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sábado, 11 de julio de 2020

Sabías que...





                                                                                  ... mañana

jueves, 9 de julio de 2020

Elisa Ferrer


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                            La punzada de la infancia
      

·        Temporada de avispas, de Elisa Ferrer, arranca cuando la protagonista recibe una llamada: su verdadero padre, del que perdió el rastro, está en la UCI 

·        El recuerdo de la niñez convive con el de una adolescencia difícil y un desafortunado presente, como consecuencia de una vida de zozobras



      

          Las manías se convierten en esas costumbres y conductas que se repiten a menudo a lo largo de la infancia, y ayudan al niño a controlar algunos acontecimientos y sucesos externos, aunque a medida que este va creciendo estas rutinas suelen mantenerse y se refuerzan, otras desaparecen ya que las manías que duran demasiado tiempo, o se intensifican, pueden empezar a interferir en su vida diaria normal, convertirse en obsesiones que se traducen en ideas o pensamientos repetitivos, inquietantes, desagradables, nunca deseados, y surgen reiteradamente de forma incontrolable en su mente, causándole un temor persistente y, por añadidura, un alto grado de ansiedad. Las conductas obsesivo-compulsivas pueden manifestarse en cualquier edad, y se prolongan incluso en la época adulta.
       El argumento de Temporada de avispas (2019), de Elisa Ferrer (L´Alcudia de Crespins, Valencia, 1983), comienza cuando la protagonista, Nuria, que trabaja de dibujante en una revista satírica, se queda sin empleo a causa de los recortes de la empresa, pero casi al mismo tiempo una llamada telefónica le comunica que su verdadero padre, del que ella y su hermano Raúl perdieron el rastro hace años, está muy enfermo e ingresado en la UCI. Vuelve entonces a la memoria de la joven una infancia luminosa con él, los encontronazos con su madre, y sobre todo su miedo a las avispas, un terror que Nuria conjura dibujándolas obsesivamente. Las vivencias emergen con fuerza, y surge el contraste con su vida presente, insegura y precaria, al tiempo que la protagonista irá descubriendo por fin la historia oculta de su progenitor, los motivos por los que este abandonó a la familia, y a lo largo del relato aún intentará darse una segunda oportunidad cuando plante cara a los últimos avisperos del jardín.
       La narradora protagonista Nuria revisa su vida desde la niñez, convive con el complejo recuerdo de una adolescencia difícil y un desafortunado presente como consecuencia de una vida de zozobras personales y profesionales. Solo una circunstancia funciona como ese eficaz elemento de intriga hasta el final de la historia y estimulará el recuerdo de los más diversos episodios de su vida, una inesperada noticia, un desconcertante aviso que enlazará dos aspectos que relacionan la vida de la joven, su infancia y su extraño concepto de familia. Este y no otro será el motivo para que Elisa Ferrer explore ese territorio de la experiencia infantil, un episodio vital tan delicado como complejo, así que la narradora valenciana utilizará toda una conjunción de anécdotas concretas vividas que condicionarán su futuro como persona adulta, no siempre con los resultados esperados. Descifra, y enriquece su relato, con muchos momentos de especial relevancia, los escasos recuerdos felices con el padre, los continuos enfrentamientos con la madre, su relación fallida con Juan, frecuentes desencuentros, pese a estar muy unidos, con el hermano, la aparición en la familia de Javier “un señor”, sustituto del padre, y ese no menos curioso encuentro con Laura, todo un auténtico entramado narrativo que sostiene la historia que nos pretende contar Elisa Ferrer. Sobresalen, porque se cuantifican, los hechos del ensimismamiento de una niña cavilosa que, en su soledad, se aficiona a la lectura y al dibujo, y vuelca su arte sobre todo dejando por todos lados diminutas avispas en las más disparatadas situaciones, y ese vacío infantil lo compensará viviendo un mundo paralelo en los cómics, sobre todo en el héroe de Batman, figura redentora que le lleva a inventarse su propia superheroína. Las oscuras asechanzas virtuales de la vida tienen correspondencia en el mundo real con su exagerado miedo a las avispas, que iremos descubriendo exorciza dibujándolas de mil formas y en otras tantas situaciones.
       Nuria ha convivido a lo largo de su vida con cierta inestabilidad emocional, sustentada con toda una suerte de mentiras porque conoceremos los engaños del padre, incluso de la madre que, en cierto modo, traumatizarán a sus dos hijos, y tanta profusión de lío familiar con una hermana ignorada, una pareja del padre desconocida, un progenitor embustero con una larga lista de amantes y vida paralela, supondrá un duro aprendizaje de la incómoda vida que provoca el dolor y el desequilibrio mental en la joven; y por supuesto, genera esa rabia en el personaje que el lector percibirá a lo largo de las páginas de esta novela.
       Una suerte de intimismo medido alterna en Temporada de avispas que la narradora Ferrer complementa con toda una sucesiva batería de aspectos humanos tan curiosos como anecdóticos, las polémicas con el hermano, los tensos encuentros con la recién conocida hermanastra y las relajantes o tormentosas relaciones con los amigos y compañeros de la revista cuando se van de copas y que añaden una sólida base argumental a un relato que, desde el punto de vista psicológico, resulta lo suficientemente animado para invitarnos a ir pasando sus páginas y terminar el libro.
       Elisa Ferrer, tremendamente cautelosa, plantea una estructura narrativa que no ofrece complicaciones técnicas porque el relato se desarrolla de una forma lineal, aunque eso sí vuelve una y otra vez a un pasado con la misma sensación de naturalidad; la prosa tan precisa como concreta favorece la veracidad de una narradora que calcula sus posibilidades con el lenguaje, sobre todo porque la suya es una primera y acertada incursión en el género novela, aunque sus intenciones vayan mucho más allá y la historia quedará redonda con el añadido de un curioso simbolismo, las avispas, insecto himenóptero de tamaño moderado, que suma algo de misterio, o quizá una dimensión trascendente a lo que pudiera parecernos la estampa de una atormentada infancia, y una no menos insegura primera madurez.









