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viernes, 12 de junio de 2015

Eduardo Mendoza



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LA VERDAD SOBRE EL CASO SAVOLTA
40º Aniversario de Los soldados de Cataluña



      Un joven Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) justificaba el comienzo de su literatura hecha a base de collages, volvía su vista a los estilistas Stendhal y Tolstoi, y a los clásicos norteamericanos, incluida la novela negra, una fusión simbólica que determinará la trama de sus obras en gran medida y configura la estructura, sostiene el lenguaje empleado, que se estiliza y convierte en irónico y paródico; y, finalmente, con respecto al estilo se amalgama en toda una serie de figuraciones ambiguas, y le otorga al lector la posibilidad de dar rienda suelta a su propia fantasía. En la novela española contemporánea suele admitirse, y así debe entenderse como la renovación formal y, aun más, su transformación se inicia entre 1961 con la publicación de Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos y 1975 cuando aparece La verdad sobre el caso Savolta de Eduardo Mendoza. Una renovación intensa que provoca cambios formales y técnicos aunque se siga la estela iniciada por el realismo social previo y se reaccione contra presupuestos del objetivismo; surge entonces la omnisciencia objetiva del narrador, la alternancia de los puntos de vista y ese heterogéneo perspectivismo, autor, narrador y personajes. El lenguaje es tan discursivo como poemático, y de la linealidad se pasa a una complejidad estructural, una heterogeneidad en las secuencias, y la mezcla personas narrativas, según los puntos de vista, las tres, incluida la segunda.

 El caso Savolta
        La verdad sobre el caso Savolta tiene un curioso planteamiento, según el propósito del propio Eduardo Mendoza, y bastante sencillo: acercar la sensibilidad postmoderna a una narrativa previa, establecida sobre cimientos tradicionales; tras su aparición, unos meses antes de la muerte del dictador, se convierte en símbolo del más absoluto y nuevo estado de la narrativa del momento que se alejaba de un realismo y un experimentalismo desmedido para ofrecer opciones capaces de interesar al lector. Mendoza quiso escribir una novela comunicativa y amena, convirtió su texto en un relato de acción con variados y complejos complots, crímenes, violencia y todo tipo de percances; en realidad, un modelo de relato popular, de novela negra o policíaca que no deja de lado los rasgos sentimentales casi folletinescos, aunque percibimos que algo extraño ocurre, suena diferente, un narrador cegado por los curiosos acontecimientos vividos, y al tiempo evocador, protagonista y acusador de un crimen, que parece haberse olvidado; lo más curioso, refleja ese nuevo y corrupto estrato social superior durante los desmedidos años 1917 a 1919 en una creciente Barcelona industrial y dinámica. Tras unas primeras pesquisas y experiencias, la novela avanza en una auténtica vorágine de intrigas, maquinaciones, asesinatos, amoríos y sucesos para intentar resolver el “caso Savolta”, la fábrica de armas, que suministraba tanto a Francia como Alemania. Obviamente, es una historia fraccionada, se desarrolla en secuencias dispersas, aisladas y planteadas desde diversos puntos de vista, y añade materiales diversos, documentos de una apariencia real. Mendoza recurre a esa mezcla de narración de corte tradicional y un aire innovador para alejarse de un vanguardismo y experimentalismo al uso; pronto se convirtió en una novela antigua y moderna que exige un lector atento por la hondura, la complejidad y la rica disposición con que el barcelonés aplica tres de sus componentes básicos: relato policiaco, novela histórica y narración social. Inicialmente, podría pensarse que La verdad sobre el caso Savolta sea, exclusivamente, un relato criminal porque el mismo título nos remite a la confusa muerte del industrial catalán asesinado por pistoleros pagados, aunque los anarquistas se hacen responsables; y curioso, la narración comienza con las declaraciones de un testigo ante un juez norteamericano en una causa relacionada con Savolta y sus negocios en un pasado reciente pero solo de una forma indirecta. Pronto, ese detalle, algo difuminado, se llenará de una trama mucho más densa que encubre comportamientos delictivos de gran calaje, protagonizados por muchos personajes que darán pie a una serie de escenas de violencia y desorden que enmarcan el momento en las luchas encarnizadas entre la burguesía industrial catalana de comienzos de siglo y los obreros organizados, aunque subyace la idea de las revueltas entre anarquistas y socialistas contra el terrorismo empresarial; y como se trata de una recreación de la Barcelona del primer cuarto de siglo, se impone la vertiente histórica que Mendoza cuidó porque se atiene a esa fidelidad que se le suponen a este tipo de obras, e incluye sucesos de menor importancia que solo se modifican con ligeras pinceladas narrativas. El retrato de época se asocia con esa dimensión complementaria que tiene la novela, incluso un alcance político que la censura del momento ignoró, esa especie de mafia burguesa industrial que imponía su ley, y esa clase obrera explotada con hambre y miseria, y en igual proporción, sobresale ese retrato colectivo de la sociedad urbana en su conjunto, otra forma de denuncia y un alegato social, aunque como el propio escritor ha manifestado en alguna ocasión, “tan solo pretendía hacer la epopeya del proletariado”.

