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viernes, 4 de noviembre de 2016

Hipólito G. Navarro



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INSUMISIÓN

       Lo más importante es la manera de contar las historias—afirma Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961)—porque, entre otras cosas, todas las historias están ya contadas. La mejor consideración que podemos tener con respecto a este narrador es que su escritura parece doblar los pliegues de la imaginación y se ofrece como si no estuviera sujeta a ninguna convención, aunque en sus cuentos la sombra de Cortázar y Monterroso, entre los hispanoamericanos o de Kafka y Chejov, entre los europeos, planea por los 32 relatos que componen, Los tigres albinos (2000), su más reciente entrega.
      La fantasía y el absurdo recrean el mundo particular de este narrador onubense que es capaz de escribir sobre las cosas cotidianas viéndolas desde su esquina más absurda. Parte de este mundo estaba ya en su anterior entrega, El aburrimiento, Lester (1996), esa colección que le abrió las puertas a un nuevo concepto de relato donde la composición, de una forma libre, le permitía improvisar todo tipo a acciones para llegar a la conclusión de que nuestra vida se compone de pequeñas muestras cotidianas sin aparente explicación alguna. Sus historias combinan, perfectamente, una asociación verbal y unas ideas que parten de formas diferentes, por hablar de un modelo textual que es capaz de excitar a un lector inteligente que siempre verá en estos cuentos itinerarios tan imprevisibles como anárquicos y, por supuesto, que no están exentos de un sutilísimo humor.
        El libro se compone de dos partes bien diferenciadas, una primera que bajo el título de «Inconvenientes de la talla L», recoge 16 cuentos más extensos, aquellos que pertenecen a ese mundo del absurdo y de esa nueva convención y una segunda, la que da el título al conjunto, «Los tigres albinos» que recoge, bajo el subtítulo de «Un libro menguante», el resto de cuentos calificados de micro-relatos y sobre los que quiero llamar la atención. Es este concepto, ya ensayado por autores como Darío, Borges, Cortázar, Monterroso, incluso J. R. Jiménez y Aldecoa, Sánchez Ferlosio, Matute o Fraile, por citar los más cercanos, y consiste en ofrecer una reducción tipográfica extrema, por su extensión se trata de narraciones de una o media página, a veces de tan solo algunas líneas y no admite mayor complejidad argumental o diálogos. Su estructura pretende ser simbólica, el inicio y el final adquieren una dimensión relevante porque se sugiere más que se cuenta, la economía artística radica en su mensaje, cada palabra en ellos pertenece al mundo de la totalidad, donde la connotación en su expresión más explícita. Hipólito G. Navarro ensaya esta sección con un planteamiento decreciente, de las cuatro breves páginas del primer relato, Plano abatido, una metáfora arquitectónica sobre el suicidio amoroso, hasta las siete palabras y treinta y seis caracteres del último titulado «El dinosaurio», en el que leemos, «El dinosaurio estaba ya hasta las narices».  La concisión, la manipulación de situaciones, la reflexión sobre las flaquezas humanas, el hábil manejo del absurdo que ejerce Navarro certifican esa búsqueda de la originalidad con que había calificado la crítica su anterior obra. Los tigres albinos muestra, en definitiva, la puesta en práctica de su rebelión particular.








LOS TIGRES ALBINOS
Hipólito G. Navarro
Pre-Textos, Valencia, 2000

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