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viernes, 5 de junio de 2015

Irène Némirovsky



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EL BAILE

      Cuando en su más tierna adolescencia Irène Némirovsky empezaba a balbucear sus primeros textos adoptó, como forma de escritura, un método inspirado en Turgueniev, uno de sus maestros más celebrados; es decir, esa doble actitud que lleva a un escritor a comenzar una novela y, paralelamente, anotar algunas de las reflexiones que el texto le van inspirando, sin suprimir ni tachar ninguna anotación a lo largo de todo el proceso de escritura. A medida que se avanza el autor conoce, perfectamente, todos los personajes creados, incluidos los secundarios. El estilo surge así cómo única identificación posible en toda la producción del escritor, tal es el caso de sus primeras novelas publicadas El niño prodigio (1926),  David Golder (1929), El baile (1930), aunque Suite francesa (2004) será la novela más ambiciosa de la exiliada rusa en París. El borrador de la novela estaba muy avanzado cuando los nazis entraron en París y en ella cuenta cómo durante los últimos meses de su existencia Francia se había convertido en un país de episódicos acontecimientos. Solo así se entiende por qué el texto está repleto de personajes secundarios como la propia historia intenta reflejar. La narradora describe en su voluminoso proyecto los comportamientos humanos y las circunstancias a que están ligados sus personajes, certeza que muy pronto se celebra en esta narración porque en Suite francesa esos comportamientos ante la catástrofe de una guerra, el desamparo y el destino que sufren los hombres y mujeres de su historia son lo más relevante en una novela tan memorable. Aunque incompleta como el lector puede leer en el prólogo a la edición de Salamandra, la novela sigue el esquema clásico de las suites, una sucesión de movimientos rápidos y lentos, una danza, y una giga como final. Paradójicamente, la suite es una música alegre, despreocupada, de una brillantez extraordinaria que en su título muestra la vena más irónica de la narradora.

        El baile, entregado solo unos meses después del éxito de David Golder, es un breve relato de una medida y una eficacia poco corrientes en este tipo de entregas. En apenas cien páginas, la narradora cuenta la irritación adolescente de una niña de catorce años que ha visto cómo durante los últimos tiempos sus padres han prosperado gracias a un acertado giro bursátil y ahora son una adinerada familia que pretende formar parte de la alta sociedad francesa en el París del glamour de comienzos de siglo. Pero, como aún no han conseguido ese reconocimiento, los señores Kampf organizan un baile de sociedad dejando a Antoinette fuera de ese acontecimiento o esa ceremonia de iniciación como ella la entiende. Pronto la joven fraguará un modo de vengarse que provocará una humillación para sus padres. Lo significativo del relato no es la historia en sí, sino esa despiadada visión de una sociedad, la situación absurda a que lleva la soberbia autoafirmación materna frente a ese dolor de rechazo provocado y sufrido por la adolescente que le llevará a una rabieta transmutada en un odio de consecuencias tan dramáticas como reveladoras para el curioso lector. Solo entonces, cuando la joven ve el resultado de su actuación, tras sentir una especie de desdén, de indiferencia despectiva, comprende que los adultos pueden sufrir por aquellas cosas más fútiles y pasajeras y en un destello inaprensible, al fin, adivina la humillación a que ha sometido a la madre en un mundo, no menos, injusto, malvado e hipócrita. Quizá la propia Némirovsky, de veintisiete años cuando escribió la historia, pretendiera reproducir esa difícil relación madre-hija para salvaguardarse de toda esa estupidez  humana que había vivido en su adolescencia parisina y profundizar así en su propia conciencia de adulta.


 










EL BAILE
Irène Némirovsky
Salamandra, Barcelona, 2006; 96 págs.


jueves, 4 de junio de 2015

Los olvidados



JOSÉ GUTIÉRREZ SOLANA
(La España negra y literaria) 

                                                                                                   ¿Qué es la vida?
                                                         Una p... m..., y otras, raras veces, agradable.
                                          La vida es la calle; estaría gracioso que fuera otra cosa.
                                                                                                                J.G.S



    *España es una nación absurda y metafísicamente imposibleChabía escrito Ganivet poco antes de finalizar el sigloC, y el absurdo es su nervio y su principal sostén+. Los escritores del XIX habían creído en la evolución y mejora de las estructuras sociales y, quizá, por este hecho José Gutiérrez Solana fue siempre un artista escindido entre el poder de su sentimiento y el valor de su pensamiento. Al ojo de Solana sólo le interesaba la realidad, por ello se convirtió en un pintor con la evidente necesidad de reproducir la mirada de su entorno e incluso cuando era capaz de relatar algunas escenas que únicamente podían provenir de alguna alucinación, no disparataba, tal era su convencimiento, y se mostraba testigo de cuantas escenas había soñado o imaginado.


