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domingo, 14 de junio de 2015

Desayuno con diamantes, 40



Desayuno con diamantes, 40
LA ÉTICA LITERARIA DE CYNTHIA OZICK 

      En Cuentos reunidos (Lumen, 2015), hombres y mujeres pueden parecer patéticos, pero en el fondo conservan y muestran su dignidad.
         
      Cynthia Ozick, contemporánea generacional de John Updike y Philip Roth, ha vivido gran parte de su vida para leer y escribir; sin embargo, empezó a publicar poco antes de cumplir los cuarenta, un hecho que le ha marcado, y convertido en víctima de esa anatomía del fracaso que siempre ha padecido, aunque en los últimos años su prestigio y reconocimiento han sido notables, finalista del Premio Internacional Man Booker (2005), el National Book Critics Circle Award for Criticism (2006), su obra está traducida a más de trece idiomas, y su novela The Shawl ( El chal, 1989), constituye una referencia académica de la literatura del Holocausto, junto a las obras de Elie Wiesel y Primo Levi. En la narrativa norteamericana del último medio siglo una serie de constantes se repiten y hablan de una “novelística judía” o del “factor judío”, perceptible en autores como Saul Bellow o Philip Roth, tanto en la construcción de la psicología de sus personajes como en el análisis de ambientes y vivencias individuales y comunitarias. Para Ozick escribir se convierte en un auténtico acto de valor, pelea con cada frase, sílaba a sílaba, y como ella misma manifiesta, define minuciosamente a los personajes, y así confirma su habilidad para el diálogo, o crea una fábula sobre los misterios del talento poético, o los riesgos de la usurpación de personalidad. “Creo que las historias deben juzgar e interpretar el mundo”, afirma, y se libera de la tiranía de la subjetividad, se concentra en crear historias que se desarrollan a partir de la “impresionante permutación del mundo objetivo” y de los innumerables textos literarios precedentes.
Una obra singular
        A lo largo de toda su obra, Ozick se refugia en una especie de resistencia cultural, tanto ética como estética. En sus ensayos tiende a ese sentido de lealtad a la palabra escrita y pasa por mantener sus propios niveles de exigencia, o no se rinde ante esa ideología del kitsch que parece haberse apoderado de los medios de comunicación y de la escritura en general. En estos últimos cincuenta años no ha dejado de ser una narradora y ensayista minoritaria, su literatura gira en contra de cualquier banalización, y cree que aun es posible “leer a Nietzsche, o a Gibbon, y la historia judía, y a George Eliot, a E. M. Foster, a Chéjov y a otros muchos, sin que sea necesario tener en cuenta la cultura pop o, incluso al rap”, porque aun debemos diferenciar entre lo efímero y lo perdurable y sostener que el intelecto, y la vida ética, requieren de distinciones, en un amplio sentido. En 1966 publica la novela Trust, un texto intrincado y metafórico cuyos personajes, como los de Henry James, están atrapados en un proceso de autodescubrimiento, y donde aborda el tema convencional de la búsqueda de la identidad desde la perspectiva femenina, que a ella le sirve para definir las diferentes actitudes, del gentil y del judío, ante la historia, y el Holocausto se convierte en la piedra de toque de la conciencia histórica y la sustancia moral de esta novela. 



