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martes, 22 de noviembre de 2016

Javier Reverte



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TRILOGÍA DEL DOLOR


       Javier Reverte (Madrid, 1944) reparte su pasión viajera con la literatura o quizá la pasión de su curiosidad con la narración de sus aventuras. Quizá haya que ver en su prosa el deseo de que su ficción se concrete en la mirada atenta de una realidad comprometida. Este trotamundos moderno ha conseguido el éxito, del público, con sus últimos libros de viajes, El sueño de África (1996), Vagabundo en África (1998) y El corazón de Ulises (1999), aunque anteriormente había ensayado el género narrativo en novelas como El penúltimo día (1981), Sinfonía bárbara (1983), Lord Paco (1985), Campos de fresa para siempre (1987), La dama del abismo (1988) y recientemente, Todos los sueños del mundo (1999). Las tres novelas que ahora se reeditan bajo un sólo título común Trilogía de Centroamérica (2000) habían aparecido, por separado, en distintas épocas de su vida y cuando el autor pretendía abrirse camino como una novelista documental. Los relatos en cuestión, de variada suerte entonces, son Los dioses bajo la lluvia (1986), crónica de la Nicaragua sandinista; El aroma del copal (1988), la Guatemala del genocidio indio; y El hombre de la guerra (1994), situada en una Honduras de incertidumbre. Datos de veracidad manifiesta, descripciones casi de cartógrafo, con una excelente ambientación, una profusa documentación histórica que, pese al paso del tiempo, sigue siendo útil y, sobre todo, una excelente ficción completan la visión que el joven reportero quiere transmitir a sus lectores, dotando a estas historias de situaciones y de personajes que ofrezcan el sentido trascendente de una crónica pero con pleno sentido literario. Hay, efectivamente, algo de crónica, como señala Reverte en el prólogo escrito para esta edición, y también algo de viaje, pero se auxilió de la ficción para dar mayor vigor y hondura a lo relatado. Estas historias se convierten en un paradigma para expresar una idea y sobre todo una intención
       En realidad, los tres textos de Reverte, dueño absoluto ya de un método de conocimiento para cuanto ve y acerca de lo que escribe, son relatos autónomos que el lector bien puede leer en función de su interés por una u otra causa. Aunque, en realidad, por los tres se extiende la crónica de la soledad del alma humana, de sus miserias, incluida el hambre y la guerra, el dolor y la muerte. Están contadas en tercera persona, con abundantes diálogos que favorecen una reposada lectura, mientras el narrador, desocupado de la tarea de la descripción psicológica de sus personajes, se recrea en el paisaje, el ambiente, la atmósfera, para demostrar su admiración o devoción por una causa y para señalar que el infierno, definitivamente, se encuentra en la tierra. Unos relatos que siguen tan vigentes como hace unos años. Estas historias nos devuelven una manera de sentir, de advertir una forma de vida diferente, propio de esas imágenes que nos asaltan cada día en las noticias de las tres y de las nueve, y también es otra forma de equiparar el alma humana, como de una abnegación absoluta, cuando los códigos sociales y morales están hoy en plena decadencia. Quizá por todo esto las historias de Reverte terminen mal, porque desde hace ya algún tiempo, estos seres, han renunciado a la felicidad y en los pueblos en los que habitan las tiranías niegan todo tipo de oportunidad.






TRILOGÍA DE CENTROAMÉRICA
Javier Reverte
Plaza & Janés, Barcelona, 2000

lunes, 21 de noviembre de 2016

Desayuno con diamantes, 88



LO IMAGINARIO Y LO ERUDITO EN MARCEL SCHWOB
Páginas de Espuma edita la totalidad de sus Cuentos completos.


