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domingo, 16 de abril de 2017

Desayuno con diamantes, 107



¿EXISTE UNA LITERATURA FEMENINA?

       La vida escrita por mujeres (Círculo de Lectores, 4 volúmenes) reúne los pasajes más brillantes, insólitos y desconocidos de las letras hispánicas e hispanoamericanas desde el siglo XIV hasta nuestros días.             

     
       El proyecto de reunir en cuatro volúmenes una muestra de la escritura femenina hispánica e hispanoamericana desde sus inicios y hasta la actualidad no tiene precedentes—señala Anna Caballé en la presentación de La vida escrita por mujeres (Círculo de Lectores, 2003). Los cuatro volúmenes recogen «De la Edad Media a la Ilustración» I. Por mi alma os digo; «Del Romanticismo al Modernismo» II. La pluma como espada; «Siglo XX» III. Contando estrellas; y «Siglo XX» IV. Lo mío es escribir. En principio la obra pretende reunir a las autoras más destacadas del ámbito hispánico e hispanoamericano y no se antologa con una voluntad integradora puesto que hoy las fronteras de lo hispanoamericano son intensas y próximas para cualquier lector en español. Por otra parte —como señala la editora Caballé— el propósito de la colección es plural, es decir, la posibilidad de ofrecer a un lector una visión panorámica de la escritura femenina que le permita, con toda libertad, una lectura lineal y progresiva del acceso de la mujer al mundo de la literatura desde el punto de vista histórico y literario, incluidas las dificultades que durante siglos ha experimentado el fenómeno y que se van señalando en cada uno de los períodos, época y volúmenes de que consta la colección. Se establecen así comparaciones, paralelismos, cotejos y correspondencias entre textos, épocas, movimientos y tendencias, y las correspondencias evidentes entre unas culturas y otras. Los volúmenes exponen que la vida cultural, tanto en el ámbito hispánico como en el hispanoamericano, está salpicada, a lo largo de los siglos, de mujeres con talento, muchas de ellas brillantes, que ejercieron una influencia importante en los círculos literarios de su tiempo e influyeron en otros escritores. Anna Caballé cita los casos de Teresa de Jesús, Sor Juana Inés de la Cruz, Emilia Pardo Bazán, Alfonsina Storni, Ana María Matute, Alejandra Pizarnik o María Mercè Marçal. 
       Hoy nadie sostiene que el acceso de la mujer a la literatura sea algo reciente y vinculado, exclusivamente, a su emancipación social o a los logros conseguidos a lo largo de décadas. La lectura y los libros siempre han formado parte de la educación de la mujer y la escritura es una prolongación a ese mismo hecho, además de convertirse en una acción complementaria; Carolina Coronado, señala Anna Caballé, fue tajante al afirmar que las mujeres escriben y lo van seguir haciendo con independencia de los comentarios que puedan suscitar. La vida escrita por las mujeres se ha centrado en el complejo universo femenino porque de su lucha se puede aprender mucho. Tanto es así que no importa que sea en el siglo XV, como en el XIX, o en el XX, lo importante es que dejaron constancia escrita de sus anhelos. Una antología tan ambiciosa ofrece una riqueza de material tan importante que, tanto la editora como las especialistas de cada una de las épocas, han seleccionado los textos y las semblanzas biográficas precedidas de sólidas introducciones para enmarcar el sentido y el alcance de la obra y de sus autoras. En los volúmenes se incluyen fragmentos de todos los géneros literarios: poemas, cuentos breves, pasajes de novelas, memorias, autobiografías, cartas, ensayos, incluso diarios personales. A lo largo de la muestra de esta vida escritura, los lectores encontramos, según testimonia Anna Caballé,  mujeres acosadas por la tiranía moral de sus confesores, mujeres que rechazan el matrimonio, mujeres que pugnan por liberar su talento creativo, otras que habrán sufrido toda clase de dificultades y muchas más que se escondieron sometidas a una obligada humildad que las protegía del ridículo.

