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domingo, 14 de enero de 2018

Sabías que...






         “Cuando tienes razón, nadie lo recuerda; cuando estás equivocado, nadie lo olvida”.
                                                    Muhammad Alí

sábado, 13 de enero de 2018

Miguel Ángel Blanco



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EL ÚLTIMO REFUGIO              

               El Parque Natural de Cabo de Gata ha sido calificado por el periodista Miguel Ángel Blanco como «tierra en silencio (...) —asegura, además— que es el único Parque Natural en torno a la identidad del silencio del desierto». Este apasionado, este amante y defensor de la Naturaleza, dedicó a este paraje natural, un hermoso libro titulado, El espíritu del Cabo (1997). Se trataba de llegar, en realidad, a un profundo diálogo entre el viajero y el paisaje. El mismo que llega a establecer la literatura de la tierra con el medio en el que se desarrolla, inmerso, como es el caso, en un espacio de vegetación frondosa, abundantes campos de chopos, extensiones de tomillares y espartales o plantaciones por doquier de chumberas y palmeras. «La agonía del paisaje —insiste aún el periodista—en Cabo de Gata es inmortal. Un lugar donde la ficción se permite el lujo, en ocasiones, de convertirse en realidad». Quizá por eso, sopesando estas afirmaciones, este puñado de cuentos o relatos que componen este libro sirvan, de alguna manera, para testimoniar que la región natural de Cabo de Gata es, hoy por hoy, uno de los escasísimos fragmentos de costa mediterránea española que todavía no se han destruido. En este territorio, los almerienses, tenemos una inagotable e insólita fuente de placer visual y estético que se funde inequívocamente con la palabra. Quizá, también por eso, el mejor vehículo para reivindicar la salvación de este paraje natural sea el cuento, un género menor que resiste, porque posee esas cualidades de síntesis que dicen mucho de su valor estilístico. Como el paisaje—es una afirmación mía— el cuento es el medio que mejor sabe guardar un secreto. En muchos de los relatos a los que el lector se enfrenta, la escritura comienza en lo narrado y continúa en las abundantes omisiones que el narrador calla, verdades o mentiras que se sobreentienden en el buen hacedor de cuentos. Éstos, y no otros ejemplos literarios, aspiran a una sencillez tan hermética que nos devuelven al paisaje, el de nuestro espacio, con la singularidad de sus formas y contrastes, con abundantes tonalidades, oscuras, ocres y grises, pero en ocasiones se muestran tan claras y multicolores que potencian la visión de los perfiles de todo el litoral.
               La estructura es el factor fundamental para distinguir al cuento del resto de los géneros. Un cuento—ha señalado el escritor argentino Ricardo Piglia—es un experimento con la evidente noción de límite. El alemán Kurt Spang sostiene que las características fundamentales para definir lo plástico, lo lírico o lo visual, en suma, consiste en la interiorización de la realidad exterior, con la evidente consecuencia de la brevedad y la profundidad. Existe en el relato una predilección por lo instantáneo, por la sugerencia visual y otra tendencia a tratarlo como un solo aspecto, el tema o la situación, limitando ese campo de acción no sólo a la función estética del lenguaje sino también a la densidad de lo percibido por nuestra retina.
               «En el Cabo—escribe Miguel Ángel Blanco—quedan los suspiros, cuando septiembre adormece y recupera otra vitalidad del entorno. Otro año más de supervivencia, otro año más para el desaliento». Y, en una clara reivindicación de ambos espacios, algo semejante  ocurre con el cuento, como evidente suspiro de la gran literatura.

