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jueves, 19 de octubre de 2017

Fernando Iwasaki



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TECLEADO A MÁQUINA
              
       Resulta relativamente fácil escribir sobre alguien cuya versatilidad en la literatura trasciende cualquier temática o aspecto formal, y además se inscribe en el valor mismo de unas claves que al lector le sirven para regocijo porque en sus textos siempre se haya ese movimiento perpetuo que otros muchos autores ya habían intentado ensayar y, a medias, conseguido. Literatura y vida componen, por consiguiente, la obra y por extensión la narrativa breve del peruano Fernando Iwasaki (Lima, 1961), cuyas reflexiones responden a un deseo de cambio que desde siempre ha venido impuesta por una sociedad moderna, aquella de finales de los ochenta, cuando el narrador comenzaba su andadura y propugnaba una necesaria evolución que provenía de una Modernidad emergente de comienzos de siglo, reflejada a lo largo de las décadas siguientes en la esencia más íntimamente humana que provocaría todo tipo de progreso social, artístico o cultural y científico.
       Para hablar de la génesis literaria de Fernando Iwaski bastaría compararlo con autores como Francisco de Quevedo, Ricardo Palma o Ramón del Valle-Inclán porque, sin duda, el peruano-sevillano, siente que se juega la vida con cada palabra que escribe o, al menos, eso trasciende del valor de sus textos, tan precisos como ajustados, o tan aparentemente sencillos como melodramáticos. Iwasaki plantea, al menos en su narrativa breve, contar historias de mitos con personajes de muy diversa procedencia porque pretende, sin duda, ofrecernos su visión tierna de la vida aunque repleta de un oscuro y malintencionado sarcasmo que se percibe en sus planteamientos iniciales y que ya nunca abandonará en su futuro literario.
       De vetustos, arcaicos y decadentes califica el propio Fernando Iwasaki estos dos libros de relatos, Tres noches de corbata (1987) y A Troya, Helena (1993), reeditados ahora, con mucha fortuna, bajo el título de Papel carbón (Páginas de Espuma, 2012), y que, en realidad, son la génesis narrativo-literaria del peruano como hemos podido comprobar después, en sus colecciones siguientes de cuentos, algunas de sus novelas o esas mixtificaciones que dan lugar al particular mundo jocoso festivo del escritor afincado en Sevilla. Recordemos sus títulos de relatos, Inquisiciones peruanas (1994), Un milagro informal (2003), Ajuar funerario (2004), Helarte de amar (2006) o España, aparta de mí estos premios (2009). Sin embargo, Tres noches de corbata, el primero de sus libros de cuentos, ofrece la madurez que otorga la buena literatura. En esta colección, mito, sueño y magia se combinan al tiempo que ofrecen un clima de pánico o una visión de una eterna pesadilla que posteriormente iba a desarrollar el narrador en futuras entregas. En la mayoría de los relatos, quizá en todos podíamos asegurar, planea la muerte, y aun más terminan con la muerte de sus protagonistas, como ocurre en uno de los más sentimentales, “La otra batalla de Ayacucho”, donde un abuelo decide morir porque su nieto no comprende el significado épico de los soldados y el niño se muestra más partidario de las espadas láser; y en otros, se paga el atrevimiento de sus protagonistas y muestran sin duda la fascinación del autor por transmitir al lector su visión de lo inexplicable, o aquello que siempre queda en el aire, o incluso