“Los buenos libros se escriben para que gusten a sus autores; luego a Dios o al Diablo, o quizá a ambos; y en tercer lugar, para nadie”. Juan Carlos Onetti
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... me gusra
NUEVA YORK EN BLANCO Y NEGRO
Un libro de cuentos te obliga a respirar hondo, y cuando has pasado unas páginas, y te atreves a cerrarlo durante unos instantes, mientras tu vista divaga en el vacío, será entonces cuando intentarás recordar el último párrafo leído para desentrañar algunas páginas previas; te dejas llevar porque el texto no te da tregua y despierta en ti emociones sin que apenas figuren fisuras, o equívocos aparentes; hablaremos de un libro de cuentos capaz de combinar ese pulso narrativo con el don de la expresión para conseguir una ejecución técnica perfecta y, lo más interesante, el efecto final sorpresa.
Marina Perezagua (Sevilla, 1978) había publicado Criaturas abisales (2011) y Leche (2013). La primera colección es un catálogo de vicios y de virtudes humanas y cuando nos sumergimos en el mundo de esas criaturas abisales descubrimos que se relata algo imposible y solo si llagamos al final todo acaba siendo creíble; sobresale una voluntariosa ambigüedad que culmina con el añadido de una prosa exacta como su estructura narrativa. Perezagua tiene la facultad de descubrir lo oculto: los catorce cuentos de Leche (2013) producen cierta sorpresa, desconcierto, inseguridad, algún que otro escalofrío y la confirmación de una mano firme que juega e ironiza con algo tan cotidiano y reconocible como la locura humana, y esto en un sentido amplio del término.
Luna Park (2025) es su tercera colección de relatos que reúne, “Violeta no tiene porqué”, “Luna Park”, Apartheid”, “Díez palabras”, “Cristales rojos”, “La mujer del puente”, “La tendresse·, “María de Mississippi y los fetos de Peng Wang”, “El tercer hijo es el horror”, Matar niños”; diez propuestas para configurar un espacio donde se han vivido algunas de esas experiencias, Estados Unidos, se concretan en Nueva York, y convierte los textos en una mezcla de ficción y no ficción puesto que la autora evidencia que no siente interés alguno en esa frontera con respecto al género cuento, y cuestiona que la ficción no sea menos verdadera que la no ficción más honesta. En Luna Park una voz atraviesa ambos territorios porque importa más la temperatura emocional del texto; en realidad, Luna Park es un libro híbrido por el planteamiento de los relatos; no existe una línea nítida entre lo vivido y lo fabulado y todo, según parece, está intervenido. Estos cuentos se construyen como un mapa cartográfico que se presenta al lector en un tono explicativo que irá cambiando cuando avancemos en la lectura de los textos; quizá porque los relatos más vehementes, aquellos que proponen, o suponen, un paréntesis en una de esas vidas contadas, se convierten así en circulares, y presentan un final sorprendente. Asistimos, a través de la fuerza de la palabra, a la revelación de momentos de excepción, cuando los niños, entre recién nacidos y de cuatro años, como experiencia de la autora, ocupan el centro de la narración y orbitará el resto de los episodios narrativos que plantea Perezagua. Y las historias que iremos descubriendo estarán protagonizadas, con frecuencia, por personas que no son íntegras, y las circunstancias no les hubieran permitido terminar de crecer. Estos personajes le sirven a la narradora para reflexionar sobre temas tan fundamentales como las raíces y la necesidad de tenerlas, o como construir el concepto de familia y su entorno que nos facilita un lugar y un ambiente, porque si no existiera podríamos caer en las abundantes neurosis que se contabilizan y se sufren hoy, porque siempre estará presente, para la narradora, la cura posible por amor, y leyendo estos relatos por amor a la vida.
