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lunes, 21 de mayo de 2018

Daniel Múgica


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LA NATURALEZA HUMANA
                                                   
       Daniel Múgica (San Sebastián, 1967), sin duda alguna, el mejor escritor de su generación, publicó En los hilos del títere (1988) la opera prima de un joven urbano, una aproximación a la maldad, que grupos de jóvenes generan al ritmo marcado por sus propias derrotas en una ciudad depredadora. Seguiría Uno se vuelve loco (1989), la muerte repentina de una misteriosa chica llamada Gloria, y luego La mujer que faltaba (1993), La ciudad de abajo (1996), El poder de la sombra (1988), Corazón negro (1988), Malasaña (2000), y Bienvenido a la tormenta (2014).  La dulzura (2017), Premio Jaén de Novela, cuenta cómo la joven Gadea desaparece un 11 de marzo, en la estación madrileña de Atocha, cuando varios trenes estallan. Sus hermanas la buscan, también Judá, un escritor frustrado, y enamorado de ella. Pero pasan las horas, y los días sin noticias de Gadea. Durante esa angustiosa búsqueda, los diversos personajes rememoran el tiempo pasado junto a ella, cómo influyó en sus vidas, y las circunstancias de su internamiento en varios centros psiquiátricos, y así Múgica nos entrega un ejercicio de intimismo, y La dulzura ofrece una historia que no deja de interesar al lector, construida con notable pericia formal, alterna pasado y presente, no defrauda y resulta, en muchas de sus páginas, de una extremada bondad donde leemos una historia de amor, pese a episodios que confirman los peores sentimientos de la especie humana.
       Múgica ha sido capaz de elaborar un catálogo de la naturaleza humana, y como es habitual en su narrativa enfrenta, con marcada violencia, el bien y el mal. Y puesto que, en numerosas ocasiones, teoriza sobre esos dos mundos mentales, su visión apela al concepto tanto de lo angelical como de lo demoníaco, aunque sobre tantos desajustes se impone el mensaje positivo de una Gadea, inocente y entrañable, inmersa en ese poder redentor del amor y de la cualidad que expresa su propio título: la dulzura. A medida que avanzamos en la lectura, asistimos al hecho de la mañana de aquel fatídico 11 de marzo cuando Gadea sale del sanatorio mental próximo para encontrarse con Judá, y será entonces cuando su familia la incluye en el escenario de los atentados. Sus familiares emprenderán una desesperante localización, y como no figura entre las víctimas, a lo largo de la historia les cabe la esperanza de que utilizara el autobús o tomara un taxi. Transcurridos varios meses, solo al final de la novela se desvela el misterio.
       La fatídica fecha dará lugar a un retrato general del entorno familiar y sentimental de Gadea que, como un puzle, Múgica estructura narrado en primera persona: el novio Judá, los padres, las hermanas Estela y Malena, una sobrina, una pareja anterior y una compañera de sanatorio. Y para organizar el texto, el conjunto se divide en dos bloques psicológicos: la gente con trastornos mentales y variadas enfermedades del alma: Gadea, la madre depresiva, el cuñado suicida, el padre de una acuciada ferocidad; y esos otros personajes equilibrados, con un fondo de bondad aunque sufren y dudan de casi todo: la sobrina, las hermanas, un psiquiatra integro, o Judá, alrededor del cual gira la historia, la más bella historia de amor que alguien pueda imaginar.






LA DULZURA
Daniel Múgica
XXXIII Premio Jaén de Novela                
Córdoba, Almuzara, 2017





jueves, 17 de mayo de 2018

Juan Manuel Gil


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Mapa para inventariar una isla
                                                        