resulta casi inverosímil. Algunas de sus obsesiones ya están presentes, sobre todo su visión particular de las Crónicas de Indias que mezcla con otras mitologías y el saber popular del mundo cinematográfico, televisivo o algunas de las mejores leyendas urbanas de la época para así lograr la yuxtaposición de argumentos varios que incluyen, incluso, el mundo de la novela negra donde el misterio o el engaño resultan lo mejor de la ficción y de la realidad del peruano. La huella de Borges o la fantasía de Cortázar patentizan, de alguna manera, esa recurrencia sorprendente al final de sus cuentos y, una vez aprendida la lección, tenderá a desaparecer en posteriores colecciones. La profundidad de estos cuentos, la huella mostrada de los maestros queda relativizada por la impronta del humor con que Iwasaki dota a algunos de estos relatos, quizá los considerados más duros, suavizándolos con expresiones coloquiales y despojándolos de una abstracción que convertirían a la historia en un sesudo ensayo sobre amplios conceptos filosóficos al más claro estilo schopenhaueriano, y sobre todo esa idea acerca de la ausencia de una identidad en algunos de los personajes.
       En el caso de la segunda colección, A Troya, Helena (1993), Iwasaki solo se repite en su afición a los mitos, aunque insiste en aportar una magistral exposición del habla popular, y ahonda magistralmente en una sensualidad que combina entre la chispa peruana y andaluza porque en estos relatos se plantea un explícito homenaje a los sentidos más humanos, además de un sibilino recorrido por el erotismo aunque en este caso la mujer siempre lleva la voz cantante, como en el caso del cuento que da título al libro en el que el marido descubre a la esposa practicando sexo anal con un antiguo alumno suyo, y dice explícitamente, “Recordé cuántas veces intenté penetrar infructuosamente en los insondables dominios traseros de Helena y reprimí un instinto homicida desde el otro lado del espejo. (...) Helena ahora se había convertido en una cocodrila, en una Melusina insaciable (...). Ahora gritaba con la cara congestionada, la sonrisa contenida, el desenfreno en cuatro patas”. Nos sumergimos en el mundo de los sentidos, por ejemplo, el oído en “Rock in the Andes!, el gusto, “Arroz a la polaca”, la vista y el tacto, “Hawai, Cinco y Medio” o “A Troya, Helena”, y el olfato en “La rueda incontinente”, cuentos donde la música, la comida y sobre todo el erotismo con los sentidos de la vista y el tacto, presuponen el valor que le otorga el narrador a sus relatos, plagados de referencias mitológicas y culturales de la segunda mitad del siglo XX que, de alguna manera, provocan un alto nivel de erudición, ingenio y sabiduría popular que tan espléndidamente combina Iwasaki para provocar una hilarante carcajada que siempre, siempre va mucho más allá. En ocasiones, el tono jocoso, humorístico, cede espacio a la amargura y provoca algunas denuncias que oscilan entre la ternura y la dureza de una existencia, como ocurre en el primero de los cuentos de la colección, “La danza de la gravedad”, que cuenta como un niño boxeador muere en el ring.
       La variedad temática en este libro es mayor que en el anterior, los cuentos ofrecen ahora una sublime propensión a transformaciones de más envergadura porque el mecanismo que las sustenta ofrece reflexiones más complejas sobre los personajes y sus acciones, o sobre los tiempos narrativos que ahora se supone se vislumbran en condiciones diferentes.