El espíritu del Cabo, de Miguel Ángel Blanco; Almería, I.E.A. 1997.

viernes, 12 de enero de 2018

Un secreto bien guardado…



     La fe, si se considera en su propiedad esencial y pura, no contiene tal perfección como el amor... El amor es superior a todo... durable, sublime, más parecido a Dios...
                                                                                  Miguel Servet (1511-1553)




        La Historia de la Iglesia cuenta que desde que el Papa Clemente V condenara a aquella pequeña congregación de mujeres en el Concilio de Viena en 1312, obstinadas en su voluntario alejamiento del Canon Eclesiástico, habían sobrevivido aisladas del favor secular por toda Europa, alejadas del dogma porque no consentían aceptar el estigma cristiano: y esa, y no otra, había sido siempre su gran culpa.
      El Familiar no ignora como, en tan aciagas circunstancias, la suerte de estas mujeres estaba predestinada desde que por orden expresa del Gran Inquisidor habían sido arrancadas de la paz y retiro en su beguinato.
        El resto de cuanto aconteció en las ignominiosas garras de sus verdugos, queda para la intrahistoria, aquella que en el relato de los sucesos que precedieron al Auto de Fe, aquí se detallan, y como muchos otros episodios de abnegación y fe cristiana, forman parte del más absoluto secreto del mundo de las beguinas y cuanto de ello no consintieron dejar por escrito.
                         El secreto de las beguinas (Trifaldi, 2ª edición).




 

jueves, 11 de enero de 2018

Hoy invito a…



Ramón JIMÉNEZ MADRID*



CRÍTICA CREATIVA

       No hace mucho tiempo hablé de la obra narrativa de Medardo Fraile, componente de la Generación del Medio Siglo (a la que sigo considerando irrepetible en sus planteamientos éticos y básica en los estéticos) y uno de los cuentistas más cotizados en el mercado del arte, que no en el otro, en donde se dirimen, como bien saben, operaciones financieras. Un narrador y creador intenso y puro que ha merecido el elogio unánime de la crítica literaria.
       Poca gente, sin embargo, sabe que el escritor madrileño, aparte de otras categorías que él reclama en el prólogo, es asimismo profesor universitario y que ejerce en Escocia desde hace ya muchos años. Y siguiendo ejemplo similar a Pedro Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso o Javier Cercas, por citar un caso más reciente, también se ha interesado por una serie de autores a los que le ha dedicado especial interés y que ahora recopila tras haber sido publicados en libros y revistas. Podríamos preguntarnos por las maneras —semejanzas y diferencias— de encarar la obra literaria entre el profesor docente y el profesor escritor. ¿Hay diferencias notorias entre el investigador de la historia literaria y el escritor profesor que se acerca a los textos literarios con intenciones varias, al margen a veces de métodos, escuelas y corrientes a las que tan afines son los que no practican la literatura activa? Aunque resolver tan espinoso asunto nos llevaría a terrenos especulativos, poco nos cuesta decir que el profesor Medardo Fraile tiene un procedimiento muy personal de adentrarse en la senda crítica, de tal manera y modo que para hablar de «La casa de Bernarda Alba» de García Lorca se da un paseo por las callas del pueblo en donde aconteció la acción o puede, tal como hace en otras ocasiones, aportar apreciaciones personales que generalmente dejan fuera aquellos estudiosos que suelen gastar parámetros neutrales, consideraciones objetivas, en virtud de criterios científicos o de más oscuras representaciones. En el capítulo reservado al «Teatro y vida en España: La camisa, la corbata y Tres sombreros de copa» se dice que «la inmigración interior en España, con su secuela de chabolismo asediando las grandes ciudades, ha sido y es, en menor grado, un problema humano y social de primer orden.  No es nuevo en España. Felipe III y Carlos III dictaron medidas, que apenas se cumplieron, para impedir o limitar la inmigración a Madrid.
       En cuanto a la pervivencia de esta situación , basta hojear el ABC de las primeras lluvias intensas de cualquier invierno para ver fotos de una o más familias humildes que, en suburbio, han quedado sin techo donde cobijarse y están en la calle con sus hijos y los pocos muebles que tenían». Frente a la asepsia, vida. Frente a la estéril investigación, la observación sacada de la experiencia y de la realidad contrastada.
               Y de la misma forma podríamos abordar la elección de los temas que elige el profesor autor. Medardo Fraile se decanta por algunos de ellos que prueban afinidad a un arte tan estético como social, que le han hecho pensar en el tipo de sociedad que representan (el paso del realismo al 98 en la «Misericordia» de Galdós, el mismo movimiento rebelde y pesimista del 98 representado en el Valle Inclán de don Latino en «Luces de bohemia». Asimismo presta atención Medardo Fraile en esta obra a autores (Alfonso Albalá o Andrés Berlanga) que no han desatado la atención requerida por parte de los lectores ni de las editoriales y se ha detenido más en el «Alfanhuí» de Sánchez Ferlosio antes que «El Jarama», bien que reclame el sentido unitario de su obra. Y, finalmente, tratándose de un cuentista que ha ejercido de antólogo, entran en la relación de trabajos contemplados el mundo del cuento en dos artículos en donde nos da cuenta de sus interesantes conocimientos en esta parcela.
       Una obra universitaria que incluye documentación, bibliografía, pero que no olvida las interpretaciones personales, las referencias a una literatura nunca desconectada de la sangre humana. De las realidades del tiempo ido e incluso del presente.