La ironía se expresa a través del fingimiento, pero el humor es una herramienta de desarme. En estos cuentos, lo cómico esconde una herida, y sobresale ese punto donde uno se ríe y no sabe si está bien hacerlo, aunque en ocasiones es tanto el absurdo que la risa es un modo de entender el espacio donde se desarrolla el relato, para Perezagua en la ciudad de Nueva York; en otros, la risa es como un grito que no se atreve a salir. Luna Park es la posibilidad de contar las experiencias vividas en una ciudad que como afirma, Colson Whitehead, cita que abre el libro: “Esta ciudad es una recompensa por todo lo que te permitirá alcanzar y un castigo por todos los delitos que te forzará a cometer”. Una ciudad inagotable, literariamente, que puede volverse un cliché si no se la vive con hondura. Nueva York está tan escrita que se corre el riesgo de repetirla; quizá por eso, para la narradora, el reto era escribir desde las heridas, desde lo que no se ve en las postales turísticas, ni en las novelas sobre la ciudad; y todo queda envuelto en una especie de halo cinematográfico que te lleva a bajar al subsuelo, o a entrar en los apartamentos húmedos, entonces descubres que hay más miseria que nunca antes, es otra ciudad donde viven auténticos personajes de ficción.
La sevillana exploraba la maternidad en su novela La playa (2024), un tema que se convierte en determinante en estos relatos, sin que eluda otros. Luna Park es el lugar donde la experiencia maternal se representa como una montaña rusa: vertiginosa, brillante y violenta. El parque de diversiones como metáfora de aquello que no se puede controlar, ni la maternidad, ni la vida propia, el día a día, o el terrible paso del tiempo. En realidad, en estos cuentos no se desarrolla una teoría sobre la maternidad, todo lo que parece estable, tiembla, y eso incluye la idea de “madre”. Quizá por eso, la infancia está proporcionalmente contemplada, y no se trata de un concepto al uso, clásico, porque la narradora transita por esa zona ambigua donde los niños ya intuyen la violencia del mundo, aunque no tengan palabras para nombrarla. La infancia es, también, un territorio oscuro, y literariamente fértil, algo conocido pero no resulta fácil desde una perspectiva narrativa, aunque Marina Perezagua lo logra, no hay inocencia sin amenaza, un contraste que complementa su visión sobre el tema.
Otra curiosidad añadida, se percibe una sombra de profunda oscuridad en los relatos de Luna Park, una oscuridad que no supone un adorno literario, sino ese humo del que surge la posibilidad de una luz. La literatura que le interesa a Marina Perezagua no rehúye la sombra, sino que la atraviesa. La oscuridad está en todas partes: en la familia, el trabajo, y manifiesta en la infancia. Cuando uno termina de leer estos relatos queda esa puerta entreabierta que nos permite entrar. La narradora tiene la facultad de desvelar lo oculto y con sus personajes, preferentemente femeninos, ofrece un voluntarioso intento para no pasar, de ninguna manera, inadvertida en la maraña del mundo literario actual. Pedro M. DOMENE
Marina Perezagua; Luna Park; Madrid, Páginas de Espuma, 2025; 125 págs.
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Hoy invito a...
María Ángeles Pérez
AMANECERES
REYES MAGOS
Este año no quise pedir nada a los Reyes Magos de Oriente, precisamente por eso, porque vienen de ese lugar tan lejano donde tendrían otros presentes que repartir y, por mucha magia que posean, el malvado y estúpido poder no los dejan sembrar la paz sobre el suelo castigado por la guerra la desolación y el exterminio y, para más bochornosa situación, intentan taparnos la boca y los ojos con falsas palabras y fingidas apariencias que nosotros vamos aceptando mirando para otro lado. Y, aún no queriendo pedirles nada hice, a sus majestades, una modesta insinuación: si tenéis que anular el aventurero viaje hacia Occidente para, usando vuestra extraordinaria magia, poder distribuir paz, armonía y conciliación por el mundo, bienvenida será vuestra sabia y prodigiosa decisión.
Tampoco he querido hacer ningún propósito para este nuevo año. Estoy cansada de proponerlos y no cumplirlos, me niego a seguir faltando a mi propia promesa. Por lo tanto, mensaje de estas palabras: 2026 quiero que sea un año sin majestuosos reyes y, por supuesto, sin rocambolescos, falsos e incumplidos propósitos.
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Hoy tomo café con...
Emilia Lanzas
Emilia Lanzas (Corcoya, Sevilla, 1959) es periodista y crítica literaria. Autora de los libros de relatos, El síndrome del pez (2012) y recientemente, Anatomía del desastre (2024). Dirige la publicación digital zasmadrid.com. Ha sido galardonada en los certámenes Filando cuentos, Día de la Mujer Trabajadora y La lectora impaciente.
