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martes, 23 de enero de 2018

El cuento como género



Una reflexión


EL CUENTO COMO GÉNERO

       Un cuento es algo tan nítido y limitado como cualquiera de los objetos que nos rodean, quizá por esto, un autor sólo puede resumir su poética literaria cuando concibe unos textos breves; y así, inevitablemente,  un cuento  se convierte—  en un experimento con la noción de límite, o manifiesta esa voluntad impuesta por el propio autor, como escribiera el argentino Ricardo Piglia, muy a propósito de este denostado género literario en nuestros días.
       Aunque, en realidad, esta generalización merezca una reflexión ensayística más oportuna y mejor documentada, para situarnos en el concepto tradicional de cuento, podríamos  aventurar, entre otras características del género, la recapitulación de una síntesis capaz de resumir el concepto de un buen relato o de un cuento breve. Para esto seguiremos algunos de los consejos que Andrés Neuman, un excelente teórico y mejor representante de la narrativa breve, ya expusiera en algunas de sus colecciones donde teorizaba sobre cómo habría de guardarse un secreto cuando se confecciona un cuento, o aventuraba que los relatos siempre suceden ahora porque no hay tiempo para más. Es, precisamente, en las primeras líneas donde un cuento se juega la vida y, a medida que leemos, observamos cómo los personajes, simplemente, actúan y la atmósfera recoge lo más memorable del argumento. El lirismo contenido se convierte en la magia de la mejor expresión, pero la voz del narrador es tan importante que apenas si se nota y es, precisamente, en el ritmo donde se muestra el talento de su autor. Baste añadir que una frase, un párrafo, una página, pueden ser la extensión justa y medida, pero sobre todo, el proceso a seguir para terminar un buen cuento es, siempre, callar a tiempo.
       Hasta aquí algunas notas que resumen esa equivocada cuestión  de considerar al cuento un género menor, un ejercicio, aparentemente, sin desarrollar porque parece que solo en las grandes obras se mostraría ese largo aliento que la narrativa breve no alcanza; el relato breve se crea y se desarrolla como una elipsis en su propio desarrollo y la escritura comienza en lo narrado por el autor y en las omisiones que este deja para el posible lector. Kurt Spang enlazaba las características del aspecto creativo y estructural del cuento con las de la lírica, en una aproximación a un género que participa de un proceso semejante al usado por el poeta, esto es, la interiorización de la realidad exterior, con esa evidente consecuencia de la brevedad o de la profundidad, cierta predilección  por la instantánea y la sugerencia visual, cierta tendencia a tratar un solo aspecto, un tema, incluso plantear la situación en un limitado campo de acción pero a medida que avanza el relato aumentar la intensidad del mismo; función estética del lenguaje, importancia del ritmo, musicalidad  y un cierto carácter explícito o implícito oral en el texto compuesto. Un buen cuento, en suma, divide en tres instancias su contenido: los personajes creados, la atmósfera conseguida y la acción del mismo.
       Cuestión aparte merece ese concepto de literatura o cuento escrito para jóvenes lectores. Quizá, en un arriesgado juicio cabría preguntarse, ¿son los jóvenes los mejores lectores, los más cualificados para establecer lo que podríamos denominar como la auténtica literatura? Porque el joven lector no suele sucumbir ante opiniones como las esgrimidas por estudiosos, profesores, críticos en general que se han empeñado, durante años, en convencer a millones de personas de que si un libro  no desencadena una auténtica revolución social no tiene valor alguno. Sociológicamente el fenómeno funciona de esta manera en todas las lenguas del mundo porque para ellos pesa aún ese indiscutible don de la lógica y les gusta la claridad. Siguen siendo esos lectores independientes que solo confían en su propio criterio.
       Desde Chejov a Poe, desde Borges a Cortázar, desde Clarín a Fraile, y en nuestros días Monzó y Calcedo, una amplia variedad de tendencias ha proporcionado a los autores una absoluta variedad de registros con que caracterizar  un estilo y un tema. El cuento en España ha vuelto a retomar en las últimas décadas el interés por contar historias. La situación del cuento almeriense ofrece, paralelamente, desde hace décadas una parca panorámica, aunque algunos de los autores, que hace años yo mismo antologaba, han mantenido esa firme voluntad de seguir escribiendo relatos. Algunos nombres notables se asomaban entonces y otros nuevos se han incorporado con el paso del tiempo, José María Riera de Leyva y María José Clemente, desde el exterior, Diego Granados, Martín García Ramos, Remedios M. Anaya, Francisco Cañabate, Celso Ortiz y, sobre todo,  Julio Alfredo Egea, con una reconocida presencia provincial y regional. El caso de Julio Alfredo Egea (Chirivel, Almería, 1926) es, tal vez, el más singular desde su amplia y abundante óptica de poeta porque ha sido narrador desde siempre. El virtuosismo de su prosa queda patente porque es capaz de sacar partido a un argumento mínimo para crear un ambiente propio, repleto de contenido porque sus cánones estilísticos consiguen la perfección. Julio Alfredo Egea da sobradas muestras de fino humor en sus relatos, es capaz de herir la sensibilidad del lector, concibe el relato breve como ese campo donde se experimenta para indagar nuevos territorios con los que alcanzar esa flexibilidad que permite determinar lo significativo, lo que se cuenta sobre una base estricta, en la medida de lo necesario, lo imprescindible, una condensación que actúa siempre en favor de la intensidad como ocurre en muchos de los cuentos de  Sastre de fantasmas y otros relatos, una colección de doce relatos que el lector tiene a su disposición y que son un buen punto de partida si antes no había conseguido leer El sueño y los caminos (1990) o Puesto de alba y quince historias de caza (1996).
