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miércoles, 11 de septiembre de 2019

Los viajes de Colombine: Portugal


10 bravos touros, 10




       ¡A los toros! ¡A los toros!
       ¿Oímos bien? ¿Estamos en España? La gente corre endomingada y en fiesta ha­cia la plaza; se adornan los coches descu­biertos con flores, hay una alegría ruidosa de pueblo en feria; una corriente que nos lleva también a nosotros hacia la Praça de Touros.
       Es la plaza el edificio chabacano y sun­tuoso a la par que, como en nuestras ciu­dades, hace pareja a la catedral. Una población interesante de la península nece­sita catedral y plaza de toros para estar completa: Los dos cabildos.
       Está dispuesta la plaza como las es­pañolas; es igual arquitectura e igual as­pecto externo. A las tres se abren las puertas y ya están desde mucho antes esperando los aficionados. Han traído los trenes gente con rebaja de precios y todas las lo­calidades rebosan. Los camarotes grandes y pequeños (palcos) cuestan 5.000 reis; es­tán poblados los balcaos; los Logares de Intelligencia, y los Logares no curro prefe­ridos por los técnicos; así como todas las barreras de sombra y de sol; en las que se agrupa una multitud tan incómoda y pa­ciente como la que tenemos costumbre de ver. Los toros son fiesta de sol y el sol lu­ce espléndido, enardeciendo la sangre.
       Se empieza, sin embargo, a notar las diferencias. No están en los tendidos las hembras de rompe y rasga con mantillas y mantones de Manila; no están los chulos de sombrero ancho, ni se ven preparativos de botas de vino y de meriendas.
       En los palcos las gentes van vestidas de calle; faltan los gritos de los vendedo­res.
       Los:
       —¡Bollos!
       —¡Torraos!
       —¡Chochos y altramuces!
       Y el:
       —¡Agua, aguardiente, azucarillos!
       Es una muchedumbre más tranquila, más de orden.
       El programa es grandioso: «¡10 bravos touros! generosamente ofrecidos por los la­bradores Excelentísimos señores» (aquí los nombres y descripción de las divisas) y un juego de cabestros».
       Además hay de propina un toro de di­visa blanca y encarnada que será rifado después. Hay tres bandas de música para amenizar la corrida y tomarán parte los mozos de Forçao.
       En el despege el espectáculo es pintores­co: Dos Cavalieros tauromachicos vestidos con un uniforme del siglo XV, con su sombrero de escarapela y su chorrera de enca­je al pecho y la casaca larga, bordada, que les da un aspecto de académicos. Estos caballeros se distinguen de los toreros de profesión en el traje y en que llevan el bi­gote, como si el mostacho fuese un signo de autoridad y distinción.


