Vistas de página en total

domingo, 14 de octubre de 2018

Caricaturas



CARICATURA
                   (Del italiano caricare: cargar, exagerar) retrato que exagera o distorsiona la apariencia física de una persona. 



sábado, 13 de octubre de 2018

Sabías que...




     “¿Te ha pasado alguna vez que estás buscando un lápiz y lo tienes en la mano? Pues algo similar ocurre con la felicidad”.
                                                                                Anónimo  

viernes, 12 de octubre de 2018

Fernando Aramburu


..me gusta  
UN DOLOR COLECTIVO


              
       Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) es un autor con una sólida y variada obra literaria hasta el momento, desde que se iniciara con una primera singular novela, Fuegos con limón, a la que siguieron, Los ojos vacíos, El trompetista del Utopía, Bami sin sombra, o Viaje con Clara por Alemania, el curioso texto, Vida de un piojo llamado Matías, y los libros de relatos, No ser no duele, El artista y su cadáver, Los peces de la amargura y ahora, El vigilante del fiordo (2011), una colección de ocho cuentos que, de alguna manera, prolonga la temática esgrimida por el narrador vasco en su anterior libro de relatos. La base de sus textos se sustenta por el territorio de la oscura experiencia, el miedo, la violencia y el terrorismo, y finalmente la muerte, como concepto, que siempre planea en sus historias.
       El vigilante del fiordo aborda, sin embargo, registros narrativos muy variados donde el drama no es tan perceptible como cabria esperarse, quizá por eso el lector agradece que el libro lo encabece un texto como «Chavales con gorra», un relato repleto de silencios, donde la sombra de un extrañamiento sobrecoge a sus protagonistas y, se cuenta todo cuanto pueda ocurrir sin que realmente llegue a pasar. Lo que se esgrime en la mayoría de estos nuevos cuentos es más borroso o elusivo, incluso parece que los personajes, están mejor dotados psicológicamente, resultan más importantes; en la misma línea del anterior, «Mi entierro», el último y más breve de la colección, las dudas asaltan al muerto porque parece que nada haya sucedido durante buena parte de su vida. Un relato como «Lengua cansada» muestra la obsesión de un adulto y convierte la iniciación al sexo de unos jóvenes, en un desastre final y accidentado; la perspectiva que aborda Aramburu en La mujer que lloraba en Alonso Martínez, se aleja del conjunto quizá porque tan solo profundiza en una simbólica percepción que muchos hemos observado a nuestro alrededor y que no tiene o no llega a solucionarse. El más dramático y eje del libro, «El vigilante del fiordo» combina, perfectamente, una forma tradicional de narrar con una equilibrada descripción del paisaje y una mejor textura de diálogo dramático que convierte esta historia en el mejor de los relatos, por esa habilidad de presentar el pasado del protagonista, funcionario de prisiones, que contrasta con su situación actual en un psiquiátrico, tras un profundo sentido de culpabilidad que lo ha llevado hasta allí, y mejor aun su extraña misión que justificaría su locura con la  justicia, un relato maestro cuya estructura se extiende hasta «Nardos en la cadera» una farsa con ancianos como protagonistas. «Carne rota» ofrece una visión dura de la matanza del 11 M, los sucesos de Atocha, que Aramburu presenta creando una serie de planos o casi secuencias cinematográficas que desvelan a medida que vamos leyendo una misma experiencia trágica con palabras que se repiten al final y al comienzo de cada episodio narrado; sutil, intenso, individual termina en ese dolor colectivo que muchos españoles experimentaron. 







EL VIGILANTE DEL FIORDO
Fernando Aramburu
Barcelona, Tusquets, 2011

jueves, 11 de octubre de 2018

Poéticas de campo, 6



David Hernández Sevillano


Poética
       Para mí la poesía es una manera de mirar el mundo que nos rodea. A partir de esa mirada exterior aparece la magia, que es la identificación con los diferentes elementos que conforman ese mundo exterior. Es ahí donde uno se intuye. El siguiente paso, a estas alturas ineludible, es la mirada interna. Es acá donde uno se conoce y se puede construir. Por eso la poesía no deja de ser una búsqueda constante de las preguntas, cada vez más certeras, que nos ayuden a explicarnos.
       Según esta manera particular de entender la poesía, el mundo que rodea al poeta tiene un gran peso en su obra porque funciona de espejo. Y cuando me refiero al mundo que lo rodea me refiero a lo espacial, pero también a lo temporal; me refiero al ritmo de que se rodea en su vivir; las relaciones que establece; las circunstancias que lo han llevado a ser lo que es. En mi caso la naturaleza en cuanto a espacio y también en cuanto a ritmo tiene una importancia fundamental y añadiría que incluso en cuanto a elección de vida.
       Por tanto -y entendiendo que  los poemas surgen del vivir, del día a día y son un reflejo de la propia mirada-, mi escritura está indisolublemente unida a mis vivencias. Es por ello que en parte de mi poesía la naturaleza tiene un valor esencial como punto de partida del poema, como escenario a partir del cual el poema cobra aliento y se mueve y trepa y trota y gime y vive.
(De Neorrurales. Antología de poetas de campo; selección e introducción de Pedro M. Domene; Córdoba, Berenice, 2018; 156 pp.)