       Un cuento parece lo más fino y personal que puede hacer un escritor, escribió hace años Medardo Fraile, y añadía, además, que lograba ser algo tan sorprendente que cuando el escritor hace un buen cuento, moja su mano en agua bendita y se limpia de pecados veniales. Y para precisar algunos aspectos a mí me gustaría señalar que los cuentos que contiene el presente volumen son lo más sutil que ha escrito Julio Alfredo durante todos sus años de escritor honrado y comprometido. Tres tipos de cuentos se observan en esta entrega, con las características propias del cuento de «contracción» que el autor desarrolla a lo largo de un dilatado período de tiempo, como ocurre en «Sastre de fantasmas» la historia de Sigfrido Waldeck y su aventura con el compañero Adolfo Hitler, en realidad el relato de una seudobiografía que reconstruye un avispado reportero muchos años después y da pie a que se desarrolle en varios lugares, además de visiones retrospectivas y de insinuaciones anticipadas; lo mismo ocurre con «Caballos de feria» una historia que, de alguna manera, adelanta la situación final, o «La página perdida del Apocalipsis» un alegato a favor de la humanidad que permite al lector superar el trauma de una raza con una historia contada en períodos y espacios distintos; y, sin lugar a dudas, «El incendio», el mejor ejemplo, de un cuento de contracción porque se desarrolla a lo largo de un dilatado período de tiempo, ofrece visiones retrospectivas y buena parte de la biografía de Vicente, el enano; el relato incluye otros personajes secundarios, subordinados, al desarrollo de una acción que explica los hechos sin añadir más explicaciones que permiten al lector un propio juicio.
       En el cuento de «situación» la época coincide más o menos con el tiempo de la narración y el tiempo transcurrido carece de interés. La historia se desarrolla en un solo escenario y gira en torno a un suceso o un símbolo y, en ocasiones, la situación en sí misma es decisiva o representativa de otras iguales; un buen ejemplo es, «La rebelión del abecedario», el mágico juego de las palabras porque todo gira en torno al proceso de escritura con las nuevas tecnologías incorporadas. Aunque, protagonizado, por unas palomas, el cuento  «Disfraz de nieve», se convierte en una historia de amor con una hermosa catedral como fondo, el paso del tiempo y la amenaza que suponen las palomas en edificios históricos, constituyen el eje de este singular cuento. Dos sucesos se combinan perfectamente, el amor de estas aves y el mal de piedra que acecha al palacio arzobispal, en una declarada intención de relatar esa imagen típica de nuestros monumentos históricos heridos, a veces, por los daños causados por estas singulares aves. En el relato «Guitarras y violines», el músico Evaristo Salvago coincide con Juan Lorenzo en una soledad final de sus vidas que, de alguna manera, prolongara una felicidad perdida porque, tras su encuentro, ambos podían ser lo que siempre habían deseado. Y, quizá, uno de los más emotivos sea «El relincho» una historia infantil que transcurre en una actualidad y que se desarrolla en espiral desde fuera hacia dentro, desde la felicidad de la infancia y la inocencia, hasta la cruda realidad de una enfermedad con la magia de un deseo como telón de fondo. Y lo mismo ocurre con «Música de saxo para una primavera», un relato musical que incluye los tópicos de droga y rock & roll, pero con un final feliz porque representa esa otra tentativa de poder ser semejante a otro proyecto de vida. Quizá los cuentos más líricos sean «Patria soñada» y «La huerta mágica», homenaje al poeta Federico, y en ambos un narrador o personaje principal sirve de nexo de unión a las diferentes situaciones y está presente en todo el relato desde un principio al final, ambos son ejemplos de un buen cuento «combinado»; en realidad, es una historia más compleja que se simplifica por su propia estructura, que define tipos dilatados en un período más extenso pero que la voluntad del escritor condensa porque es capaz de ofrecer un gran material narrativo que el lector deberá completar.
       Julio Alfredo Egea consigue acercarnos con este  puñado de relatos  a una variedad de temas que revisan la historia, formulan juegos de palabras, evocan el mundo animal, recomponen la melancolía de tiempos pasados, exploran el mundo de la homosexualidad, las grandes catástrofes, evocan la infancia, la vejez y la añoranza del pasado, el mundo desaforado de los jóvenes y las drogas, las deformidades, el esplendor de Al-Andalus y las ciudades perdidas o la mejor expresión lírica para descubrir la inhumana sinrazón de las cosas pasadas. Escribir un cuento supone esa prueba de fuerza a que se somete el escritor. Quizá haya que estar en trance para escribir un buen relato, y yo estoy convencido de que, al menos Julio Alfredo, ha mostrado esa tensión que se requiere para dejar constancia de esa sensación que se produce cuando uno cierra un buen libro, respira hondo, deja  pasar unos minutos y no para de pensar en las historias contadas por el autor en las cuatro o cinco páginas que, de una forma compacta, completa y sin concesiones le han sido ofrecidas en forma de libro.

