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martes, 12 de diciembre de 2017

Otra Navidad, 1



   Hubo un tiempo en que las navidades eran distintas…
A golpe de lectura, de diversión en papel, pasando las páginas de nuestros tebeos…


lunes, 11 de diciembre de 2017

Esther García Llovet


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EL MUNDO SIGUE VIVO
              
       Esther García Llovet (Málaga, 1963) ha ensayado en todos sus textos hasta el momento una incesante búsqueda, y en su nueva entrega, Cómo dejar de escribir (2017), su personaje protagonista pretende, mientras deambula por los barrios más anónimos de un Madrid reconocible, encontrar un manuscrito; se trata del hijo apócrifo del gran Ronaldo, el mítico escritor latinoamericana/ léase, sin duda, Bolaño. Ya en anteriores tanteos narrativos, valga Coda (2003) describía una atmósfera asfixiante para sus personajes, convertidos en seres sujetos a códigos no establecidos, y cuyas relaciones cruzadas constataban que existe una sociedad suburbana de tintes tan inquietantes como imprevisibles, y parte de un cotidiano vivir en nuestras ciudades.
       Resolviendo sus referentes literarios, la devoción de García Llovet por el chileno es manifiesta desde sus comienzos, así convierte su novela, breve por extensión y trama novelesca, en un diálogo con el narrador de culto que provoca en los lectores esa mirada entrevista por la malagueña con las necesarias referencias a la literatura de Bolaño. Renfo, un veinteañero, busca en un caluroso verano madrileño y bajo una mirada tan absurda como brillante, el manuscrito perdido de su padre fallecido años atrás, al tiempo que se propone reconstruir su figura escribiendo una biografía de la que apenas si lleva redactada media página. El curioso personaje se cruza en su deambular con tipos igualmente extravagantes y grotescos: el expresidiario Curto, un parado de larga duración que ejerce de jardinero, Claudia la chica pija o la extraña pareja de Los Maridos que forman Pato y Carnicero; todos coinciden en numerosos espacios cutres, calles que huelen a meadas de perro, bares con olor a fritanga, pero también se pasean por fiestas de gente acomodada, desde Arturo Soria a Sol, donde abundan las drogas y el ambiente sórdido.
       Cómo dejar de escribir está contado desde un presente narrativo que nos sitúa en plena crisis actual, abundan las supresiones de acontecimientos obviados en la linealidad temporal del relato, y las oportunas secuencias en la recuperación de historias y episodios del pasado cuando el narrador sueña con su padre o se apuntan los recuerdos de experiencias vividas por otros personajes. La novela ofrece una estética cuya brevedad se condensa en capítulos de cuatro o apenas cinco líneas, muy próximos en su estructura al microrrelato, de tanta actualidad. García Llovet apuesta por una narrativa fragmentaria porque de lo que se trata es de constatar que sus personajes aislados se esfuerzan por comunicarse en esta sociedad de la incomunicación, en un espacio y con esas relaciones que sólo se logran a través de la esperanza de un seguir avanzando. La prosa de la narradora malagueña es sobria, los recursos visuales empleados efectivos y la variedad de sentimientos expuestos deja constancia de lo que está pasando. La narración ensayada elabora sus resonancias a partir de la simplicidad, posee una estructura que hace del todo la suma de las partes. Y así los significados de esa narración lineal se elaboran con sencillez, resultan verosímiles, casi relatos propios, y sus personajes acosados por una variada gama de problemas, personales en su mayoría, los une esa realidad solo percibida por quienes nos acercamos a ella.





CÓMO DEJAR DE ESCRIBIR
Esther García Llovet
Barcelona, Anagrama, 2017

domingo, 10 de diciembre de 2017

Desayuno con diamantes, 127



LAS VOCES DEL CUENTO*

        El intento de trazar una panorámica amplia referida a un tema considerado como *cenicienta+ de las letras españolas en estas últimas décadas, puede encerrar las dificultades obvias que lleven a confundir a ese lector habitual de lo que se denomina cuento o relato breve, y sin que por ello tengamos que pensar, generosamente, y a primera vista, en un auge del género durante estas últimas décadas, aunque sí estemos en disposición de afirmar que en estos últimos años se ha cultivado mucho más el cuento entre los escritores y que sus defensores pertenecen a todas las generaciones que, de alguna manera, han sido importantes y de miembros tan dispares como la del realismo de los 50, el experimentalismo de los 60, la indagación subjetiva de los 70 y la apertura cultural de los 80. Para  llegar a aquellos autores más jóvenes que se han ido abriendo camino en las letras españolas en la última década y que hoy, recién inaugurado el siglo XXI, forman ya parte de la promoción de cuentistas contemporáneos entre cuya actividad literaria le otorgan una especial  preferencia al cultivo del cuento y, además, como expresión inequívoca de su compromiso literario con los lectores, sin limitaciones técnicas o estructurales que, entre otros, les llevan a ofrecer relatos de corte fantástico, realismo renovado, una narratividad expresa , conceptos de metaliteratura, feminismo, indagación psicológica o ensayos variados de un relato policíaco o negro.


        Es verdad que el cuento, literariamente hablando, es el género con más peculiaridades que el resto de disciplinas porque, históricamente, es anterior puesto que existe desde que el hombre tuvo necesidad de inventarse historias sobre dioses o  héroes, de hombres y  mujeres, o  viajes fantásticos que incluían seres imaginarios en ese sentido estricto de lo que denominamos *narración+ o *relato+. Ha dado lugar también a alguna que otra confusión puesto que el criterio se ajusta más a ese concepto de cuento popular oral, de duendecillos o hadas frente a ese mero producto que se denomina  relato o narración corta que, sin lugar a dudas, procede de la imaginación de un escritor y de la libertad con que se enfrente a la ficción. Cabe pensar que la literatura es un inmenso campo de experimentación en el que los escritores ofrecen lo mejor de su imaginación y los lectores lo completan con su mejor interpretación. Erna Brandenberger ya se cuestionaba en 1973 delimitar la extensión de cuento literario y, en el examen que realizó, en más de cien relatos, demostró que sus límites habría que establecerlos en torno a la estructura y a la técnica y no con respecto al número de páginas, convenciéndonos de que se trataba de un género mixto que explicaba la diversidad de sus formas y zonas de contacto con otros géneros literarios. Juan Antonio Masoliver Ródenas piensa hoy que, con respecto al cuento, el escritor es quien debe adaptarse a las exigencias del género, lo único que caben son variaciones y más allá de estas variaciones el cuento dejaría de ser cuento. 

