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domingo, 3 de mayo de 2020

Sabías que...





                      “Es más fácil engañar que desengañar”.
                                                            Napoleón.

sábado, 2 de mayo de 2020

Hoy tomo café con…


Liliana Blum acaba de publicar su primera colección de cuentos, Tristeza de los cítricos (Páginas de Espuma, 2019).


       Liliana Blum (Durango, México, 1974) es autora de las novelas Residuos de espanto (2013), Pandora (2015) y El monstruo pentápodo (2017), y de los libros de cuentos La maldición de Eva (2002) Vidas de catálogo (2007), ¿En qué se nos fue la mañana? (2007), El libro perdido de Heinrich Böll (2008), Yo sé cuando expira la leche (2011) y No me pases de largo (2013). Estudió Literatura Comparada en The University of Kansas. En España acaba de publicar su primera colección de cuentos, Tristeza de los cítricos (Páginas de Espuma, 2019).



Permítame una primera pregunta, ¿qué le lleva a practicar una literatura incómoda?
       No es algo que me proponga hacer, pero sucede. Los temas que me escogen a mí, y no al revés, son incómodos de alguna manera. Más bien, los temas son temas simplemente, pero a la gente le incomoda tener que enfrentarse a ellos. En mi novela El monstruo pentápodo (Tusquets 2017; Bordes 2019), por ejemplo, hablo de un pedófilo que secuestra una niña de cinco años, con ayuda de su pareja. El abuso sexual infantil, que se da casi siempre dentro de las familias, es algo de lo que la mayoría prefiere no hablar o reconocer, ya que hacerlo implica tomar cierto tipo de acción. Así con los demás temas en mi obra: para algunos es preferible no enfrentarlos.

¿Estamos amenazados por una absoluta oscuridad?
       Sí. Existe en los humanos una parte oscura, muy oscura, que puede permanecer agazapada o emerger con brutalidad, dependiendo de las circunstancias y la voluntad de cada quien. Al menos en México, en los últimos años, pero en particular en el 2019 que llegó a ser el año más violento y con más asesinatos desde la revolución mexicana en 1910, me parece que la oscuridad nos amenaza todos y cada uno de los días. Se comete un asesinato en México más o menos cada cinco minutos; se cuentan cuatro feminicidios cada día según las cifras oficiales, pero ciertas mujeres desaparecen sin dejar rastro. Los ciudadanos tenemos la sensación de que estamos desamparados; el Estado tiene la ilusión de que la violencia terminará bajo la política del presidente de “abrazos no balazos”; y el crimen organizado tiene la certeza de que puede cometer con absoluta impunidad cualquier delito que le venga en gana. Esta violencia desbocada no es una idea abstracta: se trata de las acciones de gente con un abismo oscuro en sus almas.

¿La violencia acecha nuestras vidas, y por tanto debe denunciarse, también, en literatura?
       Personalmente me parece que no. Al menos no de primera instancia ni como objetivo principal: no creo que ninguna novela deba de convertirse en un objeto de denuncia o en un vehículo para transmitir cualquier ideología del autor. Al menos a mí no me gusta leer este tipo de libros ni tampoco escribirlos. Creo que al escritor le toca mostrar el mundo tal y como lo ve, que siempre será desde un ángulo único como nuestras huellas dactilares. Al lector, por su parte, le corresponde mirar este pedazo de mundo desde aquella perspectiva nueva, y reflexionar, entender, reaccionar, como mejor pueda. El autor no es nadie para decirle al lector qué debe pensar, pero sí puede mostrarle una situación particular en la historia que cuenta. Si hay una denuncia debería ser un efecto secundario de una historia bien contada y un lector avezado.

¿Escribe usted sin concesiones?
       Intento. No sé si siempre lo logro, pero lo intento. Es cerrar los ojos y escribir pensando que nadie me va a leer, que el texto es parte de un diario íntimo. En el momento en que me detenga a pensar en lo que va a decir mi familia, amigos, colegas, y lectores, seguramente me auto censuraría. Es imposible darle gusto a todo mundo, así que solo aspiro a escribir para Liliana y esperar que existan más personas por allí que lleguen a apreciar o disfrutar lo que escribo.