                                                           Septiembre, 2005 

lunes, 22 de enero de 2018

Irene Gracia



…me gusta



















UNA VERDAD ABSOLUTA
              

       Irene Gracia (Madrid 1956) es dueña de un exclusivo mundo lírico, hipnótico y original desde sus primeras incursiones en la narrativa española a comienzos de la década de los 90, y afirma que es valiente a la hora de escribir porque es consciente de lo difícil que resulta demostrar valentía en la vida. Fiebre para siempre, fue su primera novela (1994) y cinco años después Hijas de la noche en llamas (1999) supuso su confirmación como novelista, pero con Mordake o la condición infame (2001) se adentró por primera vez en el mundo de lo fantástico, cuenta la historia real de un joven aristócrata británico que tenía en la parte posterior de su cabeza otra cara, la de una bella mujer; El coleccionista de almas perdidas (2006), es una obra intensa e inquietante, protagonizada por Anatol Chat, uno de los más memorables fabricantes de autómatas que pretende preservar el noble arte del relato recitando cuentos en las calles y en las plazas de las ciudades o en las ferias adonde acude. Irene Gracia continúa entablando un diálogo con la mejor tradición fantástica europea, y ha publicado, El beso del ángel (2011), El alma de las cosas (2014) y Anoche anduve sobre las aguas, XXII Premio Juan March Cencillo, 2014.      
       Johanna Eunicke, conocida cantante que interpretó a Ondina en la ópera homónima compuesta por Hoffmann, en 1815, es la protagonista de la trama de Ondina o la ira del fuego (2017), y así Irene Gracia  convierte en novela la crónica de aquel hito musical y subraya el fatal desenlace que sobrevino tras las primeras y aclamadas representaciones, causa que tanto Hoffmann como ella quieren aclarar: la misma noche en que arde el teatro, convocan un banquete en el que están invitados todos los implicados en la representación de la obra, una reunión que se desarrollará al modo de las veladas serafinas que se celebraban en Berlín por la época, donde los contertulios conversaban sobre arte y filosofía, y también relataban cuentos fantásticos que eran sometidos al juicio de los demás.
       Los relatos se suceden y convierten la novela en una serie de historias de intriga que, a medida que leemos, desvela y ahonda en el fondo turbio de las pasiones humanas, entre las que Gracia destaca los celos y la envidia. El músico Romberg sintiéndose en desventaja frente a los numerosos escritores cuenta las relaciones entre la joven Angélica y su inseparable muñeca Ada, hasta que un día la muñeca le propone intercambiarse sus cuerpos y sus almas; el militar Fouqué narra la vida de un soldado napoleónico que, confundido por muñeco, regresa fortuitamente a la casa de donde un día salió; su mujer, la narradora Caroline, relata la asombrosa existencia de unas esculturas de Miguel Ángel que con el paso del tiempo llegan a conocer su verdadera identidad; en realidad, una fábula sobre el misterio del origen, según constata Fouqué; y la joven Katharina, con apenas quince años, pero que por su aspecto físico y su precocidad mental, aparentaba más edad, alejada del positivismo de los presentes, transgresora y ejemplo de una nueva época, celebra las bondades de la muerte porque esta solo y exclusivamente hace lo que debe hacer: segar cabezas, y así relata “Las bondades de la Muerte”; y la propia Johanna, tras el viaje infernal, propone desvelarles a todos “Cómo nacen los ángeles”.
       La novela Ondina o la ira del fuego se convierte, tanto por su estructura, como por su inteligente intertextualidad, en el mejor ejemplo de una concatenada relación de textos que vincula a autores y oyentes de una forma explícita o implícitamente a construir el marco y ese contexto tan especial tras el desgarrador desastre del fuego en el hotel Paraíso, y tras acaloradas conversaciones que revelan no pocos conflictos, las historias complementarán la comprensión misma de todos y cada uno de los discursos y opiniones para llegar tal vez por la fantasía y la ficción a una verdad absoluta, en una extraordinaria muestra de literatura de la mejor de las tradiciones clásicas, celebrada por el poder de las palabras que en los cuentos narrados cautivan, embelesan, iluminan y aleccionan, incluso inquietan y perturban al puñado de amigos que comparten Eunicke y Hoffmann. Y para cerrar, de alguna manera, el ciclo narrativo participa el maestro Hoffmann, que inicia el relato “Clarisa, reina de Sirgén”, que el resto como símbolo de unión de cofrades deberán continuar, y después terminará con un cuento íntegro “La herencia de Boccanera”, como uno de los mejores ejemplos para cerrar la colección de historias.
       Irene Gracia se mueve con absoluta maestría entre el mundo de lo visible y de lo invisible, del cuerpo y del alma donde anida, según ella, toda la belleza del mal, o esa variada gama de conflictos que a lo largo de la historia de la humanidad ha convertido en leyenda los conflictos que atenazan a los protagonistas de sus novelas.










ONDINA O LA IRA DEL FUEGO
Irene Gracia
Madrid, Siruela, 2017

           

domingo, 21 de enero de 2018

Desayuno con diamantes, 130



LA LITERATURA DE LA DEVASTACIÓN DE HEINRICH BÖLL EN SU CENTENARIO


        
       El reencuentro del joven Heinrich Böll (Colonia, 21 de diciembre, 1917- Langenbroich, 16 de julio, 1985) con una Alemania desvastada le llevarían durante algunos años a ejercer varios oficios, y después a cursar estudios de Germánicas en su ciudad natal. Su primera etapa creativa corresponde a una «literatura de guerra, ruinas y el retorno a la patria», que Böll definiría como «litera­tura de la devastación», se caracterizaba porque «se escribía sobre personas que vivían entre ruinas, que salían de la guerra, hombres y mujeres heridos en la misma medida, también los ni­ños», y los escritores «nos sentíamos cerca de ellos, nos identificábamos con ellos: con los refugiados, con todas las víctimas que de algún que otro modo habían quedado sin hogar». Böll describe la Alemania de los escombros y de la derrota; repre­senta el símbolo de una superación, el hombre de buena voluntad que durante más de tres décadas y hasta su muerte en Julio de 1985, manifestó un esfuerzo de supe­ración, la idea de una Alemania vencida que propendía a ser distinta. El autor alemán pro­yectó su particular ajuste de cuentas desde sus primeras obras, El tren llegó puntual (1949), ¿Dónde estabas Adán? (1951), Y no dijo una sola palabra (1953) y Casa sin amo (1954), que narraban sus experiencias de guerra y de la inmediata posguerra, hasta llegar a construir una sólida obra que sería reconocida con el Premio Nobel en 1972.