Gonzalo Calcedo
                 
        En esta muestra hemos recogido la obra de unos autores nacidos de 1960 en adelante, cuya perspectiva, amplia, sin estar todos lo que son como cabría esperar, muestra un inequívoco auge del mismo y la sensibilización de las editoriales ante colecciones de cuentos que empiezan a venderse en las librerías  igual que una novela, es decir, que empieza a cultivarse  la técnica del relato como una forma de entender el hecho narrativo desde el punto de vista tanto ético como estético. Alejados hoy de una desafortunada historia reciente en España, herederos de una democracia asentada, los jóvenes escritores ven la posibilidad de plantear en sus cuentos aspectos críticos de una realidad del país como una mirada testimonial que se entendería que proyecta la lírica, el teatro o la narrativa extensa. Si los autores del medio siglo fueron realistas y testigos de circunstancias históricas importantes y llegaron a producir cuentos de una multiplicidad extraordinaria y la década siguiente optó por una renovación de la narrativa y una renovación formal, de la misma forma los años 80 y 90 supusieron la aparición de grandes cambios en el mundo cultural y el apoyo periodístico y editorial al cuento para que el género adquiriera relevancia.


        El cuento ha necesitado desde siempre unas condiciones especiales para poder desarrollarse y para poder subsistir. Llegado el momento de ese cambio cultural apuntado, el mercado del relato breve se abrió hacia un espacio editorial más sensible al género que buscaba, especialmente, nuevas perspectivas en la creación narrativa. La prensa apostaba por encargar a una serie de escritores profesionales el ejercicio de su labor en épocas tan señeras como el verano, publicando relatos estivales en períodos especialmente agradables para la lectura reposada, además de predisponer a unos lectores interesados por un género de tan variada y rica tradición en este país. De este modo muchos libros de cuentos han visto la luz en estas últimas décadas a expensas de apuestas como las que señalamos. Editoriales como Anagrama, Tusquets, Alfaguara, Alianza, Debate, Pre-Textos, Valdemar o Destino, finalmente, han apostado por colecciones de difícil mercado. Pero hay otra realidad, el cuento español actual, y me refiero al que se ha venido escribiendo en estos últimos diez años, precisamente del que se pretende recoger aquí una muestra inequívoca de ese buen quehacer, mirando hacia atrás con las valiosas aportaciones de generaciones como la del 36 que incluye los nombres de Camilo José Cela, Francisco Ayala, Gonzalo Torrente Ballester, Álvaro Cunqueiro, Francisco García Pavón, Vicente Soto; la del *medio siglo o de los niños de la guerra+ con representantes tan significativos como Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Carmen Martín Gaite, Medardo Fraile, Antonio Ferres, Ana María Matute; la del 68 con Luis Mateo Díez, José María Merino, Ricardo Doménech, Antonio Pereira, Juan Eduardo Zúñiga y lo que puede denominarse como *generación de la democracia+, a partir de 1975, como Juan Pedro Aparicio, Ana María Navales, Álvaro Pombo, Cristina Fernández Cubas, Enrique Vila-Matas, Martínez de Pisón, Soledad Puértolas, Javier García Sánchez, Pedro Zarraluki, Antonio Muñoz Molina, por citar algunos nombres de la extensa nómina que podría proporcionar; perdón por este extenso paréntesis, el cuento, repito, se ha caracterizado por una variedad de registros que le han proporcionado a los autores una absoluta libertad con que caracterizar un estilo, una estructura o el tema a elegir. Buena muestra de ello se puede apreciar en estos autores nacidos en dos décadas diferentes, la de 1960 y 1970, cuya incorporación al relato se produce en una década también de diferencia, es decir, fundamentalmente, la del 90, como una simbólica puerta de entrada hacia otro milenio. Los autores seleccionados para esta muestra no sólo disponen de los maestros del género de generaciones anteriores sino que echan mano de una tradición universal que bien puede oscilar entre el realismo de Chejov, la fantasía de Cortázar y Borges o la actualidad grotesca de McCullers o Carver por citar ejemplos que, indudablemente, han sido leídos por  estos jóvenes autores. Las dimensiones de lo fantástico como valor inequívoco en un tipo de relato como el que nos ocupa, la realidad sucia con pizcas de una visión irónica no exenta de un humorismo hiriente o el ejercicio del poder del lenguaje como esa muestra de un relato bien construido cuya fuerza redunda en el estilo literario en sí, los convierte a todos en maestros de esa idea que nos dice que el cuento ha dejado de ser un mero ejercicio o divertimiento para convertirse en algo que ofrece la posibilidad de contar con una tensión narrativa muy eficaz.


        En esta selección, como creo que en todas, deben existir unos criterios que justifiquen la presencia de estos y no otros autores, el único que se me ocurre y con el que he contado desde el principio, es de la calidad y el hecho de tener una edad común los incluidos. El año 1960 en adelante me parecía una perspectiva lo suficiente interesante como para poder vislumbrar la importancia de una obra en la mayoría de los casos y una firme apuesta en algunos otros. Uno, dos, tres, y en algunos casos  más, libros publicados de este difícil arte, avalan este criterio que es únicamente personal. Por otra parte en estos últimos años, la proliferación de antologías sobre el cuento español nos ha ofrecido una panorámica amplia sobre el género que cubre los últimos cincuenta años del panorama narrativo breve español. En un somero recuento cito algunas, tales como Los niños de la guerra (1983), selección de Josefina R. Aldecoa, Cuento español de postguerra (1986), edición de Medardo Fraile, El cuento español (1940-1980) (1989), edición de Óscar Barrero Pérez, Cuento español contemporáneo (1993), en edición de Ángeles Encinar y Anthony Percival, Últimos narradores. Antología de la reciente narrativa breve española (1993), selección de Joseluís González y Pedro de Miguel, Son cuentos. Antología del relato breve español (1975-1993) (1993), edición de Fernando Valls, Madres e hijas (1996), edición de Laura Freixas, Páginas  amarillas (1997), con una introducción de Sabas Martín y Los cuentos que cuentan (1998), edición de J.A. Masoliver Ródenas y Fernando Valls, o Vidas de mujer (1998), selección de Mercedes Monmany. La autora del prólogo señala, en el mismo, cómo *aisladas, orgullosas, subterráneas o paralelas a la vida real, las mujeres siempre han logrado sobrevivir y crean su propio mundo clandestino+. Nada más lejos que constatar ese concepto de supervivencia a la hora de incorporar en esta antología los tres cuentos de tres singulares narradoras. Ellas forman parte de esa generación de buenos cuentistas que hoy publican lo mejor del género.

