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sábado, 4 de marzo de 2017

Hoy tomo café con…



Hipólito G. Navarro

     “No tengo ninguna teoría sobre el cuento;  trabajo con la intuición; me dejo llevar por las palabras, por la emoción de hilvanarlas”:


                                                                                              © Lisbeth Salas

       Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) es autor de los libros de relatos El cielo está López (1990), Manías y melomanías mismamente (1992), El aburrimiento, Lester (1996), Los tigres albinos (2000) y Los últimos percances (2005), y de la novela Las medusas de Niza (Premios Ateneo de Valladolid 2000 y de la Crítica andaluza 2001). La antología El pez volador (Páginas de Espuma, 2008), preparada por el escritor Javier Sáez de Ibarra,  recibió el Premio El Público de Narrativa 2009, que otorgan los periodistas culturales de Andalucía. Sus relatos, traducidos a diez idiomas, están recogidos en numerosas antologías del género en Europa y Latinoamérica. En Páginas de Espuma acaba de publicar, La vuelta al día (2016).

       Desde su última entrega literaria, Los últimos percances (2005), hasta hoy, ¿qué ha ocurrido en este tiempo?
       De todo un poco. En lo personal he pasado por algún calvario. Una lesión en la columna me tuvo tres años inmovilizado, desde comienzos de 2010 hasta el final de 2012. Han sido años difíciles, en los que también he perdido a los mayores que me quedaban. Demasiados hospitales, demasiada enfermedad. En lo literario ha habido algunas alegrías: traducciones a varios idiomas, la edición en 2008 de la antología  El pez volador, algunas reediciones…

       Hagamos memoria: parece que su encuentro con el mundo del cuento arranca desde sus lecturas de Cortázar; ¿en qué medida se siente deudor del argentino?
       Sus cuentos me fascinaron en la adolescencia. Habría acabado escribiendo de todas formas, con Julio o sin él, porque la literatura es mi pasión, pero fueron sus cuentos los que me lanzaron a la escritura, y no otros. Nunca me he sentido deudor del argentino; he declarado admiración desde el comienzo, dedicando a su memoria mis primeros libros. Hay que iniciar la andadura de la mano de algún maestro, y buscar luego una voz propia.

       Después de más de una década de silencio aparece La vuelta al día (2016), ¿por qué en estos momentos?
       Un montón de amigos llevaba años empujándome para que sacara algo nuevo, sobre todo de mi editor Juan Casamayor. Desde que me vi salir del túnel de la enfermedad tuve ganas de retomarlo todo. También deberá cargar con su parte de culpa el periodista Alejandro Luque, que a principios de 2016 dio la noticia de la salida de un nuevo libro, y me puso en la obligación de no contradecirlo.



                                                                   © Daniel Mordzinski



       Usted ha llegado a declarar que La vuelta al día guarda paralelismo con el material disperso que un autor acumula, y como Cortázar, lo reúne en forma de libro, ¿así debe entenderlo el lector?
       Muchos cuentistas conciben sus libros de forma temática. Yo no, yo escribo los cuentos que me salen al paso, sin planificación. Asunto diferente es conformar luego un volumen con esos cuentos. Soy muy exigente con la arquitectura del libro. Al formar los anteriores quedaron piezas que no encajaban en ellos, y permanecieron en una carpeta, a la espera de encontrar su sitio. No era fácil la construcción de un libro que agrupara cuentos tan diferentes entre sí, de ahí la necesidad de organizarlo en secciones. Pero ésta es una obsesión de autor. El lector es libre y lee como le place, de principio a fin, de atrás adelante, a saltos... Cortázar publicó dos volúmenes misceláneos, Último round y La vuelta al día en ochenta mundos. El título de La vuelta al día es un homenaje evidente.

       Parece que este libro tiene algo menos de vivencias personales, infancia, adolescencia… y aún queda algo de su característico humor. ¿Ha dejado de divertirle convertir en literatura su propia vida?, ¿por qué somos tan remisos a incorporar el humor en nuestros libros?
       Si parece así, es una visión engañosa: sucede justo al revés. Hay muchas vivencias camufladas en él; cada día tomo más de mi biografía para cometer cuentos. Me gustaría pensar que el humor continúa en mi escritura, en mí, para protegerme del mundo y de su solemnidad. Muchos lectores piensan que los textos humorísticos les toman el pelo. Hay que convencerlos de que están equivocados: el humor no está reñido con la seriedad, sino con el aburrimiento.

       Observando las secciones de la que se compone el volumen, sin embargo, ¿podría tratarse de un recuento de memoria?
       Un recorrido por la memoria, justamente. La sección primera es un homenaje a mis queridos amigos de infancia y adolescencia, mis particulares ángeles de la guarda; la segunda, titulada precisamente “En el fondo de la memoria”, saca a la luz algunas intensas vivencias de juventud, y así hasta la sección última, en la que se aventuran recuerdos de lo que no ha sucedido todavía.




                                                                    © Daniel Mordzinski

       ¿De qué forma juega el lenguaje con la estructura de sus cuentos?
       Me gusta jugar con las palabras, con el lenguaje, con las estructuras narrativas. Investigar sobre las formas, usando la libre asociación verbal y de ideas, la improvisación, a la manera del jazz. También me preocupa mucho la musicalidad de la frase, del párrafo; su respiración y su latido.

       ¿El cuento sigue siendo el hermano menor de la novela?
       En absoluto. Nuca lo fue. Son dos maneras distintas de enfrentar la escritura narrativa, cada una con sus propias normas. No hay que empeñarse en emparentarlas todo el rato, minusvalorando a una frente a la otra. Antes emparentaría yo al cuento con el poema, del que está más cerca.

       ¿Es verdad que el lector de cuentos debe ser inteligente y cómplice, al mismo tiempo?
       Desde luego. Ese lector debe permanecer alerta, atento a cada pequeño detalle que aparece en las pocas páginas que cuentan una historia. En cualquiera de ellos pudo haber dejado el autor la clave para la resolución de la trama. El género necesita de la complicidad del lector para completar lo que no se dice, los silencios que también construyen el cuento.

       ¿Cuál podría ser su particular teoría del cuento?
No tengo ninguna. Trabajo con la intuición. Me dejo llevar por las palabras, por la emoción de hilvanarlas hasta que son ellas mismas las que me van regalando las historias que permanecían escondidas en mi cabeza.  

       Permítame una licencia: el último cuento, “La poda y la tala de los árboles frutales”, ¿es su particular ajuste de cuentas?, ¿con el mundo?, ¿consigo mismo?, ¿con la literatura?
       Es un texto que me duele en lo más profundo, es un ajuste de la distorsionada percepción que durante años tuve de un inmenso daño: el que me produjeron el alcoholismo y el lento suicidio de mi padre, y su manera de haberme metido en la sangre el veneno dulce de la literatura.

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