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jueves, 25 de julio de 2024

Cuaderno en blanco

 

Julio, 2024

 


     Julio es el mes de las vacaciones, del calor asfixiante y de las salidas a las terrazas, las visitas a la playa y de las largas noches de insomnio. Es, en igual medida, el mes de hacer reciento de la primera mitad del año, de lo conseguido y aquello que aún debemos determinar, pero es un mes más tranquilo de lo habitual donde con suerte nada debe alterar el bienestar que nos puedan producir los días largos de noches breves. Solo nos altera ese ritmo cotidiano la visita, siempre, esperada de una nieta de dos años y medio que nos devuelve la alegría de los días del paasado, risas y llantos, comidas familiares, juegos y visitas al parque donde reina la alegría de los pequeños.

 

     El calor de alguna manera se ha instalado en nuestras vidas, el cambio climático tan anunciado acecha y convierte los días de julio en calurosos, extremadamente calurosos y salpicados de tormentas que nos traen agua y granizo, un mes irreconocible y de una diversidad poco habitual.

    

     En librerías, Así empezó todo (2024) y la nueva edición de El secreto de las beguinas (2024) que se abren camino en el amplio espectro de la literatura, tan abundante como variada.

 

miércoles, 17 de julio de 2024

Hoy tomo café con…

 

Magali Etchebarne

 

 

 

       Magalí Etchebarne (Buenos Aires, Argentina, 1983). Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires y trabaja como editora. Publicó relatos en revistas literarias y antologías, el libro de cuentos Los mejores días (2017), y el libro de poemas Cómo cocinar un lobo (2023), con La vida por delante (2024) ha ganado el Prenio Ribera del Duero de Cuentos.

 

 


¿Vive usted exclusivamente para contar cuentos?

       ¡Ojalá! No vivo de la escritura y tampoco podría decir que vivo para escribir, o que no podría vivir sin escribir. Tampoco sé si sería infeliz sin la escritura, de lo que sí estoy segura es de que no tendría de dónde agarrarme, por dónde escapar, cómo hacer para no aburrirme. El cuento es un género que me fascina, las y los escritores que más me gustan son cuentistas, encuentro en esa forma y esa brevedad una potencia que siempre me estremece al leer.

 

Leídos sus cuentos, ¿el mundo sigue siendo un lugar habitable?

       Creo que estos relatos habitan mundos que la mayoría conocemos. La incomodidad, el dolor, la frustración, el duelo, la tristeza forman parte de la vida. Me interesó imaginar personajes demorados ahí, para quienes no fuera tan fácil seguir adelante. Si pienso en la situación de haber terminado de leerlos, no creo que haya finales del todo felices en estos cuentos, aunque tampoco creo que se trate de finales catastróficos. La sensación agria, incómodamente conocida de un domingo a la noche podría ser una sensación para definirlos. Es decir, asoma la pena, pero hay que seguir. Algo que aparece literalmente en el último cuento.

 

El título, La vida por delante (2024), ¿sugiere más, o da pie a que el lector crea esa posibilidad de sus historias?

       “Tenés toda la vida por delante” era algo que solía escuchar mucho cuando era más joven, (ahora cumplí cuarenta y la gente se contiene más de decir esas cosas). Y lo que me pasaba cuando lo escuchaba es que no lo creía demasiado, me parecía una frase que intentaba aplacar mis sufrimientos o mis inquietudes y que me invitaba a entregarme al destino, como si el destino por sí mismo siempre resolviera para bien. Claro que al final es lo que uno hace, entregarse, no se puede controlar nada, pero me fastidiaba enormemente esa expresión. Sobre todo porque pensaba: sí, es cierto, por delante puede haber una vida, pero puede ser una vida infernal y más todavía si no logro quitarme de encima esto que me aguijona hoy. En el libro también funciona como una frase de “aliento” que una madre le dice a la novia de su hijo que acaba de morir; la chica se salvó del accidente y ahora está postrada. Y esta suegra la consuela diciéndole eso. A mí me resultaría antipático, es una forma de querer bajarle el volumen al presente y te deja sola.


 

¿El cuento “Piedras que usan las mujeres” es el retrato de la vida de una mujer contemporánea?

       Lo pensé más que nada como un relato sobre el peso de una madre, lo que significa crecer escuchando ese coro de moiras que son una madre y sus amigas y lo que padecen, lo que están dispuestas a hacer para sentirse mejor, superar algo, sanar, verse más jóvenes, detener el avance inexorable del tiempo. Incluso cosas ridículas. Crecer bajo una gran madre, por momentos asfixiante en sus padecimientos, y luego, al final, ser ella la madre de su madre. En el tercer cuento el peso de esa madre se vuelve físico, la hija la carga en brazos y luego la arroja al mar como piedra.

