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jueves, 17 de agosto de 2017

Ignacio Martínez de Pisón



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BUENOS Y MALOS
              
       Cuentos tomados de la realidad, siete relatos basados, en su mayor parte, de hechos reales con la República y la Guerra Civil de fondo, así califica, Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) un curioso libro titulado, precisamente, Las palabras justas (2007), una de esas sorpresas que uno agradece porque semejantes publicaciones no proliferan en nuestro panorama literario contemporáneo. Como suele ocurrir en estos casos, la procedencia de estos textos es siempre un artículo de periódico en algún suplemento y forman parte del género del reportaje, así que a los lectores de Martínez de Pisón se nos ofrece la posibilidad de leer y ver reunidos la totalidad de los mismos, si antes no se hubiera hecho, como suele ser habitual.  El caso de «Sender en Casas Viejas» es distinto porque, a parte de ser inédito, ofrece una mayor extensión y una detallada documentación: concebido inicialmente, como señala el propio Pisón, como prólogo a una nueva edición de Casas Viejas (2004).
       El trasfondo: la guerra civil, Aragón, el nombre de varios escritores, episodios sueltos de un pasado cruel, historias de buenos y de malos para, una vez cubierta una  documentación amplia, descubrir que muchos de estos personajes anónimos contribuyeron a la intrahistoria de una realidad reciente. La historia de una maestra y su alumna que, con el paso de los años, coincidieron en la cárcel: la joven como carcelera y la maestra como reclusa. En realidad, la historia de Carmen Castro, directora de la famosa cárcel de la Ventas y María Sánchez Arbós, profesora educada en la Institución Libre de Enseñanza; el episodio de «Canfranc, estación internacional» que durante la Segunda Guerra Mundial estuvo bajo el mando de una guarnición alemana y desde allí se organizaron actividades diversas; entre otras, se habló del «oro de Canfranc»; la traductora Lydia Kúper, unida por su trabajo a la cúpula militar soviética que representaría a la NKVD en nuestra guerra civil, pero sobre todo por ser la mejor traductora de Guerra y paz; Sciascia en Belchite, cincuenta años después; el libro reproduce, en su interior, y en la portada una hermosa fotografía del autor; el caso Sender, citado; la New World Resettlement Fund propiciada por John Dos Passos en favor de los anarquistas españoles refugiados en Sudamérica; o, finalmente, «el extraño policía de la foto» cuando el 22 de febrero de 1959 tuvo lugar en Collioure uno de los más célebres encuentros de la resistencia intelectual al franquismo con motivo del vigésimo aniversario de la muerte de Antonio Machado. Se trata, decirlo de una manera categórica, de esas  injusticias de nuestra historia, en mayor o menor grado, que merecían ser reparadas. Magníficamente desarrolladas por la prosa y el estilo de Martínez de Pisón.  Excelente apuesta de Xórdica apostando con semejante libro.






LAS PALABRAS JUSTAS
Ignacio Martínez de Pisón
Zaragoza, Xórdica, 2008

miércoles, 16 de agosto de 2017

jueves, 10 de agosto de 2017

Andrés Barba



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MÁGICA FANTASÍA
              
       Explorar el mundo de la niñez es quizá la aventura más arriesgada que exista narrativamente hablando. Cocteau publicó Los niños terribles (1950), Sánchez Ferlosio escribió un delicioso Alfanhuí (1951), Golding inmortalizó el tema en, El señor de las moscas (1954) y, mucho antes, Rilke había publicado el espléndido poema, Réquiem a la muerte de un niño (1909). A partir de modelos como los precedentes, Andrés Barba (Madrid, 1975), se sumerge en este mundo aunque con dos planos que se suponen implícitos: uno pertenece, inevitablemente, a la realidad y otro a la fantasía. Uno es el de la experiencia y otro el de la imaginación para contar la historia de Marina, la niña protagonista de Las manos pequeñas (2008). Barba ya había ensayado un tipo de relato donde la fantasía y lo inverosímil caracterizaban el relato, su primera novela La hermana de Katia (2001) y, unos años más tarde, Historia de Nadas (2008) y recientemente, La alucinante historia de Juanito Tot y Verónica Flut (2008).
       Marina, ingresada en un hospital tras el accidente automovilístico en el que mueren sus padres, repite una y otra vez, con una lógica quebrada, y como si de una terapia se tratase, la misma frase: «Mi padre murió en el acto, mi madre en el hospital». Poco después es internada en un orfanato, donde iniciará un juego, que incluye enigmáticos rituales, con una muñeca ante la fascinación y el miedo de sus compañeras, hecho que a lo largo del relato habría que interpretar como algo psicológico para mostrar que el poder de seducción de la muñeca se convierten en el centro de atención de la niña y de sus amigas. Lo brutal, pero inocente de este juego, no dejará de ser un encuentro feliz que les permite, durante algún tiempo, soslayar esa realidad en la que viven y aún no son capaces de entender, porque el lado oscuro de esa realidad va mucho más allá de esa inocencia visión descrita y magnificada por Barba de la que él mismo habrá tenido que salir para terminar su relato.
       Barba escribe sobre las miserias humanas, sobre la soledad, y tal vez, sobre la falta de amor. Actitudes que se subsanan por la inmensa bondad que proyecta sobre sus personajes, en esta ocasión en la niña de Las manos pequeñas que no sabemos si va perdiendo lentamente su inocencia y se convierte así en un personaje memorable que, irremediablemente, hemos de sentir cerca, muy cerca, porque como suele ocurrir en nuestra vida cotidiana, repleta de absurdos, que ni siquiera necesitan parecer verosímiles, nos devuelve la fe en ella. Quizá también porque en un sentido más estricto, buscarle el sentido a la vida es otorgarle significado, aunque en esta novela la sorprendente economía, en un amplio sentido, es lo mejor del libro.





LAS MANOS PEQUEÑAS
Andrés Barba
Barcelona, Anagrama, 2008