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sábado, 6 de junio de 2015

Hoy tomo café con…



Alejandro López Andrada
El narrador cordobés (Villanueva del Duque, 1957) ha publicado recientemente en la editorial madrileña, Trifaldi, El jardín vertical (2015).


Licenciado en Ciencias de la Educación, su vocación literaria inicial se orienta hacia la lírica, y desde 1989 ha publicado algunos títulos significativos, Códice de la melancolía (1989), Los pájaros del frío (2000), El vuelo de la bruma (2005), La tumba del arco iris (2013) y Los ángulos del cielo (2014). Entre su narrativa, El libro de las aguas (2007), Los ojos de Natalie Wood (2012). En La esquina del mundo (2012) ofrece un género fronterizo entre poesía, reflexión, aforismo y memoria. Ha sido premiado con el  Rafael Alberti, José Hierro o el Premio Andalucía de la Crítica.

Usted se ha convertido en la voz de los indignados en su última novela, El jardín vertical (2015), ¿tanta rabia, o mejor, tanta injusticia hay que denunciar?
        No sé sí llegaré a tanto, pero la verdad es que para mí es todo un honor dar voz a tantos miles y miles de hombres y mujeres indignados que, igual que Daniel, protagonista de mi novela, se sienten rotos, desahuciados y desprotegidos en medio de una sociedad gobernada (mejor, desgobernada) por un gobierno prepotente, injusto y cruel, entregado a los dictámenes que le marcan la Banca y el Capital. Por eso, aunque Daniel no es mi alter ego, siento la misma rabia y las mismas ansias de justicia que él ante el desastre de lo que, en los últimos cuatro años, está ocurriendo en este país.

¿La literatura sigue siendo ese juez implacable que levanta acta de nuestra sociedad?
        Sin duda alguna: la mejor radiografía de una época histórica se halla en los libros literarios que en ella se escribieron. Dicen algunos críticos que mi novela es existencialista y, en este sentido, la relacionan con  “El extranjero” de Albert Camus. En este sentido, creo que la literatura da, o puede dar, una visión bastante aproximada de la realidad social que a un escritor le toca vivir.

En su novela hay un antes y un después, nos lleva usted hasta el franquismo y desembocamos unos capítulos después en la democracia, ¿hemos aprendido algo?
        Por desgracia, debo reconocer que no hemos aprendido nada, o muy poco, en el transcurso de todos estos años de democracia. De eso habla, precisamente, mi novela: la historia de este país es un bucle trágico donde por desgracia todo vuelve y se repite sin que los ciudadanos, los españolitos de a pie, puedan o quieran evitarlo. Debo reconocer, por tanto, que soy muy pesimista, la verdad.

Vivimos en la España de la crisis económica, los desahucios, el engaño de las preferentes, las exageradas estadísticas del paro, la proliferación de trabajos precarios que dañan la economía y a familias que apenas subsisten, o de leyes abusivas y retrógradas, las denominadas “mordaza” y las devoluciones “en caliente”, ¿es todo esto lo que no hemos aprendido de la democracia?
        Bueno, tampoco debemos sentirnos culpables y hacernos responsables de algo que se nos escapa. A mi modo de ver, el ciudadano de a pie no es responsable de lo que está ocurriendo aquí y en Europa. Los verdaderos culpables son los políticos de esa derecha recalcitrante y autoritaria, despótica, que están al servicio de las élites financieras y los mercados. Ellos son los verdaderos responsables de lo que ha ocurrido y ocurre en este país.

O tal vez, ¿Cuándo uno lee su novela percibe que quienes nos gobiernan lo hacen realmente tan mal?
        Acabo de decirlo. Esa es una de las sensaciones que tiene el lector que se adentra en “El jardín vertical”. En la novela existen varias claves argumentales, muchos asuntos de índole variada que vienen a demostrar la difícil situación social que estamos atravesando debido a la ineptitud de un gobierno torpe y gris.  


