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viernes, 15 de diciembre de 2017

José López Rueda



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       Las historias sobre el 36 español se han multiplicado con el paso de los años, porque la literatura, independiente del género o clase, se inspira siempre en las pasiones y en los sufrimientos del hombre. Podría afirmarse, incluso, que la literatura de los pueblos nace como testigo de sus vidas y de sus guerras, porque en su expresión más elemental las leyendas siempre refieren expediciones bélicas, con héroes que se convierten en mitos y que, indiscutiblemente, están en la mente de todos, La Odisea y La Ilíada, la guerra de Troya y la vuelta del héroe, los Edda germánicos, o los cantares de gesta y los esforzados destinos de sus protagonistas, casos del Poema de Mio Cid, la Chanson de Roland o el Cantar de los Nibelungos, sin que estas apreciaciones presupongan una apología de una literatura bélica que justifique cualquier acción del ser humano.
       Quizá por todo esto, Aldea, 1936, de José López Rueda (Madrid, 1928), recoge una visión distinta del conflicto bélico español que durante más de la mitad del siglo pasado ha convulsionado las conciencias de los españoles. La novela fue editada, originariamente en  Ecuador, en 1958, y sin duda, en nuestro país, si por entonces llegó a distribuirse o conocerse, pasaría sin pena ni gloria. Ahora en una suerte de acierto, Ediciones de la Torre, en su colección “Germinal” reedita la obra, con un prólogo de Juan Cano Ballesta que sitúa la novela en su contexto histórico. Y, según advierte el propio autor, es una historia de personaje imaginarios, que viven en un pueblo de Castilla mientras en torno suyo los españoles se matan unos a otros en una guerra fratricida, y aun añade, que cualquier parecido con hechos o personas reales es pura coincidencia. Y este es, sin duda, el acierto del relato de López Rueda, su particular visión de la contienda desde la retaguardia misma, es decir, vislumbrando a lo lejos cuanto ocurre y cuyos efectos quedan constatados a diario en la pequeña población: las represiones y fusilamientos, los huidos, la presencia militar de los italianos, el miedo y el odio, o incluso la nota amable de los comedores del Auxilio Social para paliar el hambre de los niños de la guerra; en realidad, la intrahistoria de unos personajes, la tragedia de todos y cada uno de ellos que protagonizan ese otro horror a que se vieron abocados. Unas veces, la voz narrativa surge en la mirada de un niño, Germán, que es testigo de cómo un hombre es sacado de su propia casa, padre de uno de sus amigos de juegos diarios, o expresa la situación de su propia familia, sobre todo de su madre, Elisa, que ignora el paradero de su marido y está atrapada en casa de su hermana y su cuñado, donde no es fácil convivir, otras veces se da cuenta de la tremenda y horrorosa persecución de los perros de la pequeña aldea, o la muerte del tío Juan, una víctima más de las circunstancias, que deja arder su casa cuando su mujer muere y no encuentra motivo para seguir viviendo, todo salpicado con los juegos de la mirada inocente, en ocasiones, de los niños del lugar. Son episodios de una angustia vital que López Rueda transmite al lector, precisamente, levantando acta de la difícil situación vivida, también, tras las líneas del frente. La guerra será esa consecuencia, inmediata, que viven estos personajes y que, también salpica a las relaciones familiares de Paco, Petra y su hija mayor, Anita, una adolescente seducida por uno de los militares italianos que ha dejado una pequeña huella en el lugar. Si en torno al mundo de la aldea se muestra indirectamente el conflicto, el novelista subraya la violencia, el odio, el rencor o la codicia misma, y la personifica en esta familia, parábola por otra parte de lo vivido por otros muchos en el resto del país.
       La novela, Aldea 1936, pese a todo, ofrece una visión benevolente de la sangrienta contienda española, porque su autor, niño de la guerra, como Aldecoa, Fraile, Sánchez Ferlosio, Martín Gaite o Josefina Rodríguez, mira desde sus ojos infantiles el llanto de toda una generación, y lo hace además ejerciendo de severo juez que sentencia y transcribe con una prosa limpia, ajustada, casi lírica, cuando frente al horror describe las calles o plazas, el paisaje y esa tierra seca, al tiempo que somete su lenguaje a una aguda y perfilada sonoridad solo cuando el odio sale de la boca de sus personajes.
                                  



ALDEA, 1936
José López Rueda
Pról. de Juan Cano Ballesta
Madrid, Ediciones de la Torre, 2012; 283 págs.

                                  

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