Primeras obras
       Böll describirá mejor que ningún otro autor de lengua germana, la Alemania de los escombros y de la derrota, y repre­sentará, de igual manera, el mejor símbolo de una superación, el hombre de buena voluntad que durante más de tres décadas y hasta su muerte, manifestó un esfuerzo de supe­ración, la idea de una Alemania vencida que propendía a ser distinta. En esta firme apuesta pro­yectó su particular ajuste de cuentas desde sus primeras obras. El tren llegó puntual (1949), ¿Dónde estabas Adán? (1951), Y no dijo una sola palabra (1953) y Casa sin amo (1954), en las que narraba sus experiencias de guerra y de la inmediata postguerra, hasta llegar a construir una sólida obra reconocida con el Premio Nobel en 1972. Con la novela El pan de los años mozos (1955) su trayecto­ria narrativa iniciaba un nuevo planteamiento que arremetía contra el conformismo de una sociedad inmersa en el «milagro económico», intransigente con las formas de inercia espiri­tual: Walter Fendrich es un joven cuya vida se desarrolla en los primeros años de la postguerra, una época repleta de egoísmo y crueldad pero donde se vuelve a reedescubrir un período de bienestar cuando el joven logra un puesto de electricista, trabaja doce horas diarias, duerme al menos ocho y dedica otras cuatro a la diversión. Semejante esquema reproduce, Billar a las nueve y media (1959) que cuenta la vida de unos personajes deshumanizados, que dan vida a unos seres de cuerpo y alma, cuyo men­saje más íntimo reviste formas insospechadas: una profunda visión psicológica, un escepticismo que conduce a una esperanza y una revisión que confirma la visión de la crítica alemana, «el carácter de nuestra época, nuestros propios rasgos, nuestros sueños y vicisitudes, aparecen ante nuestros ojos como una invitación a reflexionar. Es una obra impregnada de madu­rez y plenitud, lejos de todas las tendencias». Simboliza una de las contradicciones de la mentali­dad alemana, tejer y destejer, aunque se refiere al resto del género humano. El arquitecto Fähmel construye la gran abadía de Sankt Antón, el hijo la destruirá más tarde y el nieto emprende su reconstrucción. Sobre la familia pesa un fatalismo: construyen y destruyen sin pasión, como si fueran instrumentos del azar, su actitud no muestra ética o estética alguna, se convier­ten en engranajes de un gran motor cuya fuerza no depende de su voluntad.
       A partir de los años 60 el autor iniciará una nueva etapa caracterizada por lo que él mismo llamó «estética de lo huma­no», en favor de las libertades individuales y contra toda forma de poder o imposición manipulada por una sociedad competitiva o alienante. Fue el inicio del fenómeno creador Bóll: Opiniones de un payaso (1963) se convirtió en uno de los ma­yores best-sellers alemanes de toda la década. El joven protago­nista de familia acomodada no aceptará los convencionalismos de su clase y huye convirtiéndose en un payaso que triunfa con sus representaciones satíricas. Narrada en primera persona, arremeterá contra la burguesía, los tecnócratas, las jerarquías eclesiásticas y contra los militares, co­lectivos que aplauden sus extremadas burlas. El payaso sólo su­cumbirá ante una mujer que opta por casarse con un hombre de esa floreciente burguesía católica acomodaticia que llevará al autor a realizar el repaso de un país reconstruido sobre ruinas materiales y morales, y donde, como antaño, la idea de una su­perioridad predestinada, recordará los fantasmas de un nazismo que se convertirá en una obsesiva constante en la obra del autor germano.


       Heinrich Böll vivió el programa de «reeducación» que acen­tuaría en el pueblo alemán el sentido de una culpabilidad co­lectiva y ante la que tomaron posturas defensivas jóvenes au­tores que constataban un nuevo orden democrático antifascista, cimentado en una democracia cristiana, un socialismo en auge y una vocación internacionalista. La Democracia Cristiana Alemana (CDU) incorporaría en sus programas las ideas de un socialismo económico y revistas del prestigio de Merkur o Frankfurter Hefte, abogarían por la socialización de la cultura. Se considera el año 1948 como el auténtico nacimiento de la RFA, y se asientan las bases de una política económi­ca que conforma la realidad política del país. La literatura, menos sensibilizada que en los duros años de postgue­rra, luchaba frente al «milagro económico alemán» y los autores que hoy gozan de un prestigio universal, criticaban la ingente penuria política cultural de una fuerte Repú­blica Federal Alemana y surgía el conflicto entre espíritu y poder, entre inteligencia y política que Heinrich Böll, Günter Grass y Martin Walser o los filósofos, Max Horkheimer y Theodor W. Adorno censuraron hasta llegar a una específica relación con una realidad política que aun hoy se percibe en la literatura contemporánea.
       Con el término Trümmerliteratur (literatura de rumores) se designó a la nueva literatura de posguerra, y se otorgaba carácter a una realidad de escombros y ruinas, no sólo de ciudades y casas, sino de ideales y de esperanzas. Las novelas publicadas serán un remedo de esa línea tradicional escrita antes de 1933, con títulos como, El bosque de los muertos (1945), de Ernst Wiecheert, El sello imborrable (1946), de Elisabeth Langgásser, o La ciudad al otro lado del río (1947), de Hermann Kasak, y como escribía Böll porque entonces, «era increí­blemente difícil después de 1945, escribir en prosa, aunque solo fuera una página», y las causas estaban en la herencia de los doce años de fascismo, y «la joven generación malgastaba la mayor par­te de sus energías en rellenar el vacío ocasionado por la política del lenguaje del III Reich». El distanciamiento de la primera literatura de posguerra, de estos acontecimientos sociales y la impulsión del Grupo 47, significaron para la prosa en­contrarse con una variedad de asuntos externos, a planteamientos estilísticos nuevos, volver su mirada al resto del mundo, o a un mejor conocimiento de temas y problemas del pasado y del presente. Nuevos nombres surgen en el panorama narrativo, Siegfried Lenz, Martin Walter, Max Frisch y el propio Heinrich Bóll que compaginó pasado y presente con su novela más significativa, Billar las nueve y media (1959), de compleja trama, calificada de «sencilla y de lenguaje simplificado», los recuerdos se actualizan a través del monó­logo interior y externo, se entrecruzan y entremezclan temporalmente, a través de múltiples símbolos, asociaciones y citas, que llevarán ese pasado hasta la transitoriedad del presen­te. Dos nuevas obras marcan el punto culminante de su obra: Distanciamiento de la tropa (1964), donde la de­serción es considerada como valentía, «se aconseja distanciarse de la tropa» y «se recomienda antes que se desaconseja la deser­ción», y Final de un viaje de servicio (1966), cuenta la solem­ne quema de un Jeep de la armada como acto de resistencia con­tra el poder del estado; resistencia literaria, porque en su obra posterior se mostrará un acusado acento de politización de la literatura, no se ocupa ya del pasado, sino de los conflictos y proble­mas sociales de la actualidad que, junto a Grass, le llevarán a representar el papel del intelectual demócrata comprometido con la literatura y con la política.