        José Gutiérrez Solana, un madrileño de ascendencia cántabra, nació un 28 de febrero de 1886, domingo de carnaval, y murió un 24 de junio de 1945, festividad de San Juan Bautista. Fue ese escritor que sorprende aún hoy por su extraordinaria capacidad para crear ambientes, además de por la exactitud de una prosa que refleja abundantes imágenes de buena parte del sentir de nuestro país. Inicial y esencialmente, pintor y grabador (había ingresado en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando en 1900) es esta actividad por la que es conocido en este país y en el resto del mundo. Sus primeros cuadros datan de 1906, en 1907 expone en el Círculo de Bellas Artes y, posteriormente, en 1910 participó con algunas de sus mejores obras en diversas Exposiciones Nacionales; sus imágenes ofrecen tipos humanos y tienden a la anécdota y a la alegoría, y  su etapa más prolífica fue la de 1920 a 1936, años en los que pintó algunos de sus más extraordinarios cuadros sobre las diversas caras de una España Negra, calificativo con el que ha bautizado su arte el crítico Manuel Abril. En 1920 se convertirá para Solana en un año decisivo: publica su libro La España Negra y terminará el famoso cuadro de *La Tertulia de Pombo+ que colgará en el café que llevaba ese nombre. Sobre el cuadro publicó Francisco Alcántara lo siguiente: *La tertulia del café Pombo es un cuadro profundo, trágico y de tan inacabable vibración poética que no se cansa de mirarle el espectador, al que acaba por aposentársele en el alma, como todas las impresiones que forman época en nuestra historia sentimental+. Su hermano Manuel afirmó que *es un cuadro que se ha pintado románticamente y lo mejor que puede sucederle es que acabe con todo romanticismo en Pombo+; así ocurrió por expresa petición del dueño del local, Eduardo Lamela, que realizó dicho acto el 17 de diciembre. Entre los contertulios sobresale el fundador Ramón Gómez de la Serna, en actitud de pronunciar un discurso; su mano descansa sobre un ejemplar de su libro titulado Pombo; destacan las cabezas de José Cabrero y de Manuel; las figuras de los ancianos que se reflejan en el espejo del fondo, con la jarra de agua sobre la mesa de mármol, recuerdan  un romanticismo sobreviviente en esos años; el cuadro se convierte, también, en el testimonio de una época en la que la literatura y la crónica literaria tuvieron gran importancia. En 1928 los hermanos Solana (su inseparable Manuel) viajarán a París animados por Edgar Neville; allí les esperan Gómez de la Serna, Corpus Barga y Ricardo Baroja, quienes preparan su estancia en la capital francesa. 



