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miércoles, 22 de enero de 2020

Hoy invito a…




Amaneceres


Oportunidades

   Pasadas las empachosas fiestas navideñas y, una vez digerida toda aquella comida sobrante en nuestros estómagos privilegiados, nos lanzaremos como fieras enloquecidas a por las oportunidades que nos ofrecerán en grandes y seductores almacenes. Buscaremos con ansiedad esa prenda que habíamos seleccionado previamente y la conseguiremos, con suerte, a la mitad de precio. Aprovecharemos las grandes ofertas que nos ofrecen para realizar la compra de ese detalle, que nos vendrá perfecto, para el rincón que quedó solitario y vacío hace algunos años en nuestro salón. Ascenderemos penosamente la cuesta de enero con resaca, incertidumbre y cautela esperando una buena solución política a los problemas que atraviesa nuestro país.        
     Esperemos que 2020 venga cargado de maravillosas y fantásticas oportunidades y, por supuesto, que nosotros sepamos aprovecharlas y las subamos en el prodigioso tren de los sueños y de la vida.

lunes, 20 de enero de 2020

Marian Izaguirre


…me gusta
                      La felicidad como mentira
              



      Los humanos tenemos cierta inquietud por el pasado, y la memoria es una herramienta que nos hace emprender un viaje en el tiempo, ese que quizá nos obliga a buscar respuestas en nuestra vida cotidiana, o tal vez se convierta en ese intento de justificar un pasado que nos resulte más idóneo y mejor, porque la memoria es una herramienta fundamental en nuestra propia evolución, y de alguna manera nos vemos obligados a valorar esa necesidad de recordar el pasado que se verá potenciado por los vertiginosos avances y desarrollos sociales que vivimos, y a que nos somete la sociedad actualmente. El peso del pasado sigue siendo ese argumento válido y, en ocasiones, necesario para que Marian Izaguirre (Bilbao, 1951) construya sus historias, que han resultado ser una excelente propuesta literaria, como ocurre en La vida cuando era nuestra (2013) escrita con ese fervoroso sentimiento que la narradora bilbaína incorporó a una novela esencialmente sentimental, aunque al mismo tiempo se mostrará como un firme homenaje a la lectura, traducida en la historia de dos mujeres, una que poco sabe y tiene poca experiencia de la vida, y otra quizá demasiado. Entre estas miradas cómplices anda el talento literario, y aun más la sorpresa lectora que siempre nos procura la narradora; el concepto de lealtad, de entrega mutua, la deuda y el peso de un pasado que dejaba una huella indeleble, en una etapa histórica significativa, y una perfecta ambientación resumen los componentes para una historia tan intimista como la anterior, aunque en este caso con mayores perspectivas, como Izaguirre plantea en Los pasos que nos separan, (2014). Y una historia sobre mujeres, Cuando aparecen los hombres (2017), sobre cómo construimos nuestra identidad a través de los otros, sobre el peso de la culpa; un juego de espejos en el que la protagonista se construye a sí misma a través de otras dos mujeres, un viaje hacia delante y hacia atrás en el tiempo, para que Teresa, la protagonista, se mire desde el ángulo positivo que resulta, Elisabeth y, también, desde el negativo, personificado en Ángela.
          Henar, una joven acomodada de Bilbao, se enamora de Martín y toma la decisión de huir con él a Madrid; Martín, un chico humilde que sueña con ser escritor, se enamora de la chica de los vestidos bonitos, y esta decisión será el punto de partida del libro: la fuga de dos amantes que deberán sortear las adversidades que la sociedad española de los 60 les impone en su relación, porque ninguno de los dos esté dispuesto a renunciar a su amor. Deben luchar en una España represiva que, entre otras muchas cosas, apenas admite los derechos de las mujeres, pero que comienza a despertar e incorporarse a un mundo más real. Después de muchos inviernos (2019) se desarrolla en un Madrid que se abre lentamente a la modernidad, pero sus protagonistas se alejarán de sus sueños y aprenderán a ser adultos. El destino será caprichoso respecto a lo que se espera de ellos, y muy pronto, por la suerte de un destino que encamina sus vidas, se verán separados física y emocionalmente.
       Dos voces irán alternándose en el relato, y de alguna manera sostienen el peso de la narración que, Izaguirre, construye desde dos puntos de vista, sobre los mismos hechos comunes y volviendo la mirada al pasado para reconstruir un presente cercano donde se incide en esa mirada sobre el ansia de un amor pleno, incluso más allá de las distintas formas de vivirlo, y sobre la culpa y el dolor que este sentimiento conlleva, y también los malos tratos, la infidelidad y la insatisfacción personal, o la frustración, y las anheladas ganas de futuro con que ambos protagonistas proyectaban sus respectivas vidas, pero transcurrido el tiempo suficiente, Henar y Martín, han ido madurando y han cruzado el horizonte de una vida que para ellos ha transcurrido con toda su intensidad, con cierta esperanza mutua y, también, dejándose mucho en el camino, y por añadidura sufriendo una acusada crudeza en sus vivencias. Aunque Después de muchos inviernos es una novela de amor, ofrece una curiosa mezcla de novela negra porque arranca con un crimen, pero es sobre todo, una novela sobre la reciente historia de España, que la narradora bilbaína documenta como una espléndida reseña sobre el glamour de las fiestas de la alta sociedad, el ambiente de un Hollywood en su mejor momento como séptimo arte, y nos acerca al trabajo que hay detrás del diseño y la confección del vestuario, especialmente cuando se trata de ambientaciones en épocas históricas que requieren de una exhaustiva mirada, nos pasea por las grandes obras renacentistas que una inquieta Henar admira en el Museo del Prado para inspirarse en su trabajo, se adentra en las bambalinas del gran teatro bonaerense y, con un corte costumbrista, recorre el Madrid más castizo de las corralas, y el Café Gijón con el ambiente literario de sus tertulias, puesto que Martín sueña con ser escritor lo que sirve de excusa a la autora para dotar a la novela de una cierta perspectiva metaliteraria.
       El eje argumental, las tres décadas que recorremos con sus protagonistas, se concreta en el espacio temporal de dos jóvenes que se aman hasta que, transcurridos los suficientes años, ambos ha sido capaces de superar sus frustraciones y sus propios límites.