Los temas que maneja ¿sirven tanto para sus novelas como para sus cuentos?
       Sí, al menos hasta ahora. Los temas giran en torno a mi cabeza como una nube de mosquitos en verano. Son mis obsesiones y miedos que emergen en ambos géneros sin que yo me lo proponga en realidad.

¿La tragedia humana es íntima y personal?
       Sí. No solo somos el fruto de contextos únicos y personales, sino que percibimos al mundo de distinta manera e intensidad. Lo que es pasable para unos puede resultar insoportable para otros. Pocas veces tenemos idea de lo que sucede en la vida de las demás personas y qué significado tiene para ellas. 



Se lo pregunto porque muchos de los cuentos de Tristeza de los cítricos (2019) exploran ese camino.
       Así como “cada cabeza es un mundo”, cada infierno es particular. Mis personajes, como la mayoría de las personas, viven una cotidianidad tan llena de violencia y tan permanente, que llegan a olvidar que está allí. Es solo cuando se miran las cicatrices que caen en cuenta de su propia realidad. Relacionarse con el otro, sea la pareja, el padre, la madre, los hijos, o el amante se antoja una meta imposible, tanto como establecer una verdadera comunicación. La felicidad, azarosa y efímera como es, se desvanece en el ambiente de incomprensión y de violencia soterrada a veces, explícita en otras.

¿Escribir cuentos le permite a usted tener una mayor heterogeneidad para sus historias?
       Solamente en términos de la anécdota, pero ciertas temáticas son recurrentes en casi todos mis textos. Ahora que trabajo en una colección de cuentos de corte fantástico me doy cuenta de que la oscuridad siempre es el trasfondo de mis historias.

¿Hay mucho de maldición femenina o feminista en sus cuentos?
       La pregunta me hizo pensar en mi primer libro de cuentos, La maldición de Eva. Aunque no ha sido algo que me haya propuesto de manera consciente, mis personajes son casi siempre mujeres (porque es lo que me es más familiar y cercano) y la vida se ensaña un poco con ellas. Sin que exista una agenda feminista tras mis historias, siempre he escrito sobre lo que veo, sobre lo que conozco, y la constante es la adversidad y el sufrimiento que social y culturalmente se cierne sobre las mujeres, a pesar de todos los avances en términos de leyes y educación. La tasa de feminicidios en mi país así lo demuestra en el extremo más crudo; y por supuesto no hay forma de evaluar otro tipo de violencias que si bien no ponen en juego la vida, sí el mínimo bienestar que merece un ser humano.

¿Es importante para usted narrar ciertos momentos del horror?
       Siempre se me complica decidir qué cosas narrar en la historia y qué cosas dejar sin decir. Lo implícito. En algunos casos el horror es necesario: por ejemplo, en el cuento “Luz de mi vida, fuego de mis entrañas” sería imposible aludir al incesto y la pedofilia sin narrarlos. Darle la oportunidad al lector de no ver el horror, de pasar de largo sin que se vaya nauseabundo después de leer, sería minimizarlo. Entonces perdería su condición de horror y podría volverse un elemento más del paisaje. En ciertos casos, como en el ejemplo que doy, es algo que no me puedo permitir.

Por otra parte, Lucia, la protagonista de “Conejillo de indias”, realiza una autoagresión en su propia vida, ¿debemos entenderlo así?
       Más bien, Lucía se equivoca. Erróneamente piensa que tener un amante y un ritual secreto con él, aminorará el tedio y la infelicidad de su matrimonio. Descubre que los orgasmos sin un conocimiento profundo de la otra persona, sin un toque de ternura, no le resuelven los problemas. Por supuesto también está el tema de la maternidad: los hombres pueden ir y venir, pero una hija es una hija. Al final Lucía recapitula. La última escena, cuando está cocinando un pastelillo en forma de cobayo con su hija, para mí significa que no muy lejos en su futuro, tomará una mejor solución. Es un cuento lleno de esperanza. 