    El 16 de enero se inaugura una exposición en las galerías Bernheim-Jeanne: presenta 21 lienzos y el catálogo está firmado por Jean Cassou, pero la muestra resulta un fracaso. Un año más tarde acude a la Exposición Internacional de Barcelona y obtiene la medalla de Oro. Durante el año 1930 expondrá, además, en Valencia, Venecia, Granada, Torrelavega, Santillana del Mar y Pittsburg, al que seguirán Chicago y Oslo. Durante la guerra se exilia  a París y, en 1939, Eugenio d´Ors le convence para que vuelva. Diversas exposiciones marcarán el final de su etapa como pintor: Berlín, de nuevo Venecia y Madrid y Barcelona serán los escenarios de sus nuevos triunfos. En el año 1943 recibe la medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes, y en 1945 sufre un ataque de uremia que le obliga a hospitalizarse para fallecer, unos días más tarde, el día de los santos Juan, Lupicio, Rumoldo y Teodulfo. Su obra pictórica se complementa magistralmente con su obra literaria en la que mezcló, de igual manera, la leyenda de su vida. Aficionado a tomar notas para el desarrollo de sus cuadros, su pintura y literatura nacen, en el artista, a la par, y ambas surgirán por esa necesidad de reproducir la mirada, de una parte, y las emociones de otra; quizá por ello, no sorprende que sea el propio autor quien ponga pies a sus cuadros y, de esta forma, emparente lienzos y libros. Pero Solana Cen palabras de Calvo SerrallerC no reivindica nada, no pretende comprender nada, rehuye cualquier explicación. Y una realidad que es embebida de semejante forma, tal cual es, nos proporcionará una imagen, tan inevitable como fantasmagórica.  Hay que considerar, inicialmente, que sus primeros libros no fueron escritos para ser publicados, sino notas y reflexiones que se trasladarían, posteriormente, a los cuadros. Esta excesiva anotación motivó posteriores deseos de dar a la imprenta unas notas de amplia información; Camilo José Cela, autor de una riguroso análisis sobre la Obra literaria de Gutiérrez Solana (1957), que fue su discurso de ingreso en la Real Academia Española, explica la coincidencia de algunos de los títulos con sus lienzos, *Lola la peinadora+, *El Rastro+, *El desolladero+, *La cola de la sopa+, por citar algunos y otros muchos cuadros, sin llegar a coincidir sí se refieren a la temática en cuestión. Su producción literaria empieza con  Madrid, escenas y costumbres. Primera serie, que publica en 1913, aunque el libro, parece ser, estaba escrito desde 1909. Se trata de su visión de una España árida y carpetovetónica, donde domina el negro sobre cualquier otro color; pero el escritor Solana ofrece, también, un mundo colorista porque es hombre que necesita teñir y colorear a las personas y a los animales, las cosas y los paisajes, para así describirlos con esa exactitud apuntada. Sobresale en ese texto un único propósito: decir su verdad sobre las calles, las costumbres y los personajes. Esta desmesurada afición a la escritura le llevó a ofrecer una Segunda Serie de Madrid, escenas y costumbres (1918) y, pese a seguir tratando los mismos temas, acentúa en estas páginas su obsesión por la muerte, por el sufrimiento y por el dolor. Los lienzos y las páginas de esta época vuelven a mostrar un Madrid en permanente cambio, lugar donde la vida se hace especialmente dura para los mendigos y los moradores del extrarradio. La  España negra (1920), se convierte en una caleidoscópica visión de la España bárbara y menesterosa, y una de las obras peor tratadas por una censura ingenua y demasiado eficiente que ha mutilado, desde siempre, este texto. El escenario, ahora, se amplía y recoge las andanzas del autor por tierras españolas: Santander, Santoña, Medina del Campo, Valladolid, Segovia, Ávila, Oropesa, Tembleque, Plasencia, Calatayud y Zamora son los principales escenarios recorridos por el pintor; aunque las diferencias se muestran, también, en otros aspectos como el hecho de que los personajes tengan solo nombres propios, incluso el tono es aún más negro, puesto que la España retratada es mucho más amarga. Andrés Trapiello ha calificado este libro como *uno de los más singulares, expresivos y hermosos de toda nuestra literatura+ (que en 1961 y 1972 se reeditaba con abundantes omisiones). Al ojo de Solana solamente le interesa la realidad, la que él ve, la suya, porque la España negra que dibuja el escritor no es la misma para esas otras tantas gentes que han escrito sobre nuestro país, como tampoco puede tener el mismo significado el negro para él que para los demás. La España de Solana está llena de muchos más matices imaginables y jamás, en sus escritos, renunció a mostrarnos esa España real que nos mostraba en sus textos, que es negra pero que, a veces, no resulta peor que en otros países.

