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miércoles, 1 de abril de 2015

Hoy invito a...


Fernando Martínez López



Tentación
       La tentación es como un tirón gravitatorio, te arrastra por el precipicio y sólo la contracción brutal de los músculos y las uñas abriendo surcos en la piedra pueden salvarte de la caída. Difícil propósito.
Se encontraba en uno de esos momentos, notaba cómo la gravedad le echaba el lazo para tirar bruscamente hacia la perdición. Era fácil: abrir el joyero que descansaba sobre la cómoda y coger la pulsera, el colgante y los pendientes, objetos que relucían con el brillo seductor del oro. Sí, demasiado fácil, y de paso hacer añicos la confianza, pero qué más daba, total, probablemente no volviera a pisar aquella casa, y la tentación era tan poderosa..., un canto de sirena hacia el desastre, dejarse dominar por el tirón gravitatorio pensando que eres un ave que emprende un dulce vuelo, sin ser consciente de que, abajo, sólo espera el impacto con las aristas ávidas de sangre de las rocas.
* * *
        Gregorio lo distinguió en lontananza, medio cuerpo dentro del contenedor como si estuviera siendo devorado por su boca gigantesca trabada con un palo, las piernas agitadas en el aire en un ejercicio de equilibrismo. La noche fabricaba una humedad viscosa, coloreada de cobre por la luz de las farolas, puto invierno, debería estar prohibido sacar la basura con este frío, el cuerpo encogido, el rescoldo de calor hogareño disipándose conforme se acercaba al contenedor y la situación embarazosa de toparse con aquel individuo que hurgaba en su interior como si quisiera destriparlo. Allí se acercaba Gregorio con su andar oscilante, su cojera que era como una rúbrica de su presencia allá por donde pasara. Dudó un momento y se detuvo esperando a que terminara. Sobre la acera, un carrito de la compra destartalado y sucio, seguramente de ese hombre que ya dejaba de apuntar la linterna en el vientre del contenedor con la esperanza de encontrar su trofeo entre los desechos. Fue un instante, no más de una fugaz fracción de tiempo en la que sus ojos se cruzaron. Imposible olvidarlos. Sin embargo, a Gregorio la lengua se le hizo hormigón y no dijo nada, depositó la bolsa de basura, se giró evitando un nuevo roce de miradas y regresó a casa con el estómago contraído y su caminar dificultoso, inconsciente del frío que calaba su ropa.
        Retransmitían un partido, pero ya no hizo caso del gol de Iniesta (magnífico, imprimiéndole al balón una rotación que determinó una trayectoria inaudita. Cuánto le hubiera gustado de niño jugar al fútbol con los amigos) ni del breve noticiario en el descanso donde se hablaba de sobres ocultos, delitos prescritos y de la pereza de la fiscalía para emprender acciones cuando del poderoso se trata. No, todo aquello dejó de importarle, eran imágenes y sonidos incapaces de traspasar la armadura hermética que recubría su cerebro, que rebotaban como pelotas de frontón. Sólo el requerimiento de su esposa lo extrajo brevemente del ensimismamiento, ¿qué te pasa, Gregorio?, y un escueto “nada” como respuesta para clavar de nuevo las pupilas en una pantalla de televisión donde lo mismo daba que hubiese veintidós hombres sudando la camiseta que un documental sobre las hormigas carnívoras del Amazonas. Su mente estaba anclada en lo ocurrido momentos antes, en un encuentro incómodo, en la actitud desabrida que mostró con el indigente, ni un breve saludo, ni el amago de una sonrisa, sólo girarse y huir sintiendo sobre su espalda el peso de la vergüenza ajena. ¿Por qué no le he dicho nada?, ¿qué me hubiera costado? Mucho, Gregorio, cuesta