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sábado, 17 de noviembre de 2018

viernes, 16 de noviembre de 2018

Sabías que...




   “Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana”.
                                            John Llarke

jueves, 15 de noviembre de 2018

Adiós a Fernando del Paso





       Fernando del Paso fue un escritor, dibujante, pintor, diplomático y académico mexicano. Es especialmente reconocido por tres extensas novelas que son consideradas como algunos de los mejores exponentes de la narrativa mexicana del siglo XX: José Trigo (1966), Palinuro de México (1977) y Noticias del Imperio (1987).
               1 de abril de 1935, México D. F. (México)
                      14 de noviembre de 2018, Guadalajara (México)


Novelas localizadas en mi biblioteca,
José Trigo (1966), Palinuro de México (1977), Noticias del Imperio (1987), Linda 67. Historia de un crimen (1995)

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Hoy invito a…


Jorge de Arco  

 Escritor, profesor universitario y crítico. Académico de la Real Academia de San Dionisio de Ciencias, Artes y Letras.








Poetas de campo

       Entre 1946 y 1947, José Antonio Muñoz Rojas fue dando luz y vida a “Las cosas del campo”. El poeta antequerano confesaría tiempo después que aquel volumen nació de “la necesidad de rellenar unas hojas en blanco de papel del siglo XVIII de un libro encuadernado en piel que me había regalado mi hermano mayor Juan”. En él, y  en sus sucesivas ediciones, supo cantar y contar la belleza y la dureza del campo con la mirada de un labrador. En sus páginas, plenas de emoción y agradecimiento, advertía de que sólo volviendo hasta su descansado silencio “encontrarán los hombres lo mejor de ellos mismos. Yo me estremezco andando estas realengas, cruzando estas lindes, asomándome a estas herrizas. Me siento extrañamente eterno (…) ¡Oh reino que bien puede compararse a la libertad!”.
       Y precisamente, con ese mismo espíritu de pasión y cobijo que ofrecen las dádivas de la naturaleza, acaba de editarse “Neorrurales. Antología de poetas de campo” (Almuzara. Berenice. Córdoba, 2018). Con selección e introducción de Pedro M. Domene, se recoge una muestra de ocho poetas “que escriben desde esa amplia perspectiva que les proporciona el campo, aunque nunca se apropian del paisaje para expresar su intimidad, sino que pretenden dejar constancia de su amor por los caminos polvorientos, los barrancos y las veras, la visión de los jaramagos y el canto de los abejarucos, de las retamas y de los álamos, y se asombran ante esa inmensidad que les proporciona una mirada sobre los trigales”.
       No cabe duda de que el ámbito de lo rural lleva décadas trazando su declive. La ciudad ofrece un margen más amplio de posibilidades y las tareas agrícolas hace tiempo que no encuentran manos que hereden el coraje y devoción por los paisajes de labranza.


    Pedro M. Domene ha incluido en esta compilación a tres generaciones distintas que, al cabo, coinciden “en reconstruir un universo perdido, devastado”.
       Alejandro López Andrada (1957), Fermín Herrero (1963) y Reinaldo Jiménez (1969) conformarían un primer trío que vivieron la realidad del campo en primera persona y que tatuaron en sus manos la dicha y la fatiga, el sosiego y la incertidumbre, la crudeza y la sencillez que otorga la tierra.
       “Soy el último hombre que haba con los pájaros” escribe López Andrada; “En cualquier fuentecilla del monte está/ el misterio, la creación”, anota Fermín Herrero; “Los troncos que mis manos en su afán/ por descubrir el mundo acariciaron/ siendo niño han crecido conmigo piel adentro”, confiesa Reinaldo Jiménez.
     Sergio Fernández Salvador (1975), Josep M. Rodríguez y David Hernández Sevillano formarían un segundo grupo intermedio. Para ellos, las bondades de la naturaleza son un motivo esencial desde el cual enmarcan su cántico. La elocuencia connotativa de sus versos facilita un discurso sin mediaciones, del que surge una renovada fertilización lírica. “No busques en la niebla lo concreto./ Acércate hasta aquí sin alaridos,/ saboreando el zumo de las cosas menudas./ No existe más instante que este acorde/ de pájaros”, apunta en su poema “Banda sonora” Hernández Sevillano.
       Hasier Larretxea (1982) y Gonzalo Hermo (1986) integran el último apartado. En ambos, la palabra viene envuelta en un cromatismo sugerente a través del cual envuelven con originalidad los escenarios de infancia, la corteza que refleja la añoranza de lo ido, las huellas que aún alimentan la memoria. “Escribir es caminar/ descalzos sobre la tierra/ y su bendición de rocío”, concluye HasierLarretxea.
    Una antología, en suma, enriquecedora, sabia en su matices y con una intención común y solidaria: la amatoria enseñanza que ofrecen los dones del campo.
 


