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martes, 26 de septiembre de 2017

Soledad Puértolas



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TRÁNSITOS
              
       La crítica, sobre todo, la universitaria tiende a arrojar sombras sobre aquellos autores que gozan de un merecido prestigio, y publican periódicamente sus libros. Lo último leído, a propósito, de Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947), consagrada narradora con once títulos, cinco volúmenes de cuentos, textos autobiográficos y ensayos, e incursiones en el mundo juvenil. Compañeras de viaje (2010), su nueva entrega, no añade nada esencial a la literatura de la zaragozana, afirmaba recientemente y con rotundidad un afamado crítico. El libro reúne quince relatos, de una variada extensión y de una paralela intensidad narrativa. Protagonizados por mujeres que evocan algún viaje realizado, junto a sus maridos o acompañantes esporádicos, estas historias pretenden ahondar en una psicología femenina relegando, lo masculino, a un papel secundario, sin que deba verse oportunismo alguno en una sociedad mediatizada por los medios, y por un Ministerio de Igualdad, de fondo. Sobresale en algunos cuentos una clara visión seudo autobiográfica, según manifiesta la propia narradora, el mejor ejemplo, «Otoño de 1968», el resto, recoge una miscelánea con vivencias ajenas. 
               El anecdotario con que se construyen estas historias es lo suficientemente rico, mezcla de ficción y de realidad calculada, sin duda, por la narradora, cuando reescribía episodios de los acontecimientos que caracterizaron estos viajes, mitad diversión y trabajo y que, de alguna manera, se confundieron en una memoria que los relegó al olvido y, con el paso del tiempo, aparecen convertidos en literatura. Estructuralmente, se trata de relatos de corte clásico, abundan minúsculos detalles de observación, escasa información y una excesiva introspección que permite abundantes reflexiones femeninas de las que se vale Soledad Puértolas para cuestionar nuestro papel en la vida. Lo curioso es que, estas mujeres, se convierten en personajes secundarios dada su condición de acompañantes, leáse «Comida coreana», algo que les permite tomar notas de sus relaciones o admirar lugares y ciudades como París, Londres, Nantes, Seúl, una ciudad noruega, incluso en las vacaciones familiares al uso. En ocasiones, visto desde la suficiente distancia, esas amistades se rompen porque los hilos que tejían las circunstancias de los implicados partían de detalles tan insignificantes y poco edificantes que el tiempo los ha puesto en su sitio, ejemplo de la amistad entre dos mujeres, entonces inquebrantable, como alma femenina «Pulseras». Todos los relatos comparten una misma estructura narrativa: surge el viaje, llegan a una ciudad desconocida, se quedan solas y deambulan en busca de una identidad porque es entonces cuando se sienten meros espejos sociales. Por otra parte, Soledad Puértolas se mantiene fiel a esa fina ironía que caracteriza sus textos, o su compromiso con ese frustrante mundo que vivió en su juventud y que ahora, en forma de literatura, recupera convertido en la metáfora de un tránsito mejorado, resultado de esa otra perspectiva que otorga un viaje, concebido, además, como esa bitácora de un mundo interior siempre por descubrir.