Madrid callejero aparece en 1923  escrita con características similares a sus anteriores obras. Madrid, sus calles y sus gentes serán, otra vez, los protagonistas del relato. La técnica literaria de Gutiérrez Solana se basa esencialmente en una sucesión de imágenes extraídas de la vida misma; curiosamente, el libro está precedido de un prólogo en donde el autor expone el origen de su escritura y en él se refiere, sintéticamente, a los dos temas que desarrollará: la muerte y la denuncia social. De esta última habría que señalar la dura crítica que realiza Gutiérrez Solana sobre los autores de la Generación del 98 y  la nueva juventud alocada y rebelde que va surgiendo en torno a los movimientos cubista, futurista y dadaísta. Un nuevo rasgo se vislumbra en estas páginas iniciales, un sentido amargo de la existencia, lingüísticamente interpretado con profunda ironía. Pero el Madrid callejero tiene en la técnica descriptiva su elemento primordial en ambientes, lugares no especificados y calles, sin argumentos ni personajes psicológicamente tratados. El conjunto se convierte en una sucesión de cuadros con un costumbrismo atípico,  donde la putrefacción es el elemento unificador, aunque esa minuciosidad descriptiva es más apreciable en aquellas páginas donde las calles madrileñas son las verdaderas protagonistas. Una de las cosas que resalta en toda la obra de Gutiérrez Sola, es la distinción que se establece entre el paisaje natural y el paisaje urbano, entre la apertura y la cerrazón de ambos ambientes, y si el primero parece representar la libertad, el segundo posee el elemento trágico de la muerte. Quizá por eso en su pretensión de mostrar lo que es la vida para él, hay un color que sobresale en su paleta de pintor y en la tinta de su pluma: el negro, matiz que está muy en consonancia con su concepción de la existencia. El paisaje y el ambiente son oscuros, la negrura lo invade todo. Sus personajes se expresan de una forma coloquial, sencilla y llana como correspondía a la manera de hablar del escritor madrileño, pero junto a un léxico de marcado carácter coloquial, aparece un vocabulario específico, detallista, minucioso que se refiere, por ejemplo, a prendas de vestir, al carnaval, o latinismos en los que sobresale, igualmente, el humor y la burlesca ironía del autor. Para finalizar este recorrido, pobres gentes, viejos, enfermos, marginados, en general, son los protagonistas de muchas de estas páginas, porque los valores que terminará exaltando del ser humano son los de la perfección, la inocencia y la fortaleza.
        Un año más tarde aparece Dos pueblos de Castilla, un libro menos denso, fruto de las excursiones del pintor a las localidades madrileñas de Colmenar Viejo y Buitrago de Lozoya. Narrativamente hablando es una obra más sencilla, cuyos argumentos se concretan en las ferias, las plazas, los cementerios y las corridas de toros; los personajes vuelven a ser esos seres realistas aunque en muchas de estas páginas aparecen ya de forma individualiza: el pobre de Buitrago, el viejo de Buitrago o el cura de Buitrago. El último libro publicado fue la novela Florencio Cornejo en 1926, una obra en la que el escritor se aparta de su manera de escribir; no hay ambiente o descripción específica de personajes, aunque sí vuelve a uno de sus temas obsesivos: la muerte. En la obra se rememora un viaje con su tío Florencio, que está a punto de morir. Pero el relato se desarrolla, como el resto de su obra, con una sucesión de escenas cuya mejor pincelada es la que se concreta en la anécdota con grandes dosis de ironía. Su escritura se debate entre el sarcasmo quevediano y el influjo goyesco de ese palpitar instantáneo que se refleja en unos tipos y en una vida donde predominan las costumbres populares. Los temas constantes en la obra de Gutiérrez Solana son la sordidez de la vida, las diversiones de las pobres gentes del Madrid castizo, las miserias, los defectos físicos y morales, las corridas de toros, Cteñidas de rojo y  negroC, las salas de disección de los hospitales, los desolladeros, los sepulcros y los cementerios, siempre con la muerte al fondo. Realismo y crudeza se conjugan para ofrecer la visión apocalíptica de alguien que es capaz de adentrarse en la miseria ajena, actitud que dulcifica con abundantes golpes de humor hasta desembocar en situaciones macabras. El estilo, las obsesiones y la técnica y el método, sobre todo, hacen que aún hoy sea posible que el escritor Solana sobrecoja al lector. Esas obsesiones en el pintor y en el escritor son, además de la muerte, el sufrimiento y la farsa; la muerte no como horizonte pendiente del vivir sino como espectáculo rotundo en el que se ofrece el trasiego funerario y la descomposición de los cuerpos; los osarios, cementerios y entierros se entreveran en la ciudad con el paso sonámbulo de los vivos, una muerte compartida y promiscua de seres de diversas características.
        Pese a los esfuerzos de contemporáneos suyos, sobre todo de su gran valedor, Ramón Gómez de la Serna, su literatura ocupó y sigue ocupando hoy, más de medio siglo después, un lugar marginal en la historia de la literatura española, oscurecida, tal vez, por la fuerza de esa gran obra pictórica y porque su mágica prosa negra nada añadía, entonces, a las inquietudes de los escritores del 98 que ya habían publicado lo mejor de su visión de esa España trágica. Loable intento ha sido el intento de ofrecer a las nuevas generaciones de lectores la, Obra literaria completa en la Fundación Central Hispano, que publica estos textos definitivamente Csegún Camilo José CelaC*sin atribuciones dudosas ni frívolas, y sin irresponsables y sumisamente acatadas tachaduras censorias...+, obra tan inexcusable literariamente hablando como peculiar.
 


