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miércoles, 21 de septiembre de 2016

Los olvidados



SILVERIO LANZA, UN RARO RECUPERADO

    La Fundación Central Hispano edita en dos volúmenes la novela de este singular narrador.

  
       Se trata de escribir sobre esos escritores calificados por Andrés Trapiello de un poco inútiles, pero muy pintorescos porque formaron parte de una muy genuina y honrada locura de la bohemia de principios de siglo, de los que ahora, transcurrido el XX, se puede hablar, es más, escribir con la suerte de acertar en algunos ditirambos que fueron dignos de las páginas de la revista Prometeo, de Ramón Gómez de la Serna, quien publicó algunos de los textos de este excéntrico que fue Silverio Lanza, lo visitaba en Getafe, a donde se había retirado el escritor, y de quien llegó a escribir una especie de biografía. En realidad, Silverio Lanza fue esa clase de autor calificado de raro que, en su vida y en sus obras, mostró siempre un radical individualismo y una oposición violenta a cualquier forma de pensar. En su producción novelesca mezcló, de una manera consciente, las técnicas narrativas del realismo y el noventaiochismo, además del convencional detallismo folletinesco de finales del siglo pasado. Autor de ocho novelas publicadas entre 1883 y 1909 que ahora aparecen en una excelente edición, en dos volúmenes, por la Fundación Central Hispano.

Biografía

       Su verdadero nombre fue Juan Bautista Amorós y Vázquez de Figueroa, nacido en Madrid en 1856 y muerto en Getafe en 1912, lugar a donde se había retirado voluntariamente. De su vida, en general, se conoce poco y las cosas que se saben de él parecen, en alguna medida, inciertas. De su etapa de marino, si es que lo fue, se sabe aún menos y parece ser que dejó este oficio para casarse e instalarse en Getafe, un hecho que nadie en su sano juicio por aquel entonces hubiera hecho jamás. Esto ocurría en 1885, recién casado con Justa Bárbara Sala, una mujer quince años mayor que él. Se desvinculó de todo y de todas sus amistades, pero sin embargo algunos han llegado a escribir que fue un hombre extraordinario, precursor de las ideas de los hombres del novecientos. Fue visitado por los Baroja, Pío y Ricardo, el pintor, que escribiría más tarde una semblanza en su obra Gente del 98 (1952) y a quien certeramente califica de «hombre extraño (...) pero escritor de originalidad admirable (...) Era cuando lo conocí moreno, barbudo, corpulento, de estatura mediana. Vestía siempre de negro y muchas veces de gran levita y sombrero de copa. Sobre el chaleco, bombeado por el estómago, una cadena de oro cruzaba de un bolsillo al otro. Dos o tres veces al mes aparecía de noche en el café. Nunca por la tarde». El autor madrileño ya había publicado unos cuantos libros, dos o tres novelas y dos o tres colecciones de cuentos. Practicó siempre una literatura efectista, invertebrada, impresionista que recuerda las técnicas cinematográficas entonces en boga.
       Su padre, don Narciso Amorós y Folch de Cardona, había llegado a ser brigadier en el Ejército y participó en la primera guerra carlista después de haber ejercido como gobernador en Ceuta y Peñíscola. Juan Bautista se vio obligado a inventarse una vocación marinera que no tenía y para la que le faltaron aptitudes, sin embargo ingreso en una escuela naval pero las sucesivas enfermedades que minaban su cuerpo, le obligaron a licenciarse y dar lugar a falsificar una biografía que incluyó toda una serie de galones y botones dorados. Todo este capítulo de su vida quedó plasmado en Desde la quilla hasta el tope (1891), una especie de memorias apócrifas en las que su trasunto heterónimo, Silverio Lanza, asciende de guarda marina a almirante. Ramón Gómez de la Serna incluyó algunos de sus escritos en la revista Prometeo, ese espacio de textos entremezclados, desde artículos políticos y anticlericales, pasando por las «delirantes» y «complejas» prosas y soliloquios teatrales, hasta incipientes novelas cortas, propias, y de sus contemporáneos. La publicación se iniciaba en noviembre de 1908 en 1912, siendo el saldo total de  XXXVIII números. Silverio Lanza colaboró en los de marzo de 1909, con los textos, «De socioscopía. El estímulo», número XII de 1909, con «Autobiografía», número XV de 1910, con «Extracto del Evangelio de Ramón Gómez de la Serna», el número XVI de 1910, con «Diálogos triviales», el número XVIII de 1910, con «Un conflicto», el número XXX de 1911, con «Nuevos revolucionarios» y el número XXXIII de 1911, con «El hambre y el miedo». El autor de las greguerías visitó, entre 1909 y 1912, asiduamente, a Silverio Lanza en su casona de Getafe y departía con él, en muy largas conversaciones, acerca de aquello que a ambos les gustaba pontificar, convirtiendo su plática en  irreverentes monólogos que nunca fueron desentrañados en sus posteriores obras por ninguno de los dos.
       Fue siempre un hombre admirado por los literatos más jóvenes que vieron en él a esa leyenda que había retratado las lacras de una falsa Restauración y de una no menos engañosa Regencia, cuestiones que le había llevado a la cárcel, aunque parece ser que el motivo fuera por ese libelo que tituló Ni en la vida ni en la muerte y que una señora denunció por creerse retratada en él.  Pío Baroja llegó a decir de él que, por encima de todo, era un pensador de una originalidad violenta, de un independencia huraña y salvaje. Considerado por algunos como el precursor de las ideas novecentistas,  habló en su literatura de un mundo rarísimo, porque en sus argumentos  no hay descripción, ni sentimientos y, sobre todo, planea la muerte por todos ellos y al final de cada uno el protagonista suele morir. “La muerte es mi capricho constante—llegó a escribir el propio Lanza—quizá porque es el único que espero conseguir”. 

