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sábado, 15 de octubre de 2016

Marina Perezagua



Marina Perezagua
Don Quijote cabalga por la Gran Manzana
El Testamento yankee, de Marina Perezagua


            El nuevo libro de Marina Perezagua, Don Quijote de Manhattan (2016), caricaturiza el sueño americano desde una perspectiva contemporánea, y en la mejor tradición de nuestro emblemático rey de los clásicos, insiste en su espíritu sobre la conveniencia de arreglar el mundo como un auténtico sueño, porque entre otros muchos valores otorga toda la libertad a la imaginación.

Don Quijote cabalga

        El testamento yankee de Marina Perezagua, se convierte en un auténtico experimento, se traduce en todo un ejercicio de estilo, porque emula, y además muy bien, al más clásico de nuestros autores, al padre de la novela moderna y se atreve con un texto de libertad absoluta y de evidentes ecos cervantinos, aunque en esta ocasión la geografía escogida para las aventuras de uno de los más singulares personajes de nuestra literatura española, Don Quijote, sea la Gran Manzana, Manhattan, a donde curiosamente llegan el hidalgo manchego y Sancho, un 17 de enero del año 2016, amnésicos y desraizados de sus recuerdos.
        Desde el comienzo son continuas e irónicas las interpelaciones a la atención del lector que no acaba de comprender por qué este mundo no tiene arreglo, y la narradora Perezagua se ve obligada a devolvernos al mundo real un Don Quijote que se guía, no como antaño por los libros de aventura, sino por la mismísima Biblia que alguien le regala en las calles neoyorkinas; en realidad, un texto sagrado cuyo sentido no solo se cuestiona, sino también por su significado; y no solo se pone en tela de juicio la metáfora de su contenido, también su redacción, para establecer así ese paralelismo entre la locura de Alonso Quijano y la de Jesucristo, expuesto eso sí con el mayor respeto, porque ambas premisas están sustentadas en la fe, que es lo opuesto a la razón y, con frecuencia, a la sensibilidad. Y lo mejor de la narradora sevillana, su visión de esa mezcla de cultura popular con la cultura de aquellos que pretenden ser sublimes; y no olvida de ese concepto de metaliteratura, cuando desde siempre se ha considerado la novela de Cervantes como la invención de la narrativa moderna, y en su nueva entrega Perezagua postula todos esos recursos con que los autores han ido innovando en todas y cada una de las novelas de vanguardia de los siglos siguientes.

Un nuevo Don Quijote

        Será un Don Quijote iluminado y un Sancho Panza crédulo. La obra se enaltece aun más como desmadre anacrónico porque la indumentaria clásica de los personajes, que llamaría mucho la atención, se sustituye por disfraces de C3-PO y un Ewok que pasan inadvertidos por las calles de la ciudad.
        Don Quijote de Manhattan podría interpretarse como un auténtico disparate o una bufa aunque a medida que avanzamos en su lectura el curioso lector descubre más niveles en esta aparente nueva historia porque sus protagonistas, cuatrocientos años después, tropezarán con injusticias, contradicciones humanas y abundantes tragedias que caracterizan la vida cotidiana de la gran ciudad; y como era de esperar, será apaleado por la policía, aclamado por un grupo de mujeres desnudas sobre cuyo cuerpo llevan escritos sus nombres: Don Quijote y Sancho, oirán el de una asesina confesa e incluso, visitarán en su Instituto, al señor Cervantes, ante la perpleja atención de su director, cuando nuestro protagonista se presenta como Don Quijote de Manhattan, en una de las escenas tan disparatadas como de memorable ejecución.
La autora
        Marina Perezagua (Sevilla, 1978) para escribir su nueva novela se deja llevar por un desbordante eco surrealista que sostiene su historia, pero también hay mucha comicidad aunque su imaginación queda enmarcada en el concepto de metaliteratura porque la narradora establece un equilibrio perfecto en la dificultad de pensar de Cervantes y su propia visión de los acontecimientos a lo largo de estos siglos, pese a que el escenario sea un Manhattan reconocible por sus lugares más simbólicos, y a donde la extraña amnesia de los personajes les lleva a nuevas aventuras que se convierten en el eco de las acaecidas varios siglos atrás.
        Es autora de dos libros de relatos: Criaturas abisales (2011) y Leche (2013); editados por Libros del Lince, y de la novela, Yoro (2015), un curioso y no menos firme alegato a favor de la vida, la de millares y millones, en un mundo asolado por la violencia y que, tal vez, solo por la literatura consiga regenerarse.