*Ramón Jiménez Madrid (Águilas, 1945) es catedrático de Lengua y Literatura y ha ejercido como profesor en el Instituto Alfonso X El Sabio de Murcia. Siempre ha mostrado predilección por los temas narrativos. Se licenció en Filología Románica con una tesis titulada "La temática proustiana y el estilo azoriano en La zancada, de Vicente Soto". Ha colaborado en numerosas revistas y periódicos como Monteagudo, Cuadernos del Norte, Suplemento Literario La Verdad. Fue asesor de narrativa de la Editora Regional de Murcia y ejerce la crítica literaria en el diario La Opinión de Murcia. Su libro, "Novelistas murcianos actuales" (Academia Alfonso X El Sabio) mereció elogios por parte de la crítica especializada como Baquero Goyanes, Gonzalo Sobejano, Darío Villanueva, entre otros.


miércoles, 10 de enero de 2018

Una reflexión



FRONTERA SUR/ MEMORIA VIVA

                                     
       Un día Octavio Paz escribió que «El artista cree en el arte y no, como el primitivo, en la realidad de sus visiones». Esta cita aúna, en un doble sentido, la perspectiva pictórica que el Museo de Almería proponía, durante los días 6 de septiembre a 28 de octubre, con motivo de los 50 años de la visita de Juan Goytisolo (Barcelona, 1931) a tierras almerienses. La muestra, Campos de Níjar. Morada sin memoria, es la visión sobre el texto de cinco artistas plásticos, tan heterogéneos como singulares: Ginés Cervantes, Pepe Bernal, Javier Huecas, Abraham Lacalle y Paco de la Torre, que, unidos bajo la sabia mirada de Gador Sánchez y Ramón Crespo, justifican un título y una actitud.
       Campos de Níjar (1957) es, inequívocamente con el paso del tiempo, un texto más de esa tradición literaria de libros de viaje que nuestra generación del 98 había recogido de un no menos metafísico camino ensayado por los viajeros de la Ilustración o del Romanticismo tardío. Pero su antecesor más ilustre se sitúa en la postguerra española, en ese concepto de «libro de andar y ver» que propusiera Camilo José Cela en su Viaje a la Alcarria (1948) aunque, en el caso de Juan Goytisolo, se concrete  más en el retrato del hombre y del paisaje. Precisamente porque el paisaje es coprotagonista en esta obra, se rinde homenaje a una Almería de rostro propio que, con rotundidad, han sabido captar estos cinco artistas: la belleza del paisaje queda fijado, de alguna manera, en la memoria porque, más allá de la referencia literaria, existe esa otra independencia  formal que siguen cada uno de los pintores en su expresión más libre e inequívoca.


