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martes, 21 de julio de 2020

Adiós a Juan Marsé (1933-2020)


      Muere el escritor Juan Marsé a los 87 años: aquel muchacho que inventó Barcelona.


       Una ciudad, Barcelona, ha perdido a Juan Marsé, el portentoso narrador que, pese a ostentar en el pecho desde 2008 la medalla del Premio Cervantes, no dejó nunca de ser aquel muchacho de barrio que se colaba en las eternas matinées de cine de domingo para luego soltarles a la pandilla reunida en cualquier baldío sus descomunales y divertidísimas trolas que siempre llevarán su sello. Aquel muchacho, que hasta bien entrada la vida adulta (1965) trabajaría en un taller de joyería, que había nacido en realidad un 8 de enero de 1933 como Faneca Roca, y los apellidos de Marsé Carbó los recibió de su familia de adopción al quedar huérfano. Comienza a publicar sus primeros relatos en 1958 en las revistas Ínsula y El Ciervo, y para el año siguiente obtiene su primer premio por el cuento “Nada para morir”. Para 1960 aquel muchacho queda finalista del prestigioso Premio Biblioteca Breve de Seix Barral con su ópera prima Encerrados con un solo juguete.

       A partir de allí, la vida de aquel muchacho se acelera rumbo a la profesionalización literaria. Primero en París, donde trabaja de como profesor de español, traductor, guionista e incluso como ayudante de laboratorio del Instituto Pasteur y se afilia al PCE. Luego de regreso en Barcelona, publica Esta cara de la luna (1962) y Últimas tardes con Teresa (1966), ambas en la editorial de Barral y con la última le llega la consagración con el Premio Biblioteca Breve.
      
       Para 1970, cuando publica La oscura historia de la prima Montse, aquel humilde muchacho está completamente integrado en el mundillo intelectual de la progre clase alta barcelonesa, que pasaría a la historia con el mote de gauche divine, como redactor jefe de la revista Bocaccio y de Art-Cinema.
       Bajo la órbita de aquel glamouroso mundo, Marsé siguió su propio y auténtico camino, porque aquel muchacho por entonces ya era un adusto escritor con pocas pulgas y muy poco dispuesto a hacer concesiones de ningún tipo. Si acaso las que le exigían la página en blanco y el laborioso trabajo de orfebrería narrativa. Y en cuanto al riesgo que corrió en aquellos años de convertirse en una suerte de mascota ideológica de la gauche divine el mismo autor lo dejó bien claro sin eufemismos y con la contundencia de la que siempre hizo gala en un pasaje de su discurso de recepción del Premio Cervantes: "Yo podía quizás haber sido, lo digo sin un ápice de sarcasmo, el escritor obrero que al parecer faltaba en el prestigioso catálogo de la editorial. Halagadora posibilidad que a su debido tiempo, la fábula de un joven charnego del Monte Carmelo, desarraigado y sin trabajo, soñador y sin medios de fortuna, pero también sin conciencia de clase, se encargaría de desbaratar". 



       Tres décadas de golpes de afortunados literarios La muchacha de las bragas de oro (1978), Ronda del Guinardó (1984), El amante bilingüe (1992), Rabos de lagartija (2000), hasta el más reciente Caligrafía de los sueños (2011), entre otros. Y poco más se puede añadir de un genuino narrador urbano que nunca estuvo ni para mercadillos ni cotillones. Sólo resaltar su honestidad sin fisuras hasta el final. En suma, aquel honesto y genuino muchacho del Carmelo, que jamás pagó peaje de ningún tipo, tuvo una única premisa hasta el fin de sus días: "Procura tener una buena historia que contar, y procura contarla bien, es decir, esmerándote en el lenguaje". Y lo que consiguió con ella es imperecedero.

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