Entrevista a Socorro Venegas
Socorro Venegas (San Luis Potosí, Méjico, 1972) ha publicado las colecciones de cuentos, La risa de las azucenas (1997), La muerte más blanca (2000), Todas las islas (2002) y La memoria donde ardía (2019); las novelas, Será negra y blanca (2009) y Vestida de novia (2014). Acaba de publicar, Leche de silencio (2026) una hermosa escritura mestiza, híbrida de manifiesta tensión y reposo, entre la memoria, la biografía y el ensayo.
Su nuevo libro, Leche de silencio (2026), ¿es la síntesis de una vida?
Es la síntesis de muchas vidas y no las conozco todas. Para escribir este libro me sumergí en corrientes muy profundas, en la memoria y el imaginario de mi abuela, de mi madre, de mi tía sorda, para encontrar en las mujeres de mi vida sus preguntas, la insuficiencia del mundo que las hizo revolucionarias, insólitas, pero que también las hirió. Algo precioso que está ocurriendo con Leche de silencio es que despierta en las y los lectores una curiosidad nueva hacia sus madres, me han contado que comienzan a preguntarse por qué ella no les enseñó su lengua materna, o por qué no les ha hablado de esto o aquello. Me parece muy importante que renovemos la forma en que las miramos, en que conversemos con ellas sin discursos preconcebidos, para conocerlas.
¿El pasado nunca se puede olvidar?
No es una pregunta que yo me haga porque no lucho con mis recuerdos. Abrazo incluso los más dolorosos. Me gusta explorar en la memoria y su ductibilidad, en la forma en que podemos afirmar la vida uniéndola a lo que necesitamos recordar: lo que llamamos olvido quizá sea simplemente el alma tomando un respiro.
¿Dialoga usted para despertar esos otros muchos silencios?
Mi infancia estuvo rodeada por un silencio estrepitoso: el de la lengua indígena de mi madre, que no recibí. Ese ayuno de lenguaje lo asocio con la leche materna, alimento primordial, el que nos da existencia. Con el tiempo mi madre tomó conciencia, y yo también, del hecho valioso y temerario que es mantener viva esa lengua en una sociedad tan racista; así es como se rompe el silencio, dejando que esas palabras del náhuatl se escuchen, y en la voluntad de enseñar y aprender una lengua originaria.
La muerte está presente en su libro, ¿forma parte inexcusable de la vida y la justificamos a través del duelo?
En Leche de silencio converso con mi madre, y en ese proceso nosotras nos convertimos en el vehículo de otras voces. Me planteé escribir sobre su vida, tratar de encontrar las germinaciones de sus decisiones, en realidad lo que me propuse fue conocerla, no de la manera en que creemos conocer a nuestros padres, sino con una distancia que me dejara verla mejor, por eso en el libro no la llamo “mamá”, sino Elia, quería encontrarme con esa mujer que modeló lo fundamental en mi vida, de la que aprendí mi lengua materna, aunque no sea la suya: el español. Ahí hay un primer duelo, el de la lengua que se tuvo que mantener en secreto. Luego, a medida que seguí escribiendo y hablando con ella llegamos a un momento absolutamente inesperado: el de compartir nuestras pérdidas, la de su hijo, mi hermano pequeño; la de mi primer esposo. La desaparición de mi abuelo. Experiencias en las que nos habíamos acompañado, pero de las que no habíamos hablado verdaderamente. Esas ausencias penden para siempre en un aire triste.
¿Reescribimos nuestro duelo constantemente o una vez hecho ya estamos curados?
El duelo es incurable. Se aprende a vivir con él, nos reescribe, nos muestra quiénes somos. En mis libros vuelvo a ciertas pérdidas y encuentro fascinante y aterrador que ningún duelo es igual, cada vez se aprende algo distinto, del mundo, de nosotras mismas, y de aquellos que se van.
¿Piensa que se gestiona mejor una ausencia escribiendo sobre ella?
Pienso que cada persona buscará aquello que pueda darle consuelo. Yo no escribo como terapia. La literatura no le salva la vida a nadie, y sin embargo a mí me ha salvado más de una vez. Ninguno, ninguna de las autoras a las que amo buscaba dar consuelo a través de su escritura, y sin embargo el poder de la belleza de las palabras puede hacernos sentir que hay razones para mantenernos en el mundo.
¿Cómo influye la infancia en nuestras vidas, cómo la determina?
Creo que en la infancia ocurren los hechos esenciales de nuestra vida. No sé si hay personas que logren desarraigarse de ese país inmenso, entrañable y terrible. Yo vuelvo ahí con frecuencia, recojo memorias como si fueran flores a veces luminosas, otras no tanto, siempre misteriosas. Aunque mi infancia no fue idílica, y lo cuento en Leche de silencio, a veces me pasa que quisiera cambiarle la infancia a la gente que quiero. Por ejemplo, a mi padre. Me gustaría que hubiera sido un niño más amado. Es la clase de anhelo que me impulsa a escribir.
Usted afirma que su libro es una meditación íntima, social y política, ¿así debemos entender estos diálogos?
