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viernes, 30 de septiembre de 2016

Alejandro López Andrada



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Entre zarzas y asfalto 
 


     Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, 1957) nos tiene acostumbrados a  unas arriesgadas propuestas narrativas que nos obligan a realizar un reflexivo recorrido por un universo tan personal como de emocionada inspiración. Su mirada se detiene y dibuja con la palabra un mágico itinerario que extiende por su tierra chica y los rincones de una Córdoba califal y cosmopolita. Para la última propuesta, Entre zarzas y asfalto (2016), el autor realiza un viaje interior que rememora físicamente una dolorida pero no menos feliz infancia y adolescencia, y recrea los paisajes vividos desde sus orígenes, y mientras escribe vuelve al pasado, regresa cuarenta años atrás, pasea por su pueblo y por sus calles, y frecuenta escenas y sensaciones que vivió en un lejano tiempo. El viaje, de hecho, finaliza en el último texto, cuando deja el campo y regresa a la ciudad. Se entiende así el subtítulo dado de “diario inverso”, porque el libro está escrito a la vuelta de todo un largo trayecto, y desde la perspectiva de la madurez presente vuelve a la infancia de un pasado lejano. Abunda lo autobiográfico, y marca el recuerdo de aquello que fue y con el tiempo ha desaparecido, una temática característica y constante en el resto la obra del cordobés, y mientras observa, pasea y se detiene en minúsculos detalles, surge esa eterna pregunta repetida y tópica “¿Quiénes somos? o ¿Hacia dónde vamos? Y así, buena parte de las imágenes de la infancia se convierten en ese elemento que vertebra estos textos breves, de aparente sencillez y extremada fuerza lírica, motivo que aparece de manera constante en todo el libro: “Voy por la calle en que creció mi infancia” (p. 80); “las piedras del camino de la infancia van penetrando en mi alma y se hacen luz” (p. 113); y por añadidura el entorno vivido, el paisaje recreado, las imágenes de espacios abiertos y el campo, tan representativo de aquellos primeros años de vida que parecen agolparse en sus recuerdos, en suma el concepto de la naturaleza, tan intrínseco y valorado en el cordobés, y por añadidura la familia —padre, madre, abuelo— sobre todo, el padre fallecido sobre quien vuelve una y otra vez en su síntesis de una lejana infancia.
      La ciudad de Córdoba está muy presente en este libro, “El cielo en la Mezquita es un violín”, pero pese a continuas vivencias en calles y plazas geográficamente localizadas en la ciudad califal, aun insiste y desde esta hermosa urbe recuerda con un acusado tono de nostalgia su visión humanista del campo y los abundantes episodios familiares, mientras vagabundea “(…) por la ciudad como una sombra artrítica y romántica. Circundan mi silencio las farolas”.
     La estructura del libro muestra tres partes diferenciadas: “Invierno”,  “Otoño” y “Verano”, que el poeta va desarrollando como un auténtico proyecto de madurez, tras una dilatada experiencia personal y literaria que analiza lo presente y lo ausente, y donde la primavera, esa estación de luces y colores, queda alejada voluntariamente en el tiempo, tal vez porque el desconsuelo que provoca el dolor de buena parte de una existencia se torna en esperanza de futuro puesto que en la vida misma palpita ese sentimiento universal que caracteriza la prosa lírica del escritor López Andrada.
      Los textos que, cuando llegamos al final, quedan hilvanados en toda una visión de conjunto, muestran ese paso del tiempo, del pasado y del presente, y aunque la visión del narrador se vislumbra melancólica, resulta una lectura serena, y, como en la mejor tradición lírica, para el poeta, en este caso, existe el gozo de vivir de cada día, tanto lo anodino como lo cotidiano, lo desolador y lo gozoso.









Entre zarzas y asfalto
(Diario inverso)
Alejandro López Andrada
Córdoba, Berenice, 2016; 184 págs.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Jesús Ortega


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La Huerta de San Vicente en imágenes

     Álbum reúne, por primera vez, la dimensión biográfica ilustrada que proyectara la Huerta en la familia García Lorca.


        La Huerta de San Vicente se abrió al público como casa-museo y como centro de actividades culturales el 10 de mayo de 1995, y durante años estuvo bajo la dirección de Laura García-Lorca.
Entre 1997 y 2011, el Patronato Municipal fue el encargado de su gestión, y hoy se integra en ámbito de la Delegación de Cultura del Ayuntamiento de Granada.
        Durante el último trimestre de 2014, una gran exposición, comisariada por Jesús Ortega, reunía un conjunto de 350 imágenes fotográficas, la mitad de ellas inéditas, realizadas en dicha casa entre los años 1926 y 2014.




Las imágenes y su historia

        Álbum (2015) es el resultado de esa exposición que, en tres salas, reunía un período distinto de la historia de la Huerta, 1926-1939, 1940-1993, y 1995-2014, por tanto, se trata de la auténtica biografía en imágenes de un lugar mítico y de sus moradores, cuyo destino ha estado marcado por su relación con la vida, la obra y la muerte de Federico García Lorca y el destino de la familia tras la tragedia y su exilio.
        El volumen de 220 páginas, está prologado y editado por Jesús Ortega quien realiza un auténtico estudio-ensayo de las fotografías aportadas, muchas inéditas hasta el momento y convierte este catálogo-libro, con abundantes datos y curiosidades, en un material imprescindible para cualquier estudioso e interesado en la obra del poeta granadino más universal.