mucho, la sensación de estar viendo lo que no debías, de estar inmiscuyéndote en la triste intimidad de una persona, alguien quien, para subsistir, necesita escarbar en la inmundicia, asco de vida que es como esnifar hamburguesas pulverizadas del McDonald´s. Y así, inquieto durante la noche, durante toda la mañana conduciendo el autobús urbano en un trazado monótono como el de los coches del Scalextric, fue cuando decidió que aquella tarde lo buscaría, la única manera de eliminar la desazón que estaba incordiando su conciencia.
Condensaba el frío y solidificaba el vaho, se repetía el ritual de llevar los desperdicios al contenedor, pero allí no lo encontró. Se subió el cuello de la cazadora, se frotó las manos y deambuló por el barrio, clase media, adosados y algún edificio, zonas ajardinadas, la hora del footing y del paseo del perro y, últimamente,  también de los acechadores de basuras. Sin embargo, donde lo encontró fue sentado en un banco del parque vestido con chándal y una sudadera del mercadillo, las manos sobre las rodillas, la vista desenfocándose en el vacío, fatigada, melancólica, digna, y a su lado ese carrito de la compra convertido en recolector de supervivencia. Gregorio se acercó y se reconocieron con la mirada. Esta vez no la desvió, la mantuvo firme cabeceando levemente de arriba abajo.
-Hola, Ibrahim. –Se sentó a su lado, ambos con la cabeza al frente-. Perdona que ayer no te dijera nada. Pensé que te resultaría embarazoso.
-No importa. Te comprendo.
¿Y ahora qué, Gregorio, conductor de autobús? ¿Qué le vas a preguntar? ¿Cómo te va la vida? No fastidies. Estaba más que claro: la crisis inmobiliaria que había sembrado cadáveres con sus ladrillos derruidos. Ahora recordaba, congelado por la temperatura indecente y la humedad, el momento en que conoció a Ibrahim años atrás, puntual en la parada de la línea 6 sin que el madrugón le borrara la sonrisa de la cara, un día, otro; siempre simpatizó con los desfavorecidos, con los marginados, como él lo fue en su infancia a causa de su cojera. Se dijeron sus nombres y se contaron sus vidas y sueños, llevo diez años conduciendo autobuses, decía Gregorio, siempre soñé con ganarme la vida conduciendo de un modo u otro, donde mi cojera no fuera una desventaja. Yo soy albañil, decía el marroquí, siempre soñé con venir a España; aquí no falta el trabajo. Sí, antes, pero ya no Ibrahim, ahora abundan los edificios a medio construir, mostrando su esqueleto de hormigón, y sobran casas deshabitadas y tristes como bolsas vacías del Alcampo que arrastra el viento.
-Te quedaste sin trabajo.
-Sí, claro, como muchos otros.
-¿Y el paro?
-Ya me lo comí.
Lo suyo nunca pudo llamarse amistad, jamás fueron a un restaurante juntos ni compartieron su tiempo fuera del armazón del autobús, pero llegaron a conocerse más que muchos amigos, la conversación diaria, Ibrahim siempre a su lado cuando en la mañana tomaba la línea 6, hasta que un día simplemente dejó de hacerlo y no supo más de él. Bueno, Gregorio, ya has desconectado la alarma de tu conciencia, la que se activó ayer noche cuando no te dignaste a saludar a quien te saludó de lunes a viernes durante más de tres años. Sí, ya sé, a veces cambiabas de línea, no hay que morir de hastío, pero cuando regresabas a la 6 allí te encontrabas la sonrisa de Ibrahim.
-Tengo que seguir. El jefe se va a enfadar si descanso en horario de trabajo.
No había perdido el sentido del humor, notable detalle en una persona a quien el presente y el futuro se le había nublado. Se levantó, tomó su carrito de la compra y enfiló rumbo hacia el siguiente supermercado con forma de contenedor; con un poco de suerte aún no habría sido saqueado. Todavía no había caminado ni diez metros.
