Vistas de página en total

viernes, 31 de mayo de 2019

…me gusta


JOHN FANTE VERSUS ARTURO BANDINI



      En la década de los 30 la novela norteamericana consiguió un reconocimiento internacional entre otras cosas porque Sinclair Lewis recibió el Premio Nobel de Literatura en 1930 y autores como Hemingway, Dos Passos, Faulkner o Wolfe se convertían en símbolos de la diversidad y la fuerza de la literatura americana de ficción.  La realidad, además, fue que la obra de estos autores de la denominada «generación perdida», los «conservadores» o los «vanguardistas», experimentó una validación perfecta como para mostrar que las circunstancias de la situación nacional podía semejarse a una descripción universal y así, estas generaciones de novelistas y las obras escritas entre 1910 y 1945, se convirtieron en una valoración de posibilidades tanto para la vida cotidiana como para el mundo del arte. Las novelas semiautobiográficas de comienzos de siglo habían sido las precursoras de las obras de Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Henry Miller o de John Fante durante los años 20 y 30. El atractivo que estas obras podían tener para el público lector no era simplemente el mérito en cuanto obras literarias, sino esa semejanza provocativa con las vidas públicas y particulares de los escritores y de su entorno más cercano, esa alienación esgrimida respecto a los tipos, el lugar, la historia, incluso el lenguaje, características que provocarían una dislocación cultural: el inmigrante que se enfrenta a una sociedad extraña, el negro que procede de un status decadente y por primera vez tiene aspiraciones, el joven talento en pleno proceso de desarrollo en esa incipiente y bulliciosa estructura de poder que supone emigrar a la ciudad. Fue esta, en palabras de Malcolm Cowly, «una época rápida y plena de aventuras, en la que era bueno ser joven; y, no obstante, al salir de ella uno sentía una sensación de alivio, como al salir de una habitación demasiado llena de conversaciones y de gente...»
               Es cierto que, a algunos escritores, les acompaña una leyenda que, transcurrido cierto tiempo, los salva de una evidente anonimato y ven, de alguna forma, actualiza su obra. Ha ocurrido con no pocos autores cuya trayectoria se ha perdido en el espacio de una literatura que, definitivamente, se ha sometido a la humillación del desconocimiento de los lectores o de los estudiosos y que, por circunstancias diversas, vuelven al espacio literario del que nunca debían haber desaparecido, avalados, por la fuerza de una obra que bien merece un reconocimiento universal. Dostoievski, Hamsun, Hemingway o Dos Passos, Wolfe, Steinbeck, Farrell, Saroyan, West, son algunas de las referencias literarias que se citan a propósito de la narrativa de casi un desconocido John Fante, el hijo de unos emigrantes italianos, nacido en 1909 y fallecido en 1983, tras una vida de miseria literaria que conllevó con colaboraciones en Hollywood. Sobrevivió, pese a todo, al empeño por inventar una suerte de autobiografía que le abriese el camino de la gran literatura. Las novelas que, inicialmente, se reeditan en España, Espera la primavera, Bandini (Anagrama, 2001) y Pregúntale al polvo (Anagrama, 2001) habían aparecido, anteriormente, bajo el sello de la editorial Empúries en 1988 y 1989, respectivamente. La empresa de Herralde anuncia la publicación de la tetralogía completa en su colección «Panorama de Narrativas», esto es, también Sueños de Bunker Hill y La ruta de Los Ángeles. En Ultramar había aparecido, en 1990, La cofradía de la uva, aunque su edición original era de 1977.
               John Fante había conseguido cierto éxito con sus dos primeras novelas escritas en 1938 y 1939, pero hasta 1982 no consiguió publicar Sueños de Bunker Hill y, tras su muerte, en 1986 La ruta de Los Ángeles.  Escritor original, sarcástico, orgulloso, incorregible, trasladó buena parte de su vida a las memorias de un adolescente que vive, junto a sus padres y hermanos menores, en un pueblo pequeño del estado de Colorado, donde se iniciará a la vida en una educación católica a la sombra de su madre y de las monjas de Instituto local para, posteriormente, abrirse camino y triunfar como escritor cuando, «transcurridas sus primaveras», inicie su huida hacia la cálida California para empezar a soñar con un futuro de éxitos que le llevaran hasta el mismo Premio Nobel. Arturo Bandini es el hijo de unos emigrantes que siente la humillación de sus raíces y lucha con el mismo odio que ve en un padre frustrado contra su incapacidad para ser incluido en el prometido aun que frustrado sueño americano y surge en él una soberbia esperanza de prosperar, cómo no, en la escritura un hecho que en la época representa dinero y, sobre todo, notoriedad. Pero en realidad, en su primera novela, Espera la primavera, Bandini, el protagonista es Svevo, el padre, un italiano emigrado, albañil sin trabajo que durante el duro invierno de Colorado pisotea la nieve y espera el milagro del sueño americano. Sobrevive para dar de comer a una familia cuyo primogénito Arturo se convierte en el testigo de todo un melodrama familiar del que solamente él aspira a una vida mejor, pero además piensa hacerlo olvidándose de su origen italiano, rémora y obstáculo de una humillación de la que no quiere formar parte y que pronto convertirá, como en