De la Edad Media a la Ilustración

       Las escritoras del siglo XV y de la primera mitad del siglo XVI pertenecieron a la nobleza y a la burguesía. Recibieron, por consiguiente, en muchos de los casos una educación exquisita que compartieron con sus coetáneos y que proyectaron a lo largo de varias generaciones. Solían cultivar tertulias donde se leían textos en voz alta y se comentaban en común. El género por excelencia fue la autobiografía, inaugurada en lengua castellana por Leonor López de Córdoba, y también aparecieron frecuentes confesiones místicas, algunos tratados políticos, poesía, novela sentimental, novela de caballerías y cartas, en general. Utilizaron la lengua materna aunque en algunos casos se sirvieron del latín. Como es obvio, desarrollaron una extraordinaria potencia y finura en la lengua empleada, proyectando de la misma manera sus sentimientos. Las obras conservadas de este período son escasas, algunos manuscritos, incunables y algún que otro libro curioso. Por ejemplo, de Leonor López de Córdoba se conservan cuatro copias manuscritas del siglo XVIII y una del XIX. (Están en el Archivo Histórico de Viana, en Córdoba (1733), en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia de Madrid, en la Institución Colombina, de Sevilla (1778) y en la Biblioteca Pública Provincial de Córdoba; el original estuvo depositado durante más de 500 años en las celdas del monasterio de San Pablo de la ciudad de Córdoba). En el primer capítulo del presente volumen «Egregias señoras. Nobles y burguesas que escriben» se recogen textos de López de Córdoba, Serena de Tous, Teresa de Cartagena, Isabel de Villena, Florencia Pinar, Estefanía de Requesens, Beatriz Bernal y Luisa Sigea de Velasco; en realidad, una variopinta muestra de escritura, además de algunos apuntes sobre el mundo de las jóvenes en la vida de la corte y la vida retirada. «Las celdas de los conventos», incluye las obras de Teresa de Jesús, Ana de Jesús y unas cartas de María Jesús de Ágreda. La audacia intelectual de Sor Juan Inés de la Cruz se pone de manifiesto en el capítulo III dedicado a «La pugna por la autonomía», además del excelente ensayo de Octavio Paz sobre la religiosa en el que explica el vacío social y moral de la corte virreinal de la Nueva España, se incluye una notable selección de poemas de la autora criolla, la historia de la Monja Alférez, Catalina de Erauso, textos de Luisa de Carvajal y Mendoza y nuevos poemas de Sor Violante do Céu. En «En escritoras de oficio» figuran los nombres de María de Zayas y Sotomayor, Ana Caro de Mallén, Catalina Clara Ramírez de Guzmán, Luisa María de Padilla y Leonor de la Cueva Silva y en el capítulo V, «Mujeres ilustradas: el alma no es hombre ni mujer», se antologa a Josefa Amar y Borbón, Margarita Hickey, Josefa de Jovellanos, María Gertrudis de Hore y Ley, María Lorenza de los Ríos y Loyo, María Rosa Gálvez e Inés Joyes y Blake, traductora y una de las ilustradas más avanzadas de su época, quien, precisamente, escribe en una Apología de las mujeres, en realidad, el prólogo a su traducción El Príncipe de Abisinia, de Samuel Johnson, «No puedo sufrir con paciencia el ridículo papel que generalmente hacemos las mujeres en el mundo, unas veces idolatradas como deidades y otras despreciadas aun de hombres que tienen fama de sabios (...)».

Del Romanticismo al Modernismo
       La pluma como espada recoge una nómina amplia del XIX y buena parte del XX, con ejemplos admirables como Emilia Pardo Bazán, Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni. Los cinco capítulos del segundo volumen que nos ocupa constata que la rebelión que las mujeres habían iniciado en el XVIII se concretaba a lo largo del XXI, es decir, escribían para publicar sus textos. Y esto suponía llevar una vida inteligente, una vida pensante, que añadía un papel a una sociedad que formaba parte de la historia. María Prado, la editora del primer capítulo de este segundo volumen, escribe que «si bien durante el Romanticismo y un «yo» desgarrado, apasionado y desorientado se escribía a un «tú» discreto y en el que la mujer adivinó la posible felicidad, en el XIX ellas mismas cogen la pluma como una pacifica espada y forman parte de la rebelión que las consagra como las artífices de la transformación del mundo en el que hoy vivimos. Es más, la incorporación de la mujer al mundo de la escritura transforma la literatura universal y por consiguiente se cambia la dirección literaria y si bien hasta estas fechas las mujeres habían estado protegidas por los claustros donde habitaban o por un apellido ilustre, ahora más que nunca la clase media se incorpora a un oficio vetado y aparecen decenas de mujeres que no sobresalen por lo excepcional de su escritura y pueblan así la mediocridad literaria como los hombres. Es esta una inequívoca muestra más de ese talante de lo femenino frente a lo masculino. A comienzos del XIX cuando surge dos de los movimientos europeos más importantes del siglo, el Liberalismo y el Romanticismo, y de alguna manera se afianza el destino social de lo femenino, empiezan a destacar algunas escritoras que por la calidad de sus obras empiezan a cosechar premios importantes: en 1844, Gertrudis Gómez de Avellaneda consigue los dos primeros premios de poesía del Liceo de Madrid y dos años más tarde, Carolina Coronado protesta por la prohibición impuesta a las mujeres de poder presentarse al mismo galardón. Durante los primeros momentos de la incorporación de la mujer a la literatura, el tema fundamental será el de reivindicar un papel más importante en la sociedad de su momento, además de las continuas quejas que desde diversos medios emprenden tanto escritoras como periodistas o ensayistas, ¿qué temas abordan las escritoras del XIX? Evidentemente los universales o los propios de la tradición y las dificultades que durante siglos han tenido en el papel de la historia. En el volumen segundo abundan los ejemplos temáticos sobre el matrimonio, la educación, sobre la fe, la coquetería, pero también reflexionan en torno a la pasión, la soledad o a la vida retirada.  Pese a esa lucha llevada a cabo por una ingente legión de escritoras de aquí y del otro lado del mar, Emilia Pardo Bazán, opinaba que «la mujer de su tiempo continuaba siendo una reclusa moral, pues vive encerrada en un corazón que no se le permite expresar». Instalado el siglo XX, pese al horror que supuso la primera guerra mundial, las mujeres logran una voz sonora para proclamar su estilo de vida.

