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jueves, 21 de febrero de 2019

A través de las Españas


Córdoba


       Pasamos por el puente de Alcolea, en el que en 1868 acabó la comedia de los generales con la reina Isabel. Finalmente entre los cactus, los naranjos y las palmeras, aparece Córdoba, la antigua Córdoba de los moros. Todo aquí es mármol del recuerdo; los romanos cedieron el si­tio a los moros, quienes construyeron setecientas mezqui­tas; más tarde los cristianos construyeron en esos mismos monumentos cientos de conventos que aún existen hoy en día. Si los hombres de esas épocas hubieran desplegado la mitad de actividad en construir vías de comunicación, las llanuras del sur de España enriquecerían al país en­tero. Desgraciadamente no se puede rehacer la historia. La mezquita de Abderramán aún se mantiene en pie con sus ochocientas columnas de pórfido, de mármol, de ala­bastro, de piedra verde o violeta, en las que se pierde la imaginación al contemplar esta gigantesca obra maestra. En el patio podemos ver las grandes fuentes y aljibes donde venían a hacer sus abluciones los califas de África; allí bajo los naranjos en flor, se dignaban reposarse un instante en esta región conquistada por una de esas fortunas ines­peradas y raras en la historia de los pueblos. En el interior han añadido un órgano, un coro, y el antiguo templo de Mahoma está consagrado hoy al culto cristiano. A la entra­da misma de la iglesia puede verse una hornacina en la que durante treinta años un pobre desgraciado cristiano vivió prisionero, gravó con sus uñas una cruz en la piedra; todo esto puede aún verse hoy día. Cuando se fueron, los moros se llevaron con ellos muchos secretos, porque todavía hoy se busca en las sierras de los alrededores dónde podrían hallarse las canteras que proporcionaban a los conquista­dores el pórfido y el mármol. Esfuerzo inútil, ya que nada se ha encontrado.
       Nos hallamos en plena Andalucía, en esta bella región tan risueña y tan fértil, que según la musa popular, si le hacemos cosquillas con un rastrillo, nos responde con una cosecha. Los rosales en flor, los naranjos que perfuman el aire, las cigüeñas se pasean por los campos, enormes aloes crecen aquí y allí en grupos, las alondras vuelan por el cie­lo cantando su alegre canción, la codorniz repite a lo lejos su reclamo, grupos de campesinos en chalecos rojos tra­bajan la tierra con la azada y saludan al tren con la mano; vemos a continuación bajo los grandes árboles, rebaños de toros destinados a la lidia en las corridas, que contemplan con curiosidad el paso del tren, que también a ellos habrá de transportarlos un día. Jacintos, narcisos, se acumulan en los matorrales alrededor de los raíles del ferrocarril, bordeados como de arriates de flores, y en las estaciones recoletas, las filas de carretillas vuelcan sobre el andén montones de naranjas doradas. Las muchachas que vienen a contemplar el paso del único tren que hay durante todo el día, llevan la cabeza adornada de flores, de camelias, de rosas amarillas, de racimos de jacintos, de muguetes o ra­mas de camelias, o incluso clemátides azules.
pp. 158-159.









A través de las Españas; Auguste Meylan; Introducción, traducción y notas de Máximo Higuera Molero; Madrid, Trifaldi, 2018;

miércoles, 20 de febrero de 2019

Hoy invito a...


Julio Cortázar
       "Un cuentista es un hombre que de pronto, rodeado de
la inmensa algarabía del mundo, comprometido en mayor o en menor grado con la realidad histórica que lo contiene, escoge un determinado tema y hace con él un cuento. Este escoger un tema no tan es sencillo. A veces el cuentista escoge, y otras veces siente como si el tema se le impusiera irresistiblemente, lo empujara a escribirlo.
       En mi caso, la gran mayoría de mis cuentos fueron escritos —cómo decirlo— al margen de mi voluntad, por encima o por debajo de mi consciencia razonante, como si yo no fuera más que un médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza ajena. Pero eso, que puede depender del temperamento de
cada uno, no altera el hecho esencial, y es que en un momento dado hay tema, ya sea inventado o escogido voluntariamente, o extrañamente impuesto desde un plano donde nada es definible.
       Hay tema, repito, y ese tema va a volverse cuento. Antes que ello ocurra, ¿qué podemos decir del tema en sí? ¿Por qué ese tema y no otro? ¿Qué razones mueven consciente o inconscientemente al cuentista a escoger un determinado tema?
A mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema deba de ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. 


       Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotan virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía consciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia. O bien, para ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema tiene algo de sistema atómico, de núcleo en torno al cual giran los electrones; y todo eso, al fin y al cabo, ¿no es ya como una proposición de vida, una dinámica que nos insta a salir de nosotros mismos y a entrar en un sistema de relaciones más complejo y hermosos? Muchas veces me he preguntado cuál es la virtud de ciertos cuentos inolvidables. En el momento los leímos junto con muchos otros, que incluso podían ser de los mismos autores. Y he aquí que los años han pasado, y hemos vivido y olvidado tanto. Pero esos pequeños, insignificantes cuentos, esos granos de arena en el inmenso mar de la literatura, siguen ahí, latiendo en nosotros. ¿No es verdad que cada uno tiene su colección de cuentos? [...] Piensen en los cuentos que no han podido olvidar y verán que todos ellos tienen la misma característica: son aglutinantes de una realidad infinitamente más basta que la de su mera anécdota, y por eso han influido en nosotros con una fuerza que no haría sospechar la modestia de su contenido aparente, la brevedad de su texto.
       Y ese hombre que en un determinado momento elige un tema y hace con él un cuento será un gran cuentista si su elección contiene -a veces sin que él lo sepa conscientemente- esa fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana. Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá en nosotros, dará su sombra en nuestra memoria"
                
           [Julio Cortázar, que nos dejó hace 35 años, en nuestra memoria].

martes, 19 de febrero de 2019

Mónica Collado


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AMORES PROHIBIDOS

Foto Fernando Carrasco

       Mónica Collado (Villanueva de las Torres, Granada, 1980) debutó en narrativa con Palabra de sal (2015), que obtuvo el XIX Premio de Novela Vargas Llosa. Una estampa de la España rural de los ochenta con sus diferencias de clases, una narración convertida en cruce de caminos errantes, y una curiosa confluencia de personas, cuyo dolor y sufrimiento, propiciaba un punto de encuentro entre lo efímero y lo divino. Su nueva novela, Amor doncella sierva (2018) muestra un texto poético, un poema desprovisto del marcado énfasis lírico, aunque la narradora consigue una singular voz natural que nos sumerge en la atmósfera que nos recuerda a los cuentos de Las mil y una noches.
       Adifa, la protagonista, vive en la casa familiar, tiene varios hermanos, pero establece una relación peculiar con Baruj, su protector y maestro. Juntos van a la escuela, escuchan la sabiduría de los sacerdotes, y se asoman a un mundo muy masculino, quizá por eso Baruj teme que cuando a Adifa le despunten los pechos, y se convierta en mujer, la descubran; el hermano, abocado al sacerdocio, le ha enseñado a leer, y eso la llevará a descubrir unos pergaminos trazados por la mano paterna, guardados en su covacha como tesoro en un santuario, y en los que se revela la hermosura de la poesía y el extraño sentimiento del amor que la acompañará el resto de su vida. Con Adifa recorremos su niñez, el paisaje agreste vivido, su relación con las esclavas y quehaceres domésticos, callada en su prudencia es tratada como pieza de ganado, o una carga frente a la criatura sensible que esconde tras su dulce rostro. Su vida transita en una pequeña comunidad familiar regida por el hombre, donde la mujer nada puede decidir, ni siquiera en el terreno del amor. Su padre es taciturno y serio, no provoca confianza sino miedo hasta que un día decide vender a su hija por una insignificante dote al viudo Raveh, quien pronto descubrirá la esterilidad de su joven esposa, aunque a través de Yla consiga parir dos hijos ajenos. Entonces descubrirá el milagro de la pasión amorosa, íntima y sexual, en la figura de un joven pastor, solo así consigue sobrevivir con el don de la palabra porque Adifa tiene un sueño y la gracia de la escritura lo alimenta. Adora las palabras, son su vínculo más poderoso con la realidad, y sin apenas darse cuenta inicia la redacción de un poema, porque en su angustia vital, ella juega con el arte de la escritura.
       La narradora reivindica una historia feminista que sitúa en las áridas llanuras orientales, sentimos los aromas y las fragancias, los detalles de una vida, aunque quizá lo que ha movido realmente a Mónica Collado a escribir su novela sea desarrollar una hipótesis sobre la atribución del Cantar de los Cantares a una mano femenina, un texto demasiado carnal para formar parte del Libro Sagrado, interpretado metafóricamente como un encuentro místico entre Dios y su pueblo, y fue a Salomón, rey sabio, a quien se le concedió su autoría por pura tradición, mientras Collado se la confiere a Adifa, “la favorita de mi corazón”.