Marina Perezagua; Don Quijote de Manhattan. Testimonio yankee; Barcelona, Los Libros del Lince, 2016; 301 págs.



miércoles, 12 de octubre de 2016

Sara Mesa



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AMADA MÍA


       Dos personajes chatean, se atraen y finalmente se complementan como ese proceso habitual entre millones de foros que Internet propone a lo largo y ancho del mundo cibernético, y pese a ciertas reticencias iniciales, los protagonistas de esta historia, Sonia y Knut, entran pronto en una prolongada y extraña obsesión que establecen entre ellos, aunque convierten su espacio virtual en una asfixiante dicotomía interior tan inquietante como perturbadora.
       Sara Mesa (Madrid, 1976) ha dado sobradas muestras de su buen quehacer narrativo y publicado las novelas, El trepanador de cerebros (2010), Un incendio invisible (2011), Cuatro por cuatro (2013), y las colecciones de cuentos, La sobriedad del galápago (2008) y No es fácil ser verde (2009). Con Cicatriz (2015) propone un moderno y excelente relato de aprendizaje, la historia de dos jóvenes que establecen una particular correspondencia basada en un simple intercambio: Sonia veinteañera responde al chat de un desconocido Knut Hamsun, quien le propone un simple intercambio, una foto reciente suya, mientras él le enviará por correo los libros que ella le sugiera; salvada esa duda razonable, la chica establece con su interlocutor un proceso comunicativo que sobrepasará una experiencia, o un acercamiento cibernético; en el caso de Knut, en esa dilatada relación, insistirá el envío de toda una serie, muy variada, de regalos, y a los libros seguirán posteriormente ropa cara, joyas y, a medida que se estrecha esa complicidad, lencería; lo curioso, una vez recibido el paquete, ella deberá reembolsarle el importe de los gastos, porque Knut no le otorga valor a sus envíos, pero se jacta de hurtar en grandes centros comerciales donde puede burlar las cámaras de seguridad. La joven acepta todos los retos, e inician una transacción que se repetirá durante largo tiempo. Knut, a cambio de los envíos, le exige que le vaya dando información de su vida, y mantenga el contacto; sobre él se cierne la más absoluta sombra de permanente duda. Los sentimientos, o las emociones que despierta esta relación en Sonia difieren de los de Knut, quien solo llegará a una total convicción cuando se encuentren en Cárdenas, y se cierre para él una etapa previa alimentada a lo largo de todo ese tiempo. No obstante, alimentará la asfixia/ opresión de su amiga virtual, y cuando ella se da cuenta de su doble vida todo está a punto de desvelarse; entonces lo dejará, aunque se siente culpable del abandono a que somete a Knut y, una vez más, cae en la dicotomía de convertirse en una mujer de una complejidad absoluta.
       Lo más curioso de este relato es el espléndido tono alcanzado por la narradora, una mezcla entre un discurso epistolar y narrativo que soporta el personaje femenino; en realidad, Sonia es una joven que busca su camino en la vida, y Knut mucho más esquivo, solo está interesado en una relación que al final al lector le debe parecer bastante desmesurada. Sara Mesa explora algunas de sus mejores cualidades esbozadas en obras anteriores, y acentúa esa visión de una sociedad que participa del consumo y del espectáculo y, en igual proporción, el desprecio, la provocación diaria, y sobre todo de la impostura en su sentido más amplio.  








CICATRIZ
Sara Mesa
Barcelona, Anagrama, 2015; 196 págs



lunes, 10 de octubre de 2016

Desayuno con diamantes, 82



EL INVISIBLE  J. D. SALINGER

       J. D. Salinger, autor de El guardián entre el centeno (1951), fallecía el 27 de enero de 2010 en su casa de Cornish (New Hampshire, N.Y.), a donde se había retirado, durante las últimas décadas, protegiéndose del mundo exterior y mostrando un especial interés por el budismo zen. 


       El biógrafo Ian Hamilton emprendió en 1983 lo que después resultaría una ímproba empresa: el recuento de la vida literaria de uno de los escritores más leídos del siglo XX norteamericano, pero también el más oculto por una voluntaria reclusión que se extendería a lo largo de más de cincuenta años hasta su muerte acaecida el 27 de enero de 2010. Hamilton le comunicó al escritor J. D. Salinger que se proponía realizar un estudio sobre su «vida y su obra» y que acudiría a su casa de Cornish (New Hampshire, N.Y.) para formularle algunas de las preguntas o si, en su defecto, prefería que se las hiciera llegar por correo. Al mismo tiempo le señalaba que los escasos y fragmentarios «hechos» relacionados con su vida publicados hasta entonces, resultaban a menudo contradictorios y, por consiguiente, necesarios de aclarar y justificar para el futuro de su obra por lo que apelaba a su consideración para que él pusiera orden a la misma.
       Según Hamilton, desde siempre Salinger había sentido un profundo desprecio por las «biografías literarias», incluso por sus editores con los que no había tenido contacto alguno durante las dos últimas décadas tras la publicación de Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour, una introducción (1963). El biógrafo utilizó todas sus armas para que el novelista contestara negativamente a su requerimiento puesto que, en ningún momento, el crítico se había planteado una biografía convencional y sus continuos rechazos constituían el experimento de un triunfo posterior. Aunque con respecto a una vida ordinaria era alguien invisible, desde el punto de vista literario seguía siendo una fuerza mítica en plena actividad. Era un personaje famoso, precisamente por no querer ser famoso. El guardián entre el centeno (1951) seguía ejerciendo una seducción incomparable en los jóvenes lectores de las generaciones posteriores a su publicación. El resultado final, el documento, que Hamilton publicó en 1988 con el título de En busca de J.D. Salinger, nos introduce en la infancia neoyorkina del escritor, sus años adolescentes en la Academia Militar de Valley Forge, su sorprendente carrera militar y participación en la Segunda Guerra Mundial, sus amistades más íntimas y sus primeros amores, sus éxitos literarios en la revista New Yorker, su súbita y arrolladora fama y, finalmente, su reacción ante esta fama.