40 años después
        Cuarenta años después, Eduardo Mendoza recupera el título original, Los soldados de Cataluña (2015), que fue presentada al Ministerio de Información y Turismo. Sección de Ordenación Editorial, el 11 de septiembre de 1973, un volumen de 379 páginas que editaría Seix Barral y pasó al lector, el 12.  El informe se escribe y firma dos días después, y califica la obra como “Novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza (…) el tema son los enredos de una empresa comercial que vende armas a los aliados y bajo cuerda a alemanes (…) casamientos, cuernos y asesinatos y todo lo típico de las novelas pésimas escritas por escritores que no saben escribir (…) no hay religión, ni sexo, y aunque aparecen en al escena de la novela algunos anarquistas, aparecen más como pistoleros que como políticos y desde luego no hay nada que parezca propaganda”. Y, a mano, se añade: “El título no tiene relación alguna con el contenido de la obra”. Se considera autorizable. Y finalmente, Ordenación Editorial, solo recomienda el 17 del mismo mes, “El cambio de título”. Curiosamente, la novela se queda en un cajón de Seix Barral hasta dos años después, y el 17 de abril de 1975 vuelve a la censura, esta vez con 463 páginas, y cambiado el título, La verdad sobre el caso Savolta, que pasa el mismo día al lector, no aprecia objeciones en la obra y aconseja su publicación, tachada de “buena dosis de humor e ironía con lo que llega a rozar los límites de la tragicomedia clásica”.
        Al final de esta nueva edición conmemorativa del 40º aniversario, y a modo de colofón, la edición reproduce los informes de la censura sobre el libro, los disparates vertidos por el lector nº 6, y un segundo lector, nº 4 que, como señalamos, mucho más perspicaz en sus opiniones; y se añaden los textos de Juan García Hortelano, la primera crítica de la novela, aparecida en el recién fundado El País y firmada el 5 de mayo de 1976, Manuel Vázquez Montalbán, el “Prólogo” que escribiera reeditada en Espasa-Calpe, 1992; y Félix de Azúa, también para una reedición en Seix.Barral, 2003. El propio Mendoza escribe “La verdad sobre el caso Savolta”, en la misma edición de 2003, y una anécdota que Llàtzer Moix cuenta en Mundo Mendoza. Montalbán situaba la historia entre Dostoievski y Groucho Marx, mientras que Azúa citaba a Valle-Inclán y Baroja. «Su aparición en 1975 dejó un rastro como el del cometa Halley: no venía de ningún lugar conocido ni se sabía adónde se dirigía, pero marcaba una dirección». Según Javier Marías, “Mendoza enseñó a la mayoría de los novelistas que vinieron después qué era escribir con libertad, sin verse obligado a complacer ni a los colegas ni a los críticos ni tan siquiera al público”. 













Eduardo Mendoza; Los soldados de Cataluña; 40º aniversario; Barcelona, Seix Barral, 2015; 470 págs.

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