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domingo, 23 de septiembre de 2018

Poéticas de campo, 1


Alejandro López Andrada




POÉTICA

             Escribir poesía para mí es reconectar con un universo perdido, devastado, (el mundo rural) que aún sigue existiendo y flotando en mi interior: árboles, nidos, corrales, huertos, norias, piedras, pájaros, lagartos, que, a través de los ojos del recuerdo, puedo reconocer y reconstruir con delicada y extraña precisión. De este modo, la escritura poética sirve para reencontrarme espiritualmente con los rostros, los objetos y las voces que desaparecieron del plano familiar, aunque siguen aún transitando por mi espíritu. Explicar mi mundo -ese universo interior que es sólo mío- a través de símbolos y emociones es lo que siempre me ha movido a escribir: la poesía me proporciona algunas claves para entender mejor la arquitectura que conforman los edificios del silencio, las buhardillas del tiempo. Cuando escribo poesía hago de médium y, a través de mi voz, fluyen nombres  de otra época, palabras y espacios rurales que  existieron y viven en un plano distinto a esta realidad. De tal modo que no suelo ser yo quien escribe, sino  otros (la tierra, los montes, los pájaros, las fuentes, los caminos del bosque, los muertos familiares) los que lo hacen por mí devolviéndome su halo, reconstruyendo el tiempo en que viví con una pulcra y pausada nitidez. 

 (De Neorrurales. Antología de poetas de campo; selección e introducción de Pedro M. Domene; Córdoba, Berenice, 2018; 156 pp.)

sábado, 22 de septiembre de 2018

Hoy tomo café con…


Diego Prado

       Diego Prado nace en Mahón, Isla de Menorca, 1970, y durante años ha ejercido el columnismo y la crítica literaria en distintos medios, y en el terreno de la ficción ha publicado los libros de relatos Las espigas de la imprudencia (2003), muestra, según David Torres, de su quehacer como autor de cuentos, nueve historias ligadas entre sí por la sensación de la imprudencia del vivir cotidiano que, en el reverso de un aparente orden, nos lleva a situaciones tan absurdas como inesperadas, y Domingos buscando el mar, Premio Café Món de Narrativa, 2007, trece cuentos que a Ricardo Reques le recuerdan La autopista del Sur, de Julio Cortázar, con un punto de partida similar y cuando surge una historia de amor entre un caos de coches atascados; en ambos casos de trata de una metáfora de la vida rutinaria, aunque Prado habla del deseo insatisfecho, de metas inalcanzables y la renuncia conformista que la asume el personaje narrador. Dos novelas En algún lugar te espero, accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000, y Hospital Cínico (2013). Ha publicado recientemente la colección, Sopa de fauno (2017).



¿Nuestra vida hoy está por encima de lo ordinario?
       Es recomendable que lo esté, de lo contrario me temo que nos enfrentamos a una existencia más bien plana y sin grandes alicientes.

Quizá por eso, ¿un relato, si está bien estructurado, nos permite intuir más allá de lo que leemos?
       En cualquier buen texto que se precie siempre hay varios niveles de lectura, así que, por supuesto, siempre hay puertas entreabiertas esperando para ser indagadas a oscuras.

¿Lo fantástico como complemento de la realidad que nos envuelve, o tal vez la realidad como una absoluta fantasía?
       Me inclino más por lo primero. Pessoa decía aquello de que “la vida no basta” y, de algún modo, tenía razón, puesto que el ser humano necesitó pronto inventar, fabular, creer en lo mágico como explicación del mundo. Lo fantástico está insertado en la realidad, una realidad, no obstante, llena de inesperados agujeros negros.

¿La verdad que no se quiere descubrir puede provocarnos cierto desasosiego?
       Hay verdades que vale más no conocer, ciertamente. En el fondo, todos preferimos que nos mientan. Esto explicaría, a otro nivel, que nuestro país esté como está.

Dos colecciones anteriores, Las espigas de la imprudencia (2003) y Domingos buscando el mar (2007) ya perfilaban su visión de una realidad paralela, ¿estamos obligados a vivir así?
       No sé si la palabra sería obligados, pero Borges ya hablaba “del otro lado de las cosas”. A mí, en la vida y en la literatura, me interesa ese otro lado, el oculto, el menos evidente.

¿Dónde se siente más cómodo, en la distancia corta de un relato, o en la maratón de la novela?
       Me siento cómodo escribiendo en general, aunque es cierto que siento cierta querencia por el género del cuento.



