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martes, 28 de febrero de 2017

Irini Pitsaki



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NUEVO CUENTO GRIEGO
      
       Libros como el presente, Antología del nuevo cuento griego (2004), vienen a paliar algunas de las deficiencias literarias detectadas en un país que se vanagloria del número de títulos editados anualmente y de su poder editorial, al menos en el resto de Europa. La selección que, con esmero, ha preparado Irini Pitsaki, pone de manifiesto que la literatura griega moderna ha quedado reducida, en nuestras librerías, a tres o cuatro nombres de un extraordinario reconocimiento mundial como los galardonados Seferis y Elitis, el inmortal Kavafis o el muy traducido Kazantzsakis. Así, pues, de los nuevos nombres que configuran la vanguardia narrativa de los últimos años poco sabemos a excepción de Rhea Galanaki que publicaba Helena o nadie (2001),  Filippos Dracodaidís, El mensaje (2001), Pavlus Mátesis entregaba El padre de los tiempos (2002) o Ioanna Karystiani que con su Pequeña Inglaterra (2002) despertaba nuestro interés. A estos nombres se unen los de la presente antología, un total de diez, nacidos, en su mayor parte, en la década de los 50 a excepción de tres reputados autores en su país, Menis Koumandareas (1931) y Dimitris Nollas (1940) y Antonis Sourounis (1942); el resto Misel Fais, Yoryis Yatromanolakis, Eugenio Aranitsis. Siranna Sateli, Sotiris Dimitriou, Ersi Sotiropoulos y Vassilis Gouroyannis, se editan por primera vez en España. Resulta, pues, doble el descubrimiento de la nueva narrativa griega puesto que nos acercamos a autores de sobrado prestigio cuando descubrimos que su literatura ya forma parte de la historia reciente de la mejor narrativa helénica actual.
       La selección por breve, ofrece una variedad temática y expresiva lo suficientemente atractiva como para dar idea de la versatilidad del relato en el país heleno; abunda la fantasía de un claro origen legendario, como por ejemplo, «La mujer-golondrina» de Vassilis Gouroyannis, que narra la historia de una mujer que quiere dar a luz un bebé-golondrina de cabeza humana y cuerpo de ave; o las que reflejan un intenso lirismo interior para subrayar los temas referidos a lo humano, lo metafísico, lo simbólico y lo erótico. Otros abogan por el recuerdo de la historia reciente, como por ejemplo, «Tía Clara, muerta de risa», el exterminio de los judíos sefardíes en Comotiní, lugar de nacimiento del autor. Una especie de Holocausto que terminará en tierras de Israel. La emigración ofrece otra de sus vertientes más satíricas, como «Incendio a la japonesa» de Antonis Sourounis, un emigrante en Alemania, en cuyos relatos ofrece vivencias propias. El humor y la sátira campean por algunos otros relatos y tampoco se olvida el escenario urbano contemporáneo ateniense, como en el cuento «El muchacho rumano», de Menis Koumandareas donde, además, existen evidentes referencias al mundo de la homosexualidad.
       La antóloga señala que el material está organizado a partir de una intuición literaria personal; bien por esta intuición que ofrece posibilidades múltiples para descubrir o redescubrir la buena literatura y, además, de un tan castigado género como el cuento.






ANTOLOGÍA DEL NUEVO
CUENTO GRIEGO
Edición de Irini Pitsaki
Madrid, Páginas de Espuma, 2004