Marta Rivera de la Cruz

        No habrá que ver en la presente selección nada más que el rigor de un cuento bien escrito, y por autores que en su obra lo han abordado con esa suficiencia de la que queda aquí manifiesta presencia, porque quizá, para la mayoría de ellos, la literatura y la vida quedan concebidas como un proyecto común del que se da noticia en su escritura y, además, se convierte en un propósito que va más allá del didactismo o la moralidad porque de lo que se trata es de ofrecer las voces del cuento y esto avalado por una invención que celebra la realidad más inmediata,  repleta tanto de tensión como de esa amenidad que ofrecen las experiencias propias. Las características más relevantes que puede proporcionar al lector la presente selección es la diversidad tanto en temas, como enfoques y estéticas si hemos de hablar aquí de este concepto que bien puede aplicarse al cuento, pero sobre todo habría que hablar de un gran desarrollo del género por parte de estos autores cuya edad oscila entre los 40 y los 30 años. Muchos de ellos configuran sus historias entre lo absurdo, lo fantástico, la realidad o la fabulación, en suma, levantan un acta cotidiana desde enfoques irónicos o humorísticos, paródicos o caricaturescos, con personajes excéntricos, infantiles o femeninos, desde una categoría sumamente expresiva, inmersos por supuesto, en un mundo contemporáneo que proporciona relaciones interpersonales que ofrecen una proyección mayor. Estos jóvenes autores muestran una sólida condición literaria como puede desprenderse de sus textos, y se afirman en un discurso que ejemplificaría esa adecuación a un proyecto narrativo concreto y su calidad expresiva como soporte conceptual. Existe fervor y pasión por el relato como vehículo de expresión preferente en un universo discursivo mayor que pretende mostrar esa imagen equívoca de una realidad distorsionada o el esfuerzo por cambiarla.
        Haciendo un somero repaso de las características de los autores seleccionados, podemos ver como Carlos Castán ofrece en sus cuentos un mundo inquietante y sombrío, dominado, como la vida, por el desamor y el dolor, donde la soledad se convierte en una pesadilla de la que no se puede despertar.  La estética cortaciana, por citar un referente perceptible en la obra de este autor, ofrece la densidad de un silencio corroborado en una eficaz sugerencia. El ámbito de la angustia caracteriza la actitud de unos personajes que intentan una y otra vez reconstruir su existencia. Sus cuentos ofrecen un virtuosismo lírico poco habitual, la hondura de los materiales utilizados es su mejor variedad formal, metáforas y aforismos refuerzan un lenguaje repleto de matices que proporcionan la desesperación de cualquier personaje en su continuo tormento de existir.
        Guillermo Busutil  incluye, quizá, en sus cuentos el mejor ejemplo de esos seres marginales de una sociedad en la que éstos no parecen tener cabida. Poco importa de dónde provengan y que sean timadores, ladrones de guante blanco, artistas en declive o políticos, lo importante es que muchos de ellos se desdoblan y  nos resultan tan desagradables como entrañables. La crítica ha señalado la atmósfera de sus relatos como una de sus más singulares características, además de la solidez de un estilo elaborado con un lenguaje que fluye hasta llegar a giros acertados tanto en su expresión como en su comprensión. El propio título de su última colección de relatos, Individuos S.A. lleva a considerar a sus personajes y a sus nombres hasta resonancias insospechadas porque su caracterización es tan impecable como acertada.   

Martín Casariego
  
        Gonzalo Calcedo cree firmemente que los cuentos  adquieren pleno sentido en forma de libro y sólo en la revelación de su propio significado. Calcedo posee la habilidad de poder presentar, en unas cuantas páginas, el transcurso de unas vidas, seleccionando un momento de las mismas, aunque desdobla el tiempo narrado con esa habilidad que hace que percibamos el antes y el después de la escena, sugiriendo, en todo momento, los lugares por donde puede transitar la imaginación del lector. Muchos de los cuentos de este joven narrador transcurren en unas horas, en espacios abiertos, con pequeños desplazamientos o viajes para subrayar así la banalidad de una existencia. También  muchos de sus personajes están solos, atrapados en una soledad indeseada, están literalmente rotos y se percibe en ellos una condena hacia un vacío. Todo ello construido con un lenguaje conciso, sobrio y elegante.
        Hipólito G. Navarro ofrece estrategias narrativas muy heterogéneas que se formulan inicialmente de un pequeño elemento que llevará al relato a un crecimiento incontrolable. Quizá la mayor consideración que puede otorgarse a la narrativa breve de Navarro sea su imprevisibilidad que lleva a sus cuentos a terrenos donde el humor campea junto al absurdo. Su arte es una rebelión continua frente a estructuras formales estereotipadas. La crítica ha afirmado que su obra hasta el momento consigue la liberación de la tonalidad con que puede entenderse el conjunto de reglas que desarrollan el planteamiento narrativo, tanto en su eje formal como temático. Para el narrador onubense, la realidad tiene pliegues invisibles por los que se puede extraviar el hombre.
        Martín Casariego emplea en sus relatos una técnica compleja que debe tanto a la literatura como al cine, bien sea por imitación como por referencia. La imitación del cine es uno de sus más sobresalientes rasgos y técnicamente hablando describe tanto escenas deportivas, como emplea fábulas clásicas o incluye fragmentos de gran belleza poética. Imágenes insólitas, juegos de palabras surrealistas, guiños y referencias a otros autores, además de la ironía que sustenta una prosa de enorme eficacia. Sus relatos cobran una verosimilitud final por el artificio de su lengua, por el  uso del español o una gramática descriptiva que constata en su caso, la inteligente utilización del humor y la exploración lingüística más aguda, donde la sonoridad, las imágenes, el color para describir, vienen a completar toda la estructura sentimental sobre la que se basa el mensaje de sus historias. Entre sus claves estarían la identidad y la obsesión, como muestras de un aprendizaje que, en muchos de los casos, le exige toda su atención al lector.    
        Para Paula Izquierdo la vida literaria aún puede resultar la insufrible búsqueda de un paraíso perdido. Esta es, además, la constatación de algunos de los planteamientos narrativos de estos últimos años en la literatura española. Uno de los pocos placeres que, de alguna manera, nos recompensan es poder sentirnos al margen de nuestra propia vida, como si de un espíritu se tratara que espía libre y desocupado sin ninguna otra cosa que hacer. La depresión, la insatisfacción domina a sus personajes, generalmente femeninos que, en primera o tercera persona, se autorretratan o desnudan en momentos de desequilibrio, pero también de gracia. Paula Izquierdo consigue indagar en las percepciones de sus personajes para ofrecer una visión del carácter psicológico de los mismos.


        José Manuel Benítez Ariza ha señalado que escribe como si de una especie de lavado público se tratara, con materiales autobiográficos en primera, segunda o tercera persona convenientemente tratados para capturar las situaciones de nuestra vida, el clima sentimental y nuestra capacidad para retener nuestros recuerdos. Sus relatos son, en cierto modo, esa manera intensa de vivir una vida que de otra manera se perdería en el desván de los recuerdos.          
        Por otro lado Juan Bonilla piensa que contar es una manera de pensar, de construirse un mundo propio, de *no ser escrito por otros+. En sus cuentos muestra un sutil humor y una acción trepidante. Reflexiona sobre los mecanismos de violencia y el enfrentamiento entre la realidad y la ficción. Sus textos están repletos de homenajes literarios, es decir, que su núcleo argumental revive, de alguna forma, el oficio de escritor o la creación literaria. Todo ello para expresar una mirada sobre un ambiente donde el humorismo y el drama conviven, además de dotar a sus cuentos de una profunda reflexión sobre nuestro mundo. Sus relatos, además, son capaces de divertirnos a la vez que hacernos pensar. Forman un conjunto narrativo sólido, excelentemente escritos con una abundante imaginación y con un ingenio que hacen de este autor un particular representante por su intencionado propósito de contar historias.
        Una primera obra no debería ofrecer, aún, la perspectiva necesaria para apostar por un autor como Carlos Peramo, pero raras veces se ofrece en literatura una intensidad narrativa como la que exhibe este joven barcelonés en su primer libro de cuentos. Su mundo es claustrofóbico y refleja una inusitada maldad. Sus personajes están obsesionados por el excesivo pánico que preside sus vidas. Lo importante es que el autor se pone al servicio de sus lectores y les ofrece todo tipo de detalles. Ironía y sarcasmo son lo mejor de los cuentos publicados hasta el momento para quien *nada se alcanza, sin una obvia obsesión+.                 
        Ignacio García Valiño recorre en sus cuentos los espacios urbanos de finales de los 90, en los que se muestra el humor y las costumbres. La crítica ha señalado que su prosa ha renovado con humor y sutileza toda una suerte de banalidades postmodernas que hoy nos acosan hasta la exasperación. Sus relatos meditan sobre el amor, sobre las relaciones entre el sexo y las pasiones amorosas, sobre la pasión, la justicia, el poder y la extrañeza, en una firme búsqueda de la propiedad de una escritura que resulta, tanto en sus relatos extensos como en los breves, original y repleta de sabiduría.