La gran tradición


       La novela americana que se desarrolló después de 1945, tras la gran guerra, fue en muchos sentidos diferente de la obra de sus predecesores inmediatos, tanto en la descripción de vastos paisajes míticos, como en esa cierta tendencia pastoral que había abundado en el modernismo norteamericano. Alejados de Hemingway, Faulkner, Fitzgerald o Dos Passos, incluso de la ficción judía-americana, para centrarse en un realismo urbano o el descubrimiento de los procesos literarios en desarrollo en Europa, esa conocida tendencia a un realismo con matices existencialistas y, sobre todo, conceptos del mundo del absurdo. En este sentido,  los libros de J.D. Salinger, por consiguiente, se dirigen a un público de un gran refinamiento. Su prosa, su narrativa casa muy bien con la urbanidad y sofisticación de la época con los artículos de fondo publicados por The New Yorker sobre personajes y ciencia, sobre fiestas y ocio, sobre el mundo del vestido o de las bebidas. Una novela como El guardián entre el centeno se aleja de su modelo Las aventuras de Huckleberry Finn porque el protagonista de Twain contempla el mundo a su manera; mientras que el de Salinger se muestra en su aspecto exterior e interior para que parezca tan imaginativo como su precedente, aunque los conocimientos de Holden se concretan en la visión  y conocimientos que un simpático muchacho de escuela pueda obtener: profesores, padres, taxistas, o incluso ascensoristas, y pertenece, además, a un ambiente familiar donde aún la comunión, la comprensión y la lealtad son posibles, mientras se mantengan al margen de ese mundo corrupto. Holden contempla el mundo con los ojos de un muchacho de su edad, al tiempo que se compadece de aquellos personajes a quienes desprecia. Siente un especial cariño por su hermana Phoebe, hacia Allie, su hermano muerto, y a su otro hermano, D.B. escritor en Hollywood. Lo mismo que los protagonista de Franny y Zooey (1961), los Glass, la familia Caulfield ambienta su vida en el orden, la comprensión y la lealtad, actitudes aún posibles mientras se mantengan al margen de ese mundo exterior que se viene desmoronando. Los dos relatos publicados por Salinger bajo el título de dos de los hermanos Glass, están ambientadas en el Manhattan de 1955 y forman parte de esa saga familiar que ya había aparecido en Nueve cuentos (1953) y, reaparecerá, posteriormente en Levantad, carpinteros, la viga del tejado (1963), Seymour: una introducción (1963) o Hapworth 16, 1924 (1965), este último publicado en una revista. En realidad, Buddy Glass contará las dos historias: la primera, está protagonizada por Franny, estudiante en una famosa escuela de arte femenina, que se siente desencantada y engañada por el egoísmo reinante a su alrededor; la segunda historia, la protagoniza Zooey, su hermano, cinco años mayor que ella, pero un superdotado que le brinda su ayuda cuando la joven cae en una terrible y profunda depresión. La angustia y la inseguridad emocional vuelven a ser importantes en este libro, como ya lo había ensayado Salinger en El guardián entre el centeno. Su siguiente obra, Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción (1963), también está formada por dos relatos, publicados anteriormente en la revista The New Yorker y cuenta como Buddy está realizando el servicio militar durante la II Guerra Mundial y obtiene un permiso para la boda de su hermano Seymour, con su prometida, Muriel. Pero su hermano no se presenta a la boda y Buddy debe afrontar las especulaciones en torno a su hermano. La segunda historia es, en realidad, un monólogo interior en el que Buddy Glass habla de su hermano y de su mundo, además de algunos otros miembros de la familia y los eternos temas del narrador norteamericano: el budismo, la filosofía hindú, que esconden abundantes referencias biográficas. Inmediatamente después del éxito de su primera novela, Salinger publicó Nueve cuentos (1953), donde se incluyen dos de sus relatos más famosos, «Para Esmé, con amor y sordidez» y «Un día perfecto para el pez banana», protagonizado por Seymour Glass y cuyo carácter, inconformista y pesimista, queda de manifiesto, alterego del propio autor.