lunes, 27 de febrero de 2017

Mercedes Abad



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IRONÍAS DEL ALMA
               
 Mercedes Abad (Barcelona, 1961) pretende transmitir, con su literatura, situaciones inquietantes, perturbadoras e imprevistas que, en ocasiones, se concretan en la visión de varios planos que en el lector producen esa sensación de un fantasmagórico surrealismo no exento de cierto humor. Y que, en cierto modo, valida la realidad de unos personajes, pero que, pese a todo, se parecen a esos insignificantes coetáneos con quienes vivimos diariamente. Los seres de muchos de los cuentos de Amigos y fantasmas (2004), la nueva colección de doce relatos de la narradora barcelonesa, perciben tras sus propias sombras un asomo de sorpresa porque en la actual escala de valores ellos se encuentran fuera de lugar. Los caprichos del destino de los que se sirve Mercedes Abad no encubren sino atisban esa cara oculta de una realidad que, por una suerte de casualidad, se transmuta en el azar de esa profunda paradoja que es la vida.
       Las técnicas a las que recurre esta narradora son tan diversas y diferentes para relatar una historia que tantea desde muy diversos enfoques que, en el conjunto del libro, se traducen en simples anécdotas o en relatos más extensos y convierten lo anodino en extraordinario; le ocurre a ese joven del cuento «La cólera de García Leguineche», que, pese a ser «el escritor más brillante de su generación», un día descubre cómo nadie le hace caso porque todo el mundo está enfrascado en escribir su propia novela. Sorprendente es el caso de «Servicio de caballeros» ese otro tipo insignificante que un día recibe, en los servicios de un gran hotel, la confesión del Ministro del Interior y poco después escucha como ha sido asesinado, víctima de una intrincada conjura, cuya verdad sólo él conoce; un secreto que no podrá desvelar y lo devuelve, otra vez, a la realidad de su insignificancia. O el caso de «Un buen hombre» que sentado en un banco, observado por el lector en unos instantes, aun dilatando la narradora, temporalmente, su actitud, llega a la tremenda conclusión de volver, una vez más, a su casa, odiarse como siempre y hacerlo en ese característico silencio para que nadie lo sepa nunca.
       Todas éstas y algunas más son actitudes de esa eterna paradoja que es nuestra existencia guiada, en ocasiones, por el capricho de una insignificancia y poder así constatar que la vida y la literatura o que la realidad y la ficción, se parecen a esas casualidades del azar que de repente nos modifican o cambian nuestra actitud ante la vida; un hecho que ya supone, para algunos al menos, un logro: sobrevivir a la hipócrita mediocridad de nuestra existencia.








AMIGOS Y FANTASMAS
Mercedes Abad
Barcelona, Tusquets, 2004

domingo, 26 de febrero de 2017

Desayuno con diamantes, 100



Reportajes de la Historia. Relatos de testigos directos sobre hechos ocurridos en 26 siglos



        La reconstrucción de la realidad, o el estudio de la Historia considerada bajo el tamiz de la literatura delimita hechos, tanto temporal como espacialmente, aunque recrea detalles de un gran microcosmos. La mirada particular prevalece sobre la panorámica expuesta, pero cuando se trata de trances o gestas no se especula, jamás se fabrican sucesos, o se inventan lugares, ni se recrean climas, se respeta la cronología, y cuando se advierte un fingido anonimato, se traduce en una constatada fiabilidad. Maestra de la vida, nos aclara qué sucedió en el pasado, cómo debemos vivir el presente y, en cierta manera, preconiza nuestro futuro. Quizá por eso, sin que podamos desvirtuar el calificativo de histórico para los acontecimientos y episodios contados en una obra de gran calaje como Reportajes de la Historia. Relatos de testigos directos sobre hechos ocurridos en 26 siglos (2010) y, pese a que la objetividad de la obra resulte relativa, la fuerza del valor testimonial de quienes estaban presentes durante los hechos o cerca de ellos, dejaría en un segundo término la supuesta subjetividad que se le supone a la obra, porque el trabajo tanto de Martín como Borja de Riquer, se fundamenta en recuperar abundantes documentos de diferentes épocas, frente a la manipulación de actas o informes esgrimida durante años por historiadores, para así reivindicar de esta manera el papel del testigo y la veracidad de su relato.
        Los investigadores ofrecen en Reportajes de la Historia una amplia panorámica con múltiples escenarios, crónicas periodísticas que regalan una visión sobre aspectos históricos diversos, aunque como sabe el lector, la Historia y su significado, es algo bastante más complejo que lo aparente narrado por los testigos de los hechos con voz personal. El lector curioso agradecerá la singularidad, la veracidad con que están contados porque quizá, como los autores manifiestan, para relatar aspectos históricos no vale cualquier reportero al uso. La obra, en dos volúmenes y casi 3.000 páginas, muestra una visión parcial, algo evidente por la amplitud recogida en la selección, manifiestamente subjetiva, aunque padre e hijo siguen estrictos criterios literarios y explicativos en tan ambicioso recorrido por la  historia de la humanidad: desde el verano de 430 a.C. cuando una terrible epidemia de peste asoló Atenas, hasta los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001, y año y medio después, cuando se produce la declaración de guerra a Irak por el presidente Bush. 


