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martes, 5 de enero de 2021

Las puertas del cielo y otros relatos

 

A la luz cambian las cosas: una aproximación a la narrativa breve de José Antonio Sáez

 

                                    “El cuento se hace con el ritmo de la palabra”.

                                                                   Ignacio Aldecoa


       El primer impulso para leer y conocer a un autor implica un sentido de absoluta responsabilidad, y en la medida de lo posible conlleva desentrañar las técnicas del género a que nos enfrentamos, sirviéndonos de las herramientas necesarias que permitan introducirnos en esa fase de lectura y comprensión posterior que nos otorgará el suficiente conocimiento para llegar al estilo, e incluso a las influencias que pueden derivarse de los textos a que nos enfrentamos.

       Un autor resume su poética literaria cuando concibe y sintetiza su obra, en este caso, unos textos narrativos breves; es entonces cuando, inevitablemente, un relato o un cuento, de más o menos extensión, se convierte en un experimento con la noción de límite o, tal vez, con esa manifiesta voluntad impuesta por el propio autor, como afirmara el argentino Ricardo Piglia, a propósito de un género literario que merece una reflexión ensayística lo más acertada, lo más oportuna posible y una perfecta identificación que nos sitúe, con absoluta seguridad, en el concepto tradicional de cuento, si aventuramos, entre otras características del género, la recapitulación de una síntesis capaz de resumir la noción de un buen relato, o de una narración breve.

       Andrés Neuman teoriza acerca de cómo habría de guardarse un secreto cuando se confecciona un cuento, y aventura que los relatos siempre suceden ahora porque no hay tiempo para más, y es, precisamente en las primeras líneas, donde un cuento se juega la vida, y observamos cómo los personajes simplemente actúan, y la atmósfera y la concreción recogen lo más memorable del argumento, entonces ese atisbo de lirismo contemplado se expresa y se convierte en la magia de la mejor expresión, la voz del narrador resulta tan inherente que apenas si se nota, y será en el ritmo donde se muestra el talento de su autor. Baste añadir que una frase, un párrafo, una página, pueden ser la extensión justa y medida, pero es verdad que el proceso a seguir para terminar un buen cuento es, siempre, callar a tiempo.

       El cuento calificado como un extraño género, considerado como el más antiguo del mundo, tardío en adquirir forma literaria, buscó su espacio en la literatura del pasado siglo XX, y sigue dando la batalla literaria durante el presente, convertido en imagen de esas sombras del tiempo que como género durante décadas ha ido abriéndose camino. Lo único que el cuento tiene de género menor, escribía Medardo Fraile en la década de los cincuenta, es que ocupa menos espacio y que pregona menos el nombre de su autor; todo lo demás si el escritor acierta, naturalmente, es difícil y grande. Nunca llegaremos a saber si los cimientos de la casa de la narrativa breve en este país aún se sacuden; o si cada cierto tiempo por una necesidad de sana reconsideración, transcurrido un período amplio como para tener una perspectiva mejor, editores, estudiosos, críticos y escritores, conscientes de su valor, vuelven a la carga con esa revitalización que presupone el género cuento, un hecho que no es necesario constatar porque esta característica forma narrativa goza de buena salud.

       El escritor José Antonio Sáez (Albox, Almería, 1957) nos obsequia en cada una de sus propuestas literarias con un prisma diferente en su faceta de creador consciente, y en este caso propone una colección de cuentos que, para algunos, exhibirán un matiz nuevo en su trayectoria literaria, un quiebro en la sugerencia de su quehacer poético, y esa posibilidad de seguir el curso audaz de un caudaloso río que necesitará desembocar en un auténtico mar de oportunidades, en el arte de la brevedad, con tantas posibilidades como nos ofrecen los textos de Las puertas del cielo y otros relatos. El autor reúne, con el paso de los años, su primer volumen de cuentos, un experimento que viene ensayando desde sus comienzos como poeta, algunos están fechados en los primeros años de la década de los ochenta, otros dilatados en el tiempo se convierten en algo tan nítido y limitado como todas y cada una de las miradas que el narrador otorga a su alrededor.