el caso del padre, en un fervoroso deseo de esperanza, aunque en igual proporción en una soberbia ambición, tras la que su tenacidad será su mejor opción. Al comienzo del libro Fante escribe, «Se llamaba Arturo, pero no le gustaba y quería llamarse John. Se apellidaba Bandini, pero quería que fuese Jones. Su padre y su madre eran italianos, pero él quería ser norteamericano» (pág., 28). En Espera la primavera, Bandini, Fante, consigue escribir sobre una infancia amenazada y una sociedad clasista como se muestra, sobre todo, consigue el dibujo de una abnegación del estigma religioso, preferentemente en la figura de la madre, María, sumisa y orgullosa, quien, día tras día, se «miraba la palma de la mano, llena de callos por culpa de la tabla de lavar, para darse cuenta de que después de todo ella no era norteamericana» (pág., 62). En esa secreta esperanza de conversión transcurre la novela en la que, en realidad, como afirma el propio Fante «todas las personas de mi vida literaria, todos mis personajes se encuentran en esta obra de juventud. En ella (...) sólo queda un recuerdo de antiguos dormitorios y el rumor de las zapatillas de mi madre al dirigirse a la cocina». Esta especie de autobiografía lleva al joven Fante a la necesidad de buscar el éxito en lo único que es capaz de hacer, algo que socialmente le otorgará el respeto deseado, la escritura o, en definitiva, llegar a convertirse en un escritor de éxito. Sólo a través de la literatura conseguirá dinero y fama para salir de la indigencia vivida en su niñez y en su juventud. Otras cuestiones de su vida pasada quedan vislumbradas en este libro, como por ejemplo, el primer amor, un tema que en su siguiente obra, Pregúntale al polvo, se verá sometido, igual que en esta primera obra, a su propio destino, en esa mirada crítica sobre el absurdo de una relación con la mujer amada que premonitoriamente  desembocará en tragedia.
               Pregúntale al polvo (1939), sorprendentemente, se convierte en la novela que le otorga a Fante el carácter de clásico dentro de la literatura norteamericana del siglo XX. En realidad, pretende ser la continuación de esa autobiografía ensayada en Espera la primavera, Bandini y quizá por eso, necesariamente, hay que leer ambos textos en su orden creativo, pero sobre todo, la segunda, revela la singularidad narrativa de un escritor capaz de mostrar la hostilidad de la sociedad de una gran ciudad frente al ambiente cálido y pueblerino de la niñez narrada por Bandini. Es obvio que quiera verse en su literatura reminiscencias de la novela negra de la época, de Chandler y Hammett, con ese vertiginoso giro a la izquierda que propusieron estos escritores. El relato acentúa el entusiasmo juvenil de un aspirante a escritor cuando, sólo en medio de la gran ciudad, encuentra el tema para su gran novela, escribir sobre un personaje que ha conocido realmente, la extraordinaria y no menos extravagante, Vera Rivken, y consigue el contrato de edición que le otorgará la fama definitiva. Arturo Bandini aún no ha dejado el lastre de su vida anterior y cuando concluye su primera gran obra se encamina a una iglesia y afirma: «Volví a practicar la oración. Fui a misa y comulgué. Hice una novena. Encendí velas en el altar de la Bienaventurada Virgen María. Recé porque se produjera el milagro» (pág., 181). Pero por encima del día a día del joven escritor, sobresale el concepto del amor, ese otro gran tema de la novela, ejemplificado en el personaje de Camila López, una camarera mexicana por la que, paradójicamente, llega a sentir tanto desprecio como amor, a la que es incapaz de demostrarle sus verdaderos sentimientos, aunque como se desprende de su lectura, verá dibujado en ella su propia ambición hacia el éxito esperado, sobre todo cuando la joven, confusa, emprende su huida hacia otro hombre y hacia una nueva vida que se truncará, marcada por la época, en desgracia porque al final de la novela, el personaje de la joven Camila se perderá en el desierto, el único lugar donde uno descubre la soledad y donde todo sucumbe. El último párrafo está dedicado, precisamente, al desaparecido amor cuando Bandini, con un ejemplar de su novela en las manos le dedica a Camila unas líneas y afirma: «Me adentré con el libro en el desierto un centenar de metros, en dirección sureste. Lo arrojé con todas mis fuerzas por donde se había ido Camila. Luego volví al vehículo, lo puse en marcha y emprendí el regreso a Los Ángeles» (pág,., 205).
               Los libros de Fante—en palabras de Bukowski—«están escritos con el corazón y con las entrañas y no hablan de otra cosa. La vida de Fante, —como la de tantos otros—, corrió un destino horrible aunque pleno de una valentía tan natural como insólita. Su forma de escribir y su forma de vivir contienen las mismas constantes: fuerza, bondad y comprensión». Algo que, indudablemente, se convierte hoy en un milagro capaz de devolver la autenticidad literaria a un autor de la talla de John Fante, cincuenta años más tarde, en los albores del siglo XXI con la perspectiva suficiente para señalar lo insólito y lo extraño de una escritura con la fuerza necesaria para resistir durante tanto tiempo.





FANTE, John
Espera la primavera, Bandini
Anagrama, Barcelona, 2001













FANTE, John
Pregúntale al polvo
Anagrama, Barcelona, 2001

No hay comentarios:

Publicar un comentario