DESPUÉS DE MUCHOS INVIERNOS
Marian Izaguirre
Barcelona, Lumen, 2019

domingo, 19 de enero de 2020

Centenarios, enero


En, Enero
02 de enero de 1920, nace Isaac Asimov, novelista y divulgador científico estadounidense.
04 de enero de 1920, muere Benito Pérez Galdós, escritor español.
07 de enero de 1920, muere Vahan Terian, poeta y activista armenio.
14 de enero de 1920, nace Jean Dutourd, prosista francés.
16 de enero de 1920, nace Wei Wei, ensayista y novelista chino.
17 de enero de 1820, nace Anne Brontë, escritora británica.
18 de enero de 1920, muere Giovanni Capurro, poeta italiano.




sábado, 18 de enero de 2020

Hoy tomo café con…


Socorro Venegas

            El volumen, La memoria donde ardía, que publica, Páginas de Espuma, 2019, reúne diecinueve relatos de la mejicana Socorro Venegas, en los que la supervivencia crea una unidad temática.



       Socorro Venegas (Luis Potosí, México, 1972) es escritora y editora mexicana. Ha publicado las novelas La noche será negra y blanca (2009) y Vestido de novia (2014); los libros de cuentos Todas las islas (2002), La muerte más blanca (2000) y La risa de las azucenas (1997). Sus cuentos se han traducido al inglés y al francés, y han sido recogidos en varias antologías. Escritora residente en el Writters Room de Nueva York, becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y del Centro Mexicano de Escritores. Su columna «Modo Avión» aparece en Literal Magazine. Ha dirigido proyectos editoriales en el Fondo de Cultura Económica y la Universidad Nacional Autónoma de México. En España acaba de publicar la colección, La memoria donde ardía (2019).

¿Debemos movernos en la ambigüedad para escribir buena literatura?
       Me siento cómoda en la ambigüedad, qué difícil es vivir con certezas en un mundo al que le encanta cambiar y rompernos la cara. Creo que cada escritor encontrará sus coordenadas y obsesiones, y seguirlas hasta las últimas consecuencias es su único deber. Para mí la ambigüedad es un territorio necesario en las historias de La memoria donde ardía, donde busco sugerir más que describir con exactitud ambientes o personajes. Funciona en estos cuentos, pero en otro proyecto tal vez necesite algo distinto.

