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miércoles, 13 de mayo de 2020

José Saramago


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         Una pandemia 25 años después de Ensayo sobre la ceguera





       José Saramago fue, a lo largo de su existencia, un autor crítico con el mundo, inquieto e insatisfecho con la vida, un hombre que miraba su entorno y lo recreaba en sus vivencias más cercanas y en su propia literatura, y llegó a afirmar: “No sólo hay desigualdad en la distribución de la riqueza, no en la satisfacción de las necesidades básicas. No nos orientamos por un sentido de la racionalidad íntima. La tierra está rodeada por miles de satélites, podemos tener en casa cien canales de televisión, pero de qué nos sirve eso en este mundo donde mueren tantos. Es una neurosis colectiva, la gente ya no sabe lo que le conviene esencialmente para su felicidad. Vamos hacia los 500 canales y ¿para qué nos sirve? ”. Para Saramago la idea de la literatura es la de un arte comprometido y global, capaz de integrar géneros y difuminar las fronteras entre estos sin caer nunca en el caos más absoluto, pero sobre todo defiende cada uno de los resquicios de humanidad que desde el origen de los tiempos alberga el individuo; tal vez por eso, su capacidad de fabulación, y en un amplio sentido su producción total, narrativa, relato, poesía, teatro, ensayo y crónica, aúna tanto cualidades líricas como épicas, y no falta en ella la crítica y la parábola de contenidos, porque desde sus comienzos ha gozado de una fertilidad imaginativa y temática que hacen de su lectura un continuo descubrimiento, un conocimiento de la tierra y sus gentes sin cuyo ingrediente no parece concebible su novelística que, a lo largo de las décadas, ha resultado tan histórica como contemporánea.

Una pandemia

       La novela Ensayo sobre la ceguera (1995) es la historia sobre una gran pandemia, una epidemia ocular, que el propio José Saramago (Azinhaga, Portugal, 1922-Tías, Lanzarote, 2010) calificaba de “ojodependiente”, una enfermedad que padece la sociedad moderna, una sociedad sometida a una ceguera colectiva, donde al hombre se le cataloga como un ente industrial y comercial con una sola y sesgada posición frente a los avatares de la vida. Se asiste a una gran peste, a un calificado SIDA óptico que se expande sin piedad, y el relato se traduce en el retrato colectivo de una sociedad confundida y aturdida que tuvo “que enfrentarse con lo más primitivo de la naturaleza humana: la voluntad de sobrevivir a cualquier precio”. La idea acerca de la formación del hombre queda plasmada en esta obra porque a través de la novela, Saramago busca confrontar al lector con la realidad, y así determina su concepción sobre el mundo como una experiencia misma; pero lo importante, y definitivo, los personajes sufren una transformación tanto individual como colectiva. 
       Saramago basa casi toda su obra en el aspecto emocional de sus personajes, crecerán a través de una larga y profunda reflexión, el hombre evoluciona primero en su interior y después se exterioriza en determinadas acciones, como el caso de la protagonista, la única vidente y esposa del médico, testigo de la hecatombe urbana. Para el narrador el concepto del amor se afianzará en dos propuestas: la ética del amor y la solidaridad. La locura es, para el autor, una metáfora recurrente y, por consiguiente, lingüísticamente, será fácil encontrar a lo largo del texto esta palabra repetida; y entre las muchas dimensiones que podemos evidenciar en la obra, el concepto mismo carece de significado, no se le encuentra respuesta, no se le atribuye un concepto; en realidad, será reconocido falsamente como lo desconocido, la razón no importa cuando de amor se está hablando, y entonces será asociado con la locura.
       Las alegorías que el escritor plantea en Ensayo sobre la ceguera resuenan hoy más que nunca, cuando el mundo se enfrenta a una ceguera colectiva, a sus innumerables desaciertos y equivocos; quizá por eso, Saramago exacerba los aspectos negativos que caracterizan a la humanidad: la crueldad, la deshumanización y la incomprensión, para luego mostrar que la solidaridad es la única cura válida a las plagas. Cuando el primer ciego visita a un oftalmólogo, este es incapaz de encontrar la causa de la ceguera, y tras minuciosos exámenes los ojos parecen “en perfecto estado, sin la menor lesión, reciente o antigua, de origen o adquirida”. El verdadero problema de esta ceguera no es su origen desconocido sino su alto grado de contagio, su tendencia a expandirse entre la población como un simple resfriado, y poco a poco el mundo va cayendo en la ceguera, sin que ninguna precaución posible pueda evitarlo. El oftalmólogo esbozará una especie de explicación que no establece la causa ni en los ojos, ni en lo físico, sino en el cerebro: “los ojos no son más que unas lentes, como un objetivo, es el cerebro quien realmente ve, igual que en una película la imagen aparece”. Las explicaciones médicas pronto quedan a un lado, dando lugar a otro tipo de explicaciones mágicas o supersticiosas, que atribuirán el contagio al contacto visual, como si de un mal de ojo se tratara.









José Saramago, Ensayo sobre la ceguera; Madrid, Alfaguara, 2020.

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