       ¿Qué lleva a una persona, que se convierte en un personaje de novela, a esconderse en una isla, y a convivir con extranjeros, una añadida y exclusiva extrañeza que corrobora una no menos turbadora existencia?  ¿Responderse a sí mismo acerca de la desconcertante moral que arrastra en buena parte de su vida? ¿Olvidar la constante cobardía de un atormentado pasado? O en definitiva, y pese a todo, ¿resulta el vano intento de preservar el mayor de sus secretos?
        Las islas vertebradas (2017) es una novela repleta de preguntas, y quizá sin las respuestas que más convienen, pero Juan Manuel Gil (Almería, 1979) ha construido, sin duda alguna, y con mucho acierto, una inteligente narración en torno a la fragilidad y las muchas contradicciones humanas que, temáticamente, y sin un atisbo de buen quehacer, hubiera desembocado en un realismo sociológico al uso por cuanto le ocurre a Martín de Juan, un personaje que en su huida se esconde entre las sombras y las luces que proyectan las imágenes de la isla que con algo de suerte pueda convertirse para él en su única salvación. El almeriense es autor de Inopia (2009), o lo que es lo mismo, indigencia, pobreza, escasez, una primera novela que proponía una experimentación transparente tras algunas incursiones en la lírica, un arriesgado texto de perspectivas narrativas muy variadas y cuyo análisis debe realizarse con una mirada múltiple; un ejemplo de narrativa contemporánea que ensaya un tipo de relato fragmentario, con esa híbrida imbricación que propone una experimentación técnica en el terreno arquitectónico textual de la mejor lírica, de la narración o de aquellos otros géneros literarios cuya frontera aún estamos lejos de delimitar, y se construyen con una variedad formal, con una técnica, una estilística y una temática que desde el punto de vista narrativo se mueven entre el relato, más o menos extenso, y la novela, e incluyen temas característicos como las relaciones humanas y la sumisión que delimitan el conflicto de identidad, o rozan esa locura que lleva a los personajes a la soledad, la incomunicación y el miedo, un terror físico que condiciona al ser humano.
       Las islas vertebradas, como propuesta, ofrece toda una serie de disyuntivas entre lo real y lo onírico, lo mezquino y la bondad más absoluta, y a  lo largo de sus páginas observamos que la víctima se confirma como su propio verdugo. Disyuntivas que el autor enfrenta constantemente, y que de alguna manera conducen a los personajes de la isla a una nueva dimensión de su existencia mucho más primaria, y esas continuas interrogantes que guardan, sus secretos, que se irán desvelando y entrelazándose. Pero la historia, en su estructura básica, es sencilla aunque no por ello menos inquietante: Martín tras una serie de infortunios decide huir a una isla para recuperarse de una enfermedad y dar respuesta a sus permanentes dudas, un lugar remoto que se impregna de un hedor de algas putrefactas insoportable, envuelto en un halo de misterio que viene determinado por acontecimientos recientes: tras su breve estancia, comienzan a producirse extraños robos y la infranqueable comunidad de vecinos, básicamente extranjeros, empieza a tambalearse en ese idílico espacio que se conoce como el Parque holandés, y a la escasa acción se une la inquietante desaparición de uno de sus moradores. Lo curioso es que todo ocurre en ese espacio cerrado, a veces asfixiante, la isla, y al hilo de todo el lector descubre el pasado de Martín, narrado a través tres focos significativos: el valor de la amistad, de la familia y, en última instancia, del amor. Juan Manuel Gil se sirve de dichas aristas para dibujar las profundas heridas emocionales de un personaje que en muchas de sus actuaciones se nos antoja miserable, pero que al final queda redimido por sus encuentros con dos mujeres la joven Marina, que sobrevive al amor imposible de Larry, y una no menos enigmática y sugerente, contrapunto de cuanto sucede y se sugiere en la isla, Fatiha.
       Los personajes, con sus diálogos, contribuyen a esa atmósfera perturbadora que sobrevuela la historia, y el propio narrador desaparece por completo cuando los personajes interactuan, llevando ellos el peso de la narración, como ocurre en la escena de “Clipperton” y de “Thule” con una estructura teatral que no añade tensión a lo contado, aunque sí algo de incertidumbre  entre la realidad palpable que envuelve a los diálogos y el lirismo que se desprende, o entre esa vigilia y el sueño que envuelve la precariedad de todas y cada una de las vidas que intenta retratar el narrador Juan Manuel Gil; y en estos diálogos se concentra, sin duda, bastante del artificio de Las islas vertebradas que pone en tela de juicio lo mejor de la buena literatura.