Años de madurez
       Böll entraba en su etapa de madurez con: Retrato de grupo con señora (1971) la encuesta periodística sobre la imprevisible y sexual figura de Leni Gruyten, de quien se reco­gen momentos sobresalientes de su vida y se ofrece un amplio fresco de la sociedad alemana desde los años 30 a los 60. El cronista-autor, «A», reunirá in­formes, entrevistas y una amplia documentación por la Ale­mania de los 70 para conseguir una información «objetiva» de la protagonista. El libro repasa grandes momentos históricos, la subida al poder de Hitler, el conflicto mundial y la Alemania de Helmut Schmidt, y Böll recrea sus fantasmas: el catolicismo anticlerical y la muerte, capaz de engullirlo todo. Lo mismo ocurre con El honor perdido de Katahrina Blum (1974) obra polémica que ensalza los temas del compromiso civil, la dignidad del indivi­duo y los valores de una vida moralmente íntegra, frente a una sociedad industrial que ma­nipula las opiniones y destruye las conciencias. Katharina Blum es una doncella envuelta en una nefasta campaña de prensa porque ha ayudado a un joven rebelde de quien está enamorada. Su vida queda expuesta públicamente y se hieren su honorabilidad y sus sentimientos. Es un panfleto contra la instrumentalización de la mass-media, lo advierte el autor con respecto a una determinada praxis periodística, la empleada por el periódico «Bild», que entre 1971 y 1972 desencadenó una violenta campaña contra el grupo anarquista «Baader-Meinhof» y propició una auténtica «caza de brujas». La novela presenta, pues, la imagen de una heroína y una víctima a través de un excelente reportaje, cuyo valor mismo está en un excelente virtualismo formal, simbólica­mente, simplificado para presentar unos personajes sometidos al ritmo de unos acontecimientos característicos de página de pe­riódico, aunque, en realidad, se puede tratar del mejor «ejemplario» de su autor.
               Böll no vaciló en escribir nuevamente sobre los abusos de la prensa sensacionalista y publicó "Ulrike Meinhof. Un artículo y sus consecuencias" (1975), aunque el gran libro sobre terrorismo e inseguridad ciudadana se titula Asedio preventivo (1979), que sitúa en una localidad alemana conflictiva, debido a la presencia de una central térmica para apun­tar el eterno dilema ético entre libertad y autoritarismo.                 Sus últimos años fueron la lenta, segura y sólida consolida­ción de una obra pero Mujeres a la orilla del río (1985), su novela póstuma no añade nada nuevo; el des­concierto final de esta novela está en la propia redundancia de los eternos temas tratados por el escritor, en su manera casi teatral de mostrarlos; personajes masculinos y femeninos en­carnan la actualidad alemana del momento: los hombres son animales políticos que vivieron una juventud nazi, hicie­ron su vida en la posguerra y hoy son hombres importantes, viven un presente en­gañoso e hipócrita; a su lado, las esposas observan y comentan todo lo que les rodea. El resto de personajes jóve­nes serán el contrapunto de esta clase social convertida en el baluarte ideológico de un futuro que los sacará de una crisis en la que todos se encuentran inmersos.
       La recuperación editorial en 1992 de una obra desconocida, El ángel callaba, escrita entre 1949 y 1951, testimonia el duro período de la sociedad germana de posguerra, y constata que la persona y la obra de Heinrich Böll son una ineludible referencia, en palabras de Ricardo Bada, a la hora de entender el curioso fenómeno que fue Alemania tras la Segunda Gran Guerra y su aceptación posterior en el mundo, una Alemania distinta cuyo peso más específico cayó sobre las espaldas de un escritor, Heinrich Böll, el hombre de la eterna mirada triste.


sábado, 20 de enero de 2018

Sabías que...





     “Estaba furioso de no tener zapatos; entonces encontré a un hombre que no tenía pies, y me sentí contento de mí mismo”.
                                                           (Proverbio)

viernes, 19 de enero de 2018

250.000



     Encaramos el fin de semana cuando sobrepasamos más de 250.000 visitas.
      ¡Gracias, amigos lectores!


jueves, 18 de enero de 2018

Javier Barreiro



… me gusta


Un buen trago para una mejor literatura

       La editorial Menoscuarto edita, Alcohol y literatura, de Javier Barreiro, un libro que relata la creación-destructiva de no pocos autores de la literatura universal.

       La curiosa y atormentada relación que renombrados escritores mantuvieron con la bebida es el tema fundamental de Alcohol y literatura (2017), un auténtico recorrido por la veneración que se ha tenido del vino y los efectos de la embriaguez desde la antigüedad clásica hasta la actualidad, y así el libro se convierte en el relato de algunas de las vidas y de las obras marcadas por el alcohol.

