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sábado, 23 de marzo de 2019

jueves, 21 de marzo de 2019

Día Internacional de la poesía.



Poema XX.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.”

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el ultimo dolor que ella me causa,
y estos sean los últimos versos que yo le escribo.

Pablo Neruda, de Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924).


miércoles, 20 de marzo de 2019

Los colores de la primavera


   Primavera 2019 (Hemisferio norte).
Desde:
miércoles, 20 de marzo, a las 22.58 horas.
Hasta:
viernes,
21 de junio
   Todas las fechas corresponden a la zona horaria Hora de Verano de Europa Central.


martes, 19 de marzo de 2019

A través de las Españas


Cádiz



   Cádiz es una de las bellas ciudades de España. Las calles son rectas, limpias, tiradas a cordel, las casas de una blancura impactante, una refrescante brisa del mar sopla con­tinuamente en las calles. Una muralla circunda la ciudad formando un paseo encantador. Desde ese mirador circu­lar puede verse el océano y su inmensidad, las líneas casi invisibles de la costa de África, y tras de nosotros, España, de la que Cádiz es por así decir su extremo. Alrededor de la ciudad hay baluartes, baterías de cañones, y en el puerto cientos de navíos procedentes de los confines de los mares, de las colonias de África, Asia y América.
   Al entrar en la ciudad por la estación, seguimos una pequeña colina pintoresca con rocas, jardines guarnecidos de higueras y palmeras, mientras que por el mar se entra inmediatamente en una gran plaza al fondo de la cual se encuentra la Casa Consistorial o el edificio de la munici­palidad y en grandes letras, de la muy leal, muy noble y muy heroica Cádiz. Esta disposición de los españoles a servirse de palabras rimbombantes es muy curiosa, porque en general el español se ufana muy poco, es modesto y admira las cualidades de los otros además de quejarse de su país. Es tal vez una tendencia oficial o gubernamen­tal, porque mientras más modesto es el soldado más pom­posos son los uniformes militares. El soldado contará con una sencillez sorprendente cualquier hecho de armas al que haya asistido, mientras que la relación oficial os pre­sentará soldados de seis pies de altura, transpirando gloria y valentía por todos sus poros, derrotando a un enemigo veinte veces más numeroso, persiguiéndolo con la espada en los riñones y provocándole quince muertos y un gran número de heridos. Este gran numero de heridos forma en las columnas de los periódicos cifras enormes.
   Pero volvamos a "la muy leal, noble y heroica Cádiz", tal vez una ciudad noble y leal; en cuanto al heroísmo, es un asunto relativo; a juzgar por el número de revolu­ciones que los gaditanos han hecho ellos solos, el heroís­mo debería haber nacido en esta antigua ciudad. Cuando se proclamó la república, hubo aquí una gran alegría; estas buenas gentes se imaginaban, no se sabe muy bien por qué, que todo iba a cambiar, las huelgas se produje­ron de un extremo al otro de la escala social, limpiabotas, porteadores, marineros, pescadores, cada uno solo pensó en la alegría y en el placer. La ilusión duró poco, porque con la república los impuestos no disminuyeron, las car­gas públicas aumentaron tal vez como consecuencia de las complicaciones que asaltaron la nueva forma de gobierno. Entonces la guardia nacional asignada quiso entregar sus fusiles al cónsul americano, no queriendo saber nada con ese execrable gobierno centralizador de Madrid. Estas va­lientes personas han querido proponer al cónsul americano que reconociera a Cádiz como una ciudad americana de la Unión, pero el cónsul que es un hombre ingenioso les ha hecho ver todas las dificultades de cancillería y otras que rodean la formalidad, así que la idea ha sido olvidada. Hoy los gaditanos son más prudentes, han organizado gran can­tidad de asociaciones humanitarias, filantrópicas y de asis­tencia. Todas estas florecientes asociaciones contribuyen al desarrollo intelectual de la población.