LAS ISLAS VERTEBRADAS
Juan Manuel Gil
Madrid, Playa de Ákaba, 2017

  

miércoles, 16 de mayo de 2018

Hoy invito a…


Mariángeles Pérez

AMANECERES

Libros

   Con buen tiempo, rosas y buenos recuerdos volveremos a celebrar el Día del Libro y nos volverán a recordar que seguimos estando inmersos en uno de los porcentajes más bajos de nuestra pasión por leer. Con frecuencia vemos y escuchamos eslóganes de que leer es viajar, soñar, vivir, pero ni aún así parece que nos atraiga meternos en ese maravilloso mundo de fantasía a la que nos lleva la lectura.

         A los libros hay que quererlos, amarlos, mimarlos y crear ese sentimiento en nuestros corazones, el mismo que nos lo pone cada vez más difícil la sociedad en la que intentamos nadar cada día.

          Volveremos a celebrar el día del libro, haremos toda una fiesta más de la lectura y seguiremos recordando palabras y más palabras sobre la pasión y el maravilloso mundo de los libros, pero recordemos también la famosa frase del poeta brasileño Mario Quintana: «Los verdaderos analfabetos son los que aprendieron a leer y no leen».

martes, 15 de mayo de 2018

Isak Dinesen


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Un cuento minimalista: El festín de Babette.

        Isak Dinesen la autora de Memorias de África (1937) y Cuentos de invierno (1942), escribe sobre los principios religiosos de una comunidad de pescadores en un aislado pueblo de la costa danesa, y lo titula El festín de Babette (1934). Círculo de Lectores/Nórdica editan una nueva edición ilustrada por Noemí Villamuza de este cuento.


        El festín de Babette es un relato breve que narra la historia de dos hermanas, hijas de un pastor luterano, que en el pueblo noruego de Berlevaag había fundado un pequeño grupo piadoso. Una vez que muere el venerable maestro serán sus hijas, educadas en la austeridad y dedicadas a realizar obras de misericordia, quienes se encarguen de mantener viva la memoria de su padre y sus enseñanzas. Tras el episodio de unos amores frustrados, que convierten este relato en un auténtico cuento, Martine y Philippa, recogen a una misteriosa mujer francesa, Babette, que llega huyendo de la Comuna de París, y cuyo marido e hijo han muerto. Las hermanas, aceptan con cierto recelo la llegada de la mujer, que viene de la ciudad del pecado, sin embargo la admiten porque ha sido encomendada por un viejo amigo, Achille Papin, y ellas en su vida solo conocen la caridad.
        Desde la llegada de Babette han transcurrido doce años, en los que ha servido a sus señoras con abnegación y fidelidad, cuidando de los intereses de las hermanas. Por entonces se cumple el centenario del nacimiento del padre y maestro, y la buena sirvienta demanda el permiso de sus señoras para preparar una cena que celebre el acontecimiento. Las hermanas consideran la ceremonia un lujo innecesario y pecaminoso, pero acceden al ruego de su criada por ser la primera vez que demanda algo de ellas. Asombradas y asustadas, asisten a los preparativos de un fabuloso festín, porque a Babette le han enviado fabulosos manjares y exquisitos vinos de París, que ella misma ha pagado con el premio de diez mil francos ganados en la lotería. 


