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martes, 29 de noviembre de 2016

Nicholas Shakespeare



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EL ÚLTIMO NÓMADA DEL SIGLO XX


       La reciente biografía de Bruce Chatwin (1940-1989), de Nicholas Shakespeare, es un libro que bien puede leerse como la apasionante novela de un artista que supo hacer de su vida el mejor relato de su producción. En esta biografía se dan citas personajes y voces que ponen de manifiesto la fascinación que hoy despierta el viajero Chatwin, considerado como el último nómada del siglo XX.  Tres rasgos vertebraron la vida de Bruce Chatwin hasta su muerte: su afán por el coleccionismo, el gusto por los largos paseos que siempre había realizado en compañía de su abuelo y su pasión por los libros, sobre todo los que hablaban de viajes y de tierras lejanas. Chatwin se ha convertido con el paso del tiempo y, sobre todo, desde su desaparición en 1989, en el referente del viajero vital, mochila al hombro, cuyos desplazamientos por medio mundo no suponían los trayectos físicos en su sentido estricto sino, el de la imaginación o el mental que después le llevaban a la literatura, una disciplina que no fue fundamental en su vida pero que le ha proporcionado toda la fama de la que hoy goza. Su ambigüedad sexual, su matrimonio no por excéntrico y supuesto, sus fantasías viajeras, su actitud ante la vida, su despecho de lo cotidiano, es lo que el biógrafo pone de manifiesto y en lo que redunda la voluminosa biografía en la que el escritor inglés—según propias declaraciones— ha empleado diez años de su vida.


                       Seis libros, en total, dio a la imprenta el viajero desde 1977 hasta 1989, todos referidos a sus experiencias vividas por medio mundo, el primero titulado En la Patagonia, en realidad, un libro que viene a ser el reflejo de esa historia humana que se funde con un paisaje particular, ese que el escritor pretende recobrar a partir de la teorías darwinianas para poder viajar a través del tiempo y del espacio, rescatando, al mismo tiempo, la intrahistoria unamoniana de esos seres humanos, estratificados, y poder dejar traslucir algunos de sus hechos más significativos, sobre todo de una tierra aún hoy despoblada y baldía. En ¿Qué hago yo aquí? se convierte en el sumario de cosas de quien no encontró, en esta vida, su sitio definitivo, ese hombre en marcha—según la definición de Enzensberger—, tanto en términos de espacio como de contexto social. Y en este sentido habrá que valorar y ver hoy la figura de un Chatwin mito, figura para la que ha quedado en la historia literaria, aunque nunca pensó en ser escritor, antes bien, se había ganado la vida trabajando en la casa de subastas Sotheby´s, como experto en antigüedades, no había conseguido terminar la licenciatura en arqueología, tampoco conseguía publicar sus libros, y antes había dejado la redacción del periódico The Times para aventurarse en proyectos de viaje que nunca convencieron a nadie, pero que a él le supusieron su entrada definitiva en un mundo de leyenda porque, en definitiva, con esa actitud acentuaba el sentido de personaje aventurero literario para un público lector que jamás había leído alguno de sus libros. El resto de sus libros, El Virrey de Quidah (1980), Colina Negra (1982), Los trazos de la canción (1988) y Utz (1988) hoy enfrentan a críticos de diversos países que ven en estos textos la originalidad de un género tan valorado en el siglo XIX, aunque le achacan la falta de reflexiones profundas sobre aquello de que hablan, datos y más datos, sin ninguna sensación aparente de análisis. La prosa, indiscutiblemente, de calidad, al menos los libros aquí enumerados, es excelente, como lo pone de manifiesto el biógrafo Shakespeare, sobre todo porque se percibe ese ejercicio de fascinación a que sometía el escritor todo lo que veía, capaz de asimilar una cultura múltiple, merced a su condición de amante de lo sublime, de lo hermoso, de lo imperecedero, agudo y sutil observador de una realidad que hoy ya no sería posible. Pero la aparición de la biografía Bruce Chatwin reaviva, una vez más, la polémica en tono a la autenticidad de este personaje que, en declaraciones del propio biógrafo, no fue, en absoluto, un favorito de los dioses. En realidad, la polémica en torno a la autenticidad de este personaje queda zanjada porque, según el propio Shakespeare, se enfrentaba a su biografía para iluminar su vida y su obra, para mostrar todo un proyecto de objetividad del escritor nacido en Sheffield, fallecido en Niza y enterrado en uno de sus lugares favoritos, después de conocer medio mundo, al pie de un olivo, cerca de una capilla bizantina dedicada a San Nicolás, en Chora, una isla perdida de la mítica Grecia.







BRUCE CHATWIN. BIOGRAFÍA
Nicholas Shakespeare
Muchnik Editores, Barcelona, 2000

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