Biografía
       Jerome David Salinger nació el 1 de enero de 1919. Su padre, Sol Salinger, era oriundo de Cleveland, Ohio, y se dice hijo de un rabino, pero se apartó de la ortodoxia judía lo bastante como para hacerse importador de jamones y casarse con una gentil, la escocesa Marie Jillich, quien cambió su nombre por el de Miriam para estar más a tono con la familia de su marido. Aunque, según Hamilton, casi nada de esto era verdad: Sol Salinger había trabajado para una empresa de Chicago que importaba quesos, regentada, además, por italianos y cuando el biógrafo acudió a ellos, estos le comentaron que acudiera a su chico, al parecer escritor: Jerry Solomon Salinger había muerto en los setenta, se había trasladado muy joven a Nueva York, y su vida, en general, había sido muy inquieta porque, entre 1919 y 1928, se habían mudado tres veces hacia el sur de N.Y., como lo constata en sus posteriores textos el propio Jerome. William Maxwell habla, en 1951, de «Una infancia neoyorkina como una singular experiencia. Entre otras cosas, los lugares notables tienen una connotación diferente. De chico, Jerry Salinger jugó en las escalinatas de edificios públicos que cualquiera no nacido en Nueva York reconocería y de los que él ignoraba el nombre. Anduvo en bicicleta por Central Park. Se cayó en La Laguna. Macy´s y Gimbels, esos casi deificados grandes almacenes, equivalen para él a la sección de juguetes en Navidad. Park Avenue significa coger un taxi para ir a la estación ferroviaria Grand Central al comienzo de las vacaciones». En 1939 se matriculó en la Universidad de Columbia y escribió críticas de cine para una revista juvenil. Poco después empezó su trayectoria literaria publicando en revistas de Nueva York: Story, Saturday Evening Post, Esquire y The New Yorker. Se alistó voluntario en la Segunda Guerra Mundial y participó en 1944 en el desembarco aliado de Normandía. Testigo de los horrores del combate por toda Europa escribió algunos de sus mejores cuentos que después reuniría en Nueve Cuentos (1953). Se casaría dos veces y dos veces se divorciaría, hasta retirarse voluntariamente en 1967 a su granja en Cornish (New Hampshire), donde siguió escribiendo historias que nunca ha publicado.

Mi verdad

       Joyce Maynard, en la introducción a su libro Mi verdad (1998, existe edición española en Circe, 2000), escribió: «Cuando yo tenía dieciocho años escribí un artículo para una revista que cambió mi vida. Llevaba por título: «Una chica de dieciocho años contempla la vida». Se publicó en The New York Times Magazine con una fotografía mía en la cubierta de la revista. En él describía qué significaba hacerse adulto en los años setenta y manifestaba una honda sensación de cansancio y alienación del mundo. Hablaba de mi deseo de irme a vivir al campo y de apartarme del mundo. «El retiro me suena tentador», escribía.
       Entre los centenares de cartas que recibí tras la publicación del artículo una revelaba una profunda apreciación de mi escrito y la preocupación de que en años venideros pudiera haber quien quisiera explotarme. La persona que la escribió fue J.D. Salinger desde su casa de campo situada en lo alto de una colina, donde se había retirado hacía muchos años.
      Aquella primavera me embarqué en un correspondencia con Salinger. Me enamoré de la voz que escuché en sus cartas y, así que terminó el curso, le hice una visita. A los pocos meses abandoné los estudios y me instalé a vivir con él. Pasé la mayor parte de aquel año viviendo con él en un extraño aislamiento, trabajando en un libro y convencida —a pesar de los treinta y cinco años de diferencia que nos llevábamos— de que estaríamos siempre juntos. Poco antes de la publicación de mi libro Mirando hacia atrás, en primavera, J.D. Salinger me echó de su casa. Yo seguía desesperadamente enamorada de él». Ella misma subastaría la cartas que Salinger le había escrito durante su relación, hecho que provocaría un nuevo escándalo al poner de manifiesto relaciones con aspirantes femeninas a escritoras durante buena parte de su vida. Maynard termina su libro asegurando: «Si vendí la cartas no fue por venganza, tampoco una lealtad llevada hasta sus extremos me impidió venderlas. Las vendí porque creo que estarán mejor en manos de alguien cuyo aprecio de Salinger se base en un comprensible amor a su prosa que en la de alguien que cometió el caro error de vivir fantasías que es mejor dejar para la literatura». En el año 2002 se publicaron más de ochenta a Salinger escritas por escritores, críticos y admiradores. Lo cierto es que Salinger no dejó de escribir durante sus años de reclusión. «Hay una paz maravillosa en no publicar. Es pacífico. Tranquilo. Publicar es una terrible invasión de mi vida privada. Me gusta escribir. Amo escribir. Pero escribo sólo para mí mismo y para mi propio placer», dijo el escritor en una de las escasas entrevistas publicada por Lacey Fosburgh en The New York Times, en noviembre de 1974.

domingo, 9 de octubre de 2016

jueves, 6 de octubre de 2016

Pepe Cervera



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Crónica de una bohemia
(A propósito del libro, Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa)