¿Por qué sus personajes se nos antojan unos seres grises y sin perspectiva alguna en la vida?
             Quizá porque los triunfadores no me interesan. Desde el punto de vista psicológico y literario, los presuntos perdedores son mucho más interesantes y contienen muchas más dobleces. Pero también podría ser porque uno mismo no escapa de esa grisura del día a día.

Una vez leída esta  nueva colección, Sopa de fauno (2017), ¿parece que acentúa aún más su visión irónica de una realidad, o trata usted de ser jocoso en estos tiempos de cólera?
       No concibo la literatura sin humor, un humor agridulce, a veces negro. La ironía es el arma de los que temen la realidad, la cancioncilla tonta que cualquiera canturrea de noche andando solo por un bosque para espantar el miedo.

¿Detrás del humor y de la ironía de sus cuentos, en general, debemos intuir como lectores su devoción a grandes maestros del género? ¿Por ejemplo?
       Siempre he sido un lector anárquico y he pasado por etapas muy diversas. Conozco bien casi toda la cuentística social realista española de los 50-60,  de donde surgió una generación de grandes -y muchos olvidados- autores de cuento. El realismo como género no me interesa, lo dejo para el XIX, pero sí aprendí de todos ellos el ritmo interno del cuento. Para mí el gran referente español de la literatura de fantasía sigue siendo Cunqueiro, un autor más citado que leído, me temo. También hay elementos fantásticos muy evidentes en no pocas obras de Mercé Rodoreda. Y por supuesto, el gran Pere Calders, un maestro del humor blanco y del absurdo. Curiosamente, en el país del Quijote, el gran libro de fantasía de nuestra literatura, lo fantástico arraigó poco hasta los años 80 del pasado siglo, y antes se dio más en autores “periféricos”.
Calvino, Buzzati, Chéjov, Quiroga, Rulfo... Todos ellos están entre mis referentes.

¿Es posible que como uno de sus personajes nos encontremos con una lamia? ¿Qué debe intuir el lector detrás de esta propuesta?
       Ya lo decía Torrente Ballester: yo no creo en brujas; ahora bien, haberlas haylas.

¿La realidad es obsesiva y nosotros somos quienes construimos nuestro mundo? ¿Vivimos de conformar momentos inesperados?
       La realidad por sí sola no es nada si no es interpretada, y cada uno la ve a su modo. Basta leer los periódicos: de uno a otro parece que una misma noticia es distinta. Don Quijote veía gigantes donde el resto sólo observaba molinos. En cambio, su mundo interior, su realidad, era mucho más rica que la de la gente que lo rodeaba y le trataba de loco.



¿Los humanos seguimos estando en la más absoluta soledad?
       Sí, incluso acompañados.

Una vez leídas las historias de Sopa de fauno, ¿qué lección debemos extraer sus propuestas?
       No hay lección alguna. Yo no escribo para predicar nada. Si logro la sorpresa, la sonrisa y la reflexión ya me doy por pagado.

¿La vida para usted se concreta en una sucesión de anécdotas y, tal vez, por eso las pone en un papel y las escribe?
       La vida es lo que nos va pasando y es tan corta que no da más que para sucesiones de anécdotas más o menos extensas.
¿La vida real no les basta a sus personajes en Sopa de fauno y se desenvuelven en situaciones extremadamente irreales o fantásticas?
       Ya he citado lo que decía Pessoa al respecto. Desde el primer cazador neandertal que llegó a la cueva exagerando la caza de ese día, el ser humano ha necesitado siempre adornar la vida, hacerla más brillante, darle una pátina de excelencia. Vivimos intentando huir de la mediocridad, esa sombra que a todos nos acecha y de la que pocos escapan. Fíjese que la realidad siempre va acompañada de adjetivos negativos; la cruda realidad, la triste realidad... La realidad es un espejo que no gusta a nadie. Preferimos el sueño, lo irreal, lo maravilloso. Por eso nacieron las leyendas, los mitos, los cuentos, la literatura en definitiva.

¿Recomendaría usted su literatura para liberarnos de las pesadillas cotidianas?
       En absoluto. Mi literatura parte de esas pesadillas u obsesiones y no creo que pueda liberar a nadie. Ahora bien, siempre le alegra a uno saber que no está solo en el mundo imaginando cosas raras, jajaja. 