 

Las dos mujeres de su segundo cuento, ¿protagonizan una escapada de la rutina o es un reencuentro, en realidad?

       Las dos cosas. Esos escapes de la rutina funcionan en todos los relatos como la promesa de alejarse de una situación incómoda, aunque, de cualquier modo, estos personajes terminan enfrentándose a sí mismos y a sus fantasmas. Alejarse de lo conocido contiene la ilusión de que serán otros, distintos, las cosas se aliviarán; le pasa a la madre en el primer cuento cuando se va a la playa a “sanar”, a la pareja del final también. Pero esos desplazamientos los terminan enfrentando a sus propios abismos.

 

¿La muerte, desde un punto de vista, tanto real como literario, marca nuestra vida?

       Creo que sí, es lo que nos iguala. “La pálida muerte llama con el mismo pie a las casas de los pobres y a los palacios de los reyes”. Aterra y a la vez debería ser lo que impregne de sentido estar vivo. Y las muertes de personas amadas, como aparecen en los cuentos, generan procesos trabajosos para quienes tienen que superarlas.

 

Las relaciones humanas, las de pareja, ¿han cambiado con el paso del tiempo, o reproducen a etapas anteriores que ya conocíamos?

       Creo que hacia adentro de las parejas los problemas permanecen, se han sumado nuevos, pero replicamos lógicas bastante antiguas. A mí me gustaba explorar la ida de un matrimonio como un zombie que sobrevive a todo, el matrimonio como un degollado que pasea su cabeza por el pueblo, como escribió Lorrie Moore.

 

¿La atmósfera creada en estas historias le permite obtener una visión de conjunto de todos y cada uno de los relatos?

       Hay un clima común entre todos, me parece. Juan Casamayor definió a este libro como una suerte de rosa de los vientos donde cada uno de los relatos apunta en una dirección y, sin embargo, contienen vínculos subterráneos, atmósferas compartidas, vaivén de personajes y objetos.

 

¿Qué sufren más sus personajes, el dolor o la muerte?

       La vida, sufren de vivir. “Siempre en mi infancia, en mi adolescencia y después, por bastante tiempo, sufrí de vivir”, escribió con agudeza Silvina Ocampo en ese hermoso relato que es Nueve perros.

 

¿Ese continuo movimiento de sus personajes obedece a una estrategia narrativa, o una suerte de perspectiva psicológica que determina sus actitudes?

       Esos desplazamientos que realizan los personajes los predisponen, u obligan, a enfrentar la vida, moverse, o al menos intentarlo. Son movimientos que desatan la acción y el conflicto, o iluminan revelaciones. Tiendo a pensar que las vacaciones, los viajes que hacemos lejos de casa, suelen ser, en general, un paréntesis de los días y pueden llegar a condensar lo mejor y lo peor de lo que somos, de lo que cargamos, como si todo estuviese bajo la lupa. Seguimos siendo los mismos solo que en otro lado. No poder evitar ser quien se es podría ser una definición de los personajes de estos cuentos.

 

La


crítica ha señalado el humor en sus relatos, ¿qué importancia le otorga pese a ese aire de pesimismo y orfandad humana?

       Me sorprendió para bien que se leyeran así, me generaba muchas dudas, sé que he introducido desvíos, formas de decir para aliviar lo que se cuenta, pero no estaba segura de haber conseguido “humor”. Me parecía importante desdramatizar, reflejar que somos capaces de reírnos incluso en los peores escenarios, que podemos y necesitamos hacerlo, la vida que insiste.

 

¿Qué significa para una joven narradora argentina ganar el Ribera del Duero fr cientos y publicar en España?

       Antes que nada, muchas gracias por lo de joven. Es una alegría inmensa, fue una sorpresa. No voy a olvidar nunca esa mañana en la que recibí el llamado de Juan Casamayor para decirme que había ganado, me daba cuenta de que me estaba pasando algo muy importante, algo para lo que había trabajado mucho tiempo y deseaba, y no tenía ensayada la reacción. Publicar en Páginas de espuma era un sueño para mí, es la gran casa y la fiesta de los cuentistas en habla hispana, me siento honrada, agradecida por la posibilidad de llegar a lectores nuevos. Ojalá este libro los encuentre.