¿Busca, de alguna manera, sobrevivir con sus relatos?
       Yo aprendí la ficción, a imaginarme en otros sitios o siendo distinta a partir de una tragedia familiar. Así que la necesidad de escribir es profunda, misteriosa, como el dolor, como el azar, como todo lo que nos empuja a transformarnos para sobrevivir. Tal vez los suicidas son los grandes resistentes al cambio. Prefieren hundirse con sus banderas ondeando.

Es autora de varias colecciones de cuentos y dos novelas, ¿qué le lleva a publicar un nuevo libro de relatos?
       Había trabajado varios años en los cuentos de La memoria donde ardía. Puse el libro en pausa varias veces por distintas razones, pero el año pasado sentí que ya era poco lo que tenía que hacer. Al mismo tiempo fue también lo más difícil: decidir el orden en que los relatos se engarzarían para darle un ritmo y coherencia al libro. Y luego, la decisión no menos relevante de proponerlo a una editorial. Siempre pensé que era un libro para Páginas de Espuma. La fortuna fue que Juan Casamayor pensó igual. 

¿Los diecinueve cuentos de La memoria donde ardía (2019) ofrecen, temáticamente, un conjunto unitario?
       Podría decir que hay un tema recorriendo cada página del libro, lo formularé como una pregunta: ¿cómo diablos sobreviven los que sobreviven? Yo misma me considero una sobreviviente. Sé lo que es quedarse y atemperar el impulso de saltar por la ventana. Quería escribir sobre el dolor de la pérdida, de un ser querido pero también de lo que es perderse uno mismo, verse forzado a convertirse en alguien distinto porque la vida impone esas metamorfosis. La pérdida que es para una madre la separación de la criatura que gestaba y de pronto es tan ajena a ella: esa inesperada e incomprensible sensación. 

¿Qué perspectiva ofrece la maternidad en la sociedad mexicana para que usted escriba sobre ella?
       Es una sociedad en donde la voz de una mujer no puede escucharse para cuestionar o siquiera dudar de la bondad de la maternidad. Es una sociedad donde a las mujeres no les pertenece su cuerpo, el aborto sigue siendo penalizado en varios estados del país, nos prefieren silenciosas, quietas: muertas. En mis cuentos no es que haya una voz militante o que politice la situación de las mujeres. Mi exploración es literaria y profundiza desde otro lugar en la angustia, el dolor, el sufrimiento que puede venir con la maternidad. Se trata de romper con los tabús, con ese secreto oscuro que es, por ejemplo, la depresión posparto. Todo aquello que no puede decirse y que yo quise narrar porque es esencial escuchar la voz silenciada de las mujeres: es la perspectiva de una mitad del mundo.

¿El cuento que usted propone para sus lectores siempre conlleva la brevedad más absoluta?
       No todos los cuentos de este libro son tan breves, al menos ninguno llega a ser un microrelato. Pero quien ha seguido esta entrevista hasta aquí, podrá inferir que mis materiales literarios son duros, altamente sensibles. Trabajar a temperaturas muy altas obliga de alguna manera a pensar en historias como saetas muy finas, bien afiladas, que no se vean venir y se metan hondo en los lectores. Busco esa intensidad que tiene la brevedad y que, quizá, he aprendido como lectora de poesía.



¿Qué papel juega la memoria en su literatura?
       Pienso en la memoria como en una hermosa cicatriz. La materialización del dolor, del tiempo transcurrido. Desde ahí me gusta contar una historia, ese tiempo de la evocación, como aconsejaba Quiroga: no escribir desde la emoción, dejarla pasar y luego evocarla. Esto implica saber distanciarse de la experiencia que detona un cuento, una novela. Y en ese saber distanciarse puede surgir la literatura.

Como sus personajes, ¿usted acepta su papel en esta sociedad contemporánea, o es un simple recurso literario?
       Mis personajes no aceptan su papel en esta sociedad, lo padecen y lo subvierten. Hacen visibles las fisuras de su inconformidad. Se separan de los demás. Los niños que viven en el hospital en mi cuento “Los aposentos del aire” llevan a cabo la mayor transgresión en ese espacio: se enamoran. La mujer solitaria que espera un tren y cuenta que hace pocos días dio a luz, ha abandonado todo; también es transgresora la viuda que decide no donar las pertenencias de su marido muerto a un albergue, como todo mundo hace, sino intercambiar cada cosa que le pertenece, sus propias cosas, buscando así resignificar una memoria dolorosa. Mis personajes se salen de los márgenes socialmente impuestos: es su manera de sobrevivir, su pequeña revancha en un mundo abrumador. Es una de las mejores posibilidades de la literatura: imaginarnos distintos y que el mundo también puede ser distinto.