AMOR DONCELLA SIERVA
Mónica Collado
Zaragoza, Limbo Errante Editorial, 2018

domingo, 17 de febrero de 2019

Beguinas viajeras...


Córdoba, Librería Luque.

Madrid.

Huércal Overa, Biblioteca y Club de Lectura.

Belalcázar, Córdoba.

Hinojosa del Duque, Córdoba.

Pulpí, Almería. Feria del Libro.

sábado, 16 de febrero de 2019

Hoy tomo café con…


José Antonio Sáez

        Su poemario, En la otra ladera (2018) indaga en la conciencia y la dimensión espiritual del hombre.




        José Antonio Sáez Fernández (1957, Albox, Almería). Ha sido profesor de Lengua y Literatura Españolas, poeta, narrador y ensayista. Ha publicado los siguientes títulos de poesía: Vulnerado arcángel (1983), La visión de Arena (1987 y 1988, 2ª ed.), Árbol de iluminados (1991), Las aves que se fueron (1995), Libro del desvalimiento (1997), Liturgia para desposeídos (2001), La Edad de la Ceniza (2003), Lugar de toda ausencia (2005), Las Capitulaciones (2007), Limaria y otros poemas de una nueva Arcadia (2008) y Gozos de Nuestra Señora del Saliente (2010). Estudioso de la obra de Miguel Hernández y Gabriel Sijé ha publicado numerosas monografías en revistas especializadas. Es autor de plaquettes y opúsculos poéticos, Certidumbre efímera (2004), Valle sin Aurora (2005) y Diván de los amantes (2007), así como de la novela corta Virginia Woolf no pudo amarme (1983).
        En la otra ladera (CatorceBis, 2018) es su último poemario publicado, y un auténtico ejercicio lírico en prosa que lleva al poeta a un auténtico estado espiritual y estético con el único propósito de encontrar la poesía verdadera que logra esa simbiosis comunicativa entre las emociones y los sentimientos; meditaciones, reflexiones, la búsqueda de una belleza depurada que constate la sencillez y la contención expresiva del mejor verso del poeta almeriense.

¿Treinta y cinco años después se sigue poniendo el mismo tesón en un libro nuevo?
        A mi entender, con el paso del tiempo se es más exigente con uno mismo y con lo que escribes en cada nuevo libro que, necesariamente, ha de añadir algo novedoso a lo ya dicho, provocado por la experiencia existencial y el aprendizaje literario acumulados. Hablamos de un proceso de maduración vital y artística que no se consigue sino a base de acumular experiencia, de vivir, y de un continuo aprendizaje, los cuales exigen una carga de constancia, voluntad y humildad considerables. En poesía, como en casi todo en la vida, siempre se ha de estar en disposición de aprender y de merecer, en este caso, la lucidez necesaria que permita decir, introduciendo el dedo en la llaga.

Sus primeros libros poéticos, Vulnerado arcángel (1983), La visión de arena (1987) o Árbol de iluminados (1991) ¿fueron una tentativa de encontrar una auténtica voz poética?
        En mis primeros libros, cuyos títulos has citado oportunamente, el problema fundamental estriba en la búsqueda de unas señas de identidad, en unos referentes culturales e históricos que se nos habían entregado sesgados y manipulados, tema que yo estimaba y sentía entonces como crucial. Salíamos de una etapa de nuestra historia, el postfranquismo, en que esas señas de identidad eran tan menguadas que casi no existían y había que reconstruirlas por silenciadas. Teníamos que saber quiénes éramos en realidad, porque sentíamos que se nos había burlado nuestro pasado. Era como si saliésemos de una larga noche oscura, donde casi todo se había borrado y era necesario saber qué había tras el muro para echarnos a andar y saber a dónde queríamos dirigirnos. Así ocurre en Vulnerado arcángel (1983) con las señas de identidad personales y culturales, porque ya en La visión de arena (1987), la cuestión se centra en las históricas y geográficas del entorno territorial más próximo; para acabar en Árbol de iluminados (1991) con los referentes literarios, especialmente líricos, que me habían proporcionado una forma de ver y entender el mundo, desde los más lejanos a los más próximos. Todo estaba por redescubrir y esa tarea me llevó al menos estos tres primeros libros y casi quince años de mi vida.

