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viernes, 20 de julio de 2018

Sabías que...


          "Escribo, porque nunca he encontrado un remedio
mejor que el escribir para ahuyentar el tedio,
y en las agudas crisis que jalonan mi vida
siempre empleé la pluma como un insecticida"
                                                     Enrique Jardiel Poncela


jueves, 19 de julio de 2018

miércoles, 18 de julio de 2018

Acabo de leer... y descubro


                        
                 Piscinas vacías
           Laura Ferrero  
Madrid, Alfaguara, 2016 (reimpr., 2018)


   Existe una literatura de verdad, y una quizá de segunda mano, que se aleja de las pretensiones que caracterizan a un género tan denostado como el cuento, y el lector medio siente, de alguna manera, cierta prevención para sumergirse en un volumen completo de relatos; pero en mitad de una abultada selección de novedades, sin duda alguna e inesperadamente, nos sorprende gratamente uno de los volúmenes que llama nuestra atención, y entonces descubrimos que la colección Piscinas vacías (2016), de Laura Ferrero (Barcelona, 1984), formaría parte de esa primera premisa que subraya la afirmación, porque entre otros supuestos se presupone que estamos ante literatura de vuelos altos, cuya escritura se muestra tan escueta y precisa como afilada, desnuda en una aparente simplicidad como el mundo que deja entrever en sus historias, puesto que en los cuentos de la joven narradora, pese a la brevedad de algunos, ocurren muchas cosas, y en ocasiones suceden porque son cosas importantes, y algunas de ellas determinan el destino de una vida, y dejan marcado al lector para siempre; de ahí, el recurso de parafrasear un poema de Anne Carson, que dice, “agudo como el mundo”.
       Los personajes de Laura Ferrero se parecen bastante a nosotros mismos, y a muchas de aquellas personas que pueden ser nuestros vecinos, recordar la historia de nuestros padres, o las relaciones de pareja, las propias y las ajenas, y en estos cuentos podemos descubrir que una mujer cuando no puede dormir, “Pan de molde”, abandona su cama y se va al salón a escuchar el zumbido de la televisión, o un padre, “El origen de las certezas” que sopla las velas ante su hijo, que también es padre, y no menos sorprendente como una joven le escribe una historia de amor a una niña, “Sofía”, que nunca conocerá, y un abuelo le habla a una fotografía, incluso un hombre y una mujer se dicen adiós en una esquina y, en realidad, muchos de ellos no se conocen pero a todos les ocurren cosas parecidas: se trata de contar la vida con sus insignificancias pero también con sus grandes interrogantes, y de mostrarnos cómo se enamora uno, por qué son tan difíciles las relaciones humanas, qué nos inquieta o, mejor aún, qué nos produce miedo, y en ocasiones estos personajes, tan anónimos como reconocibles, deben elegir entre la vida que tienen y la que, en ocasiones, imaginan. Y todo esto es algo que forma parte de una realidad, y se confirma con la buena literatura que solo se confirma y autentifica con el matiz de algo bien hecho.
       

        El resto de cuentos, entre los que destacamos, “La casa más vacía del mundo” el relato de un padre se enfrenta con un hijo a su reciente viudedad, “Lo que brilla” donde se reflexiona sobre lo que uno tiene y lo que deja en el camino, esa incertidumbre de haber elegido bien que a todos se nos plantea en algún momento de nuestra vida, en “Piscinas vacías”, el relato que da título al libro, una joven recuerda a su hermano menor fallecido en un accidente y su incapacidad por superar la pérdida, y en algunos otros cuentos van apareciendo temas, personajes y situaciones recurrentes que quedan entretejidas por un hilo conductor: la búsqueda constante y la pérdida del amor. Y quizá por eso, en todas las historias hay encuentros y desencuentros, parejas que se aman y se separan, parejas que se engañan y se hieren, que se rompen por terceras personas porque la sombra de la infidelidad sobrevuela gran parte de los cuentos, y de alguna manera está presente el fantasma de la enfermedad y de la muerte, tanto en adultos como en niños, unos niños deseados o, o tal vez no por sus padres, toda una serie de personajes vivos, muertos, enfermos, solitarios, desequilibrados, o también modélicos.
       En una colección como Piscinas vacías, sin ánimo de menosprecio, resuena el eco de la eficiente brevedad y concisión narrativa de Raymond Carver o Richard Ford y la crudeza humana, y la descarnada visión de Lorrie Moore, aunque debamos apuntar que todo asimilado y escrito con estilo propio: una narradora que, en definitiva, promete.

lunes, 16 de julio de 2018

Voltaire


me gusta…

Luz y justicia en Ferney

La editorial madrileña Trifaldi edita, Voltaire en Ferney, de Eugène Noël, publicado, originariamente, en 1867.