       El caso de Marcel Schwob (Chaville, 1867- París, 1905) es uno de esos escritores ocultos y poco leídos que con el paso de los años ha convocado a toda una legión de devotos, y organizado una auténtica sociedad tan secreta como clandestina para venerar su escritura. Durante el pasado siglo XX su sombra se extendió con tanta suerte y proyección que no sólo llegó a un genio como Borges, sino que el celebrado novelista norteamericano, Faulkner, tomaría buena nota de uno de sus libros singulares, La cruzada de los niños, una historia fascinante por su belleza y horror que nos cuenta la leyenda de una expedición infantil al Santo Sepulcro. Schwob consigue sostener su ficción con un breve dramatismo, una memorable visión del paso del tiempo, una especial originalidad en la forma de contarla, escapó de los cánones narrativos de la época, y huyó del realismo de Émile Zola, cuyos textos dominaban en la Francia literaria del momento; su narración resultó una historia contada con una sencillez endiabladamente compleja, construida con diez informaciones muy subjetivas acerca de un solo hecho, narrada por los implicados en el relato: diez versiones, diez voces, combinándose en la exposición del drama. La estructura de un texto breve como, La cruzada de los niños, fue adoptada en Luz de agosto, y Bolaño la tendría en cuenta para Los detectives salvajes.
      
Cuentos completos
       Mauro Armiño señala, en un documentado y amplio “Prólogo” a Cuentos completos (2015), que cuando Schwob irrumpió en la escena literaria francesa de finales del XIX imperaba la premisa de Zola, “el autor de novelas debe borrarse tras un anonimato que le permita el análisis de la realidad, y así conseguir ver tras una lente de aumento”. Schwob proponía lo contrario: era el individuo quien interesaba, “una esencia única que flota por encima de los acontecimientos históricos, de las condiciones económicas”. Para él, arte era lo contrario de las ideas generales: “El arte sólo describe lo individual, no desea más que lo único”.
       Sus textos están llenos de iluminaciones, se abren a constantes caminos de nuestra imaginación. Bajo el título de Cuentos completos, la editorial madrileña, reúne los libros de relatos que Schwob publicó en vida, escritos en el increíble breve periodo de tiempo de 1891 a 1896 —Corazón doble, La leyenda de los mendigos, El rey de la máscara de oro, Mimos, El libro de Monelle, Vidas imaginarias, La cruzada de los niños, La estrella de madera y una última sección, Cuentos no recogidos—, conjunto de relatos que quedaron dispersos o inéditos. Para Marcel Schwob el mundo se representa como una mezcla de terror y de piedad, dos pasiones extremas que el alma humana debe equilibrar. Así es como debemos leer y entender la mayoría de su literatura, y una excelente muestra esta edición de su narrativa breve que, cronológicamente, empieza con Corazón doble (1891), un volumen de 34 relatos que, entre lo histórico y lo fantástico, llevan al lector a través de los siglos en un viaje por la indiferencia y la piedad, por la caridad y el terror. Entre esos dos polos sitúa Schwob el objetivo del libro: “llevar, por el camino del corazón y por el camino de la historia, del terror a la piedad, mostrar que los acontecimientos del mundo exterior pueden ser paralelos a las emociones del mundo interior, hacer presentir que en un segundo de vida intensa revivimos virtual y actualmente el universo”. En esa declaración quedan fijadas muchas claves de su obra que, como crítico, se mantuvo ajeno a las corrientes historicistas y a la crítica psicologista del positivismo; fue un inventor de imágenes y de voces, un autor al margen de las corrientes y modas, dotado de un inusual talento para ocultar o para olvidar su existencia detrás de las vidas que imaginó, pero sobre todo para vivir en la literatura más que en la realidad. El rey de la máscara de oro (1892) reúne sus relatos más notables, “La peste”, “Las embalsamadoras”, “La máquina parlante” o el que da título al conjunto, donde con tono afligido y sugestivo se desentraña una historia sobre la apariencia y la falsa realidad que, pese a un final un tanto trivial, subyuga al lector por su excelso tratamiento narrativo. En Mimos (1893), seguirá la obra del poeta Herodas, autor de unas pequeñas escenas teatrales, aunque el francés ensaya un nuevo juego donde la realidad, a través de la poesía y de lo simbólico, entrelaza con la ficción para componer algo indistinguible. Un paréntesis narrativo le lleva a El libro de la Monelle (1894) una de sus obras más conocidas. Dividido en tres partes, la primera es una declaración de intenciones, una sucesión de pensamientos, entre la destrucción y la renovación, un auténtico desfile de personajes arquetípicos que enlazan con su obra anterior, las hermanas de Monelle convertidas en aproximaciones poéticas al comportamiento humano, y una tercera parte dedicada a la propia Monelle, rodeada de niños, caminando frágilmente hacia la muerte, envuelta en un misterio, protagonista de múltiples enigmas. Vidas imaginarias (1896), su libro más conocido, es su obra de madurez con respecto a sus propuestas anteriores que se sustenta por unos mismos principios. Vidas de personajes reales en las que Schwob celebra una ceremonia de la confusión: todo es real, excepto algunas cosas. Desde la antigüedad clásica a notorios piratas desfilan por sus páginas en dudosas biografías que no son ciertas. Un escritor está capacitado para algo que no lo está el historiador: dar vida a unos personajes de los que el resto solo pueden levantar acta de defunción. La estrella de madera (1897), relata la conmovedora historia de Alain, niño criado por su abuela entre las carboneras del bosque. Un día Alain descubre el brillo de las estrellas y decide partir hacia el llano en busca de alguna para poder encenderla. Como en las buenas historias de carretera, existe búsqueda y aprendizaje, con detalles justos y la precisión que emana de los sabios.