       El proceso narrativo que caracteriza, en su conjunto, a los textos de José Antonio Sáez, viene dado por su carácter mixto que es, fácilmente, reconocible en muchos de los elementos que subyacen en la proporción de una obra lírica, épica o teórica, aunque casi siempre predomina, al menos, una forma en el caso del poeta almeriense, la lírica, casi en exclusiva, como descubriremos en la mayoría de sus cuentos donde aparece una profusa y una exuberante descripción detallada de los objetos y de los paisajes, en las muchas sensaciones que el narrador aplica a sus historias, o nos sorprende con el diálogo de sus personajes, rítmico y ajustado, inexistente cuando acontece algo ajeno a ellos, sin que olvidemos la mirada comedida y atenta del narrador en todo el proceso que va creciendo con la historia, caso de la relación que se establece entre Roberto y Carlos, como leemos en “El extraviado de la Isleta del Moro”, Tere y el anciano Aniceto, con las conversaciones añadidas y las voces de los vecinos acerca de esta curiosa relación, en el no menos entrañable cuento, “Las puertas del cielo”; y aún más la relación entre madre e hija, muchos años después, y la mediación del religioso para explicar el sentido de fervor mariano de un relato que emociona, “La sala de los exvotos”, o la emotiva evocación lírica de un narrador en esa semblanza de la más absoluta belleza en “Flores de otoño para Elia”, y esa acertada recreación infantil que vivimos en “El caño de San Felipe”, un episodio descrito desde la perspectiva de un niño que, con el paso del tiempo, ha comprendido cuanto dejó atrás, un cuento que despierta nuestros sentidos y desarrolla su historia con un minucioso orden cuando recuerda episodios relacionados con la calle Escuadra, donde vivía la abuela, y sus vecinas; pero la mayoría de las descripciones que descubrimos en estas historias se basan en impresiones sensoriales y van dirigidas a los sentidos del lector, porque esos diálogos descritos, en ocasiones, resultan superficiales, y lo narrado gana en profundidad por el carácter de las exposiciones de gran intensidad y de fuerza creativa.

       El cuento literario forma parte del género épico aunque establece los límites que lo separan del resto de manifestaciones, y ocurre que cuando hablamos de este tipo de relatos, se formalizan las diferencias necesarias entre cuento y anécdota, fábula y alegoría, cuento de hadas, saga o leyenda que el almeriense incorpora a su colección, y una buena muestra es, “El sueño de Omalquirán”, que recrea la corte de Almotacín, rey de Almería, por boca de la princesa, descrita como la más dulce y soñadora joven que haya existido jamás en el orbe de Al-Ándalus. Mantuvo una relación muy estrecha con su sirvienta Gayat al Muna, y ambas tuvieron oportunidad de cultivar juntas su afición a la literatura. La princesa escribió poesías de amor, dedicadas a su pretendiente, un joven de Denia llamado Asamar, así que José Antonio Sáez describe el ambiente lírico y festivo entre moaxajas y zéjeles que conforman la vida de corte al margen del carácter político y militar del momento en la taifa de Almería.

 



 

       Una primera parte, o bloque con seis cuentos de una variada extensión divide al libro, y mención aparte merece, “Virginia Woolf no pudo amarme”, un relato más extenso, con estructura de novela corta, porque muestra un enfoque diferente, y algo más dilatado en el tiempo sobre la situación que se describe, o sobre la vida humana individual en cuanto proceso abierto hacia un futuro sin determinar, y que tiene como tema el desarrollo individual de uno o varios personajes, y el interés se centra en esta historia de amor; en la exposición de la personalidad de sus personajes se vislumbra un proceso de maduración y la narración se interrumpe sin que el lector entrevea ese final; lo importante es la descripción de la evolución en la vida en común de unos jóvenes que, como en muchas ocasiones, recoge ese despertar al primer amor, la fascinación entre universitarios y su entusiasmo acerca de la literatura y su entorno. El relato se centra en Virginia, y cuanto sabemos de ella a través de un personaje-narrador, cuyo nombre poco importa, pero es quien maneja todo el desarrollo de la historia que, en realidad, cierra una etapa que ambos viven al hilo de ese suceso principal que se nos quiere contar y que desencadena, en realidad, el argumento de esta breve novela con forma de evocación de un pasado juvenil.