¿Estamos rodeados de tanto desastre que es necesario dedicarle un libro?
Aunque uno de los cuentos que lo componen, "Anatomía del desastre", dé título a todo el libro y esa circunstancia impregne, de alguna manera, la totalidad de los relatos, el desastre al que yo aludo es tanto personal como político, individual como colectivo. El desastre que permea en las páginas del libro conlleva el espíritu de la transformación. No es un desastre victimista. Como indico en la cita de Michael Löwy, hablando de Walter Benjamin, el pesimismo que se transmite en algunos de los cuentos —porque también los hay lúdicos e ilusionantes— no pretende ser fatalista, sino combativo.
Seguro que cualquiera de nosotros podría elaborar una larga lista de realidades que le disgustan, de circunstancias desastrosas, pero eso no implica que se resignen. En conclusión, apelo, usando las palabras de Pierre Naville, a un pesimismo activo y organizado.
¿El malestar abunda y como narradora necesita levantar acta de la sociedad presente?
Levantar acta es una expresión demasiado legalista, implica una consistencia oficial que yo no me atribuyo en absoluto. Escribo lo que siento y deseo. Lo que sueño y percibo. Vivo en las sombras, dudo y temo. Soy una persona que escribe: no tengo otro poder, ni lo pretendo. Por eso, quisiera en este caso, utilizar un párrafo del prólogo de Anatomía del desastre escrito por el filósofo Ignacio Castro Rey: «Querría extraer de este libro la ilusión de no hacer nada a medias, a semejanza de los animales. Forjando el imperativo de una alta indefinición, buscar una psicosis de alto rendimiento. Ordenar la niebla de la indiferencia, darle una utilidad, un signo. Usar la ambigüedad para hallar un rostro donde no lo había. Lo peor de este mundo es el desapego, la tibieza. Peor que las matanzas es el automatismo con el que se ejecutan, mezclando el entretenimiento con una ansiosa banalidad de bien y mal». Por otro lado, pienso que se venden demasiados libros banales, meros entretenimientos que en lugar de aprender con ellos, los lectores se vacían. Frente a estos, existen los libros que nos forman (no hablo de autoayuda o de autoconocimiento, y ni mucho menos de adoctrinamiento), los que contribuyen a la condición humana, los que nos ayudan a conocernos y a entender. Esos son los libros que a mí me gusta leer, y que yo pretendo escribir. Que lo consiga o no, es otra cuestión.
¿Su denuncia de la sociedad del malestar es fruto de una tremenda insatisfacción?
La insatisfacción es un estado emocional que proviene de una mala valoración de uno mismo, del dolor que nos producen unas expectativas no cumplidas, y supongo que un montón de criterios psicológicos más. Aunque, evidentemente me he sentido insatisfecha en demasiadas ocasiones, no es ese, en absoluto, el sentido profundo de mi libro. Anatomía del desastre es una denuncia, sí, pero expresa una delación que pertenece a todos. No es mi rabieta, es un manifiesto comunitario. Y ahora, me gustaría utilizar las palabras del escritor, Javier Sáez de Ibarra, que en la revista Zenda escribió una reseña del libro, en donde indica que mi literatura invoca «... rebeldía, negarse al ordenamiento, hacer lo contrario de lo que esperan de uno... ».
El cuento que da título al conjunto, "Anatomía del desastre" ¿sintetiza cuanto venimos comentando?
El cuento, "Anatomía del desastre", es una enumeración de titulares periodísticos, reales e inventados, que hace inventario de cuánta maldad habita en el ser humano, de qué desproporción de devastación y adversidades rodean nuestra existencia. Quise escribirlo así, de forma contundente, con una prosa concisa, clara, con palabras clave que golpeen por su propia desnudez.
Cierto lirismo transita en sus textos, ¿pretende una visión poética a una extraña forma de vida?