martes, 13 de noviembre de 2018

Inspiración de la Naturaleza


      


        En un tiempo donde la poesía rural sigue siendo observada con cierto recelo, si no con un indisimulado desdén, por parte de la crítica especializada y, sobre todo, por un gran número de lectores, los poetas seleccionados en Neorrurales (2018) apuestan por la inspiración de la Naturaleza y escriben desde esa amplia perspectiva que les proporciona el campo, aunque nunca se apropian del paisaje para expresar su intimidad, sino que pretenden dejar constancia de su amor por los caminos polvorientos, los barrancos y las veras, la visión de los jaramagos y el canto de los abejarucos, de las retamas y de los álamos, y se asombran ante esa inmensidad que les proporciona una mirada sobre los trigales. Recrean aquellas cosas singulares, captan su misterio, las comprenden y las hacen suyas; son en definitiva, eso, las cosas esenciales del campo.
       La presente selección antológica, Poetas de campo, convoca a los poetas cuyos versos ofrecen una amplia mirada y una particular visión sobre lo rural, o sobre el campo, ejemplo de esa poderosa evocación de la literatura moderna a partir del romanticismo, y todo cuanto se convierte en puro sentimiento que estéticamente logra fundirse con esos elementos físicos que podamos descubrir en la variada y multisecular geografía de nuestro país. 

      
       Tres generaciones coinciden, de alguna manera, en reconstruir un universo perdido, devastado en que se ha convertido todo lo relacionado con lo rural; la de los veteranos: Alejandro López Andrada (1957), Fermín Herrero (1963) y Reinaldo Jiménez (1969) para quienes, a través de las palabras, los espacios rurales que existieron viven en un plano distinto a una realidad actual, y así la tierra, los montes, los pájaros, las fuentes, o los caminos del bosque habitan sus versos, cargados de emoción bucólica y de bagaje lírico, reconstruyendo el tiempo antes vivido con una pulcra y pausada nitidez, conscientes de la trascendencia del entorno natural que los rodea: una naturaleza en su renovación y en sus caducidades, el vínculo primigenio y esencial entre la tierra y los seres que la habitan.
        
       Le sigue una generación intermedia: Sergio Fernández Salvador (1975), Josep M. Rodríguez (1976) y David Hernández Sevillano (1977), los cuales sostienen que el campo y la naturaleza en cuanto a espacios, y también en cuanto a ritmo, ofrecen una importancia fundamental con respecto a una elección de vida. Así mismo, sienten la naturaleza como espejo del alma humana porque saben que sus enseñanzas y dones inagotables la convierten en un tema infinito, conscientes como el poeta Friedrich, pintor realista y romántico, que afirmaba cómo cada manifestación de la naturaleza, registrada con suma precisión, con mucha dignidad y un profundo sentimiento, puede llegar a ser tema del arte en general, cuando entendemos que esa naturaleza no se restringe al medio físico, sino a la relación de este con el hombre . Al mismo tiempo, observan que a menudo caminan a través de campos y bosques de la mano de Wordsworth, de Keats, de Frost, y en una gran parte esta poesía de la naturaleza tiene un valor esencial como punto de partida de sus obras, un escenario a partir del cual el poema cobra aliento, se mueve y trepa y trota, en definitiva vive.
       