 
       Realidad y ficción se funden en este curioso libro, Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa, de Pepe Cervera, cuya lectura es muy recomendable, tanto para quienes conozcan al bohemio sevillano como para quienes pretendan descubrir a un raro cuyo paradigma vital fue llegar a ser un artista de la palabra.
       Herman Bahr publicó un texto certero sobre Sawa, a quien había conocido en 1889: «Nunca he encontrado en mi vida una figura juvenil más hermosa, un Byron del proletariado, el beau ténébreux del Romanticismo hecho mendigo». Más adelante, Bahr escribe que la fama de Sawa corría de boca en boca e incluso llegaba a los pequeños rincones.
       Sawa es un moderno; un español moderno en frenéticos amores imposibles, furiosos y terribles. Alma robusta en gloriosa búsqueda de lo absoluto; cima y justificación de los grandes, solo comparable a Goya y Ribera. Alejandro Sawa nació un 15 de marzo de 1862, en Sevilla, donde pasaría sus primeros años, aunque consta que residió en Málaga, donde aprendió francés, y pasó por Granada, pues en el curso 1877-1878 obtuvo matrícula extraordinaria en la Facultad de Derecho de la ciudad. El joven inconformista llegó a Madrid en la década de los ochenta y allí permaneció durante algún tiempo, para luego viajar a París, Bruselas, el sur de Alemania e Italia, aunque siempre estaba de vuelta en la capital francesa.
Extraño personaje recordado por Baroja como «un pobre hombre sin ninguna penetración, moreno, con cierto aire apostolar, melenas y barbas negras»; y Manuel Machado lo recuerda como un bohemio incorregible: «volvió entonces de París hablando de parnasianismo y de simbolismo, y recitando por primera vez en Madrid versos de Verlaine. Pocos estaban en el secreto».

Sawa hoy
Hoy, sin lugar a dudas, Alejandro Sawa es un raro cuyos libros duermen arrinconados en la oscura balda de una no menos olvidada biblioteca y alejado de los lectores, tal vez un genio que vivió equivocado cada día de su vida, pero sin duda un escritor que había que rescatar y alguien como Pepe Cervera (Alfafar, Valencia, 1965) lo ha hecho de manera brillante, y además en un libro que titula, Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa (2016) un texto que se muestra como un juego cómplice con el lector, en el que Pepe Cervera ha cuajado a un tiempo una sucesiva colección de relatos, género que él domina, y una novela peculiar, un cuaderno de bitácora en su viaje a los años de la bohemia, unas memorias o. tal vez, el diario de una larga obsesión personal, y en el mejor de los sentidos, una suerte de ensayo sobre la voluntad artística, así como sobre las satisfacciones y los desencantos de una pulsión literaria.


La novela
       Pepe Cervera estructura y utiliza dos estilos que se alternan en su libro: cuando se trata de hablar del pasado, de Sawa y sus aspectos biográficos, se utiliza una prosa con reminiscencias decimonónicas, abundan las descripciones y circunstancias en torno al escritor sevillano, que se convierten en protagonistas y caracterizan toda una época. Pero cuando se trata de contar la propia obsesión, la del narrador valenciano su proceso creativo, que ha de explicar a los alumnos de un taller de escritura que imparte durante el tiempo en el que concluye este libro y la conversación que mantiene con su esposa, la prosa se transforma, existen menos descripciones y los arcaísmos de época desaparecen, y curiosamente no descubrimos desde cuando el interés de Cervera por la obra y vida de tan singular personaje, cuyas vacilaciones no deja de transmitir al lector a lo largo de su texto.

Sobre la bohemia
       Bohemia significó repudio del mundo burgués convencional, aspiración y originalidad, cosmopolitismo y paradoja, esteticismo y búsqueda de nuevas formas de afirmación en un creciente mundo europeo finisecular. Los oscuros, los excéntricos, los desconocidos que la sociedad deja morir en lenta muerte, los malditos, en realidad, víctimas anónimas de esa sociedad. La segunda bohemia del XIX fue un estado espiritual y su capital, obviamente, París; bohemia triste, frente a una primera galante, bautizada por Nerval y descrita por Murger. En España, por entonces, se hablaba de tumulto, paradoja, conciencia, paraísos artificiales, búsqueda de nuevas formas de afirmación, reflejo de ese mundo europeo finisecular señalado. En este panorama, escribe Iris M. Zavala, unos jóvenes, fundamentalmente de la periferia, se reúnen en Madrid o lo consideran su centro de convergencia: discuten, leen y opinan acerca de Bakunin, Kropotkin, Tolstoi, Nietzsche, en fogosas y acaloradas tertulias, mientras el sevillano, Alejandro Sawa, habla de Verlaine, Whitman, Baudelaire o Poe. Junto a él, Enrique Gómez Carrillo y Eduardo Zamacois que, como el joven escritor, aspiraban a fomentar el espíritu alerta y propagar las ideas innovadoras por medio de sus libros, en periódicos y en folletos, porque en letra impresa valdría cualquier instrumento. Con este motivo surgieron infinidad de revistas que unieron sus fuerzas: Don Quijote (1892-1903), Germinal (1897-1899), Vida Nueva (1898-1900), La Vida Literaria (1899), Alma Española (1903-1904), Helios (1903-1904) y La Anarquía Literaria (1905).







