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domingo, 23 de agosto de 2020

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        El ruralismo mágico de Alejandro López Andrada

                           

       Los libros tienen su propia historia y el motivo de su origen cae en lo paradójico, con ellos disfrutamos de un curioso e indagador concepto que nos lleva, sorprendentemente, a descubrir el impulso que guía a un autor a elegir un tema y, una vez transcurrido el tiempo, quizá por un sugerente y no menos interesante concepto, a averiguar que eso mismo ha determinado el resto de su obra: un apunte autobiográfico, el pesimismo vital y la crítica social de una determinada época, la naturaleza y el medio ambiente, el recurso de la memoria, o incluso ese concepto universal, tan enigmático y escabroso, como el amor y la muerte por esgrimir algunos de los ejemplos de los primeros tanteos narrativos de Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, Córdoba, 1957) recién iniciada la década de los noventa con una primera novela que, treinta años más tarde, recupera la editorial Berenice en su colección “Contemporáneos”, La dehesa iluminada (2020) que, inauguraba entonces un acertado concepto que con el tiempo ha justificado ese toque de atención que nos hacía el narrador cordobés, la visión de la “España vaciada” que, ahora, en esta nueva edición se sustenta sobradamente por una justificación temporal, cuando advertimos, además, que la literatura española ha relativizado el paso de tiempo desde siempre, y el complejo mundo de la memoria y de los recuerdos cuyo devenir han subrayado en sus páginas autores de diversas generaciones, o le han dedicado al mundo rural y la naturaleza su atención en particular, novelas clásicas como El camino (1950), de Miguel Delibes, La lluvia amarilla (1988), de Julio Llamazares, o la reciente, Intemperie (2013), de Jesús Carrasco.