Y una pregunta final, alterna usted relato y novela, después de Sopa de fauno, ¿en qué anda metido o con qué nos sorprenderá?
       Llevo casi dos años trabajando en una nueva novela. Se trata de una vieja idea a la que ha costado darle un armazón narrativo y que, imprevisiblemente, se ha ido desbordando y creciendo. Veremos cómo acaba.


viernes, 21 de septiembre de 2018

Sabías que...




     “La boca puede mentir, pero la mueca que se hace en ese momento revela, sin embargo, la verdad”.
                                            Friedrich Nietzsche (1844-1900)

jueves, 20 de septiembre de 2018

El término Neorrurales y sus posibles conceptos



        Cuando nos planteábamos una selección de poetas que bajo el título de Neorrurales aglutinase el término y sus posibles conceptos, no solo se trataba de teorizar sobre una visión poética del aspecto rural o una mirada sobre el campo, incluso de una poderosa evocación de la literatura moderna a partir del Romanticismo, sino que todo cuanto tiene que ver con el campo se convierte en puro sentimiento que estéticamente logra fundirse con los elementos físicos del paisaje vislumbrado. La visión, la mirada sobre el paisaje rural queda relacionada con la sublimidad, la apacibilidad, la inquietud, la ternura misma que provoca la recuperación de una poética de lo rural para lo que es necesario ayudarse con una extrema sensibilidad humana. 


       Y, por supuesto, en un tiempo donde la poesía rural sigue siendo observada con cierto recelo, si no con un indisimulado desdén, por parte de la crítica especializada y, sobre todo, por un gran número de lectores, los poetas aquí seleccionados apuestan por la inspiración de la Naturaleza y escriben desde esa amplia perspectiva que les proporciona el campo, aunque nunca se apropian del paisaje para expresar su intimidad, sino que pretenden dejar constancia de su amor por los caminos polvorientos, los barrancos y las veras, la visión de los jaramagos y el canto de los abejarucos, de las retamas y de los álamos, y se asombran ante esa inmensidad que les proporciona una mirada sobre los trigales. Recrean aquellas cosas singulares, captan su misterio, las comprenden y las hacen suyas; son en definitiva, eso, las cosas esenciales del campo.
(De la Introducción, Neorrurales. Antología de poetas de campo; selección e introducción de Pedro M. Domen; Córdoba, Berenice, 2018).

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Esa otra Historia de España


      Ya sabemos, y somos conscientes de que fumar perjudica, seriamente, la salud.
       No habría que darle muchas más vueltas, y las cifras que a nivel mundial se barajan sobre el tabaquismo son escalofriantes, pero eso no quita para que durante años, el cigarrillo haya representado un estilo y forma de vida en las sociedades contemporáneas: se fumaba en el cine, se multiplica la publicidad, y se hacía del cigarrillo todo una acto social.
       Sin ánimo de ofender a nadie, esta ilustración muestra esa otra Historia de España a través del cigarrillo y quienes se dejaban acompañar por la mágica visión de las cajetillas de tabaco.


martes, 18 de septiembre de 2018

Acabo de leer... y descubro



Gratitud                                              


Un legado

       De vez en cuando uno mira a esa estantería de la biblioteca donde se han ido dejando algunos de esos libros que se acumulan en un calculado tiempo de espera y llegado el momento abrirlos y empezar a leer sus primeras páginas. No suelen ser muchos sino los suficientes para recuperar, de alguna manera, esa mirada que has dejado atrás por motivos diversos y que en ese momento dado algo te devuelve a una actualidad y a una realidad bastante más convincente que cuando llegaron a tus manos, y tal vez a esos instantes que te sacuden la conciencia lectora porque a lo largo de los años has ido acumulando experiencias de todo tipo, leyendo textos, admirando la inteligencia y sabiduría de amigos que, por esa extraña circunstancia de esta vida, ya no están con nosotros. Tres ejemplos, la memoria del gallego Camilo José Cela (1916-2002) con quien mantuve, en una lejana juventud, un cruce de epistolario cuando quería abarcar y aprender de su inmensa obra; el madrileño Medardo Fraile (1925-2013) con quien tanto quería, de quien sigo admirando el trazo firme para contar las breves historias de una España de posguerra y levantar acta de un presente no menos convulso y literario; y el hermano- mexicano Sergio Pitol (1933-2018) de exquisito trato, viajero incansable, maestro de una prosa narrativa-memorialística. 