Curiosidades
        La colección de fotografías viene a reflejar cómo la Huerta ha sido muchas cosas: retiro de placer, refugio donde se dieron las mejores condiciones para la escritura de Lorca, lugar de encuentro y celebración familiar, paraíso infantil de juegos veraniegos, testigo mudo de algunos de los crímenes más inexplicables de la guerra civil, espacio cerrado y lleno de exilios interiores, ausencias y silencios, santuario lorquiano, lugar de memoria, destino durante años de peregrinaje cultural, incluso decorado cinematográfico para recrear los últimos días del poeta, y modernamente escenario de polémicas cívicas, emblema de la dialéctica entre el desarrollo urbanístico y la conservación del paisaje y el medio rural en la ciudad de Granada, y al mismo tiempo, es un museo, un centro de actividades culturales, y el conjunto de la obra y su interior una obra de arte. Casi todas las fotografías se concentran en los años de 1926, 1931, 1932, 1934, y recrean la casa y sus espacios, la terraza, la placeta, el breve jardín doméstico, el carril de entrada, que se convierten en el escenario y centro de la mayoría de las imágenes, y a su alrededor los García Lorca descansan, leen, conversan, cosen, cuidan las plantas, reciben a amigos y familiares y celebran la llegada de los niños, en ocasión en una absoluta intimidad. Por allí corren Tica, Manolo y Conchita, hijos de Concha García Lorca y Manuel Fernández Montesinos.

        Jesús Ortega, apunta las obras trabajadas por el poeta durante sus largas estancias en la Huerta, Romancero gitano (1926-1927), La zapatera prodigiosa (1926), El público (1930), Bodas de sangre (1931-1932), Yerma (1933-1934), Diván del Tamarit (1931-1934) y Doña Rosita la soltera (1934-1935), por citar algunas de las más reconocidas, además de más de sesenta cartas a Ana María Dalí, Pepín Bello, Jorge Guillén, Melchor Fernández Almagro, Salvador Dalí y otros muchos de sus amigos y conocidos, y una detallada enumeración y explicación de los moradores de la finca en los años posteriores a la contienda civil hasta la democracia y los posteriores desvelos por conservar la memoria y el espacio de la misma.










Álbum, Huerta de San Vicente. Catálogo; ed., y textos,

domingo, 25 de septiembre de 2016

Desayuno con diamantes, 80



LA SÓRDIDA REALIDAD DE LA NOVELA NEGRA
                     
       Durante el pasado siglo XX se cuestionaba si ciertos libros formaban parte de esos posibles límites que establece lo literario/ no-literario cuando se abarcaba el concepto de novela policíaca/ criminal; se habla de la validez de estas historias, o la autoría de la mismas, aunque procedan de una tradición que arranca del XIX, con consagrados clásicos en el género. En 1992, un joven estudioso, José R. Valles Calatrava, publicaba La novela criminal española, un ensayo que apuntaba cuatro clasificaciones: una racionalista, encabezada por Edgar A. Poe y Agatha Christie, una segunda moralizante, por G.K. Chesterton y Georges Simenon, una positiva que desempeñaría Arthur Conan Doyle, y la denominada novela/negra/norteamericana, con sus dos clásicos, Hammett y Chandler. En el libro, se teorizaba sobre la reconstrucción del género en nuestro país, señalaba sus características o la censura ejercida durante años y el menosprecio por un género considerado de kiosco, y justificaba la aparición de colecciones y obras entre el período de 1975 a 1981, en ese proceso democrático que supuso una libertad absoluta y proliferaron apuestas como “Novela Negra”, “Etiqueta Negra”, “Crimen & Cía”, “Cosecha Roja” que reivindicaron a un número cuantioso de autores que habían escrito y empezaban a cosechar el éxito necesario; se analizaba la obra de algunos clásicos españoles, Francisco García Pavón, Manuel Vázquez Montalbán, Juan Madrid y Andreu Martín.  

       En esa segunda lectura de novelas de kiosco a que estaban destinadas las obras de Hammett o Chandler, subyacía la denuncia de una descomposición moral de la sociedad norteamericana de la época en que fueron escritas, y en sus historias los detectives, hoy ejemplos de caracterización, eran tipos duros, solitarios, cínicos, aficionados al alcohol, desesperanzados de todo que descubrían a los criminales en esas sórdidas historias, y destapaban toda la podredumbre social, o las mezquindades de un hombre ruin cuando se abría paso en una sociedad denigrante. El caso de Dashiell Hammett (Saint Mary´s County, Maryland, 1894- Nueva York, 1961) es el ejemplo más claro, un hombre sin oportunidades, no pasó de los estudios primarios, se ganó la vida de formas muy distintas desde los trece años, y de ellas aprendió las claves para sus futuras novelas. Agente de la Agencia Nacional de Detectives Pinkerton de Baltimore, origen del futuro FBI, se alistó como voluntario en la I Guerra Mundial y destinado a Francia, aunque un brote de tuberculosis frustró sus deseos de seguir en ella; a su vuelta comenzaron sus problemas con el alcohol que lo acompañarían durante toda su vida, trabajó en publicidad y enseguida publicaría en la revista Black Mask, donde dio vida a uno de sus personajes más célebres y conocidos, el agente de la Continental, Sam Spade. Su prestigio llegaría con sus primeras novelas, Cosecha roja y La maldición de los Daín, en 1929. Un año después aparece, El halcón maltés, una historia que cuenta como el detective privado Sam Spade está sentado en su oficina, mirando por la ventana la ciudad de San Francisco, cuando irrumpe una misteriosa dama, la señorita Ruth Wonderly. La elegante mujer pretende investigar el paradero de su hermana; el socio de Sam se ofrece para buscar al hombre, pero es asesinado. Hammett publicó su última novela en 1934, comenzó una relación amorosa con Lillian Hellman, que duró más de treinta años, y durante décadas se dedicó, desde el Partido Comunista, al activismo político. 

