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domingo, 2 de octubre de 2016

Desayuno con diamantes, 81



NUEVAS VISIONES DEL HORROR DE H. P. LOVECRAFT

H.P. Lovecraft vuelve a la actualidad literaria de la mano de las editoriales españolas, Acantilado, Nevsky y Periférica.

               
       El nombre de Lovecraft es sinónimo de ficción de horror. Sus numerosos libros, particularmente, los Mitos de Cthulhu, han influido en muchos de los autores de ficción a lo largo y ancho del mundo, y podemos encontrar elementos lovecraftianos en novelas, películas, música, videojuegos, cómics y dibujos animados. El mejor de los ejemplos, los villanos de Gotham City en Batman son encarcelados en el Asilo Arkham, y resulta que Arkham es un espacio inventado por Lovecraft. Muchos escritores modernos de terror, como Stephen King, Bentley Little y Joe R. Lanzadle lo han citado como una de sus más importantes influencias; en realidad, fue un escritor relativamente desconocido en su propia época. Mientras que sus historias se habían hecho un lugar en publicaciones como Weird Tales, mucha gente no conocía su nombre. A pesar de ello, mantenía regularmente correspondencia con otros escritores contemporáneos, como Clark Ashton Smith y August Derleth, gente que, con el paso del tiempo, se convirtieron en sus buenos amigos, incluso sin haberse nunca conocido en persona. Este nutrido grupo de escritores llegó a conocerse como el “Círculo de Lovecraft”. Después de la muerte del autor, el Círculo siguió contribuyendo a su leyenda. August Derleth fue, probablemente, el más prolífico de todos ellos, ya que amplió y extendió la visión de un curioso y excéntrico autor de novelas de terror y ciencia-ficción.

Biografía
               Howard Phillips Lovecraft, nació un 20 de agosto de 1890, en Providence, Estados Unidos, y murió el 15 de marzo, de 1937, en su ciudad natal. Autor de novelas y relatos de terror/ ciencia ficción, se le considera un innovador del género al que aportó una propia mitología, la de Cthulhu. El suyo es un terror cósmico materialista, una corriente que se aparta del típico satanismo o relatos de fantasmas, incluso incorpora elementos de ciencia ficción, con alienígenas, viajes en el tiempo, y otras dimensiones. Al pequeño Lovecraft le gustaba frecuentar parajes extraños y apartados para poder dar rienda suelta a su desbordante imaginación. En esos sitios (cuevas y arboledas alejadas) recreaba situaciones históricas, o se ensimismaba en la observación de pequeños detalles que, para el resto de las personas, pasaban inadvertidos, pero que a él le fascinaban: detenerse a escuchar a las hadas del bosque, incluso imaginar lo que podría existir en el espacio exterior. Quizás una de las razones por las que le gustaba tanto evadirse era por la estricta atadura a la que lo sometía su madre, diciéndole que él no debía jugar con niños de menor categoría, o insistiendo en que era feo y que nunca llegaría a triunfar.

Obra
 El trabajo de Lovecraft ha sido agrupado en tres categorías por algunos críticos. Mientras que el propio autor prefirió no referirse a estas clasificaciones, sí escribió en alguna ocasión: “Existen mis piezas Edgar Allan Poe y mis piezas Dunsany -pero- ¿dónde están mis piezas Lovecraft?” Las primeras, Historias macabras (1905-1920), a las que siguen Historias del Ciclo del Sueño (1920-1927) y, finalmente, Los Mitos de Cthulhu (1925-1935). Las pesadillas que sufría le sirvieron de inspiración para su trabajo, y quizá una visión directa de su inconsciente y su simbolismo explica su continuo revuelo y popularidad. Otra inspiración provino de una fuente insospechada: los avances científicos en áreas como la biología, astronomía, geología y física, que reducían al ser humano a algo insignificante, impotente y condenado en un universo mecánico y materialista, un pequeñísimo punto en la vastedad infinita del cosmos. A propósito de esto escribía, en La llamada de Cthulhu:

