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lunes, 3 de agosto de 2015

Edith Wharton



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SANTUARIO  

    
     En la Introducción de Santuario (2007), Marta Sanz, habla de la formidable experiencia de vida de Edith Wharton (1862-1937), la narradora norteamericana, autora de esta breve novela, además de otras que, como La edad de la inocencia (1920, Premio Pulitzer, 1921) le han otorgado esa clasificación de clásica. Completan el conjunto de su producción, El valle de la decisión (1902), La casa de la alegría (1907), Ethan Frome (1911), Las costumbres del país (1913), o las historias, Vieja Nueva York (1924). Marta Sanz escenifica, con su Introducción, todo el proceso llevado por la autora para enmarcar una historia mínima y ofrecer, sin esa hondura psicológica que caracteriza a la mayoría de sus restantes novelas, la vida de la joven y madura Kate Peyton, en la primera y segunda parte de la novela.
    Para entender buena parte de la obra de Wharton debemos situar el concepto de «nueva mujer» en Norteamérica. Acuñado en la década de 1890, muestra inequívoca de figura —independiente, franca, iconoclasta— que daría autoridad a la obra de escritoras como Kate Chopin, Alice James, Charlotte Perkins Gilman, Ellen Glasgow, la joven Gertrude Stein y, sobre todo, Edith Wharton, con sus ideas e implicaciones temáticas subversivas, como puede ya verse en los personajes femeninos de Santuario (1903), el principal, Kate Orme, y esencialmente Miss Verney que, como se manifiesta en el texto, es «patentemente de la nueva escuela, una mujer joven de actividades febriles y opiniones lanzadas a los cuatro vientos, cuya propia versatilidad la hacía difícil de definir». Pero esta novela trata, fundamentalmente, sobre las verdades humanas y de su trasfondo que es, precisamente, de lo que quiere salvaguardar la protagonista a su hijo, actitud, magníficamente, expuesta en la segunda parte de libro.
      En las primeras 50 páginas se cuenta la relación de la joven Orme con su prometido Denis Peyton, y el secreto que descubre sobre su amado en vísperas de su matrimonio. No obstante, decide casarse con él y afrontar su destino y el de su descendencia, en un alarde de extremo coraje, aunque tratará de preservar a su hijo de semejantes vicios morales. En realidad, según averiguamos, el único pecado que ha cometido el joven ha sido quedarse con la herencia del hermano muerto e ignorar a una mujer y su hijo que convivieron los últimos momentos con el moribundo; hecho que, por otra parte, a la joven Kate le parece el más deplorable de los actos porque su prometido no hace gala de una moralidad intachable, como a ella le han enseñado, como tampoco justifica que mujeres puedan vivir a expensas de hombres por un puñado de dólares.
       En la segunda parte, más extensa y clarificadora, ocurre un salto de veinte años, y entonces la Sra. Orme es madre y cubre esa maternidad protegiendo a un hijo a quien educa en un esmerado ambiente para que se convierta en un excelente arquitecto. Dick, será el protegido y el anhelo de la madre por alejarlo de aquello que tanto le había asustado. Manifiesta, sin embargo, el empeño de que su hijo triunfe por encima de todo en la vida, pero pronto se dará cuenta de que tal vez el vástago experimente cualquier deseo de iniquidad para conseguir sus objetivos. La angustia de la madre se torna obsesiva porque llega a imaginar que el joven Dick pueda estar dispuesto a todo para conseguir sus objetivos. Es entonces cuando los temores de la madre se disparan y la narradora acumula una sucesión de sentimientos y miedos de su protagonista que, en ocasiones, resultan excesivamente prolijos. Sobresale, eso sí, el peso de una descripción psicológica de hondura en personajes creíbles aunque demasiado reincidentes en sus acciones. Pero en realidad, hablamos de una narradora que se mueve entre el realismo, el naturalismo, cierto color localista de su entorno, el sentimentalismo de su obra o la marca de una vida, a caballo entre el XIX y el XX, y esa vocación europeísta de la que siempre hizo gala, tras sus prolongadas estancias en Europa, sobre todo en el París de principios de siglo, rodeada de aristócratas, pintores, princesas, novelistas, hasta su muerte, treinta años más tarde.  











SANTUARIO
Edith Wharton
Introducción de Marta Sanz
Traducción de Pilar Adón
Impedimenta, Madrid, 2007; 168 págs.


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