La vida ya es en sí sumamente extraña, ¿no? El libro posee cuentos muy dispares. Algunos proceden de mi experiencia, de una autoficción poetizada. Otros están escritos con numerosas imágenes, metáforas, antítesis, símiles, anáforas... recursos, a priori, poéticos. Para mí la poesía es omnipotente, es el lenguaje de lo inexpresable, de lo inefable, de lo profundo, de lo que esencialmente somos. La poesía lo impregna todo y, como manifestó René Crevel, incluye un espíritu de revuelta. Según se desprende de sus cuentos, ¿debemos reflexionar acerca de la identidad o del papel que jugamos en esta vida? La función de la literatura es la búsqueda de nuestra propia identidad. «¿Quién soy yo?», esta es la pregunta que inicia Nadja. Buscamos en los libros aquello que nos ayude a conocernos. El mundo ficcional es un medio para encontrarse, para crear la memoria personal y colectiva, para dar testimonio de la pertenencia y de la ausencia. Pienso que en la sociedad actual se pretenden personas homogeneizadas, de pensamiento único, sin espacio para la reflexión propia; se penaliza la diferencia. Todos debemos tener la misma existencia, idénticos objetos, iguales opiniones. No te puedes salir del discurso establecido, de lo políticamente correcto (y aquí incluyo la 'cultura de la cancelación').
Parece estar frente al mundo, ¿es así?
Sí, estoy frente al mundo. Todos estamos frente al mundo.
Sus relatos se mueven entre lo simbólico, lo poético y la reflexión, ¿está usted de acuerdo?
Sí, muy atinada tu apreciación. También hay mucha autoficción; hay cuentos marcadamente irónicos, mucha metaliteratura, en donde reflexiono sobre la escritura, a la vez que creo historias en donde los propios escritores son personajes (entre ellos, a algunos que he tenido el placer de conocer: Medardo Fraile, Ana María Matute, José Hierro..., y otros a los que admiro: Emily Dickinson, Rilke...); también hay relatos oníricos, en ellos las historias son trascripciones de sueños, y otros están bajo el hechizo de la escritura automática, tal y como me enseñó Eugenio Castro, miembro, tristemente fallecido, del Grupo Surrealista de Madrid. En cuanto a esta singularidad de la escritura automática, quisiera dejar constancia de lo que dice Michel Carrouges en André Breton y los datos fundamentales del Surrealismo, la escritura automática es «una especie de oleaje verbal, impulsado por no se sabe qué potencias interiores o qué fuerzas motrices, y esto sólo ya le confiere un significado».
¿La literatura debe convertirse en un arma para sacudir conciencias?
Con mi literatura no pretendo despertar la conciencia de nadie, en todo caso, la inconsciencia que habita en nosotros. La imaginación puede ser más poderosa que la racionalidad utilitarista que nos invade, puede ser un buen acicate para sustentar nuestra cotidianeidad. Aunque es bien cierto que intento narrar bajo la iniciativa del inconsciente, no puedo dejar la conciencia encerrada en un cajón. Es ella la que me permite transcribir mis historias. Tal y como la conciencia está en los sueños y la inconsciencia en la vigilia.
¿Para que un cuento sea bueno debe prevalecer la verdad más absoluta?
Para que un cuento sea bueno, en el sentido que creo me preguntas, tiene que estar, en primer lugar, bien escrito, aunque ahí quepan todas las opiniones posibles. En cuanto a la verdad (¡absoluta!), prefiero abandonar el razonamiento discursivo y hacer prevalecer mi conocimiento intuitivo. La verdad no es una cuestión teórica sino práctica: una verdad debe probarse en la práctica. En cualquier caso, no soy una escritora realista —en el sentido académico del término—, por eso me pregunto: ¿existe la verdad absoluta en la imaginación, en el inconsciente o en los sueños?
Pese a ese constante concepto del desastre, ¿aboga usted al menos por la belleza literaria cuando escribe?
Como he dicho antes de un buen cuento, hay casi infinitas opiniones de lo que supone la belleza literaria. La belleza, así, en términos generales y tal y como indicaron también los surrealistas, debe ser convulsiva y en ella debe palpitar el gesto subversivo. Por otro lado, independientemente del contenido, y centrándonos sólo en el aspecto formal, a eso se le puede unir un preciso ritmo (fónico, sintáctico, narrativo), el ordenamiento adecuado de los componentes de la oración, la elección justa de las palabras y su distribución en párrafos y frases de forma armónica y mágica: hay múltiples condiciones para crear un texto bello.














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