Sus personajes, masculinos y femeninos, de Tristeza de los cítricos ¿viven amenazados en un mundo violento?
       Definitivamente sí. Pienso en mi país, con récords de violencia jamás antes vistos que se doblaron solamente en 2019 con la entrada del nuevo gobierno. La amenaza está allí y uno llega a tomarla como algo natural, pero no lo es. Eso lo descubrí en mi breve estancia en Madrid: me di cuenta que se puede caminar de noche con una amiga sin morirse del miedo, tomar un taxi sin temer que te vaya a violar, asesinar, y tirar en algún terreno baldío. Mis personajes viven en México, acosados por esta violencia exterior, pero al mismo tiempo, también la ejercen a diversas escalas.Al final del día, todos somos cómplices y responsables de este infierno que hemos creado a lo largo de los años.

Sus cuentos inquietan al lector, ¿quizá para sacar a la luz matices de cuestiones incómodas que, generalmente, preferimos evitar?
       Como lectora, no me gusta la literatura autocomplaciente y como escritora trato de que mis lectores no se queden impávidos al terminar mis libros. Que no puedan dejar el libro en una mesita y luego iniciar una partida de Candy Crush como si nada. Busco que mis textos sacudan, que obliguen al menos a una pequeña reflexión después de la lectura. Por supuesto, los temas que más deseamos evitar son los que nos terminarán sacudiendo con más fuerza. Si bien no se trata de mover consciencias ni de cambiar al mundo (ojalá fuera esto posible), sí al menos dejar esta certeza bien plantada: no porque no lo quieras ver esto va a dejar de existir.

Las historias que cuenta, de alguna manera, ¿tienden a resumir la historia de la humanidad?
       Las tragedias son genéricas hasta que lo tocan a uno de manera íntima y particular. No creo que mis historias resuman la historia de la humanidad, pero sí narran experiencias con las que casi todos nos podemos relacionar porque al final del día, sucedan en Tampico, o en Durango, o en cualquier otro lugar del mundo, la esencia humana está allí. Esa imposibilidad de relacionarnos con el otro, la oscuridad del alma, el hacernos daño, son cosas que estoy segura los primeros humanos también experimentaron, y lo seguiremos padeciendo hasta el final de los tiempos. O de nuestra especie.

¿Qué supone para Liliana Blum publicar un libro como Tristeza de los cítricos en España?
       No sólo una gran alegría sino una gran oportunidad en varios niveles. A pesar de que muchas editoriales son transnacionales, sucede que los escritores, con excepción de los best sellers, pocas veces salen de sus propios países. Es decir, los peruanos sólo se venden en Perú, la mayoría de los mexicanos sólo se venden en México. Curiosamente, a México nos llegan muchísimos escritores españoles publicados en estos grandes sellos comerciales, pero a España no llegamos todos los mexicanos publicados en los mismos sellos, pero que se venden en el mercado interno. La posibilidad de que alguien pueda leerme fuera de mi país es genial y que ciertamente no me esperaba. Publicar en Páginas de Espuma es también un gran honor: su catálogo es tan exquisito, que todavía no me creo estar junto a escritores no solo importantes, sino excelentes en lo que hacen, que no siempre es lo mismo. Y no solo eso: Tristeza de los cítricos me llevó a España, donde no había estado antes, y regresé a México encantada y enamorada al mismo tiempo. Fue como asomar la cabeza debajo del árbol y ver las raíces. Un descubrimiento profundo para mí, Liliana Valderrama Blum.


jueves, 30 de abril de 2020

Cuaderno en blanco


Abril

       Y llega un abril lluvioso, un mes que viene cargado de llovizna y tiempo revuelto, y quizá mejores tiempos para esta pandemia que sufrimos en un largo, ya, estado de alarma. Una entrevista a José Morella me devuelve la fe en la literatura, su novela West End (2019), Premio Café Gijón, es buena muestra de ello.