        La noche señalada los viejos discípulos y seguidores del venerable maestro viven una experiencia entre lo místico y lo sobrenatural al saborear los deliciosos platos y los finos vinos, del menú compuesto por Babette. Nadie es consciente de las finezas que saborean, a excepción de un viejo general, que conoce la vida mundana, y reconoce alguno de los elaborados platos franceses que en esa humilde casa noruega le sirven esa noche.
        Un sentimiento de felicidad, de alegre hermandad, une esa noche a los asistentes a la cena, cerrando así viejas heridas que amenazaban con disolver el pequeño grupo. Cuando, al terminar la velada, las hermanas acuden a la cocina a agradecer a su fiel Babette la espléndida cena que ha ofrecido a sus invitados, la criada les sorprende con la confesión de que la cena no ha pretendido ser un obsequio en reconocimiento a la caridad de las hermanas, sino una satisfacción que la propia Babette se ha querido otorgar a sí misma: fue el más famoso chef del más famoso restaurante de París, y cocinar es para ella un arte, a través del cual y por su diestra ejecución es capaz de otorgar la felicidad a la gente que disfrute de sus platos. Las hermanas piensan que Babette pretenderá regresar a su patria, dejando la humilde casa de las caritativas hermanas.
        En realidad, se trata de una sencilla pero hermosa fábula acerca del genio que una persona tiene, ese que no puede ocultar, y de la necesidad de dejarlo brotar cuando se presenta la ocasión, tanto para el deleite de los demás, como para propia satisfacción.

        Desde una perspectiva piadosa, Dinesen, convierte a Babette, en un instrumento humano abnegado y generoso que revela un estado de gracia en los personajes de esta historia. El halo de silencio que rodea a la cocinera francesa, la convierte en un personaje minimalista porque es una artista de la cocina, se recrea en la preparación de la cena, y muestra su carácter más generoso. Babette, en definitiva, es tremendamente fiel a su destino.

        Las ilustraciones, como siempre, acertadas de Noemí Villamuza (Palencia, 1971) que durante buena parte de su infancia pasaba ratos estupendos dibujando, así que se fue a Salamanca a estudiar Bellas Artes. Vive en Barcelona desde el año 1998, y lleva más de veinticinco libros publicados, uno de ellos fue Premio Finalista Nacional del Ministerio de Cultura, y otros han sido editados en Corea, Estados Unidos o Japón. En 2007 recibió el Premio Junceda por sus ilustraciones para El festín de Babette. Le gustan mucho los lápices suaves, vestirse de rojo y desayunar fuera de casa.








Isak Dinesen, El festín de Babette; ilustr., de Noemí Villamuza; Barcelona, Círculo de Lectores, 2017.

lunes, 14 de mayo de 2018

LA NARRATIVA BREVE DE FRANCISCO IZQUIERDO



Una reflexión


Introducción
       La guerra civil española, que tanto destruyó, hizo desaparecer, entre otras cosas, el ideal estético literario precedente. La larga postguerra, en un intento de resurgir, propició la renovación de ciertos órdenes que, en literatura, se tradujeron en la búsqueda de nuevos caminos que llenaran el largo y amplio vacío. La perspectiva de conseguir una tradición  renovada hizo que los escritores del momento se lanzaran, con especial dedicación, a buscar nuevas fórmulas de concepción literaria.
       En los primeros años de la década de los 40, el panorama de la narración breve, escaso y poco afortunado, sirvió de puente para la siguiente, en la que ya se puede hablar de una mayor presencia de publicaciones y, por consiguiente, de una mejor atención al género, entendiéndolo como cuento literario, de tan arraigada tradición en nuestro país. Revistas y diarios empezaron a incorporar páginas literarias y a disputarse, en principio, las firmas de los escritores supervivientes de generaciones anteriores, pero no dejaron de incorporar los nombres de los jóvenes valores. A este hecho se unió pronto la creación de nuevas editoriales que crearon para sus fondos, colecciones de libros de cuentos, un hecho que provenía en su mayoría de otro fenómeno de la época, la creación de premios en esa modalidad literaria: Leopoldo Alas, Sésamo, Juventud, Café Gijón, por citar algunos de renombre.
       La segunda mitad de la década de los 50, de aires nuevos, se reforzaba con los nuevos valores que en esos primeros años habían dejado constatado el ensayo de nuevas fórmulas en una narrativa de corte socializante, caracterizada por un marcado realismo expresionista y que había incorporado a los jóvenes Ignacio Aldecoa, Medardo Fraile, Daniel Sueiro, Ana María Matute, Jesús Fernández Santos, Rafael Sánchez Ferlosio, Jorge Ferrer Vidal, Carmen Martín Gaite o Josefina Rodríguez. Los bautizados, posteriormente, como «niños de la guerra» cuya primera obra narrativa se inscribe en la estructura de la narrativa breve. A esta generación que, ya entrada la década de los 60, ha conseguido hacerse un camino en el difícil panorama narrativo español, y empiezan a cuestionarse el hecho literario como una auténtica actitud ante la vida y, en la mayoría de los casos, se enfrentan a empresas mayores: sobre todo, la novela. Pero pronto va a aparecer una nueva generación, más joven y algo más alejada del impacto de la guerra civil, una temática que, por otra parte, empieza a desaparecer de las obras; estos jóvenes aspiran a escribir historias que estén sincronizadas con las tendencias que imperan en Europa y en el resto del mundo. Esta generación encontrará más dificultades en su camino, sobre todo aquellos que inician su vocación literaria en el cuento; pero destacarán en un esfuerzo común  por entregarse a una experimentación de temática y técnica diferentes que conlleve, por consiguiente, nuevas formas de expresión literaria, ensayadas sobre todo en la narrativa breve y que más tarde trasladarán  a la novela, un género con el que, en esta década, quedarán mejor expresadas sus pretensiones. Son los autores que durante las últimas décadas se han encontrado en la plenitud de su vida literaria, con una importante obra narrativa a sus espaldas, aunque en algunos casos, lamentablemente, hayan desaparecido del panorama literario. Esta generación está formada por Fernando Quiñones, Manuel San Martín, Daniel Sueiro, Jorge Cela Trulock, Ramón Nieto, Luis Goytisolo, José María Sanjuán, Enrique Cerdán Tato, Antonio Martínez Menchén, Francisco Izquierdo, Ricardo Domenech, Félix Grande, Andrés Berlanga y Jesús Torbado, todos nacidos entre 1927 y 1943.

