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jueves, 16 de julio de 2020

Un cuento



UN CUENTO PARA ANDERSEN

                                               
                                                                 

      Cuando abrió el libro, cincuenta años más tarde, recordó aquella sentencia que asegura como los adultos siempre deben llamar las cosas por su nombre, pero si uno no se atreve, debe poder hacerlo inventándose cuento. Unos instantes después se sumergió en la lectura, entonces descubrió cómo un desdichado sastre, caído en desgracia, en el conocido cuento titulado, El traje nuevo del emperador, había conseguido que la desnudez del emperador sirviera para que este cayera en la cuenta de la actitud egoísta y no menos incomprensible llevada a cabo durante años hacia sus súbditos. 



          Y para quien quiera saber, esto fue lo que ocurrió: durante todos esos años había estado despilfarrando los impuestos y viviendo lujosamente a costa de ellos, y quizá por eso cuando el soberano deslumbrado por el maravilloso traje que le había confeccionado el sastre desfiló desnudo delante de la muchedumbre, todos rieron salvo un espabilado jovenzuelo que consiguió entender cómo su emperador había adoptado un estilo de vida distinto desde ese mismo momento, y una vez que éste expuso su oportuna deducción al resto de conciudadanos,  todos imitaron la actitud del soberano despojándose de sus vestiduras y así, tal vez, inauguraron ese concepto alternativo nudista de disfrutar en medio de la naturaleza. El sastre, evidentemente, se deshizo de sus agujas y de sus hilos porque  nunca más volvió a coser.
         
          Le gustó la aventura de leer que continuó con la historia de La sirenita y supo cómo esta joven, después de desearlo tanto, descubría para su sorpresa que existía un mundo exterior ruidoso, estridente, alborotado y menos maravilloso de lo imaginado, cuando en su decimoquinto aniversario emergió de las profundidades para ver dónde vivían los humanos. Quiso la casualidad que, al mismo tiempo, tuvo la ocasión de salvar a un joven que había sido derribado por un enorme barco mientras amparado por su organización, Greenpeace, demostraba una firme actitud de protesta ante la pesca indiscriminada en aguas internacionales. Un humano que, en los brazos de la sirenita, profesó, desde ese mismo momento, su amor a aquel extraño y maravilloso ser, aunque muy pronto la joven advirtió que, con su actitud amorosa, el joven sólo intentaba aprovecharse de su condición de ninfa marina y de los beneficios en pro de su causa que pudiera obtener de ésta. La sirena no tardó en reaccionar y lo devolvió a la tierra a donde pertenecía. Poco después la joven desapareció entre las aguas y volvió a su hogar donde relató, con todo lujo de detalle, a sus hermanas y al resto de la familia su aventura en el exterior. Decepcionada muy pronto se olvidó de aquel joven interesado, pero el destino le depararía aún alguna otra sorpresa porque poco tiempo después un ser, mitad humano y mitad pez, solicitó audiencia ante el rey del mar para poder hablar con su amada ninfa y demostrarle así su amor. La sirenita sucumbió a los encantos del joven y, desde entonces, ambos hicieron un magnífico papel en el ecosistema marino.
 
          Entusiasmado se enfrascó entonces en la lectura del cuento titulado, La moneda de plata, aquel pequeño objeto que, un buen día, había pasado de mano en mano aguantando todas las penurias y vicisitudes por el ancho mundo, mezclándose con sus hermanas francesas, alemanas, italianas, españolas, pero cuando después de mucho tiempo volvió a casa se sintió aún más desmotivada porque nadie la identificaba ya, y la tacharon de falsa. Observó para su sorpresa que ahora sus hermanas no se parecían en nada a ella porque el humano las había cambiado por otras que todo el mundo denominaba euros y así percibió, como es habitual en esta vida, que nada se resiste al tiempo, pese a lo que ella siempre había creído.


         
          Las sorpresas fueron en aumento porque en el siguiente cuento que leyó, El firme soldadito de plomo, descubrió cómo lo peor no había sido ser diferente y experimentar que podría acabar derretido en una estufa sin mediar explicación alguna para, finalmente, quedar convertido en un hermoso corazón de plomo, sino que la voluntad de su firmeza le habían llevado a sobrevivir en otra caprichosa forma y, así, se vanagloriaba de su gran suerte porque de su presumida amiga la bailarina apenas si quedaba el recuerdo de una lentejuela negra, quemada por el intenso fuego capaz de destruir algunas de las más firmes voluntades. Y si debemos seguir enumerando, no menor fue el asombro de El patito feo que, con el paso del tiempo, no se había vuelto aún más horrible de lo que era, sino que para sorpresa de cualquier lector todo a su alrededor había cambiado y él, solo y exclusivamente él, era un ejemplar único de cisne, frente a unos envidiosos hermanos que se disputaban por pasear en el estanque junto a aquel ser único que solo entonces comprendió las molestias que le ocasionarían ser distinto. Incluso algo tan insignificante como La aguja de zurzir aún presumía, bastantes años después, de su delgadez, y como suele ocurrir en los cuentos, muy lejos en el frío invierno de un país lejano El muñeco de nieve se derretía inexcusablemente con el paso del tiempo, una vez más, no alcanzaba sus sueños de parecerse a una estufa. Los juguetes de aquel cuarto de los niños convertían su vida en un puro teatro y cuando quebradiza, La alcancía, se sumó al juego, se desplomó desde lo alto del armario, y sus monedas, liberadas, danzaban, giraban y saltaban, sobre todo las más pequeñas giraban aún más y, de pronto descubrieron allí mismo, cómo los pedazos del cerdito esparcidos por el suelo eran recogidos para posteriormente ser tirados a la basura y al día siguiente sería sustituido por otro sin que nada ni nadie mediara en este hecho, y siguiendo con nuestra aventura sabemos que Pulgarcita, aún estaba allí, no había conseguido crecer porque la hermosura no se mide por la estatura sino por la bondad del corazón y si uno no es capaz de llamar a cada cosa por su nombre, pues lo más fácil, repito, es poder imaginarlo en un cuento. 



          Otros muchos personajes animados e inanimados se asomaban en aquellas páginas que el hombre había leído una y otra vez a lo largo de su niñez, las historias de La familia feliz, El jardinero y los señores, La princesa y el guisante, Los cisnes salvajes, Juan Patán, La pastora y el deshollinador, El porquerizo, Madre Saúco, El gallo de corral y el gallo de veleta y La reina de las nieves.

          Y cuando cerró el libro comprendió que solo un desfavorecido ser como lo fue Hans Christian Andersen durante buena parte de su vida, marcada por la soledad y la pobreza, deambulando por las calles de Copenhague, dueño de esa inquebrantable firmeza con que dotó a sus relatos, pudo crear un mundo propio para nosotros, donde la imaginación y la libertad se unen para transportarnos a un universo mágico.
          Cuando los mayores leemos sus cuentos, escritos para niños, comprendemos que, por su extraña condición de genio excepcional, nos trasladamos a un mundo donde la discreción de un naturalismo a ultranza nos lleva incluso a olvidarnos de ese tono moralizante que, a veces, salpica otras muchas historias de la literatura universal, porque, entre otras características, las suyas reflejan la mirada eterna del niño.
         
          Meditó unos instantes, respiró profundamente y cuando cerró el libro, observó que Andersen aún continuaba allí.

                                                 © Pedro M. Domene

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