       José Morella me devuelve una curiosa e interesante entrevista y adjunta un para de fotos con resolución, y que una vez editada, envío a Los diablos azules, de InfoLibre para que se publique.
       Sigo con nuevas lecturas, y acabo una curiosa novela, Me desperté con dos inviernos a los lados, de Elsa Veiga, autora que no conocía y me ha sorprendido gratamente.
       Este encierro voluntario, y aconsejado por el gobierno atempera todo cuanto debamos hacer en las próximas semanas, y aún quizá más extensible a los próximos meses. El contacto exterior apenas si me trae noticias de alivio y la seguridad de quienes conozco siguen el mismo propósito que el resto de la población: confinamiento.

20 años sin Buero Vallejo

Hoy se cumplen 20 años sin Buero Vallejo



Antonio Buero Vallejo (Guadalajara, 29 de septiembre de 1916-Madrid; 29 de abril de 2000) fue un dramaturgo español, ganador del Premio Lope de Vega en 1949 y del Premio Cervantes en 1986.    







Sus obras teatrales, por orden de estreno:

Historia de una escalera (1949)
Las palabras en la arena (1949)
En la ardiente oscuridad (1950)
La tejedora de sueños (1952)
La señal que se espera (1952)
Casi un cuento de hadas (1953)
Madrugada (1953)
Irene, o el tesoro (1954)
Hoy es fiesta (1955)
Las cartas boca abajo (1957)
Un soñador para un pueblo (1958)
Las Meninas (1960)

El concierto de San Ovidio (1962)
Aventura en lo gris (1963)
El tragaluz (1967)
La doble historia del doctor Valmy (1968)
El sueño de la razón (1970)
Llegada de los dioses (1971)
La Fundación (1974)
La detonación (1977)
Jueces en la noche (1979)
Caimán (1981)
Diálogo secreto (1984)
Lázaro en el laberinto (1986)
Música cercana (1989)
Las trampas del azar (1994)
Misión al pueblo desierto (1999)

miércoles, 29 de abril de 2020

José Morella


…me gusta  
           
                  TODOS MIENTEN                  
                            
                              