miércoles, 3 de junio de 2015

Arto Paasilinna



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EL AÑO DE LA LIEBRE



     La editorial Anagrama viene entregando desde 2004 la curiosa narrativa de Arto Paasilinna (Kittila, 1942), escritor y periodista finlandés, cuyo libro de más éxito, El año de la liebre (2011, originariamente, 1975), publica ahora, en una nueva edición, Herralde, aunque había conocido una versión anterior en 1998. Fue una de sus primeras obras, llevada al cine en dos ocasiones, una producción finlandesa, de 1977, y una franco-belga-búlgara, de 2006, aunque es, en realidad, la tercera novela de Paasilinna, escrita en 1974, que supuso para el autor su consagración internacional, traducida hasta el momento a dieciocho lenguas, cuenta la relación de un periodista que, de vuelta a Helsinki a donde se dirige con un compañero de trabajo, atropella accidentalmente a una liebre. Cuando Vatanen se baja del vehículo para ocuparse del animal herido, esta simple experiencia hará que su concepto de la vida cambie por completo y decida entonces romper los vínculos que lo unen con el pasado.
        De las treinta y cinco novelas publicadas por el narrador finlandés hasta el momento, el proceso de traducción que ha llevado a cabo Anagrama, repartido entre Úrsula  Ojanen y Eduardo Vila Santos, Dulce Fernández Anguita y Juan Carlos Suñén, ha sido el siguiente: El molinero aullador (2004, ed., original, 1981), El bosque de los zorros (2005, ed., original, 1983), Delicioso suicidio en grupo (2007, ed., original, 1990), La dulce envenenadora (2008, ed., original, 1998) y El mejor amigo del oso (2009, ed., original, 1995). 
        El estilo narrativo de Paasilinna es formal y deliberadamente sencillo, su prosa es ágil, fluye por las páginas con la misma tranquilidad con que circulamos por una interminable carretera finlandesa rodeada de frondosos bosques a cada uno de sus lados. La Naturaleza se convierte para el autor en un aliado, en válvula de escape para huir de la monotonía, y además realiza una reflexión sobre las contradicciones de la vida porque nunca debemos olvidar la actitud del escritor, de una irreverencia sublime con respecto a los temas fundamentales de su país. Con Vatanen y su mascota el lector recorre buena parte de Finlandia, ambos rompen deliberadamente sus lazos con la sociedad y solo en casos, estrictamente necesarios, vuelven a ella. A través de las peripecias que le van sucediendo a esta extraña pareja, conocemos el sentimiento que este país tiene hacia los animales o el medio natural donde viven, y pese a que Vatanen se convierte en maderero casual, apaga fuegos o reconstruye refugios, siempre se mimetiza con la Naturaleza, y en su ilógico deambular de un lado para otro, nos transmite el respeto del personaje hacia su medio natural. Paasilinna se muestra, en ocasiones, escéptico y en su huida hacia el Norte, el periodista y la liebre, conocerán el carácter de los norteños y algunas de sus facetas más ridículas, incluida la actitud que lleva al extraño final, que no desvelaremos, pero que muestra las singularidades de alguien como Vatanen quién, en realidad, emprende su particular cruzada para buscarse a sí mismo, o para descubrirnos como el suyo es un país de contradicciones, que con un profundo trasfondo irónico satiriza, aunque siempre con una sonrisa. Después de todo, el desenlace casi escatológico, o mejor el determinismo surrealista de la historia, se concreta en una fábula y sobresale por la su escéptica visión del ser humano y el profundo amor de  Paasilinna a la Naturaleza.