       No hay en el mundo fortuna mayor, creo, que la incapacidad de la mente humana para relacionar entre sí todo lo que hay en ella. Vivimos en una isla de plácida ignorancia, rodeados por los negros mares de lo infinito, y no es nuestro destino emprender largos viajes. Las ciencias, que siguen sus caminos propios, no han causado mucho daño hasta ahora; pero algún día la unión de esos disociados conocimientos nos abrirá a la realidad, y a la endeble posición que en ella ocupamos, perspectivas tan terribles que enloqueceremos ante la revelación, o huiremos de esa funesta luz, refugiándonos en la seguridad y la paz de una nueva edad de las tinieblas”.

La sombra del tiempo
       Los relatos de Lovecraft, según Jon Bilbao, se erigen en un puente entre la alta cultura y la cultura popular, siendo la vaguedad y la abstracción dos de sus pilares. La casi ausencia completa de personajes femeninos, lo esquemático y similar de los protagonistas, lo parecido y previsible de los finales, como concluyentes en muchas ocasiones, la ideología que el autor deja traslucir, léase, reaccionaria, puritana y misántropo, o la adjetivación, resumen las características de la narrativa de Lovecraft. Lo importante en la construcción de esos personajes, es la fuerza a que se enfrentaban, de ahí ese concepto de apenas esbozados, o que el autor ofrezca un retrato parcial de ellos.  Javier Calvo, en la introducción, a la presente edición de La sombra fuera del tiempo (Ediciones Nevsky), habla del itinerario de los protagonistas de estos relatos, siempre el mismo, todos hacen un viaje al Otro Mundo, al reino de lo daimónico. El “Otro mundo” primigenio cambia de ubicación y de aspecto, dependiendo del relato, aunque siempre es el mismo. En La llamada de Cthulhu el profesor Thurston lo encontrará en los sueños de ciertos artistas y en una isla que emerge cíclicamente, Olmstead en su propia genealogía, en La sombra sobre Unnsmouth y el profesor Dyer, protagonista de En las montañas de la locura, en una ciudad antártica de cubos y conos. Y todos los ámbitos de un lugar primigenio tienen una característica común: se corresponden con regiones inexploradas del mundo moderno. Y añade Calvo, la crónica que hacen todos los narradores de Lovecraft de su experiencia en el Otro Mundo obedece a una auténtica operación freudiana: la compulsión de repetición,  ese impulso no del todo consciente ni voluntario de repetir actos desagradables o dolorosos que supone la única vía de escape.
       En las montañas de la locura (Acantilado), escrita en 1931, fue publicada por primera vez en 1936, en tres números de la revista Astounding Stories. Es un claro homenaje a Edgar Allan Poe, y a su novela inconclusa La narración de Arthur Gordon Pym. Un grupo de científicos de la Universidad de Miskatonic viaja a la Antártida para realizar diversos estudios y experimentos con una barrena en busca de material geológico. Se inicia la expedición desde Boston, Estados Unidos, el 2 de septiembre de 1930 y llega a la Isla de Ross. Mientras parte de ellos se quedan en el campamento base, otros parten en una especie de avanzadilla hacia el interior del continente. Por radio comunican a la base que han hecho un descubrimiento extraordinario: encontraron enterrados fósiles de unos seres que no saben si clasificar como animales o vegetales y que son curiosamente avanzados y evolucionados con extremidades en forma de estrella con puntos cerca de ellos que, en apariencia, pudiera ser un código.