       Muy diferente es la vida de Raymond Chandler (Chicago, 1988- La Jolla, California, 1959), aunque ambos coincidieron por su presencia en la I Guerra Mundial, coincidieron en algunas publicaciones, se hicieron un nombre en el mundo del cine, y estuvieron marcados por su adicción al alcohol, además de consecuentes para denunciar en sus obras la descomposición moral de la sociedad norteamericana. Chandler tuvo una educación exquisita en Londres, a donde se trasladó con su madre tras el divorcio de sus padres. Ampliaría estudios en Francia y Alemania y llegó a trabajar como funcionario del Gobierno británico; destacaría como periodista en varios medios, el London Daily Express y la Bristol Western Gazette. Cuando en 1912 regresó a Estados Unidos ya había publicado poemas y un relato, se alistó en la Fuerzas Expedicionarias Canadienses y luchó en Francia en la I Gran Guerra. Se casó con una mujer bastante mayor que él, y abandonó sus ocupaciones para dedicarse a escribir relatos pulp (historias de terror, policíacas, ciencia-ficción o fantásticas) publicadas en revistas populares de kiosco, aunque desarrolló un estilo propio y diferente a otros autores. Su gran novela llegaría muy tarde, cuando el autor contaba 51 años, se trata de El sueño eterno (1939), donde su conocido detective, Philip Marlowe, rescata de un chantaje a la hija de un millonario. Casi quince años después publicaría su obra maestra, El largo adiós (1953).
       La estela de Hammett y Chandler se prolongaría durante años en Estados Unidos donde se profesa y cuida la tradición de novela negra y cuenta con excelentes representantes y seguidores de la misma: casos de James M. Cain (Anápolis, 1892- Maryland, 1977), autor de El cartero siempre llama dos veces (1940), o el cronista de la perversión y depravación, lo infame y lo maligno que encierra el ser humano, un maestro del género, Jim Thompson (Oklahoma, 1906- California, 1977), con obras como 1.280 almas (1964), Chester Himes (Missouri, 1909- Alicante, 1984), que introdujo el problema racial en sus novelas, con negros en Harlem; obras suyas, Todos los muertos (1960), El gran sueño del oro (1960) y Un ciego con una pistola (1969); a ellos hay que añadir, una mujer, imprescindible hoy, Patricia Highsmith (Texas, 1921-Suiza, 1995), cuyos temas recurrentes, la mentira y la culpa, dominan a sus personajes que se mueven por la lado oscuro de la vida, entre ellos, Tom Ripley, ocasionalmente un asesino, protagonista de toda una saga. Su primera novela fue todo un éxito, Extraños en un tren (1950), adaptada pronto en el cine. Y a la lista, se unen los más recientes, Walter Mosley, Elmore Leonard, James Ellroy, Michael Connelly o Dennis Lehane, que merecen otro estudio aparte.

Clásicos franceses e ingleses
       Francia siempre adaptó valores culturales capaces de desarrollarse en su territorio y crecer. Los maestros norteamericanos desembarcaron en el país y consiguieron aun más prestigio que en sus lugares de origen. Eugêne François Vidocq (1775-1857) fue el origen del todo, salvado de la guillotina, informador de la policía, sugirió la creación de una brigada, hoy la Sureté Nacional. Gaston Leroux (París, 1868) conocido por su novela, El fantasma de la ópera, debe su fama a su periodista-detective, Rouletabille, una especie de Sherlock Holmes, aunque bastante más común que el británico. El escritor belga, Georges Simenon, elevó la novela negra francesa a la altura del resto de producción en el mundo; la aparición del comisario Maigret alteró las características del género, supuso un análisis psicológico y el retrato del ambiente donde se desarrollaban las historias. Un total de 75 fueron las historias protagonizadas por el famoso comisario. Siguieron las novelas de Léo Malet, Auguste Le Breton, Frédéric Dard,  y actualmente, Jean-Jacques Reboux, Marc Villard, aunque hoy, la más famosa con numerosos seguidores en España es, Fred Vargas. La novela policíaca británica se caracteriza por sus exquisitos modales, una innegable escrupulosidad en la investigación, escasa violencia, sus detectives son hombres y mujeres de brillantes cerebros y admirable intuición. Arthur Conan Doyle y Agatha Christie gozan de una indiscutible fama universal, herederos del legado de Edgar Allan Poe autor del personaje, Auguste Dupin, protagonista de su celebrada obra, Los crímenes de la calle Morgue. Conan Doyle empezó muy pronto a publicar y su famoso detective, Sherlock Holmes nació antes de que cumpliera los treinta años, Estudio en escarlata (1887). Hoy las cuatro novelas y cincuenta y seis relatos se siguen editando y está traducido a ochenta y cuatro idiomas, con más de cinco millones de libros editados anualmente en Reino Unido y Estados Unidos. A Conan Doyle le siguió en fama de Agatha Christie, y la creación de sus personajes emblemáticos, Hércules Poirot y Miss Marple. Su primera novela fue rechazada, El misterio caso de Styles (1920), y no consiguió el éxito esperado, pero al publicarla por entregas en The Weekly Times, se convirtió en un auténtico best-seller. Christie llegó a escribir 79 novelas y decenas de historias breves, además de obras de teatro. En 1930 se creó la London Detection Club con la intención de ordenar el género y allí acudían autores como Dorothy Leigh Sayers, Arthur Morrison, G.K. Chesterton, Freeman Wills Croft o el padre Ronald Knox, la saga ha seguido, años después, con P. D. James, Val McDermid y la renovación del género encabezada por Ian Rankin.


La invasión nórdica
               Kurt Wallander fue el primer inspector que se asomó a las librerías españolas de la mano de Henning Mankell (Estocolmo, 1948), que retrata, de manera magistral, la sociedad de hoy y denuncia las perversiones y los males de los países europeos más desarrollados, además de las necesidades y carencias de los lugares más pobres. La serie Wallander está compuesta por diez títulos, la primera, Asesinos sin rostro (1991) y la última, El hombre inquieto (2009). La suerte de estas novelas ha provocado todo un aluvión, desde Stieg Larsson, Camilla Läckberg, Asa Larsson, Jo Nesbø, Mari Jungstedt, Jens Lapidus, Karin Fossum, Leif Davidsen y Peter Hoeg que en 1992 se asomó a nuestras conciencias con Smila y su especial percepción de la nieve.