        La calidad literaria de los textos está asegurada, la erudición y la curiosidad de los compiladores permiten que sobresalga por encima del testimonio, aunque no deja de haber curiosos ejemplos de personajes metidos a periodistas ocasionales que, con una mirada distinta, aportan una visión diferente de algunos hechos importantes de la historia: Plinio el Joven, cuenta la lluvia de ceniza durante la erupción del Vesubio, las descripciones de un cruzado, con la sangre hasta los tobillos, tras la toma de Jerusalén, Marbor enumerando batallas: Austerlitz y Eylau, una excepcional crónica de la Rusia soviética, por H.G. Wells, el bombardeo de Berlín en 1943, descrito por Goebbels, o los informes de la caza de brujas en el senado norteamericano, por un curioso Chaplin. La cuota femenina: la declaración de Juana de Arco, las discordias entre cristianos y hugonotes, contado por Margarita de Valois, el nacimiento de Alfonso XIII, a cargo de Eulalia de Borbón, o la huida de una familia noble rusa, por María de Rusia, y, como final, el informe oficial norteamericano sobre el 11S, y el contraste de un testimonio periodístico contemporáneo, la Agencia Efe, en primera línea de fuego, las primeras horas de la guerra e invasión de Irak, o los ataques aéreos nocturnos del 20 de marzo de 2003, hasta la caía de Bagdad poco después, el 9 de abril.

Martín de Riquer & Borja de Riquer; Reportajes de la Historia; Barcelona, Acantilado, 2010; 2 vols.

sábado, 25 de febrero de 2017

Curiosidades



Andy Warhol
Artista plástico










     

         

 6 de agosto de 1928, Pittsburgh, Pensilvania, Estados Unidos
22 de febrero de 1987, Manhattan, Nueva York, Estados Unidos