Últimas propuestas
       La cruzada de los niños será uno de sus últimos relatos, y en su planteamiento remite constantemente a El libro de la Monelle, quizá equivocadamente. Esos niños que marchan hasta Jerusalén, ante el estupor de los adultos, esa historia contada a través de distintas voces, los niños o los Papas (frente a esa religión desbordada), es el relato inocente de un viaje utópico; o de una deriva humana general. Se añaden, al conjunto de estos Cuentos completos, algunos relatos nunca publicados como un conjunto unitario, doce en total más una novela inacabada, Pupa. Escenas de la vida latina. Y nos queda una curiosa sorpresa, “Maua”, el último de los relatos, un objeto extraño difícilmente identificable: un cuento pornográfico. Como si la última vida imaginada fuera la suya, la vida de un escritor que amó a muchos escritores, que fue amado por otros tantos, que dejó una obra intensa, sobre otros hombres y que creyó en otros mundos, todos ellos próximos, todos ellos poéticos, todos ellos maravillosos.
       En Marcel Schwob, según el poeta José Emilio Pacheco, “los términos “creación”, “gloria” e “inmoralidad” vienen refutados por su propia personalidad. No es un autor que crea o inventa, como todos, sino que su literatura partirá de otros textos. En sus manos el palimpsesto se convierte en palintexto: escritura sobre lo escrito que no por ello es menos imaginativa ni original”.







Marcel Schwob; Cuentos completos; ed., y trad., de Maura Armiño; Madrid, Páginas de Espuma, 2015; 738 págs.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Hoy tomo café con…



Luisgé Martín
“La homofobia es fundamentalmente un acto de ignorancia, de desconocimiento de la realidad”.




     Luisgé Martín (Madrid, 1962), licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid y MBA por el Instituto de Empresa; galardonado con el Premio Ramón Gómez de la Serna de narrativa, el Antonio Machado y el Vargas Llosa de relatos, y el Premio Llanes de Viajes. Publicó su primer libro en 1992, Los oscuros, una singular colección de cuentos, y las novelas La dulce ira (1995), La muerte de Tadzio (2000) y Los amores confiados (2005). En Anagrama ha publicado sus últimas novelas La mujer de sombra (2012), acogida unánimemente como una obra maestra, La misma ciudad (2013), La vida equivocada (2015) y recientemente, El amor del revés (2016). Desde el año 2010 publica un blog "El infierno son los otros".

Por fin, y después de muchos años, se considera un ser humano.

     Hace ya tiempo que creo que llegué a ser un ser humano, pero costó mucho esfuerzo. La metamorfosis en este caso no fue, como la de Kafka, asunto de una noche. Tuve que ir cociéndola.