       Los capinhas van vestidos con uniforme torero, el clásico traje de luces, su capa, su tocado habitual. Igual a los toreros es­pañoles, hasta en la cara afeitada y la co­leta.
       Los caballos sobre que cabalgan los ca­valieros tauromachicos son preciosos; caba­llos de circo que saben bracear y bailar graciosamente al compás de la música.
       Los tres primeros toros mantienen des­pierta mi atención por su novedad, y echo de menos una revista del incomparable Barquero para enterarme del mérito de las suertes.
       Me parece una parodia de las corridas españolas. Los bravos touros son unos po­bres novillos corniabiertos, embolados, con zapatillas de cuero envolviendo las ex­tremidades serradas de los cuernos.
       En Portugal no se han matado toros des­de la segunda mitad del siglo XVIII, en el reinado de José I, en la lidia en que fue mortalmente herido de una cornada el con­de de Arcos. Los prohibió el marqués de Pombal diciendo que «Portugal no tenía bastante población para dar un hombre por un toro». Lo que no comprendo es por qué se sigue haciendo el simulacro de lidia. Los toros son fiesta bárbara, fiesta de va­lor y sangre; es indudable que su en­canto y su emoción están en el peligro. Desde que he visto que se trata de un juego ha tomado para mí la corrida el va­lor de una fiesta de saltimbanquis.
       Los cavalieros no pican desde sus caba­llos, ponen banderillas; unas banderillas cortas que al clavarse se quiebran, y desde la flecha que las sujeta a la piel del toro hasta el mango que queda en la mano del cavaliero se extiende una cinta de papel de colores con banderitas policromas, como una especie de serpentina. La banderilla al abrirse adorna al animal con una sombrilla, un abanico u otra figura análoga.
       La multitud aplaude, grita, chilla y en­ronquece como en nuestras arenas; se ex­cita con la sugestión del anfiteatro.
       Los caballos bailan al retirarse, mien­tras los caballeros dan la vuelta al redon­del saludando descubiertos, con el som­brero en la mano. Son caballos que no lle­van vendados los ojos, saben acercarse al toro y huirle, y el caballero debe defen­derlos con presteza.
       El juego de los capinhos que ponen ban­derillas, capean, dan quiebros, simulan el salto de la garrocha y ejecutan todas esas proezas, encanto de los aficionados, es un simulacro de lo que se hace en España. No falta ni una espada que finja la suerte de matar y señale las estocadas.
       Hay bravos, palmas, olés y esa música de banda, entrecortada, esa música que enardece y no marca más que escasos compases, propia de las corridas de toros.
       ¿Qué harán aquí nuestros toreros? De­ben sentirse avergonzados ante estos to­ros indefensos nuestras eminencias tauri­nas. El ideal de los toreros es un pueblo así. Lucir garbo, posturitas, gentileza, sin peligro.
       Los toreros que van a Portugal deben considerarlo agradable. Hacen el viaje con serenidad y al despedirlos no lloran sus mujeres. No tienen necesidad de dar noticias suyas con ese telegrama conmo­vedor, que esperan las familias llenas de una ansiedad que debería hacerlo preferente y adelantarlo a todos los otros te­legramas.
       Es un simulacro de corrida como las de los circos; en donde un clown señala to­das las suertes y el perrito amaestrado se deja caer muerto. Es lástima no haber podido educar a los toros para que se ten­dieran. Entonces la ilusión sería com­pleta.
       Una corrida en cinematógrafo.
       Cuando se han cansado de mortificar a los toros, que por cierto son saltarines como pocos y a cada momento trepan la barrera, sale el juego de cabestros con sus cencerros y el toro se une a ellos y vuelve otra vez al chiquero.
       La parte peor de la corrida es para los Mocos de farcao, que no hacen la pega en todos los toros.
Estos mozos tienen aspecto de campesi­nos, están vestidos como los aragoneses, llevan fajas anchas y gorros de colores. Todos en grupo avanzan hacia el toro, pro­curan llamarle la atención, y cuando se dirige a ellos uno se adelanta, se pone en­frente del animal con los brazos cruzados y recibe todo el empujón del testuz en me­dio del pecho. Unas veces el golpe es tan rudo, que el forçao rueda por el suelo y no queda capaz de levantarse; otras, el toro lo voltea y lo zarandea sobre su cabeza hasta lograr tirarlo; pero la mayor parte de las veces el hombre resiste el embite, se agarra a los cuernos y logra dominar a la bestia. Entonces acuden todos los de­más, rodean a la fiera, que rendida, ja­deante y asustada parece un humilde bo­rreguillo manso.
       Esta es la parte más peligrosa de todas, y sin embargo, es la que más gusta. El pú­blico pide a los forçaos, con el mismo empe­ño con que grita en nuestras plazas: «¡Ca­ballos! ¡Caballos!» Yo creo que sienten también la nostalgia del mondongo de los caballos y de la sangre humeante, como tal vez la multitud de nuestras plazas echa de menos las fieras que desgarraban esclavos, y salen algo defraudados el día que no tienen la suerte de presenciar una cogida grave.


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