Siglo XX
       Contando estrellas, el tercer volumen de la colección, recoge como señala Anna Caballé, una etapa nuclear en la evolución de la literatura escrita por mujeres: autoras que se dieron a conocer en la primera mitad del siglo XX, un período en el que dejan de resignarse a un destino concreto para convertirse en ellas mismas. Vanguardia y política, con los nombres de Carmen de Burgos, Colombine, Rosa Chacel, María Teresa León, Federica Montseny a las que se unen, en los cinco capítulos que componen el volumen, los nombres de Concha Espina, Carmen Kurtz, Dolores Medio, Gabriela Mistral, Elena Garro, Rosario Castellanos desde el otro lado mar y, de nuestra cultura literaria más reciente, Gloria Fuertes, Carmen Laforet, Camen Conde, Elena Soriano, Elena Quiroga, y en un último epígrafe, titulado, Oficio de escribir, se leen los nombres de Lydia Cabrera, Silvina Ocampo, María Zambrano y Olga Orozco. La situación jurídica de la mujer cambió en España tras proclamación de la II República, el 1 de abril de 1931: tres mujeres figuraban como diputadas, Victoria Kent, Clara Campoamor, y Margarita Nelken. Las aportaciones de las mujeres escritoras en el primer tercio del siglo XX fueron importantes, como por ejemplo la creación de la Novela Semanal, donde se trató de ofrecer un producto de consumo destinado a la mujer liberada, sofisticada y sensual y también para excitar pícaramente al hombre. Tras la guerra se procuró una literatura de evasión ( novelas de amor, de detectives, del Oste) que incorporó los nombres de Rafael Pérez y Pérez, a Corín Tellado, Carlos de Santander, María Nieves Grajales, María Teresa Sesé, Trini de Figueroa, Luisa María Linares, aunque el modelo de mujer tradicional que impuso el franquismo no pudo evitar que algunas escritoras ya conocidas siguieran publicando. Otros nombres se incorporarían y que hoy son decisivos en el panorama del XX, como Carmen Laforet, Ana María Matute, Dolores Medio, Elena Soriano, Carmen Conde, Concha Alós o Carmen Martín Gaite. A medida que avanza el siglo XX y la sociedad cambia en sus esquemas más elementales, la condición femenina tiene una voz más decisiva e influye, notablemente, en la historia de la literatura.   

Y final
       Con Lo mío es escribir se cierra La vida escrita por mujeres y recoge unas declaraciones de Ana Rossetti a propósito de su vocación, precisamente la de escribir. Los últimos cuarenta años del siglo XX, escribe Alicia Redondo Goicoechea, han supuesto un desarrollo muy importante en la escritura de las mujeres occidentales. Ana María Matute se considera hoy como la continuadora de autoras como Dolores Medio y Elena Quiroga y sobre todo de ese camino que dejo abierto Carmen Laforet con su obra Nada. Durante estas últimas décadas varias generaciones de narradoras han realizado un notable esfuerzo por construir nuevos modelos de mujer que se muestran más fuertes, más lúcidas y desencantadas a la vez de todo el tiempo pasado. Los nombres de Alejandra Pizarnik, Cristina Fernández Cubas, Soledad Puértolas, Belén Gopegui brillan con estrella propia. 

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