EL AÑO DE LA LIEBRE
Arto Paasilinna
Barcelona, Anagrama, 2011; 183 págs.


martes, 2 de junio de 2015

Herman Koch



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CASA DE VERANO CON PISCINA


     Herman Koch (Arnhem, Holanda, 1953) tiene la asombrosa cualidad o, la capacidad de mostrar en sus novelas el sentido de culpa de la sociedad holandesa, presentar las extrañas relaciones sociales de su país, o celebrar la entrega con que experimentan sus vivencias padres e hijos mutuamente, sin que nada de esto presuponga paliativo alguno. Tanto es así que su primera novela publicada en España, con el sello Salamandra, y titulada La cena (2010), fue una auténtica sorpresa de crítica en su país natal en 2009, elegido como Libro del Año y, además, galardonado con el Premio del Público. Una historia polémica porque tras las primeras páginas uno se pregunta, ¿hasta dónde es capaz de llegar un padre para cubrir a un hijo que comete un delito injustificable? La sociedad, las normas cívicas, la protección paterna o la lealtad presupone que deban encubrirse ciertas actitudes de nuestros jóvenes inconformistas y, como en el caso, a los caprichosos autores de un episodio de violencia extrema. Tal es la tesis que sostiene Koch en su novela para enjuiciar el futuro incierto de los jóvenes Michel y Rick, dos adolescentes de quince años, acusados de un terrible suceso. Los padres debaten su particular postura a los postres de una suculenta cena previa, y en un carísimo restaurante, cuando en la conversación empiezan a ponerse de manifiesto algunas de las revelaciones que originará el trágico final protagonizado por sus vástagos.
        Casa de verano con piscina (2012), su nueva novela, es el descarnado relato en primera persona de un médico de cabecera en Ámsterdam, con un amplio historial de buenos pacientes, que confían plenamente en su medicina y en su encantadora oratoria, aunque Marc Schlosser, contempla su alrededor, que incluye su familia y pacientes, con un cinismo que incomoda a cualquiera según se avanza en su lectura. El relato, no obstante experimenta un giro extraordinario cuando Marc y su esposa Caroline se involucran, sin apenas pensarlo, en el círculo de amistades de un famosísimo actor, Ralph Meier, personaje tan vanidoso como ególatra y que intentará socavar esa amistad seduciendo a la pareja con muy distintas artimañas. Carolina, se enamora de esa imagen excéntrica y bohemia, y caerá en su redes, incluso convence a Marc para que cuando vayan de vacaciones pasen unos días junto a Judith, pareja de Ralph, en su casa de verano en España. Aunque la familia Schlosser no sucumbe a la tentación, y se instalan en un camping cercano para no molestar. Pero cuando Lisa y Julia conocen a Alex, el hijo adolescente de Ralph y Judith, sus padres son incapaces de rechazar la invitación de acampar en su jardín y disfrutar de la piscina, además de así estar más cerca y disfrutar de comilonas, largas conversaciones de sobremesa, chapuzones y curiosas visitas de los insólitos chiringuitos del lugar. Al grupo se une un director de cine con una joven novia, veinte años menor, y que pronto despierta la atención de todos. A medida que avanza la novela, y tras soporíferas jornadas de vacaciones, Marc y Carolina observan un extraño comportamiento en su hija Julia de diecisiete años tras un pequeño incidente que interrumpirá las vacaciones de todos y servirá al narrador para mostrar el lado oscuro de su historia porque, unos y otros, tratan de descubrir que ocurrió realmente durante la noche en que los jóvenes desaparecieron durante unas horas sin el control de los adultos.
        Salpicado de un humor tan ácido como amargo, Koch sacude las conciencias de una sociedad con un profundo sentimiento de culpabilidad que logra expresarse mediante las relaciones sociales tan hipócritas como inexistentes en una colectividad plagada de convencionalismos y donde la ética o la comunicación fallan en todos los sentidos; además, la libertad sexual o la relación familiar esgrimidas ponen de manifiesto que algo está ocurriendo un mundo deshumanizado que ha perdido el rumbo de cualquier reflejo en otro tiempo pasado, y el holandés constata como sufrimos la inmoralidad más civilizada.  