        Félix J. Palma muestra un mundo literario que resulta ser tan amado como odiado, pese a que diariamente tengamos constancia de que está ahí, pero la realidad nos devuelve a otra repleta de espejos cóncavos donde la soledad acentúa el dramatismo de nuestro existir, de algunas situaciones asombrosas marcadas por lo irreal y lo inesperado. Como reza en la solapa de su primer libro, *el vértigo del absurdo, porque un hombre es contratado para vigilar los movimientos de una salamandra; un poeta vende los besos de su prometida para publicarse sus rimas; un oficinista contempla atónito cómo sus infidelidades transforman el talante de su gato o un hombre intercambia su reflejo con el de una desconocida+.
        Nicolás Casariego es un autor cuya percepción de la vida rezuma escepticismo y algo de fastidio, aunque en ocasiones siente compasión por sus criaturas como ocurre en el cuento seleccionado. Sus relatos, también, ofrecen tristes destinos y las relaciones que establecen sus personajes son frágiles y derivan hacia la incomunicación. Fluidez y amenidad caracterizan los cuentos del primer volumen del joven Casariego, que de alguna forma retrata la desolación de una desacralizada sociedad y esto como una suerte de sortilegio para escapar del vacío existencial al que se encamina nuestra humanidad.
        Marta Rivera de la Cruz consigue imaginar, en una amplia variedad de episodios, la vida y milagros de muchos de los personajes que pululan por las páginas de sus cuentos y novelas y nos sorprende por su capacidad de fabular e inventar las historias que pone en boca de sus personajes que nos hablan de amores irrealizables. Característica esencial de su prosa es la agilidad narrativa, en sus posibilidades lectoras, por las múltiples historias integradas que se suceden unas a otras y nos sirven para recorrer toda una variedad temática en serie de muchos de los usos y costumbres que pertenecen al mundo de la realidad que se hacen plausibles a través del mundo de la ficción, así lo verdadero se confunde con lo falso, la hipocresía se convierte en fingimiento, la soledad se disipa con la búsqueda del amor, como otra reflexión que puede desprenderse de la lectura de sus obras en las que al final termina por no salvar a sus protagonistas.    

Care Santos
                            
        En Care Santos sobresale la intensidad de un estilo desde sus dos primeros libros de cuentos, donde el desamparo, el fracaso y la desolación son los motivos que reaparecen en su narrativa. En sus relatos se percibe el sentimiento de frustración, de soledad, de íntima necesidad de desahogo. Contados en primera persona, sus narradores masculinos y femeninos luchan por compartir experiencias. En todas sus historias late el sentimiento de una incuestionable verdad, esa que nos dice que en cada experiencia humana, sea cual sea, hay una historia digna de ser contada. El registro de Care Santos es muy variado, su literatura hasta el momento se reparte en varios libros de relatos, narraciones juveniles, donde la música ocupa un lugar preferente, y dos novelas notables, perfecto muestrario de las desgracias humanas, de excesos vitales y amores cotidianos.


        Óscar Esquivias es el más joven de los autores seleccionados. Su obra hasta el momento se haya diseminada por las revistas en las que hasta el momento ha ido colaborando. Su relatos y sus novelas reflejan el mundo de parejas que rompen y mienten compulsivamente a causa de las muchas debilidades de nuestra sociedad. El cuento para él *sigue siendo una fruta jugosa que da mucho juego  para contar+.
        Hay una característica común a casi todos los autores seleccionados que no quiero dejar de apuntar, y es su dedicación, también, a la narrativa extensa. Casi todos han probado suerte con la novela y además su resonancia en el panorama  narrativo español es hoy muy importante. Cuento, novela corta y novela en su sentido estricto han venido alternándose desde el siglo XVI cuando Cervantes ya afirmaba que él era el único autor de este tipo de relatos, de clara influencia italiana. La estrecha unión entre ambos conceptos hace que muchos de los recursos puedan ser aplicados en ambas acepciones y de lo que sí podemos estar seguros es de que la confusión terminológica  persistió a lo largo del siglo XVII, XVIII y aún en el XIX, cuando algunos autores señeros calificaban sus obras de novelas cortas, cuentos, narraciones, historietas, hasta que una vez conseguida la independencia, la novela, la novela corta y el cuento siguieron, en algunos casos, caminos paralelos pero radicalizando posiciones que propiciarían alejamientos mutuos, por supuesto. Nunca hay que olvidar que la novela es un género híbrido y todos los procedimientos narrativos y técnicos de la historia literaria española y mundial están ya presentes en las obras de muchos de nuestros narradores y así, este género, vuelve a convertirse una y otra vez en esa especie de cajón de sastre donde todo cabe. Es frecuente encontrar cuentos que forman parte de novelas o cuya técnica consiste en una composición de unidades narrativas menores que funcionan como relatos independientes. Es verdad que las conexiones entre relatos distintos consisten en la repetición de esquemas, tipos de narrador, temas, escenarios y sobre todo la aparición de unos mismos personajes o tal vez similares en diversas obras de un mismo autor. En definitiva, entre novela y cuento no podemos hablar de unas jerarquías que puedan separar ambos géneros; más bien habría que indagar y justificar características que no es el caso indicar aquí. Sí, por supuesto, constatar que muchos de los autores aquí seleccionados han ensayado el relato extenso, esto es, la novela como obra literaria en prosa, en la que se narran hechos total o parcialmente imaginarios presentados como componentes de una unidad, según definición clasicista.