       Francisco Izquierdo (Granada, 7 de abril de 1927- Madrid, 3 de septiembre de 2004) pertenece por adscripción temática y formal a la generación más joven de la postguerra, que se iniciará en literatura con trabajos publicados, inicialmente, en periódicos y revistas de provincias, para después acceder a los grandes medios  de comunicación y a esas editoriales  regentadas, en ocasiones, por compañeros que incluirán entre sus colecciones esos valores en alza. Los primeros relatos de Francisco Izquierdo aparecerán en una revista de su ciudad natal, Diálogo, entre los años 1951 y 1952. Su primer cuento fuera del ámbito local o regional, lo publica en Madrid en 1953 y lleva por título «Un hombre de tierra roja». Envuelto en esa corriente de aires nuevos que propició en estos maños una narrativa extensa, el granadino que, junto a sus compañeros de generación, no fue ajeno al hecho, publicó en la década de los 60 dos novelas, La misión del hielo (Madrid, 1963) y El lince y la trama (Madrid, 1964), cuando un autor como Luis Goytisolo había  publicado Las afueras (1958), Daniel Sueiro Fuera de juego (1959) o Manuel San Martín El borrador (1961).
       A mediados de los 60 su narrativa se decantará por el relato literario y consigue reunir un puñado de cuentos y cuyos volúmenes se irán abriendo camino en las décadas siguientes. Publica, inicialmente, Las bestias y otros relatos (Madrid, 1967) y Fiesta de cuerpo presente (Granada, 1970).  Más adelante, después de un paréntesis dedicado a otras dos de sus grandes devociones, la pintura y la dirección editorial, publicará, El rumor de dies irae (Sevilla, 1983) y Crónicas del buen trote (Madrid, 1986). Finalista en muchos de los premios convocados en esas décadas, estaba incluido en obras colectivas como Guerrillas civiles de Granada (Granada, 1986) y Razón de amor (1987). Muchos de sus cuentos han sido recogidos, hace poco más de una década, en Campo raso (1990), una muestra de su excelente producción breve.
       La narrativa de Francisco Izquierdo tiene como eje temático, recurrente, al ser humano y lo brutal que conlleva su existencia misma, llevada ésta, a veces, a extremos insospechables. Predomina en sus relatos un acusado apunte social, nota que se complementa con una riqueza expresiva sorprendente. De ahí, quizá, esa aguda visión irónica del mundo que se entrecruza en sus historias, en las que, por otra parte, se amalgaman toda una amplia selección de personajes de lo más variopinto, envueltos en las situaciones literarias más imaginativas que puedan fabularse; es, el suyo, un mundo de viejos, de niños y de mujeres  maltratadas, con quienes muy pronto se sensibiliza el lector; otras historias reflejan un mundo de gentes marginales, envueltas en una sociedad, necesariamente, agreste que en ocasiones termina por engullirlos. Puesto que los materiales son la vida misma, el lector podrá descubrir, en los relatos de Izquierdo, toda una tipología de seres que ejercen los más variados oficios, que viven en ciudades, pero que se localizan fundamentalmente en un ambiente rural; un ojo avizor revisa espacios interiores y exteriores como reflejo de las múltiples situaciones que un hombre puede vivir a lo largo de su existencia y a esto hay que añadir las constantes de desgracias, locuras, frenéticos impulsos y algo de felicidad para esa razón de ser. Un mundo humano recurrente pero que incluye personajes únicos, cuya especie, por otra parte, puede estar ya extinguida, criaturas genuinas irrepetibles, localizadas por el escritor en las zonas más impenetrables del antiguo reino de Granada, una realidad vivida que, para los lectores, se sitúa en una imaginaria Jandalocia, un espacio físico, evidentemente, inventado, con  habitantes cuyo temperamento va desde la más absoluta ingenuidad a la más vehemente de las astucias. Sobre ellos se agita un mundo que, en ocasiones, nos hace recordar al realismo mágico sudamericano, aunque con presupuestos distintos, que desembocarían en un dramatismo sólo salvable a través de la inocencia en que se puede vivir en un medio inventado por el escritor granadino, frente a lo agreste y salvaje que conlleva el propio medio, puesto que la ley que impera es el de la subsistencia y lo único que salvará a estas pobres gentes es la voluntad de ese generoso lector que descargará sobre ellos su firme voluntad de comprensión y de afecto.
       Cuatro colecciones originales son las que ha publicado Francisco Izquierdo hasta el momento, además de una antología que recoge una amplia selección de su producción breve.  Esta es la relación de títulos, así como los relatos que componen cada una de las colecciones:

