Páginas vistas en total

miércoles, 5 de agosto de 2015

Los olvidados



SAMUEL ROS
(La recuperación de un escritor)


      Samuel Ros fue un romántico del siglo XX —escribe Medardo Fraile —y, además, un hombre de su tiempo, lo que no es tan extraño, si pensamos en la Guerra Civil española, en el gran «réquiem»—de camisas azul mahón, uniformes negros, idealismo y caídos —de nuestra década de los años cuarenta, y en la preocupación por todo eso que puede advertirse en novelas, artículos y ensayos. La figura de Samuel Ros (Valencia, 1904-Madrid, 1945) es hoy la de un personaje olvidado, como la de tantos escritores, que durante las primeras décadas del pasado siglo figuraron como primeros nombres en el panorama literario y periodístico español. Su temprana desaparición poco después de la contienda, o tal vez su militancia falangista y su posterior adscripción al régimen franquista, han hecho que su amplia labor periodística en Arriba y la revista Vértice, medios del Movimiento, haya quedado en el olvido, así como el resto de su obra: teatro, cuentos y novelas, muy someramente reeditados en la década de los noventa.
        En La rueda de los ocios (1957), Camilo José Cela incluía un artículo sobre el escritor, titulado «Samuel Ros» y escribía: «Es, posiblemente, Samuel Ros uno de los escritores, con Clarín y, sobre todo, con Ganivet, en los que con mayor claridad se ha podido asistir al espectáculo dantesco de un cuerpo convertido en campo de batalla de dos espíritus: el travieso saltarín e iluminado espíritu de la más pura ficción, de la más desnuda poesía, con el frío, matemático e implacable espíritu de la crítica más estricta, más denodada, más cruel.
       De esta prueba, que nosotros sepamos, no ha salido victorioso, desde que el mundo es mundo, nadie, excepción hecha de Goethe».
       Andrés Trapiello cuando rememora la figura de Dionisio Ridruejo en Las armas y las letras (Literatura y guerra civil, 1936-1939), (1994), señala que el escritor falangista en sus Casi unas memorias (1976) aparecidas poco después de su muerte en 1975, recordaba generosamente a algunos de sus compañeros y amigos, entre ellos, a «Samuel Ros, el escritor vanguardista que dirigía Vértice, (a quien) admiraba profunda y fraternalmente». 


      Antonio Iglesias Laguna cuando hace recuento en su obra, Treinta años de novela española (1938-1968), (1970), recuerda el panorama novelístico español en 1936 y a los noventayochistas, los novecentistas, los artistas puros y, al influjo de los realistas, a una generación de autores nuevos de audiencia minoritaria, entre los que se encontraban, Samuel Ros, Juan Antonio Zunzunegui, Ramón Ledesma Miranda, Rafael Sánchez Mazas y Felipe Ximénez de Sandoval. Sobre Samuel Ros escribe que fue «un genio malogrado que ya descollara en 1928 con los cuentos de Bazar. Hasta la guerra civil escribió para una minoría sensible. En 1944 lanza Los vivos y los muertos, obra extraña donde lo onírico y lo supraterreno se mezclan con la vulgaridad cotidiana. El humor de Samuel Ros está en la vena del pesimismo radical de la picaresca, pero sus personajes no son pícaros, sino alucinados. El libro describe la vida diaria de un cementerio, las ilusiones, presunciones y nostalgias de los vivos que van a preocuparse por los difuntos, los cuales tienen intereses ajenos a las lápidas, lámparas, mármoles y perifollos. De ahí la caricatura de unos sentimientos nobles desgastados por la costumbre».
       Medardo Fraile, ha realizado la edición de Samuel Ros. Antología y además de seleccionar sus cuentos, una novela, una obra de teatro y numerosos artículos de prensa, dedica todo su esfuerzo por recomponer la vida de Ros en la extensa y pormenorizada «Introducción» que escribe para la ocasión y que incluye, además, de abundantes notas aclaratorias, una pormenorizada bibliografía del escritor, incluidas las antologías, las recientes reediciones y un amplio corpus bibliográfico crítico. Ya en 1972, editado por Prensa Española, había publicado una importante monografía sobre el escritor valenciano, titulada Samuel Ros (1904-1945), hacia una generación sin crítica, que recogía buena parte de la tesis doctoral leída por el escritor madrileño en la Universidad de Madrid en 1968.