La obra
          Javier Barreiro (Zaragoza, 1953) habla de la afición al trago de varias generaciones de escritores y expone algunas de sus mejores obras, y realiza un auténtico, pormenorizado y ameno estudio desde los orígenes y el descubrimiento de los viñedos hasta la total desaparición de las tabernas de algunas emblemáticas ciudades de nuestros tiempos jóvenes. Así, por sus páginas desfilan los nombres de autores contemporáneos, la bohemia española, los hispanoamericanos, los norteamericanos, los británicos y todo lo que tenga que ver con el mundo de la creación literaria, artística y el alcohol, incluido el cine y, por supuesto, la novela negra, por excelencia. Por sus páginas desfilan muchos admirables nombres, que sorprenderán a algunos lectores: desde Enrique Gómez Carrillo a Caroline Blackwood, pasando por Alejandro Sawa, Mariano de Cavia, José Gutiérrez Solana, Manuel Machado, Eduardo Alonso, un curioso Dámaso Alonso, Manuel Halcón, Leopoldo Panero, Eladio Cabañero, Pedro Garfias, José María Álvarez, José López Ruiz, Alfonso Grosso, Gabriel Ferrater, Alfonso Costafreda, Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Ana María Matute, Juan Benet, Fernando Quiñones, Fernando Marías, pero también los clásicos Rabelais, Ernest Theodor Amadeus Hoffmann, Gérard de Nerval, Baudelaire, Verlaine y Rimbaud, Faulkner, Hemingway, Pessoa y Pla, los más cercanos, McCullers, Carver, Fante, Cheever, y por supuesto a quien todo el mundo considera el mito del alcohol, Edgar Allan Poe, que según Barreiro, comenzara a beber tras la muerte de su primera esposa, y según la leyenda, llegaría totalmente borracho a su segunda boda. Lo mejor, en dichas páginas hay mucha vida alegre y de una auténtica y dudosa moral, pero se trata, en muchos casos, de una vida auténticamente vivida, y por supuesto crónica de las borracheras de muchos de estos singulares personajes; pero también, hay muchísimo altruismo y un gran compañerismo etílico, que ocultaban admirables bondades humanas y personales; y a medida que vamos leyendo, entre sus páginas, se cuelan  los ecos del ruido y la bulla de los bares, de las barras de los hoteles y de las tabernas más reconocidas del mundo donde existía otra vida, evidentemente distinta. Y así, Alcohol y literatura enumera, también, muchos de los míticos lugares, tascas y tabernas y demás antros frecuentados por los noctívagos que escribían, en muchas ocasiones, para olvidar, y que se asomaban en sus obras, como el Café Varela, el café Castilla, el Colonial, la taberna de la Concha, la tasca del Barbas en la calle Fuencarral, la cervecería madrileña de la calle Hileras, o el garito perdulario de la calle de Arlabán. En ellos entraban los escritores para calentarse el alma y de ellos salían con una merluza que les dulcificaba el gesto y les congelaba la orientación para llegar a su domicilio, si es que lo conseguían, sanos y a salvo.
Curiosidades
    La lista de licores y bebidas alcohólicas es como sigue, absenta, aguardiente, cerveza, chinchón, whisky, cazalla o anís, han bajado por las gargantas de muchos consumidores, y poblado de fantasías las obras de nuestros clásicos universales, de autores contemporáneos, tanto españoles como norteamericanos, hispanoamericanos, ingleses o franceses, y pocos se libraron de una relación turbia con el alcohol. Barreiro, además, cita algunas de esas obras que están en la mente de los buenos lectores, Luces de bohemia, de Valle-Inclán, Con el viento solano, de Ignacio Aldecoa, Tiempo de silencio, de Martín Santos, la espléndida novela corta La parranda, de Eduardo Blanco Amor, cuyo asunto central es una gran cogorza, o La gran borrachera, del sevillano Manuel Halcón, que se convierte en todo un canto al vino.
     La mayoría de estos escritores atravesaron las tinieblas del alcoholismo, pero el abuso y consumo de estas bebidas sobrevoló sus obras y fue así como se convirtieron en algo diferente porque, según ellos, habían encontrado la inspiración  y reforzado su creatividad en el destello de las innumerables copas que llegaron a beber. Lo que nos interesa a los lectores es que dejaron obras que, como el buen vino, mejoran con el paso de los años, libros que, al abrirlos de nuevo, ya han alcanzado el placer de un gran reserva, y literariamente la categoría de clásicos.








Javier Barreiro, Alcohol y Literatura; Palencia, Menoscuarto, 2017.