Daniel, el personaje protagonista, podría ser cualquiera de nuestros vecinos de mediana edad que no ve el final del túnel, ¿no le queda otro remedio para actuar así al final de la novela?
        El protagonista de mi novela “El jardín vertical” tiene bastante que ver, como antes dije, con lo que pensamos miles, millones de personas, en este país. A pesar de todo, no todos -yo, al menos, no lo haría- seríamos capaces de llevar a cabo el plan que él diseña y ejecuta en la novela. Yo quería llevar a Daniel a una situación límite de desesperación. Por eso mi relato tiene mucho de nihilista y existencialista. El protagonista de esta historia no cree en nada, además lo ha perdido todo, y no tiene futuro, como miles de personas en este momento. Me interesaba contar eso, y también el hecho de que los políticos del Gobierno no tienen en cuenta el daño que hacen con sus recortes a los más frágiles de la sociedad. 

También hay escenas de ternura, de fraternidad humana, incluso una mirada al pasado en los personajes del abuelo y de Bernabé, ¿son ambos el contrapunto a tanta mediocridad?
        Bueno, dentro de las sombras, de la oscuridad, también caben atisbos de luz, de ternura, de humanidad. Por eso me interesaba sacar en la novela personajes tiernos, humildes y sensibles, como el abuelo de Daniel o, fundamentalmente, el anciano Bernabé. Con ello, aun sin caer en el maniqueísmo,  me interesaba dibujar la bondad de la gente natural, sencilla y oprimida, en contraste con la maldad, la arrogancia y la soberbia de quienes rigen el destino de nuestra sociedad.

La estética y la exquisitez lingüística, características en su obra anterior, deja ahora paso, a una contundencia y a una prosa certera y precisa, ¿es la traducción a tanta injusticia que puebla nuestros pueblos, ciudades, plazas y pueblos de la geografía española?
        Creo que el tono empleado en esta ocasión es el que correspondía a la historia narrada. A mi modo de ver, cada libro tiene su música particular y requiere tanto un tono como un lenguaje específico a la hora de narrar el argumento elegido. Quizá en mis novelas anteriores, menos dramáticas que ésta, abundaba un lenguaje más lírico y elaborado; pero en ésta, aunque también abundan las pinceladas poéticas, he querido utilizar un lenguaje más sobrio a la hora de contar el desmoronamiento de un personaje, Daniel, inmerso en el asfixiante ambiente de una sociedad capitalista egoísta y cruel.  

Este libro apareció un par de meses antes de las elecciones autonómicas y municipales, ¿seguimos estando tan indignados?
        Creo que, en los últimos años y meses, siempre ha habido miles de motivos para sentirnos indignados. No obstante, tras las municipales, con la irrupción en el panorama político de personas como Manuela Carmena o Ada Colau, quienes llevan en sus programas políticos proyectos de ayuda a los más frágiles y desahuciados, hay, sin duda, más motivos para la esperanza y la alegría. Esperemos que a partir de ahora empecemos a ver algo de luz en un horizonte hasta hace muy pocos días torvo y gris.

Por tanto, ¿cuánto nos queda de dignidad humana?
        Mucha. A la gente sencilla,  a los ciudadanos sufridores si algo nos queda aún es eso: una fuerte y enraizada dignidad. Yo nunca me he bajado ni me bajaré los pantalones ante el Poder. Contra la prepotencia, la corrupción, los recortes y toda la política liberal de derechas lo único que puede salvarnos es, además de las ansias de lucha, de la sana rebeldía, eso: la inquebrantable dignidad.

¡Y una última reflexión en voz alta!
        Creo que, a pesar de tanta mugre política, de tanta indecencia, de tantos recortes económicos y de derechos, de tanta corrupción, a pesar del pesimismo que flota en el ambiente, aún queda la esperanza y la fe en un mundo más habitable, más humano, más solidario y justo. Mi palabra poética y literaria siempre estará junto a los débiles. Creo en una sociedad más abierta, solidaria e igualitaria.  Es por lo que ahora lucho y siempre voy a luchar.

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