la obra de un verismo y de unas cualidades mucho más interesantes, veáse en este sentido, por ejemplo, el gremio de pescadores, el cuerpo de policía, el inspector o incluso la prostituta hallada muerta.


        El gran momento de Mary Tribune, aparecía en 1972, y se trata de nuevo de una historia sobre la abulia. Un personaje—el narrador—singular y adinerado renuncia a la sociedad en la que vive y se recluye, voluntariamente, buscando una personalidad perdida, en una casa abandonada de la que, finalmente, también deserta. Este planteamiento le sirve al autor para enlazar, por consiguiente, con las estructuras de sus dos novelas precedentes. La diferencia en este texto es la subjetividad con que dota al relato y que supone desde el punto de vista narrativo en primera persona, además de incluir el humor, la ironía y el sarcasmo. García Hortelano ha cambiado de personajes, en cierto modo, de técnica y de forma de expresión para realizar su crítica particular. Ejemplifica ahora en ese mundo burgués en personas de edad fronteriza al medio siglo que, alejadas de planteamientos más sociales, se refugian en el alcohol, la diversión y el sexo. También es evidente una manifiesta crítica de amplios contenidos culturales, muy propios del momento, con lo que narrador completa aún más su campo de significación y comienza, desde este momento, nuevas perspectivas que darán lugar a nuevas novelas que iniciarán un camino diferente en su narrativa. Los vaqueros en el pozo (1979), es otra vez el estudio de los hábitos y de las relaciones de un grupo de personas que entablan un diálogo de sordos cuando están de visita y alternan, como es debido, un variado dominio y sumisión de los papeles que representan. Gramática parda (1982), se convierte en su novela más ambiciosa, intelectual, con un profundo fondo humorístico que obliga a una lectura atenta con evidentes y denostados propósitos testimoniales que dan lugar a certeras anotaciones características, incluido el costumbrismo del que tanto hizo gala el narrador García Hortelano en sus comienzos.

Los cuentos

        En una amplia entrevista que en 1971 realizaba con el crítico mejicano Federico Campbell, el novelista afirmaba que «la literatura se compone de dos cosas, en realidad, de tres: la literatura es una cuestión de malas intenciones (siguiendo a Gide); la literatura no es nada más que una lengua y, en tercer lugar, es una preocupación temporal». Algunas de estas significaciones biográficas vienen a cuento porque en Gente de Madrid (1967), el autor incluye dos relatos extremadamente personales, dos cuentos de su infancia ambientados durante la guerra civil. Aseguraba al entrevistador que, muchos años después, no pudo resistirse a la tentación de escribir sobre este tema. El primer trauma de su vida—aseguraba el escritor—había sido aquella derrota, su primera caída, su primera angustia, la herida... Entonces no tenía ninguna idea política, ni sociológica, ni económica, pero vivía, eso sí, en un mundo dividido y el final de aquel mundo significó, entonces, la pérdida de la libertad, de la calle y se avecinaba el colegio de curas, los horarios, el rigor, en suma una vida aparentemente normal. De alguna manera, muchos años después, todo eso seguía siendo lo mismo porque de aquello aún no se había recuperado el escritor en los años setenta.