miércoles, 17 de enero de 2018

Hoy invito a…



Antonio Jiménez Morato*



La lección bien aprendida

       La primera vez que leí los Cuentos completos de Medardo Fraile, en la ya algo anticuada edición de Alianza, me llamó la atención que sólo uno de los múltiples personajes que van desfilando por todos los relatos de Medardo Fraile se repita. O bueno, tal vez sería mejor decir que me sorprendió que uno se repitiera, porque tampoco es que sea algo muy común entre los grandes escritores de cuentos meter el mismo personaje en varias de sus historias. Tal vez Cortázar y Borges, por poner dos ejemplos, sí se permitieron el lujo de aparecer en varios de sus cuentos, pero vamos que tampoco eran personajes, eran ellos mismos en mayor o menor medida, y eso no cuenta –nunca mejor traída la expresión. De hecho, Medardo, con un pudor que caracteriza toda su obra, nunca ha osado meterse en un cuento, o tal vez sí, quién sabe.
       No se preocupen, no me voy por las ramas. El personaje que se repite es Eloy Millán, don Eloy Millán para ser exactos, porque de don se trataba al profesor cuando estos cuentos se escribieron. Eran los años en que los profesores ganaban poco, sobre todo para lo que se esforzaban, pero se les tenía respeto. Normalmente había uno por pueblo, y tenía que desbravar a todos los chavales de la comarca. Pues bien, este don Eloy Millán es el protagonista del cuento que cierra el libro Cuentos de verdad –que se hizo con el Premio de la Crítica en el año de su publicación-, titulado Punto final, y del relato José I, incluido en la siguiente de las recopilaciones de cuentos de Fraile, la llamada Descubridor de nada y otros cuentos. Este Eloy Millán es, como hemos dicho, un profesor, de lengua a tenor de lo contado por su autor, que tiene alguna que otra aspiración literaria.
       Lo mejor en este caso es que el lector se vaya corriendo a los anaqueles de su biblioteca, o de una pública, tanto da, y lea los dos relatos. Los resumiré un poco por encima. Siempre teniendo en cuenta que la glosa es menor que el cuento.
       El primero, Punto final, narra una clase de don Eloy. Transcurre por tanto en apenas una hora de la vida del protagonista, pero en ese pequeño transcurso de tiempo comprendemos todos los deseos del profesor. Es la clase del viernes y toca dictado. Todos los recordamos en mayor o menor medida: El profesor coge un libro y va leyendo en voz alta, algo lentamente para lo normal, y repitiendo algunas de las frases. Mientras todos los estudiantes, aplicadamente o no, escriben en sus cuadernos lo mejor que pueden lo que el profesor lee, uno de ellos, normalmente el que tiene menos suerte, sale a la pizarra –o al encerado como también lo llamaban a pesar de que jamás fue de cera y, si estaba encerado, no había quién lograra escribir por mucho que apretara la condenada tiza- y exhibe a los ojos del profesor su desconocimiento de la materia. Pues bien, la clase discurre del modo acostumbrado salvo un pequeño detalle, esa sutil diferencia que justifica la existencia del cuento: a don Eloy se le ha olvidado el libro de “Dictados pedagógicos”. Entonces rebusca en su cartera para encontrar algo que dictarles, un sustituto para no perder la clase. No le vale el libro de otro curso y tampoco el periódico –por cierto, qué humano ese gesto de protegerles de la cruda realidad o de las burdas mentiras de un periódico de la dictadura. El objeto elegido será un carta que ha estado escribiendo los últimos días, una epístola digna de haber sido escrita por los más grandes de las letras españolas, y universales, por qué no, a ver qué tiene que envidiar a Perrault don Eloy Millán. Descubrimos así el centro del relato, la ambición literaria, la ansiedad de trascendencia, de don Eloy.
       Y entonces, por primera vez, tal vez por última, se pone a la altura de los autores seleccionados para los “Dictados pedagógicos”. Da lo mismo que su texto no tenga título o que se trate de una pequeña carta privada. Al terminar dicta el punto final. Con ese punto final el escritor Eloy Millán vuelve a ser el profesor don Eloy, que debe corregir las faltas cometidas en la pizarra por el pobre alumno escogido para que sus compañeros puedan a su vez corregir las suyas en sus cuadernos. Cuando termina vuelve a la grisura de sus días, al cielo encapotado de lo cotidiano, al sabor mustio de la costumbre, que resaltan al contraste de los dorados atardeceres del pasado descrito en la carta, de los crepúsculos color de miel cuando todavía soñaba con ser escritor.
       Ya ha terminado el dictado, ya ha terminado la corrección, y los alumnos exhiben el afán utilitarista que a don Eloy seguramente le ha agradado en el resto de las clases hasta aquel día. Los niños se ofrecen a borrar el dictado, pero don Eloy se resiste a desaparecer así, tras los manotazos de un colegial sobre el encerado, a quedar convertido él y sus ilusiones en un borrón de tiza que no se va de la pizarra porque el borrador estaba ya colmado de los restos de las anteriores clases. Porque los niños tienen prisa, la velocidad corre por sus venas, la misma que se lo lleva a él que sólo querría calma y paz para paladear sus recuerdos. Ellos sólo quieren “borrar y escribir de nuevo, y crecer y borrar, y escribir otra vez y ser hombres”.
       Don Eloy continúa la clase con sus palabras abandonadas sobre el oscuro telón; y cuando suena el timbre el remolino de niños, carteras, abrigos, se lleva sus frases que quedan totalmente borradas de la pizarra. Y don Eloy se queda mirando al encerado “como un hueco preciso”, como esa parte de su vida que ahora le falta. Y se pregunta cuántos habrá como él perdidos, olvidados, y permanece allí, espantado, buscando en esa negrura algo de sí, un rabo de alguna letra, un punto, el resto de sus palabras para asegurarse de que estuvo allí.
       Una maravilla. Uno más de esos cuentos perfectos que Medardo Fraile ha escrito a lo largo de estos cincuenta años. Leído como yo lo leí, de corrido y ansioso en medio de la compilación de todos sus libros, perdía la fascinante capacidad de impactar que, a buen seguro, debió impresionar al jurado que lo premió en 1964. Creo que es el mejor cierre de un libro de cuentos que jamás he leído y si, tal y como afirmaban en una reciente encuesta sobre el cuento español, era de Aldecoa el mejor libro de relatos publicado en España en el siglo xx, sin lugar a dudas el mejor cierre de libro lo tiene Medardo. Y es el de Cuentos de verdad.
Si uno tiene la suerte de tener la edición de Alianza que he mencionado antes o la más reciente de Páginas de Espuma no tarda mucho en encontrarse con el segundo cuento de don Eloy. Se trata de José I.
       Hay diferencias respecto al anterior. Si aquél transcurría en el breve lapso de una clase, éste se extiende a lo largo de todo un curso escolar, el que pasó Romero López, sentado en la tercera fila junto a la pared que separaba los ventanales de clase. El cuento nos narra las tres veces que, a lo largo del año, don Eloy pregunta al niño magro y pálido, aunque huesudo y fuerte. El matiz genial es que Fraile elige con mucho tino las preguntas que van a aparecer a lo largo del relato.
       La primera es una sencilla frase, el profesor solicita al alumno una oración de predicado verbal. A lo que el niño de ojos holgazanes contesta: “La rana croa”. A lo que don Eloy Millán, digno seguidor de don Juan de Mairena, da el visto bueno.
       Y el curso sigue con una gramática cada vez más grande y usada por el tiempo, y cuando ya empieza a tener don Eloy los nombres de todos los niños en la cabeza le pregunta a Romero, el niño de los ojos holgazanes azul frío, una frase que tenga complemento directo. Y el niño responde “Melquíades coge una rana”. Y se limita a tomar nota del mundo de borradores con olor a fresa, resina con restos de carboncillo y batracios en que se mueve.
       Sólo cuando el verano está a la vuelta de la esquina y la primavera ha alterado a las oraciones hasta hacerlas exuberantes como las flores que florecen al otro lado de los ventanales, y marean como su polen y embriagan como su perfume, don Eloy sorprende al niño de ojos holgazanes, de un azul frío, que fingían cierta inocencia, pidiéndole una frase desiderativa. “¡Quién fuera rana!” dice Romero. A lo que el profesor, con curiosidad zoológica, le responde: “¿Pero a ti qué te pasa con las ranas?”
       Y el niño de ojos holgazanes, de un azul frío, que fingían cierta inocencia que desmentía la mueca de la boca, sonríe dispuesto a resistir en silencio. Doce años llevaba en el mundo José Romero López, futuro José I de las ranas.
       Estos son los dos cuentos protagonizados por don Eloy, bueno, el segundo menos, digamos los dos en los que aparece. Los que se me quedaron tallados en la memoria después de haberlos leído por primera vez. Y hasta aquí la primera parte de esta historia.      

