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miércoles, 29 de julio de 2020

Mariana Enriquez

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                              Una realidad destruida
              



       Las  variaciones  de  un  género que cuenta con más de un siglo de existencia, esa finalidad estricta que permitiría una definición de lo fantástico, o de la ciencia ficción, resulta un propósito imposible porque el considerable número de aproximaciones propuestas evidencian la flexibilidad del concepto y la perplejidad de los críticos que se han empeñado en bosquejarlo. El género ha  evolucionado  en  sus  formas, en su temática, y se suele dar el mismo nombre a los cuentos con apariciones de diablos, fantasmas o vampiros que a las mejores ficciones de Borges o los relatos extraordinarios de Cortázar, quienes se sirvieron del género fantástico como herramienta de discusión política, e hicieron uso de este género para caracterizar al peronismo desde diferentes puntos de vista. La literatura tiende a romper el escenario, o ese marco real donde se desenvuelve la historia a contar, y fue Tzvetan Todorov quien, en Introducción a la literatura fantástica, consideró como cercanos los géneros extraños, maravillosos y fantásticos, siendo este último la línea que dividiría los dos anteriores. El relato fantástico ha provocado, a lo largo de la historia, un interrogante en el narrador, en el protagonista y en el lector acerca de los sucesos que se van contando e invita a pensar si aquello está pasando, si es producto de la imaginación, o si se considera un elemento sobrenatural. Al final de la historia, dos posibles aclaraciones, lo sucedido es fruto de la imaginación, o es real aunque se desconoce. La vacilación entre estas dos explicaciones caracteriza al relato fantástico, y la elección que hace el lector de cualquiera de estas dos opciones responde a los géneros mencionados. David Roas califica lo fantástico como la inclusión de un elemento sobrenatural o imposible que transgrede las leyes que organizan el mundo; lo fantástico recrea una realidad para destruirla y quebrarla a partir de la introducción de un fenómeno imposible que nos inquieta y nos angustia.
       Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) ha dado muestras, más que suficientes, en sus dos colecciones de relatos, Los peligros de fumar en la cama (2009) y Las cosas que perdimos en el fuego (2016) para hacernos pensar que su escritura crea escenas inquietantes con personajes que se mueven en el doble filo de una realidad concreta y de una fantasía abstracta, y que aciertan a vivir rescatándose de las múltiples posibilidades de una muerte cierta. Con Nuestra parte de noche, un texto de más de seiscientas cincuenta páginas, Premio Herralde de Novela 2019, sostiene el pulso narrativo de una historia de amplio y largo aliento, una propuesta de compleja estructura que juega con el tiempo real y el ficticio, con las idas y venidas de una ficción narrativa de corte fantasmal porque de lo que se trata es de poder dar cuenta de un miedo que resulta difuso, y de escapar de una Orden secreta, o si cabe de un dios salvaje, para dejar constancia de un lugar innombrable en el que se mueven un padre y un hijo, Juan y Gaspar, al tiempo que Enriquez dará cuenta de un viaje que atravesará Argentina, desde Buenos Aires a las cataratas de Iguazú, un periplo que resquebrajará sus emociones más básicas, mientras el lector observa cómo se desangran porque el viaje que ambos emprenden les lleva al germen histórico de la maldad y de las luchas de poder en un país que siempre estará en deuda con los desaparecidos durante la dictadura militar de finales de los setenta y ochenta; la narradora realiza un auténtico viaje a los infiernos, y al centro mismo del universo de las familias argentinas, se sirve de la literatura de género de un rigor absoluto, y construye una historia de terror que con explicitud y entusiasmo, y en ocasiones hasta con un aire festivo, asume los tópicos de las formas populares del gótico precedente, y añade toda una provisión de mitología ocultista que se sublima en un extraordinario relato.
       Leídas las primeras cien páginas, Nuestra parte de noche, resulta una novela de amplios registros, rastrea la huella de Walsh que con acierto escribió sobre San La Muerte, o un Borges que se esforzó en dar a conocer la mitología islandesa, y la deuda de la brujería de Chiloe, recogida en el excelente libro En la Patagonia (1977) del novelista y explorador Bruce Chatwin, que de alguna manera se integró en la sociedad argentina porque mantiene su devoción a un San La Muerte, obliga a visitar las rutas con santuarios al Gauchito Gil, y Enriquez mezcla o iguala con toda una saga de mitología ocultista. En realidad, los personajes de este relato sobreviven y se abren a todas las posibilidades interpretativas de una historia de familias perversas, sectas malignas y rituales sangrientos que quedan envueltos en una oscuridad que perturba, y que como lectores vamos aceptando, porque las voces narrativas que se dejan oír admiten un fatalismo cercano a las crueldades de esa realidad política vivida en el país sudamericano. Esta novela se convierte en un tratado sobre la maldad, aunque conlleva dosis de amor y de lealtad a la figura humana que nos recuerda a historias de lugares encantados, tipo penumbras de Stephen King, apocalipsis de Cormac McCarthy, o fotogramas de Polanski, sin olvidarnos de los citados Borges, Cortázar y Ocampo. El mundo que Nuestra parte de noche pretende que veamos y reconozcamos es aterrador, aunque de alguna manera pueda tratarse de una novela sobre el deseo incontrolable que se vincula con la muerte y una violencia extrema; en sus páginas se exhibe un minucioso morbo, nos habla de desaparecidos, de cuerpos torturados y violados y, finalmente, poseídos por almas negras. Y es una novela política sobre la Argentina en la segunda mitad de siglo, sobre las dictaduras y las familias omnipotentes que realizaban atrocidades y nada ocurría, sobre la exigencia de mantener viva la memoria, aunque la leamos como una historia de apariciones que Mariana Enriquez venía sintetizando en varios libros anteriores y que poéticamente ofrece la imagen constante de una tierra en la que cuando se escarba conduce, inexcusablemente, al hallazgo de huesos humanos.








Mariana Enriquez, Nuestra parte de noche; Premio Herralde de Novela; Barcelona, Anagrama, 2019; 671 pp.

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