miércoles, 10 de octubre de 2018

Marcos Giralt Torrente


…me gusta
             
EL AMOR Y OTRAS POSIBILIDADES



               Desde sus comienzos, Marcos Giralt Torrente ( Madrid, 1968), ha venido tanteando cuál es su lugar en la literatura de nuestros días, así debutaba con un primer libro de relatos, Entiéndame (1995), al que seguían las novelas, París (1999) y Los seres felices (2005), cinco años después, una entrega aun más personal, Tiempo de vida (2010), un texto que reconstruye la relación del autor con su padre enfermo, el pintor, Juan Giralt, y al mismo tiempo, un pequeño volumen, Cuentos vagos (2010). Vuelve a ser noticia por partida doble, por ganar el II Premio Ribera de Duero, que recompensa su trabajo con un nuevo libro de cuentos El final del amor (2011). Repite género y según parece, es una estructura que se adapta bastante bien a sus pretensiones de escritura.
               Este libro reúne cuatro relatos cuyo motivo temático se sugiere ya en el título mismo, contado por un narrador que siempre forma parte de las historias, observa las relaciones humanas y el deterioro sucesivo de unas vidas truncadas que, de una manera u otra, terminan en ruptura. Los títulos, «Nos rodeaban palmeras», «Cautivos», «Joanna» y «Última gota fría» invitan a la presunción o a una elucubración, incluso a la incertidumbre de parte de una existencia, a toda esa sombra de dudas que quedan en el aire sin resolver, y muestran las motivaciones y, finalmente, condicionan las conductas humanas. Algunas situaciones recuerdan motivos pasados, la ausencia de un padre, incluso la ficción se confunde con algunos aspectos biográficos propios, que nos recuerdan pasajes de anteriores entregas de Giralt Torrente. Una pareja de turistas quiere ver en otra, la misma situación por la que ellos están pasando, como si vieran que esa degradación a la que han llegado en su relación fuese en otros una justificación consoladora; en realidad, los protagonistas de todos estos relato son víctimas de una escéptica visión romántica, y esto es lo que ocurre en el primero de los cuentos, aunque con una proyección temporal mayor se desarrolla «Cautivos», la historia de Alicia, la protagonista, desde una temprana juventud hasta su matrimonio con el excéntrico Guillermo Cunningham, y el posterior deterioro de su vida en común, para terminar en un final cruel y con un peculiar acuerdo de separación; lo mejor del relato, la aguda observación de un primo de la joven, equidistante y único testigo de lo ocurrido. Un inconfesado amor juvenil planea sobre la historia de «Joanna» que pese al tiempo transcurrido pervive en un estado melancólico en un joven cada vez que recuerda los años de su juventud, y termina con un final inesperado; y el último, sin que decaiga en ningún momento, la tensión y la fuerza narrativa en las historias, «Última gota fría» una vez más una relación imposible, que no excluye la profundidad de un amor verdadero, visto desde lo ojos de un adolescente y los problemas a que los mayores someten sus vidas. Cuatro ventanas, según Marcos Giralt Torrente, a un tema inagotable en la creación literaria.






EL FINAL DEL AMOR
Marcos Giralt Torrente
II Premio Internacional Narrativa Breve
Ribera del Duero
Madrid, Páginas de Espuma, 2011