PAPEL CARBÓN
Fernando Iwasaki
Madrid, Páginas de Espuma, 2012.

martes, 17 de octubre de 2017

Jesús Esnaola



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RECUENTO FINAL
              
       El concepto de microrrelato propone una forma discursiva nueva que sitúa sus límites en la expresión narrativa misma, y corresponde al eslabón más breve en la cadena del concepto general de narratividad. Durante décadas se hablaba de novela, novela corta, cuento, relato y microrrelato, este como una forma más de esa cadena, tanto es así que Irene Andrés-Suárez, lo define como “un texto literario en prosa, articulado entorno a dos principios básicos: hiperbrevedad y narratividad, factor que permite distinguirlo de otras modalidades prosísticas desprovistas de la sustancia narrativa”. La hiperbrevedad condiciona la trama, los rasgos formales, la temática, la economía narrativa, la elisión y la concisión, que resultan características esenciales de este tipo de textos. Quizá por eso, al microrrelato lo gobiernan leyes distintas a las de la literatura, se distingue por su concisión y su naturaleza elíptica, que Raúl Brasca define como “portentoso poder de sugerencia de lo no dicho cuando lo dicho ha sido sabiamente calculado”; y respecto a la narratividad, los conceptos estructurales oscilan entre un punto de partida, la temporalidad y la unidad temática, la unidad de acción y la causalidad. Al escritor de microrrelatos, según Merino, no le interesa del desarrollo, sino el momento climático de la historia, que lo diferencia del cuento más clásico, y contar con lectores con un estado mental muy particular, dispuestos a rellenar cuantos vacíos de información le proporcione un texto de semejante naturaleza.
       Jesús Esnaola (San Sebastián, 1966) entrega, Los años de lluvia (2012), una colección extraordinaria de ochenta y seis microrrelatos escritos en un dilatado tiempo, el proporcionado al narrador para llevar a cabo un riguroso proceso de depuración, y así conseguir un buen puñado de historias. El libro está dividido en dos amplias secciones, una primera cuya característica esencial es su imaginación, y resulta tan evocadora como deslumbrante por su capacidad elíptica, que titula, “Un vago secreto”, porque en sus breves historias, mezcla misterio con horror, y en otras, esperanza con destino, un combinado de aspectos increíbles de nuestra vida cotidiana que solo pueden hacerse realidad a través de la certera pluma que nos lleva o traslada a ese lado oscuro como ocurre en los estupendos, “Duvú”, “El niño de la guerra” o “Sensaciones”, que evocan esos otros límites, incluido el horror sin paliativos; y en la segunda, “El tiempo de papel”, la realidad se concreta ahora en aquello que nos circunda, y en los breves “La mesilla”, “Familia tradicional”, “Lentejas”, aparece la apariencia y la crueldad, el humor y el sarcasmo, incluso una mordaz ironía, como ocurre en “Complementarios”. Los años de lluvia es una colección de relatos que, tras una lectura atenta, nos hacen replantearnos la vida, incluso nos llevan a realizar un recuento final indescriptible porque, en muchos de ellos, se produce esa sensación de inquietud y nos mantienen en vilo hasta la última página.






LOS AÑOS DE LLUVIA
Jesús Esnaola
Sevilla, Paréntesis, 2012

lunes, 16 de octubre de 2017

Marta Rivera de la Cruz



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MAPA DE LOS SENTIMIENTOS
              
       Existe un complicado mapa de los sentimientos donde aspectos como los celos o la envidia, la lealtad y el amor, se traducen en esos conflictos que los humanos debemos superar, conductas que Marta Rivera de la Cruz (Lugo, 1970) ensaya en forma de novela. En La vida después (2011) se pregunta si es posible una profunda amistad entre un hombre y una mujer sin que la atracción física y el sexo tengan nada que ver en ese contacto.
        Jan, el protagonista masculino de esta historia, muere repentinamente de un infarto, pretexto para que Victoria, profesora universitaria y casada con un millonario aspirante al Senado, viaje al funeral desde Nueva York. Una última carta legada del amigo, prolongará su estancia en Madrid, obligada por el encargo sentimental que deja: su relación con Marga, Solange, la hija fruto de una relación anterior, además de una excesiva suegra. Una realidad muy distinta a la situación anterior: convivir con una adolescente malcriada, cuantificará las enormes deudas y se verá obligada a asumir la posibilidad de salvar la librería heredada por la viuda. Los motivos recurrentes en la obra de Rivera de la Cruz se concretan en el paso del tiempo, en el miedo a una existencia sin sentido e insiste en la necesidad de superar los obstáculos que la vida pone en nuestro camino. Sus personajes resultan vulnerables, débiles incluso, fortalecidos en sus dificultades. Sin duda por este, y no otro motivo, la narradora gallega consigue esa capacidad de crear un vínculo sentimental entre ellos y, sin duda con  el lector, porque aquellos jamás serán conscientes de la cantidad de cosas ocurridas para encontrarse en el punto donde están, para convertirse en quienes son. Los recuerdos de adolescencia y juventud de Victoria, su experiencia universitaria, las tertulias bañadas en alcohol y tabaco, su relación con algunos hombres, incluida la sombra omnipresente de Jan, cubren la primera parte de una narración lineal, con una unidad de pensamiento retrospectivo que provoca una reflexión entre las mujeres protagonistas, una introspección que degenera en el resto de la historia: salvar la situación anímica y económica de estas mujeres para quienes, fortuitamente, se abre un nuevo camino paralelo a su destino: la librería recibe un rollo de película con escenas de una primerísima Greta Garbo, extraña historia que conlleva la posibilidad de contactar con el dueño originario de la cinta, un anticuario londinense, a quien Marga pretende conocer para ofrecerle la mitad del beneficio de su venta. En Londres, el relato retrocede en el tiempo para volver a la Europa de los años veinte y treinta, a Estocolmo y al Berlín prenazi. Es así como Marta Rivera de la Cruz abre un nuevo capítulo en la vida de sus mujeres, de Victoria que disfrutará de una vida después junto a Douglas Faraday. La novela se convierte así en un relato de suspense y, junto a una equilibrada dosis de narración tradicional, ofrece todos los ingredientes de un relato ameno, incluido el desamor, las pasiones e iniquidades en los personajes secundarios que proporcionan un aire folletinesco a la historia para que, sin que desvelemos el final, todos y cada uno de ellos disfruten de otra vida. 
                             