viernes, 24 de febrero de 2017

Wallace Stegner



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UN LARGO ADIÓS
            
    En el concepto de la historia literaria universal más práctica, lo literario y lo artístico del siglo XX, se despacha en dos pensamientos: el reino el modernismo y, a su debido tiempo, el postmodernismo. Este es un planteamiento que confunde y nos lleva a una sostenida realidad, con posibilidades filosóficas que propugnaron abundantes secuelas en una ficción moderna y consciente, que obligaba al escritor a atender las realidades de poder o fuerza política, a las presiones mediáticas, a la indignación, en suma, a estar en estrecho contacto con la vida. Ese clima de realismo recuperado, tras la Gran Guerra, causó impacto en Estados Unidos y derivó en una generación de escritores que crecería en número y calidad.: Scott Fitzgerald, West, Anderson o Stein, a quienes siguieron Hemingway, Faulkner, Dos Passos y Steinbeck. El impacto de una tradición europea estará presente en las obras de algunos autores señalados, y recorre buena parte de la narrativa de Wallace Stegner (1909-1993), renombrado autor norteamericano, profesor de escritura creativa, colaborador con distintos Parques Naturales, novelista, autor de relatos y ensayos biográficos e históricos sobre la realidad del Oeste, un espacio de saludable tradición en la literatura norteamericana con especial atención a la naturaleza, que entroncaría con los clásicos, Thoreau, Waldo Emerson, Cooper o Twain. Stegner reseña, explora y reinventa, con el mismo lirismo esgrimido por Cheever con respecto a lo urbanos, los espacios salvajes del Far West, y fabula con sutileza las relaciones de pareja, la vejación producida en el trato tras el paso de los años, aunque sus personajes sobresalen por el valor que les otorga el narrador, una característica densa en matices que configura el carácter tanto de las mujeres y de los hombres que protagonizan sus historias.
     Dos novelas habían aparecido hasta el momento traducidas, Ángulo de reposo (1972) y En lugar seguro (1987), no necesariamente publicadas en este orden. En la primera, Lyman Ward, un historiador, docente, inválido y divorciado, casi olvidado por su familia, decide matar el tiempo que le queda investigando la historia de sus abuelos, y para ello vuelve a rememorar la California de un Oeste salvaje y lejano. En la segunda, el matrimonio Morgan es convocado por otra pareja amiga, los Lang, a Vermont, para despedirse de Charity, enferma en fase terminal. Entonces será cuando Larry Morgan, famoso escritor, evoque una sólida amistad de juventud nacida en la década de los treinta. El pájaro espectador (1976), última entrega, cuenta la madurez de un agente literario jubilado, Joe Allston, retirado con su mujer Ruth en California, un cómodo lugar donde se siente un privilegiado espectador a la espera del final de su vida. Sin antepasados ni descendientes, la llegada de una postal de una vieja amiga desde Dinamarca, de Bregninge, le lleva a buscar y releer los diarios que escribió veinte años atrás, cuando viajó al país nórdico en busca de sus orígenes familiares. Los tres cuadernos, fechados en 1954, narran los cuatro meses compartidos con la condesa Astrid W. K., su excéntrico hermano Eigil Rødding, y su esposa Manon, aunque será la dama quien les mostrará los mejores ambientes del país nórdico, recorrido que incluye una visita a Karen Blixen, retirada tras su estancia en África. La lectura de estos diarios se alterna con el hilo argumental de la existencia de los Allston, incluidos los cercanos Ben y Edith o Tom Patterson, el recuerdo de su hijo Curtis, o la visita de un afamado y conocido, en otro tiempo gran escritor, Cesare Celli. Adorna el relato esa eterna pregunta acerca de la propia autoestima y, por extensión, la de sus personajes. Sobresale, como en anteriores entregas, esa voluntad del escritor por retratar una variada multiplicidad de sensaciones y sentimientos que se dulcifican en la placidez de una madurez.
    El pájaro espectador, ahonda, con magistral acierto, en las debilidades humanas, Stegner recala en sus virtudes y defectos, disecciona con la maestría del cirujano a sus personajes y, en ocasiones, ese análisis resulta incoherentemente espléndido, al mismo tiempo que muestra la soledad, sentimiento, indudablemente, dignificado con la fuerza de su prosa.






Wallace Stegner, El pájaro espectador; Barcelona, Libros del Asteroide, 2010; 308 págs.