        Gente de Madrid es, efectivamente, uno de los libros más olvidados del autor quizá porque se trata de una colección de cuentos, cinco en total, de una extensión muy variada, y que, por el punto de vista adoptado, se pueden ver como una continuación de sus primeras novelas. El valor de estos textos es, eminentemente, testimonial pero a su vez sirven para constatar preocupaciones de mayor amplitud en el escritor, además de ese cliché adquirido de detractor de la burguesía franquista que le ha otorgado la crítica, puesto que dos de los relatos se desarrollan durante la guerra civil y tres en la postguerra. Es significativa la tipología humana que representa a la sociedad española contemporánea, cuyo origen se remonta a los enfrentamientos del 36. «Las horcas caudinas» y «Riánsares y el fascista» son dos cuentos vistos desde la óptica de unos niños que viven la guerra desde las peleas entre muchachos y la decepción que éstos recibían de un conflicto que les resultaba ajeno. No son, por tanto, historias de la guerra sino la de aquellas víctimas inocentes que después vivirían en el mundo de los mayores. Los otros tres sí participan del mundo habitual de García Hortelano, es decir, una cena burguesa con lamentaciones incluidas, como ocurre en el cuento titulado, «La noche anterior a la felicidad» o la irresistible ascensión de unos oficinistas que gastan su paga extra en darse en una auténtica juerga que incluye un poco de todo, en el cuento titulado «Sábado comida» o la visión de una trabajadora española en París y su visión de la emigración. En realidad, lo que puede resumirse de estos relatos, sobre todo en el momento de su producción, es el testimonio expresado por el autor, el comportamiento de otras capas sociales que pertenecían a la misma generación del escritor.
        García Hortelano insistió aún más en el género breve y en 1975 aparecía Apólogos y milesios, un volumen que recoge, en tres apartados, catorce cuentos, vistos hoy como esa prolongada y parsimoniosa visión de la vida que le tocó vivir. Nuevas entregas, Mucho cuento (1987), veinte nuevos relatos y Los archivos secretos (1988), una colección que, como señala el crítico Rafael Conte, ofrece una especie de muestrario del arte narrativo del mejor García Hortelano. Desde sus cuentos más antiguos a los más modernos, relatos sobre los tiempos de guerra, algún otro cuento poético y costumbrista, incluso sobresale su vena más satírica donde todo se vuelve al revés. El humor absurdo, los fantasmas generacionales del fracaso y la búsqueda de la identidad o la burla, en realidad, el vivo retrato de un autor singular que deja traslucir en sus textos la imagen de un hombre tierno que ofrece con su prosa la mejor de las cortesías y de las delicadezas. En 1992 aparecían sus Cuentos completos en una edición que el autor había revisado y establecido personalmente poco antes de morir. En el mes de abril, concretamente, un cáncer le arrebataba la vida. Cinco años más tarde se volvían a editar sus Cuentos completos (1997), una nueva edición que según su editor, Juan Cruz, respetaba la edición anterior e incluye, además, una sección titulada «Cuentos contados», que agrupa una veintena de relatos publicados de manera dispersa durante más de treinta años de ejercicio literario.
        Diez años después la realidad literaria de Juan García Hortelano es la siguiente: del material custodiado por su viuda han ido apareciendo un poemario, La incomprensión del comercio (1995), una edición realizada por su amigo Antonio Martínez Sarrión; Crónicas correspondidas (1997), una selección de sus artículos que realizó Manuel de Lope y una nueva compilación, esta vez de artículos literarios y una entrevista que, con el título genérico de Invenciones urbanas, se publicaba en el 2001. El gran momento de Juan García Hortelano está aún por llegar. Ojalá, como suele decirse, no caiga demasiado silencio sobre la obra y la figura de aquellos literatos que la muerte nos arrebata tan impunemente. La justicia exige aún su presencia en nuestro mundo y tal vez debamos pensar por un momento en la esperanza de que alguna vez estas voces silenciadas vuelvan a deleitarnos con la sabia y la magia del arte de su prosa.     

*Escrito y publicado en la primavera de 2012, Cuadernos del Sur (Diario Córdoba).

sábado, 25 de marzo de 2017

Tres tristes tigres








(Gibara, Cuba, 22 de abril de 1929 - Londres, 21 de febrero de 2005)




Tres tristes tigres, Seix Barral, Barcelona,1967.
50 años después.