       1. Las bestias y otros ejemplos; Madrid, Azur, 1967; 96 págs. Contiene los siguientes cuentos: Los Felicianos, Soledad de hermosas nubes, Embarazo, Lluvia para maldecir, El alcudón, El arco de tirar demonios, Toco a muerto con jazz. Lleva, además, una introducción titulada «A guisa de pruebas», que incluye cuatro historias de una página cada una. Es, quizá, la obra más significativa de Francisco Izquierdo porque, desde las primeras páginas de este libro, se percibe esa humanidad que se extenderá al resto de sus relatos posteriores. Todos tienen como protagonista al ser humano y lo brutal que puede resultar su existencia, llevada en muchos casos a extremos insospechados. La soledad y la actitud ante la vida viene a reforzar el singular perfil que el granadino ha querido dar a sus seres inventados.
       2. Fiesta de cuerpo presente; Granada, Padre Suárez, 1970; 96 págs; 2ª ed., Madrid, Azur, 1973. Los cuentos incluidos son: Otro mundo para tío Antonio Manuel, Introducción al símbolo de la lluvia, Un manantial sucio brota en el equinoccio, Algo que ya funciona como la muerte, Interior off pantheon as repuilt in 1834, La cofradía de los cazoleros malvas, En la rambla está el muerto protestante. El conjunto se caracteriza por un estilo expresionista y, sobre todo, por mostrar la actitud que mantienen los personajes de estos cuentos ante la maldad del mundo. Superstición e ironía terminan por caracterizar estas historias donde la muerte se convierte en el tema-eje de la mayoría de los relatos y ante la cual sus protagonistas desarrollan sus instintos más negativos.
      