-¡Ibrahim! -Gregorio se levantó, se puso a su lado con su movimiento pendular. Paulatinamente pareció esfumarse el impulso inicial. Titubeó-. ¿Has cenado? ¿Te apetece venir a casa?
El marroquí lo observó con aquellos ojos oscuros pero traslúcidos, capaces de mostrar su alma siguiendo la trayectoria del nervio óptico. El aliento se transformaba en vaho, rodeaba su cabeza en un halo que santificaba su imagen.
-No sé si debería...
-Claro que sí. Los niños ya han cenado, pero Carmen y yo todavía no. Ven y descansa un poco. Hace frío.
No estaba seguro de por qué lo invitaba. Sería un ramalazo de compasión, ese sentimiento que a veces aflora para maquillar egoísmos y miserias, verlo tan desvalido, un proyecto de vida convertido en harina y aquella magnífica sonrisa que antes mostraba desaparecida ahora tras aplicarle goma de borrar. Estaba convencido de que Carmen le pondría mala cara, pero ya no podía echarse atrás.
Carmen le puso mala cara. Sus dos hijos pequeños se extrañaron mirando con curiosidad de entomólogo la nueva especie aparecida por casa. ¿Pero qué haces?, le dijo en susurros cuando los dos se encontraban en la cocina preparando una tortilla de patatas y una ensalada, traes a casa a un pordiosero al que apenas conoces. No, no es un pordiosero, le replicó, es una persona buena a la que el destino le ha puesto la zancadilla, era lo menos que podía hacer por él. Y le recordó los mil y un viajes que hicieron juntos en la línea 6 cuando el sol de desperezaba, cuando la fatiga del madrugón era el mejor de los regalos pues implicaba ir a trabajar, tener un sueldo, una vivienda de alquiler. Eso también lo contó Ibrahim mientras se le iluminaba el rostro ante la ensalada y la tortilla, respirando aroma divino, y cómo ahora malvivía compartiendo casa con otros diez compatriotas a los que apenas si les llegaba para comer. El gesto de Carmen se fue suavizando, imposible no hacerlo ante Ibrahim y la serenidad de sus palabras. Incluso él se permitió desdramatizar contando ese chiste que escuchó en la radio:
“-Ayer, cuando iba a trabajar, vi un dinosaurio.
-Anda ya, que me voy a creer que tú tienes un trabajo”.
Y volvió a aparecer en su rostro la sonrisa olvidada.
Fue una velada agradable que ya tocaba a su fin. Antes de marcharse, pidió pasar al aseo. Allí, en el pasillo, le dijo Gregorio. Está ocupado, dijo Ibrahim, alguno de tus hijos. Pues pasa al de nuestro dormitorio, indicó señalándole el camino. Y poco después la despedida. En el quicio de la puerta, entrechocándose las manos, la luz metálica de las farolas se enredaba con el cabello ensortijado del marroquí. Cuando se marchó calle abajo, fue como un punto final en la historia de la línea 6.
Aquella noche Gregorio tampoco pudo conciliar el sueño. Ya no era su conciencia la que alborotaba, era algo distinto, era como haberse adentrado en la pantalla de televisión para vivir en directo las desgracias ajenas, ésas que relatan las noticias y que son como una película de Fernando León de Aranoa, que las crees ficción hasta que no se te plantan a dos centímetros de la cara, Los lunes al sol, el drama del paro, el drama de los desahucios, el drama del hambre, el drama de la desesperanza. Carmen y él tenían suerte, Ibrahim no, y al día siguiente se levantaron, no para tomar el sol como en la película, sino para trabajar. Él cogió el camino hacia los garajes donde dormían los autobuses urbanos y Carmen, tras esperar a la chica de la limpieza como cada lunes, llevó a los niños al colegio para incorporarse después a su oficina.


