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sábado, 25 de abril de 2015

Hoy tomo café con…



Nuria Barrios
     “Nadie cuestiona si el cuento ha muerto o no, como sucede desde hace años con la novela. Las modas pasan, pero el cuento, como el dinosaurio de Monterroso, siempre está ahí”.


     Nuria Barrios (Madrid, 1962) escritora y periodista cultural, se inició en literatura con la novela, Amores patológicos (1998), y después ha publicado, El alfabeto de los pájaros (2011). Ganó el Premio Ateneo de Sevilla con su poemario, El hilo de agua (2004) y también ha publicado, Nostalgia de odisea (2012). Autora del libro de viajes, Balearia (2000). Y, también, libros de cuentos, El zoo sentimental (2000), y acaba de publicar, en Páginas de Espuma, Ocho centímetros (2015). Ha sido incluida en numerosas antologías, Páginas amarillas, Vidas de mujer, Cuentos de mujeres solas, Pequeñas resistencias, Tu nombre flotando en el adiós, Comedias de Shakespeare y Cuentos para ir y venir, Traducida al holandés, al italiano, al portugués, al croata y al esperanto. Colabora en algunos suplementos de libros.

-Empecemos por ser prácticos, ¿qué nos separa hoy de la felicidad?
        Esa es una pregunta que llevamos haciéndonos desde los antiguos griegos. Y aquí seguimos, en el siglo XXI, sin respuestas.

-No lo considere una obviedad, después de leer, Ocho centímetros (Páginas de Espuma, 2015), ¿el libro pretende ser una dura visión de la realidad?
        Yo no hablaría de una “dura” visión de la realidad, sino de abrir de par en par una realidad mucho más amplia. Ocho centímetros aspira a hacer visible lo invisible, “ver con ojos nuevos”, como decía Borges, y eso siempre resulta perturbador.

-Volvamos al principio, usted alterna novela y cuento, ¿le marca la extensión de la historia a contar?
        También escribo poesía, además de novela y relatos. Lo que deseo contar exige una voz determinada y también un género concreto. En mi caso, es la historia la que determina el género y nunca al contrario.

-E insistiendo, ¿establece diferencias en ambos géneros, por decirlo de alguna manera?
        Por supuesto, cuento y novela comparten la narratividad, pero el cuento requiere una intensidad sostenida que no tolera la novela. En el cuento no hay espacio para lo gratuito, la precisión y la tensión narrativa son muy importantes.

-¿Piensa, como alguien ha señalado, que “el cuento es el retrato literario de una situación crítica” y quizá, por eso, valdría en todos los tiempos?
        Es curioso, pero nadie cuestiona si el cuento ha muerto o no, como sucede desde hace años con la novela. Las modas pasan, pero el cuento, como el dinosaurio de Monterroso, siempre está ahí. El género posee un poder extraordinario para radiografiar la sociedad y a las personas; es dinamita en buenas manos.

-Desde sus comienzos sus personajes viven y sueñan gobernados por la pasión, ¿sigue siendo esa una de sus características?
        Sí, la vida sin pasión no me interesa nada ni personal ni literariamente.

-¿Habría que decir entonces que su literatura se inscribe en un estado desmesurado, trágico, casi infernal?
        Habría que decir más bien que yo, como autora, poseo una clara conciencia de la muerte y de nuestra vulnerabilidad, que dota de una intensidad especial a mi literatura y que me hace apreciar mucho el humor.

-Aunque, por otra parte, permítame calificarla de eminentemente lírica y hermosa en el tratamiento de algunos aspectos significativos, ¿y si es así cuándo?
        Escribo poesía, como le decía antes, y eso forma parte de mi voz y de mi mirada literarias. La poesía comparte además con el cuento la búsqueda de lo esencial y la exigencia de precisión y de intensidad. 



-Para la estructura de este libro, Ocho centímetros, ¿ha recurrido usted a un clásico concepto de contracción y de situación?
        No teorizo nunca mi trabajo cuando estoy escribiendo. Sólo me guío por un criterio muy básico: funciona o no funciona; y si no funciona, me pregunto qué falla y cómo debo cambiarlo. Normalmente, son los lectores quienes me indican aspectos muy interesantes cuando el libro ya ha sido publicado.

-Algunos cuentos están, de alguna manera, encadenados en su propia historia, ¿técnica o necesidad de extenderse sobre el tema?
        Hay historias que siguen rondándome con especial insistencia una vez terminado el cuento. Nunca hay un deseo de retomar cronológicamente lo ya contado, sino de abordarlo desde otro escenario, a veces incluso tangencialmente. Dejo pasar tiempo para poner a prueba la historia y a mí misma y, si el deseo persiste, si tengo la certeza de que lo que quiero narrar es distinto, no una mera prolongación de lo anterior, y, sobre todo, si tengo claro cómo quiero contarlo, inicio un nuevo relato.

-¿El mundo de la droga visto desde una perspectiva amable y con posible solución?
        No conozco ninguna perspectiva amable para abordar el mundo de la droga, y las soluciones no forman parte de mi escritura. Pienso que casi nada tiene explicación y casi nada tiene solución. Como dice Wolf Erlbruch, somos pequeños seres haciendo preguntas difíciles sobre nuestra pequeña existencia. En Ocho centímetros, más que interesarme el submundo de la droga, me interesaba el efecto que la adicción de una persona provoca en su entorno familiar: esa sensación de impotencia de quienes ven hundirse un barco desde el puerto.

-La enfermedad nos acompaña durante todo nuestra vida y nos hace fuertes, ¿es quizá ese el mensaje de algunos de sus cuentos?
        No hay mensaje en mis cuentos, pero sí la constatación de que el dolor forma parte de la existencia. La vida duele. Y no me refiero al dolor fulgurante y trágico que es la esencia del drama, sino a ese otro dolor seguro e ineludible que forma parte de la vida, al que por nacer estamos predestinados. Por algo será que lo primero que hacemos al nacer es llorar. Los relatos de Ocho centímetros hablan de cómo la normalidad y el desastre caminan a la par y hablan del profundo desasosiego que eso provoca. La vida continúa, es cierto, pero igual que un río que, tras un vertido tóxico, prosigue su curso aunque con otro color.

-Y otros temas salpican este libro y su literatura, el desamor, el reencuentro, la difícil convivencia, y la muerte ¿es otra mirada sobre problemas similares?
        Sí, los relatos de Ocho centímetros colocan el foco sobre nuestra vulnerabilidad. La literatura y el arte son tan interesantes porque nos animan a cuestionar lo que ya conocemos, nos colocan en un estado de falta de familiaridad y nos hacen ver las cosas desde puntos de vista inusuales

-Hay un estupendo cuento, “Un puente de cristal”, que resume buena parte de los temas, la enfermedad y el dolor, el amor y el sacrificio, ¿qué pretende usted con ese cuento?
        En “Un puente de cristal”, como en casi todos los demás, me interesaba hablar de cómo el sufrimiento crónico de una persona, en este caso enfermo de una pancreatitis, afecta profundamente la vida de su pareja. Sobre cómo el dolor nos reescribe a todos.

-Al final de estas historias, queda un buen sabor de boca y no dejan a nadie indiferente, ¿ha sido lo mismo en su caso cuando terminó de escribirlo?
        Trabajo con una idea de la literatura como juego, un juego muy serio, eso sí. Y me gusta que el humor, al igual que la poesía, esté siempre presente en lo que cuento. El humor permite tomar distancia y reírse de uno mismo en las peores situaciones. Hace mucho mejor la vida.

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