          
       Ramón escribiría algunos, años más tarde, una fervorosa semblanza que tituló In memoriam que serviría de prólogo a las Páginas escogidas e inéditas del autor madrileño que fueron publicadas en Biblioteca Nueva (1918). Es un texto que podemos calificar de homenaje doble a un maestro extinguido, pues se trata de un panegírico que se completa con una especie de etopeya de tono humorístico en más clásico estilo de las greguerías. En esta especie de fisonomía-psicológica se pueden leer cosas como:
       «Su frente es una frente estrecha, plana, rectangular que parece una tablilla anunciadora sin ningún anuncio (...). Su mirada es inolvidable, una mirada de hombre que ve por entero al hombre, una mirada como si sus ojos fuesen tan grandes como aquello a lo que mirase (...). Su nariz, era imperante y bondadosa, gran nariz de barro amazacotado (...). Su boca de labios muy delgados cuyas comisuras apenas son perceptibles (...). Sus barbas próceres, puntiagudas aunque anchas; barbas bien pobladas de ironía, de transigencias, de bondad; barbas llenas de experiencia, entrecanas, nobles, muy cuidadas (...). Sus orejas eran diminutas como son las del que oye lo sutil, las del que oye lo que habla en voz baja, las del que oye el silencio (...). Su cuello era ancho, apoplético como el de Costa, y usaba cuellos cortos y redondos, tirilla de cura (...). Sus hombros eran anchos como con grandes hombreras y charreteras de militar antiguo y por tanto eso quiere decir que su pecho era ancho, como atorado de dignidad (...). Sus manos eran limpias, perfectamente limpias, manos de doctor que al cabo del día se ha lavado muchas veces en aguas templadas y con jabones de olor y se ha secado en numerosas toallas limpias (...)