   Novela del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, publicada por primera vez en 1965 y nuevamente en 1967, en una versión ampliada y revisada. Su autor manifestó que «está escrita en cubano». Fidel Castro la vetó en Cuba.
   Escrita en el período de auge del boom latinoamericano, y enmarcada a veces dentro de este, es considerada una de las novelas más importantes de las letras hispanoamericanas. Se caracteriza por el uso ingenioso del lenguaje introduciendo coloquialismos cubanos y constantes guiños y referencias a otras obras literarias, volviéndose un texto complejo y de gran riqueza lingüística, fuertemente oral —el mismo Cabrera sugiere en una nota aclaratoria al principio de la novela que «no sería mala idea leerla en voz alta»—, que recrea el ambiente nocturno de La Habana, a través de las andanzas de tres amigos en el transcurso de una noche.
     En 1970 recibió el Prix du Meilleur livre étranger (Premio al mejor libro extranjero).
    Esta novela ha sido traducida a varios idiomas. Entre otros, al japonés, por la pluma de Ryukichi Terao. Además, el cineasta chileno Raúl Ruiz la adaptó en un filme de 1968.


viernes, 24 de marzo de 2017

Divagaciones sobre la lectura



LEER PARA SER MEJORES
Pedro M. Domene

              
        No creo que exista ningún método pedagógico que afirme que la obligatoriedad de la lectura garantice el éxito de la misma. Difícil tarea, pues, nos imponemos desde las filas de los lectores para desarrollar un título como el presente: «LEER PARA SER MEJORES». El deseo de leer—afirma Víctor Moreno—no es natural. La obligatoriedad de la lectura se convierte en ese calvario por el que pasan los «jóvenes posibles lectores» que observan desde su negación esa necesidad que les imponemos los mayores, con la única garantía de que la lectura proporciona placer, también humaniza, en algún sentido libera, forma intelectualmente, entretiene a unos y a otros, pervierte en la mayoría de los casos y, finalmente, se convierte en una pasión. Ninguno de estos argumentos son suficientes para convertir en lectores a aquellos niños o aquellos jóvenes que jamás han tenido un libro en sus manos. El proceso de lectura, visto desde otra óptica, exige, por tanto, una dosis muy abundante de heroicidad e, insistiendo en este sentido, no sabemos hoy muy bien si cualquier niño o cualquier joven quiere o pretende ser un héroe. Leer un libro exige, por otra parte, una capacidad de concentración a la que los no lectores no están dispuestos a someterse. Es decir, exige inteligencia y concentración, dos actitudes difíciles de compaginar en la sociedad contemporánea.
        La experiencia de la lectura puede pensarse, en el mejor de los casos, como esa imagen de algo que penetra en lo más profundo de nuestro ser y, por consiguiente, al leer permitimos que algo se apodere de esa imaginación, de esos deseos y de esas ambiciones que conforman nuestra vida. Más allá de esta visión se me ocurre apuntar que lo importante no sería intentar convertir la experiencia formativa de la lectura en ese «objeto» del que siempre tendríamos que dar cuenta, sino que, más bien, se trataría de ponernos a escuchar toda esa clase de experiencias con el mundo de la lectura e intentar pensar que todas encierran mucho de verdad. Así entendemos cómo Maeterlink llegaba a intuir que, en realidad, leer era como sumergirse en una especie de abismo en el siempre creemos descubrir objetos maravillosos. Si les aplicamos semejantes conceptos a nuestros jóvenes lectores, parte del éxito estará logrado. La actividad subjetiva de la lectura conllevaría una respuesta personal a esa exigencia imposible en que se convierte el propio acto de leer.
        Me voy a permitir terminar con la referencia a un libro que acabo de leer y que tiene mucho que ver sobre este concepto sobre el que vengo divagando, me refiero a un libro titulado, No es para tanto. Divagaciones sobre la lectura (2002), de Víctor Moreno en el que, entre otras, dice cosas como la siguiente: «escribo (...) a cuento de las exageraciones que sueltan algunos analistas de la cosa lectora con el objetivo loable de defender la lectura... para los demás. Con los años, aprendes que la dignidad no requiere madurez (...), ni lectura, pero, al parecer, quien a lo  largo de toda su infancia y adolescencia no vio jamás un libro en casa de sus padres, debió estar privado de ella». Y personalmente añado lo siguiente: en mi casa no había libros, aunque, sí, muchos tebeos, y siguiendo al profesor Moreno, afirmo que tal vez esas lecturas, las de los tebeos, me refiero, no me imprimieron esa dignidad o madurez que se esperaba de las grandes obras, pero sí puedo afirmar que me llevaron a un mundo de puertas tan abiertas que hasta el momento nadie a conseguido cerrármelas y, si esto no un acto de dignidad suficiente, al menos a mí me ha servido como esa propensión a la libertad absoluta que todos ansiamos. En este sentido la mía ha sido tal que aún sigo añorando los años felices en los que me pasaba los días leyendo las aventuras de mis héroes dibujados.  