jueves, 23 de febrero de 2017

Patricia Esteban Erlés



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MASCOTAS
       Aunque ocurran cosas extraordinarias, aquellas que suponemos rompen las leyes naturales y nos encontremos ante hechos difíciles de explicar, aunque esta colección de cuentos se sirva de imágenes alegóricas, de universos paralelos y, como lectores, nos veamos obligados a elaborar algunas posibles hipótesis sobre lo leído, conjeturas que difícilmente pueden resultar definitivas, y cuando en estos trece cuentos se nos muestre que la realidad no es tan estable y sólida como parece, sino que forma parte, al menos, de dos planos diferentes: lo real y la sorpresa; sobresale, en ellos, la imaginación de Patricia Esteban Erlés (Zaragoza, 1972), característica que no surge de una proyectada evasión de la realidad, más bien profundiza en ella. Estas y otras cualidades, llamaron la atención de la crítica hace un par de años en sus dos libros de relatos anteriores, Abierto para fantoches (2008) y Manderley en venta (2008), el último como ensayo de una colección de interesantes relaciones duales, con unas deliberadas comunicaciones inequívocas, incluso con un cierto sentido de culpabilidad en la mayoría de sus historias pero, sobre todo, con una trama secreta que, de alguna manera, convertía un espacio cerrado en cómplice de esas otras muchas posibilidades de relaciones que la aragonesa se permitía con sus personajes, otorgándole a sus cuentos el beneficio de una trama enigmática que transportaba a los lectores a otra dimensión, a ese lugar donde lo superfluo y las complacencias brillaban por su ausencia, hecho que demandaba una lectura atenta, capaz de discernir las oportunidades que ofrecía un libro bien escrito como Manderley en venta.
               El poeta André Chérnier afirmaba que el dolor reclama soledad, la tristeza  comparece en igual proporción, levanta un muro entre dos mundos, sentencia que nos viene a la mente tras la lectura de Azul ruso (2010), la nueva colección de cuentos de Esteban Arlés, cuyo sentido último se concreta en la crónica de una decadencia actual, en la abolición de un mundo reconocible porque sus criaturas comparecen en la escena como auténticas prisioneras, le ocurre a Emma Zunz («Azul ruso»), la protagonista de uno de sus cuentos más extensos, que habita en un edificio de la calle Klementina, 12, convive con sus gatos, ancestralmente, animales misteriosos, muy independientes, en ocasiones traidores y poco previsibles. Este misterioso personaje sobrevive a la melancolía que le proporciona el color azul que, en gran medida, vertebra su vida. El universo de la mujer sobrevive en estos cuentos, cuya vida subterránea, paralela, tan aislada como real, se muestra en sus relatos más significativos, y así Zunz vive al margen, es una especie de hechicera o mujer-gatuna, felina en sus actuaciones y, por consiguiente, sin corazón. La narradora crea un mundo a su alrededor para que sus historias tengan cierta consistencia, un espacio donde sus variopintos personajes, una cajera, una adúltera, un superhéroe («Superwind»), envejecido y gordo, un maquillador de cadáveres («La chica del UHF) o una pareja de jóvenes («Mudanzas») que se replantea su relación por problemas con una iguana abandonada, sobreviven en una realidad cotidiana, inamovible, porque es verdad que lo tangible siempre esconde los pliegues de una irrealidad, de una fantasía que basamos sobre una experiencia y que optamos por olvidar. Muchos de estos cuentos ocurren en habitaciones cerradas cuyo significado último atisbamos solo con la imaginación, o cuya realidad se muestra distinta tanto para quien lee como para escribe, porque algunas de estas mascotas de las que nos habla Esteban Erlés surgen en el espacio vacío de un interior no menos desocupado. En estos cuentos sobresale, en igual proporción, el revés oscuro de las relaciones humanas, un hecho que le proporciona a la narradora maña un mecanismo de lectura muy alejado de esa realidad esgrimida, que ya surgía como propuesta posible en anteriores entregas suyas; ahora es otra la realidad que recrea y alimenta estas nuevas historias. Sobre todo porque, nunca sabemos si las cosas que se narran ofrecen la fiabilidad que se le supone siempre, o más bien vislumbramos imposibilidades susceptibles de ser tenidas tan solo en cuenta. La línea que separa lo real de lo fantástico, incluso de lo imaginario es, en ocasiones, tan débil como perceptible. Estos cuentos postulan referentes que provocan en el lector alguna duda y, por supuesto, reacciones inexplicables a situaciones menos razonables, porque en la mayoría de ellos, en realidad, este, y otros hechos, consiguen mostrarnos una visión inquietante.
               Lo mejor de Azul ruso, la opresiva soledad e incomunicación que suele estar detrás de un notorio registro repleto de ironía, de un profundo sentido del humor, carcajada incluida, y un tono tan sarcástico que cualquiera pudiera pensar en un mundo totalmente diferente.







Patricia Esteban Erlés, Azul ruso, Madrid, Páginas de Espuma, 2010; 131 págs.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Antonio Skármeta