LA VIDA DESPUÉS
Marta Rivera de la Cruz
Barcelona, Planeta, 2011

domingo, 15 de octubre de 2017

Desayuno con diamantes, 120



 CINCUENTENARIO DE LA CIUDAD Y LOS PERROS



      
       Las vicisitudes que corre un libro hasta que llega a los escaparates de una librería, son dignas de otra crónica, sobre todo si el texto en cuestión debe sortear antes la censura como ocurría en la España de 1962, cuando la novela, La ciudad y los perros, que finalmente obtuvo, en Barcelona, el Premio Biblioteca Breve por unanimidad. José Miguel Oviedo, según podemos leer en su magnífico ensayo, Mario Vargas Llosa: la invención de la realidad (1970), ya había propuesto el original de un desconocido Mario Vargas Llosa a un editor argentino, quien no le concedió importancia alguna. Así que, el texto, circuló por la editorial barcelonesa, dirigida entonces por Carlos Barral, durante meses quizá olvidado por un informe negativo redactado por un afamado novelista de época, Luis Goytisolo. Fue el propio Barral quien salvó el original tras verse en París con el joven autor de una novela que originariamente se llamaba La morada del héroe, y que convencido por el editor, tras una prolongada deliberación, envío con ciertas reticencias al Premio Biblioteca con el título de Los impostores que, como sabemos, el jurado premió por unanimidad y aparecería en octubre de 1963. Poco después, optaría al Prix Formentor, por entonces de un gran y verdadero prestigio literario que no consiguió, derrotado por Le long voyage, de Jorge Semprún, con polémica, subterfugios y acciones poco limpias que otorgaron el premio a un libro respetable aunque el procedimiento para su obtención, según Carlos Barral, resultó infantil y mafioso. Sin embargo, La ciudad y los perros, fue inmediatamente aplaudida por la crítica y tras la sospechosa derrota del Formentor, recibió el Premio de la Crítica Española un año después, un galardón libre de toda sospecha a lo largo de muchos años y, desde luego, jerarquizador de los verdaderos prestigios literarios de la literatura española contemporánea que se prolongan hasta nuestros días. Pronto el nombre de Mario Vargas Llosa y la lectura de La ciudad y los perros, se convirtió en un hecho literario digno de atención y estudio; primero por la juventud del escritor que, prácticamente, salía de la nada y, segundo, porque la crítica especializada se atrevió con interpretaciones que convirtieron la novela en obligada lectura, no solo en el ámbito español sino en otras lenguas traducida a lo largo de los años y, además, muy bien recibida siempre por el público.