En sus relatos hay un fondo de realidad más absoluta, ¿se siente usted cercana a una atmósfera realista para contar sus historias?
       A veces parto de una anécdota que puede venir de mi experiencia personal, pero es inevitable (y no hay por qué evitarlo) que la ficción gane terreno. En ese sentido, no soy nada realista. En mis cuentos el registro realista se diluye por la fuerza de la mirada de los personajes, por sus actos, por todo lo que la imaginación hace posible. El cuento “Como flores” narra la llegada inexplicable de un grupo de niños ciegos a una escuela, nunca sabremos por qué están ahí, lo que importa es qué harán los otros niños con los invasores. A fin de cuentas, la realidad también puede ser muy extraña.

Un cuento como “Los aposentos del aire” es, extremadamente, duro, ¿la enfermedad infantil resulta útil para un buen relato?
       Cualquier tema es útil para un relato, siempre que atraiga al escritor primero. Si un tema no me obsesiona, si no me parece fascinante a mí, no podré hacer que le interese a los lectores. Por otro lado, elegir un tema como la vida de los niños enfermos tiene la dificultad de ponerte en el límite de la compasión o la condescendencia. Es indispensable vigilar el proceso de escritura, ser fiel a la historia y a sus personajes, evitar la tentación de imponer un final feliz sólo para complacer.

La crítica habla de “una prosa teñida de lirismo” para definir su literatura; ¿cuánto hay de verdad en esta afirmación?
       Me parece una crítica acertada. En mi prosa hay un trabajo con el lenguaje que viene de mi lectura de poesía. Confío en el lenguaje poético para expresar las más profundas emociones humanas.

La soledad no esta reñida con la infancia, la maternidad o el alcoholismo de sus cuentos o ¿tal vez forma parte de estos mundos?
       Es la manera como se atraviesa o se vive la soledad lo que me interesa. Los niños no viven en un mundo distinto a éste en el que tenemos puestos los pies nosotros mismos. Si pensamos de una manera idílica en la infancia no veremos que el mundo de los niños puede ser más complejo de lo que parece. En lo que escribo hay personajes viviendo infancias solitarias, duras, y al mismo tiempo sobreviviendo con una luz muy poderosa dentro de ellos.

Una vez escrito y publicado La memoria donde ardía, ¿se ha desprendido usted de esa orfandad que desprenden sus historias?
       No lo sé. Creo que una obsesión es inagotable cuando se le alimenta. Eso me pasa a mí. Sigo explorando, no para repetir, sino para encontrar ángulos que no he visto. Escribiré sobre lo que sienta que es necesario contar.

Y para terminar, ¿qué supone para una narradora mexicana publicar en España?   
       Cuando envié el libro a Páginas de Espuma pensaba en su catálogo, en las búsquedas de autores con los que tengo profunda afinidad. Sentí que mi libro podía pertenecer a esa constelación. No pensaba tanto en la plataforma que es para un escritor latinoamericano publicar en España, pero es cierto que le ha dado una proyección a mi trabajo. Estoy sorprendida y muy agradecida por el interés y generosidad de la prensa española.

jueves, 16 de enero de 2020

José Ovejero


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                                   Dibujo de una realidad    
                

                                           