Novela negra en España
       En España, el género novela negra, ha tenido durante las décadas últimas un desarrollo desigual, desde que en la transición española se difundió en colecciones editoriales que la apartaron de esa literatura de kiosco, cuando se consideraba como algo menor o de fácil lectura. Así a las colecciones apuntadas, se constata una novela de corte policíaco que apunta ciertos estados sociales tras un largo franquismo que provoca un análisis del fracaso del realismo social. Aunque se aleja de los planteamientos del género inglés, está más cercano al norteamericano porque centra su atención en el asesino así como el aspecto social que rodea al crimen. En estos últimos años no solo podemos hablar de los clásicos, García Pavón, Vázquez Montalbán, Madrid, o Andreu Martín, sino que también han picoteado en el género, desde esa doble perspectiva, lo puramente criminal o el uso de la investigación como medio para plantear el tema, autores como Mendoza, La verdad sobre el caso Savolta (1975), Millás, Papel mojado (1983), Marsé, Ronda del Guinardó (1984), Puértolas, Queda la noche (1989), y otros como Chirbes, Martínez Reverte, Jose Luis Muñoz, Muñoz Molina o Pérez Merinero.

       La madre de Petra Delicado, Alicia Giménez Barlett (Almansa, Albacete, 1951), publicó, Ritos de muerte (1996), donde aparece por primera vez la inspectora y el subinspector Garzón. Después apareció, Días de perros (1997), Mensajeros en la oscuridad (1999), Muertos de papel (2000), Serpientes en el paraíso (2002), Un barco cargado de arroz (2004), Nido vacío (2007) y El silencio de los claustros (2009). El más de los devotos discípulos de Vázquez Montalbán, Domingo Villar (Vigo, 1971), afirma que es mucho más fácil entender la historia reciente de España a través de su maestro y la novela negra. Dos novelas, protagonizadas por el policía, Leo Caldas, Ojos de agua (2006) y La playa de los ahogados (2009), relatos con un afiliado sentido del humor, además de un crudo retrato de las miserias y los secretos humanos de la sociedad gallega. Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927), veterano del género, durante las dictadura franquista sobrevivió firmando bajo seudónimo novelas de todo tipo y, aunque reconocido en el extranjero, solo pudo publicar con su nombre las novelas policíacas tras la instauración de la democracia, Expediente Barcelona (1983), El pecado o algo parecido (2002), No hay que morir dos veces (2009), protagonizadas por el inspector Méndez, un tipo con un instinto especial, que se conoce Barcelona al dedillo y acumula problemas en su trabajo diario. Y el referente más actual de novela negra es Lorenzo Silva (Madrid, 1966) que ha popularizado a una pareja de la Guardia Civil, Bevilacqua y Chamorro que, en cierta medida, representan dos elementos típicos de una realidad española a través de los cuales el madrileño se permite describir la sociedad y los problemas de nuestro país en estas últimas décadas ofreciendo un tipo de investigación criminal muy nacional, poco conocida por el público lector. La primera aparición de estos personajes, El lejano país de los estanques (1998), y con la siguiente entrega, El alquimista impaciente (2000), ganó el prestigioso Nadal. Han seguido, La niebla y la doncella (2002), Nadie vale más que otro (2004), La reina sin espejo (2005) y La estrategia del agua (2010). Ambos agentes forman parte de la Unidad Central Operativa que investiga homicidios. Silva les ha otorgado una vida propia, Bevilacqua es divorciado, padre un hijo y colecciona soldados de plomo de ejércitos derrotados, es inteligente, sincero y disciplinado; Chamorro es aficionada a la astronomía, una mujer sensata, tímida y de carácter agrio.
       El éxito de este género en España ha llevado a otros autores a intentar incluirse en el universo de la novela negra, Marta Sanz, Black, black, black, José Ángel Mañas, Sospecha, Luis García Jambrina, El manuscrito de piedra y El manuscrito de nieve, Cristina Fallarás, Las niñas perdidas, un género refrendados por la Semana Negra de Gijón y, últimamente, la BCNegra de Barcelona, y por el Festival de Novela Negra de Getafe.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Caricaturas

   La caricatura es un dibujo que sintetiza y agudiza una personalidad. A través del uso de las líneas, el contraste y el color, las caricaturas representan con precisión aquello que puede ser motivo de mofa o de ironía. 
   A lo largo del siglo XX, por supuesto que una de sus derivaciones fueron los tebeos, en donde se construyen historias a partir de personajes de ficción.

 

jueves, 22 de septiembre de 2016

Otoño



         “A mí nunca me ha parecido el otoño una estación triste. Las hojas secas y los días cada vez más cortos nunca me han hecho pensar en algo que se acaba, sino más bien en una espera de porvenir.”
                                                         Patrick Modiano











      Hoy empieza el otoño, y  lo hará a las 16:21 hora oficial peninsular. 
    Durará hasta el 21 de diciembre, cuando empiece el invierno después de 89 días y 20 horas.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Los olvidados



SILVERIO LANZA, UN RARO RECUPERADO

    La Fundación Central Hispano edita en dos volúmenes la novela de este singular narrador.

  
       Se trata de escribir sobre esos escritores calificados por Andrés Trapiello de un poco inútiles, pero muy pintorescos porque formaron parte de una muy genuina y honrada locura de la bohemia de principios de siglo, de los que ahora, transcurrido el XX, se puede hablar, es más, escribir con la suerte de acertar en algunos ditirambos que fueron dignos de las páginas de la revista Prometeo, de Ramón Gómez de la Serna, quien publicó algunos de los textos de este excéntrico que fue Silverio Lanza, lo visitaba en Getafe, a donde se había retirado el escritor, y de quien llegó a escribir una especie de biografía. En realidad, Silverio Lanza fue esa clase de autor calificado de raro que, en su vida y en sus obras, mostró siempre un radical individualismo y una oposición violenta a cualquier forma de pensar. En su producción novelesca mezcló, de una manera consciente, las técnicas narrativas del realismo y el noventaiochismo, además del convencional detallismo folletinesco de finales del siglo pasado. Autor de ocho novelas publicadas entre 1883 y 1909 que ahora aparecen en una excelente edición, en dos volúmenes, por la Fundación Central Hispano.