          Un segundo bloque, o segunda parte, reúne una colección de Prosas recuperadas, cuarenta y cuatro en total, que se convierten en ficciones de una variada extensión, y de una temática no menos heterogénea, que bien se acercan a una divulgación sobre diversos aspectos que interesan o sobre los que pretende escribir con elegancia y libertad absoluta el narrador. Son textos de pequeña extensión que sugieren puntos de vista donde se rastrean paisajes o sentimientos benignos y compasivos, relatos sobre miserias humanas y esas luces que nos conducen a una ansiada claridad, y como textos inteligentes tienen mucho de proposición y de hipótesis con la peculiaridad de la sugerencia, incluso esa acusada preferencia que el relato o cuento tiene por las imágenes, porque utiliza en numerosas ocasiones palabras y expresiones de un sentido más amplio, o se sirve de metáforas y símbolos, puesto que un acusado acento lírico se convierte en esa afinidad que encontramos en unos enunciados de profunda semejanza entre el concepto de poesía lírica y cuento literario; y cabría pensar aún en esa definición de poesía narrativa y prosa lírica como ocurre en los textos que reúne José Antonio Sáez y que, de alguna manera liberan, para él, ese aislamiento del yo; también, para poner en verso libre algunos de esos pequeños relatos que ha ido hilvanando con el paso del tiempo porque se pueden traducir como instantáneas íntimas que ocupan una página o dos, una extensión calculada donde abundan las imágenes, las cadenas de asociaciones o las descripciones de ambientes que producen la misma impresión que un verso. Algunos ejemplos, “Diván de melancólicos” o “Edén de las cenizas”, mantienen ese contenido narrativo que el escritor almeriense ha querido darles porque su intención ha sido, espaciados en el tiempo, dotarlos de una especial pincelada a toda esa serie de sucesos, impresiones y hechos cotidianos que hieren nuestros sentimientos, o como “Campanadas de año nuevo”, “El impedido”, y “El tiempo perseguido”. En este ámbito intermedio entre lo lírico y lo narrativo encajan esas asociaciones que saltan de un objeto a otro, y de una imagen a otra, casi oníricas, “El hijo pródigo” o “Extraños en el paraíso”, escritas con una prosa cuidada, musical, fluida y repleta de efectos de luz y de color que, de alguna manera, envuelven y atraen al lector hacia aquella zona del alma en que, en ocasiones, no rige ni la lógica ni la razón, caso de “Los frutos del granado” o “Meditación”, aunque el lirismo constituye en ella esa finalidad en sí hasta el punto de que sirven como ejemplo de que en el cuento lo lírico es un elemento más a tener en cuenta, aunque no sea el único, porque no debemos desdeñar el concepto de romance que mezcla lo lírico, lo épico y lo dramático. Otros temas asoman en este singular proceso narrativo, la insistente búsqueda de un paraíso, el amor físico o espiritual, el dolor y la enfermedad, la abnegada visión de la muerte, la incomunicación o el curso del paso del tiempo, o ese beneplácito efecto de la inocencia. La frontera entre cuento y prosa poética se desvanece en aspectos de una pluralidad indudable porque existe esa transición de un concepto a otro, así como las suficientes subordinaciones que queramos apreciar, sobre todo en esta última colección de textos, y es así como este libro, Las puertas del cielo y otros relatos, en su conjunto, nos exime de escoger el sentido último de su exclusiva noción narrativa con una absoluta libertad de criterio propio.

          El cuento, querido lector, si has llegado hasta aquí, te hará meditar porque un relato es capaz de mostrar nuestro mundo como si todo cuanto apreciáramos en él quedara reflejado en una vidriera policromada, y estoy convencido que, en un sentido amplio, sacudirá tu corazón y convertirá tu alrededor en ese evidente concepto que calificamos de visión metafísica pura, mezcla de una realidad que nos ayudará, tanto a ti como a mí, a vagar y a fantasear, a pensar que todo aquello que se cuenta en sus páginas es verdad, y aún te aseguro que, como afirmaba el maestro Medardo Fraile, cuando un escritor hace un buen cuento moja su mano en agua bendita, y con ese gesto se limpia de cualquiera de los muchos pecados veniales.

                                                                                         Pedro M. Domene         

                          Cuaderno de bitácora durante la pandemia, marzo-junio, 2020.

1 comentario:

  1. Muchas gracias, Pedro, por tu interés y tu trabajo sobresaliente. Eres una autoridad en cuanto escribes con honradez intelectual y sabiduría profesional.

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