       El caso de Charles Dexter Ward (Acantilado) es una novela corta escrita entre 1927 y 1928. Puede considerarse como una de las principales obras del autor. Basada en el conocido asunto de las Brujas de Salem en 1692, y ambientada en su Providence natal, el autor relata los extraños eventos que rodean al protagonista Charles Dexter Ward y a su misterioso antepasado, el ocultista Joseph Curwen, desaparecido en vísperas de la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos. Excelente combinación de relato policial con los mitos de Cthulhu y un emocionante duelo mágico como final. El personaje principal, Charles Dexter Ward, es un joven de una familia prominente y acaudalada que, al comienzo de la historia, se dice ha desaparecido después de un período de locura que se venía gestando desde hace un tiempo, acompañado por menores, aunque inquietantes, alteraciones fisiológicas. La historia se cuenta desde la perspectiva de la investigación del doctor Marinus Bicknell Willet sobre la causa que hizo perder la cordura a Ward, además de tan extrañas modificaciones físicas.
       El resucitador (Periférica) está inspirada, según el propio autor, en la novela Frankenstein, de Mary Shelley, y narra las investigaciones del Doctor Herbert West sobre la muerte y resurrección desde sus tiempos de estudiante hasta poco después de la Primera Guerra Mundial, en la que se alistará como cirujano junto a su mejor amigo y ayudante al mismo tiempo. “Sobre Herbert West, que fue mi amigo en la universidad y en años posteriores, sólo puedo hablar con extremo horror”, así comienza la narración. Es un relato breve, o mejor una novela corta cuya acción transcurre básicamente en dos de los lugares más emblemáticos de la ficción lovecraftiana: la ciudad de Arkham, y la universidad de Miskatonic. El resucitador, como sucede en otras narraciones de Lovecraft, es una extraordinaria obra de ciencia-ficción, porque cuenta la historia del visionario médico Herbert West y de su ayudante, que en este caso se convierte en el narrador. Ambos son tremendamente materialistas, y creen firmemente en la existencia del alma, y que la vida y la conciencia son el resultado de una mecánica biológica que no es dirigida o registrada por el cerebro, sino que podemos localizarla en la totalidad del cuerpo, de manera que si conseguimos infiltrar determinadas soluciones químicas, estas podrían ser capaces de resucitar a los muertos, siempre que se practique con la fórmula adecuada, y con la premura exigida, sobre cadáveres, especifica Lovecraft, frescos y poco dañados en sus órganos fundamentales. A esa tarea de localizar, y bajo la dirección imperativa del exaltado West, se encaminan los dos amigos. El relato se inspira en el Frankenstein (1818), de Mary Shelley, aunque Lovecraft va más lejos en sus miras científicas y en su horizonte de propuesta prescinde del papel decisivo del cerebro y propugna que cualquier parte del cadáver tratado químicamente puede volver a la vida con autonomía. La narración, por otra parte, introduce la figura de los zombis, los denominados muertos vivientes.
       Es verdad que, en ocasiones se cae en error de pensar que la imaginación sustituye al estilo. Lo “raro”, lo “extraño” e, incluso, lo “inexplicable” no aparece gratuitamente, y en los relatos de este autor de ficción, el horror está jerarquizado y, según manifiesta, Jon Bilbao, las historias de Lovecraft mantienen su protagonismo a lo largo del tiempo transcurrido, quizá porque la crítica y los lectores ha acabado con esa oscura traslación a otros ámbitos narrativos que los adscribía a una sola tendencia y así continúan siendo vigentes ante un público lector, plural y diversos y casi se convierten en un mito.
       El crítico norteamericano Edmund Wilson, tan temido como influyente, descalificaría a Lovecraft en un artículo publicado en 1945, cuando el autor de los mitos de Cthulhu empezaba a ser reivindicado y alcanzaba la popularidad y el respeto de los que hoy goza. “El único verdadero horror en la mayoría de estas ficciones es el horror al mal gusto y al mal arte”, escribió el implacable crítico de The New Yorker, quien, dicho sea de paso, también consideraba mediocre a Robert Louis Stevenson, no así a Edgar Allan Poe, claro antecedente de Lovecraft.

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