martes, 9 de octubre de 2018

Irene Gracia


…me gusta

HUMANA CONDICIÓN

              
        Irene Gracia (Madrid, 1956) tiene una extraña versatilidad para componer sus historias y escribir sus novelas, desde sus comienzo mismos, Fiebre para siempre (1994), un relato sobre ángeles caídos e ídolos rotos, fusiona al mismo tiempo el concepto de mito y de realidad para profundizar en la condición humana, o Hijas de la noche en llamas (1999), con un trasfondo de venganza y deseos femeninos, una particular visión sobre la condición física, Mordake o la condición infame (2001), ensaya la posibilidad de esa débil frontera entre lo estrictamente masculino y femenino, y aunque temáticamente recuerde a una literatura decimonónica, alejada de las tesis actuales, persiste con una vigencia permanente. Con El coleccionista de almas perdidas (2006), consigue esa muestra asombrosa de relato poliédrico, la historia de Anatol Chat, y de su familia, fabricantes de autómatas y replicantes, obsesionados por abarcar el mundo con sus criaturas, mientras Anatol es un cuentacuentos prodigioso que pretende llegar aun más lejos con el uso de la palabra, y una vez más, Irene Gracia nos envuelve con su literatura regalándonos, como si de un auténtico fervor clásico y místico se tratara, El beso del ángel (2011), un relato poético que se estiliza hasta llegar a una simbiosis arcaica, trasciende al clasicismo y se eleva hasta un auténtico fervor místico para así explicar el concepto posesivo del mito Adanel, el ángel del amor.
        Irene Gracias ha ordenado la trama de su novela en cuatro partes o escenarios distintos para seguir las huellas de un ser posesivo que se mueve en este mundo desde una perspectiva tanto angélica como demoníaca. Thérese Fuler es la narradora de las cuatro historias o de las cuatro evocaciones que se concretan en la última, titulada «Ángeles dionisíacos» su propia historia que cierra, de alguna manera, el volumen y el repaso de las actuaciones luminosas de Adanel vagando por el mundo en sus diferentes reencarnaciones. Es así como vamos avanzando en la historia y en las épocas en que este ángel se ha ido encarnando, «Apolina», «Ledo» y «Dionisio». El relato muestra la nueva visión que Irene Gracia propone del misticismo, tal vez como un concepto alejado de un dios cristiano para profundizar sus raíces en un paganismo que reinterprete la condición bíblica de espiritualidad y vuelva su vista a las deidades clásicas en las que algunos de sus personajes disfrutaban de esas extraño protuberancias tan valoradas y ponderadas a lo largo de la novela, un buen ejemplo de la historia vivida con Leonardo da Vinci, o las alas de Cupido o Hermes.
        Las imágenes pueblan El beso del ángel, un texto con un amplio recorrido por la mitología, sin olvidar el arte de la danza, la música, la propia literatura, contado con un lenguaje actual, preciso y rítmico que aporta a la novela una sonoridad y una plasticidad asombrosa para desarrollar la historia de Adanel, el ángel sin paraíso que se mueve por nuestro tiempo y nuestro mundo, inmerso en esa zozobra humana característica: deseo, anhelo, sueño, derrota y finalmente, muerte.






EL BESO DEL ÁNGEL
Irene Gracia
Madrid, Siruela, 2011


domingo, 7 de octubre de 2018

Poéticas de campo, 5


Josep M. Rodríguez


Poética

                                      
                                  Whose woods these are I think I know
                                                                    Robert Frost


       Nací en un pequeño pueblo de poco más de seis mil habitantes. Al final de mi calle hay –y sigue habiendo– un riachuelo cuyo caudal variaba según las lluvias o la estación del año. Más allá, el bosque: territorio de juegos o, ya de mayor, de paseos con mi padre y el perro de la familia. Rilke decía que la patria de un hombre es su infancia. Muchos otros autores han confesado que toda su obra depende, hunde sus raíces, en esa edad temprana. Yo no sé hasta qué punto eso es verdad en mi caso. Pero sí tengo claro que ese riachuelo y ese bosque de pinos es el escenario de muchos de mis poemas. Un sitio al que vuelvo para sentirme a salvo. Como quien mira una fotografía queriendo recordar.

                              *      *      *

       Se escribe desde la carencia. Igual que si intentáramos abrazar a alguien sin disponer del tacto.

                              *      *      *

       No sólo mis poemas se nutren de aquel espacio. Recupero un fragmento de un texto publicado en Segunda Poesía con Norte (Lorenzo Oliván ed., Pre-Textos, 2014): “Vivir en un barrio que limita con un bosque tiene sus ventajas cuando eres un niño. Aunque alguna vez me costó la reprimenda de mi madre al volver a casa con resina en la ropa. Son manchas muy difíciles de quitar. Es lo mismo que sucede con ciertos escritores como Kafka, García Lorca o Borges… Su intensa lectura nos deja las manos pegajosas, el papel sucio. Hay que aprender a cobijarse a su sombra, pero sin tocar el árbol”.

                              *      *      *

       No sé quién inventó –si es que puede considerarse un invento– los imanes de nevera. He visto verdaderos atlas íntimos en algunas cocinas. ¿Pero acaso no es eso también la tradición? Me explico: la poesía occidental es un gran tren que viene, pongamos, de Homero y todo nuevo autor es un vagón que se añade a la cola. Un poema no es sólo su escenario. Pero puestos a reflexionar sobre la presencia de lo rural en mis poemas, me doy cuenta de que a menudo he caminado a través de campos y bosques de la mano de Wordsworth, de Keats, de Frost… Y entonces me pregunto si no me habré traído de alguno de esos viajes, también yo, un imán de nevera.

(De Neorrurales. Antología de poetas de campo; selección e introducción de Pedro M. Domene; Córdoba, Berenice, 2018; 156 pp.)