Biografía

       Su verdadero nombre fue Juan Bautista Amorós y Vázquez de Figueroa, nacido en Madrid en 1856 y muerto en Getafe en 1912, lugar a donde se había retirado voluntariamente. De su vida, en general, se conoce poco y las cosas que se saben de él parecen, en alguna medida, inciertas. De su etapa de marino, si es que lo fue, se sabe aún menos y parece ser que dejó este oficio para casarse e instalarse en Getafe, un hecho que nadie en su sano juicio por aquel entonces hubiera hecho jamás. Esto ocurría en 1885, recién casado con Justa Bárbara Sala, una mujer quince años mayor que él. Se desvinculó de todo y de todas sus amistades, pero sin embargo algunos han llegado a escribir que fue un hombre extraordinario, precursor de las ideas de los hombres del novecientos. Fue visitado por los Baroja, Pío y Ricardo, el pintor, que escribiría más tarde una semblanza en su obra Gente del 98 (1952) y a quien certeramente califica de «hombre extraño (...) pero escritor de originalidad admirable (...) Era cuando lo conocí moreno, barbudo, corpulento, de estatura mediana. Vestía siempre de negro y muchas veces de gran levita y sombrero de copa. Sobre el chaleco, bombeado por el estómago, una cadena de oro cruzaba de un bolsillo al otro. Dos o tres veces al mes aparecía de noche en el café. Nunca por la tarde». El autor madrileño ya había publicado unos cuantos libros, dos o tres novelas y dos o tres colecciones de cuentos. Practicó siempre una literatura efectista, invertebrada, impresionista que recuerda las técnicas cinematográficas entonces en boga.
       Su padre, don Narciso Amorós y Folch de Cardona, había llegado a ser brigadier en el Ejército y participó en la primera guerra carlista después de haber ejercido como gobernador en Ceuta y Peñíscola. Juan Bautista se vio obligado a inventarse una vocación marinera que no tenía y para la que le faltaron aptitudes, sin embargo ingreso en una escuela naval pero las sucesivas enfermedades que minaban su cuerpo, le obligaron a licenciarse y dar lugar a falsificar una biografía que incluyó toda una serie de galones y botones dorados. Todo este capítulo de su vida quedó plasmado en Desde la quilla hasta el tope (1891), una especie de memorias apócrifas en las que su trasunto heterónimo, Silverio Lanza, asciende de guarda marina a almirante. Ramón Gómez de la Serna incluyó algunos de sus escritos en la revista Prometeo, ese espacio de textos entremezclados, desde artículos políticos y anticlericales, pasando por las «delirantes» y «complejas» prosas y soliloquios teatrales, hasta incipientes novelas cortas, propias, y de sus contemporáneos. La publicación se iniciaba en noviembre de 1908 en 1912, siendo el saldo total de  XXXVIII números. Silverio Lanza colaboró en los de marzo de 1909, con los textos, «De socioscopía. El estímulo», número XII de 1909, con «Autobiografía», número XV de 1910, con «Extracto del Evangelio de Ramón Gómez de la Serna», el número XVI de 1910, con «Diálogos triviales», el número XVIII de 1910, con «Un conflicto», el número XXX de 1911, con «Nuevos revolucionarios» y el número XXXIII de 1911, con «El hambre y el miedo». El autor de las greguerías visitó, entre 1909 y 1912, asiduamente, a Silverio Lanza en su casona de Getafe y departía con él, en muy largas conversaciones, acerca de aquello que a ambos les gustaba pontificar, convirtiendo su plática en  irreverentes monólogos que nunca fueron desentrañados en sus posteriores obras por ninguno de los dos.
       Fue siempre un hombre admirado por los literatos más jóvenes que vieron en él a esa leyenda que había retratado las lacras de una falsa Restauración y de una no menos engañosa Regencia, cuestiones que le había llevado a la cárcel, aunque parece ser que el motivo fuera por ese libelo que tituló Ni en la vida ni en la muerte y que una señora denunció por creerse retratada en él.  Pío Baroja llegó a decir de él que, por encima de todo, era un pensador de una originalidad violenta, de un independencia huraña y salvaje. Considerado por algunos como el precursor de las ideas novecentistas,  habló en su literatura de un mundo rarísimo, porque en sus argumentos  no hay descripción, ni sentimientos y, sobre todo, planea la muerte por todos ellos y al final de cada uno el protagonista suele morir. “La muerte es mi capricho constante—llegó a escribir el propio Lanza—quizá porque es el único que espero conseguir”. 

          
       Ramón escribiría algunos, años más tarde, una fervorosa semblanza que tituló In memoriam que serviría de prólogo a las Páginas escogidas e inéditas del autor madrileño que fueron publicadas en Biblioteca Nueva (1918). Es un texto que podemos calificar de homenaje doble a un maestro extinguido, pues se trata de un panegírico que se completa con una especie de etopeya de tono humorístico en más clásico estilo de las greguerías. En esta especie de fisonomía-psicológica se pueden leer cosas como:
       «Su frente es una frente estrecha, plana, rectangular que parece una tablilla anunciadora sin ningún anuncio (...). Su mirada es inolvidable, una mirada de hombre que ve por entero al hombre, una mirada como si sus ojos fuesen tan grandes como aquello a lo que mirase (...). Su nariz, era imperante y bondadosa, gran nariz de barro amazacotado (...). Su boca de labios muy delgados cuyas comisuras apenas son perceptibles (...). Sus barbas próceres, puntiagudas aunque anchas; barbas bien pobladas de ironía, de transigencias, de bondad; barbas llenas de experiencia, entrecanas, nobles, muy cuidadas (...). Sus orejas eran diminutas como son las del que oye lo sutil, las del que oye lo que habla en voz baja, las del que oye el silencio (...). Su cuello era ancho, apoplético como el de Costa, y usaba cuellos cortos y redondos, tirilla de cura (...). Sus hombros eran anchos como con grandes hombreras y charreteras de militar antiguo y por tanto eso quiere decir que su pecho era ancho, como atorado de dignidad (...). Sus manos eran limpias, perfectamente limpias, manos de doctor que al cabo del día se ha lavado muchas veces en aguas templadas y con jabones de olor y se ha secado en numerosas toallas limpias (...)