        Los cuentos, como ha escrito Eugenio Fuentes y hago mía esta definición porque es hermosa, son como frutos de un bosque por el que uno se pierde con toda facilidad, un espacio lleno de sorpresas que por corazón tienen a un pez que pugna por escaparse de nuestras manos. Pero sobre todo permiten experimentar, indagar nuevos territorios narrativos con mucha flexibilidad. En un relato se determina lo significativo, aquello que se cuenta sobre una base estricta y en la medida de lo necesario, de lo imprescindible, esa condensación que actúa siempre en favor de la intensidad, como elementos sustanciales de un género que Ccomo afirmaba CortázarC*todo debe conducir a una especie de fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo más grande+. Finalmente el cuento esCsegún Antonio PereiraC*el resultado de saber una buena historia y saber contarla con la intensidad y brevedad necesarias+. Los relatos aquí reunidos tienen mucho que ver con esta afirmación porque todos y cada uno de ellos se concretan en esa sabia mezcla de equilibrio que se produce entre la precisión y la vaguedad.
        La presente edición reproduce, íntegramente, la mexicana de Grupo Editorial Eón/  Universidad de Veracruz y el Instituto Veracruzano de Cultura, y sólo se actualizan las fichas bibliográficas de los autores porque, inquietos como son, no han dejado de estar presentes en el panorama narrativo español tras el tiempo transcurrido. Esto es algo que confirma esa sólida condición literaria que los caracteriza, como afirmo en la introducción. Bueno es que estos cuentos se muestren ahora en los escaparates de nuestras librerías y corran su suerte entre los lectores españoles. No me arrepiento de nada de lo que digo sobre ellos, es más, quizá me haya quedado corto, aunque tal vez esas otras maravillas deban decirlo otros por mí. La suerte del cuento o del relato sigue siendo incierta aunque, para suerte de algunos, las colecciones se  suceden cada vez más y los devotos del mismo, me temo, y pese a reticencias de editores y de empresas editoriales, aumentan en porcentajes que se podrían considerar bastante significativos para los tiempos que corren.

* Prólogo-Introducción de la antología, Lo que cuentan los cuentos; México, Eón, 2001.


sábado, 9 de diciembre de 2017

Sabías que...




“No perdáis vuestro tiempo ni en llorar el pasado ni en llorar el porvenir. Vivid vuestra horas, vuestros minutos. Las alegrías son como flores que la lluvia mancha y el viento deshoja”.
                                                                    Edmond Goncourt

viernes, 8 de diciembre de 2017

La tradición del cuento



CUENTO AL SUR*

       La tradición del cuento en España no es ya sólo un hecho constatado sino que en las últimas décadas del pasado siglo XX se ha venido confirmando la vigencia y el interés que el género ha despertado en aquellos autores más jóvenes que durante las dos últimas décadas se han  incorporado al panorama narrativo. El almeriense Fernando Valls calificó, hace unos años, a este fenómeno de «resurrección del género», desde la tierra quemada de los años setenta, aunque también señalaba como, una y otra vez, se enlaza con un cultivo continuado del mismo en cada etapa de las letras españolas desde el último tercio del siglo XIX.  Ahora en las décadas que nos ocupan, 1980-2000, se vive un momento estable y creativamente muy variado en el que los editores no arrugan la nariz ni se encogen de hombros y los escritores no se sienten minusválidos o disminuidos literarios por el cultivo de la narrativa breve y quizá porque, —como sigue señalando el profesor Valls— «de Hispanoamérica llegó hace ya muchos años la conciencia de la perfección literaria a través de la narración corta con autores como Horacio Quiroga, Jorge Luis Borges o Adolfo Bioy Casares, pero también con Julio Cortázar, Julio Ramón Ribeyro o Augusto Monterroso. Y en nuestro país, y es más, en el Sur, no sólo son muchos los escritores con devoción expresa por el género (...), sino que sirve cada vez más de carta de presentación del escritor nuevo». De la nómina que se compone Cuento al Sur Romero Peche, Ruiz Torres, Busutil, Hipólito G. Navarro, Ramírez Escoto, Álamo, Bonilla, Palma y Felipe R. Navarro empezaron su vida literaria escribiendo cuentos y lo siguen haciendo, los novelistas tampoco han obviado el género y Campos Reina, Talens, Rossetti, Morales, Muñoz Molina, Téllez, Benítez Ariza y Gutiérrez Solís han escrito y siguen escribiendo buenos relatos.