COMPAÑERAS DE VIAJE
Soledad Puértolas
Barcelona, Anagrama, 2010

lunes, 25 de septiembre de 2017

Cristina Cerrada



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POBRE MARILYN
              
       Someter la prosa a una calculada fragmentación que, en cierta manera, equilibre paralelamente la atención al pasado como un apunte válido para que la historia pueda concebirse como un auténtico montaje cinematográfico, es una más de esas técnicas que, sin duda, se enseñan hoy a los jóvenes aspirantes a escritores, una posibilidad razonable para engarzar un relato ambicioso aunque en su extensión, como en el caso de, Cenicienta en Pensilvania (2010), apunte a la brevedad, una novela corta que, entre otros, bien pudiera haberse titulado Pobre Marilyn, pero que Cristina Cerrada (Madrid, 1970), narradora de la intensidad, como nos tiene acostumbrados, dulcifica en un auténtico cuentos de hadas, y ensaya contemporizando la soledad, hurga en el rechazo y el aislamiento social, o convierte todo su tema en ese tremendo apunte sobre el sentimiento de ausencia con que conviven los personajes en su obra literaria, y Cenicienta no escapa a su mirada. Una vez más, partiendo de un exquisito ejercicio de estilo,  cámara al hombro, la narradora entra en el difícil mundo de las estrellas de Hollywood para contar el ocaso de Mary, una chica humilde y guapa, envuelta pronto en el espejismo de la fama, del glamour y del fracaso, una historia de ambiente reconocible, entre los focos y el éxito de los estudios cinematográficos. A simple vista, sin necesidad de establecer paralelismo alguno, enseguida identificamos el personaje con el mito cinematográfico de todos los tiempos: la sensual Marilyn Monroe.
       Mary X. inicia la víspera de la Noche Vieja un pequeño y tormentoso viaje a Mazatlán, estará acompañada de su amante Mardom, y buscan frenéticamente a la madre de la joven. Pronto a lo largo de trayecto se establece entre ambos una sucesión de reveladoras conversaciones sobre la desolación en que se desenvuelve la vida actual de la actriz, lejos ya del estrellato que años antes le proporcionara Goran, el productor antagonista de ambos personajes. La novela avanza como si de una auténtica filmación se tratara, escena tras escena, rodadas en tiempo real, y como si de una auténtica técnica cinematográfica se tratara, la madrileña somete su relato a un travelling para ir contando episodios sueltos de una Cenicienta perdida tras el brillo de las grandes estrellas cinematográficas, una irreconocible identidad múltiple que le otorgará la fama en el mundo, «la rubia más deseada de la Tierra», como recuerda. Solo el amor mostrará ese tópico lado redentor que salvará de las garras del infortunio a la joven, envuelta en una atmósfera donde la soledad convierte su vida en el peor de los infiernos, una vez que ella ha descendido hasta el fondo mismo. Cristina Cerrada explota magistralmente las relaciones, incorpora unos diálogos con la más absoluta naturalidad porque, tanto el personaje femenino como el masculino, pertenecen a una clase social que se ha perdido en el ocaso del glamour y ambos solo se identifican lejos de él. Y, sobre todo, maneja la técnica, elimina lo superfluo, deja que el lector imagine y llegue a la convicción de que con su lectura puede desvelar algunos episodios secretos de la mujer más deseada de todos los tiempos. 
                         





