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martes, 15 de noviembre de 2016

Carlos Castán



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DESEO DE UNA MEMORIA


        Pocas veces puede sorprendernos tanto una colección de relatos como la que acaba de publicar Carlos Castán (Barcelona, 1960), calificado por la crítica en su anterior obra, Frío de vivir (1997), como excepcional prosista y heredero de la vena irónica de Cortázar. Una prosa sabia, que se demora en los detalles y es capaz lo mismo de resultar irónica que lírica, escribía Juan Bonilla a propósito de los primeros quince relatos que contiene el libro. La presente obra titulada, además, tan acertadamente como Museo de la soledad (2000), insiste en al arte de ofrecer al lector el mundo cotidiano, una actualidad acertadísima, aunque tamizada de fantásticas apariencias, sólo aquellas que son capaces de descubrir las trivialidades de un mundo que bien puede ser mágico, además de convertirse en un excepcional recorrido por el laberíntico sendero de la soledad donde caben los sueños, el silencio y su densidad o el amor en el mundo de unos personajes solitarios que, pese a todo, ven venir de cara ese aire de esperanza capaz de trasmutar su vida en otra realidad o quizá la posibilidad de inventarse una nueva que les satisfaga.


        Castán se sirve de la memoria para enhebrar un hilo argumental en estos doce relatos que cuentan cómo muchos de estos personajes recurren al paisaje de la memoria para reconstruir unas vidas rotas y que conforman este museo particular de la soledad del narrador barcelonés. Poco importa que muchos de estos cuentos sean o pretendan ser autobiográficos o incluso recurran a personajes como Antonio Machado, como el titulado Cenizas en los labios, cuyo heterónimo pareció ejercer la docencia y vivir en la ciudad de Huesca, donde además murió. El narrador inventa esta historia para recrear la existencia de una sociedad secreta que recuerda no sólo al poeta sevillano sino también al portugués Pessoa. Otros se valen del descubrimiento de un pequeño museo, El aroma de lo oscuro, localizado en un pueblo perdido del Pirineo, un lugar repleto de un sinfín de cosas inútiles aunque ordenadas según el tipo de soledad a que hagan referencia. Todo para relacionar la locura del personaje que se enfrenta a lo horrible de una pesadilla, la de sus recuerdos que siempre vuelven a la oscuridad de tantas noches de insomnio, aunque si pensamos en lo que afirma Argullol, la memoria se convierte en un tribunal permanente que premia gratuitamente o castiga con generosidad. De esta sentencia parece servirse Carlos Castán para contar la vida de sus personajes alternando la primera y la tercera persona, fragmentos de historias sobre hombres y mujeres que dudan, insoslayablemente, ante una realidad que a veces se asemeja a un sueño y otras a una pesadilla. Por sus páginas se asoman pueblos y ciudades de una geografía por la que se mueve perfectamente el autor, capaz además de dosificar, en el difícil arte del relato, una información que resulte lo más creíble posible porque, en definitiva, de lo que se trata es de que el lector se crea aquellos aspectos con los que se va identificando, instantes en muchas vidas que sólo de mano sólida del narrador Castán cobran vida y justifican su manera peculiar de ver el mundo, también obliga a meditar sobre esos aspectos que pueden resultar tan sorprendentes que caminen por ese espacio que va entre el corazón y la metafísica.




MUSEO DE LA SOLEDAD
Carlos Castán
Espasa-Calpe, Madrid, 2000

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