Su obra

       En 1880 entrega a la imprenta un volumen de cuentos que tituló El año triste y en el que desarrolla una festividad señalada del año. En realidad, se trata de una serie de apólogos sobre el talante de una España prisionera de sus caciques. Resultó, como era de esperar, un profundo fracaso, pero le dio vuelos al heterónimo Silverio Lanza a lanzarse al mundo de la escritura y proyectar para unos años más tarde una novela que tituló Mala cuna y mala fosa (1883), la historia de Juana en cuya genealogía confluyen todos los vicios conocidos en el momento. El tremendismo, aún no inventado literariamente, campea por el relato para contar la crónica de una degradación, la de esta joven que de criada pasa a ser prostituta para terminar en un hospital de tuberculosos y desde ultratumba pretender rescatar a su amante. Luis S. Granjel, autor de varios trabajos sobre el excéntrico novelista, habla «del modo casi cinematográfico de presentar la compleja trama». Cuentecitos sin importancia se publican en 1888, un nuevo ataque a los caciques y a sus propiedades. Muy curioso es el texto que publicará al año siguiente y que tituló, Noticias biográficas acerca del Excmo. Sr. Marqués del Mantillo, una parábola sobre la moralidad de los políticos de su época. Se trata de un collage de fragmentos de discursos, debates parlamentarios, un retrato del Marqués y hasta una Carta al Papa.
       No menos irreverencias y chocarrerías—en palabras de Juan Manuel de Prada—contiene su siguiente libro, Ni en la vida ni en la muerte (1890), su novela más incendiaria, un auténtico escarnio al dogma y la religión cristiana, además de ofensivas injurias al clero y la magistratura. Transcurre la acción de la novela en un pueblo, cuyo gobierno se disputan los funcionarios de justicia, los sacerdotes y los caciques. Dos nuevos libros de relatos, Cuentos políticos (1890) y Para mis amigos (1892), ambos en medio de esa especie de biografía que hemos adelantado en líneas anteriores, Desde la quilla hasta el tope (1891), el relato de su frustrada adolescencia. En 1893 aparece Artuña, la suma de las obsesiones lancistas, su cosmogonía, sus continuos enojos para narrar una historia de amor en el más preclaro estilo folletinesco.
       En mayo de 1896 fallece su esposa Justa y paradójicamente cae en una profunda depresión que tratarán de amortiguar, primero Luis Ruiz Contreras y más tarde los amigos Azorín y Baroja. En 1903 reincide en el matrimonio casándose con Vicenta Anastasia Tallaeche, quien tampoco le dará el hijo deseado por el escritor. En 1907 publica La rendición de Santiago, su segunda mejor novela, en la que vuelve de nuevo a arremeter contra los estamentos sociales, tales como la policía, los políticos, los socialistas, la prensa, el ejército, los caciques y el clero. La última novela publicada en vida por Lanza será la única que no sufragó de su bolsillo y que tituló, originariamente, como La vermicracia (gobierno de los gusanos), pero su inclusión en la revista Los contemporáneos que capitaneaba Eduardo Zamacois, motivó que cambiara el título por el de Los gusanos. Poco después escribiría una nueva novela que Gómez de la Serna publicaría en La Novela Corta. En Medicina rústica se cuenta la kafkiana historia de un alter ego de Lanza que suplanta a un amigo, médico rural, para que éste pueda casarse con el hija del alcalde. El problema es que el sustituto no tiene ningún conocimiento sobre Medicina.
       Como su vida, la muerte le sobrevino por desaforado y su corazón dejó de bombear a un pesado cuerpo una mañana de abril de 1912. A su entierro, pobre, asistieron su hermano Narciso y su viuda. También lo acompañó Ramón que escribió una crónica para La Tribuna, hablando sobre aquel desangelado sepelio.
       Los dos volúmenes, con un prólogo-introducción de Juan Manuel de Prada, que ahora actualizan, de alguna manera, la obra de este raro, incluyen las novelas Artuña (1893) y La rendición de Santiago (1907), en el primero y Mala cuna y mala fosa (1883), Noticias biográficas acerca del excelentísimo señor marqués de Mantillo (1889), Ni en la vida ni en la muerte (1890), Desde la quilla hasta el tope (1891), Los gusanos (1909) y Medicina rústica (1918), obra póstuma, publicada por Ramón Gómez de la Serna, todos en el segundo volumen. Lanza se muestra en su narrativa como un cristiano viejo que sigue reclamando un país con honra y, quizá por ello, ningún sector de la sociedad que le tocó vivir se escapa a sus furibundos ataques, la política, la judicatura, los militares o los caciques, en general  entremezclados en una alegórica conciencia que él convierte en literatura, trasnochada, pero literatura en definitiva. Sus ideas, sin embargo, son las de un hombre práctico de corte universal basadas en las ventajas de la higiene, la alimentación sana y un cierto epicureísmo.
       Una bibliografía de su producción, las reediciones a lo largo del siglo XX y un somero recuento de la crítica sobre este singular autor, actualizan este curioso de la literatura española que, acertadamente, edita en su colección «Obra Fundamental» la Fundación Central Hispano.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Desayuno con diamantes, 79



EL SILENCIO DE WILLIAM FAULKNER


       El 25 de septiembre de 1997, celebrábamos  los  cien años del nacimiento de William Faulkner, uno de los escritores del siglo pasado más estudiados por los críticos y más imitado por sus colegas o descendientes. El pasado 6 de julio de 2012 se han cumplido cincuenta años de su desaparición.