Tanto tiempo para poder arrepentirse le llevan a El amor del revés (2016).

       Para poder arrepentirme y para poder, sobre todo, construir la identidad. Todos tenemos una larga fase de moldeamiento personal en la adolescencia. En mi caso fue más extraña y más difícil porque tenía que luchar contracorriente, como los salmones.

¿Se necesita ser valiente para firmar tan descarnada confesión, o tal vez es el final de un tortuoso camino del había que dejar constancia?

       Yo creo que es más un desenlace que un acto de valentía. La valentía es la de aquellos que confesaron cuando el peligro era real, cuando corrían el riesgo de arruinar sus vidas, de perder afectos, de ser excluidos. Mi única valentía es la de mostrar mi fragilidad y sus causas.

¿Por qué esa insistencia en curarse de sus miedos y de sus contradicciones?

       Esa insistencia es la de todos. Todos querríamos curarnos de nuestros miedos, vivir con despreocupación. Y todos querríamos no tener contradicciones, o al menos contradicciones graves. Lo que me diferencia de la mayoría es que mi miedo era pánico y mis contradicciones durante muchos años eran esenciales: me negaba a mí mismo. 

Foto Laura Muñoz


Tras poner el punto y final a este libro, ¿ha dejado de sentirse cucaracha?

       Hace mucho que no me siento cucaracha, que vivo con normalidad. Pero en El amor del revés dejo constancia de que lo que ha sido nunca de ser del todo. O, en otras palabras, que las grandes carencias que uno siente en el periodo de formación nunca desaparecen, aunque se haya curado. Es como las enfermedades que dejan cicatrices en la sangre: uno puede estar libre de la tuberculosis, pero si le hacen un análisis de sangre descubren que la tuvo.

De todas formas, permítame señalar que usted nunca ha dejado de manifestar su condición homosexual en sus relatos y novelas, Lo que no se dice (2014) y La vida equivocada (2015) ¿es así?

       Mi segunda novela, La muerte de Tadzio, hablaba con claridad meridiana de la homosexualidad, y en todos mis libros ha estado de una u otra forma presente la sexualidad oscura, el amor que tenía que ocultarse. Los amores confiados, que era mi novela más autobiográfica, tampoco dejaba lugar a dudas. En la literatura nunca he podido traicionarme mucho.

Sus relaciones con una educación religiosa marcaron su futuro, ¿en la España de su adolescencia esta institución formaba parte de ese “franquismo sociológico” que controlaba nuestras vidas?

       Sin duda. El nacionalcatolicismo, sostenido sobre todo por las personas que decían ser apolíticas, que creían no tener ideología, era el pensamiento del que brotaban todas las incontinencias de aquella España. La Iglesia estaba detrás, acechante, marcando el paso. Toda la moral sexual viene de los púlpitos, huele a incienso.

¿Alguien puede considerar El amor del revés como una cura a la homofobia?

       Ojalá. Yo quiero evidentemente que el libro sea algo más que eso, pero desde luego me encantaría que los homófobos los leyeran y que pudieran comprobar que todos sus juicios son sólo prejuicios. La homofobia es fundamentalmente un acto de ignorancia, de desconocimiento de la realidad. El amor del revés cuenta la historia de un niño que de repente se despierta y descubre lo que es.

¿Cómo enmarcaría su condición sexual juvenil, transcurrido el tiempo, con su futuro como escritor?

       Siempre he creído que la creatividad exige tristeza. Los seres felices —en un sentido laxo, al menos— no escriben ni hacen sonatas ni pintan cuadros. En cualquier artista hay un desgarro. A veces ese desgarro nace porque el mundo te ha excluido de sus planes, como en el caso de los homosexuales, y a veces nace de asuntos más invisibles. En este sentido, en todo caso, mi condición sexual tuvo que ver en mi perdurabilidad como escritor. Pero yo empecé a escribir a los ocho o los nueve años. Y por entonces no tenía sexualidad. 