 











CASA DE VERANO CON PISCINA
Herman Koch
Barcelona, Salamandra, 2012; 352 págs.


lunes, 1 de junio de 2015

Desayuno con diamantes, 38



MEMORIA DE MARIO LACRUZ

(Barcelona, 13 de julio de 1929 - Barcelona, 13 de mayo de 2000).

        Memoria de un escritor, memoria de un editor ha servido para reunir en una exposición homenaje, libros, manuscritos, fotos y originales de Mario Lacruz, un editor que tan sólo consiguió publicar tres obras a lo largo de su vida, El inocente (1951), La tarde (1953), la colección de relatos  Un verano memorable (1955), y después de un largo espacio de tiempo dedicado a labores editoriales publica El ayudante del verdugo (1971). Recientemente recibía un gran homenaje del mundo de las letras como editor, fue en 2000.



Dos fechas notables hay que destacar con respecto a la producción literaria española y que están en la mente de todos los interesados y eruditos en el tema, de una parte la de 1936 y lo que supuso en la cultura española de la época y la posterior, esa emblemática fecha de 1945 y lo que de aislamiento internacional originó hasta bien entrada la década de los 50, ese especie de deshielo que provocó una alternativa rabia interior y la búsqueda de una formación y una conciencia para llegar a la expresión de nuevas fórmulas y mayores libertades. Se trata, no obstante, de una generación ya suficientemente estudiada en monográficos y manuales que, sin pretender romper, abogaba por toda una tradición española, los nuevos aires de una nueva narrativa norteamericana, francesa o un realismo ruso y sobre todo el neorrealismo italiano de imágenes cinematográficas. Los nombres de los jóvenes que aparecen en la escena literaria española forman parte de ya de esa promoción que se denominó como realista, pero la variedad es tanta que en las novelas y relatos publicados en estos años encontramos oscilaciones tan variables como esas características que oscilarían entre un lirismo subjetivo y objetivo, distensiones entre el yo y el mundo o la realidad y el ensueño, aunque en todos predomina esa orientación realista, crítica y en algunos casos experimentalista. Todos los jóvenes escritores se incorporaban al panorama literario por las mismas fechas y haciendo un somero recuento podemos advertir como entregaban, escalonadamente, sus primeras obras: Matute Los Abel (1948), Sánchez Ferlosio Industrias y andanzas de Alfanhui (1951), Lacruz  El inocente (1951), Goytisolo Juegos de manos (1953), Fernández Santos  Los bravos (1954) y Aldecoa El fulgor y la sangre (1954), y más tarde Martín Gaite El balneario (1955) y López Pacheco Central eléctrica (1957), por no alargar excesivamente la nómina y los títulos más significativos de la época.