      Samuel Ros Pardo nació en Valencia el 9 de abril de 1904. Sus padres regían un importante negocio de tejidos. Fue al colegio de los jesuitas de San José y muy pronto, a los diez años, escogió la profesión de novelista. La muerte del padre en enero de 1917 impresionó tanto al joven inquieto que, seis años más tarde, le dedicaría su primera novela Las sendas (1923). Cuando terminó el bachillerato, a los quince años, conoció a Vicente Calvo Acacio, antiguo amigo de su padre, periodista y autor de cuentos, que le tendió la mano para poder colaborar en Las Provincias, un magnífico periódico ilustrado de Valencia. Conoce, también, al joven Rafael Ferreres. Realizó un largo viaje por Europa, Francia, Alemania, Inglaterra, con estancia incluida en París. El Liberal de Madrid le premia un cuento en 1923; en ese momento decide irse a vivir a la capital donde conoce a Eugenio Montes; estudia Derecho en la Universidad Central, realiza el doctorado en 1928 y prepara oposiciones para el Cuerpo Diplomático. Ese mismo año publica un libro de cuentos, Bazar, cuyo éxito le hace olvidarse de las pretensiones a opositar. Asiste a la «Cripta de Pombo» y se relaciona con Jardiel Poncela, López Rubio, Manuel Abril, Espina, Andrés Álvarez y, sobre todo, con Ramón. Muchos de sus títulos recuerdan al genio del autor de las greguerías: Bazar (1928), El ventrílocuo y la muda (1930), Marcha atrás (1931) y El hombre de los medios brazos (1932).
       Empieza a colaborar en ABC e inicia una profunda amistad con Miguel Pérez Ferrero, quien le presentará a la mujer que siempre estará asociada al nombre de Ros; se trata de  Leonor Lapoulide, «una muchacha de alegría irradiante, rubia, flexible, algo llena de cara». En 1933 se hace falangista y Leonor le sigue colaborando con su trabajo en las oficinas de Falange. Asiste al discurso fundacional de José Antonio Primo de Rivera en el teatro de la Comedia el 29 de octubre de 1933. Colabora en F.E. hasta su desaparición. Una tremenda desgracia cambió la vida del escritor: Leonor muere el 4 de julio de 1935. Al estallar la guerra es perseguido y se refugia en la Embajada de Chile de donde saldrá el 14 de abril de 1937, rumbo al país sudamericano. Tras la muerte de su amada y en su recuerdo trbajó en un nuevo libro, Los vivos y los muertos, que aparecería en Ediciones Nascimiento, Santiago de Chile, en 1937. Samuel Ros y Eugenio Montes vuelven a España el 20 de agosto de 1938. Tras la guerra se incorpora al primer periódico que sale en la capital, Arriba, dirigido por José María Alfaro. En noviembre de 1939 le encargan en el diario la crónica del traslado de los restos de José Antonio. De la experiencia surge su libro, A hombros de la Falange de Alicante a El Escorial (1940). En enero de ese mismo año sustituye a Manuel Halcón como director de la revista Vértice, medio que dirigió durante dos fructíferos años. Siempre mantuvo viva la ilusión de escribir teatro. Este hecho estaría ligado a la posterior carrera y vida de la actriz María Paz Molinero. Adapta para ella la obra, Aurora Clara Boothe, norteamericana, que titula Mujeres, y se estrena el 12 de septiembre de 1940 en el Teatro Alcázar y, una obra más, poco después, En el otro cuarto, tragedia en un acto y tres mutaciones. Este mismo año publica un nuevo libro, Cuentos de humor. En 1941 se publica la primera edición española de Los vivos y los muertos y estrena la obra, Víspera, que protagonizaría la actriz Mercedes Prendes porque María Paz Molinero esperaba el único hijo de Samuel: Fernando Samuel Ros, que moriría muy joven, en 1971, en Madrid. Durante todo este año desarrolla una intensa actividad en el periódico Arriba. Ros escribe sobre la ingratitud, la injusticia, la enfermedad, la desdicha. En abril de 1942 publica Cuentas y cuentos, una selección de sus relatos escritos entre 1928 y 1942. A lo largo de 1943 Ros persigue el éxito en el teatro, bien con obras originales, conferencias o artículos sobre el tema. En febrero de ese mismo año, Lola Membrives, estrena Otra vez vivir y consigue los aplausos del público que obligan a Ros a salir a escena. En febrero de 1944 recibe el Premio Nacional de Literatura por su colección de cuentos, Con el alma aparte. Se le concedió un accésit a José María Sánchez Silva por otra colección de cuentos titulada Hasta el límite. El libro de Ros no llegó a publicarse. En marzo de 1944 crea una nueva sección en el periódico Arriba que tituló, «Arriba y abajo», una columna diaria en la que—en palabras de Fraile—«derrochó, con enorme talento, profundidad, originalidad, humor, sentimiento, experiencia, poesía, gracia... y se convierte, así, en una autobiografía no rigurosa sino recreada, novelesca». Uno de sus últimos artículos lo dedicó a la obra poética reunida de González Ruano. A finales de diciembre de 1944 el doctor Blanco Soler le diagnostica una apendicitis, el 27 Arriba da la noticia de la operación de Ros. La noche del 6 de enero de 1945 a las dos de la mañana Blanco Soler acude a ver a su cuñado que, en su agonía, nombraba a Leonor y le dijo, «... tengo tantas cosas que contarte, ¡Voy!» El cadáver fue trasladado al día siguiente a Valencia, su tierra natal, y al sepelio asistieron en Madrid, José María Alfaro, José Ibáñez Martín, Ministro de Educación, José Arias Salgado, Javier de Echarri, Eugenio Montes, Eugenio d´Órs, Joaquín Calvo Sotelo, Pedro Laín Entralgo, Manuel Halcón y un sinnúmero de viejos y nuevos escritores.

        En Cuento español de posguerra (1994), Medardo Fraile, afirma que Ros «era de piel pálida, su pelo, su traje y su corbata de riguroso luto». Sus temas fueron el Amor y la Muerte, el Destino y el Sino. En su prosa se mezclan «con raro encanto, desesperación y amor, ironía amarga y ternura». Sobre sus cuentos, el propio Samuel Ros, escribió: «Todo me lo podrán negar los demás, todo menos mi conciencia y mi vocación de cuentista. Posible es, que esto ni signifique nada ni valga nada... Pero una vez comencé siendo muy niño y desde entonces todo lo he convertido en cuentos».


No hay comentarios:

Publicar un comentario