TEMPORADA DE AVISPAS
Elisa Ferrer
Premio Tusquets Editores de Novela 
Barcelona, Tusquets, 2029

miércoles, 8 de julio de 2020

Adiós a...


      Ennio Morricone fue un compositor y director de orquesta italiano conocido por haber compuesto la banda sonora de más de quinientas películas y series de televisión.
       10 de noviembre de 1928, Roma, Italia
               6 de julio de 2020, Roma, Italia



martes, 7 de julio de 2020

Alberto Marcos



                                 Territorio de emociones
      
                     
  
                   

       Alberto Marcos (Madrid, 1977) es autor de La vida en obras (2013), un primer libro de cuentos, que estructuraba su contenido en tres partes como esas etapas sucesivas en la vida del ser humano: la adolescencia, y sus traumas, la juventud, o esa relativa búsqueda de una identidad, y la madurez, como el espacio de ciertos logros, aunque para muchos de sus protagonistas, con cierta conciencia de ser diferentes, las acciones que se pueden acometer en un instante repercuten sensiblemente en esa construcción de identidad.
       La segunda entrega del madrileño, Hombres de verdad (2020), una nueva colección de nueve relatos, afronta la condición masculina desde una perspectiva valiente y decidida, interpreta esa transformación social e individual que vive nuestra sociedad, sin que una moralidad expresa, o una visión alienante condicionen una visión particular o incluso nuestra lectura. Se trata de una reflexión personal que nos enfrenta a nuestros propios retratos, y pretende que miremos a nuestro alrededor, y nos reconozcamos con los ojos de la honestidad y sin temor alguno. Quizá por todo esto, para Alberto Marcos los protagonistas de sus relatos son sensibles e imperfectos, y se convierten en la imagen que se refleja en un espejo como símbolo de múltiples inseguridades, no menos paradojas y muchas de las contradicciones que atormentan a esos solitarios de este siglo XXI. Los hombres que nos presenta Marcos se enfrentan a sus propias dudas, a sus incertidumbres, a su papel o lugar en la sociedad, y el narrador subraya esa fragilidad que se intensifica por el hecho de que son homosexuales y por consiguiente serán hombres que, más allá de sus historias personales, albergan preguntas acerca de cómo han visto cambiar sus vidas, sus maneras de ser, sus hábitos más comunes, o su forma de relacionarse con sus semejantes
       El escenario que propone el narrador es un Madrid callejero muy variado cuyos personajes se mueven sin problemas entre conocidos barrios, como Prosperidad y Plaza de España, ese espacio canalla que fue Malasaña o el sofisticado y peculiar distrito de Salamanca, donde muchos de estos hombres de verdad se han abandonado a una extraña fe que les obliga a seguir ocultando papeles esenciales en sus relaciones amorosas porque lo esencial en estas historias es que Marcos cuestiona el concepto mismo de masculinidad en unos tiempos de relativa certidumbre, y lo mejor es que ha sabido caracterizar su narrativa breve con tanto humor como sensibilidad, o si apuramos con el mismo desencanto