El miércoles por la tarde lo reservaron para ellos, tan necesarios esos momentos a solas entre las parejas, una buena película en el cine y una cena romántica; llevarían los niños con la hermana de Gregorio. Ahí fue cuando Carmen echó en falta el colgante, la pulsera y los pendientes.
-Gregorio, ¿tú los has visto?
Él se encogió de hombros, a ver si lo han cogido los niños, pero no, ellos no tenían ni idea, y la duda y la angustia brotando en los rostros, tres días atrás, cuando un hombre con la vida machacada se acercó al cuarto de baño del dormitorio conyugal después de cenar, que pudo ver el joyero sobre la cómoda, que pudo sentir esa tentación gravitacional que te arroja el precipicio, un dinero fácil y necesario para la pura subsistencia. La tarde romántica se hizo añicos, se dedicaron a escudriñar cada recoveco de la casa para confirmar que las joyas no estaban allí. Gregorio se resistía a creerlo, se resistía a la petición de Carmen de denunciarlo. Le pidió un par de días, déjame que intente localizarlo, pero no fue así, así que el viernes se acercó a la comisaría que quedaba a diez minutos de casa. Allí, en un ambiente desangelado de luces fluorescentes, un agente tomó nota de los objetos desaparecidos, de la descripción del sospechoso del que sólo pudo indicar un nombre sin apellidos y el barrio donde supuestamente residía, y también que quizá pudieran hallarlo rebañando lo poco aprovechable que podía encontrarse en los contenedores de basura. Será difícil que consigamos algo, le dijo el policía, en caso de localizarlo lo más probable es que se haya deshecho de esos objetos y lo niegue todo. Para Gregorio, en el fondo, las joyas eran un asunto secundario; lo que de verdad le dolía era haberse equivocado al leer la bondad en la cara de Ibrahim.
* * *
La avenida era el último tramo para llegar a casa, larga y metálica, uniéndose en la profundidad las hileras de farolas encendidas para justificar las leyes de la perspectiva. Un viernes cualquiera, de regreso del centro comercial con los niños, si no hubiera sido porque, sentado en el mismo banco del parque, vieron a Ibrahim con su carrito.
-Llama a la policía –dijo Carmen.
-¿Qué dices? Hablaré con él.
-Ni se te ocurra, y más con los niños aquí, así que aparca y llama.
Le costó marcar los dígitos, se le abrasaron las yemas de los dedos. Al cabo, la luz azulada del coche patrulla se situaba junto a ellos y Gregorio les indicaba hacia Ibrahim.
-Yo les acompañaré, agentes.
Fue triste, demasiado triste, la cara asombrada del marroquí negándolo todo. Gregorio miraba al suelo y notaba la violencia de los latidos en su pecho; los agentes seguían interrogando. Finalmente, lo introdujeron en el coche. En ningún momento Ibrahim soltó su carrito, eso no, nadie me lo va a quitar, lo único mío, lo único mío. Gregorio no recordaba cuándo fue la última vez que había llorado.
El lunes retomó la línea 6. Desde lo sucedido, se imaginaba que Ibrahim volvía a coger el autobús, pero ya no presentaba su rostro amable, sus ojos honestos y su sonrisa feliz; en su mente su aspecto sufría una metamorfosis continua: unas veces se desintegraba la máscara para mostrar una faz ladina y burlona como la del Joker, se introducían sus carcajadas por los oídos arañándole por dentro; otras, sin embargo, se le clavaba la mirada estupefacta y afligida de Ibrahim tras el cristal del coche patrulla. Pero, por más que intentaba convencerse, eran vanos los intentos de culparlo. ¿Qué hubiera hecho él en una situación similar? Qué fácil es tener un comportamiento recto cuando la vida no se tuerce. Y así, con el pensamiento abstraído y la ruta mecanizada, regresó a mediodía a casa para encontrar a Carmen con esa expresión ansiosa de quien desea contar algo con urgencia.
-Dime, ¿qué sucede?
La chica de la limpieza no se había presentado, le contó Carmen, en su lugar apareció otra diferente.
-Llamé a la agencia para pedir explicaciones, no iba a dejar en casa sola a una desconocida, y me dijeron que la anterior ya no trabajaba para ellos, que habían recibido quejas de algunos clientes porque desaparecían pequeños objetos en sus casas y la habían despedido.
Gregorio duplicó el tamaño de sus ojos.
-Echaste en falta las joyas el miércoles. ¿Cuándo fue la última vez que las viste?
Carmen no recordaba, pero seguro que antes del domingo de la semana anterior, el día que el marroquí se sacudió en su casa el frío del camino y el hambre de su estómago.
-Es decir, que el lunes pasado la limpiadora pudo haberse llevado las joyas. Joder, Carmen, qué hemos hecho.
Tomó su automóvil y voló a comisaría. Allí le contaron que el denunciado estaba de momento en libertad, que habían registrado la casa donde habitaba y que, como esperaban, no habían encontrado nada. No hacen falta que busquen más, agente, le dijo, deseo retirar la denuncia.
Gregorio, conductor de autobús, no volvió a ver por su barrio a Ibrahim. Cuando por la noche, con la humedad adueñándose del aire, se acercaba a tirar la basura, se quedaba mirando a cualquiera que rondara el contenedor con la esperanza de encontrarlo. Un fin de semana se dirigió con su coche al barrio donde moría la línea 6. Después de deambular consiguió localizarlo junto a otros magrebíes, en la acera, charlando en grupo alrededor de una hoguera encendida en un bidón, lugares donde las calles no son sólo sitio de tránsito sino donde también se hace vida. No pudo apearse ni acercarse a él, se limitó a contemplarlo desde el anonimato de la distancia, desde el parapeto de su coche convertido en cápsula espacial desde donde el mundo se aprecia lejano y difuso. Así dejó transcurrir los minutos aislado en una burbuja adimensional, independiente del espacio físico del barrio, la única manera de poder echar un último vistazo a Ibrahim sin avergonzarse; habría sido incapaz de situarse frente a él y mirarlo a los ojos, esos ojos dignos que nunca le engañaron. Por lo menos, se consolaba, no se había equivocado al leer la bondad en su cara.
Al regresar a casa no quiso salir el resto de ese fin de semana en el que libraba. Se hundió en el sillón, el televisor puesto como un acompañante ignorado. Delante de él, sin prestarles atención, circulaban las noticias. Hablaban de paro, desahucios y miseria; hablaban de sobres ocultos, delitos prescritos y de la pereza de la fiscalía para emprender acciones cuando del poderoso se trata. En el exterior, comenzaba a soplar un viento gélido y sucio.