Foto Rai Robledo

¿Y la familia?
      
       La familia tiene poco o nada que ver con mi actividad literaria. Ni como espejo ni como modelo. Mis padres me dieron todas las herramientas que necesitaba para vivir con una cierta libertad intelectual y para desenvolverme en el mundo, pero no eran grandes lectores.

¿Esta autobiografía sentimental, por definirla de algún modo, servirá para construir una nueva sociedad?

       Sería muy soberbio por mi parte pensar algo así. En realidad no creo que ahora, por desgracia, haya ningún libro que pueda construir mucho, los escritores somos pequeños parias sin influencia. Pero si El amor del revés sirviera para cambiar algún código de conducta y para crear en una pequeña medida una sociedad en la que el recelo hacia las minorías desapareciera, yo sería feliz.

Finalmente, ¿ha traspasado esa oscuridad de su juventud, ha dejado de sentirse engañado, menos extraño y despreciable, y sobre todo ha vencido su soledad?

       Está claro que sí. Podría hacer literatura existencial y decir que a partir de una determinada edad no hay nadie que no sepa que está solo, que nació solo y que morirá solo. Pero más allá de eso, en lo que se refiere a los asuntos que trata El amor del revés, es evidente que aquel niño cucaracha y este escritor son personas distintas.

Una última pregunta, ¿y ahora qué?

       Ahora muchas cosas. Estoy viviendo mi mejor momento creativo, estoy lleno de proyectos y de ideas. Quiero descansar un poco porque necesito tiempo para reposar, pero me están esperando varias novelas y varios proyectos literarios que no son novelas.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Marcos Giralt Torrente



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NADA IMPORTA NADA



       Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) recupera en su primera novela, París (1999), el atormentado pasado familiar del protagonista del relato, contado desde el presente, con unos padres cuya sombra se ha diluido por el paso del tiempo. Hace años que el joven no sabe nada de su padre, alguien que un día decidió no volver a casa, y la madre con quien ha pasado los años de su adolescencia, se encuentra, moribunda, en un hospital. La sombra de la duda acerca del comportamiento de ambos campea sobre la mente de este hombre treintañero que ahora, casado, rememora, episódicamente algunos sucesos de esta triple relación.
       A lo largo de las trescientas páginas de la novela, Marcos Giralt Torrente, autor de dos colecciones de relatos, Entíendeme (1995) y Nada sucede solo (1999), nos irá presentando los personajes de la misma, en un relato que el propio narrador protagoniza, un papel complejo porque se trata de contar y ser juez al mismo tiempo, testigo y víctima de unos adultos que nunca habían apostado por la sinceridad de su existencia. En esta indagación que inicia el joven narrador con su relato, podemos enterarnos de un buen puñado de historias familiares que, psicológicamente tratadas, conforman el sentido último del relato: las apariencias de ambos adultos esgrimidas durante años, el lado oscuro de buena parte de la vida del padre, el sinsentido de la mentira a toda su existencia, la falta de identidad, la dialéctica entre el valor de un pasado y los resultados del presente, el precio de la memoria, la búsqueda de la verdad y finalmente la ilusión de alcanzar ésta. Pero además, la novela, contiene la posibilidad de ofrecer el retrato de unos personajes singulares, como el de un padre que con el tiempo se ha convertido en un ser acabado, capaz de delinquir, enigmático, con un perfil que da la talla, pese a lo esbozado de su descripción en el relato y que, literariamente hablando, está conseguido hasta el punto de que el lector no tiene por qué sentir despecho hacia él. La madre se convierte en ese personaje de consabida situación en nuestra historia reciente, una esposa rendida a la apariencia de un matrimonio sinsentido, llevado a cabo desde la juventud, pese al beneplácito de los padres y que con el paso del tiempo se ha convertido en la imagen de esa tolerante actitud que han ejercido algunas de las mujeres de nuestro pasado, pero que, en alguna, ocasión ha tratado de rebelarse, como su fallida huida a París, una episodio que el joven narrador tendrá siempre presente, que recrea a lo largo de su historia y le sirve para dar título a su novela.
       La densidad del relato cobra virtualidad por la destreza en la estructura empleada por el joven Giralt Torrente, calcula y dosifica unos capítulos que pretenden ser eficaces, sobre todo porque se trata de ahondar, íntimamente, en conflictos muy particulares que por la fuerza imaginativa del narrador, llegan a ser eficaces, sobre todo porque de lo que se trata es de recuperar algunas zonas oscuras, enfrentarse a la figura de un padre desdibujado y romper con el extrañamiento que tenía la madre acerca de algunas situaciones de su pasado. Las emociones y las sensaciones del narrador quedan, pues, explicitas en un relato pormenorizado, cuyo sentido último es comprendido por el lector.