CENICIENTA EN PENSILVANIA
Cristina Cerrada
Barcelona, DVD Ediciones, 2010

domingo, 24 de septiembre de 2017

Desayuno con diamantes, 117



STAMM: CUENTO ESCRITO EN ALEMÁN

              
       Cecilia Dreymüller sostiene, en un minucioso estudio, que 1968 es el momento en que se invierten, en gran medida, los diferentes sentidos en que evolucionan las literaturas en lengua alemana. Será en la parte occidental: la RFA, Austria y Suiza, donde se produce una gran politización, se expande un fervor generalizado de cambio social, y se cuestiona cualquier estética literaria. Surgirá una prolongada fase de crisis, fruto del escepticismo respecto a los alcances propios del lenguaje y, sobre todo, a niveles ideológicos. La literatura resultante centra su atención en el individuo, en mitad de un desilusionado ambiente, cuenta experiencias estrictamente personales, incluye frustraciones pequeño-burguesas, o muestra la escasez de estímulos existenciales, focalizado todo tanto en espacios urbanos como paisajes rurales. Las primeras publicaciones de Heinrich Böll son breves relatos centrados en el trauma bélico reunidos en Caminante, si llegas a Spa...(1950), que delatan a un autor todavía inseguro que tantea su herramienta en busca de ese «lenguaje habitable en un país habitable. Cuando se habla de literatura escrita en alemán habrá que tener en cuenta las aportaciones de la República Democrática Alemana, de la Federal y, por extensión, las de Austria y Suiza, relevantes para el contexto en lengua germana.
       El suizo Peter Stamm (Weinfelden, 1963) afirma que, generalmente, alcanza un determinado estado de ánimo cuando escribe, y a través de ese sentimiento le surge el lenguaje. El tono esencial de su escritura ilustra a un individuo cuando se expone a lo desconocido, de ahí que su literatura, sus novelas y sus relatos, describan momentos en los que todo puede ser posible, y entre las muy notables características de su prosa, el paisaje surge con paralela fuerza, cobra inusual presencia en sus cuentos, que resultan tan áridos y frágiles como se dilucida por la extremada precisión y la fuerza del lenguaje empleado, por sus acertadas y milimétricas descripciones. Sencillez y una inteligible capacidad para construir ambientes, resumen aún más estos relatos.
       El cuento, puntualicemos con certeza, es de los géneros narrativos que atesora seguidores definidos y concretos, baste citar legiones de devotos de autores como Cheever, Carver, Handke, Ford y, aventuramos, con cierta convicción, que tras leer las colecciones de Stamm, los indecisos, se reconciliarán con una literatura que explora ese camino y oscila entre la simple reacción de unos hechos contados, al grado máximo de los mismos, para llegar a través de un lenguaje minimalista a una obsesiva y sorprende verdad, la que mueve el mundo: las reacciones humanas. En una colección como Lluvia de hielo (1999), Stamm reflexionaba acerca de los conceptos de creación y tradición, sin embargo, En jardines ajenos (2003), ofrecía esa otra realidad paralela que da forma y sentido a nuestro yo más cercano; ahora se publica en España, Los voladores (2008), un conjunto de doce relatos tan escuetos y fríos como algunos de los anteriores, con una salvedad: en los presentes, ofrece estímulos o reacciones que en sus personajes conllevan una obsesiva reacción, como se cuenta acerca de una educadora, «La expectativa», que intima con su vecino, bastante más joven, y lo convierte en objeto de su deseo, un excelente relato que abre la colección, y termina, gradualmente, elevando la tensión tanto por el desenlace como por la fuerza en intensidad del lenguaje empleado; casi la misma intensidad sexual que en el final anterior, se percibe en «La ofensa», la relación de dos jóvenes que descubren cierta dependencia emocional, lésbica, con continuas insinuaciones sexuales; y en este mismo sentido temático se incluye, «Tres hermanas». Las expectativas de Bruno en el cuento «El resultado», la tensa espera de un diagnóstico clínico, se resuelven al final, con un escueto, «Pero no será nada. Seguro que no»; y a idéntica conclusión llegará Angelika en «Los voladores» cuando tras verse obligada a cuidar al niño Dominic, dé por finalizada su relación con Benno, y el narrador ofrezca la imagen concluyente de la joven sentada en el inodoro, con el rostro oculto entre las manos, sentido de esa incomunicación con la que Stamm mide el pulso real de una sociedad, cuya convivencia, en pareja, cualesquiera sea su condición, se aleja cada vez más de la huidiza placidez de las relaciones humanas, por ese otro intrínseco malestar, y la levedad que soportamos en un zafio mundo contemporáneo. Es así como lo ve la anciana de «La carta» que descubre, bastantes años después de la muerte del marido, las cartas que este envió a una joven amante, hecho que la obliga a explorar la verdadera naturaleza de los sentimientos de toda una existencia, lo nunca contado y que ahora se vuelve realidad en una muy extensa carta al marido fallecido.
       Los personajes de Stamm tienen el privilegio de intentar convivir en la más absoluta cotidianidad, no se les exigen reacciones extraordinarias, ni deben mostrar actitudes de héroes, pese a las angustiosas situaciones sufridas, aunque en ocasiones logran salir indemnes del dolor que les causa su melancólica circunstancia. Sirva el ejemplo más poético del conjunto, «A los campos hay que acudir...», escrito en segunda persona, ciclo vital con que cierra el escritor suizo Los voladores. Cuenta la vida de un artista que aun en el fracaso de su arte, logra triunfar.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Sabías que...




                                          

                      Una mentira es como
                        una bola de nieve;
                       cuanto más rueda,
                    más grande se vuelve.
                                    (Martín Lucero)

viernes, 22 de septiembre de 2017

Jesús Ferrero



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PURGATORIO, INFIERNO, PARAÍSO
              
        Los conceptos del amor y del infierno se entrecruzan en esta novela de amplias pretensiones, como es habitual en la literatura de Jesús Ferrero (Zamora, 1952), aunque en esta ocasión, con Balada de las noches bravas (2010) ensancha horizontes, porque en su relato desarrolla una perspectiva generacional, los hijos de un París convulso, el estigma de una época cuya filosofía, con la visión de Althusser, Foucault, Lacan y Deleuze, concebía la abominación, la locura y la traición como el resultado del más auténtico sentimiento del desamor. Ferrero nos recuerda en esta nueva novela el ambiente juvenil de Ángeles del abismo (2005) y sus problemas para llegar hasta una edad adulta, condicionados por el peso de una memoria, la fuerza e intensidad del pasado y las experiencias desarrolladas a lo largo de una vida, aunque ahora los niños, adolescentes y posteriores jóvenes inquietos de Balada de las noches bravas se muestran deseosos de ampliar mundo, de huir de una vida provinciana, están obsesionados sobre todo por viajar a París, la ciudad de la libertad, ese lugar de culto y cosmopolita que siempre habían soñado.
               Ciro, Beatriz, Alvar, Sara, Rubí, Claudio, Roco, los hermanos Bidar cuentan sus historias, muchas de sus vivencias personales, los escenarios de una niñez y de una pubertad que se desarrolla entre el País Vasco y Pamplona, para posteriormente convivir en ciudades como París, Ginebra, y en el caso de Ciro y Beatriz, los auténticos protagonistas, llegar hasta China, obsesionados por el recuerdo de un enigmático jesuita, el tío Camilo. Ferrero se esconde tras un narrador que recrea excelentes páginas en el sórdido hotel Marigny, lugar por donde pasaran Turgueniev y Tólstoi, o cuando ayudado por Proust, el lacayo Albert Le Cruiziat, lo convirtiera en prostíbulo de muchachos. Sobresale el pulso de las abundantes reflexiones a que somete el texto su autor, epílogo de un romanticismo trasnochado del 68, portadores de una época de incertidumbres, de ideales y de utopías solo posibles en las aulas parisinas, al hilo de lecturas y seminarios de los cultos filósofos del momento. Y aun habría que sumar la visión del narrador acerca de los poetas, Irigoyen, Valente, Costafreda, Carlos Edmundo de Ory, o el profesor Agustín García Calvo  Al mismo tiempo queda, perfectamente, hilvanado el relato de los amores intermitentes y conflictivos de la pareja protagonista: Ciro y Beatriz, la amiga de la infancia, cuya continua deslealtad y traición provoca en ambos esa exploración de las relaciones de pareja y que, de alguna manera, supone asumir el rol entre hombres y mujeres desde una perspectiva de total libertad, incluida la sexual que, indudablemente, provocará el desencanto a toda una generación, y por extensión una excéntrica psicología poco comprendida en la época, que hoy percibimos como de auténtica revolución, aunque nuestros jóvenes ya sienten como trasnochada.