      
       El escritor José Morella debutaba con una curiosa novela, Asuntos propios (2009), un relato que ponía de relieve algunos de esos problemas cotidianos, a través de una trama centrada en personajes corrientes como Roberto, un traductor jubilado septuagenario que se enamora de Jacinta, la asistenta centroafricana que le cuida la casa; la situación peculiar provocará que su hija, alentada por las habladurías de los vecinos de su padre, aproveche un pequeño accidente doméstico para llevárselo a vivir con ella para alejarlo, según su opinión, de un serio peligro. El argumento se sostiene porque se reflexiona sobre el fenómeno de la inmigración, sobre las transformaciones para abordar cuestiones sociales, ciertos resabios de racismo que persisten en la sociedad española contemporánea, el problema de las jubilaciones y de la tercera edad, el día a día de un anciano todavía en buena forma, del cambio generacional, de las nuevas formas de discriminación social, de los prejuicios interclasistas, o de la xenofobia que aún vivimos, y sobre todo de las ocultas manifestaciones de esa tremenda lacra: la violencia de género. Para su siguiente novela, Como caminos en la niebla (2016), se inspira en un personaje real: Otto Gross, un psiquiatra y psicoanalista de ideología anarquista, cuya locura le llevarían a unos excesos devastadores, una historia en la que el propio Morella no ofrece a su personaje ninguna solución o salvación, y convierte el relato en la tragedia personal de Gross y de esa visión colectiva que inconscientemente se va fraguando en su mundo.
       José Morella consigue con West End (2019) el prestigioso Premio de Novela Café Gijón, un texto que para escribirlo se sometió, según se desprende y ha manifestado públicamente, a un riguroso aprendizaje sobre las enfermedades mentales, y una vez conseguido ese proceso de conocimiento, y escrito su relato, nunca ha dejado de tener dudas respecto a la salud de su personaje, o la forma de tratamiento que, como él, soportan quienes padecen ese tipo de afecciones, ejemplificado en el protagonista, el abuelo Nicomedes. Para contar esta historia Morella recurrirá a una suerte de autoficción que, como se espera de la buena literatura, contiene idéntica cantidad de invención, parábola, o de una edificante realidad porque se nos cuenta un drama familiar oculto detrás de otro individual: la enfermedad mental de Nicomedes Miranda, el abuelo materno, un episodio del que, como sabremos, nadie habla. Su frágil salud mental fue llevadera mientras vivió en la calma y tranquilidad del pequeño pueblo andaluz del que casi nunca salió en cincuenta años. Por eso, cuando su familia, campesina e iletrada, se traslada a Ibiza, en pleno auge de la industria del turismo y durante la última época del franquismo, su suerte quedaría echada: su lucidez se perdió para siempre y, paralelamente, nació un tabú alrededor de su extraña condición o conducta psicótica. En el West End, donde se asentó la familia, no había nada para el abuelo, cuatro estridentes calles en Sant Antoni de Portmany, llenas de clubes nocturnos y de bares de copas para turistas, una auténtica tierra de nadie para los propios  ibicencos. 
       Para el narrador, en la pérdida de la lucidez de Nicomedes Miranda, tuvo mucho que ver también el haloperidol, el medicamento antidelirante que hizo desaparecer sus manifestaciones psicóticas más aparatosas, incluso su capacidad para hablar, para tragar saliva, y finalmente para expresarse porque Nicomedes, ya nunca volvió hablar. Y ese estado ausente anuló la relación con sus hijos y normalizó en sus nietos el hecho de que, sencillamente, el abuelo no se comunicaba con ellos de ninguna manera porque tampoco le habían conocido antes de que se le suministrara el medicamento; un drama familiar que todo el mundo callaba con respecto a la locura del anciano, un tabú doloroso. Quizá por eso, Morella convierte su relato en una obra colectiva, intentará averiguar la verdad sobre su abuelo con los testimonios de su madre y de sus tíos, como ocurre cuando su tío revive la historia de cómo llevó a Nicomedes a un hospital psiquiátrico y de la culpa posterior que sintió porque no estaba seguro de hacer lo más correcto, y se convirtió en el dolor de una familia que pasado el tiempo logró desenterrar una historia que fuese al mismo tiempo una auténtica liberación colectiva.
       Lo mejor de West End es que nos habla del control físico y psíquico que se ejerce sobre las personas, pero que, de alguna manera, una vez constatada esta certeza supone una liberación que, en la novela, queda condicionada en esa voluntad de huir de la miseria y del silencio obligatorio que nos cuesta a veces la vida entera, aunque también trae consigo una alegría inmensa, la preciosa experiencia de alcanzar un espacio para el concepto humano genuino, para la verdadera cercanía con los demás. Y con este relato, el autor de la novela, José Morella, constata cómo el poder político, durante el franquismo, se apropió de la psiquiatría, resulta más que evidente en el repetido nombre de Vallejo Nájera, conocido como el Mengele español, pero lo que no es tan evidente es lo que pasa en la actualidad, puesto que parece que se siguen apropiando de ella, y en términos muy parecidos. El tema de la psiquiatría es uno de los grandes tabúes de nuestra sociedad, todos lo callan como si fuese una vergüenza, y esos brotes psicóticos de los enfermos son asumidos por las familias. La demanda de Morella en West End es esa necesidad de escuchar a los enfermos mentales, porque esta ficción, en resumen, es un grito contra la discriminación que sufren esas personas, no solo en la pasada historia reciente, sino también en la actualidad.






WEST END
José Morella
Premio Novela Café Gijón 2019
Madrid, Siruela, 2019