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domingo, 28 de agosto de 2016

Desayuno con diamantes, 76



LOS PLIEGUES DE SARAMAGO 

       No existe mejor literatura, sino aquella capaz de hablarle al lector, que lo interpela y resulta de lo más hábil para contar una historia, que se pregunta por la posición y la responsabilidad moral, o como Fernando Gómez Aguilera afirma en su texto-semblanza, “hurga en su conciencia, para incomodar, intranquilizar y depositar en el ámbito personal el desafío de la regeneración: la eventualidad, si bien escéptica, de encarrilar la alternativa de un mundo más humano”. José Saramago (Azinhaga, 1922-Tías, Lanzarote, 2010) dejó un texto inconcluso en su ordenador, tres capítulos, además de una copia impresa en una carpeta roja sobre su escritorio, un total de veintidós folios; y en una apreciación cercana, entusiasta del narrador luso, estas páginas leídas con la perspectiva que otorga el tiempo, se convierten en su testamento literario, ofrecen lo más depurado de su prosa, muestran el sentido del humor y la ironía con que el Nóbel dotaba a toda su literatura.
       En septiembre de 2009, Saramago se sentía con fuerzas para empezar un nuevo proyecto, y puso en marcha una vieja idea que rondaba su cabeza, sobre la que jamás había leído línea alguna, la industria del armamento y el tráfico de armas, y la eterna pregunta de toda una vida sin resolver, ¿por qué nunca se ha producido una huelga en una fábrica de armas? El narrador luso buscaba escribir su gran parábola sobre la deshumanización y la irracionalidad que, de alguna manera, y según su certero juicio, seguían azotando al mundo y convertían en incierto nuestro destino. En los meses previos a su enfermedad, tras la publicación y lanzamiento de Caín (2009), recordemos este libro como un sutil ensayo y su capacidad para modernizar una historia conocida de un principio a fin, o su mordaz visión de la figura del Creador y de su criatura; solo entonces, Saramago siente que debe repasar las facetas que asolan los errores humanos para otorgarle un sentido final a su vida; por eso, Belona S.A. se convierte para él en un reto primordial, y no contento con su cometido, renombra su nuevo proyecto, Productos Belona S.A, y meses después, en su inseguridad, y quebrantada su salud, se agudiza aun más su ingenio, Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas (2014); en realidad, es un epígrafe extraído de una tragicomedia de Gil Vicente, y título definitivo, que él mismo anotaría, a comienzos de febrero de 2010, pese circunstancias adversas que no le permitían sentarse mucho frente al ordenador, y darle continuidad a la novela, aunque en su cabeza persistía la idea de darle consistencia a la historia porque aun tenía algo que decir.
       Para Saramago la idea de la literatura es la de un arte comprometido y global, capaz de integrar géneros y difuminar las fronteras entre estos sin caer nunca en el caos más absoluto, pero sobre todo defiende cada uno de los resquicios de humanidad que desde el origen de los tiempos alberga el individuo; tal vez por eso, su capacidad fabuladora, y en un amplio sentido su producción total, narrativa, relato, poesía, teatro, ensayo y crónica, aúna tanto cualidades líricas como épicas, y no falta en ella la crítica y la parábola de contenidos, porque desde sus comienzos ha gozado de una fertilidad imaginativa y temática que hacen de su lectura un continuo descubrimiento, un conocimiento de la tierra y sus gentes sin cuyo ingrediente no parece concebible su novelística que, a lo largo de las décadas, ha resultado tan histórica como contemporánea.
       Dos detalles ponen a Saramago en la pista para componer su novela inacabada, la impresión que le causa la noticia de que en la guerra civil española una bomba lanzada contra las tropas del Frente Popular no estallara, y en su interior se encontró un mensaje redactado en portugués que decía: “Esta bomba no reventará”; un episodio que atribuyó a la lectura de L´Espoir, la novela de André Malraux, aunque no pudo concretar que fuera así; además, la referencia de unos trabajadores de Milán fusilados por haber saboteado obuses, y otros episodios de delitos armamentísticos que se reproducen en la literatura española y prensa de la época, un gesto que conmueve a Saramago y se repite por la geografía española en guerra: Madrid, Jaén, Alicante, Sagunto, Cáceres o Badajoz, y le aportan el carácter narrativo suficiente, así como el contraste moral y el objetivo último: su denuncia.
       Los personajes del portugués, visible característica, apenas existen o importan por sí mismos en su obra, se asemejan a títeres a los que una voluntad superior sujeta a un destino inusitado, y carecen por tanto de un devenir previo que haya dado lugar a la gestación de una realidad interna puesta a prueba por la calamidad que, mágicamente, se ha incorporado a sus vidas; y es así como aparecen esbozados en Alabardas los protagonistas, Artur Paz Semedo y su esposa Felícia, en realidad, su contrapunto dramático. No obstante, Saramago se esfuerza por definirlos ambiguos, y nos induce a ver el mundo de Artur en el que vive una esposa que representa el conflicto frente a la moral de la venta de armas; y un jefe diplomático, lejano en el organigrama de la empresa, pero accesible que simula el puente para que Paz Semedo se enfrente consigo mismo. Unos textos inéditos acompañan la edición, apuntes que el autor iba haciendo conforme tramaba la historia, y que nos permiten vislumbrar, sin que tengamos certeza de ello, en un posterior proceso creativo y en una aproximación de por dónde iba a llevar a sus personajes.
       Las 81 páginas del original, incluye un texto de Fernando Gómez Aguilera, amigo cercano, que completa la visión final del portugués, y firma una posible despedida, y Roberto Saviano, periodista italiano que ha desafiado a los grandes cárteles de la mafia con su literatura; además, la edición se ilustra con grabados de Günter Grass que acompaña los pasos de Artur Paz Semedo. El estilo resulta directo, austero y concentrado, deja a un lado la belleza formal e impone nitidez al barroquismo innato en la creatividad del gran José Saramago.

José Saramago; Alabardas. Textos de Roberto Saviano y Fernando Gómez Aguilera; ilustraciones de Günter Grass; Madrid, Alfaguara, 2014. 

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