       Por último, hallamos una tercera generación, más joven, la de Hasier Larretxea (1982) y Gonzalo Hermo (1986), cuya poesía, en ambos casos, se sustenta por la visión de paisajes rurales y bosques de sauces y alisos. Escriben con la memoria del paisaje en carne viva, sobre todo para que el viento mueva de nuevo las hojas del aliso y la palabra sea, en definitiva, idioma, cuerpo, paisaje y memoria. Y se traduzca en el aire que respira el poema; en la ruta de color de la palabra en su esencialidad misma.

Neorrurales. Antología de poetas de campo; Selección e introducción de Pedro M. Domene; Córdoba, Berenice, 2018.
      

lunes, 12 de noviembre de 2018

Novela corta de Francisco Villaespesa


LAS GRANADAS DE RUBÍES

I

       Dos veces todos los años, el viejo narra­dor del desierto, levantaba las largas y pesadas cortinas de púrpura, que impe­dían la entrada a su tienda, y aparecía en el umbral, envuelto en sus amplias vesti­duras blancas, grave y solemne, con la ma­jestad de un profeta que se dispone a tra­ducir, en el mísero lenguaje de los hom­bres, los misteriosos conceptos sobrehuma­nos, que entre el fragor del trueno y el deslumbramiento del relámpago, le fueron revelados en la cima de una bíblica mon­taña.
       Dos veces al año, el narrador del desier­to, extendía sobre el umbral de su tienda una gran alcatifa* franjeada de seda, tejida con extraños arabescos de hilos de plata, que al enlazarse en el centro formaban un maravilloso jeroglífico.
       Gravemente, como el que cumple un rito sagrado, colocaba en el centro de la alcati­fa, un cojín de cuero negro sobre el cual resaltaban complicados adornos de oro, inte­rrumpidos de cuando en cuando por peque­ños óvalos de ámbar, que le daban vitales fosforescencias felinas. Y este cojín le ser­vía de asiento.
       Siempre escogía para empezar sus na­rraciones, esa hora silenciosa y dulce en que el sol declina, cuando es más intenso y puro el azul diáfano de los cielos, curvado sobre la inmovilidad broncínea de los pal­mares lejanos.

       A su espíritu extático y contemplativo, le parecía aquel momento el más oportuno y propicio para interpretar, en palpitantes relatos, el sentido misterioso y oculto de las más herméticas profecías.
       Hacía mucho tiempo que le conocía la gente de aquellos contornos, y aunque solo se dejaba ver dos veces cada año, su recuerdo permanecía muy vivo en el corazón de los beduinos, y su nombre era siempre el motivo más familiar de sus veladas, bajo la luz de plata de la luna, en torno de las cisternas, o junto a las empalizadas que guardaban los rebaños de la voracidad hambrienta de las fieras.
       Como desconocían su nombre, le llama­ban simplemente el narrador del desierto.
       Su fama se había extendido tanto en len­guas de la admiración, que no existía no solo aduar desde las montañas del Líbano hasta las extensas planicies del Hegiar, en el que no se conociese y reverenciase su nombre.
       Su tienda permanecía cerrada durante todo el año, como tabernáculo privado de celebrantes y de adoradores.
       Se afirmaba que después de derramar sobre los hombres el armonioso consuelo de sus parábolas, perfumadas de la más santa piedad, emigraba, siguiendo el vuelo de las cigüeñas, a desconocidos parajes inaccesibles a toda humana planta, a bosques intrincados de fabulosos prodigios, donde la voz divina Be hace oír en el bra­mar espumoso de los torrentes, en el rugir de las bestias feroces, en el silbato agudo y cortante de las serpientes, y hasta en el es­tremecimiento fragante de la brisa, al ani­mar los altos cañaverales floridos de cam­panillas silvestres.
       Algunos murmuraban, en voz baja, casi al oído, como si relatasen algún misterio inaudito, que al extinguirse las últimas pa­labras de sus narraciones, desaparecía con el crepúsculo, y transformado en sombra iba a perderse, invisible, en la profundidad azul de la noche, hasta volar a las más coaitas y remotas constelaciones, para lue­go descender de ellas, con el alma henchi­da, como ana copa colmada de todos los tesoros inauditos que encierra el Misterio.