       Una selección de cuadros de  Pepe Bernal (Huércal-Overa, Almería, 1957) ilustra esta selección de textos de Campos de Níjar.  El artista almeriense, pintor de trazo abandonado, de ligadura imprevista, de mirada intensa, de unión de contrarios, armoniza, con materiales tan variados como el plástico o la madera, el cartón, la cartulina, el latón o piezas u objetos desechables, un universo propio para que su pintura le sirva, al mismo tiempo, como fragmento de la memoria, capaz de ensayar un espacio heterogéneo, repleto de lirismo o de esa extraña belleza sensorial que mimetiza, con esa ahuecada sensación, las palabras del texto de Goytisolo cincuenta años después.  


       La intensidad de los rojos y de los negros, en las propuestas de Pepe Bernal, se confunde con esas sombras en el pasado del paisaje almeriense; los blancos y los amarillos, conforman esa silenciosa, tranquila, sosegada visión de otro espacio de esperanza en una provincia de un inusitado despertar en la actualidad; el trazo firme, vigoroso, augura la fuerza para sobrevivir. 


Selección de textos

       Recuerdo muy bien la profunda impresión de violencia y pobreza que me produjo Almería, viniendo por la N-340 (...) Guardo clara memoria de mi primer descenso hacia Rioja y Benahadux: del verdor de los naranjos, la cresta empanachada de las palmeras, el agua aprovechada hasta la avaricia. Me había parecido entonces que allí la tierra se humanizada un poco y, hasta mucho después, no advertí que me engañaba. (pág., 9)


       Dicen que el mundo cambia y pronto llegaremos a la luna, pero pa nosotros, tós los días son iguales (...).
       Aquí, la colonización tropieza con muchos obstáculos. La falta de árboles provoca una intensa erosión del suelo y explica que el nivel de precipitaciones de la región sea de los más bajos de España. Al suelo pedregoso y la sequía debe añadirse, aún, la acción sostenida del viento. Para defenderse de él, los campesinos tienen que cubrir sus pajares. La arenilla desprendida por la erosión origina continuas tolvaneras, responsables, en no pequeña parte, del elevado porcentaje de tracoma y enfermedades de los ojos que hizo tristemente célebre a la provincia. (pág., 39).


       Níjar se incrusta en los estribos de la sierra y sus casas parecen retener la luz del sol. Por la carretera pasan feriantes montados en sus borricos. A la entrada del pueblo hay un surtidor de gasolina y, cuando llegamos, una pareja de civiles camina hacia Carboneras con el mosquetón terciado a la espalda.
       —Hoy es día de mercao —dice uno de mis compañeros. Tó ese personá que ve usté, viene de los cortijos.
       —¿Qué venden?
       —Lo que tienen. Cerdos, gallinas, huevos... Con lo que le dan mercan pan y aceite pa el resto de la semana. Son gente que vive en sitios aislaos, a varios kilómetros uno del otro y sólo van al pueblo los sábados. (pág., 43).


       Llegando al cruce de Rodalquilar —allí donde la víspera pasé en camión con el Sanlúcar—, el paisaje se africaniza un tanto: cantizales, ramblas ocres y, a intervalos, como una violenta pincelada de color, la explosión amarilla de un campo de vinagreras (...) La carretera de Gata parte de las cercanías de El Alquián y corto a campo traviesa. Se presiente el mar hacia el sur, tras los arenales. El suelo está lleno de trochas que se borran lo mismo que falsas pistas. Sigo una, la abandono, retrocedo. Finalmente descubro un camino de herradura y voy a parar a una rambla seca, sembrada de guijarros. (pág., 67).


       Al final de la cuesta se llega a un cruce. A la izquierda, la carretera lleva a Las Negras; a la derecha, a La Ermita y Rodalquilar. Tomo el camino de la izquierda, tras un grupo de hombres endomingados, y el mar aparece al poco, veteado de estrías blancas. Atravesamos una rambla frente a una cáfila de cortijos desmoronados y en alberca. Los hombres andan deprisa, como si temieran llegar con retraso y, a mi lado, uno se sujeta el sombrero para que no le vuele. Cuando me doy cuenta, estoy ya en el pueblo. Las Negras se asienta en el centro de la bahía y su aspecto asolado y ruinoso me recuerda el de Escuyos o San José. En la única calle trazada hay un bar y un estanco, los cerdos gruñen en el interior de las cochineras y el mar alborota y da tumbos sobre la playa (pág., 113).

martes, 9 de enero de 2018

John Berger



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El testamento literario de John Berger




       El libro Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos (2017) se convierte en el testamento literario más hermoso de John Berger, autor que fallecía en París a comienzos de un recién estrenado 2017, un texto que incluye cuentos, poesía, aforismos y viajes del autor londinense.