El erudito José María Valverde tradujo una colección de relatos titulados originariamente como These 13, aunque se publicarían con el título definitivo de A Rose for Emily and Other Stories en 1931, cuentos que el propio autor calificó como “relatos de mis paisanos”, y que en 1994, la pequeña editorial Hierbaola Ediciones reprodujo en su integridad. Algunos de estos cuentos habían aparecido en revistas como el que da título al volumen, originariamente en Forum, en abril de 1930. Por entonces ya había publicado, La paga de los soldados (1926), Mosquitos (1927), Sartorio (1929), El ruido y la furia (1929) y Mientras agonizo (1930), aunque en España y buena parte de Hispanoamérica, el narrador norteamericano era prácticamente desconocido por aquellos años y sería, Revista de Occidente, la primera en hacerse eco de la enorme trascendencia del autor, cuando recogió en sus páginas dos artículos que servirían de presentación para todo el ámbito hispánico, el primero en enero de 1933 y se titulaba, “Dos escritores norteamericanos”, firmado por Lino Novás y reflexionaba sobre Hemingway y Faulkner, y el segundo, de octubre de ese mismo año, firmado por Antonio Marichalar que, en realidad, prologaba la edición de Santuario que publicaría Espasa-Calpe, en 1934. En el mismo número de Revista de Occidente se recogía la traducción de un cuento de la colección These13, la primera traducción conocida de un texto de Faulkner al castellano; se trataba de “All the Dead Pilots”, (Todos los pilotos muertos), que se recoge en este volumen y que, según referencias, impresionó a los lectores españoles de la revista. Algunos otros cuentos de la misma colección fueron publicados en el ámbito del castellano, como “Septiembre seco”, en Argentina y traducido para Sur (1937) y “Aquel sol del atardecer” aparecido en Proel (Santander, 1946) en la que colaboraba Ricardo Gullón. Curiosamente, los relatos de These 13 aunque sirvieron para conocer al autor en España, nunca fueron publicados en su conjunto, aunque se conocen dos ediciones argentinas, una con el título Victoria y otros relatos (1944) y otra con Estos trece (1956), cuentos que fueron incluidos en sus Collected Stories (1950) que traduciría José María Valverde para Seix-Barral, en dos tomos, El campo, el pueblo, el yermo (1980) y De esta tierra y más allá (1981). La edición de Hierbaola reproduce el orden original, tal y como aparecieron en la edición norteamericana de 1931, y contiene el tremendo impacto que produce en Faulkner la hecatombe de la Primera Guerra Mundial, en la que iba a participar como aviador.
       La editorial Anagrama publico en 1997 un volumen titulado Relatos que recoge cuentos publicados entre 1931 y 1962 y que, según Joseph Blotner, contiene tres tipos, los que Faulkner publicó y nunca incluyó en alguna de sus compilaciones; los que refundió a fin de convertirlos en parte de otras obras posteriores; y los inéditos hasta la edición de la obra, algunos de los cuales muestran las cualidades de su mejor ficción. Ofrecen una perspectiva literaria de, al menos, treinta años en el conjunto de la obra del escritor y, por consiguiente, variedad de estilos y de temáticas.

Su obra narrativa
       De honestidad literaria viene siendo calificada su narrativa, de brillantez estilística su prosa, de originalidad y fecundidad de su imaginación creadora, fue capaz de inventar todo un mundo de una extraordinaria complejidad y detalle hasta conseguir  una singular capacidad para la innovación técnica narrativa y la profundidad en el análisis del alma humana, tanto a nivel individual como colectivo que, hoy, sitúan a William Faulkner a la altura de los grandes clásicos del siglo XX y cuya literatura permanece en la memoria de los lectores de todas las épocas. Sus primeras obras se construyen como verdaderos ejercicios de estilo, intentos de encontrarse literariamente, como puede apreciarse en El fauno del mármol (1924), Mosquitos (1927) y su primer libro de poemas juveniles, La paga de los soldados (1926). Las novelas presentan una tendencia postsimbolista y los poemas cierto preciosismo y temáticamente recreaciones pastoriles. La visión faulkneriana que determinaría el resto de la obra del sureño, se consolida, sin duda, cuando redactaba Sartorio (1929), una novela que tampoco le proporcionó éxito o beneficio alguno, pero de alguna manera contenía el germen de la futura escritura de Faulkner. Utiliza, por primera vez, elementos biográficos y su círculo de amigos y conocidos como siempre lo oyó contar a lo largo de su infancia y juventud y solo así se empeñará en mostrar la riqueza verbal y la variedad de la vida de la región de todo el Mississippi que se convertiría, con el paso del tiempo, en el inventado “condado de Yoknapatawpha”, con una geografía imaginaria, una historia antigua y moderna, descripciones y narraciones inventadas por el autor para otorgarle la credibilidad suficiente.


       Biznieto del militar que organizó y financió el 2º Regimiento de Infantería del Mississippi en la guerra civil Norteamérica, construyó el primer ferrocarril de su país, escribió algunos libros, viajó por Europa y murió en un duelo, el coronel Falkner (como era, en realidad su apellido) será el prototipo del coronel Sartorio que reaparece más tarde en Los invictos (1938) y en el amplísimo corpus literario del biznieto, Santuario (1931) o El villorrio (1940). Simplificando la inmensa obra de Faulkner, se puede dividir entre las novelas de la aristocracia sureña, que se centran en la decadencia y degeneración de las familias y el mundo de los esclavos, sobre todo a partir de la derrota del Sur, y las novelas de blancos que, sometidos a una ambición y falta de principios, ocuparon un singular liderazgo social en el Sur tras el fortalecimiento comercial e industrial de la agricultura y en el siglo XX. Para el escritor el viejo mundo rural, lastrado por el recuerdo y semi-presencia de la esclavitud, aun siendo un  total desastre, conserva todas las virtudes que hacen llevadero el trágico destino de los hombres y, por añadidura, de sus personajes. La idea de rapacidad, la mala educación, el carácter hipócrita y vengativo, terminó provocando un caos en el nuevo mundo y esto es lo que refleja Faulkner en su trilogía, El villorrio (1940), La ciudad (1957) y La mansión (1959), protagonizada por un abogado que verá cómo los patriotas venidos a menos  ascienden socialmente y terminan colocando a los suyos en diferentes cargos importantes, directores de banco o gobernadores. En otras ocasiones, se acerca a la época contemporánea con puntos de vista muy diferentes, Pylon (1935) y Las palmeras salvajes (1939), en ambas se enfrenta al tema de amor obsesivo que puede llegar hasta la neurosis. Aunque, de las importantes novelas del sureño, sin duda, de las más complejas es ¡Absalón, Absalón! (1936), que el propio Faulkner calificaba así: “Ningún individuo alcanza a ver la verdad. La verdad nos ciega. Miramos a una persona, y vemos una de sus facetas. La mira otra persona, y ve otra. Pero entendida como globalidad, la verdad es lo que todos ellos vieron, cada uno a su modo, aunque nadie la vio toda. Los puntos de vista de Miss Rose y de Quentin son ciertos. El padre de Quentin vio lo que él consideró como verdad, y nada más. Pero el propio viejo era demasiado grande para ser visto en su totalidad por gente de la estatura de Quentin, Miss Rose o Mr. Compson. Tal vez habría hecho falta para verle cabalmente alguien más sabio, o más tolerante, o más considerado. Eran trece maneras de observar un mirlo. Pero quiero creer que la verdad aparece cuando, leídas las trece versiones del libro, el lector se forma una decimocuarta versión, la que a mí me gustaría considerar verdadera”, fragmento recogido en William Faulkner, Barcelona, Barral Editores, 1972, monografía, cuyo autor es Michael Milligate.