Historia de una novela     
       “En los años que viví con mi padre, hasta que entré al Leoncio Prado, en 1950, se desvaneció la inocencia, la visión candorosa del mundo que mi madre, mis abuelos y mis tíos me habían inculcado” —escribía Vargas Llosa en uno de los capítulos de El pez en el agua. Memorias (1993), y aun añade—, “ en esos tres años descubrí la crueldad, el miedo, el rencor, dimensión tortuosa y violenta que está siempre, a veces más y a veces menos, contrapesando el lado generoso y bienhechor de todo destino humano”.  Antes de sumergirse en la redacción de su primera novela, había conseguido el segundo premio de un Concurso de Teatro Escolar y Radioteatro Infantil del Ministerio de Educación Pública por su obra La huida del inca, en 1952; el premio de la Revue Française por su relato “El desafío”, en 1957, y el Premio Alas por su colección de cuentos Los jefes, en 1959. La edición, según José Miguel Oviedo, fue modesta y de una tirada corta, lo que explicó su limitada difusión en España; y en Perú, apenas si llegó a las manos de algunos escasos amigos. Algunos de estos textos habían sido publicados por un jovencísimo Vargas Llosa en el suplemento “El Dominical” de El Comercio, donde había colaborado con artículos que eran una especie de fichas bibliográficas, con apuntes críticos sobre narradores peruanos activos de la época. Se trataría de la prehistoria y etapa formativa de un escritor que mostraría un avance notable en la configuración narrativa de su novela, La ciudad y los perros, porque José María Valverde afirmó por entonces que era un escritor, “capaz de incorporar todas las experiencias de la novela de “vanguardia” a un sentido “clásico” del relato: “clásico”, en los dos puntos básicos del arte de novelar: Que hay que contar una experiencia profunda que nos emocione al vivirla imaginativamente; y que hay que contarla con arte, (…) con habilidad para arrastrar encandilado al lector hasta el desenlace…”. Este texto de Valverde aparecía en un cuadernillo de color anaranjado y encartado al comienzo del volumen, como señala Oviedo, que desaparecería en las siguientes ediciones. Podía apreciarse, además, una foto del patio del Colegio Militar Leoncio Prado con la estatua del héroe, datos informativos sobre la obra y un plano para orientar al lector sobre los lugares en los que ocurre la acción. La estrategia editorial consistía en caracterizar al joven novelista, y así ablandar a los censores, apoyándose en la autoridad de un crítico de renombre y convencerlos de la importancia de una novela que, pese a que resultaba un material peligroso y subversivo, incluso contenía una feroz crítica al militarismo, encerraba escenas de violencia sexual y muchas crudezas verbales, inaceptables para los celosos defensores del orden y de las buenas costumbres del régimen franquista, soslayó a la censura que solo suprimió cuatro o cinco palabrotas y blasfemias del total del original, y dejó el resto sin problema.


       La novela circuló con tres nombres diferentes que ninguno gustaba a Vargas Llosa, aunque había sido remitida a Barcelona con La morada del héroe, alusión a Leoncio Prado, jefe militar fusilado por las tropas chilenas durante la Guerra del Pacífico de 1879, colegio que designaba donde se desarrolla buena parte del relato; en otro momento, se llamó Los impostores, que provenía del epígrafe sartriano que encabeza la novela, y por la atmósfera de la misma, el autor consideraba que, en realidad, debería llamarse Los jefes pero no podía usarlo porque hubiera sido repetir el título de su primer libro. José Miguel Oviedo apunta en la edición del cincuentenario de la obra, editada por la Real Academia Española y la Asociación de Academias (2012) que, en realidad, el título definitivo se justifica por una pequeña historia personal: cuando volvieron a verse en la redacción de El Comercio, Oviedo llevaba anotados tres títulos de los que hoy solo recuerda dos: La ciudad y la niebla, que aludía al cielo casi permanentemente encapotado de Lima; y La ciudad y los perros, bautizado así porque cuando Vargas Llosa lo escuchó, afirmó: ¡Ese es!
       El argumento de la novela, afirma José Miguel Oviedo, es nítido y ha sido resumida en numerosas ocasiones por la crítica. Se apoya en un esquema que sigue el modelo de novela policíaca: hay un grave acto delictivo que viola las normas del colegio, el robo de las preguntas de un examen; un castigo impuesto, se suprimen las salidas de fines de semana; una delación, la del Esclavo; la muerte violenta del soplón; una acusación y un desenlace poco ortodoxo: las autoridades militares desechan la acusación para evitar el escándalo y que todo vuelva a la normalidad dentro y fuera de la institución. Pero Oviedo señala que “la historia va más allá de los lineamientos de ese esquema porque hace un vasto examen crítico de la concreta realidad peruana, que incluye el colegio, la jerarquía militar, la desigualdad de las clases sociales y económicas, las divisiones raciales o los prejuicios sexuales”.

Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros; edición conmemorativa del cincuentenario; Madrid, Real Academia Española /Alfaguara, 2012; 608 págs.

sábado, 14 de octubre de 2017

Sabías que...






     “Si no puedes volar, corre. Si no puedes correr, camina. Si no puedes caminar, arrástrate, pero continúa avanzando”.

viernes, 13 de octubre de 2017

José Luis Rodríguez del Corral



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CONTAR UNA HISTORIA          
       Las convicciones idealistas de una juventud desenfadada, la falta de una visión realista o la escasez de escrúpulos y, sin duda, la pérdida de la inocencia con el consabido peso de la conciencia algunos años después, son algunos de los elementos con que José Luis Rodríguez del Corral (Morón de la Frontera, Sevilla, 1959) construye su relato que, en realidad, sobrepasa el calificativo de mero documento social o incluso psicológico, para contarnos un extraño suceso que parte de una gamberrada juvenil aunque, sin sospecharlo, desembocará en una incontrolada situación con un triste final, cuya magnitud ignoran sus protagonistas y, es aquí donde empieza el auténtico relato, cuando es recordado bastantes años después por uno de ellos para redimir, del alguna manera, un culpa que pesa sobre su conciencia y la de sus tres amigos involucrados.
       El resto de la novela, y el planteamiento posterior de la historia, ofrece para el lector una proyección más amplia, presenta el retrato de unos personajes con perfiles y aspiraciones muy diferentes que, tras el suceso vivido, propugnan vivir una existencia diferente en un futuro inmediato, sobre todo porque su falso idealismo les llevará a que el dinero les facilite su vida, sobre todo a Fede, Julián y Teresa, cuyo comportamiento y perfil, será matizado en la segunda parte de la narración. Aunque Andrés, el más atormentado de los amigos, será quien relate la historia, después de pasar unos años en Londres intentando olvidar el suceso y convertirse en escritor, pero cuando vuelve a España para saldar parte de su deuda y, concretamente, al Sur, encuentra con que todo ha cambiado, incluso la situación política, o el ambiente donde él mismo se movía: su visión de la realidad resulta ahora estremecedora y ajena. Rodríguez del Corral mezcla, con suma habilidad, ambos planos temporales, el recuerdo juvenil del protagonista, las playas de Trafalgar y Zahara, con unos paisajes antaño vírgenes como ellos mismos, y el presente presidido por la especulación y el enriquecimiento personal, traducido en actitudes sin escrúpulos que han dado lugar a una degradación tanto colectiva como personal, como observa Andrés cuando recorre las calles de Sevilla en busca de un pasado que no encuentra, del que solo queda el referente del viejo amigo Matías que aun malvive en el mundo de la droga, y finalmente se traduce en una dura crítica a una sociedad degradada por la malversación y la corrupción que ha llevado a sus amigos a un cambio en sus pretensiones vitales, olvidando el secreto guardado del pasado que, al final, motivará una profunda reflexión moral pero quedará en vano intento del narrador, arrastrado a la miseria misma por el triunfo ajeno. Tan es así que las intenciones de Andrés caerán en saco roto, solo cuenta con la ayuda del periodista Arce, aunque intentará poner orden en el caótico asunto del que solo podrá redimirse contando, en forma de relato, su propia versión. Y la suya no será más que una forma más de contar una historia.







BLUES DE TRAFALGAR
José Luis Rodríguez del Corral
Premio Café Gijón, 2011
Madrid, Siruela, 2012