Una vida
        Cynthia Ozick nació el 17 de abril de 1928 en Pelham Bay, en el Bronx (N.Y.), en el seno de una familia judía, aunque sus padres procedían de Lituania, y creció en una tradición que abogaba por un escepticismo y un racionalismo opuestos a la exuberante comunidad jasídica. Experimentó el antisemitismo en el barrio y en la escuela pública, entonces se refugió en la literatura. Estudió a los poetas latinos en la Hunter High School, y se licenció en la New York University, donde descubrió a algunos de sus “dioses”, Mary McCarthy, Elizabeth Hardwick, Irving Howe, Delmore Schwartz, Alfred Kazan, Clement Greenberg, Saul Bellow, Karl Shapiro, Simone de Beauvoir o George Orwell. Se doctoró con una tesis sobre la obra de Henry James en la Ohio State University; se considera básicamente una autodidacta que cimentó las bases de su formación entre la adolescencia y la primera juventud, cuando pasaba leyendo unas dieciséis horas al día.
        En 1952, con 24 años, se casó con el abogado Bernard Hallote; y como sus ambiciones fueron más literarias que académicas se entregó por completo a la escritura. En ese periodo se produce en ella una gran transformación, derivada de la lectura de dos libros que le influirán definitivamente: History of the Jews, que enfatiza el sufrimiento del pueblo judío y subrayaba las aspiraciones nacionales judías y la devoción por la Torá, y el ensayo Romantic Religion, guía espiritual del judaísmo liberal moderno. En 1971, recibió el Ozick Premio Wallant Lewis Edward por su colección de cuentos, El Rabino Pagan y otros cuentos. En 1997, recibió el Premio Diamonstein-Spielvogel para el arte del ensayo de la Fama y la locura (1996).

Cuentos   
        La editorial barcelonesa Lumen ha venido rescatando para un público lector más amplio, obras descatalogadas de la narradora judía-neoyorkina, Los últimos testigos (2006) y Cuerpos extraños (2013), y ahora, Cuentos reunidos (Lumen, 2015), que ofrece una excelente muestra del quehacer breve de la narradora. De los diecinueve textos escritos entre 1971 y 2008, algunos contienen la esencia de su escritura: “El rabino pagano”, ejemplifica el judaísmo que se establece como fuerza dominante en su obra, y su protagonista el rabino, Isaac Kornfeld, tras haber abrazado la herejía de Spinoza, y haberse visto forzado a elegir entre valores judíos y gentiles, acaba por ahorcarse con un talit. Sus relatos ejemplifican el ser judío y su trascendencia, señala su compromiso con un punto de vista predominantemente religioso y ético, según el cual el arte se convierte en escenario de confrontación de ideologías. Otra de las claves de su narrativa es la alternancia entre desenlaces más cotidianos y los ligados a la fantasía como el asombroso final del “El rabino pagano”, o recurre a escenas surrealistas, en las que, a través de los ojos de los personajes, los hombres se convierten en chivos y las mujeres en sirenas o dríades, o incluso dominan al protagonista como en “La bruja de los muelles”. Y, sobresale, una fuerte crítica hacia los hombres que no permiten que las mujeres accedan a la educación o a un empleo, restringiéndolas al matrimonio, y significativa la denuncia que la autora hace de la segregación que sufrieron las personas de color en Estados Unidos, ejemplificada en la consulta del doctor en el relato “La mujer del médico”. O “Virilidad” que es una narración satírica sobre el arte de la poesía que termina adentrándose en los pilares medulares de nuestra sociedad: la emigración, las clases, la memoria histórica, la identidad y las desigualdades de género. En un futuro donde la literatura y el arte se han extinguido, un periodista centenario, pasea por un cementerio en busca de la tumba de un poeta: Edmundo Gate, seudónimo de Elia Gatoff. Allí, rememora el momento en que le conoció y los años posteriores hasta su temprana muerte. “Levitación”, señaló Foster Wallace, es un ejemplo de lo mágico de la ficción, y vuelve al tema de la identidad judía, sus matices, manifestaciones y significados. La rica narrativa de esta autora, se adereza con dosis de ironía y surrealismo, resultan relatos innovadores, logran sorprender al lector o incluso dejarle pasmado con sus rarezas, como en “Del cuaderno de notas de un refugiado”. Ozick, no tiene interés literario por lo nuevo ni le motiva la ruptura con lo antiguo, sino el hecho de seguir indagando en el eterno enigma humano; insiste en lo genuino, y defiende lo bien hecho, eso sí, sin defecto estructural alguno.




 










Cynthia Ozick; Cuentos reunidos; Barcelona, Lumen, 2015; 720 págs.


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