¿Nuestra sociedad vive exclusivamente de la palabra y de su valor implícito?
        No, no creo que sea así. Las palabras son esenciales en la vida de los seres humanos porque a través de ellas ponemos en conocimiento de los demás nuestros pensamientos, sentimientos y emociones; esto es, nos sirven para darnos a conocer a los demás, para nombrar las cosas y elaborar el pensamiento, pero no creo que nuestra sociedad viva exclusivamente de ellas o de su valor implícito, como tú dices. Y ello porque las imágenes, por ejemplo, resultan poderosísimas, al igual que los avances técnicos y científicos que facilitan la vida de las personas. En el caso de la palabra poética, yo la entiendo como muy especial, en el sentido de que es reveladora o, si así se quiere, desveladora, porque devuelve a los ojos y a los oídos aquello que permanecía oculto o en lo que no se repara habitualmente por la falta de reflexión, de evocación o de profundización en la realidad y en la dimensión interior del hombre. Al menos a mí es esa la poesía que me interesa, no la que me enseña la realidad tal y como es en su evidencia.

¿En su poesía existe una visión personal de la tradición lírica?
        Mis profesores más estimados me enseñaron que la mejor poesía española había sido aquella que había sabido conjugar la tradición con la originalidad, la herencia recibida con la novedad y la aportación personal. No creo que el poeta sea un fingidor, sino que la mejor poesía es aquella que suena a verdad desgarrada y profunda. Yo leí y asimilé la herencia de nuestros poetas clásicos renacentistas y barrocos, a Bécquer y a los poetas del 27, y así hasta las sucesivas generaciones de posguerra de las que mi poesía se ha nutrido. He leído cuanto he podido y siempre estoy en disposición de aprender, si bien he de confesar que con los años es cada vez menos lo que cae en mis manos que me resulte enriquecedor. No obstante, quisiera ser y parecer lo que me considero: un poeta modesto, conocedor de sus límites, en nada engreído, siempre en actitud de reconocer sus errores.

¿El lector de sus versos deberá ser objetivo o profundamente subjetivo?
        Bueno, estimo que en toda poesía hay un componente objetivo, basado en la propia experiencia existencial, tanto en las vivencias íntimas como en las personales que nos dejan su impronta o que nos han marcado profundamente. Personas, vivencias, lugares, triunfos o fracasos que se dan en toda vida humana están presentes en la poesía. Pero la poesía debe sugerir, ante todo, más que decir abiertamente, y eso exige necesariamente, además de complicidad, subjetividad por parte del autor que construye o cifra su mensaje y del lector que lo descifra o interpreta. No necesariamente, todo mensaje poético tiene por qué decir algo, significar algo concreto. Puede ser simplemente audaz, atrevido, bello, tenebroso, imaginativo, sugestivo, etc., pero lo importante es que llegue al lector, que este empatice con él. Para mí, el lector de versos debería ir predispuesto con un mínimo de objetividad y con un máximo de subjetividad. Lo que enriquece la poesía y al lenguaje poético no es la objetividad, el realismo o lo prosaico, sino la subjetividad, el arte de sugerir que revela aspectos distintos, posibilitados por el mensaje poético.

¿Cómo definiría usted el tono de su voz lírica?
        Pues como un tono confidencial e intimista, emocional y afectuoso, humano y espiritual, cálido, sincero y sosegado, sin descuidar nunca la elaboración formal y estética del poema, con más o menos acierto, aspecto este que, en cuanto a su logro, habrá de dilucidar el lector.