BALADA DE LAS NOCHES BRAVAS
Jesús Ferrero
Madrid, Siruela, 2010

jueves, 21 de septiembre de 2017

King/ Hawthorne



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HOMENAJE A UN CLÁSICO: Hawthorne/ King.

Stephen King publica El hombre del traje negro, ilustrado por Ana Juan en Nǿrdica/ Libros.


       No siempre Stephen King pretende asustar a sus lectores con sus historias, en ocasiones, y valga el ejemplo, somete su escritura a un severo proceso que sirve de homenaje a un clásico como Nathaniel Hawthorne y a uno de sus cuentos más populares y conocidos, “El joven Goodman Brown”, aunque siguiendo esas características esenciales, también, podamos clasificar este de relato de terror.

El clásico
       Cuenta como el protagonista del cuento, llamado Goodman Brown, realiza un viaje hacia lo más profundo del bosque, acompañado por un lúgubre caballero, en realidad, por el diablo que intenta convencerlo de vivir en un mundo lleno de hipocresía puesto que, quien el joven Brown cree los más destacados miembros de la fe, son adoradores del mal, y finalmente descubrirá que los viejos cultos ancestrales, como el baile de las brujas y los rituales satánicos, siguen vigentes en la silueta que estos hombres proyectan. Aunque se resistirá a los requerimientos del diablo, terminará esa noche con un cambio profundo en su carácter, e incluso llega a pensar, ¿lo he soñado o lo he vivido? Goodman Brown no podrá volver a contemplar, desde ese lúgubre episodio, a sus convecinos, ni siquiera a su esposa como antes.


Nueva versión

       King escribe algo diferente pero guarda ciertas similitudes con el cuento clásico del XIX, aunque alejado en el tiempo, la historia se inicia en 1914 y su protagonista, Gary, solo tiene nueve años cuando en la bifurcación de un río se encuentra con un hombre vestido con un elegante traje negro, un siniestro hombre de ojos anaranjados y aspecto terrible, que le dejará una huella de terror para el resto de su vida. Cuando Gary es ya un anciano, pone por escrito este inquietante encuentro, aterrorizado por la posibilidad de encontrarlo de nuevo.
       Este relato escrito por King está ilustrado en esta ocasión con genialidad por Ana Juan (Valencia, 1961), una ilustradora que como siempre ha trabajado sus obras con esa curiosa mezcla de realidad y sueño, fiel a su estilo oscuro que llena aun más de misterio las páginas ilustradas cuando como con el niño pensamos que el diablo vive dentro de nosotros. En 2010 recibió el Premio Nacional de ilustración. Ha publicado numerosos libros y especialmente destacados son sus trabajos para The New Yorker.
       Stephen King publicó su cuento en 1995, y ganó entonces el World Fantasy Award al mejor relato corto de ficción.






Stephen King, El hombre del traje negro; ilust. Ana Juan; Madrid, Nórdica, 2017; 128 págs.


martes, 12 de septiembre de 2017

Sabías que...







         Vieja madera para arder,
                viejo vino para beber,
                 viejos amigos en quien confiar,
                 y viejos autores para leer.
                                   (Sir Francis Bacon)