PARÍS
Marcos Giralt Torrente
Premio Herralde de Novela
Anagrama, Barcelona, 1999.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Curiosidades



Dos excelentes noticias:

Ángeles Mora, Premio Nacional de Poesía: melancolías y amores

Por su poemario, Ficciones por una autobiografía; Bartleby, 2015


Cristina Fernández Cubas, premio nacional de Narrativa

Los cuentos de esta escritora reciben el galardón por mezclar "con maestría lo cotidiano y lo fantástico", La habitación de Nona, Tusquets, 2015

jueves, 17 de noviembre de 2016

Pilar Mañas



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INSTANTES

    Pilar Mañas (Aranjuez, Madrid, 1952) muestra en las páginas de La piel del frío (2000), su segunda compilación de cuentos tras El salario de seda (1996), una mirada singular sobre diversas formas y expresiones en torno al concepto del amor, en realidad, relata una variada sucesión de instantes surgidos durante una larga convalecencia en un pueblo del Sur, imaginados sobreviviendo en una casa modesta, un hermoso lugar rodeado de montes pelados y cubiertos de nieve buena parte del año. Anotaciones en un cuaderno donde iba apuntando las emociones secretas en torno a unos personajes inventados y a un tema desconocido para su autora en aquellos momentos. Lugares, por otra parte, revividos del pasado, en el entorno de la infancia, la adolescencia y la juventud o rememorando un mundo donde ajustar las cuentas a un destino que desde siempre le había sido adverso. Después, su vida, ha transcurrido en la hermosa ciudad de Granada, donde trabaja y ha ido construyendo su mundo literario, este mismo año entregando una obra más ambiciosa, la novela Como ángeles de otros (2000).
       Lo más curioso de estas veintiocho secuencias es su originalidad, como ya señala en la solapa y la contrasolapa, Cristina García, una originalidad que se recrea en unas instantáneas que muy bien pueden rastrearse en toda una tradición cuentística española, pero que hacen de la escritura de la narradora madrileña, un acierto por compaginar tradición y modernidad en una suerte de relatos cuya inspiración lírica deben mucho al mundo de las costumbres y los símbolos de los pequeños pueblos donde, desde siempre, se han vivido estas experiencias y con las que se construyen estos cuentos. En realidad, el tratamiento lírico deriva hacia un cuento poemático, basado en la evocación de un sentimiento o una emoción. La voz literaria de Pilar Mañas se hace eco de la expresión más tierna que alguien pueda imaginar porque por sus historias, por las más extensas como por las más breves, se asoman los sucesos cotidianos que muchos lectores hemos vivido, como esos en los que el rumor del mar se oye en una vieja caracola, afloran las miradas furtivas en una clase de gimnasia, se recuerda la fascinación por una blusa de rayón, y todo como el componente de esa arquitectura sobre la que se construye nuestra vida. Pero, sobre todo, llama la atención la fascinación de la autora acerca de la palabra escrita y su poder sugeridor, sus palabras adquieren gestos y movimientos hasta determinar el antes y después porque, si hablamos de «instantes», estos cuentos pretenden decir mucho más, sobresale su capacidad sugeridora que reduce o elimina casi a la anécdota lo contado, y esto es lo más importante de este libro.
       Dosifica Pilar Mañas su mundo en tres apartados, «Algunas niñas», «Algunas mujeres» y «Algunos hombres», y relata con una intensidad poemática la vida real o ficticia de unos hombres y mujeres que la habían acompañado buena parte de su vida, unos personajes sacados de una realidad banal, pero también  reinventa otros que se habían incorporado al mundo tras su larga convalecencia, fantasmas en otro tiempo que, desde siempre, atormentaban unos sueños y que sólo con el ejercicio de la escritura han supuesto una verdadera liberación.