       José Ovejero (Madrid, 1958) ofrece con su literatura una mirada nada complaciente con la sociedad que le ha tocado vivir, una visión tan compleja como irónica que se traduce en un minucioso análisis de los problemas que atañen al individuo tanto en su ámbito particular como colectivo. Buen muestra de ello leíamos en sus últimas propuestas, Las vidas ajenas (2005), el fenómeno de la inmigración y sus problemas de integración; Nunca pasa nada (2007) está protagonizada por la joven ecuatoriana Olivia; La invención del amor (2013) es una truculenta ficción a la que se irán sumando una variedad de personajes que configurarán una peculiar y compleja visión de la conflictividad psicológica humana; Los ángeles feroces (2015) muestra un mundo que parece a punto de desmoronarse, donde tiene que sobrevivir Alegría, una joven cuya sangre es particularmente valiosa, y en La seducción (2017) la realidad es tan resbaladiza como la ficción, nada es lo que parece y todos ocultamos quiénes somos de verdad. En su propuesta más reciente, Insurrección (2019), la carga dramática resulta más intensa y sus personajes sobreviven a una peculiar y profunda conflictividad psicológica que va más allá de sus posibilidades como sujetos: una maltrecha relación paternofilial que Ovejero establece entre Aitor, un conformista que sufre en la madurez de su profesión los desmanes de un sistema laboral cada vez más injusto, y Ana, su hija, una joven idealista que, incapaz de soportar el mundo que le tocará vivir, huye a una comuna okupa desde donde planea reformar la sociedad.
       El escenario donde se desarrolla Insurrección es un Madrid de hoy, en el barrio de Lavapiés, la zona que funciona como epicentro de los movimientos sociales de la ciudad, y sigue a su protagonista, que se esfuerza por vivir en una comunidad enfrentada al sistema con todas sus implicaciones, con los graves conflictos que dibujan el día a día de una gran ciudad, y se centra, casi exclusivamente, en jóvenes que se han recluido en El Agujero, un Centro Social Okupado; son personajes controvertidos a donde ha ido a parar la joven Ana, tan escéptica como deslumbrada por lo que allí se encuentra; por otro lado, el mundo empresarial, representado por la emisora en la que trabaja Aitor y los problemas que se derivan de las injusticias laborales y un ERE que dejará a la mitad de la plantilla en la calle, no se siente culpable del despido de su compañera, pero él se beneficia de la situación. 
       La doble perspectiva elegida por Ovejero, dará pie a unas cuantas anécdotas entrecruzadas: la forma de vida de los okupas, la arbitrariedad patronal o la fractura de las relaciones familiares. Y a ello se añaden algunos otros conflictos dispersos: los desahucios, el precario modo de vida o la marginalidad, la irresponsabilidad de los medios de comunicación, partidistas y sectarios, manipulando una visión parcial de una sociedad mucho más compleja.
       El escritor Ovejero ofrece un dibujo de una realidad de nuestros días que visualiza una problemática colectiva y sus aspectos más negativos, consigue el catálogo de unas circunstancias adversas y las evidencia creando una nómina de personajes a quienes la vida zarandea, andan perdidos en una realidad que no saben afrontar, el detective contratado por los padres de Ana representa la falta absoluta de ética, y los jóvenes okupas, hijos de clase media, se sublevan contra el sistema capitalista, reivindican la libertad desde una visión instintiva e, incluso, llevan a cabo acciones subversivas para liquidar el orden burgués. La novela intenta mostrar su visión de una dual realidad: la sumisión apática y la insurrección que subraya el título; o mejor el conformismo realista y el idealismo utópico.
       Esta espiral de historias, anclada en un sólido argumento, se sustenta por la caracterización psicológica de unos personajes que Ovejero nos va presentando y que muestran sus dotes de buen observador cuando hace retratos individuales sólidos y atractivos de caracteres diversos de cada uno de los jóvenes, con rasgos propios que oscilan entre el fanatismo y la ternura; ese evidente rencor acumulado en las parejas; y el retrato de los desalmados ejecutivos, sin escrúpulos ni corazón, puesto que la perspectiva temática demanda una estructura exigente; lo más curioso de esta radiografía colectiva, es esa falta de expectativas de mucha gente que anda por ahí, sobre todo desde la visión en perspectiva de los jóvenes, que sienten por primera vez que van a vivir peor que sus padres, y se dan por satisfechos porque es lo que hay, cuando les han asegurado, además, que este es el sistema. El conflicto se plantea desde una perspectiva generacional, una que defiende ser realista, asume que el mundo es como es, se adapta y defiende su papel; la ruptura con este sistema se asocia con la juventud, recrimina a los mayores que aceptan su papel en la construcción de un mundo que han recibido como herencia y se enorgullecen de él; los jóvenes lo rechazan por no estar bien en él, por sentirlo hostil, y consideran que la aceptación del sistema está asociado con la madurez.
       Ovejero, en definitiva, formula con su novela una urgencia testimonial que se interpreta como un auténtico documento y evidencia esa denuncia que se viste con el mejor ropaje literario contemporáneo, reflexiona a la hora de actuar sobre el sistema, sobre la legitimidad de la violencia y sus límites.









Insurrección
José Ovejero
Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2019.