Pepe Cervera, Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa; Palencia, Menoscuarto, 2016.


martes, 4 de octubre de 2016

Lydie Salvayre



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NO LLORAR

       La bibliografía sobre nuestra Guerra Civil resulta abrumadora, excesiva y, en ocasiones, tan repetitiva como estereotipada. Lydie Salvayre (Autainville, 1948) consigue el Premio Goncourt por No llorar (2015), una novela que no se parece, salvo por el momento histórico, a ninguna otra visión sobre la contienda española, y se aleja del riesgo de aburrir a quienes hayan profundizado en el tema. ¿Por qué esta historia no nos recuerda a ninguna otra? Sin duda, por la perspectiva escogida entre otros aciertos, y porque no cae en tópico de contar el episodio aislado de una familia obligada al exilio en el país vecino tras la derrota en el 39. Admirable el desarrollo y el diálogo, con un atento intermediario, quien al mismo tiempo completa la historia ajena, entre la narradora y su hija, y además se identifica como un célebre escritor, famoso por su panfleto Los grandes cementerios bajo luna (1938); la primera en contar su experiencia, la madre de la autora, una anciana, que vive sus años juveniles y el comienzo de la guerra en un pueblecito leridano, y convierte a la hija en narradora del libro; el segundo, el católico francés Georges Bernanos, y su fugaz estancia en Mallorca,
       La madre nonagenaria de Lydie Salvayre cuenta a la hija sus vivencias en aquel verano de sus quince años, a la sombra de libertad, fraternidad, revolución y anarquismo, y su fugaz escapada a una Barcelona efervescente de comienzos de julio del 36. Una vez allí, Montse se siente fascinada por los acontecimientos que se suceden en la ciudad, conoce a un francés, que acaba de enrolarse para defender la República, y queda embarazada tras una noche de amor; nada más sabrá de él, así que vuelve al pueblo para ocultar su pecado, y entonces se casa con, Diego, el jefe comunista local, defensor sin reservas de la Unión Soviética; del otro lado, en mitad de esta conversación, el fantasma de Bernanos, instalado en Mallorca, disiente pronto de las ideas del bando nacional, por las que al comienzo se había sentido atraído, hasta que presencia la sangrienta represión franquista en la isla, y decide volver a su país.
       Salvayre hilvana dos visiones muy distintas, una ficción novelada o una crónica de esa revolución social y familiar, las Comunas de Aragón y la insurrección en Cataluña con la liquidación de trotskistas y anarquistas por orden de Stalin, y la victoria final fascista y su feroz represión. La narradora transcribe la historia de su madre, de su tío libertario y de su futuro padre, un joven estalinista, en una España roja que se debatía entre guerra y revolución, entre la libertad y la represión; todo en medio de mil contradicciones políticas y sociales, y con ello pretende devolverle la ilusión a su madre, y constatar que personajes como Bernanos, intelectual y comprometido, negaron la cruzada franquista y así convierte ambos testimonios en un curioso alegato en contra de la crueldad humana, y deviene su texto con un curioso lenguaje, que se completa con un acertado tono lírico. 











NO LLORAR
Premio Goncourt
Lydie Salvayre
Barcelona, Anagrama, 2015; 224 págs.

lunes, 3 de octubre de 2016

Desayuno con diamantes, 81



NUEVAS VISIONES DEL HORROR DE H. P. LOVECRAFT

H.P. Lovecraft vuelve a la actualidad literaria de la mano de las editoriales españolas, Acantilado, Nevsky y Periférica.

               
       El nombre de Lovecraft es sinónimo de ficción de horror. Sus numerosos libros, particularmente, los Mitos de Cthulhu, han influido en muchos de los autores de ficción a lo largo y ancho del mundo, y podemos encontrar elementos lovecraftianos en novelas, películas, música, videojuegos, cómics y dibujos animados. El mejor de los ejemplos, los villanos de Gotham City en Batman son encarcelados en el Asilo Arkham, y resulta que Arkham es un espacio inventado por Lovecraft. Muchos escritores modernos de terror, como Stephen King, Bentley Little y Joe R. Lanzadle lo han citado como una de sus más importantes influencias; en realidad, fue un escritor relativamente desconocido en su propia época. Mientras que sus historias se habían hecho un lugar en publicaciones como Weird Tales, mucha gente no conocía su nombre. A pesar de ello, mantenía regularmente correspondencia con otros escritores contemporáneos, como Clark Ashton Smith y August Derleth, gente que, con el paso del tiempo, se convirtieron en sus buenos amigos, incluso sin haberse nunca conocido en persona. Este nutrido grupo de escritores llegó a conocerse como el “Círculo de Lovecraft”. Después de la muerte del autor, el Círculo siguió contribuyendo a su leyenda. August Derleth fue, probablemente, el más prolífico de todos ellos, ya que amplió y extendió la visión de un curioso y excéntrico autor de novelas de terror y ciencia-ficción.

