“Los buenos libros se escriben para que gusten a sus autores; luego a Dios o al Diablo, o quizá a ambos; y en tercer lugar, para nadie”. Juan Carlos Onetti
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lunes, 7 de febrero de 2022
domingo, 6 de febrero de 2022
sábado, 5 de febrero de 2022
viernes, 4 de febrero de 2022
Diego Prado
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Adiós a la juventud
Diego Prado (Mahón, 1970) experimenta con su literatura y ofrece la irónica visión de una sociedad desgajada de sus elementos más imprescindibles, falta de bondad, o la negación absoluta de la condición humana porque sus personajes, mujeres y hombres, se ven inmersos en algunos de los momentos más inesperados de su vida, y es así como sus historias se convierten en un extraño conjunto de adversidades, donde la angustia destruye todo a su alrededor, aunque estos protagonistas se esfuerzan e intentan dar sentido a cuanto sucede para liberarse de la pesadilla inesperada en que se han visto sumergidos.
Autor de las novelas En algún lugar te espero (2000) y Hospital Cínico (2013), y los libros de relatos Las espigas de la imprudencia (2003), Domingos buscando el mar (2007) y Sopa de fauno (2017), para el mahonés sus historias surgen de una simple anécdota que, en su mano, cobra protagonismo, porque en el fondo subyace ese otro relato que como lectores somos capaces de imaginar. Con Summertime blues (2021) entrega su novela más ambiciosa, un curioso recorrido por la música y la juventud de los años cincuenta y sesenta, ejemplo y modelo de una incómoda realidad y la búsqueda de un camino que alejara a los adolescentes de la sombra de lo mundano, una huida necesaria, y una actitud que revolucionó no solo el mundo de la música, sino que sacudió las conciencias de una generación arrastrada a la incomprensión de sus mayores, crónica del hastío cotidiano, y de donde surge la necesidad de encontrar nuevos espacios por los que transitar en una inquietante y convulsa sociedad de abundantes cambios y no menos sorprendentes acontecimientos, una generación que huyó del sueño americano y encontró la libertad de asegurarse un mundo a su medida, aunque el devenir histórico truncó sus sueños.
Este singular desafío eclosionó hacia nuevas posibilidades existenciales e indujo a vivir en un mundo diferente que originó otra música, otra literatura, otra forma de convivencia, provocó un acusado antibelicismo ante la barbarie de Vietnam, un consumo desmedido de alcohol y de drogas, y un acentuado individualismo que sustentaría una férrea lucha contra el juego del poder. En este concreto y singular escenario, Diego Prado, hilvana su historia desde distintos puntos de vista, en un prolongado espacio temporal que alternará a lo largo del relato, enlazado por el protagonismo de los personajes, la conversación que inicia Nick Prom, un viejo músico, con una joven desconocida cuando descubre que el anciano acaba de recuperar la guitarra perdida de Eddie Cochran tras décadas perdida. Se incorpora a la narración la historia de Johnny, joven de mala reputación, enamorado de una chica a quien le hace una promesa para demostrarle su amor, robar y llevarle la guitarra de Cochran; no menos curioso, su amigo, el Largo, que le ayudará para que su aventura salga bien y protagonizará el episodio bélico en el infierno vietnamita, acompañado de otros personajes que intervienen en los acontecimientos y contribuyen a una ajustada y precisa ambientación casi fílmica porque, Prado, deja que Prom empiece la historia, para ir enlazando el resto de acontecimientos que desconoce el músico, y darán coherencia al resto del relato, aunque eso sí, el lector apreciará que la historia de la guitarra pierde protagonismo desde que su último portador la abandona y reaparece en las últimas páginas.
El desarrollo de esta novela queda trazado en los círculos del amor y de la amistad que nace en un pequeño pueblo del Oeste norteamericano, donde nunca ocurre nada digno de contar, y cuya pasión por el rock and roll y las promesas de amor dadas llevan a viajar a sus protagonistas por Inglaterra, España, Francia y, de vuelta al pueblo, donde se cierra el círculo. Quizá por eso, Summertime blues, no es una novela de amor adolescente, ni la crónica de quienes vivieron, sintieron y bailaron el rock and roll, el blues, el country o el jazz, sino una historia acerca de la condición humana, o esa inquietante sucesión del paso de los días vacíos y de esas circunstancias que dejan huella en las personas vulnerables, y les lega esa forma de hacer y de estar que, también, identifica a una época determinada. Prado recrea ciertas figuras míticas de época, y al tiempo que descentraliza su acción, el narrador imprime a sus protagonistas una mirada diferente que, pese a los acontecimientos, los unirá con los exclusivos lazos de una sincera amistad para que en nombre de esta consigan su objetivo final.
