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jueves, 20 de diciembre de 2018

Hoy invito a…


 

 

Alejandro López Andrada*

Las navidades muertas

 

Dar valor a las fiestas esenciales no es cuestión de nostalgia, sino de coherencia

        
          Antes de ponerme a hacerla, he sospechado que el título extraño que he dado a esta columna podría herir la espiritualidad de alguna gente o, en el caso contrario, hacerla sonreír. Uno no sabe muy bien a qué atenerse. Los sentimientos antagónicos se mezclan, paradójicamente, en estos días otoñales como humildes castañas en un suelo embarrizado con el musgo y los líquenes de un incipiente invierno que, antes de haber regresado, se celebra cuando ves una noche vestirse la ciudad de una luz confitada que aún no le pertenece y, a mi modo de ver, está fuera de sitio. Todo debiera llegar en su medida, cuando le corresponde, y nunca anticiparse. Sin embargo, hoy vivimos en un mundo al revés. Desde hace ya tiempo intento descifrar los motivos o razones que han ido desvirtuando el aroma genuino y la esencia primigenia de fiestas ancestrales que uno lleva escritas a fuego, y a nieve también, en el mapa del espíritu. La sociedad servil, materialista, en la que hoy nos movemos, tratando de copiar modelos de vida vacuos y execrables, traídos de lejos, ha cambiado de raíz la estructura de un mundo en el que me sentía integrado, a gusto y feliz, hasta hace poco tiempo. Quieren imponernos, a veces con descalzador, una cultura grotesca y consumista que nos acaba estupidizando. Y me opongo a esa moda con rotundidad.
       En estos últimos días ando perdido. La Navidad murió y estoy velándola, unas semanas antes de que vuelva a resucitar en mí como un milagro devolviéndome intacto su primitivo olor, no este otro impostado, absurdo y comercial, que acabaron imponiendo las élites económicas que tanto detesto. No creo en la Navidad diseñada en noviembre en centros comerciales que inundan el aire urbano de rebajas dibujando en los ojos atónitos y febriles de la ciudadanía una realidad virtual en la que nunca, jamás, me integraré. Miro a mi alrededor y siento lástima. Hay pocos motivos para sonreír y, aun así, uno acaba riéndose a conciencia de sucesos patéticos que a veces nos asombran. Hace ya varios días, un domingo de noviembre, vi en la tele al alcalde de una ciudad gallega hacer el ridículo mientras chapurreaba un inglés macarrónico inaugurando altivo, con una arrogancia casi dionisiaca, un exuberante alumbrado navideño de altísimo coste económico en su ciudad. Con ese detalle cómico y patético el político insomne lanzaba un dardo más sobre la frágil, raquítica, silueta de una Navidad que, días antes de nacer, está siendo linchada por la estúpida arrogancia de una sociedad exenta de valores éticos, emotivos, y espirituales, donde nunca se aprecia la sensibilidad, sino el materialismo más grotesco. La Navidad murió y estoy velándola para que cuando regrese de verdad y vuelva a resucitar dentro de mí rencuentre el fulgor que aún sigue aproximándome a la pudorosa edad de la inocencia, a esa intensidad genuina y temblorosa de las cosas sencillas: la risa de mis padres, la alegría vecinal, los blancos villancicos encofrados en el vértigo de las panderetas que cruzaban mi barrio, las tardes de vainilla en las que el aire arrastraba el humo añil de las chimeneas almidonando el pueblo, dorando las cosas, los rostros, las miradas, de un aroma anisado de hojaldres y turrón. Era aquel otro mundo quizá más primitivo, pero mucho más firme y profundo en sus ideas y en sus emociones que este otro en que hoy vivimos, donde todo es ficticio y absurdo en torno nuestro.
       No es cuestión de nostalgia o de melancolía, sino de coherencia, de humanidad tangible, dar valor a las fiestas lumínicas, esenciales, como es, por ejemplo, la de la Navidad. No deberíamos dejar que se marchiten dentro del corazón las emociones, los colores y sonidos que nos atan desde siempre a la fiesta más pura, hermosa, y cristalina, esa en la que aún resuenan como pasos vestidos de seda los días de la niñez. Para mí la Navidad nunca fue triste. Mi padre murió el día de Nochebuena del año 1991, y, sin embargo, cada año en mí revive cuando llega esa fecha con más intensidad. Hermanos, hijos, sobrinos, todos juntos nos sentamos en torno a la mesa familiar dentro de la casa en la que vine al mundo. Y la vida de pronto ahí, en esos instantes, adquiere un sentido profundamente cálido, desechando su traje de monotonía, cuando el tiempo detiene su vértigo de espuma y frena su vuelo como un dócil neblí aferrado a su presa: la luz, la paz, la vida, la armonía, el entusiasmo, la límpida ternura que trae en sus alforjas la Navidad genuina. Las otras, las muertas, carecen de sentido. Están desprovistas de autenticidad.

* Escritor

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