Vida y ficción
       Donald M. Kartiganer  afirma que la importancia en la vida de Faulkner para poder entender su ficción reside menos en lo que hizo que en lo que fue, simplemente en virtud de su nacimiento: natural de Mississippi y primogénito de una familia que había mantenido su importancia en esta región durante tres generaciones. Nació el 25 de septiembre de 1897 en New Albany, aunque para 1902, su padre, William Cuthbert Faulkner se había trasladado con su familia a Oxford, condado de Lafayette, su lugar principal de residencia durante prácticamente el resto de su vida. Creció en el seno de una familia ensombrecida por una historia formidable, situación que preparó el escenario de su conflicto entre esa necesidad de recordar y honrar el pasado y esa otra de crearse una identidad distintiva. A los doce años se había convertido en un estudiante indiferente que no llegó a terminar sus estudios de secundaria, aunque bajo la influencia de la madre fue un ávido lector de Shakespeare, Fielding, Voltaire,  Dickens, Hugo, Balzac y Conrad, lecturas que más tarde ampliaría a Yeats, Pound, Eliot y a los poetas franceses e ingleses del XIX. Vinculado a sus contemporáneos sureños, estuvo apartado de ellos así como de otros contemporáneos literarios en general, y jamás se vinculó a camarilla o escuela alguna, incluso no viajó hasta muy tarde, se enrolaría como voluntario en la RAF, durante la Primera Guerra Mundial, un hecho que lamentaría toda su vida, porque jamás llegó a entrar en combate, y tras su licencia pasó un año por la universidad de Mississippi, unos meses en Nueva York, y finalmente llega en 1925 a Nueva Orleáns donde comienza a escribir apuntes en prosa, relatos y su primera novela. Antes se había manifestado como poeta lírico, llegó a escribir unos setenta poemas que publicó como El fauno de mármol (1924) y Una rama verde (1933), libros y poesía que de alguna manera proyectan el mismo mundo de las novelas, La paga del soldado (1926) y Mosquitos (1927), obras de cierto éxito que en el conjunto de su obra, temáticamente, siguen sin ubicar, aunque están ambientadas en el Sur.
       Padre Abraham (1926) y Banderas sobre el polvo (1927) son el comienzo de dos los ramales  de ficción  que dividen, de alguna manera desigual, el mundo de Yoknapatawpha, ambas versiones trágica y cómica de un pasado y las respuestas que siempre se esperan. El ruido y la furia (1929), continúa e intensifica el tema del pasado de Banderas, y la clave es su libertad absoluta, que en la prosa de Faulkner significa avanzar en cómo enfrentarse al pasado, cómo liberarse del lenguaje, de la tradición y de la experiencia de un mundo concreto. Luz de agosto (1932) y ¡Abasalón, Absalón! 1936), profundizan aun más en el drama del significado y el encuentro con el pasado añadiendo el factor de la raza: un mulato es el protagonista de ambas novelas. Los años de 1929 a 1942 son de una extraordinaria producción literaria, aunque la tragedia personal salpicó la vida del escritor: la muerte de su primera hija en 1931, pocos días después de su nacimiento; la muerte de su hermano Dean, el más joven, en noviembre de 1935, estrellado en un avión que el propio Faulkner le vendió, ocasionales períodos de alcohol, en los que acababa en un clínica, que se repitieron a lo largo de su vida, y aunque su matrimonio fue duradero, resultó bastante desgraciado junto a la mujer que inicialmente lo había rechazado, o el descubrimiento de que no podía alimentar a la familia con su escritura que le llevaron a pasar largas temporadas en Hollywood, creando o arreglando guiones, 1932 a 1937 o 1942 a 1945. La Metro Goldwyn Mayers compró los derechos de Intruso en el polvo (1948) que le otorgaría una seguridad económica importante y, también, una aclamación pública por su obra como su elección para la Academia Americana de las Artes y las Letras, la Medalla Howells de ficción, el Premio Nóbel (1949), dos Premios Literarios Nacionales y dos premios Pulitzer. Después vendrían, El pueblo (1957), La mansión (1959) y Los rateros (1962).
       A William Faulkner —según Javier Marías—le gustaba el silencio, hasta el punto de recurrir a él para explicar por qué escribía, y esto es lo que afirmaba: “Prefiero el silencio al sonido (…) y la imagen producida  por las palabras ocurre en silencio. Es decir, el trueno y la música de la prosa tienen lugar en silencio”. Hace cincuenta años que sobrevivimos en literatura gracias a ese eterno silencio practicado por el inventor de Yoknapatawpha.