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FÁBULA PARA DEGUSTAR
              
        El escenario de esta novela se localiza en un mapa de Chile. El pueblecito de Contulmo y la ciudad de Angol existen, ambos forman parte de la región de Malleco, al sur del país. Lo mejor —en palabras del propio autor— es que sobresalen por representar escenarios pequeñitos que permiten profundizar en el alma de los personajes; en realidad, secundarios en busca de una oportunidad, y literariamente ofrecen una mayor atención a sus pasiones. Jacques vive allí, es el protagonista de la nueva novela de Antonio Skármeta (Antofagasta, 1940, Chile), que, con referencias cinematográficas y populares, ha titulado, Un padre de película (2010). Aquí el tiempo, tan esencial como indeterminado, se ha detenido en los sesenta.
        El chileno pertenece a esa generación de escritores en cuya obra el lenguaje prima como materia esencial del arte narrativo aunque, el cosmopolitismo y el regionalismo, destacan en la evolución histórica a que el autor ha sometido sus obras desde el comienzo: sus cuentos, El entusiasmo (1967) o Tiro libre (1974), o las novelas, Soñé que la nieve ardía (1975) y No pasó nada (1980), porque incluyen características del resto de la narrativa latinoamericana de los sesenta cuya conciencia y propuesta cultural son comunes. Skármeta sobresale en su firme propuesta de ofrecer la visión de un mundo singular, sus personajes muestran cierta pasividad, en ocasiones abulia, resultan tan inocentes como maduros, despliega una esencial concepción del habla y del estilo, elabora formalmente la estructura de sus textos, se distingue en cómo organiza el tiempo, o en la proyección de sus imágenes, básicas y profundas, que alimentan su postura final: cada detalle nimio con que nos conmueve, para llegar a una visión generalizadora que domina sobre el conjunto.
        El autor de Ardiente paciencia (1985) o El baile de la victoria (2003) nos devuelve con Un padre de película la nostalgia de algo que se fue o que aún está por llegar, en realidad, una fábula para degustar, una novela profunda en su contenido, breve en su planteamiento y extensión. Ahonda en los sentimientos del ser humano, promueve el pensamiento justo y verdadero de un mundo cuya sabiduría habría que buscar en lo popular, asume lo coloquial sin escrúpulos, como el protagonista escribe en las primeras líneas, en una declaración de intenciones: «Compongo mi vida con rústicos materiales de la aldea: el sonido agónico del tren local, las manzanas del invierno, la humedad sobre la piel de los limones tocados por la escarcha de la madrugada, la paciente araña en la sombra de mi cuarto, la brisa que mueve las telas de las cortinas». Una vez expuesto este propósito, Skármeta cuenta la historia de un joven profesor de pueblo, que en sus ratos libres traduce poemas del francés, y explora las relaciones paterno-filiales porque Jacques se sentirá huérfano de un progenitor francés que un día abandonó a la familia para regresar a su amado París. Como complemento a su profesión, el maestro ejercerá de padre con algunos de sus alumnos, el caso de Augusto Gutiérrez que cumplirá años y le pide a su mentor que, como regalo, lo acompañe a la cercana Angol para perder en el lupanar su virginidad. En realidad, estos jóvenes tienden a agostarse en su hipersensibilidad, en su vehemente deseo de búsqueda del sexo, en la lucidez que muestran en su conciencia. Son adolescentes irreverentes, cuya sensualidad y metafísica del cuerpo pregonan, víctimas de su soledad, en mitad de una naturaleza exuberante. El niño Augusto intentará convencerlo interesando a Jacques en alguna de sus hermanas, especialmente en Teresa, la más joven, quien asegura le ha escrito una encendida carta de amor. Antes el maestro, viajará, junto a Cristián el molinero, a la vecina Angol para experimentar ese complejo paso hacia una madurez tan deseada por ambos, y allí descubrirá el secreto familiar que atormenta a la madre, será entonces cuando el proceso de maduración del tímido profesor se acelerará una vez de vuelta en su pueblo natal.
        Skármeta concibe el tiempo de una manera muy diversa, un período único que irá creciendo con el personaje mismo, aunque se desenvuelve de una manera rectilínea y continua, con una duración mínima y una intensidad máxima. El eje temporal de Un padre de familia se canaliza en torno a la experiencia transformadora (madurez/sexo) que sienten sus principales personajes. La dispersión terminará por disipar y hacer posible la certeza de una verdad, que fundamenta la historia completa. Se evoluciona desde el encierro y la soledad hasta la conclusión: lo que denominaríamos, la redención final.






Antonio Skármeta, Un padre de película; Barcelona, Planeta, 2010; 147 págs.