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domingo, 3 de diciembre de 2017

Desayuno con diamantes, 126



60 AÑOS DE UN NADAL
(La sombra del ciprés es alargada)

        En 1947, un joven, recién casado, de veintisiete años, empieza a escribir La sombra del ciprés es alargada novela que unos meses más tarde, el 6 de enero, conseguiría el Premio Nadal que lo descubría como un prometedor autor novel.



        La mañana del 7 de enero de 1948, El Norte de Castilla, publicaba en su primera página tres fotografías: la del general Franco, vestido de almirante, porque el ejército celebraba la Pascua Militar; la del Papa Pío XII, porque el Santo Padre se había dirigido al obispo de Tortosa, y la de un joven, con un pequeño titular, que anunciaba: «Miguel Delibes Setién obtiene el premio Eugenio Nadal de 1947». Después se aclaraba que el premio estaba dotado con 15.000 pesetas, que la novela llevaba por título La sombra del ciprés es alargada, que el premio se otorgaba anualmente a la mejor novela inédita y que a él concurrían los novelistas de toda España, buscando el máximo galardón nacional para este género literario. «Su novela, se indicaba, al ser conocida, causará fuerte impresión en el mundo de las letras españolas y constituirá una verdadera sorpresa». Unos meses más tarde, el joven Delibes añadiría  una curiosa anécdota a su vida literaria que años más tarde relataría así: cuando ganó el Nadal, Pío Baroja elogió esta novela en una entrevista que le hizo Antonio Covaleda para el diario Pueblo. Posteriormente, Vergés y Delibes fueron a visitar al anciano escritor. «Entonces le dije que se habían vendido 5.000 ejemplares en tres meses. Se echó a reír. «Joven, yo sé lo que puede vender la primera edición de un libro», dijo. Entonces, José Vergés, mi editor, que me acompañaba, le aseguró al viejo maestro: «Don Pío, es que en España han comenzado a leer las mujeres». «Ah —Baroja cambió de tono—, si han empezado a leer ésas no digo nada». No dijo mujeres sino ésas, y entre Vergés y él acababan de poner el dedo en la llaga. La mujer empezaba a incorporarse a la cultura en España, a sentir una inquietud espiritual, y esa actitud no ha cesado de crecer desde entonces». (Entrevistado por César Alonso de los Ríos, El Semanal, 2 de abril de 2000.).

Historia de un libro
        La crítica ha señalado que esta primera novela Delibes ya contiene algunas de las constantes de su obra futura: la infancia, el peligro de una civilización regresiva respecto al espíritu, el paisaje o la obsesión por la muerte. Tema que, por otra parte, le ha acompañado durante buena parte de su vida y está omnipresente en sus obras, como ha señalado el autor, y de alguna manera es mucho más dura cuando se hace real. El escritor nunca ha olvidado que el 22 de noviembre de 1974 murió Ángeles su esposa y compañera con quien había pasado los mejores años de su vida, solo con su desaparición, añadiría, ha tenido constancia de los treinta años transcurridos en su compañía. Juan Luis Alborg lo incorpora a su Hora actual de la novela española (1958), afirmando que «entre todos nuestros jóvenes novelistas Miguel Delibes es uno de los que avanzan hasta el momento con paso más seguro en su carrera literaria (...) La sombra del ciprés es alargada, obra de juventud, puesto que fue escrita a los veintisiete años, es, un libro demasiado duro, amargo y grave, con esa gravedad que, aunque parezca paradoja, no suele darse sino en los escritores juveniles». En realidad, como afirma Alborg, escrita en primera persona, era la historia de un pesimismo. Un joven huérfano es educado como pupilo por un maestro de Ávila que imbuye en el muchacho un amargo concepto de la existencia. Una casa aburrida, la muerte de un compañero de hospedaje, un entorno hostil y, en suma, una atmósfera asfixiante, convertirán al muchacho de carácter retraído y pesimista en un ser totalmente hermético. Ni siquiera su posterior condición de marino y sus continuos viajes por el mundo lograrán que se convierta en una persona diferente, hasta que un día surge la mujer capaz de cambiar su concepto de la vida y ante eso acaba por ceder ante el amor, pero un terrible accidente acabará con la esposa pocos días después de casado.  No es difícil imaginar que el episodio relativo a la Marina fuese sacado de la propia biografía de Delibes, hecho que Fernando Valls recoge en una excelente reseña sobre 377 A madera de héroe (1987), que César Alonso de los Ríos reproduce en sus Conversaciones...  (1971). Durante la guerra, Delibes, se reunía con un grupo de amigos para charlar y jugar a las cartas en una buhardilla que su madre le había prestado... , allí mismo surgió un día el entusiasmo marinero de un amigo que murió después en el Baleares; pronto los mayores de la pandilla se fueron enrolando en la Marina y nos escribían cartas en las que relataban con gran entusiasmo sus experiencias. Pero, en realidad, el autor, maneja para su primer libro el símbolo de las sombras y el estilo alargado de los cipreses para constatar la cruda imagen de la muerte que recorrerá toda la novela y por extensión toda su obra.