 A través de las Españas; Auguste Meylan; Introducción, traducción y notas de Máximo Higuera Molero; Madrid, Trifaldi, 2018.

lunes, 18 de marzo de 2019

Soledad Puértolas


…me gusta

                                     
RÁFAGAS DE LUZ

  

       Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) ha descrito en sus novelas un mundo contradictorio, firme en apariencia y, sin embargo, quebradizo en muchas de sus actitudes. Permanente y fugaz, detallado y superficial, o tan trivial como profundo, que se localiza en escenarios concretos, casas y reconocidos espacios geográficos, y escudriña las relaciones de sus personajes ente sí, historias contadas durante un largo período de tiempo, de años, personas que son parientes o se aman, aunque por su carácter y descripción siguen siendo recíprocamente ajenas. Describe de manera magistral los grandes y pequeños sucesos de la vida de sus personajes, cuantifica en su narrativa sobre ese universo poblado, exclusivamente, de mujeres como fórmula literaria válida para explorar el mundo interior femenino, y dejar constancia de la fuerza que surge como contrapunto a las reacciones que experimentan las mujeres a lo largo de su existencia en nuestra sociedad actual.
       Después de su séptima colección de cuentos, Chicos y chicas (2016), la narradora zaragozana retorna la novela con Música de ópera (2019) la historia de tres generaciones de una familia, desde los meses previos a la guerra civil hasta los años sesenta, localizada en una ciudad de provincias que se parece a Zaragoza, y relata amistades y negocios familiares, secretos y revelaciones, enamoramientos y desamores, escándalos, incluso muertes que se traducen en suicidios. Puértolas echa mano de todo un material propio de ese equívoco concepto de folletín decimonónico o, incluso de serial radiofónico de época, aunque la narradora tañe con bastante ironía y, de manera muy personal, su visión de la contienda del 36. Lo importante es dejar constancia de los murmullos, de los silencios y de los tabúes que siguieron a los acontecimientos históricos que, en la novela, se filtran en las vivencias personales de sus personajes, sobre todo en la visión de los hijos, el primogénito Justo que pasará los años de guerra escondido en un pueblo del pirineo francés, y Alejo que nada más empezar la contienda se alista en el bando nacional. Soledad Puértolas aporta escasos datos respecto los aspectos bélicos que viven estos personajes, y en esa información incompleta reside la magia de la literatura, una verdad que se complementa con la complejidad de su propia historia, frente a esa simplicidad que podría ofrecer una lectura mucho más política o de abundantes datos históricos.
       Doña Elvira, viuda de Claramunt, incapaz de dirigir las empresas de su difunto marido, comparte esa visión de extrañeza ante la realidad que caracteriza a esta novela. Deja en manos del siniestro administrador Perelada, el despacho de sus bienes. Viajera insaciable, junto a su nuera Anunciada y la joven Valentina, le sorprende la sublevación militar en mitad de un largo viaje por Europa con parada en Salzburgo donde pretende escuchar el Fidelio de Toscanini. Tras un tortuoso regreso, al volver a su cómoda vida burguesa, conocerá la soledad, alejada de sus hijos y recluida en Villa Paulita, mientras la guerra sigue su curso. Acompañada por la música de ópera de la gramola y el melancólico Chopin, la vieja dama se olvidará de los asuntos terrenales y escribe cartas a una amiga muerta con la intención de preservar en esos manuscritos un mundo propio al que no quiere dejar de pertenecer.
       En esta novela no son decisivos los conceptos o las categorías, sino los estados de ánimo de las tres protagonistas, una privilegiada doña Elvira, la huérfana y quebradiza Valentina, y la joven Alba, cuya inocencia se asoma a una nueva vida; actitudes y existencias que determinarán la atmósfera de esta sucesión de historias familiares, aunque algunos de los sucesos contados resulten triviales, esa vida cómoda, los viajes y la música, las tardes de café y las visitas de las amigas, determinados por ese curioso atractivo a que nos asoma su autora. Eso nos queda de las historias de Soledad Puértolas, no acciones intrigantes cuya tensión nos depararían quebraderos de cabeza, ni desgarros personales o juegos con forma literaria, sino una atmósfera en muchos casos muy reconocible.

                     






MÚSICA DE ÓPERA
Soledad Puértolas
Barcelona, Anagrama, 2019. 276 páginas


domingo, 17 de marzo de 2019

Las ratitas...

...empiezan su navegación, Lorca, Jaén, Elche, Málaga, Albacete, Ciudad Real, Gandía, Denia, Sevilla, Talavera de la Reina, Salamanca, Valladolid y Bilbao...