       Si cerramos los ojos durante unos instantes, cuando decidamos  abrirlos seguro que todo habrá cambiado porque la naturaleza inspira un relato inagotable, será entonces cuando observamos cómo las aves migran, el viento arranca las hojas de los árboles, las bayas han enrojecido y las zarzamoras o los arándanos, maduros, cubren el suelo donde pisamos, y si añadimos aún algo más de fantasía una suave brisa envolverá el espacio natural donde nos fundimos con el medio. La gente del campo, que vive el día a día por el reloj de las estaciones, guarda este y otros muchos prodigios en su memoria año tras año, porque para ellos sobrevivir en el campo es una dura tarea y la memoria es frágil, y si no se cultiva como la tierra también se vuelve yerma. Por eso hay que aferrarse a ella antes de que todo desaparezca. Una vida frenética nos tiene abocados a la crueldad de un sistema social que nos obliga a volver la vista a la sencilla existencia cotidiana que ocupó los días de nuestros antepasados en un medio rural, cuya vida, por áspera y hermosa, requería para sus moradores un mejor bienestar, fue la suya una existencia ligada a la tierra, donde sucedían todas las cosas mínimas e importantes que después el tiempo ha ido convirtiendo en un lejano pasado olvidado.
       Luis, un periodista afincado en Madrid, vuelve al pueblo donde nació para asistir al entierro de su padre. Tras un infortunado accidente, Celia, su esposa, hospitalizada y en coma, se debate entre la vida y la muerte, y mientras que sucede lo inevitable, ese mágico espacio rural irá reteniendo al protagonista al mismo tiempo que recuerda y evoca episodios y momentos de su niñez y de su juventud, un espacio rural que López Andrada ha sabido convertir en mágico, un ámbito que el narrador siente que se ha vaciado y que, inexplicablemente, lo irá atando poco a poco a ese mundo que una vez abandonó, y ahora de vuelta e instalado en la dehesa le devuelve sus inquietudes más elementales. La vuelta a la infancia, el dolor por la muerte del padre, la pérdida de amigos y de conocidos, sus relaciones con las buenas gentes del lugar, la incertidumbre y el miedo a perder, por un capricho del destino, a la mujer que ama irán transformando al personaje en un hombre taciturno, a veces reflexivo y sensible, que observa con detalle cuanto acontece a su alrededor y convierte en suyas las imágenes del campo en otro tiempo vivo y ahora abandonado; será entonces cuando, instalado definitivamente en la dehesa, una vez más reviva los olores perdidos y la magia de un paisaje que finalmente sintetiza en un añorado pasado que se convierte en realidad en el presente. 
       La dehesa iluminada es ese libro que muestra las obsesiones y el universo literario del cordobés López Andrada, y a través de sus páginas encontramos las claves en que mueve y reduce su pequeño mundo propio creado a su medida, un espacio concreto que describe con el tono nostálgico y obsesivo de un pasado que nos recuerda a las imágenes en blanco y negro de nuestros últimos años de la adolescencia. Para López Andrada buena parte de la magia del paisaje contiene sus buenas dosis de misterio, las sombras que desde siempre han acompañado la imaginación del adolescente que curiosea e investiga en su entorno, y no es ajeno a las profecías o a las supersticiones de los mayores criado en un mundo rural profundo, y que a los habitantes del lugar les dejaba el alma en vilo cuando observaban un campo de noches oscuras azotado por el viento, y ante semejante zozobra encontraban algo de consuelo en una cierta espiritualidad, y al final el paisaje era capaz de fundirse con el alma del narrador en ese desasosiego que convertía sus vivencias en una continua búsqueda de esa identidad que nos describe el narrador cuando se suceden en su vida esos continuos vaivenes que conforman buena parte de toda una existencia.
       Los personajes que nos va presentando el autor resultan tan humanos como entrañables, otros tan cicateros como mezquinos y por eso, tal vez, viven casi olvidados en esa absoluta soledad que conlleva el medio, porque su mundo se concreta en un espacio rural casi abandonado del hombre, donde el paso del tiempo agudiza ese involuntario aislamiento y una progresiva vejez los hará cada vez más frágiles frente al aislamiento y la enfermedad entre esos otros muchos males que acechan a los habitantes de la dehesa, y es así como descubrimos a los entrañables Abundio y a su madre, ella de carácter huraño y huidizo, él un pastor solitario que conoce el lenguaje de los campos, el canto de la perdiz, el triste silbo del arrendajo y el verdadero llanto del centeno en primavera; y frente a la sobriedad y humildad de estos personajes, más cercanos el hermano, Gerardo y Elena, la cuñada del narrador, siempre cargados de razón, y de quienes se alejará para instalarse en el caserón familiar; consigue una esperanzadora conexión fuera de la dehesa que establece con Eugenio Rodríguez, editor de una nueva revista, “Arcadia”, que en cierto modo justifica su vuelta al periodismo ecológico y cultural; no faltan esos curiosos personajes como Juanillón, el tonto de Veredas Blancas, que dedica su tiempo a poner trampas furtivas o el dueño de la taberna, Triburcio; en realidad, toda una galería de personajes que conforman el cotidiano vivir de ese espacio físico que Joaquín Pérez Azaústre ha calificado de “ruralismo mágico”, o esa otra manera de mirar e interpretar el mundo del cordobés López Andrada, cuya escritura, si cabe como fuerza mineral, nos imanta a la tierra. El protagonista queda envuelto, a lo largo de todo el relato, en una especie de sombría suerte que lo acompañará en una telúrica y continuada visión que empieza con el entierro del padre, seguirá con el de Celia, y culmina con el de su cuñada, tiempo después; solo el azar le devolverá esa vertiginosa paz de otro tiempo, respirará otra vez la luz de la dehesa, volverá a sentir en su sangre las cosas pequeñas, frágiles y sencillas, la brisa y el canto de los pájaros cuando sienta la cálida mano de Leonor, y una vez junto a ella se acerque en sus sueños a la dehesa iluminada.
        Alejandro López Andrada daba sus primeros pasos narrativos escribiendo con absoluta honradez, plasmando la realidad de un espacio geográfico elegido, y ya entonces era dueño de una particular habilidad para entregarnos lo mejor de sus conocimientos sobre el medio, y con La dehesa iluminada ha conseguido que el lector vea en sus páginas el mundo y la verdad de un pasado que va más allá de la mera anécdota personal, y se convierta en un relato donde, con un acentuado tono épico y lírico, el narrador ofrece una prosa cuidada que transpira vida, y en ese tránsito temporal el autor subraya que el tiempo es como una lámina neblinosa posada sobre nuestras almas o nuestros ojos, una lámina gris donde se depositan los recuerdos y los mejores momentos de nuestras vidas, instantes que durante algún tiempo son triturados con cierta misericordia y regurgitados, después por la curiosa evocación de la memoria. Hay, por consiguiente, abundantes y curiosos aciertos en esta novela que por su precisión logra esa justa y medida interpretación de la vida y de las circunstancias de estos personajes que realizaron, con el autor, un capítulo significativo de esa inmisericorde existencia de un pasado cercano, y son esa muestra de la mejor descripción de un mundo laberíntico para sobrevivir a las circunstancias de una España excesivamente dura.
       Hace treinta años inspirado por ese campo desierto y su latido, haciéndose eco de la memoria que se derrumba en esos amplios espacios como las ruinas, López Andrada buscó un lenguaje acertado para la desolación y atravesó con su mirada la belleza de esa dehesa iluminada, y hoy nos parece que fue ayer cuando nos perdimos aquella hermosa estampa.






La dehesa iluminada
Alejandro López Andrada
Córdoba, Berenice, 2020

       

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