Su obra

       En 1880 entrega a la imprenta un volumen de cuentos que tituló El año triste y en el que desarrolla una festividad señalada del año. En realidad, se trata de una serie de apólogos sobre el talante de una España prisionera de sus caciques. Resultó, como era de esperar, un profundo fracaso, pero le dio vuelos al heterónimo Silverio Lanza a lanzarse al mundo de la escritura y proyectar para unos años más tarde una novela que tituló Mala cuna y mala fosa (1883), la historia de Juana en cuya genealogía confluyen todos los vicios conocidos en el momento. El tremendismo, aún no inventado literariamente, campea por el relato para contar la crónica de una degradación, la de esta joven que de criada pasa a ser prostituta para terminar en un hospital de tuberculosos y desde ultratumba pretender rescatar a su amante. Luis S. Granjel, autor de varios trabajos sobre el excéntrico novelista, habla «del modo casi cinematográfico de presentar la compleja trama». Cuentecitos sin importancia se publican en 1888, un nuevo ataque a los caciques y a sus propiedades. Muy curioso es el texto que publicará al año siguiente y que tituló, Noticias biográficas acerca del Excmo. Sr. Marqués del Mantillo, una parábola sobre la moralidad de los políticos de su época. Se trata de un collage de fragmentos de discursos, debates parlamentarios, un retrato del Marqués y hasta una Carta al Papa.
       No menos irreverencias y chocarrerías—en palabras de Juan Manuel de Prada—contiene su siguiente libro, Ni en la vida ni en la muerte (1890), su novela más incendiaria, un auténtico escarnio al dogma y la religión cristiana, además de ofensivas injurias al clero y la magistratura. Transcurre la acción de la novela en un pueblo, cuyo gobierno se disputan los funcionarios de justicia, los sacerdotes y los caciques. Dos nuevos libros de relatos, Cuentos políticos (1890) y Para mis amigos (1892), ambos en medio de esa especie de biografía que hemos adelantado en líneas anteriores, Desde la quilla hasta el tope (1891), el relato de su frustrada adolescencia. En 1893 aparece Artuña, la suma de las obsesiones lancistas, su cosmogonía, sus continuos enojos para narrar una historia de amor en el más preclaro estilo folletinesco.
       En mayo de 1896 fallece su esposa Justa y paradójicamente cae en una profunda depresión que tratarán de amortiguar, primero Luis Ruiz Contreras y más tarde los amigos Azorín y Baroja. En 1903 reincide en el matrimonio casándose con Vicenta Anastasia Tallaeche, quien tampoco le dará el hijo deseado por el escritor. En 1907 publica La rendición de Santiago, su segunda mejor novela, en la que vuelve de nuevo a arremeter contra los estamentos sociales, tales como la policía, los políticos, los socialistas, la prensa, el ejército, los caciques y el clero. La última novela publicada en vida por Lanza será la única que no sufragó de su bolsillo y que tituló, originariamente, como La vermicracia (gobierno de los gusanos), pero su inclusión en la revista Los contemporáneos que capitaneaba Eduardo Zamacois, motivó que cambiara el título por el de Los gusanos. Poco después escribiría una nueva novela que Gómez de la Serna publicaría en La Novela Corta. En Medicina rústica se cuenta la kafkiana historia de un alter ego de Lanza que suplanta a un amigo, médico rural, para que éste pueda casarse con el hija del alcalde. El problema es que el sustituto no tiene ningún conocimiento sobre Medicina.
       Como su vida, la muerte le sobrevino por desaforado y su corazón dejó de bombear a un pesado cuerpo una mañana de abril de 1912. A su entierro, pobre, asistieron su hermano Narciso y su viuda. También lo acompañó Ramón que escribió una crónica para La Tribuna, hablando sobre aquel desangelado sepelio.
       Los dos volúmenes, con un prólogo-introducción de Juan Manuel de Prada, que ahora actualizan, de alguna manera, la obra de este raro, incluyen las novelas Artuña (1893) y La rendición de Santiago (1907), en el primero y Mala cuna y mala fosa (1883), Noticias biográficas acerca del excelentísimo señor marqués de Mantillo (1889), Ni en la vida ni en la muerte (1890), Desde la quilla hasta el tope (1891), Los gusanos (1909) y Medicina rústica (1918), obra póstuma, publicada por Ramón Gómez de la Serna, todos en el segundo volumen. Lanza se muestra en su narrativa como un cristiano viejo que sigue reclamando un país con honra y, quizá por ello, ningún sector de la sociedad que le tocó vivir se escapa a sus furibundos ataques, la política, la judicatura, los militares o los caciques, en general  entremezclados en una alegórica conciencia que él convierte en literatura, trasnochada, pero literatura en definitiva. Sus ideas, sin embargo, son las de un hombre práctico de corte universal basadas en las ventajas de la higiene, la alimentación sana y un cierto epicureísmo.
       Una bibliografía de su producción, las reediciones a lo largo del siglo XX y un somero recuento de la crítica sobre este singular autor, actualizan este curioso de la literatura española que, acertadamente, edita en su colección «Obra Fundamental» la Fundación Central Hispano.

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