       3. El rumor de dies irae; Sevilla, Ediciones Andaluzas, 1983; 244 págs. Contiene los siguientes relatos: Un cañón de paisano, El éxodo de las hermanas Huelma, Los chirlos mirlos de Tralarán, La Talangamandanga, El matorral de la eternidad, La reliquia, El poyetón, El despelote de Santa Filila, Las visiones de Alonso de Panduro, Fuego a las siete, Enterrar a los muertos, Despedida de pobre, Algo que ya funciona como la muerte, En la rambla está muerto el protestante. El libro recibió el I Premio de Narrativa Andaluza «Blanco White», en 1983, lleva un prólogo de Antonio Zoilo. Es la colección más extensa, con temas recurrentes de anteriores colecciones, aunque sobresalen, entre otras, la actitud militarista de todo un pueblo, la soledad colectiva, el suicidio o la religión. Los cuentos se localizan, geográficamente, en Jandalocia, el espacio imaginario creado por Izquierdo.
      
       4. Crónicas del buen trote; Madrid, El Observatorio, 1986; 102 págs. Contiene los siguientes cuentos: La Vindicta Correfalos, A la funerala, Como la pulpa del higo, Un singular portento, Al mí molinó. La temática de estos cuentos es contar, con un finísimo humor, las peripecias del oficio más antiguo del mundo. Los propios títulos muestran la vena más irónica del autor así como su melancólica visión de fondo que nos hace sonreír en muchos de los casos descritos; el autor se muestra solidario con esas mujeres que se esfuerzan por cumplir su papel en la sociedad y así nos muestra, en estas páginas, el más clásico de los burdeles que no abre en señaladas fechas de Semana Santa. La muerte, también está presente, y acompaña a esas singulares profesionales, o se nos cuenta la venta de una joven a unos viejos verdes, y el caprichoso «salto del tigre» de un cliente y de sus consecuencias posteriores o para terminar como un grupo de amigos, debido a su devoción por el arte, deciden poner su propio prostíbulo y acabarán casándose con sus parroquianas.
      
       5. Campo raso; Granada, Ubago Editores, 1990; 298 págs. Los cuentos incluidos son: Los Felicianos, Soledad de hermosas nubes, El alcaudón, Introducción al símbolo de la lluvia, Algo que ya funciona como la muerte, En la rambla está muerto el protestante, Un cañón de paisano o Introducción al sábado oessudoeste, El éxodo de las hermanas Huelma, Los chirlos mirlos de Tralarán, La Talangamandanga, Enterrar a los muertos, Despedida de pobre, La vindicta Correfalos, A la funerala, Al mí molinó, Lástima que el talgo sea tan bajito, Operación chinarral, Sábana Rosa de Lino.  Es una antología que recoge buena parte de los mejores cuentos publicados en sus anteriores colecciones. Como novedades incluye el relato finalista del Premio Antonio Machado, de 1982, titulado, Lástima que el talgo sea tan bajito; Operación Chinarral, publicado en el libro colectivo, Guerrillas civiles de Granada, 1986 y Sábana Rosa de Lino, aparecido en Razón de amor, 1987. El prólogo es de Antonio Enrique.        
                             
       A lo largo de su vida Francisco Izquierdo ha recogido y escrito sobre toda una suerte de leyendas y especulaciones bajo una mitológica visión de la vida. En muchos de sus libros insiste el erudito que de lo que se trata es de plasmar esa otra visión que nos otorga nuestra existencia alejada de unas señas de identidad, quizá por eso siempre ha recurrido a curiosidades lugareñas, sucesos inusitados y peregrinos, para averiguar  «no lo que debiera ser importante, pero sí interesante» y poder esclarecer, desde un punto de vista particular y potencial, las conjeturas, los datos fingidos o los supuestos que legitiman todo lo que el saber popular ha aportado a la Historia y a la Literatura, con mayúsculas. Valga esta modesta aportación de quien desde hace años se muestra devocionario de un hombre de singular talante que ofrece, entre otras muchas cosas, con su amistad, lo más valioso que aún nos queda entre los seres humanos.