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domingo, 31 de marzo de 2019

Desayuno con diamantes, 145


Galíndez o la ética de la resistencia
Anagrama reedita la novela de Vázquez Montalbán, con prólogo de Manuel Vilas

       Manuel Vázquez Montalbán iniciaba un nuevo ciclo narrativo dentro de su producción novelística y propuso una trilogía sobre la «ética de la resistencia», que inició con El pianista (1985), siguió con Galíndez (1990) y terminó con Autobiografía del General Franco (1992). La trilogía pretendía llevar a cabo una reflexión acerca del papel del intelectual en la sociedad y la postura del escritor frente a la misma, materia que le preocuparía a lo largo de su vida literaria.
       España experimentó, iniciados los setenta, un cambio, aunque durante esta década, en la que comenzaba su andadura Vázquez Montalbán, aún persistían los ecos del franquismo, el mundo sufría la crisis internacional del petróleo y, finalmente, se produjo la muerte del dictador Francisco Franco. Estos sucesos, unidos al cansancio de una tradición de casi veinte años, que desde la perspectiva crítica, quedó caracterizada como literatura social, desembocó narrativamente en tres vertientes diferentes: una novela experimental, que no tuvo continuación más allá de esta década; otra bautizada de oportunista, que aprovechó todas las situaciones de vanguardia, es decir, la transición, el terrorismo, o los cambios sociales; y, por último, autores que reflejaron la situación con mejor o peor humor en sus textos narrativos, caso de Manuel Vázquez Montalbán. Y una novela que Antonio Cerrada Carretero llamó novela referencial frente al concepto experimental propiamente dicho: novelas que, utilizando las nuevas técnicas narrativas dieron absoluta prioridad a la historia, a los acontecimientos y a los personajes buscando la verosimilitud. Respecto a esto, María Dolores de Asís afirma que esa novela española, iniciada en los setenta y, sobre todo, avanzados los ochenta que hubiera conseguido una nueva novela española en tiempos de libertad, no dio el esperado renacimiento al género. Coincide con Umberto Eco en que ha comenzado la posmodernidad en la literatura, y Cerrada Carretero añade que estas tendencias esgrimidas por María D. de Asís se muestran tanto en el panorama español como en el europeo, y serían las siguientes: novela fantástica, histórica, de intriga y de aventuras, poemática, metaficción, autobiográfica y, por último, la novela de testimonio, crónica o reportaje.
       Galíndez se nutre de estas tendencias: tiene una base importante de novela negra, con el sello personal que le da el autor, y es una novela histórica, pero unida, como apunta Sanz Villanueva, al relato culturalista. Es decir, puede afirmarse que la síntesis y creación personal de Vázquez Montalbán se basa en la mezcla de estos tres subgéneros y tendencias de los 80, es decir, una novela policíaca, un relato culturalista y, finalmente, histórico. Y así podemos calificarla de obra realista que compagina lo novelesco con lo histórico, aunque se trata de un realismo que implica desvelar aspectos del entorno que permanecían ocultos e iluminar zonas oscuras de una realidad siempre compleja. Vázquez Montalbán compaginaría el nivel de la narración con los ingredientes de la novela negra norteamericana; el autor ajusta la investigación policíaca que se aplica a crímenes imaginarios de la novela negra con la investigación histórica aplicada a un verdadero crimen del pasado y lo representa por medio de la ficción. El escritor recupera y rescata del olvido la figura histórica del nacionalista vasco Jesús Galíndez Suárez y reivindica la memoria de alguien que, según él, ha propiciado los cambios históricos, y con su novela profundiza en la historia española pasada, e indaga por los senderos de la memoria histórica y el olvido colectivos.



             Galíndez, Manuel Vázquez Montalbán. Prólogo de Manuel Vilas. Anagrama. Barcelona, 2018.



