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martes, 19 de marzo de 2019

A través de las Españas


Cádiz



   Cádiz es una de las bellas ciudades de España. Las calles son rectas, limpias, tiradas a cordel, las casas de una blancura impactante, una refrescante brisa del mar sopla con­tinuamente en las calles. Una muralla circunda la ciudad formando un paseo encantador. Desde ese mirador circu­lar puede verse el océano y su inmensidad, las líneas casi invisibles de la costa de África, y tras de nosotros, España, de la que Cádiz es por así decir su extremo. Alrededor de la ciudad hay baluartes, baterías de cañones, y en el puerto cientos de navíos procedentes de los confines de los mares, de las colonias de África, Asia y América.
   Al entrar en la ciudad por la estación, seguimos una pequeña colina pintoresca con rocas, jardines guarnecidos de higueras y palmeras, mientras que por el mar se entra inmediatamente en una gran plaza al fondo de la cual se encuentra la Casa Consistorial o el edificio de la munici­palidad y en grandes letras, de la muy leal, muy noble y muy heroica Cádiz. Esta disposición de los españoles a servirse de palabras rimbombantes es muy curiosa, porque en general el español se ufana muy poco, es modesto y admira las cualidades de los otros además de quejarse de su país. Es tal vez una tendencia oficial o gubernamen­tal, porque mientras más modesto es el soldado más pom­posos son los uniformes militares. El soldado contará con una sencillez sorprendente cualquier hecho de armas al que haya asistido, mientras que la relación oficial os pre­sentará soldados de seis pies de altura, transpirando gloria y valentía por todos sus poros, derrotando a un enemigo veinte veces más numeroso, persiguiéndolo con la espada en los riñones y provocándole quince muertos y un gran número de heridos. Este gran numero de heridos forma en las columnas de los periódicos cifras enormes.
   Pero volvamos a "la muy leal, noble y heroica Cádiz", tal vez una ciudad noble y leal; en cuanto al heroísmo, es un asunto relativo; a juzgar por el número de revolu­ciones que los gaditanos han hecho ellos solos, el heroís­mo debería haber nacido en esta antigua ciudad. Cuando se proclamó la república, hubo aquí una gran alegría; estas buenas gentes se imaginaban, no se sabe muy bien por qué, que todo iba a cambiar, las huelgas se produje­ron de un extremo al otro de la escala social, limpiabotas, porteadores, marineros, pescadores, cada uno solo pensó en la alegría y en el placer. La ilusión duró poco, porque con la república los impuestos no disminuyeron, las car­gas públicas aumentaron tal vez como consecuencia de las complicaciones que asaltaron la nueva forma de gobierno. Entonces la guardia nacional asignada quiso entregar sus fusiles al cónsul americano, no queriendo saber nada con ese execrable gobierno centralizador de Madrid. Estas va­lientes personas han querido proponer al cónsul americano que reconociera a Cádiz como una ciudad americana de la Unión, pero el cónsul que es un hombre ingenioso les ha hecho ver todas las dificultades de cancillería y otras que rodean la formalidad, así que la idea ha sido olvidada. Hoy los gaditanos son más prudentes, han organizado gran can­tidad de asociaciones humanitarias, filantrópicas y de asis­tencia. Todas estas florecientes asociaciones contribuyen al desarrollo intelectual de la población.







 A través de las Españas; Auguste Meylan; Introducción, traducción y notas de Máximo Higuera Molero; Madrid, Trifaldi, 2018.

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