       La segunda comienza con un café solo para mí, con leche para él, a la sombra de la Gran Vía madrileña, compartido con Ángel Zapata. Allí, removiendo el canon de la literatura al ritmo de la cucharilla en la taza, me comenta que hay un proyecto en marcha para homenajear a Medardo Fraile. Y, generosamente, me pregunta si se me ocurre algo para escribir. Pues, sí, algo sobre Eloy Millán, le respondo. Y le cuento que es el único personaje de Medardo que aparece en dos cuentos, y que en uno aparece como un escritor malogrado que, a punto de doblar la esquina del otoño al invierno, se reivindica antologándose a sí mismo en los “Dictados pedagógicos” y se pregunta si de lo que ha sido, de lo que ha escrito, quedará algo. Vamos, que es como en El mar, se queda ahí, comprendiendo que no es nada, que no somos nada y tenemos suerte si de nosotros queda algo. Ángel, generoso como siempre, se queda callado para que termines de contarle. Y vuelvo a la carga con el cuento del rey de las ranas. Le digo de qué va, y que me llama la atención que don Eloy, escritor a fin de cuentas, enseñe a su alumno a labrarse el camino con el lenguaje, porque no es tanto que el niño vaya mostrando sus cambios ante las preguntas del profesor, sino que son estas las que lo hacen verbalizar lo que siente, que es gracias al lenguaje como va entendiendo que será José I rey de los Batracios. Para cuando hemos pagado la cuenta ya he convencido a Ángel de que Eloy Millán es Medardo preguntándose qué quedará de lo que ha escrito, y que es Medardo enseñándonos a todos hasta donde llegar con la palabra, y no sé cuantas historias más que cualquiera que haya leído sus cuentos ya conoce, y tampoco voy a venir yo a contárselas ahora, como si descubriera el Mediterráneo.
Aún no sé cómo me invitó a que hiciera este artículo. Pero a mí se me había quedado la idea de que a lo mejor elucubraba mucho. De que todo esto eran ideas peregrinas que yo había tenido de cuando leí los Cuentos Completos de Alianza de un tirón, entre la cama y el autobús, en los tiempos muertos y en los vivos, robándoselos a momentos de trabajo, o de estudio, o de holganza. Así que cuando apareció Escritura y verdad, hice una nueva lectura de todos los cuentos. Y me sorprendió ver la gran cantidad de profesores que desfilan por sus historias. Octavio Pedroso, el último caído del noventa y ocho, o el original Senén Pérez, profesor de la historia de Al-Andalus, son olvidar la frialdad científica del señor Otaola. Y don Eloy Millán, y muchos más. Así que a lo mejor no andaba tan desencaminado.
       Para entonces ya tenía escrito un texto, sobre don Eloy, muy frío y académico. Un comentario de texto de esos de instituto con algo más de ironía y la mano más suelta que entonces. Con más literatura y menos retórica, vamos. Pero ahí vino el momento en que todo dio el giro completo. Me estaba dando una vuelta por la Feria del Libro una tarde de sábado. Estaba algo resacoso, atacado por la alergia y, para terminar, sabía que Medardo me había hecho una llamada al móvil justo en el momento en que me había quedado sin batería. Así que me paseaba entre la multitud que abarrota el Paseo de Carruajes del Retiro aprovechando que eso se parece durante un par de semanas a la extinta Casa de Fieras cuando se me acercó un buen amigo, Víctor García, y me dijo, Medardo está firmando en esa caseta, y me ha encargado preguntarte cuándo le entregas a Domene el texto que le debes.
       Al cuarto de hora estaba hablando con Medardo y contándole un poco por encima sobre qué había escrito, y me pareció todo lo que le decía tan frío, tan poca cosa al lado de lo que había aprendido de don Eloy. Y, en ese momento apareció él allí mismo, firmando libros. Porque empezó a contarme Medardo que esos cuentos venían de cuando él fue, durante ocho años, profesor en el colegio-instituto Ramiro de Maeztu, en el que, paradojas de la vida, a punto estuve de estudiar yo. Y no quedó allí la cosa, porque me contó que tuvo un proyecto de hacer un libro sobre los profesores, todas historias de la docencia, que se quedó en el limbo de los proyectos olvidados. Pero que sí, que ahora que se lo recordaba a lo mejor sí que se podría hacer un libro con todos esos cuentos protagonizados por profesores. Por qué no, sí que se podrían recopilar, contesté yo con la poca brillantez de siempre.
       Porque lo que le tenía que haber dicho es lo que se me ocurrió luego, esa misma noche, como siempre a destiempo, “el espíritu de la escalera” creo que lo llaman los franceses. Le tenía que haber dicho que ese libro sobre los profesores, sobre la enseñanza, no sólo de conocimientos, de materias, sino de la vida, de cómo vivirla y crearla al escribir, ya lo había hecho. Se llama Escritura y verdad. De lo que tiene dentro han aprendido muchos, de él aprenderán aún más y, los menos, mal que les pese, tienen mucho que aprender de él. Son ciento treinta cuentos, ciento treinta vidas como poco. No está nada mal como acto creador. Es una gran y fecunda descendencia que Medardo, generoso, nos ha regalado. 


*(Madrid, 1976) es un crítico literario, novelista y antólogo español. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, se trasladó a los Estados Unidos, donde realizó el MFA de Escritura Creativa en Español de la Universidad de Nueva York y, posteriormente, inició el doctorado en la Universidad de Tulane (Nueva Orleans). Ha colaborado en medios internacionales: en España, en las revistas Quimera, Renacimiento, Suoreste o Clarín y los suplementos culturales Babelia y ABC Cultural; en Argentina, en Clarín, Perfil, La mujer de mi vida, Big Sur; en México en El perro y en Uruguay en Otro cielo.
Ha publicado los libros La piedra que se escribe (Festina, Ciudad de México, 2016), El sabor de la manzana (Germinal, San José, 2014) y Mezclados y agitados (DeBolsillo, Barcelona, 2012). Participó en la colección de ensayos Escritura creativa: cuaderno de ideas (Talleres de escritura creativa Fuentetaja, Madrid, 2007).