       El libro, que tengo en mis manos, es menudo, de una asombrosa brevedad, aunque de un incalculable mensaje humano, incluso igual de breve es su título, Gratitud (2016), que firma Oliver Sacks, famoso neurólogo que renovó la narrativa médica con algunos de sus libros que conquistaron a millones de lectores en todo el mundo.
       Oliver Sacks reúne, en esta ocasión, cuatro pequeños ensayos, que escribiría tras recibir la noticia de que el melanoma que le habían diagnosticado diez años antes había hecho metástasis y apenas si le quedaban seis meses de vida. Una vez constatado el hecho, “Mercurio”, el primer texto, se convierte en ese profundo sentimiento de gratitud por haber disfrutado durante tanto tiempo una existencia plena tanto en su aspecto vital como intelectual y, sobre todo, ofrece una mirada sobre la muerte ante un tiempo que se siente breve pero en plenas facultades para aceptar el desenlace; habla, sin embargo, de las delicias de la vejez, de ser consciente del paso del tiempo, pero de una auténtica celebración de la vida y de la belleza de la misma; en “De mi propia vida”, el segundo, hace un breve balance de su existencia, enumerando esos momentos difíciles, aunque por encima de todo subraya el privilegio de haber vivido; el científico Sacks evoca su afición a la física en “Mi tabla periódica” que ha ido coleccionando a lo largo de los años y simboliza la energía que le ha acompañado y aún sustenta sus días finales; y, en el último, “Sabbat” realiza un repaso por sus complicada relación con la religión de sus padres, el judaísmo, y su posterior reconciliación con la celebración del sabbat y con sus muchos familiares, ofrece incluso el dato de su homosexualidad motivo de distanciamiento durante años.
       Oliver Sacks se muestra, en estos breves ensayos de una plena y larga existencia, agradecido sobre todo a la vida, a sus seres más queridos, y a los lectores por ese diálogo entablado durante años, inevitablemente posible cuando nos encontramos frente a esa percepción que se sabe de la buena literatura, aquella que solo los genios son capaces de escribir.

Oliver Sacks, Gratitud, Barcelona, Anagrama, 2016.

lunes, 17 de septiembre de 2018

El viejo narrador del desierto o...



LAS GRANADAS DE RUBÍES

I

       Dos veces todos los años, el viejo narra­dor del desierto, levantaba las largas y pesadas cortinas de púrpura, que impe­dían la entrada a su tienda, y aparecía en el umbral, envuelto en sus amplias vesti­duras blancas, grave y solemne, con la ma­jestad de un profeta que se dispone a tra­ducir, en el mísero lenguaje de los hom­bres, los misteriosos conceptos sobrehuma­nos, que entre el fragor del trueno y el deslumbramiento del relámpago, le fueron revelados en la cima de una bíblica mon­taña.
       Dos veces al año, el narrador del desier­to, extendía sobre el umbral de su tienda una gran alcatifa* franjeada de seda, tejida con extraños arabescos de hilos de plata, que al enlazarse en el centro formaban un maravilloso jeroglífico.
       Gravemente, como el que cumple un rito sagrado, colocaba en el centro de la alcati­fa, un cojín de cuero negro sobre el cual resaltaban complicados adornos de oro, inte­rrumpidos de cuando en cuando por peque­ños óvalos de ámbar, que le daban vitales fosforescencias felinas. Y este cojín le ser­vía de asiento.
       Siempre escogía para empezar sus na­rraciones, esa hora silenciosa y dulce en que el sol declina, cuando es más intenso y puro el azul diáfano de los cielos, curvado sobre la inmovilidad broncínea de los pal­mares lejanos.
       A su espíritu extático y contemplativo, le parecía aquel momento el más oportuno y propicio para interpretar, en palpitantes relatos, el sentido misterioso y oculto de las más herméticas profecías.
       Hacía mucho tiempo que le conocía la gente de aquellos contornos, y aunque solo se dejaba ver dos veces cada año, su recuerdo permanecía muy vivo en el corazón de los beduinos, y su nombre era siempre el motivo más familiar de sus veladas, bajo la luz de plata de la luna, en torno de las cisternas, o junto a las empalizadas que guardaban los rebaños de la voracidad hambrienta de las fieras.
       Como desconocían su nombre, le llama­ban simplemente el narrador del desierto.