       Hace unos años, concretamente en 1993, Ángeles Encinar y Anthony Percival, justificaban su Cuento español contemporáneo, argumentando la ausencia de un volumen de cuentos que englobara escritores representativos del momento y, además, argumentaban que aunque se habían publicado algunas antologías, en general, habían quedado restringidas dentro del contexto de la narrativa de postguerra, o bien habían sido realizadas con enfoques monotemáticos, con fines comerciales o estructuradas, y esto resultaba interesante, con una perspectiva regional: se refería, por citar algunas, a Narradores andaluces (1981), de Rafael de Cózar, Los andaluces cuentan (1981), de José Antonio Fortes, Narradores murcianos (1986), de Ramón Jiménez Madrid, Figuraciones (1986), de Santos Alonso, Cuentos barceloneses (1989), Cuentos literarios de autores asturianos (1990), de María Elvira Muñiz o Narradores almerienses (1991), de quien suscribe. Hay, además, toda una pequeña bibliografía en torno al género y en cuyos volúmenes, de una manera u otra, se incluyen bastantes autores nacidos en nuestra región, sin que, por este hecho, haya que leer necesariamente entre líneas. Lo mismo que en la colección de Encinar y Percival se cuenta con Muñoz Molina, en Verte desnudo (1992), se incluye a Ana Rossetti, Últimos narradores (1993) incorpora a Eliacer Cansino, Antonio Muñoz Molina, Son cuentos (1993), de nuevo a Muñoz Molina, Trece historias breves (1995) a Juan Bonilla y Juan Madrid, Páginas amarillas(1997), a Antonio Álamo, Felipe Benítez Reyes y Juan Bonilla, Relatos para un fin de milenio (1998), a Eduardo Mendicutti, Los cuentos que cuentan (1998), a Juan Bonilla, Antonio Soler y Manuel Talens, Vidas de mujer (1998), a Fanny Rubio y Ana Rossetti, Cien años de cuentos (1998) a José Moreno Villa, Francisco Ayala, Manuel Andújar, Carlos Edmundo de Ory, Antonio Martínez Menchén, Fernando Quiñones, Antonio Muñoz Molina, Felipe Benítez Reyes y Juan Bonilla, Cuentos eróticos (1999), a Manuel Talens, Eduardo Mendicutti y Felipe Benítez Reyes, Lo de amor es un cuento, 2 vol. (1999) a José Navarro, Antonio Álamo, José Manuel Benítez Ariza y Juan Bonilla, Historias de adulterio (2000), a Muñoz Molina, Cuentos de trenes (2000), a Hipólito G. Navarro y José Antonio Muñoz Rojas, Historias de recetas de cocina (2000), a Francisco Ayala, Cuentos españoles (2000), a Fernando Quiñones. Evidentemente el muestrario es amplio y no menos significativo de lo que estamos defendiendo.
       Lejos de pretender una parcelación o adjudicación de un fenómeno para Andalucía, la presente muestra que no excluye, y por consiguiente, tampoco agota autores o libros, sirve de una referencia más a este género que sigue siendo cenicienta de las letras españolas pero que no deja de estar presente en forma de antologías, compilaciones, selecciones, encargos de revista o periódico o en cualquier  manifestación donde se precie y se pueda disfrutar de un buen relato. Ya  hemos señalado como Valls afirmaba que la situación del cuento mejoraba: había salido del encasillamiento en el que se hallaba. Los autores de las últimas generaciones lo cultivan con acierto y los editores están dispuestos a publicarlos. «La diversidad y riqueza del cuento—señalaba José Luis Martín Nogales— en la literatura española actual se pone de manifiesto en el empleo de múltiples fórmulas en los libros publicados. Se teoriza, dramatiza o se mantiene una actitud lírica sobre diferentes aspectos para llegar a una síntesis argumental y a una condensación narrativa que ofrece una heterogeneidad tan amplia como sorprendente. Formas, recursos, procedimientos y sobre todo dominio del lenguaje caracterizan al cuento español».    
       Para las referencias al relato andaluz, al menos escrito en Andalucía o por andaluces, tendríamos que remontarnos al XIX con autores como los que, hace ya bastantes años, señalaba el profesor Baquero Goyanes, es decir, Fernán Caballero o Pedro Antonio de Alarcón, el malagueño Arturo Reyes, incluso Colombine y Villaespesa que participaron y contribuyeron a la expansión del género con las características de la época y la diversidad de nombres o definiciones o autores que siguieron a estos andaluces universales. Antes de la guerra civil, Francisco Ayala y José Antonio Muñoz Rojas, en la posguerra Manuel Andújar, Rafael Narbona, Concha Lagos, Sebastián Bautista de la Torre, Carlos Edmundo de Ory, Alfonso Grosso, José Fernández Castro, Fernando Quiñones, Antonio Martínez Menchén. Durante las últimas décadas, las que por necesidades de espacio y dimensión temporal, nos ocupan, 1980-2000, otros autores se han sumado a la nómina señalada contribuyendo desde diversas provincias a engrandecer aún más su actitud ante el relato breve: Diego Granados, Julio Alfredo Egea, Francisco Izquierdo, Carlos Muñiz Romero, Pilar Paz Pasamar, José Asenjo Sedano, Julio Manuel de la Rosa, María José Clemente, Herminia Luque y me consta que jóvenes narradores están obteniendo premios en sonados concursos como el NH de Relatos, instituido por primera vez en 1996, y en el que ya figuran autores como José Fernández Reyes, José Villalba, Luis M.. Fuentes, Antonio Gallo y Juan Antonio Sánchez.
       La nómina de autores durante los últimos años, sobre todo los referidos a la denominada «transición democrática» no ha hecho sino afianzar el papel importante de los autores más jóvenes que se han incorporado al panorama literario y que hoy se muestran en el esplendor de su actividad creativa. Cuento al Sur no es, evidentemente, una propuesta definitiva, no pretende hacer resurgir un fenómeno a propósito de un boom comercial, sino reunir una nómina nunca completa de autores que a lo largo de su vida literaria han trabajado el cuento, lo siguen trabajando o se encuentran en estos momentos en pleno proceso de producción en este género que, por otra parte, hace falta reivindicar desde los ángulos más diversos. Compilaciones o antologías como la presente quieren ayudar a engrandecer y difundir a autores y sus obras.  No habrá que ver en esta selección nada más que el rigor de un cuento bien escrito, y por autores que en su obra lo han abordado con esa suficiencia de la que queda aquí manifiesta presencia, porque quizá, para la mayoría de ellos, como ya he dicho en alguna otra ocasión, la literatura y la vida quedan concebidas como un proyecto común del que se da noticia en su escritura y, además, se convierte en un propósito que va más allá del didactismo o la moralidad, porque de lo que se trata es de ofrecer variadas voces del cuento y esto avalado por una invención que celebra la realidad más inmediata, repleta tanto de tensión como de esa amenidad que ofrecen las experiencias propias. Las características más relevantes que puede proporcionar al lector la presente selección es la diversidad  tanto en temas, como enfoques y estéticas si hemos de hablar aquí de este concepto que bien puede aplicarse al cuento, pero sobre todo habría que hablar de un gran desarrollo del género por parte de estos autores cuya aparición en el panorama literario se cifra en los años de la transición, los felices 80 e incluso, el final del siglo en los 90. Muchos de ellos configuran sus historias entre lo absurdo, lo fantástico, la realidad, lo erótico o la fabulación; en suma, levantan un acta cotidiana desde enfoques irónicos o humorísticos, paródicos o caricaturescos, con personajes excéntricos, infantiles o femeninos, desde una categoría sumamente expresiva, inmersos por supuesto, en un mundo contemporáneo que proporciona relaciones interpersonales que ofrecen una proyección mayor. Estos autores muestran una sólida condición literaria como puede desprenderse de sus textos, y se afirman en un discurso que ejemplificaría esa adecuación a un proyecto narrativo concreto y su calidad expresiva como soporte conceptual. Existe entre ellos fervor y pasión por el relato como vehículo de expresión preferente en un universo discursivo mayor que pretende mostrar esa imagen equívoca de una realidad distorsionada o el esfuerzo por cambiarla.
       El panorama narrativo breve en Andalucía, escrito entre nuestras fronteras o fuera de ellas, es mucho más amplio pero quizá no más heterogéneo. Algunos autores no ha querido sumarse a esta reunión de amigos que es en lo que se ha convertido este puñado de buenos relatos: casos de Felipe Benítez Reyes, hemos llamado insistentemente a un teléfono de Antonio Soler, no he podido contactar con Juan Madrid o Juan Herrezuelo, aunque autor madrileño, reside en nuestra tierra desde hace años y escribió cuentos en los albores de su labor literaria y no sé si continúa haciéndolo, lo mismo que Pilar Mañas, igualmente madrileña, y otros autores citados en la bibliografía que han escrito de forma casual relatos y que con el tiempo nos ofrecerán nuevas obras. En definitiva, con los aquí antologados, los señalados, los desconocidos y quienes se vayan sumando lentamente a esta gran familia, la suerte del relato o del cuento está asegurada, independientemente del sentimiento regional o nacional. Quienes quieran ver una obra total en esta modesta muestra pronto se darán cuenta de que nada más lejos de semejante presupuesto. Eso sí, a excepción de dos nombres, Miguel Ángel García Argüez y Andrés Pérez Domínguez, ambos como una apuesta válida para el futuro, el resto de la nómina corresponde a excelentes narradores que hasta el momento, en su producción narrativa, han ensayado tanto el relato breve como el extenso y figuran ya en los estudios y monografías de la narrativa española del último cuarto de siglo.
       Finalmente un cuento—según apunta el maestro Antonio Pereira—« es el resultado de saber una buena historia y saber contarla con la intensidad y brevedad necesarias». Creo que los relatos aquí reunidos tienen mucho que ver con esta afirmación porque todos y cada uno de ellos se concretan en esa sabia mezcla de equilibrio que se produce entre la precisión y la vaguedad.