Summertime Blues
Diego Prado
Sevilla, Algaida, 2021
jueves, 3 de febrero de 2022
miércoles, 2 de febrero de 2022
Hoy tomo café con…
Katya Adaui, narradora limeña, explora en sus cuentos la difícil relación familiar entre padres e hijos
Katya Adaui (Lima, 1977) es comunicadora, periodista y fotógrafa. Autora de los libros de cuentos Aquí hay icebergs (2017), doce relatos cuya estructura lineal juega con los tiempos, Algo se nos ha escapado (2011), donde la autora explora las interrelaciones humanas, abordándolas desde diversos puntos de vista: lo real, lo onírico y lo fantástico, y Un accidente llamado familia (2007), que presenta retratos familiares en los que, con un estilo marcado por la honestidad y la nostalgia, descubrimos que todos somos sobrevivientes del mismo accidente, del llamado familia: y de la novela Nunca sabré lo que entiendo (2014). En 2018 fue invitada a la residencia de escritura creativa de la Academia Lu Xun, en China. En 2019 se publicó su libro infantil, Muy Muy en Bora Bora. Sus relatos están recogidos en más de veinte antologías en el Perú y el extranjero, han sido traducidos al inglés y al italiano. Sus cuentos se han publicado en Review Magazine (EE.U.U. 2013); Mi madre es un pez (Libros del Silencio, España, 2012); Más allá de la medida, I Premio internacional de microrrelatos del Museo de la Palabra (España, 2010) y en Asamblea Portátil, muestrario de nuevos narradores iberoamericanos (Casatomada, 2010). Ha publicado en Etiqueta Negra, Hermano Cerdo, Periplo, Buen salvaje, Le Monde Diplomatique. La editorial madrileña, Páginas de Espuma, ha publicado Geografía de la oscuridad (2021), una colección de cuentos, donde la peruana ensaya su teoría de la paternidad, un mapa opaco que enseña cómo sobrevivir a la educación de los hijos, relatos dotados de una poderosa intimidad, buscan cualquier prueba de ternura y felicidad para redimir esas fingidas relaciones. Actualmente vive en Buenos Aires y dicta talleres de escritura.
Katya Adaui, la narradora limeña, explora en sus cuentos la difícil relación familiar entre padres e hijos, cuenta unas historias ambiguas que surgen de unas extrañas y envolventes relaciones que resultan tan decepcionantes como oscuras desde el punto de vista humano, aunque no excluyen la ternura y la compasión, sobresale la rabia de sentirse diferentes. Adaui consigue despertar nuestras emociones ensayando sus textos con un lenguaje, preciso, hermético, y calculado, capaz de dominar el espacio que se crea entre las frases cortas y medidas, habilidad que provoca ese mar de dudas que llevan a no dejar de leer tan inquietantes episodios que se zambullen en las profundidades de la esencialidad humana.
La suya, si nos lo planteamos, ¿es una melancolía perturbadora para componer su literatura?
Escribo en estado de curiosidad, intriga, expectativa. No sé quiénes son los personajes, pero les voy armando un arco a medida que avanzo. Dotarlos de una vida creíble es un problema enorme y un placer que yo misma me he inventado.
La familia es el tema que predomina en sus últimos relatos, ¿o quizá es tan solo una excusa para dejar constancia de la infelicidad de las personas?
Cuando vemos una película sobre desastres mundiales, siempre se enfocan en un universo íntimo. Le pasa a todo el planeta, pero solo vemos afectadas a dos o tres personas, las seguimos porque representan a la humanidad entera. Así pienso un cuento: entrar a un tema universal desde una geografía o un hábitat pequeñito.
