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lunes, 3 de diciembre de 2018

Desayuno con diamantes, 143


LA COLMENA, 60 AÑOS DESPUÉS

               La colmena (1951), con el paso de los años ha llegado a ser traducida a veintiséis idiomas, entre el chino, japonés y coreano, y hasta el momento ha alcanzado la cifra de doscientas setenta y una ediciones.


               La concesión del Premio Nobel de Literatura a Camilo José Cela Trulock, el 19 de octubre de 1989, confirmaba de alguna manera la universalidad del autor gallego, y aunque la crítica académica y especializada considere que un premio de estas características no certifica la categoría de un escritor, aun considerándolo como un extraordinario valor de la cultura, al menos, un honor así propone que se premia el trabajo de toda una vida. Y que su importancia se extiende no solo por los estrictos ámbitos de lo universitario o literario, sino que desciende a las clases más populares, y en gran medida se difunde la significación de toda su obra, como a partir de ese momento ocurría con Cela escritor en mercados literarios tan cerrados como Italia, Francia, Alemania, Suiza o Gran Bretaña, países vetados durante siglos, salvo para nuestros mayores clásicos. El premio a Cela fue recibido en España e Hispanoamérica con un júbilo popular y dos de sus novelas más importantes en el panorama narrativo del siglo XX se difundieron tras la noticia de la Academia Sueca: La familia de Pascual Duarte (1942) y La colmena (1951). Según Blanco Vila, a Cela hay que leerlo, sin duda, por encima de las apariencias, y añade que incluso de las ideas y las reacciones que pueda provocarnos su lectura, siempre que hablamos de degustadores de la buena prosa, o para curiosos de la imaginación narrativa. Lo cierto es que, como siempre ha señalado Jorge Urrutia, la obra de Camilo José Cela, llena gran parte de la literatura española de los últimos cincuenta años del siglo XX

La crítica de Cela
               Nunca debemos olvidar la postura crítica de Cela hacia la España de los años cuarenta, sin duda por eso ya entonces el escritor tenía interés en presentar su obra como testimonio de su época, y su labor como de compromiso con el realismo imperante. En el mes de febrero de 1951 la editorial argentina Emecé publicaba en Buenos Aires, La colmena, que Camilo José Cela había presentado a la censura española y le habían devuelto, según Justino Sinova, «por nauseabunda y siniestra». La obra fue prohibida inmediatamente en España y paralelamente, el autor fue expulsado de la Asociación de la Prensa de Madrid. En la nota a la primera edición, Cela aclara que La colmena es el primer libro de la serie «Caminos inciertos», y que —por razones particulares— sale en la República Argentina; los aires nuevos —nuevos para mí— creo que hacen bien a la letra impresa. Tilda a su novela de realista, o idealista, o naturalista, o costumbrista, o lo que sea. Cuatro años más tarde, aparecía la segunda edición en la editorial española Noguer, que incorporaba las ilustraciones de Lorenzo Goñi; la misma volvería a editar la obra en 1957 y 1962, y nuevamente en 1963, 1965 y 1966. Mariano Tudela escribió «que La colmena era un golpe editorial español que venía de fuera