que ternura. Los relatos protagonizados por homosexuales ofrecen una genuina búsqueda del amor y de la pareja, reflejada en una evidente evolución personal tan dramática como sentimental desde los escarceos del primer cuento, “Pekeño”, un joven de dieciocho años con un pasado tan corto como destructivo hasta el hombre de sesenta que busca citas con jóvenes por el mero hecho de estar en compañía de ellos cuando comprende que “la vejez está para aceptar que hemos perdido la batalla”, como leemos en “Lo que necesitaba”, pasando por el extraño viaje de la pareja con sus respectivas madres de “Peticiones a la Virgen de Fátima”, el más extenso y significativo que caracteriza a toda una generación de adolescentes y esa oblicuidad religiosa en “Vagalume”, el no menos curioso, enigmático y sorprendente, “El chico de la piscina” o el relato que acaba concluyendo que viviríamos mejor sin sexo en “Disfunción eréctil”. Sobresale el estremecedor retrato sobre Iván Zulueta perdido entre los fantasmas de su infancia y su talento, incapaz de rodar una nueva película tras su mítico Arrebato (1979), como se cuenta en “Colgado en plena pausa”.
       La profundidad de estos cuentos invitan a disfrutar de unas historias contadas con un ritmo apropiado, de acertada originalidad, los diálogos son auténticos, y subyace una vena irónica y humorística, aunque lo mejor es que convivimos con unos personajes pegados a la realidad que se cuenta en estas historias, y que el narrador aborda desde diferentes técnicas narrativas, una visión protagonista propia y particular, o esa otra periodística y documental que nos desvela la realidad misma.







HOMBRES DE VERDAD
Alberto Marcos
Madrid, Páginas de Espuma, 2020

domingo, 5 de julio de 2020

Desayuno con diamantes, 151


               SONRÍE, SUEÑA Y HAZ EL AMOR EN LA HABANA  


       La vocación social de la novela cubana resulta una absoluta verdad y explica las peculiaridades que asume el género en el proceso creativo de la isla. La experiencia narrativa de las últimas décadas revela que la evolución de la narrativa cubana a lo largo de los siglos XX y XXI entrañaría esa búsqueda que defina un discurso propio, un paisaje y una ambientación distinta, esa pesquisa ontológica ante nuevas dimensiones estructurales que diversifique temas y modos expresivos. El cambio que se iniciaba en 1959 abriría nuevas expectativas a la evolución de la literatura cubana, un proyecto que transformaría la realidad socioeconómica, política y ética del país, recuperará esa identidad mutilada durante décadas por la dictadura de Fulgencio Batista, y anunciaba el desarrollo de un nuevo proyecto: el modelo revolucionario. Desde los primeros años de los sesenta, el discurso narrativo afronta el desafío estético que resulta de la tensión entre una perspectiva innovadora y la adopción de formas que garanticen la renovación del lenguaje. Uno de los fenómenos de mayor interés de la segunda mitad de esta década reside en la diversificación que registra el género, la aparición de nuevos proyectos armónicos que rebasen las necesidades expresivas nacionales.