        Una virtud señala Alborg, la habilidad narrativa del novelista, su poder de sugestión que sumerge al lector fácilmente en la atmósfera de su libro y, en cuanto al modo de exponer, el dominio del lenguaje y la expresión muestran ya esa madurez que poco después caracterizaría al gran narrador Delibes. Antonio Iglesias Laguna en su obra Treinta años de novela española (1970) afirma que «a Delibes se le acusa de escribir demasiado bien, de ser estilista antes que novelista; sutileza expresiva para unos, realidad fotográfica para otros. Impresionismo. Realismo intimista. En consecuencia, hace falta confesar que a Delibes, ante todo, se le ve preocupado por la forma». Pablo Gil Casado autor de un excelente manual muy olvidado, La novela social española (1968), apunta que, «tal vez sea Miguel Delibes el novelista más representativo de esta promoción (se refiere a la del cuarenta), tanto por sus características como por sus limitaciones. Hasta bien entrada la década de los sesenta, el procedimiento que sigue Delibes para sus novelas es como sigue: 1) planteamiento de una tesis muy de siglo diecinueve; 2) la intercalación de episodios divertidos, si bien marginales, dentro del conjunto de la obra; 3) en una práctica artística que queda dentro del viejo costumbrismo naturalista; y 4) el conjunto amenizado con chistes y detalles tremendistas. María Dolores se Asís en Última hora de la novela en España (1996) dedica un extenso capítulo a la obra del escritor castellano y apunta que «Delibes, como novelistas, es ya un clásico en nuestra literatura por lo que tiene de visión personal y característica de la vida humana, de un mundo bien determinado. Si sus héroes son individualistas y expresivos siempre de la visión del autor, hay que reconocer que en su trayectoria se ha ido acercando cada vez con mayor responsabilidad a los problemas inmediatos de la sociedad de su tiempo, con una conciencia crítica.
        La crítica ha dividido la producción de Miguel Delibes en dos épocas, claramente, diferenciadas: la primera integrada por sus tres primeras novelas La sombra del ciprés es alargada (1948), Aún es de día (19499 y Mi idolatrado hijo Sisí (1953), la segunda  época se inicia con El camino (1950) y ocupa la mayor parte de su producción. El estilo de la primera revela una narración mas tradicional, realista del XIX, aunque con una clara tendencia a la introspección, donde la historia es un argumento estructurado, existe un personaje protagonista, insolidario porque lo exige el relato, con una fuerte personalidad. La segunda época apunta a una simplicidad narrativa más del momento, una tendencia al objetivismo, un sentimiento de solidaridad humana, predominio de los tipos y ambientes sobre la anécdota, una manifestación distinta del mundo y sobre todo la síntesis que practica el narrador frente al análisis de la primera.
        Entre 1964 y 1970 aparecían las Obras completas de Delibes hasta ese momento y en el prólogo a dicha edición, el autor declaraba que las características señaladas por su traductor tanto francés como italiano, la ternura, el realismo, el humor, la angustia existencial o la preocupación por la muerte están patentes en sus primeras obras, sobre todo en La sombra del ciprés es alargada (1948). Desde el punto de vista técnico, el propio Delibes ha llegado a afirmar que se trata de una novela mediocre, de un libro balbuciente; pero, también, es verdad que la crítica ha señalado que la novela no es excesivamente mala por lo que falta sino por lo que realmente le sobra: descripciones y explicaciones excesivas, cuadros de costumbres que recuerdan un realismo tradicional. Eugenio de Nora en Novela española contemporánea (1958) definía la novela como un «dilatado y reiterado cuento filosófico, revestido de amazacotadas masas narrativas ochocentistas», pero en cierta manera se percibe en él esa «gravedad moral» que el escritor vallisoletano sabe infundirle a sus textos muy por encima de sus contemporáneos.