¿El conjunto de sus libros publicados hasta el momento sigue ese terreno privilegiado para plantearse una interpretación de la intimidad?
        Para mí resulta esencial eso que tú calificas como “interpretación de la intimidad”, porque toda mi poesía puede que sea un serio intento o necesidad de dar cauce a la expresión de esa intimidad y a la justificación de una búsqueda del sentido de nuestra vida. Entiendo por intimidad el caudal de emociones y de sentimientos personales, así como de ideas y pensamientos, de vivencias espirituales que son propias de un individuo. He de confesar que en la última etapa de mi poesía me he volcado en la reivindicación de la conciencia humana, que siento amenazada por manipulada, y sin la cual no somos nada; así como en la dimensión espiritual del hombre; sabiendo que el concepto “dimensión espiritual” no equivale sólo y únicamente al aspecto religioso, que puede estar incluido también; lo mismo que el conocimiento, la capacidad crítica o la búsqueda de la verdad, el bien y la belleza.

A largo de cinco años, 2005 y 2010, usted publicó cinco nuevos poemarios, se ha tomado mucho más tiempo para publicar el último, En la otra ladera (2018) ¿por algún motivo esencial?
        Fueron cuatro, en realidad: Lugar de toda ausencia (2005), Las Capitulaciones (2007), Limaria y otros poemas de una nueva Arcadia (2008) y Gozos de Nuestra Señora del Saliente (2010). Entre ellos publiqué dos opúsculos titulados Valle sin aurora (2005) y Diván de los amantes (2007). Aunque posiblemente no se deba a un solo motivo, aspecto o circunstancia, debo decir que sentí la necesidad de ralentizar o de detenerme para reflexionar sobre el rumbo que llevaba en mi poesía. Nunca dejé de escribir, pero sentía la necesidad de buscar nuevos caminos para una obra modesta, como sucede en mi caso. Debía seguir quitando capas a la cebolla, seguir desnudándola hasta hallar su centro, para que mi poesía fuera aún más profunda y desgarrada, más íntima y humana. Otros factores, como la irrupción de internet y las redes sociales han ido cambiando los cauces de difusión de la poesía y yo he ido ofreciendo muestras de mi quehacer en esos años a través de estos cauces que brindan las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Por otro lado, también en esos años la sociedad ha sufrido una crisis económica galopante, que nos ha ensombrecido a todos; por lo que tampoco he encontrado oportunidades de publicar en cuanto a editoriales se refiere.

Su nuevo poemario, En la otra ladera (2018) se define como un despojamiento espiritual, ¿tenemos tanta necesidad de volver a un estado espiritual?
        Yo nunca intento convencer a nadie de mis posturas o de mis posicionamientos personales; al contrario, creo ser absolutamente respetuoso con las de los demás y proceder con escrupulosidad en esto. La poesía exige despojamiento, desnudez ante los ojos y los oídos de los otros, y eso significa a menudo pudor y rubor para quien escribe. Porque el poeta nos descubre la intimidad de sus emociones, vivencias y pensamientos y eso es como desnudarse ante los demás. En todos mis libros hay un despojamiento espiritual, porque hay sinceridad y verdad en cuanto escribo, pues cuanto reflejo forma parte de mi intimidad. No obstante, no veo clara la formulación de la pregunta. Yo no hablo, creo, de una “necesidad de volver a un estado espiritual”, sino que reivindico la dimensión espiritual del hombre. Para mí eso quiere decir que los seres humanos no pueden renunciar nunca a su dimensión trascendente respecto a la creación y al universo, a la reflexión y al conocimiento, a la búsqueda constante dentro y fuera de sí mismos, a la verdad, a la crítica, a la justicia, a la libertad, a su singularidad y a su dignidad, etc. Todo eso forma parte, para mí, de la dimensión espiritual del hombre. Lo del “volver a un estado espiritual”, además de que suena políticamente a teocrático, a unión de política y religión, me suena a sinsentido, si te refieres a eso. Si te refieres a un estado permanente de vida interior, lo defiendo absolutamente.

Esta prosa poética que usted pone ahora en nuestras manos, ¿busca en nosotros emocionarnos, o hacernos ver lo doloroso que supone el ejercicio de la vida?
        Puede que las dos cosas. Persigue la emoción, en efecto, con un sentido elegíaco que significa tener conciencia de lo que perdemos personalmente, como especie y en relación con el hermoso planeta que habitamos, con nuestro medio natural; pues no cabe duda de que la amenaza se cierne sobre nosotros y sobre la casa común que nos acoge. La elegía sublima la pureza de las emociones en una intensa búsqueda de la belleza. Hay mucha belleza en la inocencia y en la pureza de las emociones verdaderas, en el despojamiento, en la desnudez, en la verdad, en suma, tantas veces dolorosa y desgarradora. Vivir es dolerse y no hay otra. El dolor, la enfermedad, el hambre y las calamidades, el sufrimiento y la muerte están ahí para que nos cercioremos de ello.