¿Los cuentos de Geografía de la oscuridad (2021) ofrecen un catálogo de madres y padres perdedores, y por añadidura sus consecuencias?
Son madres y padres que deben lidiar con la vida, como cualquiera de nosotros. Con sus sombras, sus fracasos a cuestas, su léxico familiar, sus alegrías.
Parece que los personajes de sus cuentos no terminan de comunicarse entre sí, media entre ellos esa geografía del mismo título, ¿si es así, cómo plantea usted ese conflicto?
En una ficción, cuando las personas se comunican es sobre todo para dar cuenta del malentendido. Sabemos que no todo es lenguaje; a veces, como con el amor, no basta.
La madre del relato, “En un lugar seguro”, necesita que su hija enferme para verter su odio en la relación con su pareja, ¿existe tanta maldad en el mundo?
No es odio lo que la mueve, sino una forma perversa de entender el amor.
¿El lector, en este cuento concreto, debería entender que existe una moraleja tras la historia?
No.
La brevedad y el ritmo, la elipsis y la economía de recursos, ¿resultan tan imprescindibles como importantes en su prosa?
La contención me parece lo importante: no se puede contar todo. Ecualizar, calibrar. A partir de la dosificación se construye cierta tensión narrativa.
¿El lenguaje que utiliza, sin duda atropellado y atroz, confiere a sus relatos el dolor necesario para expresar esa rabia que desprende todo lo relacionado con lo humano?
Es un gesto adulto poder sostener una rabia. Protege de la tentación de volver a pasar por un dolor conocido. También es adulto aceptar que a veces la reconciliación no es posible. Como escritora me atraen los “a veces”, más que los “nuncas” o los “siempres”.
¿Quizá debemos pensar que el lenguaje surge como una defensa propia para dejar constancia de un mundo que usted percibe a su alrededor?
Para mí la belleza del lenguaje es su flexibilidad, su predisposición a la duda ilimitada, en ese sentido el lenguaje nos arma, nos defiende. Lo contrario a la intemperie, nos viste.
La convivencia contemporánea parece abocada a mostrar extrañas relaciones familiares, ¿tal vez por eso en su literatura subyace una crítica feroz y contundente?
Existir es una extrañeza, una dificultad. La convivencia diaria expone desde siempre una tirantez, esa tirantez la mueve hacia delante.
Según se desprende de sus cuentos, ¿las relaciones de los hijos con sus padres suelen ser bastante complejas, y en ocasiones incoherentes?
Te diría que según se desprende de la vida misma. ¿Qué relación no es compleja y ambigua? Cualquier relación implica aprendizaje mutuo, escucha, cuidado, paciencia, piedad, consuelo, pelea, encono, alivio; el corazón de lo humano. Amar es entregarse a ser desollado, algo así escribió Susan Sontag.
¿Es usted consciente de que altera el tiempo y el espacio con absoluta impunidad para contarnos sus historias?
Un relato se construye de saltos en el tiempo, de vacíos, de viajes hacia adelante y hacia atrás. La memoria es una maquinaria de reciclaje donde todo se mezcla, una plataforma de avistamiento y lo que ve está ya mediado por la distorsión, la confusión, la sensación de perplejidad, la reescritura mental del acontecimiento, el olvido. Sabiendo que estoy frente a algo tan poco confiable: ficción, ficción, ficción.
¿Prevalece la intensidad emocional en sus cuentos frente a la estructura y el argumento?
Priorizo el lenguaje porque está al servicio de todo lo demás, originando la reacción en cadena: atmósfera, acciones, estructura, trama.
¿Queda algo de ternura y bondad en el mundo, al final de sus cuentos, parece que atisbamos, como lectores, cierta aire de delicadeza y de afecto?
Discutir es un acto de entrega y escucha, es una mediación amorosa: discutimos con quienes no sentimos que perdemos el tiempo. Tal como es irreal la vida sin conflicto, también es imposible la vida sin ternura. Cualquier cuento medianamente interesante especula sobre lo ambiguo, lo contradictorio, el momento del trastoque: cuando algo pasa a ser otra cosa.
Para terminar, después de leer los cuentos de Geografía de la oscuridad ¿debemos, por casualidad, psicoanalizarnos?
Por qué habría que hacer algo?