*Relato finalista en 2014 del certamen literario ALSA (Madrid).

Bio.bibliografía
Fernando Martínez López, nace Jaén en 1966 y afincado en Almería desde su infancia, es doctor en Ciencias Químicas por la Universidad de Almería. Fue docente en la Universidad de León y en la actualidad ejerce como profesor de Educación Secundaria en la especialidad de Física y Química. Es autor de varios artículos divulgados en revistas científicas.  Apasionado por la lectura y de formación autodidacta, decidió tomar la pluma en 2002 para elaborar la que fue su primera obra , un peldaño en su carrera de escritor que se salda en la actualidad con varios libros publicados, tanto novela como antologías colectivas de relato breve, habiendo obtenido numerosos premios en certámenes literarios. Actualmente es miembro del Instituto de Estudios Almerienses, de la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios y participa en el Circuito Literario Andaluz del Centro Andaluz de las Letras.
Aficionado también al deporte, practicó el atletismo de competición durante diez años, destacando a nivel andaluz en la especialidad de triple salto.
Disfruta en especial de los retiros, junto a su familia, en el Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, rodeado de paisajes paradisíacos donde suele encontrar la inspiración.

Su novela más reciente es Tu nombre con tinta de café, 2015; gano el XXXIII Premio de Novela Felipe Trigo.
Otras obras suyas:
Sanchís y la reliquia sagrada, 2006.
El sobre negro, 2006
Sanchís y el pergamino azul, 2008
El rastro difuso, 2009
Fresa amargas para siempre, 2011.
El mar sigue siendo azul, 2011.
Fresas amargas para siempre, 2014.

1 comentario:

  1. Gracias por el detalle, Pedro. Este mundo de tentaciones y apariencias ofrece mucho juego a la literatura.

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