jueves, 23 de marzo de 2017

Ana María Moix



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UNA AUTOAFIRMACIÓN
      
       Ana María Moix (Barcelona, 1947) fue una aventajada escritora cuya precocidad puso de manifiesto José María Castellet al incluirla en su libro Nueve novísimos poetas españoles (1970). En el período de poco más de tres años dio a la imprenta tres poemarios que recogería posteriormente en A imagen y semejanza (1984). La editorial Lumen publica «La biblioteca Ana María Moix» e incluye seis títulos de su quehacer narrativo. El primer volumen es una nueva entrega y recoge diez cuentos escritos en los últimos años, lleva el título significativo, De mi vida real nada sé (2002). La colección constará, además, de la novela, Vals negro, publicada, inicialmente, en 1994,  Las virtudes peligrosas, libro de relatos que se publicó en 1985, Walter, ¿por qué te fuiste?, novela de 1973, su primera colección de relatos, Ese chico pelirrojo a quien veo cada día, publicado en 1971 y, finalmente, la novela Julia, una de sus primeras incursiones en literatura de 1970.
       Los cuentos, De mi vida real nada sé, vienen a significar, tres décadas después, la reflexiva madurez de toda una obra anterior y, a su vez, ponen de manifiesto el enriquecimiento personal de una autora que ha ido observando cómo pasa el tiempo, ha sufrido los consabidos desengaños, tanto los personales como los ajenos, se enfrenta a una madurez consciente y afirma de forma muy consciente que, en realidad, de su vida real apenas sabe nada. Se trata, evidentemente, de una autoafirmación que muestra la elegancia de todo un estilo. Además, de los diez relatos que contiene este breve volumen, algunos resultan una sorprendente visión particular, como el primero, porque reinventa el extraño fenómeno de esa «metamorfosis» kafkiana; en el resto, insiste,  entre otras cosas, en esa realidad que esconde todo un mundo de ficción, el de las apariencias y en esa otra prolongada visión de la agonía de la muerte, ensayada por la narradora anteriormente y así escribe el no menos fabuloso relato titulado, «Autobiografía mortal», cuya presentación resulta no menos excepcional. Otros temas de igual calaje salpican sus historias, la atmósfera que recrean los personajes de «Ronda de noche», el suicidio y la muerte de «Un árbol en el jardín», el humor y la moralidad «Un día, de repente, sucede» o la hipocresía, los desencuentros amorosos, la sátira social, y todo tamizado por una mirada con un hermoso acento lírico. Quiero resaltar los personajes de Ana María Moix, vistos desde una panorámica narrativa más amplia, porque ejemplifican en anteriores historias publicadas hasta el momento, lo que ella siempre ha defendido, «que es la propia voluntad del protagonista quien decide cómo aparecerá en el texto», casi paralelamente como por la vida, es decir, con absoluta discreción o haciendo todo el ruido posible. Incluyen sus textos, también, aquellas verdades que como mentiras se convierten en esos valores morales que resultan variables según la época.







DE MI VIDA REAL NO SÉ NADA
Ana María Moix
Barcelona, Lumen, 2002.