Sí, claro. Para mí, hablar de lengua materna es hablar del silenciamiento de las lenguas indígenas en México, de racismo y clasismo, pero elijo escribir esto no solo desde el registro político, quería darle una dimensión literaria a la épica vital de una de las personas más importantes en mi vida: mi madre. Escribo una contranarrativa porque me alejo con plena conciencia de otros discursos que confinan a los indígenas como piezas de museo o de análisis académico, yo quería mostrar la realidad palpitante de ese mundo en resistencia desde hace más de 500 años. El tema de la lengua está presente en todo el libro, pero hay otras grandes preguntas: ¿cómo se sobrevive a una infancia de abandono? ¿Podemos conocer de verdad a nuestros padres? ¿Cuál es la sintaxis del duelo? ¿Cómo se inventa un lenguaje desde las más profundas carencias? Hay experiencias tan terribles que solo pueden ser atravesadas por la poesía, yo creo en esto y por eso es tan importante el lenguaje en el libro. Además me acompañan otras y otros autores, de distintos orígenes, la pérdida de una lengua es una catástrofe universal.
¿Qué importancia le da al linaje femenino en su historia?
Es esencial. Vivimos en sociedades que han confinado a las mujeres, en todos los campos del quehacer humano. Apenas se les concede que son seres humanos, esto lo digo desde el horror de vivir en el país donde cada día se cometen 11 feminicidios. Las mujeres de mi familia han librado sus batallas a contracorriente, a veces en una profunda soledad. Mi abuela se quedó sola con ocho hijos a los que tuvo que sacar adelante. Mi tía Sara, sorda, encontró la manera de ser independiente creando su propio lenguaje de señas. De niña, mi madre sufrió en la escuela el lingüicidio: fue como si le cortaran la lengua, le prohibieron hablar en náhuatl con castigos físicos de por medio, cuando creció y tuvo a sus hijos no dudó: no les podía enseñar un idioma que ella había aprendido que tenía que ocultar. Encuentro extraordinario que no se hayan dado por vencidas, tampoco se amargaron, tengo muchos recuerdos de ellas devolviéndole una risa fuerte a la vida.
Las mujeres de Leche de silencio ¿son víctimas de un prolongado silencio?
Y rompen con ese silenciamiento. No es que decidieran quedarse calladas, es que hacia ellas se dirigía una política de Estado que quería una nación monolingüe, decirle al mundo que México era un país civilizado y eso equivalía a eliminar todo vestigio indígena. Una política de exterminio que en realidad quería desaparecer al indígena. A esto se suman otras condiciones que profundizan la desigualdad: ser mujeres (y recibir el trato machista que conocemos), tener la piel oscura. Contra todo esto luchan y seguimos luchando muchas mujeres hoy.
¿Qué opina del concepto de lengua como algo privativo de la esencia humana, como queda expresado en su libro?
Tener una lengua es tener lugar en este mundo. Es esencial que no desaparezcan las lenguas originarias, lo que perdemos con ellas es una visión del mundo única, un arrullo que ya no escucharán los niños pequeños, una voz que ya no se alzará para saludar a la luna. Esto importa, y para decirlo y hacerlo valer se escribe un libro. Este libro.
Tras una interesante obra narrativa, novela y cuento, ¿se permite experimentar con Leche de silencio?
Nunca pensé en experimentación, sino en que necesitaba encontrar la forma que le correspondía a este libro. Por primera vez me sentí en un territorio desconocido. Después de escribir y desechar varias versiones sentí que no debía dirigir la pluma, por decirlo así, sino permitir que esta historia se escribiera en mí. Me enfrenté a una experiencia creativa distinta, en la que todo el tiempo resonaba en mí la voz de mi madre, el eco de nuestras conversaciones, las que sostuvimos y las que imaginé; el espacio que ganaba el anhelo, la incertidumbre, los hallazgos en una vida donde se da por sentado lo ocurrido, pero el pasado tiene su forma de volver en oleadas y avalanchas para recrearse. Era muy importante, y difícil, no construir un personaje idílico, este fue uno de mis mayores desafíos: no romantizar a Elia. Trabajé con una gran libertad, sin apegarme a ningún género, al final Leche de silencio es, como yo, un libro mestizo.
Una vez terminado este libro, ¿su infancia, y todo lo vivido durante esa etapa, se ha convertido invulnerable?
Todo sigue tan vulnerable como siempre. El superpoder de un escritor es que puede dejarse conmover tanto por su pasado como por aquello que le falte vivir. No se escribe para convertir en piedra la memoria.
¿Su diálogo íntimo y personal se convierte en universal?
Lo es. Mi libro invita a pensar en las moléculas secretas que vehicula la lengua materna. Aunque nuestra madre no oculte su lengua, como tuvo que hacer la mía para ahorrarle a sus hijos el racismo que ella padeció, pensemos que hay conversaciones que no hemos tenido con ella simplemente porque pensamos que todo se ha vivido y dicho. Porque no nos cuestionamos los monumentos que se le han construido al amor materno, incondicional. Pero si nos atrevemos a mirarlas en su complejidad, como mujeres a las que podemos conocer, vamos a hacer un viaje maravilloso.
%20Richi%20Dos%20Punto%20Cero.jpg)

No hay comentarios:
Publicar un comentario