       Había quien juraba haberle visto, bajo la claridad de perlas de la Luna, dibujar en el suelo con una varita metálica extraños jeroglíficos, siguiendo los vagos contornos que proyectaban las sombras de los altos ramajes de las palmeras.
       Los rudos pastores que conducen sus manadas de cabras negras y lanudas apas­tar en los amarillentos herbajes que cre­cen, raquíticos y miserables, a orillas de las cisternas, o entre las blancas rocas cal­cinadas de las montañas del Irak, asegura­ban en voz baja, estremecidos de espanto, que la tienda del narrador del desierto es­taba guardada por monstruosos dragones que impedían todo acceso a sus umbrales.
       Siempre que el viejo macho cabrío de retorcida cuerna, que servía de guía a sus rebaños, había intentado aproximarse a ella, al rozar con su hocico áspero y húmedo los tapices de la entrada, había tenido que retroceder, dando saltos y cabriolas alocadas, como si hubiese sentido en su lengua lijosa y sucia, la picadura de una de esas víboras que se enroscan a los ma­torrales secos, hambrientas de infiltrar su veneno, en esas horas asfixiantes en que el sol agosta y suprime hasta las sombras de los troncos desnudos y leprosos de las higueras salvajes y de las altas pitas pol­vorientas.
       ¿Por qué sucedía esto?
       Porque los dragones que custodiaban la tienda del narrador del desierto, soplaban sin ser vistos, por entre las rendijas de la tienda.
       Y su aliento era abrasador y ampollan­te*, como el del simoún que devora y calci­na los restos de las caravanas...
       Una vez, uno de esos guerreros nómadas de cabellos teñidos de azafrán y coronados con guirnaldas de muftí, de esas flores que tornan invulnerables a los que se adornan con ellas, en la serenidad de una hora cre­puscular, tuvo la mala ocurrencia de dis­parar, en un gesto de desprecio y de burla, una flecha, al interior de la tienda del na­rrador del desierto…
       Mas apenas la flecha hubo partido, silbando, del arco firme y vibrante, guiada por el brazo duro y el ojo experto, como si botase en un escudo de diamante, tornó hacia fuera y fue a clavarse violentamente en el amplio y velloso tórax del arquero.
       El guerrero nómada abrió los brazos y espumajeando rabia y angustia, cayó exá­nime sobre las arenas, y la guirnalda de muflí se enrojeció de repente con los cáli­dos tonos de la sangre viva...
       Se decía también que un fakir, de luen­gas y blancas barbas y enmarañados cabe­llos, tan largos que flotaban sobre sus hombros como un manto de armiño, llegado de las remotas regiones donde el Ganges arrastra su corriente sagrada entre bosques de encanto y ciudades de misterio, ansioso de averiguar lo que ocultaba la tienda, ha­bía obligado, en una tarde de oro y de púrpura, a una inmensa boa que le acom­pañaba en su larga peregrinación, a intro­ducirse en el retiro impenetrable del narra­dor del desierto.
       Apenas la serpiente introdujo su achata­da y avizorante cabeza de ojos fascinantes, entre los cortinajes de la entrada, se vio su largo y escamoso tronco encogerse y vi­brar, ondular y retorcerse, como si un yata­gán invisible la hubiese cercenado...
       Y al expirar, en los angustiosos esterto­res de la agonía, estranguló entre sus ani­llos el cuerpo mísero y centenario del sabio fakir.




* Alfombra muy fina.
* Hirviente.

domingo, 11 de noviembre de 2018