* Monográfico de la revista literaria Batarro publicado en 2001.
                                      

jueves, 7 de diciembre de 2017

Félix J. Palma



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PASADO, PRESENTE, FUTURO

              
       La distinción entre pasado, presente y futuro —escribió Albert Einstein—es una ilusión, aunque se trata de una ilusión muy persistente, tanto que la literatura universal se ha empleado a fondo para desarrollar argumentos, tan hermosos que han pervivido en el tiempo, han cautivado a los lectores del pasado, divierten en el presente y tal vez ocurra lo mismo en el futuro. Un novela como El mapa del tiempo (2009), de Félix J. Palma (Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, 1968), reconocido como uno de los jóvenes escritores españoles más originales, ofrece un singular viaje al Londres de finales del siglo XIX, ese lugar donde parecía que todo iba a ser posible y el desarrollo científico no tendría límites. Quizá por eso, un escritor como H.G. Wells conseguía con sus cuentos fantásticos y con su novela La máquina del tiempo rellenar de imaginación el prodigio de la ciencia, en una época de grandes inventos. Félix J. Palma ha recreado algunos de los momentos históricos que reproducían los periódicos de la época: los asesinatos de Jack, el Destripador o la doble vida de Jekyll y Hyde, pero sobre todo consigue una maravillosa recreación de la época victoriana, con las invenciones de Wells como trasfondo.
       La novela se estructura en tres partes diferenciadas, aunque con un denominador común, los viajes temporales, la posibilidad de cambiar el curso de la historia, el sueño que Wells inventó literariamente, y que Palma desarrolla en su novela, protagonizada en buena parte por el escritor británico: en la primera Andrew Harrington recurre al conocido Wells porque pretende viajar ocho años atrás para adelantarse el asesinato de Mary Jane Kelly, la prostituta asesinada por el Destripador en el barrio de Whitechapel, y de la que el joven aristócrata está enamorado; en la segunda parte, la más literaria y sorprendente, se relatan los viajes a través de la empresa de Viajes Temporales Murray, paradojas temporales sin realizar esa inmersión, en la que se cuenta una auténtica historia de amor entre Claire Haggerty con un hombre del futuro, el capitán Derek Shackleton, un héroe que salvará al mundo en el año 2000, y donde se nos da conocer la entrega de toda una vida al servicio del amor, y como en otros muchos casos entre una joven distinguida y un pobre desgraciado que, paradójicamente, se busca la vida en el mismo plano presente; y en la tercera, el ingenio del propio Wells se pondrá a prueba cuando debe esclarecer el crimen de un hombre que viene del futuro y pretende arrebatarle la autoría de algunas de sus novelas. Le ayudarán Conan Doyle y Stoker, personajes reales, que se suman a la ficción y que de alguna manera enlazan las historias que el gaditano ha ido contando en las más de seiscientas páginas de El mapa del tiempo, sin duda, un ejercicio de estilo que se articula como un auténtico folletín victoriano, configurando en este caso un infinito universo paralelo que enlaza con la mejor tradición literaria anglosajona, elevada en esta novela a la categoría de maravilla por el manejo de la introspección en la mente del escritor, anotando las dudas que asaltan su existencia y la luz creadora con que maneja su mejor ficción.    






Félix J. Palma, El mapa del tiempo; Sevilla, Algaida, 2008; 622 págs.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Los olvidados



Enrique Díez-Canedo


EL DIFÍCIL ARTE DE LA CRÍTICA


       Enrique Díez-Canedo participó junto a Juan Ramón Jiménez de toda la inquietud modernista en las mismas revistas y periódicos, en los mismos frentes de traducción, de crítica y de creación de comienzos del siglo XX y forma junto a Andrés González Blanco y Enrique de Mesa parte de esa España secreta, o de una literatura que ha quedado injustamente oscurecida o traspapelada en estos últimos años. El valor de Díez-Canedo sesenta años después de su muerte reside en el ejemplo que supuso su intensa labor en los periódicos españoles de la época, dignificando el papel del crítico de prensa durante buena parte de su vida.
       Enrique Díez-Canedo se planteó a lo largo de su vida el universo de una literatura total, como señala Alberto Sánchez Álvarez-Insúa, donde se encuadraría su obra poética, su narrativa, su dramática, tanto española, hispánica o europea. El ensayista habló del concepto de polisistema en literatura para afirmar que el mundo literario lo componen los literatos del momento y todos aquellos que les precedieron, la tradición clásica, las traducciones o las lecturas en los idiomas originales. Autor de una vastísima obra que abarca la poesía, el ensayo, la crítica literaria, incluso el teatro, además de ser traductor, sobre todo, de literatura francesa. Díez-Canedo fue un personaje liberal, abierto e interesado por las más variadas manifestaciones artísticas: literatura y arte; amigo de casi todos los escritores, pintores y músicos de la época y persona que, sin haber asumido nunca una militancia política, contribuyó, junto con sus allegados, con Manuel Azaña en primer lugar, al advenimiento de la República y tomó parte activa en el curso de los acontecimientos históricos de la España del primer tercio del siglo XX.
        En la «Introducción», que Sánchez Álvarez-Insúa escribe para situar al insigne crítico, se recoge que Enrique Díez-Canedo había nacido en Badajoz, en 1879 y fallecido en México en 1944, de familia de clase media, el mayor de cinco hijos y que, por la profesión del padre, técnico de aduanas, viviría en diversas ciudades durante su infancia: Badajoz, Valencia, Vigo, Port Bou y Barcelona, donde aprenderá el francés que le llevaría posteriormente a dedicarse a la enseñanza y la traducción. Muerto su padre, la familia se verá obligada a residir en Madrid donde el joven Díez-Canedo se licenciará en derecho, profesión que jamás ejerció. Hacia 1903 empieza su labor docente como profesor de Historia del Arte y de Lengua y Literatura francesas en la Escuela de Artes y Oficios y en la Central de Idiomas. Este mismo año se iniciará como poeta y en los años siguientes, entre 1906 y 1907, se sucederán nuevos libros y dará comienzo a su intensa labor como traductor. A lo largo de su dilatada entrega publicará antologías y obras de autores tales como Whitman, Heine, Baudelaire, Giraudoux o Pushkin. En 1909 Canedo se había casado y el matrimonio pasará una larga temporada en París donde estudiará literatura francesa durante dos largos años. De vuelta a España el profesor, poeta y traductor volverá con maletas cargadas de libros y sobre todo con la ilusión de que su obra se irá agrandando poco a poco. Su etapa más fructífera se iniciará cuando comienza su andadura como crítico literario de El Sol, en diciembre de 1917. Otros periódicos vieron estampada su firma a lo largo de los años, El Globo o La Voz. Un periódico como El Sol representaría, entonces, esos aires de renovación que necesitó tanto nuestro país y se convirtió en el medio de la burguesía liberal y progresista. Paralelamente Díez-Canedo colaborará en numerosas revistas de la época que solicitaban sus trabajos, La Lectura (1901), Revista Latina (1907), Renacimiento (1907), Prometeo (1908), España (1915), Cervantes. Revista Mensual Iberoamericana (1916), Cosmópolis (1919), y un largo etcétera.
        El autor viajaría a América en sucesivas ocasiones, concretamente en 1927 año en que visitará Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Ecuador, Panamá y Puerto Rico. La República lo enviará en 1932 como embajador a Montevideo. De esa doble experiencia surgirá un libro publicado posteriormente en México (1944), titulado, Letras de América. Estudios sobre las literaturas continentales. Aunque jamás fue un hombre político sino un abanderado de la libertad y de la democracia, Lerroux le cesará como embajador durante su mandato y le retirará su confianza. Vuelve a España se reincorpora a sus clases y a sus críticas literarias, al mismo tiempo que dirigirá la revista, Tierra Firme (1935-1936) y seguirá colaborando en otras como Tiempo Presente (1935). El 1 de diciembre de 1935 tomará posesión de un sillón de la Academia con el discurso titulado «Unidad y diversidad de las letras hispánicas» al que responderá el prestigioso filólogo Tomás Navarro Tomás. De nuevo es nombrado embajador, esta vez en Argentina, cargo que ocupará poco antes de estallar la guerra. Regresa a Valencia desde donde iniciará un frente común con muchos intelectuales que luchan con su pluma por la libertad.