LA PIEL DEL FRÍO
Pilar Mañas
Pre-Textos, Valencia, 2000

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Carlos Castán



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DESEO DE UNA MEMORIA


        Pocas veces puede sorprendernos tanto una colección de relatos como la que acaba de publicar Carlos Castán (Barcelona, 1960), calificado por la crítica en su anterior obra, Frío de vivir (1997), como excepcional prosista y heredero de la vena irónica de Cortázar. Una prosa sabia, que se demora en los detalles y es capaz lo mismo de resultar irónica que lírica, escribía Juan Bonilla a propósito de los primeros quince relatos que contiene el libro. La presente obra titulada, además, tan acertadamente como Museo de la soledad (2000), insiste en al arte de ofrecer al lector el mundo cotidiano, una actualidad acertadísima, aunque tamizada de fantásticas apariencias, sólo aquellas que son capaces de descubrir las trivialidades de un mundo que bien puede ser mágico, además de convertirse en un excepcional recorrido por el laberíntico sendero de la soledad donde caben los sueños, el silencio y su densidad o el amor en el mundo de unos personajes solitarios que, pese a todo, ven venir de cara ese aire de esperanza capaz de trasmutar su vida en otra realidad o quizá la posibilidad de inventarse una nueva que les satisfaga.


        Castán se sirve de la memoria para enhebrar un hilo argumental en estos doce relatos que cuentan cómo muchos de estos personajes recurren al paisaje de la memoria para reconstruir unas vidas rotas y que conforman este museo particular de la soledad del narrador barcelonés. Poco importa que muchos de estos cuentos sean o pretendan ser autobiográficos o incluso recurran a personajes como Antonio Machado, como el titulado Cenizas en los labios, cuyo heterónimo pareció ejercer la docencia y vivir en la ciudad de Huesca, donde además murió. El narrador inventa esta historia para recrear la existencia de una sociedad secreta que recuerda no sólo al poeta sevillano sino también al portugués Pessoa. Otros se valen del descubrimiento de un pequeño museo, El aroma de lo oscuro, localizado en un pueblo perdido del Pirineo, un lugar repleto de un sinfín de cosas inútiles aunque ordenadas según el tipo de soledad a que hagan referencia. Todo para relacionar la locura del personaje que se enfrenta a lo horrible de una pesadilla, la de sus recuerdos que siempre vuelven a la oscuridad de tantas noches de insomnio, aunque si pensamos en lo que afirma Argullol, la memoria se convierte en un tribunal permanente que premia gratuitamente o castiga con generosidad. De esta sentencia parece servirse Carlos Castán para contar la vida de sus personajes alternando la primera y la tercera persona, fragmentos de historias sobre hombres y mujeres que dudan, insoslayablemente, ante una realidad que a veces se asemeja a un sueño y otras a una pesadilla. Por sus páginas se asoman pueblos y ciudades de una geografía por la que se mueve perfectamente el autor, capaz además de dosificar, en el difícil arte del relato, una información que resulte lo más creíble posible porque, en definitiva, de lo que se trata es de que el lector se crea aquellos aspectos con los que se va identificando, instantes en muchas vidas que sólo de mano sólida del narrador Castán cobran vida y justifican su manera peculiar de ver el mundo, también obliga a meditar sobre esos aspectos que pueden resultar tan sorprendentes que caminen por ese espacio que va entre el corazón y la metafísica.




MUSEO DE LA SOLEDAD
Carlos Castán
Espasa-Calpe, Madrid, 2000