Una mirada

       Este libro que edita ejemplarmente Nørdica incluye relatos breves, recuerdos, reflexiones en torno al arte, el amor y el sexo, o la muerte y, además, un prólogo de Manuel Rivas quien subraya la pasión de Berger por Goya, sobre todo porque su pintura muestra el coraje de ver lo que realmente no se puede ver. Berger marca el ritmo de sus pensamientos al mismo tiempo que bombea la sangre su corazón, palabras que le permiten llegar a cualquier lector. Sincero e inteligente, las reflexiones del escritor nos demuestran que su paso por esta vida no ha sido en vano, dejan la huella indeleble de quien supo disfrutar del arte de la palabra y del vislumbre de la multiplicidad y el concepto de la imagen. Poesía y arte conforman la mayoría de estas páginas y resulta de lo más sincero. El libro resulta un híbrido de todos y cada uno de los textos escritos por Berger, o como señala Rivas en su prólogo, “un laborioso avance por la incerteza”, y una vez leído, uno no deja de sentir esa especial emoción que nos transmiten todas y cada una de estas páginas que se concretan en ese “otro modo de ver” que tanto preconizaba el londinense.  
       Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, es el primer libro que conocí de John y es el que me marcó. Vuelvo a él y cada vez me dice cosas diferentes", señala la ilustradora sobre el trabajo que ella percibe como el "más íntimo" de cuantos escribió el británico y en el que se unen su trabajo ensayístico sobre el arte con la riqueza emocional de su narrativa y de su poesía.


El autor
          John Berger había nacido en Londres en 1926, pero vivió en Francia desde 1962, y murió en París el 2 de enero de 2017. Su polifacética actividad cultural abarcaría la pintura, la novela y la poesía. Pero, sobre todo, fue conocido como un maestro de la crítica cultural, en su más amplio sentido. Su fama le llegó en 1972, con la emisión de la BBC de la serie Modos de ver, que sirvió para educar en la apreciación del arte a varias generaciones en todo el mundo.
       Nunca dejó de dibujar, de viajar en moto ni de escribir poemas. Fue el puente entre la gente de a pie y los grandes maestros de la pintura occidental. También la voz de los seres más frágiles. Algunas de sus obras, Mirar (1980), Hacia la boda (1995), K., una historia de la calle (2000), Un pintor de hoy (2002), Páginas de la herida. Antología poética (1995).


La ilustradora
       Leticia Ruifernández nació en Madrid en 1976, concretamente 50 años después de John Berger. Tras estudiar la carrera de Arquitectura, se dedicó a la creación de libros de distintos formatos: álbumes ilustrados, cuadernos de viaje y cuadernos de campo, ilustrando o escribiendo los textos. Desde 2005 vive en un pueblo de la provincia de Cáceres, en una casa desde donde todos los días ve el sol salir.
       La ilustradora y el escritor se conocieron en Madrid en septiembre de 2000. Desde entonces mantuvieron una amistad. John Berger participó en su libro Tlalticpac Toquitchin Tiez (2001), o La tierra será como los hombres y mujeres sean, publicado por Solidaridad Internacional en 2001. Otros libros suyos, Picuyo (2011) y Cuentos del bosque (2013). La muerte de John Berger ocurrió cuando Leticia estaba comenzando a trabajar en las ilustraciones de Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, y el resultado final no puede ser cuanto menos espectacular, un libro de colección.







John Berger, Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos; trad., de Pilar Vázquez; Madrid, Nørdica, 2017.