¿Sigue usted insistiendo en que la dimensión espiritual del hombre está en nuestra mejor tradición literaria lírica?
        Estoy casi absolutamente convencido de que así es, pero siempre puede haber excepciones. De unas décadas a esta parte, el márketing editorial, la mercantilización de la literatura (es obvio que tampoco la literatura podía escapar al mercado) ha ido incidiendo en sustituir un estado de cosas por otro, pues editores y escritores vienen primando los objetivos de venta y beneficios económicos sobre los valores literarios o espirituales de la obra. Pero eso sucede hoy en todos los órdenes de la vida, incluidos los sistemas de difusión de imágenes como el cine o la televisión, en donde han sido sustituidos los valores que guían a los seres humanos hacia la verdad, el bien común y la justicia por realidades sociales como la violencia, el sexo, la codicia, el miedo, la intolerancia, etc., que hacen a los seres humanos más fácilmente manipulables. Hoy más que nunca, nuestra sociedad necesidad intelectuales comprometidos que denuncien y pongan de manifiesto la peligrosa deriva a que nos están llevando esta civilización agonizante y las ideologías manipuladoras que se alían con determinados medios de comunicación de masas.

Algún crítico ha señala que “su poesía nos salva en medio de lo oscuro”, ¿cree usted que vivimos en una permanente oscuridad?
        Desgraciadamente, tendría que afirmar que en buena parte es así, porque la humanidad se encuentra en un momento decisivo para elegir el rumbo que debe tomar. Si nos equivocamos, corremos un serio riesgo de desaparecer como especie, destruyendo nuestro medio natural y destruyéndonos unos a otros. Las ambiciones políticas, la codicia, el odio o la desconfianza fomentan las posibilidades de crear división entre los pueblos y a esta hora crucial de la historia de la humanidad estamos todos convocados e implicados en la resolución de los serios conflictos que nos asedian. No obstante, no creo que “mi poesía salve a nadie en medio de lo oscuro”, parafraseando al crítico que usted cita, aunque agradezco que alguien pueda pensar eso. Lo contrario sería demasiado pretencioso, así como sobredimensionar la modesta repercusión de mi obra poética. Sí es cierto que, en medio de la confusión reinante, aspiro a guiarme en medio de la noche con una débil lamparilla que me sirva para proceder, auxiliado por esa defensa de la conciencia y por la reivindicación de la dimensión espiritual del hombre. Necesitamos, quizás más que nunca, poner en práctica valores como solidaridad, justicia, tolerancia y respeto porque, de lo contrario, no habrá esperanza para la especie humana.

Según usted, y según leemos “En la otra ladera”, ¿no debemos nunca dejar de contemplar el mundo?
        Bueno, si ello nos sirve para admirar la belleza y armonía de lo que nos resta de un medio natural tan amenazado como el nuestro y asegurarnos de su defensa y pervivencia para las generaciones futuras: sea de ese modo. Porque ello supone la conciencia de lo que fuimos o pudimos ser, la denuncia objetiva del afán depredador a que los seres humanos hemos sometido al planeta a través del consumismo y la acaparación de bienes, del derroche, el despilfarro y la ostentación, la injusticia y las desigualdades que tanto dolor y desajustes crean en la convivencia.

¿Seguimos viviendo en este mundo con las manos vacías?
        Quizá a lo que te refieres sea una imagen de la frustración, la impotencia y la imposibilidad de hacer algo verdaderamente significativo para evitar la debacle de nuestra civilización, no tanto por nosotros, sino por nuestros hijos y por las generaciones venideras, en las que también hemos de pensar. Nosotros no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino usufructuarios de ellos, esto es, los usamos o los utilizamos mientras vivimos y los necesitamos para vivir, pero después han de servir a otros que continuarán la presencia de los seres humanos en este planeta, si antes no se han visto forzados a abandonarlo. Tomar conciencia de ello es importante. Y actuar en la medida de nuestras posibilidades, en nuestro entorno. Muchas gracias.