Biografía
               Howard Phillips Lovecraft, nació un 20 de agosto de 1890, en Providence, Estados Unidos, y murió el 15 de marzo, de 1937, en su ciudad natal. Autor de novelas y relatos de terror/ ciencia ficción, se le considera un innovador del género al que aportó una propia mitología, la de Cthulhu. El suyo es un terror cósmico materialista, una corriente que se aparta del típico satanismo o relatos de fantasmas, incluso incorpora elementos de ciencia ficción, con alienígenas, viajes en el tiempo, y otras dimensiones. Al pequeño Lovecraft le gustaba frecuentar parajes extraños y apartados para poder dar rienda suelta a su desbordante imaginación. En esos sitios (cuevas y arboledas alejadas) recreaba situaciones históricas, o se ensimismaba en la observación de pequeños detalles que, para el resto de las personas, pasaban inadvertidos, pero que a él le fascinaban: detenerse a escuchar a las hadas del bosque, incluso imaginar lo que podría existir en el espacio exterior. Quizás una de las razones por las que le gustaba tanto evadirse era por la estricta atadura a la que lo sometía su madre, diciéndole que él no debía jugar con niños de menor categoría, o insistiendo en que era feo y que nunca llegaría a triunfar.

Obra
 El trabajo de Lovecraft ha sido agrupado en tres categorías por algunos críticos. Mientras que el propio autor prefirió no referirse a estas clasificaciones, sí escribió en alguna ocasión: “Existen mis piezas Edgar Allan Poe y mis piezas Dunsany -pero- ¿dónde están mis piezas Lovecraft?” Las primeras, Historias macabras (1905-1920), a las que siguen Historias del Ciclo del Sueño (1920-1927) y, finalmente, Los Mitos de Cthulhu (1925-1935). Las pesadillas que sufría le sirvieron de inspiración para su trabajo, y quizá una visión directa de su inconsciente y su simbolismo explica su continuo revuelo y popularidad. Otra inspiración provino de una fuente insospechada: los avances científicos en áreas como la biología, astronomía, geología y física, que reducían al ser humano a algo insignificante, impotente y condenado en un universo mecánico y materialista, un pequeñísimo punto en la vastedad infinita del cosmos. A propósito de esto escribía, en La llamada de Cthulhu:

       “No hay en el mundo fortuna mayor, creo, que la incapacidad de la mente humana para relacionar entre sí todo lo que hay en ella. Vivimos en una isla de plácida ignorancia, rodeados por los negros mares de lo infinito, y no es nuestro destino emprender largos viajes. Las ciencias, que siguen sus caminos propios, no han causado mucho daño hasta ahora; pero algún día la unión de esos disociados conocimientos nos abrirá a la realidad, y a la endeble posición que en ella ocupamos, perspectivas tan terribles que enloqueceremos ante la revelación, o huiremos de esa funesta luz, refugiándonos en la seguridad y la paz de una nueva edad de las tinieblas”.