de España, llevaba el número diecinueve de la «Colección Grandes novelistas», en cuyo catálogo figuraban, William Faulkner, Gambito de caballo y Guido Piovene, Piedad contra piedad. Para el crítico, La colmena es, sin duda, la novela más ambiciosa del gallego, puesto que pretende dar una visión desgarrada, a veces guiñolesca, desenfadada, tierna y tremenda, desolada y amorosa, de aquel Madrid un tanto triste de los años cuarenta, en que la vida era difícil, había que arrimar el hombro y todavía muchos notaban en sus descalcificaciones o en sus tuberculosis los padecimientos de los «años del hambre». El propio Cela declaraba que su nueva obra era «un pálido reflejo», «una humilde sombra de la cotidiana, áspera, entrañable y dolorosa realidad», «un trozo de vida narrado paso a paso, sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre», confesando sin embargo que le había costado mucho trabajo hacerla, «su arquitectura es compleja», señalaba. Parece que la escribió poco después de la contienda, en la década de 1940 a 1950 y se tiene testimonio de que podría estar acabada en 1948, marcada por la fealdad del momento, la tristeza de sobrevivir, o la violencia expresa de muchos momentos, motivos suficientes para componer una obra polifónica.
               Juan Luis Alborg escribía en Hora actual de la novela española (1958) que, «con La colmena ha escrito Cela hasta el momento su novela más conseguida (...) Es una novela de composición sinfónica, sin protagonistas ni personajes destacados, exactamente como una orquesta, ninguno de cuyos elementos es superior a los demás, pues todos juntos contribuyen por igual, ejecutando su parte propia, al total efecto del conjunto». Y añade al respecto de su técnica, «La colmena pretende apresar un panorama de la vida española localizado en Madrid en los primeros años de la postguerra, me parece dotada de una ambición plausible, si bien podrá argüirse que también su «colmena» se limita a un reducido juego de pasiones —hambre de sexo y de pan—y a unos estratos tan solo de la vida, mientras quedan fuera de su enfoque planos infinitos».
               José Corrales Egea en su obra La novela española actual (1966) afirmaba que «La colmena señala un camino, una forma de novelar más adecuada a la aspiraciones neorrealistas de los escritores jóvenes que las formas y el estilo hasta entonces vigentes; pero el propio autor se queda en el umbral, sin adentrarse por el camino abierto, al negarse a arrostrar —o al no poder arrostrar—todas las consecuencia que de ello podrían derivarse. Heraldo de un resurgimiento, La colmena se queda, sin embargo, a la orilla de ese movimiento».
               Santos Sanz Villanueva aclara que analizar la obra de Camilo José Cela en el contexto de las formas realistas y críticas de la novela de postguerra requiere notables dosis de ponderación para no caer en ninguno de los dos extremos a que conduce parte de la bibliografía sobre el narrador: un escritor muy crítico de la sociedad de su tiempo o un estilista refugiado en interpretaciones evasivas o marginales de la realidad. Quizá (por eso) ambos aspectos se conjuguen en una producción extensa, de diferentes registros y desarrollada a lo largo de casi cuatro décadas.