La labor editorial

  Mario Lacruz fue esa persona muy vinculada al círculo catalán de la generación del medio siglo. Cuando comienza su carrera de derecho en la Universidad Central de Barcelona entablaría amistad con José María Castellet, Antonio Senillosa, Francisco Vicens y Ana María Matute. En 1950 comenzaba a escribir y a publicar primeros cuentos y artículos y a relacionarse con el mundillo de las tertulias literarias. Había nacido el 13 de julio de 1929, en pleno Ensanche barcelonés, aunque parte de su infancia la pasará en Andorra a donde el padre, un comerciante textil, se había trasladado para regentar un hotel. Después de la contienda la familia se reinstala en Barcelona y Mario inicia sus estudios en Los Hermanos de la Salle. Llegó a interesarse por el teatro de vanguardia y pondrá en escena obras de Greene, O´Neill, Miller y otros. Desde el principio su obra propende a lo poético y a la profundización psicológica. En 1951 publica El inocente y obtiene el «Premio Simenón» a la mejor novela policíaca del año y en 1953 su siguiente novela La tarde con la que obtuvo el Premio Ciudad de Barcelona un año más tarde.
      Entretanto, inicia sus colaboraciones en labores editoriales para el editor Plaza que le había publicado en la «Enciclopedia Pulga» una colección de relatos titulados Un verano memorable (1955), cinco cuentos, al más estilo realista, y que llevan los títulos de «Un verano memorable», «Ana y los niños», «La comunidad», «La mujer forastera y solitaria» y «Los brazos», una curiosa colección que ahora reedita Debate junto a dos de sus obras más significativas, El inocente y El ayudante del verdugo, a las que seguirán La tarde, como manifestaba el director y crítico Constantino Bértolo. Instalado en Plaza inaugura una colección que traducirá las obras de autores universales como Mika Waltari, Maxence van de Meersh, Cecil Roberts, Pearl S. Buck, que le proporcionarán grandes éxitos a la editorial. Poco después se crea Plaza & Janés y desde 1963 Lacruz lleva a su cargo la dirección editorial. Bajo su responsabilidad se publican obras como Papillón, ¿Arde París?, Chacal, Juan Salvador Gaviota y se inician las famosas colecciones “Reno” y “Alcotán”. Desde 1975 dirigirá la editorial Argos-Vergara y fundaría la colección “Las cuatro estaciones”, incorporando los nombres de Fernández Santos, Graham Greene, Ramón J. Sender, Doris Lessing, Francisco Umbral y un largo etcétera. En 1981 regresa a Plaza &Janés y pone en marcha una nueva colección, “Ave Fénix”, descubre a Isabel Allende y publica a Marsé, Semprún, Amado, Updike. Dos años más tarde Planeta le ofrece la dirección de Seix-Barral donde iniciará una de sus etapas más largas y fructíferas y descubre a Antonio Muñoz Molina, Rosa Montero, Julio Llamazares, Juan Miñana, Jaime Bayly y publica casi todas las novelas de Eduardo Mendoza, parte de la obra de José Saramago y sobre todo se arriesga con Los versos satánicos, de Salman Rushdie.  Jubilado de toda actividad en 1988, recientemente había reiniciado su vocación de escritor, pero la muerte le sorprendía el 13 de mayo de este mismo año.




La labor literaria

    El profesor Valles Calatrava en uno de los apartados de su ensayo, La novela criminal española (1991) destacaba la singularidad de la novela El inocente «al considerar al sujeto como víctima de la sociedad, el carácter de destino trágico del protagonista, la crítica a la pérdida de la humanidad y la propia consideración del entramado social como algo opresivo y corrupto». En realidad, es una novela negra, con ciertos tintes de novela psicológica y con aires de relato existencialista. Lacruz cuenta en cuatro partes ( musicales) la investigación de Virgilio Delise acerca de la muerte de su padrastro para demostrar, sobre todo, su inocencia. Dominan las frases cortas y el desarrollo de la acción es vertiginoso. Igual de sorprendente es su siguiente novela, La tarde, en la que autobiográficamente, un narrador, hace recuento de su vida y cuenta tanto su pasado como su presente. En realidad, es un soñador pero también un abúlico traductor de literatura inglesa. En el epílogo anuncia que se va a casar con ese amor platónico de toda la vida, propósito que según ha podido deducirse no llevará a cabo. La novela se refuerza con el análisis psicológico y las actitudes del protagonista del relato. Dieciséis años más tarde entregaba El ayudante del verdugo (1971) quizá su obra más comprometida, publicada a destiempo porque por su temática bien podría definirse como esa obra que hubiera sido clasificada de «realista» en una época en la que se empezaban a distanciar temas como el conflicto generacional provocado por esa larga postguerra e incluso «el inicio del desmoronamiento—como señala Ignacio Soldevilla en La novela desde 1936 (1980)—ideológico de la primera generación con respecto a los nuevos aires de libertad».
        El narrador Ventosa cuenta en primera persona su vida, retratado como astuto y emprendedor en poco tiempo conseguirá un gran imperio. Relata su vida retrospectivamente. durante una velada en la que se distinguirá con una condecoración a su amigo Pardo, en realidad una ceremonia de autoexaltación porque el protagonista ve cómo después de tanto tiempo ha llegado a tal grado de corrupción colectiva que está dispuesto a asumirla. Pero, sobre todo, —como ha señalado Belén Gopegui—«Ventosa tiene una doble vida. Es empleado de Pardo, la nota de distinción en esa empresa de ladronzuelos, le hace a Pardo los papeles, a veces ilegales, soborna para él, despide para él y le sigue el juego acudiendo a reuniones innecesarias...». A lo largo de la novela se puede percibir cómo Ventosa se ha convertido en un cínico, algo aún de tremenda actualidad en la sociedad de hoy con tantos visos de hipocresía.