La sombra del tiempo
       Los relatos de Lovecraft, según Jon Bilbao, se erigen en un puente entre la alta cultura y la cultura popular, siendo la vaguedad y la abstracción dos de sus pilares. La casi ausencia completa de personajes femeninos, lo esquemático y similar de los protagonistas, lo parecido y previsible de los finales, como concluyentes en muchas ocasiones, la ideología que el autor deja traslucir, léase, reaccionaria, puritana y misántropo, o la adjetivación, resumen las características de la narrativa de Lovecraft. Lo importante en la construcción de esos personajes, es la fuerza a que se enfrentaban, de ahí ese concepto de apenas esbozados, o que el autor ofrezca un retrato parcial de ellos.  Javier Calvo, en la introducción, a la presente edición de La sombra fuera del tiempo (Ediciones Nevsky), habla del itinerario de los protagonistas de estos relatos, siempre el mismo, todos hacen un viaje al Otro Mundo, al reino de lo daimónico. El “Otro mundo” primigenio cambia de ubicación y de aspecto, dependiendo del relato, aunque siempre es el mismo. En La llamada de Cthulhu el profesor Thurston lo encontrará en los sueños de ciertos artistas y en una isla que emerge cíclicamente, Olmstead en su propia genealogía, en La sombra sobre Unnsmouth y el profesor Dyer, protagonista de En las montañas de la locura, en una ciudad antártica de cubos y conos. Y todos los ámbitos de un lugar primigenio tienen una característica común: se corresponden con regiones inexploradas del mundo moderno. Y añade Calvo, la crónica que hacen todos los narradores de Lovecraft de su experiencia en el Otro Mundo obedece a una auténtica operación freudiana: la compulsión de repetición,  ese impulso no del todo consciente ni voluntario de repetir actos desagradables o dolorosos que supone la única vía de escape.
       En las montañas de la locura (Acantilado), escrita en 1931, fue publicada por primera vez en 1936, en tres números de la revista Astounding Stories. Es un claro homenaje a Edgar Allan Poe, y a su novela inconclusa La narración de Arthur Gordon Pym. Un grupo de científicos de la Universidad de Miskatonic viaja a la Antártida para realizar diversos estudios y experimentos con una barrena en busca de material geológico. Se inicia la expedición desde Boston, Estados Unidos, el 2 de septiembre de 1930 y llega a la Isla de Ross. Mientras parte de ellos se quedan en el campamento base, otros parten en una especie de avanzadilla hacia el interior del continente. Por radio comunican a la base que han hecho un descubrimiento extraordinario: encontraron enterrados fósiles de unos seres que no saben si clasificar como animales o vegetales y que son curiosamente avanzados y evolucionados con extremidades en forma de estrella con puntos cerca de ellos que, en apariencia, pudiera ser un código.
       El caso de Charles Dexter Ward (Acantilado) es una novela corta escrita entre 1927 y 1928. Puede considerarse como una de las principales obras del autor. Basada en el conocido asunto de las Brujas de Salem en 1692, y ambientada en su Providence natal, el autor relata los extraños eventos que rodean al protagonista Charles Dexter Ward y a su misterioso antepasado, el ocultista Joseph Curwen, desaparecido en vísperas de la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos. Excelente combinación de relato policial con los mitos de Cthulhu y un emocionante duelo mágico como final. El personaje principal, Charles Dexter Ward, es un joven de una familia prominente y acaudalada que, al comienzo de la historia, se dice ha desaparecido después de un período de locura que se venía gestando desde hace un tiempo, acompañado por menores, aunque inquietantes, alteraciones fisiológicas. La historia se cuenta desde la perspectiva de la investigación del doctor Marinus Bicknell Willet sobre la causa que hizo perder la cordura a Ward, además de tan extrañas modificaciones físicas.
       El resucitador (Periférica) está inspirada, según el propio autor, en la novela Frankenstein, de Mary Shelley, y narra las investigaciones del Doctor Herbert West sobre la muerte y resurrección desde sus tiempos de estudiante hasta poco después de la Primera Guerra Mundial, en la que se alistará como cirujano junto a su mejor amigo y ayudante al mismo tiempo. “Sobre Herbert West, que fue mi amigo en la universidad y en años posteriores, sólo puedo hablar con extremo horror”, así comienza la narración. Es un relato breve, o mejor una novela corta cuya acción transcurre básicamente en dos de los lugares más emblemáticos de la ficción lovecraftiana: la ciudad de Arkham, y la universidad de Miskatonic. El resucitador, como sucede en otras narraciones de Lovecraft, es una extraordinaria obra de ciencia-ficción, porque cuenta la historia del visionario médico Herbert West y de su ayudante, que en este caso se convierte en el narrador. Ambos son tremendamente materialistas, y creen firmemente en la existencia del alma, y que la vida y la conciencia son el resultado de una mecánica biológica que no es dirigida o registrada por el cerebro, sino que podemos localizarla en la totalidad del cuerpo, de manera que si conseguimos infiltrar determinadas soluciones químicas, estas podrían ser capaces de resucitar a los muertos, siempre que se practique con la fórmula adecuada, y con la premura exigida, sobre cadáveres, especifica Lovecraft, frescos y poco dañados en sus órganos fundamentales. A esa tarea de localizar, y bajo la dirección imperativa del exaltado West, se encaminan los dos amigos. El relato se inspira en el Frankenstein (1818), de Mary Shelley, aunque Lovecraft va más lejos en sus miras científicas y en su horizonte de propuesta prescinde del papel decisivo del cerebro y propugna que cualquier parte del cadáver tratado químicamente puede volver a la vida con autonomía. La narración, por otra parte, introduce la figura de los zombis, los denominados muertos vivientes.
       Es verdad que, en ocasiones se cae en error de pensar que la imaginación sustituye al estilo. Lo “raro”, lo “extraño” e, incluso, lo “inexplicable” no aparece gratuitamente, y en los relatos de este autor de ficción, el horror está jerarquizado y, según manifiesta, Jon Bilbao, las historias de Lovecraft mantienen su protagonismo a lo largo del tiempo transcurrido, quizá porque la crítica y los lectores ha acabado con esa oscura traslación a otros ámbitos narrativos que los adscribía a una sola tendencia y así continúan siendo vigentes ante un público lector, plural y diversos y casi se convierten en un mito.
       El crítico norteamericano Edmund Wilson, tan temido como influyente, descalificaría a Lovecraft en un artículo publicado en 1945, cuando el autor de los mitos de Cthulhu empezaba a ser reivindicado y alcanzaba la popularidad y el respeto de los que hoy goza. “El único verdadero horror en la mayoría de estas ficciones es el horror al mal gusto y al mal arte”, escribió el implacable crítico de The New Yorker, quien, dicho sea de paso, también consideraba mediocre a Robert Louis Stevenson, no así a Edgar Allan Poe, claro antecedente de Lovecraft.