La colmena
               La historia es bien sencilla, unas gentes que sin demasiada convicción, sin ilusiones, casi sin futuro por delante, se entregan al lacerante ejercicio de la supervivencia que es lo que es, al fin de libro, une a todos los personajes; unas gentes, según ha escrito Cela, que forman parte (...) de un estrato determinado de la ciudad, que es un poco la suma de todas las vidas que bullen en sus páginas, unas vidas grises, vulgares y cotidianas, sin demasiada grandeza, esa es la verdad. En La colmena no existe un hilo argumental, los personajes que van apareciendo pertenecen a varias clases sociales, preferentemente a una burguesía venida a menos después de la lucha y a sectores humildes. Los protagonistas irán apareciendo y desapareciendo a gusto del autor, aunque la unidad de la obra viene dada por el ambiente de miseria en que mueven todos ellos, y entre los que pueden advertirse algunos núcleos de relaciones. En el capítulo I, y en torno al café de doña Rosa, será a donde acuden clientes habituales, y se vincula con algunos otros seres que transita por el resto del relato y que resultan en su mayoría anónimos, con un mínimo de interés biográfico como le ocurre a Martín Marco, quizá el más representativo (un reproche que Alborg le hacía a Cela, de quien dice que al gallego no le va de ninguna manera un personaje que haya de sostener a pulso demasiado tiempo (...) Cela suelta de la mano a sus personajes lo más pronto que puede, porque su resuello novelesco no da para más). Doscientos trece fragmentos tiene la novela, distribuidos en seis capítulos y un apartado final, por lo que, según el índice elaborado por Caballero Bonald, desfilan doscientos noventa y seis personajes reales, y cincuenta históricos aunque, en realidad, tan solo unos treinta consiguen imponerse como verdaderos personajes, quienes parecen decididos a vivir o a malvivir el presente, porque el pasado es mejor olvidarlo, y el futuro no se sabe si llegará. La sensación de fatalidad pesa sobre ellos, aunque también sobre toda la novela, y permite que estructuralmente no se hable de costumbrismo al uso, sino que el ambiente es de lo más trágico y coercitivo.
               El héroe tradicional, individual ha perdido toda su importancia, sobre todo porque han cambiado las nuevas circunstancias históricas, y ante semejante reto un único personaje se muestra incapaz de soportar dicho peso, así que en numerosas ocasiones se opta por un personaje colectivo y así habrá que entender La colmena que, como señala Iglesias Laguna, da la impresión de que estamos ante una fotografía al minuto antes que de cuadro elaborado, aunque Cela siempre hablaba al respecto de objetivismo. Los personajes de la novela son gentes vulgares, aunque no podrían ser de otra manera cuando pasan hambre y necesidad en el Madrid del racionamiento y del mercado negro, y aunque no faltan otros de una clase social más acomodada, tampoco estos aportan un punto de vista distinto y se integran en esa mirada que el novelista ha pretendido dar a su drama, un fenómeno histórico y social con una España urbana como trasfondo, «una realidad representativa de un aspecto de la vida madrileña, de ahí su valor testimonial y social», como ha señalado Gil Casado. Tampoco podemos hablar de la novela de Madrid, aunque geográficamente reconocible y podamos hablar de una parte urbana y social, con abundantes espacios cerrados como el café de doña Rosa o la casa del homosexual Suárez, y algunos pequeños episodios en la calle. Cela habló de su novela en la que como la vida misma, cada destino corre su suerte y todos trabajan, en el duro recorte del tiempo en el que se sitúa la acción. Hay quienes han visto en algunos de estos personajes el ambiente bien conocido de el café Gijón que frecuentaban no pocos conocidos de la época, Rafael Vilaseca, Iborra, Rafael Bonmatí, Eusebio García Luego, Manuel Segalá que, según testimonia, Marino Gómez Santos en Crónica del Café Gijón (1955), bien podrían ser don Leonardo Meléndez, el joven melenudo, don Jaime Arce, Martín Marco, todos en una colmena que como afirma Cela es, también, una cucaña temerosa de los golpes o una sepultura en vida.
               Si sesenta años más tarde, consideramos La colmena como ejemplo de las tendencias de la novela española de aquello que se consideró como crítica junto a Laforet, Suárez Carreño o Luis Romero, entonces habría que calificarla en su doble papel: primero como desmitificadora de un tema, y así abre nuevas perspectivas frente a una novela de evasión; y en segundo lugar desde una perspectiva de realismo crítico con una gran influencia en las generaciones del futuro, sobre todo en lo relativo a planteamientos estéticos y a enfoques objetivos con profundo significado social. Jorge Urrutia termina la edición de La colmena (Cátedra, 1988), un amplio y esclarecedor estudio introductorio, afirmando que «es una novela que obliga a reflexionar sobre los límites de las relaciones humanas, de la moral individual y colectiva»

Las secuelas
               Las secuelas de La colmena o al menos la visión que otros escritores tuvieron del momento respondía, por tanto, a una preocupación bastante común en la época, señala el profesor Jorge Urrutia, y de entonces rescata la novela Calle de Echegaray (1950), de Marcial Suárez, con afirmaciones similares, aunque entiende que sus personajes tal vez no sean novelescos porque son quienes se encuentra por la calle, en el teatro, en el hotel de paso, en el café, en el bar; y en su mayoría, por la calle Echegaray; y una novela, ambientada en Barcelona, La noria (1952), de Luis Romero, que no deja de girar para recoger, uno a uno, en sus cangilones, a los habitantes de un día de la gran ciudad, y algunos años antes, la propia Carmen Laforet había publicado Nada (1945), otro retrato de una ciudad y de una calle, la de Aribau, en Barcelona. Y a un nivel más amplio, ese conductismo que denuncia ciertos estados de ánimo puede verse en algunos de los mejores novelistas de la «generación perdida» como Dos Passos, Faulkner, Hemingway, Steinbeck, o Hammet y a destacar algunas novelas como Las uvas de la ira (1939), de Steinbeck, Manhattan Transfer (1925) y la trilogía U.S.A. (1930-1936), de Dos Passos.

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