       Su fama se había extendido tanto en len­guas de la admiración, que no existía no solo aduar desde las montañas del Líbano hasta las extensas planicies del Hegiar, en el que no se conociese y reverenciase su nombre.
       Su tienda permanecía cerrada durante todo el año, como tabernáculo privado de celebrantes y de adoradores.
       Se afirmaba que después de derramar sobre los hombres el armonioso consuelo de sus parábolas, perfumadas de la más santa piedad, emigraba, siguiendo el vuelo de las cigüeñas, a desconocidos parajes inaccesibles a toda humana planta, a bosques intrincados de fabulosos prodigios, donde la voz divina Be hace oír en el bra­mar espumoso de los torrentes, en el rugir de las bestias feroces, en el silbato agudo y cortante de las serpientes, y hasta en el es­tremecimiento fragante de la brisa, al ani­mar los altos cañaverales floridos de cam­panillas silvestres.
       Algunos murmuraban, en voz baja, casi al oído, como si relatasen algún misterio inaudito, que al extinguirse las últimas pa­labras de sus narraciones, desaparecía con el crepúsculo, y transformado en sombra iba a perderse, invisible, en la profundidad azul de la noche, hasta volar a las más coaitas y remotas constelaciones, para lue­go descender de ellas, con el alma henchi­da, como ana copa colmada de todos los tesoros inauditos que encierra el Misterio.
       Había quien juraba haberle visto, bajo la claridad de perlas de la Luna, dibujar en el suelo con una varita metálica extraños jeroglíficos, siguiendo los vagos contornos que proyectaban las sombras de los altos ramajes de las palmeras.
       Los rudos pastores que conducen sus manadas de cabras negras y lanudas apas­tar en los amarillentos herbajes que cre­cen, raquíticos y miserables, a orillas de las cisternas, o entre las blancas rocas cal­cinadas de las montañas del Irak, asegura­ban en voz baja, estremecidos de espanto, que la tienda del narrador del desierto es­taba guardada por monstruosos dragones que impedían todo acceso a sus umbrales.
       Siempre que el viejo macho cabrío de retorcida cuerna, que servía de guía a sus rebaños, había intentado aproximarse a ella, al rozar con su hocico áspero y húmedo los tapices de la entrada, había tenido que retroceder, dando saltos y cabriolas alocadas, como si hubiese sentido en su lengua lijosa y sucia, la picadura de una de esas víboras que se enroscan a los ma­torrales secos, hambrientas de infiltrar su veneno, en esas horas asfixiantes en que el sol agosta y suprime hasta las sombras de los troncos desnudos y leprosos de las higueras salvajes y de las altas pitas pol­vorientas.


       ¿Por qué sucedía esto?
       Porque los dragones que custodiaban la tienda del narrador del desierto, soplaban sin ser vistos, por entre las rendijas de la tienda.
       Y su aliento era abrasador y ampollan­te*, como el del simoún que devora y calci­na los restos de las caravanas...
       Una vez, uno de esos guerreros nómadas de cabellos teñidos de azafrán y coronados con guirnaldas de muftí, de esas flores que tornan invulnerables a los que se adornan con ellas, en la serenidad de una hora cre­puscular, tuvo la mala ocurrencia de dis­parar, en un gesto de desprecio y de burla, una flecha, al interior de la tienda del na­rrador del desierto…
       Mas apenas la flecha hubo partido, silbando, del arco firme y vibrante, guiada por el brazo duro y el ojo experto, como si botase en un escudo de diamante, tornó hacia fuera y fue a clavarse violentamente en el amplio y velloso tórax del arquero.
       El guerrero nómada abrió los brazos y espumajeando rabia y angustia, cayó exá­nime sobre las arenas, y la guirnalda de muflí se enrojeció de repente con los cáli­dos tonos de la sangre viva...
       Se decía también que un fakir, de luen­gas y blancas barbas y enmarañados cabe­llos, tan largos que flotaban sobre sus hombros como un manto de armiño, llegado de las remotas regiones donde el Ganges arrastra su corriente sagrada entre bosques de encanto y ciudades de misterio, ansioso de averiguar lo que ocultaba la tienda, ha­bía obligado, en una tarde de oro y de púrpura, a una inmensa boa que le acom­pañaba en su larga peregrinación, a intro­ducirse en el retiro impenetrable del narra­dor del desierto.

El último Abderramán y otras novelas cortas; edición crítica de Pedro M. Domene; Córdoba, Berenice, 2018.


* Alfombra muy fina.
* Hirviente.