ARGUMENTO
       La obra narra los pasos de Muriel Colbert, investigadora norteamericana, en su búsqueda de explicaciones para su tesis sobre Jesús de Galíndez, representante del gobierno vasco en el exilio durante la primera posguerra (hasta la entrada de España en la ONU en 1956), asesinado y torturado por matones de Trujillo. Esta búsqueda, objetiva y dirigida hacia un trabajo científico, se convierte en una obsesión para la becaria Muriel. Agentes gubernamentales norteamericanos reciben la orden de parar la investigación porque consideran que una nueva revisión del caso podría dañar a figuras de ideología conservadora en los Estados Unidos (Partido Republicano). Suponen que Muriel es comunista y trata de publicar en su tesis ideas antiimperialistas, y esa sospecha viene por la relación que mantiene con su director de tesis, el profesor Norman Radcliffe, de pasado no muy limpio para los conservadores estadounidenses. Los agentes, con Robards a la cabeza, persuaden a Radcliffe con amenazas para que ofrezca a Muriel otra tesis con mayores ayudas gubernamentales. Consiguen interceptar toda la correspondencia entre él y Muriel, pero esta se niega a abandonar el proyecto. Muriel está en Madrid recogiendo informaciones de última hora, mientras al otro lado del Atlántico le tienden una trampa para conseguir que la tesis no se publique; Muriel viajará a la República Dominicana y los agentes ponen en su pista a antiguos agentes trujillistas para que le den informaciones falsas con el propósito de querer ayudarle. La estrategia final la llevará a cabo Don Voltaire, un excompañero de Galíndez, convertido en anticomunista fervoroso que intenta disuadirla de su propósito difamando a Galíndez, pero Muriel no cede, y causa su secuestro. Convencidos de que Muriel es comunista desoyen su primera declaración, por lo que Muriel confiesa irónicamente un pasado comunista ficticio. Los agentes norteamericanos dejan paso a los extrujillistas que torturan y matan a Muriel. Cabría destacar los interesantes tres capítulos que recrean la vida de Galíndez, desde su secuestro hasta su muerte. La novela termina con una carta que Ricardo, joven con el que Muriel había tenido una relación en España, escribe a la hermana de Muriel. En la carta dice cómo va a seguir los pasos de su desaparición. La carta es interceptada por la Compañía y llega a manos de Robards y ofrece un final abierto.
       Galíndez ofrece múltiples puntos de vista, oscila entre la realidad y la ficción que se mezclan para contarnos el relato, y a Muriel y a Galíndez les concierne la misma perspectiva, el mismo punto de vista, pero Vázquez Montalbán no recurre a la primera persona cuando habla la protagonista o el delegado vasco, sino a la segunda persona, y se supone que existe un yo locutor sin identidad. Los tiempos verbales están en presente y abundan los monólogos interiores. La elección de Vázquez Montalbán de la segunda persona para su narrador implica que crea un relato inhabitual en el que no finge la voz de las víctimas, ni tampoco cuenta desde fuera, o renuncia a las convenciones de verosimilitud, típicas del género de la novela histórica tradicional. Se trata de un narrador omnisciente, sabe todo lo que piensan e imaginan los demás personajes, y, además, abarca todas las situaciones posibles. Esta fusión de la segunda persona y de la omnisciencia origina un continuo vaivén entre la voz de Galíndez y la de Muriel, es decir, entre quien es narrado y quien narra; un ejemplo representativo, la escena de tortura que sufre Muriel y en un momento dado se diluye la voz de los dos, sin poder distinguir si la tortura la sufre ella o él. Quizá, estructuralmente, Galíndez planteaba un problema inicial, lograr dos tiempos históricos diferentes y dos puntos de vista diferenciados, que Vázquez Montalbán resuelve hermanando el tono de intimismo y de introspección en el discurso narrativo tanto del personaje real Galíndez, como de ficción Muriel, utilizando el mismo procedimiento, y usando la segunda persona. Manuel Vilas, autor del prólogo a la edición de Galíndez (Anagrama, 2018), afirma «que esta novela es una advertencia y un recuerdo de que la libertad siempre está amenazada, de que hay que seguir luchando por la libertad, en cualquier momento de la vida y del tiempo. Justamente para eso se escribió Galíndez, para recordarnos que una palabra puede valer toda una vida».

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