La sombra 60 años después
        La preocupación por la muerte en Pedro, personaje protagonista y central, surge de esa experiencia de la muerte lejana; la muerte de un compañero de colegio, fomentada además por el ambiente ascético de la ciudad de Ávila donde se desarrolla inicialmente la novela, además de la doctrina de una maestro severo. La experiencia de la muerte llevará al protagonista a una constante preocupación por el fin del hombre, hecho que convertirá al joven en un ser pesimista ante la vida misma. Junto a esa conciencia agudizada, frente a todo lo que suponga una desaparición, el joven protagonista sufrirá la indiferencia de todas aquellas personas que lo rodean, quizá por eso el personaje tenderá a evadirse de ese sentimiento de finitud buscando un horizonte más amplio, quizá de ahí su vocación marinera. Esa subjetividad hará que Pedro se convierta en un ser excesivamente aislado aunque pronto se dará cuenta de que el mundo existe y el hombre es un ser social por naturaleza, justo entonces encontrará una mujer con la que se casará aunque la muerte súbita de su esposa en  un fatídico accidente lo devolverá a la desesperación anterior, de tal manera que se salvará, de un posible suicidio, por su fe en la vida trascendente y por las enseñanzas de su preceptor, asceta y de una especial resignación porque vuelve a Ávila, un lugar que, además, le ofrecerá ese efecto de calma que había experimentado en su adolescencia. Alguien ha escrito que «leyendo cómo sondea el narrador este proceso, queda claro que el pesimismo viene a ser la reacción del raciocinio ante las marcas que dejan en el carácter cada golpe y cada convulsión, cada espasmo y cada arrebato. Luis López Martínez ha señalado que, en realidad, la novela un tanto sobrecargada de ideología , se empapa de la tristeza que motivó en su autor la guerra civil, quizá como en tantos otros escritores de su generación. Como si se tratara de un inventario simbólico, el mismo título resume la categoría de los elementos reunidos: «la sombra del ciprés, afilada y cortante como un cuchillo, representa lo efímero y lo caduco: la muerte; en contraposición al pino que ofrece una sombra redonda, amparadora, símbolo de todo lo que respira confianza». El tejido narrativo de La sombra del ciprés es alargada intenta, en este caso, atrapar el fondo del hombre y no su estereotipo. Así lo ha descrito Manuel Alvar cuando él mismo resume dicha maniobra: «(Delibes) Ha sido fiel al principio agustiniano de que en el interior de cada uno de nosotros hay una verdad, buena o mala, pero verdad. Sin embargo, trasplantado a un plano de universalidad. Sólo el desencanto le sirve para formular su intento de teoría general. Pensemos en tantos casos de su obra: fe en los hombres y desconfianza en el Hombre», en Castilla habla, 1993.
        Conviene recordar para terminar esa idea de Delibes de que «en toda novela debe haber, al menos, un hombre, un paisaje y una pasión».


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