       François-Marie Arouet, más conocido por su seudónimo, Voltaire, escritor y filósofo francés nació el 21 de noviembre de 1694 y murió el 30 de mayo de 1778. Vivió y escribió entre los siglos XVII y XVIII, y será recordado principalmente por haberse convertido en uno de los principales representantes de la Ilustración; por inspirar con su legado filosófico movimientos sociopolíticos como la Revolución francesa; y sobre todo, por defender el valor de la tolerancia y la libertad frente a los fanatismos y dogmatismos propios de la época, principalmente religiosos.

       Eugène Noël (Ruen, 1816- Bois-Guillaume, 1899) periodista de temprana vocación, escribiría en 1867 un libro breve que ilustra muy bien, estos conceptos esgrimidos, de humanismo y de justicia, durante los últimos años de Voltaire, en su retiro-estancia en Ferney, un texto que titula, Voltaire en Ferney, que traduce y anota, por primera vez, y de forma precisa y magistral, Máximo Higuera, que así consigue un texto de lectura amena e ilustrativa.

       La ciudad de Ferney, una comuna francesa del departamento de Ain, en la región de Auvernia-Ródano-Alpes, se encuentra en la frontera con Suiza. Fernex, como se llamaba originariamente, fue renombrada en 1878 como Ferney-Voltaire en homenaje al filósofo, que residió allí a partir de 1755. A su llegada, el pueblo apenas contaba un centenar de habitantes, y pronto Voltaire saneó las zonas pantanosas e hizo construir el castillo, la iglesia y numerosas casas, invitando artistas para que se instalaran. Cuando murió en 1778 Ferney tenía ya 1.000 habitantes.

La obra
       Eugène Noël escribe sobre la estancia de Voltaire desde el momento en que instala en Ferney, se convierte en improvisado agricultor, artesano, comerciante, y casi señor feudal donde dar cobijo a quienes gustaran de asentarse en la pequeña ciudad, y muy pronto se verá obligado a renunciar a su trabajo estrictamente literario y dedicarse a esas otras acciones que darán sentido a los años finales de su vida; es decir, convertirse en defensor del género humano y administrar la justicia universal con todas sus fuerzas para defender, desde su pequeño reino, las causas y condenas de Jean Calas, comerciante y protestante de Toulouse, acusado de haber dado muerte a su propio hijo; un escándalo que daría pie a su panfleto, Tratado sobre la Tolerancia (1767) que daría la vuelta al mundo; el caso del matrimonio Sirven cuya hija muere ahogada en un pozo y son detenidos por considerar que la habían asesinado; la causa de Arthur Rally enjuiciado por haber entregado una plaza, Pondichéry, a los ingleses y condenado, finalmente, a ser decapitado; los jóvenes de Abberville, entre ellos, el caballero de la Barre, de diecinueve años y el menor de catorce, todos víctimas del fanatismo del obispo de Amiens, y a lo largo de las páginas de Voltaire en Ferney toda una sucesión de casos en defensa de campesinos, siervos, o jóvenes de vida desordenada, hechos que convierten el final de su vida en esa titánica lucha a favor de la inocencia, la defensa de la tiranía y frente a la codicia de los grandes; en definitiva, según Noël empleó el mismo celo y la misma habilidad para salvar a los más humildes.
   
       Habían pasado más de treinta años sin que Voltaire volviera a ver París, y animado por su familia y la señora Denis que se aburría en Ferney, emprendió el viaje que pretendía realizar de incógnito aunque fue reconocido por todos los lugares que iba pasando y en muchas ocasiones la multitud rodeaba su coche con manifiesta curiosidad. El 10 de febrero de 1778 llegaba a París, entonces quiso darle una sorpresa a su viejo amigo d´Argental, no lo encontró y volvió a su casa de Villette, donde finalmente lo esperaba y se reencontró con d´Argental.
       A las once y cuarto de la noche, del día 30 de mayo de 1778, expiraba Voltaire, tenía ochenta y cuatro años y tres meses, y ya entonces era considerado una celebridad.









Eugène Noel, Voltaire en Ferney; Madrid, Trifaldi, 2018; 94 pp.

viernes, 13 de julio de 2018

Sabías que...




     “Algunas personas enfocan su vida de modo que viven con entremeses y guarniciones. El plato principal nunca lo conocen”.
                                    José Ortega y Gasset (1883-1955)