       La década del sesenta traerá a la novelística cubana un crecimiento cuantitativo y modalidades genéricas antes inexistentes, un campo ideotemático que provoca la explora­ción desde diversos ángulos que se concreta en el reconocimiento del paisaje y el hombre, la modelación literaria del perfil psicosocial y cultural cubano a través de su historia, o se imbrica con la conciencia de identidad adquiridas, y se correlaciona con el proyecto de transformación de fondo de la sociedad. Será en los setenta cuando algunas obras conciban su mundo tomando en cuenta las peculiaridades y contradicciones de la realización práctica del mismo, se incorporan facetas del presente, el discurso altera su registro, y se produce una disonan­cia, entonces la novelística cubana del setenta y del ochenta muestra tal diversidad de proyecciones que permite vislumbrar una nueva etapa de cristalizaciones con fondo social y humano, y la reactivación de las formas como base de todo el proceso. Sin embargo, en los noventa, tras una larga etapa especial de paz en la isla, se produce un período de crisis económica como resultado del colapso de la Unión Soviética en 1991 y el recrudecimiento del embargo norteamericano desde 1992. La depresión económica fue especialmente severa a comienzos y mediados de los 90, se definió por restricciones en hidrocarburos: gasolina, diésel y combustibles, derivados que Cuba obtenía de sus relaciones económicas con la Unión Soviética. Este período transformó la sociedad cubana y su economía, y llevó a la isla a urgentes reformas en la agricultura, disminución en el uso de automóviles, y obligó a acondicionamientos en la industria, la salud y el racionamiento de alimentos. Fue una época de innovación y de creatividad para sobrevivir, etapa en la que el humor se convirtió en el reflejo más fiel de la capacidad de regeneración de los isleños. La joven Karla Suárez (La Habana, 1969) había publicado un primer cuento, “Aniversario” en 1994, y una colección de relatos, Espuma, en 1999. Consciente de la situación de su país convierte el Período Especial en ficción, y ofrece un singular retrato en Habana año cero. Se trata de un relato sobre aquellos años de hambruna, devastados por la desesperanza, una auténtica lección de vida sobre el hecho de buscar lo mejor en cada extraña y violenta situación que, en esta ocasión, viven los personajes creados por la narradora habanera.  
       La sombra de la depresión cubana nos devuelve aquella memoria ahora cuando la editorial española, Comba, recupera la premiada Habana año cero (2019). Cuenta los convulsos años 90, cuando en la Habana se vivía en una sucesión de minutos que no iban a ninguna parte, y cinco personajes: dos matemáticos frustrados, un escritor decadente, una periodista italiana fascinada por el caribe insular y un galán en declive, cifran sus esperanzas en el hallazgo de un documento histórico que les puede cambiar la vida. El documento probaría que el italiano Antonio Meucci confeccionó un prototipo de teléfono mientras trabajaba en el Gran Teatro Tacón, allá por 1835, años antes que Graham Bell patentara el invento. Los protagonistas se aferran a situaciones absurdas, manipulan y destruyen alianzas en función de sus intereses particulares, y el relato avanza a modo de intriga, la incertidumbre sobre quién realmente posee el manuscrito levita sobre toda la novela, y sus personajes articulan una red de subterfugios y pistas falsas que les permitan ganar ventaja sobre los otros. El interés científico, llevado a un segundo plano ante la falta de opciones y la necesidad de sobrevivir, desencadenará un caos donde se constata el malestar de la sociedad, y se destaca la sensación de estancamiento que se experimenta de forma individual.
       La narradora-protagonista, autonombrada como Julia, incómoda con su trabajo como profesora en el Instituto Superior Politécnico, define su lugar en la trama así, “estábamos buscando un papel que alguien había visto. Y ya sé que no tiene tanta importancia saber quién inventó el teléfono, ni tener un papel que lo demuestre, pero dame una situación de crisis y te diré de que ilusión vas a agarrarte”; en realidad, para todos era el año cero. El desosiego de Julia, y el resto de implicados que se sumarán a esta búsqueda con ribetes tanto de misterio como de comedia de enredo, es una historia donde la existencia cubana transpira un aroma y vigor únicos que, a lo largo de sus páginas, se convierte en una fantasía tropical alegre y brillantemente contada, con escenas de un erotismo calculado y elegante bajo el calor habanero, mientras los personajes sueñan y hacen el amor, porque al hilo de la investigación se propicia un triángulo amoroso entre Ángel, Lorenzo y la narradora, aunque sus sueños queden desmontados porque el Congreso de los Estados Unidos aprobará una resolución donde se reconoce a Meucci como el inventor del teléfono, y rotas las expectativas los personajes volverán a sus rutinas porque los documentos originales se traducen como la más satírica burla a los ingenuos, y porque Suárez escenifica una sociedad desgastada donde todos se aferran a lo único que no cuesta miles de fatigas: sonreír, hacer el amor y soñar. Los hechos se repiten, de alguna manera, en la Historia reciente, la primera vez como una tragedia, y la segunda como una inevitable farsa. Pedro M. DOMENE

Karla Suárez, Habana año cero; Barcelona, Comba, 2019.