 

 

 

miércoles, 3 de julio de 2024

Hoy invito a…

 

Alejandro López Andrada

 

RETRATO DE UN VERANO ADOLESCENTE

 

 


             Como esas nubes de un cielo casi azul, punteado de álgidos aviones y gaviotas, que la luz del verano nunca destruirá, las voces que tejen la historia de este libro tienen una textura de melocotón, un tono rosado como el atardecer que eterniza la espuma cálida del mar cuando se van alejando los bañistas y el sol inunda de malvas el horizonte. Todo lo que aquí ocurre, la memoria de lo que empezó hace décadas en la playa y el autor de este libro, esta armónica novela, edifica de nuevo ante los ojos del lector, tiene la cadencia de una epifanía: la reverberación sutil de un sueño que se abre ante nuestros sentidos anestesiados y hurga como una polilla en nuestras almas, en nuestra antigua conciencia colectiva, para mostrarnos lo que fuimos ayer en un país distinto al que hoy pisamos. Lo mejor de esta obra de Pedro M. Domene,  avezado narrador, además de magnífico crítico literario (lleva tres décadas en este suplemento) es que nos dibuja el fresco melancólico de una España aún anclada en el gris de una postguerra que agoniza en la luz de aquellos días bordados sobre la piel de un verano adolescente: “No tenemos la obligación de bañarnos, no somos domingueros, estamos siempre aquí” (Pág. 70), dice uno de los protagonistas de esta historia dulcemente coral, sensitiva, armónica, donde la playa es solo un decorado, un hermoso pretexto, para mostrar la imagen de una España que empieza a cambiar la piel ya ajada por otra mucho más tierna y luminosa.

            Pedro M. Domene (Huércal–Overa, 1954) es autor de un puñado de ensayos muy valiosos como, por ejemplo, los que aglutina su libro “Disidencias” (2010), ha antologado a poetas y narradores, además de editar novelas juveniles como “Después de Praga nada fue igual” (2004), con el que obtuvo el “II Premio de Narrativa Juvenil Los Pedroches”, “Conexión Helsinki” (2009) y “Las ratas del Titanic” (2014).  Por último, ha sido en el campo de la narrativa donde ha dado a la luz dos obras esenciales “El secreto de las Beguinas” (2016), que ya ha sido reeditada varias veces, y esta “Así empezó todo” (2024), editada como la anterior con muy buen gusto por Trifaldi.  Para elaborar esta última obra narrativa ha tenido que bucear dentro de sí mismo y entresacar instantes sustanciosos de su propia vida, de lo que le supuso el regreso de Alemania, donde vivió los años de su niñez, a un pueblo de Almería, en el que comenzará una vida nueva bajo la tutela de sus tíos, añorando, no obstante, en más de una ocasión los años vividos con sus padres y sus hermanos en el frío país centroeuropeo. Y es ese regreso lejano a nuestra tierra con idea de cursar estudios de bachillerato y, posteriormente, una carrera universitaria, lo que da pie a que el excelente narrador utilizando un tono fluido y sobrio vaya enhebrando un tejido de diálogos que se van abrazando, enredando mansamente como delicadas sierpes de alcanfor en un frondoso tapiz intemporal donde las voces de tres adolescentes (el protagonista y dos chicas, Ana Mari y Paloma) dibujan un mapa afectuoso y sensitivo que envuelve al lector desde el primer instante. 

 


 

           El amor, los sueños, el miedo, la ternura, la delicadeza, los celos, la inocencia, la idea de alcanzar un futuro aún inefable, son elementos sutiles, transparentes, que van conformando de un modo imperceptible la solidez narrativa de un relato que, sin artificios, con naturalidad, nos muestra un espacio físico atemporal, aunque la acción discurra en una época donde más de uno nos reconocemos. Construida sobre una base autobiográfica, aunque en muchos momentos adquiera un tono ficcional, “Así empezó todo” es una novela portentosa, muy bien definida, estructurada en cuatro partes: tres de ellas abarcan los veranos de 1972, 73 y 74, más una final centrada en el verano de 2022. Y es en esa esa visión amable y circular, sustentada en diálogos limpios, electrizantes, que evocan canciones felices y estivales de Fórmula V, Gilbert O´Sullivan, Nilson, o Carpenters, lo que fija la historia en la retina del lector y lo hace rozar la luz adolescente de unos veranos enraizados en la nostalgia de un país que viajaba animoso hacia adelante buscando un futuro inefable, turbio, incierto, que Pedro M. Domene dibuja con maestría, en estado de gracia, hilando un relato tierno y sorprendente. 

 

ASÍ EMPEZÓ TODO

Pedro M. Domene

Editorial Trifaldi. Madrid, 2024.