        México fue, entonces, el país más generoso con los exiliados españoles. En junio de 1937 acogió a 500 niños evacuados de la zona republicana; en 1938, a propuesta del escritor y diplomático Daniel Cosío Villegas, invitó a un grupo de intelectuales entre los que figuraría Enrique Díez-Canedo a proseguir sus trabajos en un Centro fundado, La Casa de España, en México. Y, poco después, debido a las penurias de muchos españoles en Francia, la emigración fue numerosísima porque el Presidente de México, Lázaro Cárdenas, decidió admitir a todos los que llegaran a su país. Por ello, el 1 de junio de 1939 desembarcaron en Veracruz 312 emigrantes, el 13 de junio llegaron 1.599 y así sucesivamente hasta los aproximadamente 15.000 españoles que constituyen la cifra global de los que llegaron a México. En El exilio español de 1939. La emigración republicana de Vicente Llorens (Madrid, Taurus, 1976), Díez-Canedo figura como poeta, al lado de otros nombres muy significativos: León Felipe, José Moreno Villa, Juan Larrea, Juan José Domenchina, Ernestina de Champourcín, Emilio Prados, Pedro Garfias, Luis Cernuda y un largo etc. Carlos Martínez, en Crónica de una emigración (México, Libro Mex Editores, 1959) destaca a Díez-Canedo por su aportación a la cultura mexicana en diversas y variadas manifestaciones intelectuales y literarias. En México publica El teatro y sus enemigos (1939), un recorrido interior del teatro que tiene, obviamente, enemigos externos, como el cine, por ejemplo, pero cuyos verdaderos males son interiores y de alguna manera irresolubles. En 1940 pronuncia una serie de conferencias en la Universidad Vasco de Quiroga que se publicarían más tarde bajo el título genérico de La nueva poesía. Díez-Canedo fue a lo largo de su vida un poeta puro, poeta de la pureza, de espíritu y alma puros. Murió en Ciudad de México el 6 de junio de 1944.
        La edición de Alberto Sánchez-Álvarez Insúa recoge, además de una aclaratoria introducción, buena parte de su obra crítica desperdigada, como hemos podido comprobar, en revistas literarias y sobre todo en periódicos. Julia María Labrador Ben establece una bibliografía que recoge en un pormenorizado análisis la obra del escritor español. Siguiendo las huellas de sus colaboraciones podemos establecer que los periódicos en los que colaboró fueron, El Globo, desde 1908, El Sol, desde 1917 a 1933, La Voz, desde 1920 a 1936, La Nación, de Buenos Aires, de 1923 a 1933, El Mercurio, de Chile de 1931 a 1935, El Nacional, de México, de 1940 a 1941 y Excelsior, de México, de 1943. Sus colaboraciones en revistas como La Lectura, desde 1901, Revista Latina, 1907, Renacimiento, 1907, Prometeo, 1908 a 1912, Revista Crítica, 1909, España, 1915 a1924, fue secretario de redacción, Cervantes, 1916 a 1919, Comópolis, 1919 a 1922, La Pluma, 1920 a 1923, Índice, 1921 a 1922, Alfar, 1922, El Tiempo Presente, 1935, Tierra Firme, 1935 a 1936, de la que fue director, Almanaque Literario, 1935, Hora de España, 1936, Madrid, 1937 a 1938, dirigió dos números, Revista de Indias (Bogotá), 1939, Romance, 1940, Tierra Nueva (México), 1940, Revista Iberoamericana (México), 1940 a 1942, Letras de México, 1941 a 1944, La Pajarita de Papel (México), 1942, Cuadernos Americanos (México), 1942 a 1944, El Hijo Pródigo (México), 1943 a 1944 y Gaceta del Caribe (La Habana), 1944. La edición reproduce una variada muestra del escritor español, como «Artículos de crítica teatral. El teatro español de 1914 a 1936», «Estudios de poesía española contemporánea», y «Conversaciones literarias». En los distintos apartados se reproducen sus críticas a autores tales como Echegaray, Dicente, Pérez Galdós, Benavente, los hermanos Quintero o Martínez Sierra, además de los modernistas, Marquina, Villaespesa, Fernández Ardavín, los hermanos Machado, Grau o López Pinillos. De su valioso quehacer salieron excelentes críticas a obras de Carlos Arniches y Pedro Muñoz Seca, además de esa otra visión renovadora que ofrecieron los autores del 98, entre los que el crítico destaca a, Unamuno, Valle-Inclán, Azaña, Azorín, o las jóvenes generaciones, Casona, Alberti, García Lorca. La poesía recoge sus comentarios a los comienzos del Modernismo, la tradición y la poesía regional o los nuevos poetas, Moreno Villa, Felipe, Bacarisse, Domenchina, Salinas, Alonso, Diego. Alberti y numerosas conversaciones con Felipe Trigo, Apollinaire, Rubén Darío, Octavio Picón, Jarnés, o sus opiniones acerca del cubismo, los romances de ciego, las traducciones de poesía extranjera. 
        Una actividad tan plural como venimos comentando muestra la labor de Díez-Canedo en el mundo de la literatura del siglo XX, en las tertulias y en el periodismo de la época que hoy ofrece una triple orientación: la que le confiere el lugar como introductor y guía de los más jóvenes, la que le señala como alentador y mantenedor de grupos literarios que hicieron de don Enrique un gran amigo de sus amigos, casi todos los escritores españoles e hispanoamericanos de entonces, y sobre todo la que le confirma como autor de críticas certeras y ponderadas sobre asuntos de actualidad literaria en un amplio sentido. Esta última faceta, la de crítico, se enmarca además en el espíritu institucionista de esa clara tendencia krausista que caracterizó a Enrique Díez-Canedo.

OBRA CRÍTICA
Enrique Díez-Canedo
Edición de Alberto Sánchez Álvarez-Insúa
Madrid, Fundación Santander
Central Hispano, 2005; 512 págs